10. El fantasma del imperio

El intervalo latino

Sin embargo, aunque Constantinopla quedó medio destruida y los cruzados se hartaron de botín, el tiempo seguía pasando. El problema era: ¿qué se iba a hacer con el imperio? Ya no se trataba de seguir hasta Egipto y Tierra Santa; los cruzados querían quedarse donde estaban y gobernar el imperio. Uno de sus hombres, Balduino de Flandes, fue proclamado emperador con el nombre de Balduino I, y con él comenzó un período denominado “Imperio Latino”, puesto que el idioma de la corte, que hasta entonces había sido el griego, pasó a ser oficialmente el latín.

Aunque le llamaran emperador, Balduino no tenía el poder que habían disfrutado incluso los últimos emperadores bizantinos. Por de pronto, su gobierno era más nominal que real. Otras zonas del imperio fueron repartidas entre otros cruzados. Un cruzado se convirtió en el Rey de Tesalónica y gobernó todo el norte de Grecia. Otro adquirió el título del Príncipe de Acaya y gobernó el sur de Grecia. Entre estos dos estaba el duque de Atenas.

Por su parte, Venecia tomó las islas, incluida Creta, y retuvo las tres quintas partes de la ciudad de Constantinopla. Un veneciano recibió el título de patriarca de Constantinopla, y con él se unieron las dos mitades de la Iglesia (aunque sólo en teoría). Ninguna de las regiones subsidiarias gobernadas por cruzados mantuvo gran fidelidad hacia Balduino, quien sólo gobernaba directamente Constantinopla y unas cien millas a su alrededor.

Tampoco faltaban enemigos exteriores, puesto que éstos no se esfumaron simplemente porque los cruzados hubieran sustituido como gobernantes a los nativos. Bulgaria se había ensanchado hasta casi llegar a sus fronteras actuales, y estaba a pocas millas del mar Egeo.

Ni siquiera los mismos griegos habían desaparecido de la escena. La porción noroeste del imperio cayó bajo el gobierno de Miguel Ángel Comneno, un miembro de la familia real, y se la conoció con el nombre de Despotado de Epiro.

Varios jefes griegos habían escapado a Asia Menor. Teodoro Lascaris que, al igual que el desdichado Alejo V, era yerno de Alejo III, estableció su capital en Nicea y comenzó la dinastía de los Lascáridas que gobernaron el Imperio Niceano. Otros dos miembros de la familia real, David y Alejo Comneno, organizaron las secciones de la costa septentrional de Asia Menor, que recibieron el nombre de Imperio de Trebisonda, con su capital en la ciudad costera del mismo nombre, cerca del extremo oriental del mar Negro. La isla de Rodas tenía un gobierno bizantino propio.

De manera que el menguado Imperio Bizantino de Isaac II sufrió una parcelación en un cúmulo de estados todavía más pequeños, algunos latinos, otros griegos, indefensos ante cualquier enemigo decidido y que contribuyeron a su propia miseria con sus luchas mutuas. El medio siglo siguiente contempló una serie deplorable de luchas complicadas de unos contra otros. El reino ampliado de Bulgaria estaba entonces gobernado por Kaloyan, hermano menor de Pedro y Juan Asen. Invadió el Imperio Latino, y cuando Balduino de Flandes intentó detenerle en 1205, el “emperador” fue derrotado y capturado. Había tenido en las manos la dudosa gloria del poder imperial durante un año.

Balduino tuvo como sucesor a su hermano Enrique I, que fue el más afortunado de los emperadores latinos. Consolidó todo el poder que mantenía en Grecia, obligando a los terratenientes feudales a reconocerle como emperador, valiera esto lo que valiera. Afortunadamente para él, Kaloyan se murió en 1207 y la amenaza búlgara remitió durante algún tiempo.

Enrique reconoció que el mayor peligro procedía del Imperio de Nicea, porque el emperador niceano, Teodoro I, iba ensanchando lentamente su territorio y derrotando realmente a los turcos (que estaban divididos y luchaban entre sí) para hacerlo. Por consiguiente, Enrique invadió Asia Menor en 1212 y tomó aquellas zonas de la península más cercanas a Constantinopla. En aquel momento, el Imperio Latino alcanzó su apogeo.

Cuando murió Enrique I en 1216, los latinos tenían una gran necesidad de alguien que protegiera sus posesiones. El cuñado de Enrique, Pedro de Courtenay, fue elegido emperador latino. Estaba en Francia en aquellos momentos y al partir apresuradamente hacia su trono fue capturado por las tropas de Teodoro de Epiro. Pedro murió en la cautividad y nunca gobernó. Su segundo hijo, Roberto de Courtenay, llegó a ser emperador latino en 1219. Al mismo tiempo, Teodoro de Nicea murió y fue sucedido por su yerno, Juan III, que echó a los latinos de Asia Menor y tomó algunas de las islas egeas 1.

En 1228 murió Roberto y su hermano más joven, de sólo once años, le sucedió con el nombre de Balduino III. Nada podía hacer el niño sino defender desesperadamente esa única gran ciudad y esperar el fin.

Entretanto, las cosas iban bien para Nicea. Durante esa época hubo una migración explosiva de los mongoles hacia el oeste, la mayor y más temida de todas las oleadas nómadas que llevaban miles de años saliendo en tropel de Asia central. China, Persia y Europa oriental habían tenido que soportar los choques más arduos, pero en 1244 un contingente mongol derrotó a los turcos en Asia Menor oriental y avanzó hacia el oeste, hacia Ancyra. En aquel momento, los turcos estaban deshechos, Juan III de Nicea hizo una alianza con los mongoles y amplió su territorio hacia el este a expensas de los turcos. Ya poseía fuerza suficiente como para invadir las provincias europeas y tomar Tesalónica.

El sucesor de Juan, Teodoro II, derrotó incluso a los búlgaros en 1255, y quedó claro que Nicea era la verdadera heredera del Imperio Bizantino. En 1258, sin embargo, murió Teodoro y su hijo de ocho años ascendió al trono con el nombre de Juan IV. Lo conseguido por Nicea podía haberse perdido entonces si no llega a ser porque Teodoro tenía un primo segundo, Miguel Paleólogo.

Miguel era un hombre inteligente, enérgico y sin ningún escrúpulo. Una vez que se consideró dudosa su fidelidad, se decidió someterle a una prueba. Tenía que llevar una bola candente tres veces desde el altar de una iglesia hasta la barandilla del santuario; si era inocente, la mano no se le quemaría. Miguel dio su aprobación a la prueba con tal de que el patriarca (que, debido a su inocencia, no podía temer nada) le entregara la bola candente. E1 patriarca decidió que la prueba no era necesaria y que Miguel era inocente.

Con un niño emperador en el trono, Miguel dio su golpe. El regente fue asesinado, y Miguel asumió el cargo. El primero de enero de 1259, se convirtió en emperador asociado con la denominación de Miguel VIII. La ambición de su vida era volver a tomar Constantinopla. Los latinos que la gobernaban estaban virtualmente indefensos, y todo lo que se interponía entre la ciudad y Miguel eran las naves venecianas. Con este propósito, Miguel con­trató naves genovesas, prometiendo a Génova todos los privilegios que en el pasado había tenido Venecia.

Daba la casualidad de que las concesiones a los genoveses no eran necesarias. La flota veneciana partió neciamente a una empresa quimérica en el mar Negro, y durante su ausencia, el 25 de julio de 1261, el ejército de Miguel asestó el golpe. Constantinopla cayó sin lucha. Balduino II huyó. El Imperio Latino había llegado a su final, y tras un intervalo de cincuenta y siete años, un emperador bizantino estaba de nuevo en Constantinopla.

La nueva cuesta abajo

Viendo el mapa, da la impresión de que el Imperio Bizantino había sido restaurado de hecho. Una gran parte de Asia Menor occidental y de los Balcanes estaba bajo el gobierno de Miguel VIII. Pero las apariencias eran engañosas. Venecia conservaba el dominio de Creta y de muchas de las islas egeas. Los barones latinos eran los dueños de algunas zonas de Grecia central. Epiro y Trebisonda seguían estando regidos por los gobernantes rivales de la estirpe bizantina. Todos eran enemigos empedernidos de Miguel.

Además, las zonas del imperio que gobernaba estaban en ruinas. Constantinopla estaba hecha añicos. La mitad de la ciudad había sido demolida, y dentro de sus vagos confines, su menguada población sólo podía soñar con glorias pasadas. El palacio imperial había quedado destruido, y a Miguel le faltaban fondos para las reparaciones. Lo que Miguel VIII había resucitado era sólo un imperio fantasmagórico.

Por supuesto, lo hizo lo mejor posible. De una forma u otra, tenía que vencer a sus enemigos y sobrevivir, y para esto no dudó en actuar sin principios. Hizo que cegaran y exiliaran a su joven emperador asociado, Juan IV, para gobernar solo. Tomó el Peloponeso, y en él la ciudad de Mistra se convirtió en la fortaleza de la cultura bizantina tardía. Hizo retroceder a los gobernantes de Epiro y les confinó en una simple franja de costa. Incluso derrotó a los búlgaros.

El peligro mayor, sin embargo, procedía de Occidente. Balduino II, el último emperador latino, estaba exiliado, pero seguía con vida. Casó a su hijo con la hija de Carlos de Anjou, un noble francés. Carlos se había hecho cargo de Sicilia después de que se extinguiera la dinastía de gobernantes normandos, y heredó la inquieta ambición de éste. Carlos se consideraba heredero del Imperio Latino y deseaba apoderarse de Constantinopla. A1 igual que hizo Roberto Guiscardo dos siglos antes, Carlos desplazó su ejército a través del estrecho a los Balcanes, y antes de 1272 se había establecido sólidamente en tierra firme.

Miguel VIII tuvo que decidir una acción drástica. Envió emisarios a un concilio eclesiástico que se celebraba en Lyon, en Francia, en 1274 y accedió a una reunión de las ramas oriental y occidental de la Iglesia, aceptando las condiciones romanas. Al aceptar Miguel VIII humildemente la supremacía papal, el complacido papa Gregorio X prohibió a Carlos de Anjou que siguiera con sus proyectos de derribar a quien ahora era un hijo fiel de la Iglesia.

Pero aunque Miguel VIII fuera favorable a la unión, la población bizantina no quería saber nada. Pese a que Miguel utilizó el terror en su esfuerzo para obligar al clero oriental y al pueblo a dar su conformidad, éstos se obstinaron en seguir su camino y el papa sufrió una desilusión cada vez mayor. En 1280, Martín IV fue proclamado papa. Era francés y sentía una simpatía total hacia Carlos de Anjou, y no se fiaba de Miguel VIII. El nuevo papa excomulgó a Miguel y dio luz verde a Carlos de Anjou.

Miguel VIII estuvo a la altura de la situación. Derrotó a Carlos en el campo de batalla y formó una alianza con Pedro III de Aragón, un reino en el este de España. Pedro le disputaba la posesión de Sicilia a Carlos de Anjou, y por esta razón estaba dispuesto a ayudar a Miguel. En 1282, las intrigas de Miguel consiguieron provocar un levantamiento de los sicilianos contra sus gobernantes franceses. Un día a la hora de las vísperas, los sicilianos se apoderaron repentinamente de todos los franceses que pudieron encontrar en la isla, y los mataron. Con estas Vísperas Sicilianas se esfumó la amenaza de Carlos de Anjou.

Miguel VIII murió en 1282, en apariencia vencedor de todos sus enemigos, después de un reinado de un cuarto de siglo. Fue el primero de la dinastía Paleóloga, y el más capaz. Le sucedió su hijo mayor con el nombre de Andrónico II.

Andrónico II era justamente lo contrario de su padre: devoto, gentil y sabio. Su primera acción fue terminar con la sumisión de su padre frente al papado y reafirmar la primacía del patriarca. Esta medida le dio popularidad entre el pueblo bizantino, pero hizo mucho más difícil conseguir la ayuda de Occidente que el imperio iba a necesitar cada vez más. Tal como estaban las cosas, Andrónico encontró que la política exterior demasiado ambiciosa de Miguel había vaciado la tesorería. Tampoco había forma dé reunir ni de mantener un ejército bizantino, y el emperador tuvo que depender casi por completo de los genoveses.

Los genoveses se establecieron en el suburbio de Gálata, rodeado por su propia muralla, creando así un estado dentro del estado. Su guerra interminable con Venecia se mantenía por todo el mar Egeo, donde Venecia tenía fuertes bases. Venecia obligó también al imperio a concederle privilegios dentro de Constantinopla. En algunas ocasiones, los dos grupos de italianos se enfrentaban dentro de Constantinopla, mientras los nativos, cada vez más reducidos, sólo podían contemplarlos desamparadamente (y a veces recibir los golpes que suelen caer sobre los observadores inocentes).

Lo peor fue que aparecieron nuevos enemigos. Los serbios formaban hasta entonces una tribu eslava en el noroeste de los Balcanes, que generalmente había sido dominada por los bizantinos o por los búlgaros. En 1281, su jefe era Milyutin, un gobernante capaz, que aprovechó al máximo la debilidad de los bizantinos. Se extendió progresivamente hacia el sureste, traspasando el territorio del imperio y recluyendo a los debilitados búlgaros en los trechos inferiores del río Danubio. Andrónico II, que no tenía modo de combatir el empuje serbio, se vio obligado a sufrir una humillación imperial al dar a su hija en matrimonio al monarca eslavo.

Y en Asia Menor, los turcos se movían de nuevo. Alrededor de 1290, un jefe turco llamado Osmán estableció un pequeño reino en el noroeste de Asia Menor, y cada vez se hizo más poderoso y peligroso. Su tribu recibía el nombre de turcos Osmanlies, aunque en el Occidente era mucho más corriente el deformado nombre de turcos otomanos.

Para combatir a los turcos, activos de nuevo, Andrónico II decidió depender de mercenarios. El Imperio Bizantino había utilizado a menudo mercenarios, y en general de modo acertado. ¿Por qué no intentarlo otra vez? Andrónico contrató a 6.000 soldados catalanes, puesto que Aragón había tenido relaciones amistosas con el imperio durante el reinado anterior. La Gran Compañía Catalana, como se llamaba, resultó ingobernable desde el principio. Atacó a los italianos en Constantinopla, causando estragos. Cuando fue enviada a Asia Menor, luchó contra los turcos y con eficacia, pero a la Compañía sólo le interesaba el botín, y le daba igual luchar contra sus empleadores que contra cualquier enemigo.

Los catalanes se volvieron contra Constantinopla, exigiendo unas pagas aún mayores que las que el emperador les podía conceder. Cuando se dieron cuenta que no podían abrir brecha en las murallas de la ciudad, asolaron la campiña. Después de que su jefe fuera asesinado en 1305, se dedicaron al pillaje, asolando todo el norte de Grecia. Con el tiempo se desplazaron hacia el sur, arrebataron Atenas a los barones latinos que todavía la gobernaban, y establecieron allí su propia dinastía durante cerca de tres cuartos de siglo.

Andrónico II no tenía necesidad de más problemas, pero surgió uno nuevo en forma de una guerra civil. Su hijo, que había gobernado con él como emperador asociado, era Miguel IX. Miguel IX tenía un hijo, Andrónico, cuya querida tenía otro amante. El joven Andrónico contrató a unos asesinos para deshacerse del rival, y por accidente el hermano más joven de aquél cayó apuñalado. Miguel IX, que estaba enfermo, murió poco después, y el conmocionado emperador Andrónico II decidió excluir a su nieto de la sucesión por ese fratricidio involuntario.

El joven Andrónico, ofendido, se sublevó. Era una estúpida guerra civil por un trono que cada vez tenía menos sentido, pero durante el último período del imperio se multiplicaron las guerras civiles a medida que el premio ansiado era más microscópico. Estas guerras civiles finales recibieron apoyo exterior, para confusión y destrucción de los bizantinos. Desde luego, sin ayudas de fuera no se podrían haber celebrado. En este caso los serbios apoyaron al viejo Andrónico, y los búlgaros al joven. En 1328 ganó este último. El viejo Andrónico II fue destronado después de un desastroso reinado de cuarenta y seis años, y murió cuatro años más tarde. El nieto accedió al trono con el nombre de Andrónico III.

Los turcos otomanos

Andrónico III empezó a actuar como si fuera a ampliar el imperio. Por ejemplo, tomó una isla de los genoveses. También venció a Epiro, absorbiendo la última parte de su territorio y terminando con el siglo y cuarto de su existencia como potencia bizantina independiente. Sin embargo, quienes crecían realmente eran los enemigos del imperio.

En 1330 Esteban Dechanski, el hijo ilegítimo de Milyutin, dirigió a los serbios en una resonante victoria sobre los búlgaros. A1 año siguiente el hijo de Dechanski, Esteban Dushan, se apoderó del trono y elevó a Serbia a la cumbre de su poder. Los búlgaros reconocieron su soberanía, y Esteban Dushan gobernó sobre casi todos los Balcanes, hasta cerca del Golfo de Corinto.

En Asia Menor, los turcos otomanos también continuaron haciéndose más fuertes. En 1326, poco antes de que Andrónico III se convirtiera en emperador, habían tomado la ciudad de Brusa, y en 1337 conquistaron Nicomedia. Todas las posesiones bizantinas en Asia Menor, que habían mantenido vivo al imperio durante el intervalo del Imperio Latino, se esfumaban rápidamente.

Cuando Andrónico III llegó al final de su gobierno, todo lo que quedaba del imperio era Constantinopla, Tesalónica, Mistra y sus respectivas zonas circundantes. Eran tiempos tristes. En 1330 se podía haber celebrado el milenio de la fundación de Constantinopla por Constantino I, pero los motivos que habían podido hacer digna la celebración no existían, por desgracia.

Cuando murió Andrónico III en 1341, le sucedió su hijo de nueve años, Juan V. Sin embargo, la autoridad más importante del imperio era Juan Cantacuzeno. Cantacuzeno había apoyado a Andrónico III en su guerra civil contra su abuelo, y había dirigido a las fuerzas bizantinas en su pequeña victoria frente a Epiro. Creía que no se podía dejar el trono a un niño, y se proclamó emperador (habitualmente se le llama Juan VI).

Cantacuzeno recibió el apoyo de los terratenientes feudales y de una nueva secta de místicos surgida entre el clero oriental. El pueblo apoyó al Juan V legítimo. Se produjo de nuevo una deprimente guerra civil que pudo llevarse a cabo en gran medida gracias al apoyo extranjero, ya que los serbios y los turcos ayudaban para continuar la guerra y extraer beneficios de ella. Durante aquellos años Constantinopla no se libró de ninguna desgracia. En 1346 un terremoto produjo daños en Hagia Sofía, y en 1347 la peste negra, que había matado a gran cantidad de gente en todo el mundo, atacó la ciudad y llevó a la tumba a las dos terceras partes de su población.

En los años de la peste negra, Cantacuzeno consiguió apoderarse de la agobiada ciudad e intentó poner fin a la guerra civil. Se casó con una biznieta de Miguel VIII para establecer su propia legitimidad y dio a su hija en matrimonio a Juan V. Los matrimonios no resolvieron e1 problema. Juan V se recuperó y volvió a la batalla. Cantacuzeno recibió dinero de los lejanos rusos para que pudiera reparar la venerada Hagia Sofía; en lugar de eso, lo utilizó para contratar mercenarios turcos. Tampoco resolvió nada. En 1354, Juan V fue el vencedor final (en lo que valiera su victoria) y Cantacuzeno se retiró a Mistra, donde vivió hasta la notable edad de noventa años y escribió una historia en cuatro libros del período en que había dominado el imperio.

Si hacía falta algo para convertir en totalmente seguro el hecho de que el imperio no podía seguir sobreviviendo durante mucho tiempo fue esta guerra civil. Los enemigos del imperio parecían estar preparando el golpe final. Los serbios, mandados por Esteban Dushan, se hicieron tan fuertes que ni siquiera Constantinopla parecía fuera de su alcance. Esteban Dushan asumió el título de emperador, y en 1355 avanzó hacia Constantinopla. Posiblemente nunca hubiera podido conseguir destruir las murallas, pero no tuvo que pasar por la prueba. Murió repentinamente durante su marcha, y con su muerte el Imperio Serbio comenzó a debilitarse.

Todavía peor que la amenaza serbia era la de los turcos. Durante sus desesperados días finales, en 1353, Cantacuzeno había invitado a los turcos a los Balcanes para que lucharan contra los serbios que entonces apoyaban a Juan V. Los turcos llegaron, no como grupos de mercenarios al servicio de Cantacuzeno, sino por su propia cuenta. En 1354 establecieron una base en Gallipoli, en el lado europeo de los estrechos, a 110 millas al suroeste de Constantinopla. Los turcos habían entrado en Europa por primera vez; nunca más saldrían de ella.

Después de que Cantacuzeno perdiera la guerra civil, los turcos se quedaron y Juan V no pudo echarles. Tampoco podían los ya debilitados serbios. Los turcos se expandieron sistemáticamente, y en 1365 habían tomado toda Tracia, la región al norte del mar Egeo. Establecieron su capital en Adrianópolis, a 110 millas al oeste de Constantinopla. El reino otomano rodeaba ya a Constantinopla por todos los lados, tanto en Asia como en Europa; nunca antes, durante la larga historia bizantina, el mismo enemigo había estado en ambos continentes.

Juan V intentó encontrar ayuda en cualquier parte. Los búlgaros y los serbios estaban en una situación caótica. Hungría, la potencia más cercana, pertenecía a la Iglesia occidental, y por consiguiente era difícil de conmover. En 1369 intentó a la desesperada lo que Miguel VIII había intentado también un siglo antes: una unificación con la iglesia occidental. Pero el imperio había dado vertiginosos tumbos en aquel siglo, y el emperador tenía que ser mucho más humilde. Miguel VIII había enviado emisarios; Juan V se presentó en persona. Llegó a Avignon, en el sur de Francia, y allí apareció ante el papa Urbano. Reconoció la supremacía papal y pidió ayuda occidental.

No obstante, era inútil. Ningún peligro, ninguna amenaza, procediese de donde procediese, podía mover a la población oriental a reconocer al papa. La sumisión del emperador era algo vacío y no hubo ayuda. En 1371, Juan se vio sin recursos y creyó que únicamente podía seguir en el trono si reconocía a los turcos como sus amos. Cuando lo hizo, su hijo Andrónico se sublevó, y hubo otra guerra civil. En 1376, Andrónico, con la ayuda de los genoveses, se apoderó del trono y reinó con el nombre de Andrónico IV; pero en 1378 Juan V, con la ayuda de los turcos, lo recuperó.

Los turcos triunfantes sellaron su hegemonía en los Balcanes con su victoria sobre los serbios en una gran batalla en Kossovo, en 1389. Este fue el fin del Imperio Serbio y dio a los turcos la soberanía sobre los eslavos de los Balcanes, una soberanía que no se rompería durante cuatro siglos y medio.

En 1391 murió Juan y después de un gobierno de cincuenta años que habían sido testigos de guerras civiles, derrotas, epidemias, desastres; de todo lo que fuera horrible. Sus días finales se adecuaron a ello, porque llegaron noticias de que Filadelfias, el último reducto bizantino en el interior de Asia Menor había caído en manos de los turcos. El hijo segundo de Juan, Manuel, era rehén de los turcos. Al llegar noticia de la muerte de su padre, consiguió escabullirse de los turcos, ir corriendo a Constantinopla y allí fue coronado con el nombre de Manuel II.

El soberano turco en aquellos momentos era Bayaceto I, el primero que tomó el título de sultán (un término árabe que significa “soberanía”). Bayaceto se molestó tanto con esa hazaña que puso sitio a Constantinopla, hasta que Manuel II le compró mediante un tributo. Sin embargo, Bayaceto tenía puesto un dogal alrededor de la ciudad, y cuando quisiera podía estrecharlo.

Manuel II lo sabía, y sabía también que la única salvación posible estaba en Occidente. Durante algún tiempo, pareció como si pudiera venir esta ayuda. El creciente poderío turco comenzaba a alarmar a las naciones occidentales. El papa Bonifacio IX predicó una cruzada contra los turcos, y el rey Segismundo de Hungría se comprometió a llevar adelante la iniciativa. Llevó a un gran ejército a Bulgaria, pero en 1396, en Nicópolis, en el río Danubio, fue totalmente destruido por los turcos.

Sospechando que pudieran hacer más intentos por el estilo mientras Constantinopla siguiera enviando llamamientos desesperados, Bayaceto resolvió tomar la ciudad y terminar con el asunto. Manuel II viajaba por Europa occidental con una triste y desesperanzada dignidad, visitando a Carlos VI de Francia, y, en 1400, incluso a Enrique IV de Inglaterra. Todo el mundo le hacía promesas; pero nada más que promesas. Parecía que Constantinopla iba a caer, pero sucedió algo inesperado (y nada menos que en el Oriente), y Bayaceto fijó su atención en otra parte. Los mongoles, que habían aterrorizado al mundo occidental un siglo y medio antes, habían permanecido postrados; pero apareció entre ellos un nuevo conquistador. Era Timur (conocido por el nombre de Tamerlán en Occidente). Se estaba adueñando de un reino gigantesco en Oriente Medio, y los turcos tuvieron que olvidarse de Constantinopla durante algún tiempo y fijarse en el este.

En 1402, Tamerlán condujo su ejército a Asia Menor y destrozó por completo a las fuerzas turcas en Angora, capturando a Bayaceto. Poco después murió Tamerlán (ya era un hombre viejo); pero los golpes recibidos por los turcos les aquietaron, y tardaron veinte años en recuperarse. A lo largo de aquellos veinte años de inesperada tranquilidad, Miguel intentó reorganizar su pequeño imperio y se dedicó a sus trabajos eruditos y literarios.

Sin embargo, en 1422, cuando los turcos recobraron el aliento, volvieron a la carga contra Constantinopla. Manuel se vio obligado a vender algunas porciones de su reino para conseguir dinero. Vendió Tesalónica a los venecianos aquel mismo año.

En 1425 murió Manuel II y le sucedió su hijo, con el nombre de Juan VIII. Los dominios de Juan se limitaban a Constantinopla y a una parte del Peloponeso. Tesalónica, que había sido vendida a los venecianos, fue tomada por los turcos en 1430. Es cierto que los bizantinos pudieron ampliar sus posesiones en el Peloponeso, pero fue a expensas de los harapientos barones latinos que tenían en su poder trozos de territorio desde 1204.

A1 igual que su padre, Juan se fue a Occidente, pidiendo servilmente ayuda. Asistió a un concilio eclesiástico en Florencia, en Italia, en 1439 y reconoció la supremacía del papa Eugenio IV. La misma comedia se volvía a repetir de nuevo. El emperador se sometió, pero su pueblo no. En realidad, cada vez que un emperador bizantino se sometía al papa, el pueblo bizantino se enfurecía tanto con Occidente que lo temía más que a los turcos, lo cual facilitó las cosas a estos últimos.

Por supuesto, los occidentales hicieron otro intento. Un general húngaro, Juan Hunyadi había conseguido algunas victorias frente a los turcos y ahora dirigió un ejército hacia el este para luchar contra sus fuerzas principales. Llegó más lejos que Segismundo, medio siglo antes. Llegó a la costa del mar Negro, y allí, en Varna, se produjo una batalla que los turcos vencieron una vez más de forma aplastante.

La última oportunidad

En 1448 murió Juan y le sucedió en el trono su hermano más joven con el nombre de Constantino XI. Constantino había organizado la expansión del poder bizantino (si se puede emplear esta palabra) en el Peloponeso, y después le tocó la tarea de hacer algo con Constantinopla.

Pronto tuvo frente a sí a un nuevo sultán otomano, Mohammed II, que subió al trono en 1451, y cuyo objetivo era capturar Constantinopla. Mohammed hizo las paces con todo el mundo, mostrándose dispuesto a pagar cualquier precio para concentrar todas sus fuerzas contra la ciudad.

Constantino XI, en una situación desesperada, intentó una vez más en 1452 reconocer la supremacía papal; pero incluso al borde del abismo, su pueblo demostró que no estaba dispuesto a seguirle. Un alto funcionario bizantino expresó este sentimiento con la famosa frase: “Mejor el turbante del turco que la tiara del papa”. No era simplemente locura. Con los turcos, los bizantinos serían libres para practicar su propia versión del cristianismo; con el papa no.

Así que el 3 de abril de 1453 comenzó el sitio de Constantinopla. La arruinada ciudad ya no contaba con un millón de habitantes. Amontonada dentro de sus desmoronadas murallas, había una población de 30.000 personas, y no más; de éstas, sólo se podía contar con 5.000 para la defensa. Había 3.000 aliados occidentales más, los más eficaces de los cuales eran los genoveses, dirigidos por Giovanni Giustiniana. Por extraño que parezca, su nombre era la versión italiana de Justiniano, una especie de triste recordatorio del gran emperador que había gobernado el imperio en su apogeo, nueve siglos antes. Contra los defensores, los turcos llevaron una fuerza de 80.000 a 100.000 hombres.

Aun con esta desigualdad de efectivos, el pueblo de Constantinopla todavía podía contar con sus maravillosas murallas, que habían resistido todos los intentos de ruptura por la fuerza (pero no por la traición, y en connivencia con quintas columnas situadas dentro de la ciudad) a lo largo de once siglos. Pero había aparecido algo nuevo en el mundo, y los días de los muros inexpugnables ya habían pasado.

Doscientos años antes, había llegado al Occidente desde China, traído tal vez por los mongoles. Se había perfeccionado ya una técnica mediante la cual se empleaba la explosión de la pólvora para hacer salir gigantescos proyectiles de largos tubos metálicos a gran velocidad. Mohammed disponía del mejor cañón de este tipo que Europa había visto nunca. Comenzó a bombardear las murallas, utilizando balas de piedra que pesaban 1200 libras. Ante ellas hasta los muros más fuertes se agrietarían, desconcharían y derrumbarían.

Los defensores lucharon a la desesperada, con un valor digno de los mejores días del imperio. Luchaban durante el día y se reponían por la noche. El 18 de abril, rechazaron un asalto frontal de los turcos. Luego, el 22 de abril, el obstinado Mohammed hizo que arrastrasen sus naves a través de una estrecha lengua de tierra situada entre el mar y el Cuerno Dorado, y cuando los habitantes de Constantinopla se despertaron, descubrieron que estaban siendo bombardeados por los dos lados y que se encontraban aislados de cualquier posible salvación o abastecimiento por mar. Pero no se rindieron: esperaban un milagro que salvaría a su ciudad, tal como había ocurrido, una y otra vez en el pasado.

El bombardeo continuó, y el 29 de mayo Giustiniana fue herido en la mano. Aterrorizado, se retiró de la batalla, y sus genoveses con él, pese a las fervorosas súplicas de Constantino. El 29 de mayo de 1453, Mohammed ordenó un último asalto. Cayeron las murallas, y los turcos entraron en tropel. Constantino XI se despojó de su insignia imperial, tomó las armas y se metió entre la masa de combatientes más próxima. Cayó y nunca se encontró su cadáver.

De este modo murió el último emperador romano de una línea ininterrumpida que se remontaba a Augusto, casi quince siglos antes, y a la fundación de la ciudad de Roma, veintidós siglos antes. Así cayó Constantinopla, con su undécimo Constantino, más de once siglos después de su fundación por el primero. Y si la ciudad había sufrido más de dos siglos de degradación, recuperó el valor y el ánimo para morir de la manera apropiada para una capital imperial que había conocido la gloria.

El saqueo de la ciudad no fue, ni mucho menos, tan grave como el realizado en 1204 por sus conquistadores cristianos (también es cierto que había menos que destruir); pero los nobles que habían preferido el turbante en lugar de la tiara fueron asesinados por órdenes del turbante. Los gloriosos mosaicos y ornamentos de Hagia Sofía fueron blanqueados para que los piadosos ojos de los turcos no tuvieran que mirar los objetos idolátricos. Le añadieron minaretes y Hagia Sofía se convirtió en una mezquita (en el siglo XX la república turca que ya no es fanáticamente islámica, quitó la cal para provecho de todo el mundo). Se cambió el propio nombre de la ciudad. Se la llamó Estambul (nombre que sigue conservando en la actualidad) no se sabe si como una forma distorsionada de Constantinopla o porque es una forma de la frase griega que significaba “a la ciudad”.

Todavía quedaban algunos territorios por limpiar. En 1460, Mohammed II tomó el Peloponeso y diversos territorios gobernados todavía por los latinos, incluida Atenas. Luego, en 1461, tomó el Imperio de Trebisonda y con éste desapareció el último resto del dominio bizantino. Algunas partes del imperio de Basilio II siguieron siendo cristianas; pero éstas (como las islas de Creta y Chipre) estaban gobernadas por occidentales, y con el tiempo los turcos las conquistaron todas.

El Imperio Otomano, con Estambul como capital, se convirtió en el azote de Occidente. Comenzó su expansión por los Balcanes, por Hungría, y en 1529 llegó hasta las propias puertas de Viena. A lo largo de los dos siglos y medio posteriores a la caída de Constantinopla, se mantuvo en su apogeo, y sólo a partir de 1683 comenzó a debilitarse y a decaer. Fue el merecido precio que Occidente tuvo que pagar por haber contribuido a la destrucción de la barrera que durante tanto tiempo había existido entre él y el Islam.

Sin embargo, aunque el Imperio Bizantino había muerto, seguía viva su influencia cultural. A través de todos los desastres del último siglo de su vida, había experimentado una especie de renacimiento en el arte, la literatura y la filosofía. La desfalleciente civilización tuvo un último pálido destello que iluminó el Occidente. Hubo emperadores-eruditos como Cantacuzeno y Manuel II, y también Teodoro Metochites, que fue canciller con Andrónico II y escribió sobre historia natural, astronomía y filosofía. El erudito más destacado del último siglo fue Jorge Gemisto Pletón. Nació y se educó en Constantinopla, pero escribió toda su obra en Mistra, la ciudad del Peloponeso que fue el centro cultural del imperio durante la dinastía Paleólogo.

Gemisto Pletón era un apasionado de los ideales de la antigua Grecia, y de hecho, durante el último siglo la hipnosis romana parecía haberse borrado en Constantinopla. El largo sueño empezó a desvanecerse, y el último de los bizantinos se consideraba de nuevo como griego. Nació un verdadero culto a los antiguos héroes griegos. Gemisto intentó incluso establecer un nuevo tipo de religión, basado en las enseñanzas de Platón, que, a su juicio, sustituiría tanto al cristianismo como al Islam.

Sus escritos penetraron en Occidente: en especial sus conocimientos geográficos. Contribuyeron a modernizar el pensamiento de los europeos en este terreno y al cambio de clima que propició el gran viaje a través del Atlántico de Cristóbal Colón, cuarenta años después de la caída final del mundo antiguo. Gemisto Pletón murió en 1452, demasiado pronto para ver el final.

Uno de sus discípulos fue Juan Bessarion, que había nacido en Trebisonda y que se había educado en Constantinopla. Monje en 1423, Juan VIII le nombró arzobispo de Nicea. Alentó al emperador para que intentara la unificación religiosa con Occidente. Lo mismo hizo un notable erudito de aquellos últimos días, Jorge Escolarius. Los dos marcharon a Occidente con esta misión.

Aunque el imperio no aceptó la unificación, y aunque Escolarius se retractó al volver a Constantinopla, Bessarion se quedó en Occidente como miembro de la Iglesia. Fue nombrado cardenal por el papa Eugenio IV. Bessarion llevó consigo una colección de 500 manuscritos, la mitad de los cuales eran obras de autores paganos. Fue el núcleo de la biblioteca de San Marcos en Venecia, y un poderoso estimulante que contribuyó a la oleada ascendente del humanismo en Occidente. Escolarius se hizo monje en 1449, y tomó el nombre de Gennadius. Fue elegido patriarca de Constantinopla en 1454, el primero que tuvo este cargo bajo los turcos, y lo ejerció durante cinco años.

En 1463, Bessarion fue nombrado patriarca de Constantinopla por el papa, pero por supuesto su nombramiento era puramente teórico. Bessarion no habría sido aceptado por el pueblo de Constantinopla incluso si hubiera podido ir allí, puesto que durante la larga noche de la ocupación turca los cristianos orientales nunca vacilaron en su permanente hostilidad contra la Iglesia occidental.

Epílogo: el fantasma de un fantasma

La herencia de la Roma imperial no terminó con la caída de Constantinopla. Con la “caída de Roma” en el 476, todavía quedaba un emperador con plenos poderes en Oriente, y ahora con la “caída de la nueva Roma” en 1453, aún existía un emperador con plenos poderes en Occidente. En 1453 el emperador de Occidente era Federico III, de la casa de los Habsburgos.

Habitualmente nos referimos a su reino como el Sacro Imperio Romano, puesto que era cristiano; sin embargo, el adjetivo no tiene importancia. Era el mismo Imperio Romano (en teoría) que el de Augusto y Constantino I. Con Carlos V, que gobernó desde 1520 hasta 1556 (cuando el Imperio Otomano llegó a su cima), el Sacro Imperio Romano, alcanzó también su apogeo. Carlos dominaba Alemania, Italia, España y vastas zonas al otro lado del mar, incluso partes de lo que hoy día son los Estados Unidos de América.

El Sacro Imperio Romano disminuyó después, y era algo casi moribundo (y limitado a Alemania y Austria) antes de 1806, cuando el último Sacro Emperador Romano, Francisco II, renunció a su título por orden de Napoleón Bonaparte.

Pero este fantasma occidental del Imperio Romano había existido siempre, desde sus comienzos con Carlomagno, con independencia del Imperio de Constantinopla. El propio Imperio Bizantino, que se vio reducido a ser un fantasma durante sus siglos finales, dejó realmente una sombra de sí mismo: el fantasma de un fantasma. Ocurrió del siguiente modo.

Constantino XI, el último de los emperadores bizantinos, tenía un hermano más joven, Tomás, que tenía una hija llamada Zoe. En 1472 se casó con el Gran Duque Iván III de Moscovia, que era el señor de una gran extensión de tierra selvática en el sombrío este de Europa, que rodeaba la ciudad de madera de Moscú.

Moscovia acababa de librarse del tétrico dominio de los mongoles y constituía una rama independiente del cristianismo oriental. Iván III asumió el título de zar (césar) y se consideró heredero de las tradiciones de Roma y Constantinopla. De hecho, su hijo, Basilio III, podía considerarse, por su madre, como miembro del linaje real de los Paleólogos, así como su hijo, el célebre Iván IV “El Terrible”.

El último zar que pudo remontar su ascendencia hasta los emperadores del Cuerno Dorado fue Teodoro II, que gobernó brevemente en 1605. Aunque carecían de abolengo, los sucesivos soberanos del Imperio Ruso (en el cual se había desarrollado Moscovia), mantuvieron, sin embargo, la ficción de ser los herederos de Constantinopla. Entre los rusos se extendió una frase, según la cual la Primera Roma había caído, y también la Segunda (Constantinopla), pero la Tercera Roma (Moscú) no caería nunca.

Durante la época de los zares rusos siguió habiendo una especie de anhelo de Constantinopla, aunque hasta el reinado de Pedro I “el Grande” no tuvieron fuerza suficiente para enfrentarse con los turcos. En 1696, cuando la oleada otomana comenzó a retroceder, los rusos tomaron Azov, situada en el trecho más al norte del mar Negro.

Después hubo una serie de guerras entre Rusia y Turquía a lo largo de los siglos XVIII y XIX, y cada una de ellas permitió a los rusos avanzar un poco más al sur, mientras los turcos retrocedían. Antes de 1912, los Balcanes estaban libres del dominio otomano y en manos de unos cuantos pequeños reinos nativos, en algunos de los cuales se hacía sentir la influencia rusa. En Europa sólo les quedaba a los turcos una extensión de tierra desde Estambul (Constantinopla) hasta Edirne (Adrianópolis).

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial en 1914, Rusia y el Imperio Otomano se encontraron de nuevo en bandos opuestos. Rusia luchaba junto con Gran Bretaña y Francia; Turquía, en alianza con Alemania y Austria-Hungría. Por fin, los rusos estaban seguros de adueñarse de Constantinopla; los gobiernos inglés y francés se la habían prometido en caso de victoria. Y, claro está, los británicos y los franceses vencieron en 1918. Pero cuando llegó la victoria, no había nadie para hacerse cargo de Constantinopla. Un año antes, en 1917, una revolución había barrido al último de los zares rusos, Nicolás II, y el fantasma de un fantasma se había esfumado. Constantinopla, no, Estambul. siguió siendo turca.

Además, Turquía experimentó un asombroso renacimiento. Recuperándose de la derrota que supuso la Primera Guerra Mundial, bajo la dirección de un dinámico general, Mustafá Armar, venció a los invasores griegos en 1922. Luego Kemal depuso al último sultán, Abjul Mejid, en 1923, y proclamó una república presidida por él. Durante los quince años siguientes modernizó Turquía por la fuerza y la hizo avanzar desde el medievalismo hasta el siglo XX.

Turquía fue neutral durante la Segunda Guerra Mundial, y ha mantenido su independencia con firmeza desde entonces. Estambul, más populosa que nunca (casi dos millones de habitantes), pero no tan hermosa como antaño, ya no es la capital de Turquía, puesto que no está en el centro del país; pero sigue siendo la gran ciudad del estrecho.




1 Fue la dinastía de emperadores niceanos la que con el tiempo volvió a tomar Constantinopla, y por esta razón se les numera de acuerdo con la bizantina. Por lo tanto, Juan III fue el primero con este nombre que gobernó al Imperio de Nicea, pero recibe el número romano III, para seguir a Juan II, que había gobernado al Imperio Bizantino un siglo antes.

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