Augusto se hallaba ya en sus setenta y tantos años, y la sombra de la muerte se cernía sobre él. Debía preocuparse por la sucesión, la cuestión de quién iba a sucederle como Princeps. Si hubiese sido rey, su pariente más próximo habría podido sucederle automáticamente, pero no lo era. Era el primer Princeps y no existía ninguna tradición sobre la manera de elegir al siguiente.
Estaba claro para Augusto que si moría sin tomar medidas para la sucesión, varios generales podían tratar de convertirse en emperadores, usando sus ejércitos para tal fin, y las guerras civiles comenzarían nuevamente. Por ello, Augusto tenía que elegir un sucesor antes de morir, y hacer que el Senado y el pueblo lo aceptasen de antemano. Naturalmente, le habría gustado elegir a alguien de su propia familia para tal fin.
La elección obvia en tales circunstancias habría recaído en un hijo propio, pero Augusto no tenía hijo varón. Sólo tenía una hija, Julia, quien había trastornado y disgustado a Augusto con su modo de vida airado y amante del placer. Había puesto en ridículo su programa de reformar las costumbres romanas y fue enviada al exilio.
Pero su primer marido había sido Marco Vipsanio Agripa, íntimo amigo y consejero de Augusto desde sus días escolares, cuando habían estudiado juntos. Cuando Augusto, que tenía escasas dotes militares, luchaba por el poder sobre el ámbito romano, fue Agripa quien combatió y ganó batallas para él. En la paz que siguió, Agripa supervisó la reconstrucción de Roma y construyó su más bello templo, el Panteón («todos los dioses»), además de una cantidad de acueductos para asegurar el suministro de agua de la ciudad. Este Agripa y la hija de Augusto, Julia, tuvieron cinco hijos antes de morir Agripa en 12 a. C. Por tanto, Augusto tenía cinco nietos que eran también hijos del querido y leal amigo del Emperador, Agripa. Y tres de ellos eran varones.
Los dos hijos mayores, Cayo César y Lucio César, eran esperanzadores. Pero Lucio enfermó y murió en Massilia (Marsella) en el año 2. Cuando era un adolescente, Cayo fue enviado a una expedición militar de menor importancia en Asia Menor, donde fue herido en acción y murió en el viaje de vuelta, en el 4. El hijo menor de Agripa y Julia, nacido después de la muerte de su padre, era un demente, por lo que fue mantenido en el aislamiento bajo custodia.
Una de las dos nietas de Augusto era Julia, quien parecía ser tan amante del placer como su madre y tocaya. También ella fue castigada por el rígido Augusto. Fue enviada al exilio, como lo había sido su madre, y vivió fuera veinte años, sin que se le permitiese jamás retornar a Roma. Sólo quedaba la segunda nieta, Agripina, a quien nos referiremos más adelante.
Acosada su vida personal por estas tragedias, Augusto se vio obligado una vez más a apelar a su hijastro Tiberio. No era un pariente consanguíneo, pero era un hijo adoptivo (lo cual era muy importante en la época romana) y, además, era hijo de la amada esposa de Augusto. Tiberio era miembro de la aristocrática familia Claudia, por partede su padre consanguíneo, y de la igualmente aristocrática familia Julia por parte de su padre adoptivo, Augusto. Por ello, el linaje de emperadores emparentados que comienza con Augusto es llamado a menudo el «linaje julio-claudiano».
Otra ventaja de Tiberio era que estaba en la edad adulta, pues tenía cincuenta y tantos años de edad en los últimos años de Augusto, y era un general de probada capacidad. También era honesto, concienzudo y de una rígida moral. No había duda de que gobernaría bien. Por desgracia, era un individuo severo y retraído (sobre todo desde su forzado divorcio de su amada esposa), y no inspiraba simpatía a nadie.
Posteriormente, hubo historiadores que afirmaron que Tiberio había preparado todo de un modo malvado y engañoso con la ayuda de su madre, Livia. Se relataron cuentos de que envenenó a los nietos de Augusto, de que intervino en la muerte del mismo Augusto, etcétera. Se ennegreció su figura y se lo presentó como un monstruo de crueldad y lujuria.
En realidad, nada de esto es creíble. Los autores que nos cuentan estas cosas eran miembros del partido senatorial de un par de generaciones después, quienes suspiraban por los que creían que habían sido los buenos viejos tiempos. Sentían rencor hacia los emperadores que habían puesto fin a la república y se deleitaban escribiendo historias escandalosas sobre ellos. Escuchar a estos historiadores es como escuchar a los columnistas chismosos de los periódicos sensacionalistas y creer todo lo que dicen sobre las celebridades.
Finalmente, en 14 (767 A. U. C.), Agusto yacía en su lecho de muerte. Tenía setenta y siete años y había reinado cuarenta y tres. Entre sus últimas palabras dirigidas a quienes lo rodeaban, se cuentan las siguientes: «¿Creéis que he desempeñado bien mi papel en la vida? Si es así, aplaudid.»
Ciertamente, desempeñó bien su papel en la vida. El Imperio estaba bien afirmado, y sus cinco millones de ciudadanos y casi cien millones de no ciudadanos estabanen paz. Todos los siglos de luchas de la historia antigua parecían haber llegado a su culminación en este último «gobierno mundial» pacífico e ilustrado.
Sólo era menester conservarlo así el mayor tiempo posible.
Cuando Augusto agonizaba, Livia (quien vivió quince años más, pues murió en 29 a la notable edad, para aquellos tiempos, de ochenta y seis años), envió mensajeros a Tiberio. Estaba en camino hacia Iliria para emprender una campaña, pero al recibir el mensaje, se puso inmediatamente al mando del ejército y retornó a Roma para asumir el cargo de emperador.
Como había hecho antaño Augusto, ofreció ceder todos los poderes y restaurar la república, pero, nuevamente, esto sólo era un recurso para obligar al Senado a otorgarle esos poderes personalmente. Así, sería emperador por la voluntad del Senado tanto como por la de Augusto, y su posición sería totalmente legal y doblemente segura. El Senado lo comprendió, y comprendió también los peligros de la anarquía que sobrevendría si, por un extraño azar, Tiberio hablase en serio.
Se apresuraron a otorgarle todo el poder imperial.
Al subir al poder, Tiberio tuvo que hacer frente a la rebelión de algunas legiones del Danubio y del Rin. Envió a su hijo Druso César (llamado a veces Druso el Joven, para distinguirlo de Druso el Viejo, que había sido el hermano de Tiberio) para que se hiciese cargo de las legiones danubianas. Druso el Joven se las arregló para hacer entrar por vereda a los amotinados.
La situación en el Rin era más peligrosa. Desde la derrota de Varo, la frontera del Rin era particularmente vulnerable, y hubo que hacer esfuerzos especiales para mantener elevada la moral allí. Los soldados romanos del Rin habían idolatrado a Druso el Viejo, quien en el 15 a. C. tuvo un hijo llamado Germánico César en honorde las victorias de su padre sobre los germanos. El niño sólo tenía seis años cuando murió su padre, pero cuando Arminio obtuvo su gran victoria sobre las legiones de Varo, Germánico tenía veinticuatro años y era un gallardo joven y el modelo del joven noble romano. Más aún, se casó con Agripina, la virtuosa nieta de Augusto.
Augusto estaba tan impresionado por su nieto político que lo envió a la frontera del Rin junto con Tiberio en los críticos días posteriores a la derrota de Varo. Actuaron allí con eficacia, y cuando Augusto estaba arreglando las cosas para que Tiberio le sucediese en el trono imperial, el viejo emperador insistió en que Tiberio adoptase a Germánico como su hijo y heredero, con exclusión del propio hijo de Tiberio. Éste así lo hizo.
En 14, Germánico fue enviado al Rin por segunda vez, y solo, mientras Tiberio fue enviado a Iliria. Cuando Augusto murió y Tiberio retornó para recibir los honores imperiales del Senado, Germánico permaneció en el Rin y tuvo que hacer frente a las legiones que se habían rebelado repentinamente.
Los soldados pedían más paga y, en esencia, menos horas de servicio, pues se quejaban de que las campañas eran demasiado duras. Germánico, con una mezcla de tacto, afabilidad y firmeza, y con la oferta de mayor paga, se ganó a las legiones.
Para tenerlas ocupadas y brindarles la excitación de la victoria, las condujo a Germania una vez más. Derrotó a los germanos en varias batallas y les demostró que la victoria sobre Varo fue una excepción, y no sería fácil que se repitiese. Hasta condujo su ejército por el Teutoburger Wald, donde hallaron los descoloridos huesos de las tres legiones de Varo y enterraron los restos. Germánico tuvo ocasión de luchar contra Arminio y sus germanos, y los derrotó, haciendo con ellos gran carnicería y recuperando los pendones perdidos por las legiones de Varo.
A juicio de Tiberio, se había hecho algo muy importante. Los germanos habían recibido una lección y ya no presumirían de su única victoria. Sin embargo, al igual que Augusto, creía que era inútil tratar de restablecerla línea del Elba. Era demasiado costoso, en dinero y en hombres, para el valor que parecía asignarle Tiberio. Por ello, en 16, ordenó a las legiones romanas que volvieran al Rin y llamó a Germánico.
Los cotillas senatoriales de tiempos posteriores estaban seguros de que lo había hecho por celos y que odiaba a su sobrino, de quien se suponía que se sentía receloso por ser su heredero y a quien temía por su popularidad en el ejército. Pero esto no es en modo alguno cierto. El juicio estratégico de Tiberio era correcto. Los germanos habían recibido una lección y la frontera del Rin permanecería en calma durante dos siglos más. Por otro lado, Germánico había perdido un considerable número de soldados y sus victorias no habían sido fáciles. De haber continuado su campaña, es muy posible que los germanos con el tiempo llegasen a obtener una segunda victoria, a la que hubiera seguido una invasión germánica de la Galia, con consecuencias imprevisibles.
Parece demostrado que Tiberio no estaba realmente celoso de Germánico por el hecho de que puso al joven en un cargo de poder en la parte oriental del Imperio. Su misión en el Este era dirimir las cuestiones concernientes a Armenia. Partia nuevamente estaba creando problemas allí, como iba a hacerlo muchas veces en el futuro.
Germánico, por desgracia, no tuvo oportunidad de resolver este problema. En 19, murió a la edad de treinta y cuatro años. Esto en sí mismo no tiene nada de sorprendente. Sólo en tiempos modernos se ha hecho posible combatir las enfermedades infecciosas; en la antigüedad, había muchas enfermedades e infecciones que eran fatales y que hoy ni siquiera son serias. La esperanza de vida media en la época romana era mucho más corta que hoy. Aunque algunos individuos, como Augusto y Livia, vivían hasta avanzada edad, el promedio de vida entre los romanos era, probablemente, de unos cuarenta años.
Sin embargo, nunca parecía admitirse esto cuando una figura popular moría joven por alguna causa poco clara, particularmente si podía heredar una posición de poder. Los chismosos de entonces y de épocas posteriores siempre supusieron lo peor y más escandaloso. Inmediatamente surgieron rumores, por ejemplo, de que Tiberio había hecho envenenar a Germánico, y la mujer de éste, Agripina, parece haberlo creído.
Pero Tiberio no tuvo con sus herederos más suerte que Augusto. Si Tiberio envenenó a Germánico para hacer emperador a su propio hijo, esta esperanza quedó frustrada. En 23, Druso el Joven murió a la edad de treinta y ocho años.
Tiberio continuó la política prudente de Augusto tanto en la paz como en la guerra. Al igual que Augusto, no intentó costosas y arriesgadas conquistas extranjeras por mor de la conquista misma. Como Augusto, vigiló para que las provincias fuesen gobernadas honesta y eficientemente. Cuando pudo, aprovechó la oportunidad para unificar el Imperio anexando un reino satélite como provincia, pero no por la fuerza, En cambio, aprovechaba algún momento estratégico, como cuando moría un viejo rey. Así, cuando murió el rey de Capadocia, en el este de Asia Menor, en 17, Tiberio la convirtió en provincia romana.
Tiberio era ya de edad cuando se convirtió en emperador. A los sesenta y cinco años, estaba fatigado, en verdad, y sólo deseaba dejar la carga del gobierno sobre hombros más jóvenes; en otras palabras, deseaba elegir el equivalente de un primer ministro.
Eligió para tal fin a Lucio Sejano. Este era el jefe de la guardia pretoriana, que, bajo Augusto, había sido dispersada por Italia en pequeños destacamentos. Sejano persuadió a Tiberio de que ordenase a esos hombres que se concentraran en un campamento cercano a Roma. Esto hacía que estuviesen más a mano en caso de una emergencia, y aumentaba el poder de Sejano. (También representaba un mayor peligro para el Imperio, como iba a verse en años posteriores.)
Más tarde, corrieron historias que hacían de Sejano un monstruo increíble. Fue él quien, presuntamente, hizo envenenar a Druso, para tener él la posibilidad de subir al trono. Parece probable que el pecado real de Sejanofuese tomar medidas para que el poder de Tiberio sobre el Senado fuese máximo.
Tiberio no tenía el don de Augusto de ganarse a la gente. Mientras que Augusto podía andar por las calles sin protección, Tiberio tenía que hacerse escoltar. A medida que la República retrocedía cada vez más para sumirse en las brumas de la historia, tanto más los senadores se entregaron a exaltar un pasado idealizado. Sejano persuadió a Tiberio a que actuase vigorosamente contra el Principado, y los futuros historiadores senatoriales lo execraron y, en consecuencia, execraron a Tiberio.
No sólo el Senado representaba un peligro posible. Agripina, la viuda de Germánico, parece haber intrigado contra Tiberio, de quien sospechaba que había envenenado a su marido, y soñado con colocar a uno de sus hijos en el trono. Sejano convenció a Tiberio de que la exiliara, en el 30, y murió tres años más tarde, aún en el exilio.
En 26, Tiberio se sintió bastante seguro de la capacidad de Sejano para manejar el gobierno y pensó que podía retirarse completamente de los asuntos de Estado y aliviar su pena por la muerte de su hijo. Así, estableció su residencia en la isla de Capri, en la bahía de Nápoles, para un descansado retiro.
Más adelante, el rumor popular atribuyó a Tiberio todo género de crueldades y de orgías lascivas en la isla, pero es difícil imaginar algo más ridículo que tales historias. En primer lugar, Tiberio había llevado una vida austera y abstemia, y no es probable que se abandonen hábitos de toda una vida. En segundo lugar, tenía sesenta y ocho años cuando se retiró a Capri, y es poco probable que hubiese podido entregarse a tales orgías, aunque hubiese querido hacerlo.
Pero en su ausencia, Sejano parece haber llegado a ciertos extremos. Las leyes contra la traición fueron endurecidas hasta el punto de que toda declaración descuidada que pudiese ser interpretada como rechazo de Tiberio o el principado podía ser causa de una sentencia de muerte. La gente era estimulada a denunciar tales declaraciones y era recompensada por ello, por lo que no cabe sorprenderse de que a veces esos informes fuesen falsos. Los delatores profesionales fueron uno de los horrores del período.
Sejano quizás estimuló deliberadamente el reinado del terror con la intención de quebrar la voluntad del Senado, si es que aún era necesario quebrarla.
Pero, con el tiempo, el receloso Tiberio abrigó sospechas hasta de Sejano. El primer ministro planeaba casarse con la nieta de Tiberio, y también puede que pensara en sucederle. Tiberio tal vez se encolerizó por esto. Sea como fuere, en 31 el Emperador envió una carta desde Capri denunciando a Sejano, y el hasta entonces todopoderoso primer ministro fue ejecutado de inmediato.
Tiberio murió en 37 (790 A. U. C.), después de un reinado de treinta y tres años, y nuevamente se planteó el problema de la sucesión.
Tiberio no tenía hijos vivos, y Germánico, su sobrino, en un principio su heredero, había muerto hacía tiempo. Pero Germánico había dejado hijos. Algunos estaban ya muertos, pero uno quedaba vivo. Era Cayo César, sobrino nieto de Tiberio, bisnieto de Livia (la esposa de Augusto) por su padre y bisnieto del mismo Augusto, y también de Marco Antonio, por su madre.
Cayo César había nacido en el 12, mientras Germánico y Agripina, su padre y su madre, se hallaban en un campamento en Germania. Pasó sus primeros años entre las legiones, y los rudos legionarios al parecer estaban encantados de la novedad de tener en medio de ellos al pequeño hijo de su comandante. Germánico utilizó al niño en su campaña para mantener alta la moral de los soldados y lo vistió con un uniforme de soldado, inclusive unas pequeñas botas militares. Los soldados quedaron locos de entusiasmo al verlo y llamaron al niño «Calígula» («botitas»). El apodo le quedó, y es conocido en la historia solamente por ese tonto nombre.
Calígula, a diferencia de Augusto y Tiberio, no estabaformado en la vieja tradición de Roma. Había sido criado en la corte imperial, donde, por una parte, fue pretendo como posible heredero y vivió en medio del mayor lujo, y, por la otra, su vida estuvo en constante peligro a causa de las intrigas cortesanas, de modo que se hizo temeroso y receloso. Tuvo como amigos a varios de los príncipes de los reinos satélites orientales, quienes estaban en Roma por una u otra razón. Uno de ellos era Herodes Agripa, nieto del primer Herodes de Judea. De estos amigos, Calígula aprendió a gustar del tipo oriental de monarquía.
El gobierno de Calígula se inició con tranquilidad y fue, de hecho, saludado con regocijo, pues la corte era más alegre que en los días del viejo y sombrío Tiberio, y el joven emperador parecía liberal y agradable. Era tan liberal, en efecto, que gastó alegremente en un año todo el excedente que Augusto y Tiberio habían ahorrado prudentemente en el tesoro durante casi setenta años de cuidadoso gobierno.
Pero en el 38 Calígula cayó gravemente enfermo, y cuando se recuperó todo cambió. No hay duda de que la enfermedad había afectado a su mente y que estuvo totalmente desequilibrado durante los últimos escasos años de su vida. Los futuros historiadores senatoriales hicieron remontar su enfermedad mental a sus años tempranos y lo consideraron un monstruo desde el principio, y aunque indudablemente exageraron, quizás haya algo de verdad en esto.
Después del 38, la manía de gastar de Calígula aumentó, y se vio obligado a tomar medidas excepcionales para obtener el dinero que necesitaba. La necesidad de dinero constituye una fuerte tentación a la tiranía, pues si un hombre rico es condenado por traición y ejecutado, puede confiscarse su propiedad por el Estado e ir a manos del emperador. Que la acusación sea injusta, no importa. Como ejemplo particularmente flagrante, Calígula hizo que Tolomeo, el inofensivo rey de Mauritania, y también descendiente de Marco Antonio (véase página), fuesellevado a Roma y ejecutado. Entonces pudo confiscar el tesoro mauritano.
Calígula trató de convertir el Principado de Augusto en una monarquía oriental y de hacerse adorar como ser divino.
En realidad, en las más antiguas culturas (con la conspicua excepción de los judíos) se otorgaba un culto divino a seres humanos muertos y a veces a los vivos. Los emperadores romanos a menudo fueron deificados después de su muerte y se les rendía honores rituales rutinarios. Esto no significaba mucho en una sociedad politeísta, y agradaba al Senado, pues era éste el que debía votar o no los honores divinos. Ocurrió a menudo que el único modo en que el Senado pudo vengarse de un emperador que lo tiranizó en vida era negarle honores divinos después de su muerte. Ello no afectaba al emperador muerto, desde luego, pero hacía sentirse satisfechos a los senadores vivos.
Pero, en su megalomanía, Calígula fue más allá y quiso que se le otorgaran honores divinos mientras aún vivía. Esto iba contra las costumbres romanas, pero no carecía de precedentes en otras culturas. Los faraones egipcios, por ejemplo, eran considerados dioses vivientes. Esto no era tan ridículo para los egipcios como nos parece hoy, pues mucho depende de la definición de «dios» que se dé. La seguridad y la ceremonia de que se rodea un jefe de Estado moderno no lo hace similar a un dios a nuestros ojos, quienes somos conscientes del poder trascendente del Dios que adoramos, pero hubiese podido hacerle parecer un dios a una cultura antigua, para quienes los dioses muy a menudo tenían debilidades humanas entre sus características.
Mas para los romanos, la vista de un joven emperador vestido como Júpiter y que exigía la colocación de su propia estatua en lugar de la de Júpiter en los templos era muy inquietante.
Augusto y Tiberio sólo habían sido «primeros ciudadanos». Su título era el de «Princeps». Cualesquiera que fuesen sus poderes, en teoría no eran más que ciudadanosromanos, y otros ciudadanos romanos eran sus iguales, siempre en teoría. Pero si Calígula se convertía en un rey-dios, sería mucho más que un ciudadano. Todos los pueblos del Imperio, incluidos los ciudadanos romanos, serían sus súbditos y esclavos por igual. Entonces, un ciudadano romano no tendría más derechos que cualquier provinciano no ciudadano.
Se formaron conspiraciones contra Calígula. Una de ellas finalmente tuvo éxito y, en 41 (794 A. U. C.), Calígula, junto con su mujer y su hija, fueron asesinados por un contingente de la guardia pretoriana. Aún no tenía treinta años por entonces.
En cierto modo, este primer asesinato de un emperador (no el último, ni mucho menos) fue una oportunidad excepcional para el Senado. Ahora que un emperador loco había mostrado lo que podía hacer, la eliminación del principado se presentaba como una conclusión natural. La «imagen» de éste se había elevado después de setenta años de gobierno firme y razonable, pero ahora se había manchado en forma permanente, pues evidentemente daba a jóvenes locos el poder de vida o muerte sobre todos los dominios romanos. Esta, pues, era una buena oportunidad para restaurar la república.
Desgraciadamente para el Senado, la decisión no la tomarían los senadores. Los soldados habían dado muerte al Emperador y fueron ellos quienes eligieron uno nuevo.
Ocurrió que el tío de Calígula estaba con éste en el momento de su asesinato. Este tío, Claudio (Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico), era el hermano menor de Germánico e hijo de Druso el Viejo, los dos héroes militares de los primeros días del Imperio.
Claudio, a diferencia de su hermano y de su padre, era enfermizo y de apariencia poco atractiva, por lo que se lo dejó de lado y fue postergado. Juzgó más seguro cultivar la oscuridad y estaba difundida la creencia de queera un deficiente mental, lo cual probablemente contribuyó a protegerlo contra las intrigas, pues no parecía ser una amenaza para nadie.
En realidad, Claudio no era en absoluto un débil mental, sino un sabio que realizó investigaciones históricas y escribió valiosas obras sobre los etruscos y los cartagineses. Pero esto probablemente convenció aún más a los miembros más alegres de la aristocracia romana de que era un excéntrico.
Calígula tal vez sintió cierto afecto por su inocuo tío o quizá lo consideró como un divertido bufón para la corte. A comienzos del reinado de Calígula, fue cónsul junto con el Emperador, y, como ya dijimos, se hallaba con Calígula cuando irrumpieron los asesinos.
Claudio, lleno de pánico, se ocultó detrás de un mueble, mientras los soldados hacían estragos, matando ciegamente al principio, en el temor de ser a su vez atacados. Cuando su furia se aplacó, descubrieron a Claudio en su escondite y lo sacaron de él. Temblando, pidió por su vida, pero nadie tenía intención de matarlo. Los soldados comprendían la necesidad de un emperador, y Claudio era un miembro de la familia imperial. Entonces fueron ellos quienes le pidieron que fuese su emperador.
Probablemente a Claudio no le gustó la idea, pero no podía discutir con soldados armados. No sólo aceptó, sino que prometió recompensar a los soldados con una gratificación general cuando asumiera el poder. Esto sentó un mal precedente, pues los soldados aprendieron que podían cobrar por el trono, y gradualmente cobraron un precio cada vez mayor.
El Senado, defraudadas sus esperanzas de restablecer la república, tuvo que asentir a todo lo que los soldados quisieran, y Claudio fue hecho emperador.
Claudio tenía cincuenta años por entonces. Había pasado su vida en búsquedas eruditas y no era un hombre de acción o decidido. En verdad, era más bien tímido y débil de carácter. Sin embargo, hizo todo lo que pudo por ser un buen emperador. Llevó a cabo programas de construcción en Roma, extendió la red de caminos imperial y drenó lagos para obtener tierras de labranza. Respetó al Senado y, con él, la corte se vio libre del peligro de reyes divinos, pues Claudio sólo fue el Primer Ciudadano, siguiendo la tradición de Augusto.
Bajo Claudio, tímido como era, el Imperio Romano comenzó nuevamente a expandirse un poco. Entre otras cosas, Claudio siguió la política de Tiberio de absorber los reinos satélites cuando las condiciones eran adecuadas. Mauritania estaba sin rey desde que Calígula había hecho ejecutar a Tolomeo, y los mauritanos se rebelaron contra el torpe intento de Calígula de convertir el país en una provincia. Claudio hizo aplastar la rebelión y Mauritania se convirtió en provincia en 42.
Licia, en el sudoeste de Asia Menor, fue convertida en provincia en 43, al igual que Tracia, situada al norte del mar Egeo, en 46. Sólo uno o dos rincones extraños del Imperio conservaron su autonomía. Uno de ellos era Comagene, pequeña región del este de Asia Menor que Calígula, por puro capricho, convirtió nuevamente en monarquía después de haber formado parte ya de una provincia romana. Conservó sus reyes durante una generación.
Más importante fue que el Imperio Romano saltase sobre el mar, de Galia a Britania.
La isla de Britania (ahora llamada Gran Bretaña y que incluye Inglaterra, Gales y Escocia), situada al norte de la Galia, al otro lado del estrecho brazo de mar hoy llamado el Canal de La Mancha, sólo era vagamente conocida por el mundo antiguo antes de la época de Julio César. Se supone que los fenicios y los cartagineses enviaron barcos a Britania en busca de estaño, metal necesario para la manufactura del bronce, y guardaron cuidadosamente el secreto comercial de sus fuentes de estaño.
Cuando César conquistó la Galia, tuvo noticia de Britania porque los habitantes celtas de la isla estaban emparentados, en lenguaje y cultura con los galos. Más aún, sintiéndose seguros en su isla, no vacilaron en enviar ayuda a los galos en su lucha contra los romanos.
Para poner fin a eso, César organizó dos incursionesen Britania, en 55 y 54 a. C. En la segunda, obtuvo considerable éxito, pues avanzó más allá del río Támesis. Pero no tenía intención por entonces de enredarse en esa isla distante y, cumplido su propósito de atemorizar a los britanos, se marchó para proseguir sus tareas de mayor importancia.
Los britanos tuvieron un respiro de casi un siglo. Pero, al observar que el poder romano se afirmaba cada vez más en la Galia y al ver a los mismos galos cada vez más romanizados, aumentó su inquietud. Juzgaron que era beneficioso para su propia defensa seguir estimulando la agitación en la Galia.
Bajo Claudio, la situación en la Galia se había vuelto más favorable a los romanos y menos favorable para los britanos. La estrecha política de Augusto y Tiberio con respecto a la ciudadanía fue modificada, y se concedió ésta a los galos distinguidos. Esta visionaria acción contribuyó a hacer de esa tierra una base segura para una mayor expansión del poder romano. (En 48, una generación después de la muerte de Augusto, el número de ciudadanos romanos se elevaba a unos seis millones.)
La política interna de Britania hizo también parecer aconsejable una invasión. Un gobernante pro romano de Britania, Cunobelino (el «Cymbeline» de la obra de Shakespeare), había muerto y sido sucedido por un par de hijos antirromanos. Un líder britano pro romano pidió ayuda a Roma contra los nuevos gobernantes, y Roma respondió al llamado. Un ejército romano desembarcó en el sudeste de Inglaterra (la moderna Kent) en 43 (796 A. U. C.). La Inglaterra meridional, ya pacíficamente invadida por el comercio y, por consiguiente, semirromanizada, fue conquistada y convertida en una provincia del Imperio. El mismo Claudio se unió al ejército, y su joven hijo, nacido el año anterior, recibió el apodo de Británico.
Los britanos resistieron con bravura, particularmente en las salvajes regiones montañosas del norte y el oeste. El líder britano Caractaco sólo fue capturado en el 51. Luego, en 61, una feroz revuelta por parte de Boudica(a menudo incorrectamente llamada Boadicea), reina de una región de Inglaterra oriental, al norte del Támesis, casi deshizo toda la labor romana al exterminar prácticamente a una legión romana. Pasaron unos treinta años antes de que lo que es ahora Inglaterra y Gales quedase razonablemente pacificado.
En el interior, Claudio tuvo problemas porque fue gobernado y dominado por sus mujeres. Su tercera mujer, con quien se casó por la época en que se convirtió en emperador, era Valeria Mesalina, madre de Británico. Los posteriores historiadores senatoriales le atribuyeron una cantidad tan sorprendente de vicios que la palabra «Mesalina» ha llegado a ser usada para designar a cualquier mujer inmoral y depravada. Al parecer, el mismo Claudio se convenció finalmente de que quizá Mesalina planeaba matarlo y reemplazarlo por uno de sus amantes, pues ordenó que la ejecutaran en 48.
Luego se casó con Agripina, hermana de Calígula y sobrina suya. Ella había estado casada antes y tenía un hijo, Domicio, quien adoptó los nombres imperiales de Nerón Claudio César Druso Germánico, cuando su madre fue emperatriz. Es conocido en la historia como Nerón. Era nieto de Germánico y tataranieto de Augusto.
La máxima aspiración de Agripina era hacer emperador a su hijo Nerón. Persuadió a Claudio de que adoptase a Nerón como hijo y lo hiciese su heredero con preferencia a su propio hijo Británico, quien era más joven que Nerón. En 53, Nerón reforzó su posición mediante su casamiento con Octavia, hija de Claudio. En ese momento, Nerón tenía quince años y Octavia once.
Logrado todo esto, Agripina no necesitaba más a Claudio. Según posteriores historiadores senatoriales, hizo envenenar a Claudio en 54 (807 A. U. C.) e hizo que la Guardia Pretoriana reconociese a Nerón como su sucesor mediante la promesa de una generosa gratificación. Si los soldados decían que sí, el Senado no estaba en condiciones de decir que no. Nerón fue el quinto emperador de Roma.
Nerón, con dieciséis años de edad cuando ascendió al trono, inició su reinado, al igual que Calígula, de un modo que dio pábulo a esperanzas optimistas. Pero cuando se es joven y se descubre que uno puede satisfacer un deseo, cualquiera que sea, es difícil aprender mesura.
Muy pronto Nerón aprendió a barrer de su camino todo lo que pudiese ser una barrera para la continua satisfacción de sus deseos. Hizo envenenar a Británico, se divorció de su joven mujer, la desterró y más tarde la hizo desaparecer. En 59, se había vuelto tan perverso que no vaciló en hacer ejecutar a su madre porque trató de dominarlo como había dominado a Claudio.
Extrañamente, a Nerón nunca le gustó realmente la tarea de gobernar. Lo que realmente deseaba era ser actor teatral. Era lo que hoy describiríamos como un «apasionado por el teatro». Escribía poesías, pintaba cuadros, tocaba la lira, cantaba y recitaba tragedias. Ansiaba actuar en público y recibir aplausos. Es imposible, desde luego, saber si su actuación era eficiente, porque no hay ningún testimonio imparcial de lo que hacía. Obtenía grandes aplausos en todas las ocasiones y constantemente se le concedían premios destinados a actores profesionales, pero, ¿obedecía todo ello a que era bueno o a que era el emperador? Casi con seguridad, a lo último. Por otro lado, posteriores historiadores senatoriales ridiculizaron sus aptitudes, pero quizá no fue tan incompetente como decían ellos.
De haber sido actor en vez de emperador, Nerón tal vez hubiera podido llevar una vida razonable y hasta lograr algún renombre. Hubiera podido ser un ciudadano respetable y hasta un hombre bueno. Pero, tal como estaban las cosas, su posición como emperador le brindó infinidad de oportunidades de pasar a la historia como uno de los más infames villanos que hayan vivido jamás.
Más por entregado al lujo y por derrochador que fueseel gobierno personal de Nerón, la labor del Imperio continuó.
Nuevamente, surgieron perturbaciones en el Este, y el problema, como siempre, era el juego de la cuerda entre Roma y Partia por el Estado tapón de Armenia, que estaba entre ellos. Poco después de la muerte de Claudio, el gobernador títere romano de Armenia fue muerto por las tribus fronterizas, y el rey parto, aprovechando lo que juzgó que sería un período de trastornos en Roma, invadió Armenia y puso en el trono a su hermano Tiridato.
Nerón envió a Cneo Domicio Corbulón al Este para que se hiciese cargo de la situación. Corbulo había prestado servicios con eficacia en Germania, bajo Claudio, y era un general muy competente. Pasó tres años reorganizando las legiones en el Este y revitalizando su moral. En 58 (811 A. U. C), invadió Armenia, y en el curso del año siguiente ocupó el país, expulsando a los partos y poniendo en el trono a un nuevo títere romano.
Si Corbulón hubiese tenido libertad, Partia habría sufrido una resonante derrota. Pero Nerón cuidaba de que ningún general tuviese demasiado éxito y reemplazó a Corbulón por un general mucho menos competente que, en 62, sufrió una gran derrota. Luego, Corbulón fue puesto nuevamente en el mando y logró restablecer la situación de modo que las cosas terminaron en un empate. Tiridato, el parto, siguió siendo rey de Armenia en definitiva, pero en 63 convino en ir a Roma a recibir su corona de Nerón, con lo cual Armenia, al menos en teoría, sería un satélite romano.
Pero entre tanto surgió una crisis en Judea. La inquietud aumentaba entre los judíos bajo el gobierno de los Herodes y los procuradores. Sus esperanzas mesiánicas se agudizaron y ya no estaban dispuestos de ningún modo a transigir en cuestiones religiosas. El recuerdo de los macabeos y su rebelión gloriosamente triunfante en defensa de su religión y contra Antíoco IV permanecía fresco en sus mentes.
Así, continuamente se oponían a toda forma de homenaje que pudiese concebirse como un culto del emperador o de cualquiera de los símbolos del Imperio. Cuando Poncio Pilato entró en Jerusalén con estandartes en los que estaba pintada la figura del emperador Tiberio, estallaron violentos desórdenes entre la población, porque la pintura era considerada como un ídolo. Poncio Pilato estaba asombrado, pues no hallaba nada de perjudicial en una bandera de combate. Pero Tiberio no deseaba rebeliones innecesarias y costosas por una causa tan trivial, y ordenó quitar los perturbadores símbolos.
Pero tal conducta intransigente, tal certidumbre de que su Dios era el único Dios verdadero y que todos los otros objetos de culto eran malos y repugnantes, hizo a los judíos cada vez más impopulares entre los otros pueblos del Imperio, que aceptaban una multiplicidad de dioses y eran en gran medida indiferentes con respecto a las creencias de sus vecinos. Los judíos eran particularmente impopulares entre los griegos, quienes consideraban que su cultura era la única y verdadera Cultura y tenían tan pobre opinión de otras culturas como los judíos de otros dioses.
En Alejandría, la capital de Egipto, la mayor ciudad de habla griega en el mundo a la sazón y que sólo cedía en importancia ante Roma en todo el Imperio, había una gran colonia de judíos que seguían apegados a sus tradiciones y casi constituían una ciudad dentro de otra. Habían recibido privilegios especiales de Augusto (quien les estaba agradecido por su apoyo, al final de la guerra civil), tales como la exención de participar en los rituales que tenían por objeto la persona del emperador y la del servicio militar. También esto fastidiaba a los griegos.
Los griegos de Alejandría iniciaron disturbios antisemitas, y los judíos enviaron una delegación a Calígula para pedir justicia. Los griegos, inseguros sobre la actitud que adoptaría el emperador loco, se apresuraron a enviar una delegación rival para argumentar que los judíos se negaban a participar en el culto al Emperador y, por ende, eran traidores.
Calígula, deseoso de hacerse adorar en forma absoluta,ordenó colocar su estatua en los diversos templos del Imperio. En muchos lugares, la orden fue obedecida inmediatamente. ¿Qué importaba un bloque de piedra más o menos en un templo? Pero Calígula ordenó específicamente que su estatua fuese colocada en el Templo de Jerusalén, a lo que los judíos se opusieron. La idea de que una figura humana fuese adorada en la Casa del único Dios verdadero era completamente inaceptable para los judíos, y estaban dispuestos a morir antes que acceder a ello. El gobernador de Siria escribió a Calígula contándole esto, y postergó desesperadamente la aplicación de la orden. En su cólera, Calígula quizá habría ordenado la destrucción de Judea. Pero fue asesinado justo a tiempo para impedir una insurrección, y como consecuencia de ello la destrucción se postergó una generación más.
Claudio, al convertirse en emperador, puso a Herodes Agripa, viejo amigo de Calígula, en el trono de Judea, otorgándole nuevamente cierto grado de autonomía. Herodes se esforzó para ganarse a los judíos, y efectivamente alcanzó gran popularidad, pese a ser idumeo. (Se cuenta que durante una Pascua lloró por no ser judío y que los espectadores, también llorando, exclamaron «tú eres un judío y eres nuestro hermano».)
Lamentablemente, su reinado fue breve, pues terminó con su muerte tres años más tarde, en 44. Su hijo, Herodes Agripa II, gobernó durante un tiempo sobre algunas zonas de Judea, pero la parte principal de esa tierra fue nuevamente convertida en provincia y gobernada por procuradores.
Esos procuradores eran a menudo rapaces, y uno en particular, que había sido nombrado por Nerón, desvalijó el tesoro del Templo. Los extremistas antirromanos entre los judíos (llamados los «celotes»), cuya influencia había ido en aumento, provocaron disturbios. Herodes Agripa II, quien estaba en Jerusalén en ese momento, urgió a la calma y la prudencia, pero no fue escuchado. En 66 (819 A. U. C.), Judea estaba en plena y violenta revuelta contra Roma.
La intensidad de la rebelión cogió a los romanos porsorpresa. Las tropas del lugar no pudieron dominarla y Nerón tuvo que enviar tres legiones al Este bajo el mando de Vespasiano (Titus Flavius Sabinus Vespasianus). Bajo Claudio, había prestado servicios en Germania y luego participado en la conquista de la Britania meridional, conduciendo las fuerzas que conquistaron la isla de Wight. Fue cónsul en 51 y luego gobernador de la provincia de África. Realizó con eficiencia la nueva tarea que se le encomendó, aunque lentamente, pues los judíos luchaban hasta la muerte.
En 69, Vespasiano abandonó Judea para retornar a Roma, pero su hijo Tito (se llamaba Titus Flavius Sabinus Vespasianus, igual que su padre), continuó la tarea. El 7 de septiembre del 70 (823 A. U. C.) tomó Jerusalén, y el Templo fue destruido por segunda vez. (La primera vez había sido destruido por los babilonios, cinco siglos antes.) Tito celebró el triunfo en Roma el año siguiente; el Arco de Tito, que aún está en pie en Roma, fue erigido en honor de esa victoria.
Los judíos que sobrevivieron y permanecieron en Judea se hallaron en medio de la devastación, con su Templo destruido, su sacerdocio abolido y una legión romana permanentemente establecida en el lugar.
Sin embargo, la batalla entre la tradición romana y la religión judía fue llevada, en cierto modo, más allá de las fronteras de Judea. La lucha iba a ser larga y el veredicto diferente.
La religión romana, tomada principalmente de los etruscos, era, en un comienzo, de naturaleza predominantemente agrícola. Sus numerosos dioses y espíritus representaban fuerzas de la naturaleza y buena parte del ritual estaba destinado a asegurar la fertilidad del suelo, lluvias adecuadas y, en general, buenas cosechas. Esto es muy comprensible en una sociedad donde la alternativa a una buena cosecha era el hambre. Había también numerososdioses y espíritus que presidían diferentes facetas del hogar y de la vida individual, desde el nacimiento hasta la muerte. Los ritos religiosos eran relativamente simples: se adecuaban al tiempo de que podían disponer agricultores atareados.
El principal refinamiento que el Imperio introdujo en la vieja religión fue el «Culto Imperial», en el cual se prestaba una especie de homenaje verbal al emperador y la emperatriz reinantes, y en el que los emperadores y emperatrices muertos recibían honores divinos.
Cuando la clase superior romana descubrió la cultura griega, la religión oficial griega fue fusionada, en cierta medida, con la de los romanos. El Júpiter romano fue identificado con el Zeus griego, la Minerva romana con la Palas Atenea griega, etcétera.
Sin embargo, las religiones oficiales de Grecia y Roma por igual estaban prácticamente muertas en la época del Imperio. Las clases superiores realizaban los ritos religiosos romanos y griegos oficiales de una manera mecánica y distraída.
A fin de cuentas, las creencias primitivas ya no eran adecuadas para una sociedad que no estaba formada solamente por labradores incultos, sino que también tenía aristócratas, personas cultas y habitantes urbanos que habían elaborado complejas concepciones del Universo. Sus intereses iban más allá de la mera esperanza de una buena cosecha. Se planteaban la cuestión de la vida buena, el empleo fructífero del tiempo libre, el cultivo de intereses intelectuales y el deseo de comprender los mecanismos del Universo. Los griegos elaboraron complejas filosofías para satisfacer sus tanteos en esa dirección, y los romanos adoptaron algunas de esas filosofías.
Una variedad popular de filosofía fue la fundada por Epicuro, nacido en la isla griega de Samos en 341 a. C. Estableció una escuela en Atenas, en 306 a. C., que tuvo gran éxito hasta su muerte en 270 a. C. Epicuro adoptó las creencias de algunos filósofos griegos anteriores, y consideraba que el Universo está formado por diminutas partículas llamadas átomos. Todo cambio consiste en laruptura y el reordenamiento de grupos de átomos; había poco lugar en el pensamiento de Epicuro para la dirección intencional del hombre y del Universo por dioses. Era una filosofía esencialmente atea, aunque los epicúreos no eran fanáticos al respecto; practicaban alegremente rituales que consideraban sin sentido para evitar innecesarios escándalos o crearse situaciones difíciles para ellos.
En un universo formado por átomos en movimiento al azar, el hombre puede ser consciente de dos cosas: el placer y el dolor. Era evidente que el hombre debía comportarse de modo de gozar un máximo de placer y sufrir un mínimo de dolor. Sólo quedaba por determinar qué era realmente un máximo de placer. Epicuro pensaba que si un poco de algo brinda placer, mucho de ello no da necesariamente más placer. Morir de hambre por falta de alimento es doloroso, pero una indigestión por comer demasiado también lo es. El máximo de placer se obtiene comiendo con moderación, y lo mismo con otras alegrías de la vida. Además, es menester no olvidar los placeres del espíritu; del saber, de mejorar el discurso, de las emociones de la amistad y el afecto, placeres que, en opinión de Epicuro, eran mayores y más deseables que los placeres ordinarios del cuerpo.
No todos los epicúreos de siglos posteriores fueron tan sabios y moderados como Epicuro. Era fácil poner primero los placeres del cuerpo, y difícil ponerles límite. A fin de cuentas, ¿por qué no gozar de todo el placer que se pueda obtener ahora? Mañana puede ser demasiado tarde. Así, la palabra «epicúreo» ha entrado en nuestra lengua y ha llegado a significar «dado al placer». Tan popular se hizo la filosofía epicúrea que, para los judíos de los siglos posteriores a Alejandro, todos los griegos eran epicúreos. Todo judío que abandonaba su religión para adoptar costumbres griegas se convertía en un «epicúreo», y hasta el día de hoy el término judío para designar a un judío converso es «Apikoros».
Los romanos adoptaron las creencias epicúreas. Roma era mucho más rica y poderosa de lo que había sido nunca cualquier ciudad griega, y el lujo romano pedía alcanzar niveles más altos que el lujo griego. Por consiguiente, el epicureismo romano tendió a ser más basto que su versión griega. Bajo el Imperio, el epicureismo a menudo se convirtió en una excusa para el peor tipo de autocomplacencia.
Hallamos un ejemplo de un epicúreo romano en Cayo Petronio. Era un hombre capaz, que fue cónsul en una ocasión, y en otra, gobernador de Bitinia, en Asia Menor. Pero prefirió pasar su vida en el placer y el lujo (como los miembros de los actuales «círculos de alta sociedad»). Quizá no admiraba totalmente este modo de vida, pues es más conocido hoy por un libro llamado El Satiricón, que se le atribuye. En él se burla implacablemente del lujo tosco y de mal gusto de personas que tienen más riqueza que cultura y que no conocen otro uso del dinero que gastarlo.
Sin embargo, tan famoso se hizo por sus juicios en materia de placer, que se convirtió en alegre compañero de Nerón, quien apelaba a él para imaginar nuevas diversiones y juegos de modo de pasar el tiempo placenteramente. El era el «arbiter elegantiarum» («El juez en buen gusto y estilo»), por lo que a menudo se lo llama «Petronius Arbiter». Sin embargo, como muchos de los amigos y asociados de Nerón, Petronio tuvo mal fin. Las sospechas de Nerón, que eran siempre fáciles de despertar, cayeron sobre él, y Petronio prefirió suicidarse en el 66 antes que esperar la muerte a manos de otros.
Otra famosa escuela de filosofía griega fue fundada por Zenón, griego (posiblemente con algo de sangre fenicia) que había nacido en la isla semigriega y semifenicia de Chipre, aproximadamente por la época del nacimiento de Epicuro.
Zenón, como Epicuro, fundó una escuela en Atenas y enseñaba en un lugar de la plaza del mercado que estaba adornado por un pórtico o porche con pinturas de escenas de la guerra troyana. Era llamado la «Stoa poikile» (el «pórtico pintado»), por lo que las enseñanzas de Zenón fueron llamadas «estoicismo».
El estoicismo admitía la existencia de un Dios supremo y parece haber estado en camino hacia un tipo de monoteísmo. Pero también creía que los poderes divinos podían descender sobre toda clase de dioses menores y hasta sobre los seres humanos que eran deificados. De este modo, los estoicos se adaptaron a las prácticas religiosas prevalecientes.
El estoicismo comprendió la necesidad de evitar el dolor, pero no creyó que la elección del placer fuese el mejor camino para ello. No siempre se puede elegir el placer correctamente, y aunque se pueda, esto no hace más que abrir la puerta a un nuevo tipo de dolor: el de perder el placer de que se gozó antaño. La riqueza puede disiparse, la salud decaer y el amor morir. El único modo seguro de vivir una vida buena, decidieron los estoicos, es colocarse más allá del placer y del dolor; prepararse para no ser esclavo de la pasión o del temor, tratar la felicidad y la desdicha con indiferencia. Si no se desea nada, no se teme la pérdida de nada. Todo lo importante está dentro de uno mismo. Si somos dueños de nosotros mismos, no podemos ser esclavos de nadie. Si vivimos una vida rígidamente ajustada a un severo código moral, no necesitamos temer la torturante incertidumbre de las decisiones cotidianas. Hasta hoy, la palabra «estoico» es usada en castellano para significar «indiferente al placer y el dolor».
Naturalmente, tal filosofía no podía ser tan popular como la epicúrea, pero algunos romanos creían que las viejas virtudes romanas, la laboriosidad, la valentía y la firme devoción al deber, eran justamente las que valoraba el estoicismo. Por ello, hasta en los más fastuosos días del Imperio temprano, muchos se convirtieron a esta filosofía.
El más conocido de los estoicos romanos de este período era Séneca (Lucio Auneo Séneca), nacido alrededor del 4 a. C. en Corduba (la moderna Córdoba), de España. Su padre había sido un famoso abogado, y el joven Séneca también estudió derecho, asistió a una escuela estoica de Roma y llegó a ser tan famoso como orador que atrajo la favorable atención de Calígula. Después de morir éste, Séneca disgustó de algún modo a Mesalina, y ésta hizo que su marido, el emperador Claudio, lo desterrase de Roma, en 41. Pero Mesalina fue ejecutada, y la siguiente esposa de Claudio, Agripina, hizo volver a Séneca en el 49 para que fuese el tutor de su joven hijo Nerón. Séneca hizo todo lo que pudo para convertir a Nerón en un estoico, pero por desgracia, sus enseñanzas no echaron raíces.
Séneca escribió ensayos sobre la filosofía estoica y una serie de tragedias basadas en mitos griegos e imitando el estilo griego de Eurípides, pero tan llenas de resonancias y furias emocionales (extrañas en un estoico declarado), en lugar de sentimientos auténticos y pensamientos profundos, que no son muy admiradas en la actualidad, aunque son las únicas tragedias romanas que han llegado hasta los tiempos modernos.
Sin embargo, fue lo bastante popular en su época como para despertar la envidia de Nerón. Este, tan orgulloso de su propia obra, no podía soportar la idea de que la sociedad romana, en general, pensara que era en realidad Séneca quien escribía con el nombre de Nerón. Séneca fue relegado a la vida privada, y en 65 fue obligado a suicidarse, bajo la acusación de haber tomado parte en una conspiración contra el Emperador.
Pero no era de esperar que las clases más pobres de Roma se adhiriesen al epicureismo o al estoicismo. Carecían de la riqueza y el ocio necesarios para ser epicúreos, por mucho que lo hubiesen deseado, y era un triste consuelo para ellas que se las instase a despreciar los placeres cuando no tenían ningún placer que despreciar.
Se necesitaba algo más cálido y reconfortante, algo que un hombre pobre pudiese admitir, algo que prometiese una vida mejor después de la muerte para compensar la miserable vida sobre la Tierra.
Estaban, por ejemplo, las religiones mistéricas griegas, en las que los ritos no estaban al alcance de todos, sino sólo de los iniciados en ellos. Se suponía que quienes participaban en ellos eran discretos («mystes») con respecto a lo que experimentaban, y de aquí viene la expresión «religión mistérica» y el actual significado en castellano de la palabra «misterio» como algo secreto, inexplicado y hasta inexplicable.
Los ritos mistéricos, cualesquiera que fuesen, eran efectuados con una solemnidad que agitaba las emociones; unían a los participantes con lazos de hermandad; y permitían a los iniciados, según su propia creencia, tener una vida después de la muerte. Daban un sentido a la vida, hacían que la gente sintiese el calor de la unión con otros en un propósito común y ofrecían la promesa de que la muerte no era el final, sino la puerta de entrada a algo más grande que la vida.
La más venerada de las religiones mistéricas griegas era la de los misterios eleusinos, cuyo centro era Eleusis, lugar situado a unos pocos kilómetros al noroeste de la ciudad de Atenas. Se basaban en el mito griego de Deméter y Perséfone. Perséfone fue raptada y llevada al reino subterráneo de Hades, pero fue devuelta; esto aludía a la idea de la muerte de la vegetación en otoño y su renacimiento en la primavera, y más específicamente a la muerte del hombre seguida por un glorioso renacimiento. Otra variedad de este tipo de ritual eran los «misterios órficos», basados en la leyenda de Orfeo, quien también descendió al Hades y apareció nuevamente.
Aun después de la decadencia del poder político griego, las religiones mistéricas conservaron su importancia. Tan venerados eran los misterios eleusinos que Nerón, en ocasión de una visita oficial a Grecia en 66, pidió ser aceptado como iniciado. Pero se le negó porque había condenado a muerte a su madre, y este horrible crimen lo incapacitaba por siempre jamás para la comunión con los otros miembros de los ritos.
Es un notable tributo al valor asignado a los misterios el hecho de que quienes los dirigían no quebrantasen sus reglas para admitir a Nerón, aunque en todos los demás aspectos los griegos tratasen de complacerlo todo lo posible. Así, celebraron competiciones especiales en las que Nerón pudo medir sus fuerzas con profesionales griegos de la poesía, el canto, la lira, las carreras de carros, etcétera, y lo dispusieron todo para que recibiera el premio en todas las ocasiones. Más revelador aún de la importancia de los misterios es que Nerón, quien raramente permitía que lo contrariasen, no juzgara conveniente vengarse del insulto de ser rechazado por quienes se hallaban al frente de los misterios.
Los misterios griegos llevaban la marca de la razón y la moderación griegas. Pero a medida que la influencia romana penetró cada vez más al este, entró en contacto con religiones orientales aún más emocionales y coloridas, muchas de las cuáles también incluían el motivo de la muerte y renacimiento inspirado por el ciclo estacional de la vegetación.
En Asia Menor existía un antiguo culto de Cibeles, la Gran Madre de los Dioses, que en algunos aspectos era similar a la Deméter griega. Sus ritos se difundieron por Grecia en época temprana y, en 204 a. C., cuando los romanos estaban cerca del fin de su larga batalla contra el general cartaginés Aníbal, también ellos empezaron a rendir culto a Cibeles. Una piedra consagrada a ella que había caído del cielo (indudablemente, un meteorito), fue llevada con gran pompa de Asia Menor a Roma. Al principio, los romanos se sentían un tanto confusos en las ceremonias, y ante los extraños sacerdotes que habían sido importados junto con la piedra, pero en la época del Imperio temprano el culto de Cibeles llegó a ser uno de los más importantes en Roma.
Las deidades egipcias también se hicieron populares. En tiempos griegos, el dios y la diosa egipcios más importantes eran Osiris e Isis. Osiris pasaba por la muerte y la resurrección. Se suponía que sufría una reencarnación física en el toro sagrado Apis. Para los griegos, Osiris Apis se convirtió en «Serapis», y el culto de Serapis e Iris se hizo popular en Grecia alrededor del 200 a. C. Un siglo más tarde, estos ritos empezaron a invadir Roma. Augusto, que era un hombre anticuado, los desaprobaba, pero Calígula les dio la sanción oficial.
Las diosas como Deméter, Cibeles e Isis eran particularmente atractivas para las mujeres y, en verdad, paratodos los que valorasen la compasión y el amor. Los dioses masculinos a menudo eran dioses de la cólera y la guerra, de modo que también los soldados podían tener el consuelo de la religión.
De las tierras situadas al este del Imperio Romano, de Partia o de Persia, llegó Mitra, figura divina que representaba el Sol. Siempre era pintado como un joven que apuñalaba un toro, y los ritos de iniciación incluían el sacrificio ritual de un toro. Las mujeres estaban excluidas de estos ritos, por lo que el mitraísmo era una religión esencialmente masculina, y particularmente de soldados. Empezó a hacer sus primeras intrusiones en Roma por la época de Tiberio.
Quedan por mencionar las religiones que surgieron en Judea. La primera de ellas fue el mismo judaísmo, que se expandió desde Judea hacia el exterior con los judíos que se asentaban en las diversas ciudades del Imperio, particularmente en el Este, aunque también había una colonia bastante considerable en la misma Roma.
En verdad, con el tiempo, los judíos que vivían fuera de Judea superaron en número a los que habían permanecido en la tierra tradicional. Y aunque aprendiesen a hablar griego y olvidasen el hebreo, no olvidaron su religión. Su libro sagrado, la Biblia, fue traducida al griego para los judíos que ya no podían leer el original hebreo en fecha tan temprana como el 270 a. C.
Hasta había judíos que recibían una educación griega y podían defender las creencias judaicas en términos comprensibles para los griegos y los romanos de la época. El más destacado de ellos fue Philo Judaeus (Filón el Judío), quien nació en Alejandría por el 20 a. C. y, en su vejez, encabezó la delegación a Roma que iba a defender la causa de los judíos ante Calígula.
En los últimos días de la República y los primeros delImperio, el judaísmo hizo conversos entre los romanos, incluidos algunos que estaban en elevada posición.
Se hubiera difundido más aún si hubiese estado dispuesto a transigir. Otras religiones tenían sus ritos especiales, pero no impedían a sus miembros participar en el culto imperial. El judaísmo, en cambio, quería que sus prosélitos abandonasen hasta las formas más inocuas de sus antiguos cultos. Esto significaba que los romanos que deseaban hacerse judíos debían abandonar la religión del Estado, apartarse de la sociedad y aun correr el riesgo de que se levantase contra ellos la seria acusación de traición.
Además, el ritual judío era bastante complicado y difícil para cualquiera que no hubiese nacido y sido educado en él. Partes de ese ritual parecían irracionales y confusas para los educados en la filosofía griega. Por añadidura, todo el que quisiese ser judío tenía que someterse a la penosa operación de la circuncisión. Por último, el judaísmo en sentido estricto estaba centrado en Judea, y el Templo de Jerusalén era el único lugar donde alguien podía realmente acercarse a Dios.
El último golpe que dio fin a toda posibilidad de que los judíos lograsen prosélitos fue la sangrienta revuelta de Judea. Los judíos se convirtieron entonces en peligrosos enemigos de Roma y se hicieron más impopulares que nunca en todo el Imperio.
Sin embargo, el judaísmo no era una religión monolítica; había sectas dentro de él, y algunas de ellas eran más afines a los diversos no-judíos («gentiles») del Imperio que otras.
Una de esas sectas fue la creada por los discípulos de Jesús (véase página). Después de la crucifixión de Jesús, podía haberse pensado que sus seguidores se dispersarían, puesto que su muerte parecía reducir al ridículo sus pretensiones mesiánicas. Pero se difundió la historia de que fue visto nuevamente tres días después de la crucifixión, y que había vuelto de la muerte. No era meramente un Mesías humano, un rey que restauraría la monarquía judía; era un Mesías divino, el Hijo de Dios, cuyo Reinoestaba en el Cielo y que retornaría pronto (aunque nadie sabía exactamente cuándo) para juzgar a todos los hombres e instaurar la ciudad de Dios.
Los cristianos (como fueron llamados luego los discípulos de Jesús y sus seguidores), al principio siguieron siendo judíos en sus creencias y rituales, y obtuvieron sus conversos principalmente entre los judíos.
Pero muchos judíos siguieron siendo férreamente nacionalistas. No querían un Mesías que había muerto y dejado la nación esclavizada; querían un Mesías que se manifestase gloriosamente liberándolos de Roma. Este fue uno de los factores que llevó a la desastrosa rebelión contra Roma.
En esa rebelión, los cristianos no tomaron parte alguna. Ya tenían su Mesías; Roma no iba a durar eternamente, y era un error anticipar los planes de Dios para la culminación de la historia secular. La no violencia predicada por los cristianos, el deber de ofrecer la otra mejilla, de amar a los propios enemigos y de dar al César lo que era del César, también les impidió tomar parte en la rebelión.
Esta renuncia de los judíos cristianos a unirse a sus compatriotas judíos en la guerra contra Roma hizo impopular el cristianismo entre los judíos que sobrevivieron, y ya no hizo progresos entre ellos. Tampoco los judíos, en general, han aceptado a Jesús como el Mesías hasta el día de hoy, pese a las mayores presiones posibles.
Pero si el cristianismo fracasó entre los judíos, no ocurrió lo mismo con otros pueblos. Esto fue el resultado en gran medida de un judío llamado Saulo, quien en su trato con el mundo de los gentiles era conocido por el nombre similar, pero de resonancias más romanas, de Pablo.
Pablo nació en la ciudad de Tarso, en la costa meridional de Asia Menor, al parecer en el seno de una familia acomodada, pues su padre (y por tanto él mismo) era ciudadano romano. Recibió una educación judía estricta en Jerusalén y fue ortodoxo en sus creencias, tan ortodoxo que en su primer encuentro con las enseñanzas delos cristianos quedó horrorizado por su blasfemia y tuvo un papel de primera línea en los movimientos de persecución contra ellos. Se ofreció para viajar a Damasco a fin de dirigir allí el movimiento anticristiano, pero, según el relato de la Biblia, Jesús se le apareció en el camino, y desde ese momento fue un ardiente cristiano.
Pablo empezó a predicar el cristianismo a los gentiles y, al hacerlo, llegó a la creencia de que el intrincado ritual del judaísmo no era esencial para la religión verdadera y que hasta podía llevar a alejarse de ella al concentrar la atención en detalles insignificantes y oscurecer la esencia interior («pues la letra mata, pero el espíritu da vida»).
Para ser cristiano, pues, un gentil no necesitaba circuncidarse, ni tenía que observar todo el rigor del ritual judío ni asumir el nacionalismo judío y venerar el Templo de Jerusalén.
Casi inmediatamente el cristianismo empezó a difundirse por las ciudades de Asia Menor y Grecia, y más tarde en la misma Italia. La crucifixión y resurrección de Jesús, y los ritos con que se conmemoraban estos sucesos, recordaban las religiones mistéricas. La figura de María, la madre de Jesús, brindaba un suavizante toque femenino. Sus costumbres austeras eran como las de los estoicos. El cristianismo parecía tener algo que agradaba a todo el mundo.
En verdad, el cristianismo tenía una flexibilidad que el judaísmo nunca tuvo. Cuando el cristianismo se difundió entre personas que no sabían nada del judaísmo pero mucho sobre sus propias costumbres paganas, el nuevo credo adaptó a sus propios fines la filosofía griega y las costumbres paganas.
El mitraísmo, por ejemplo, que fue el principal competidor del cristianismo durante un par de siglos, celebraba el 25 de diciembre como su principal festividad. El mitraísmo era una forma de culto del sol, y el 25 de diciembre estaba cerca del momento del solsticio de invierno, cuando el sol de mediodía desciende a su punto máximo al Sur y comienza su lento retorno hacia el Norte. Este es, en cierto sentido, el nacimiento del Sol, la garantía deque el invierno terminará algún día y de que la primavera volverá, y con ella una nueva vida. Esta época del año era celebrada también por otras religiones. Los antiguos romanos consagraban ese período a su dios de la agricultura, Saturno, y las celebraciones recibían el nombre de saturnales. Las saturnales eran momentos de buena voluntad entre los hombres (hasta a los esclavos se les permitía participar en la festividad en un temporal rango de igualdad), de festejos y de regalos.
Los cristianos, al hallar irresistibles las emociones de la estación del renacimiento del Sol, las adaptaron a sus creencias, en vez de luchar contra ellas. Dieron a las emociones un nuevo uso. Puesto que la Biblia no dice exactamente cuándo se produjo el nacimiento de Jesús, se lo podía ubicar en el 25 de diciembre tanto como en cualquier otra fecha; esta fecha se convirtió en la Navidad y su celebración subsiste hasta hoy. Y aún hoy la fiesta de Navidad tiene algo de las características de las viejas saturnales.
Para los romanos, en general, al menos durante el medio siglo posterior a la muerte de Jesús, los cristianos eran meramente otra secta judía. En verdad, parecían más fastidiosos que otras sectas judías, pues se esforzaban duramente por lograr conversos.
Puesto que los cristianos no adoraban a los dioses romanos oficiales, eran considerados ateos. Y puesto que no participaban del culto imperial, eran considerados radicales peligrosos y posibles traidores. De hecho, los romanos juzgaban a los primeros cristianos de manera muy similar a como la mayoría de los norteamericanos de hoy juzgan a los comunistas.
Este sentimiento llegó a un punto decisivo en 64 (817 A. U. C.), cuando estalló un gran incendio que duró seis días y destruyó casi totalmente la ciudad. No es difícil imaginar cómo puede empezar un incendio de este género. Las partes más pobres de Roma tenían construcciones de madera raquíticas y superpobladas. Los métodos modernos de prevención de incendios eran desconocidos y no existían los equipos modernos para la extinción delfuego. Era fácil que cualquier incendio que se produjese no pudiera ser dominado y destruyese la ciudad. Grandes incendios se habían producido en Roma antes de Nerón y otros más iban a tener lugar después de él, pero al parecer ese del 64 fue el peor del que haya quedado noticia.
Nerón estaba en Antium (la moderna Anzio), en la costa, a unos cincuenta kilómetros al sur de Roma, cuando el fuego estalló. Al recibir las noticias del incendio, Nerón volvió apresuradamente e hizo lo que pudo para organizar operaciones de rescate, creó refugios temporales para los que se habían quedado sin hogar, etcétera.
Al parecer su manía por el espectáculo pudo más que él en un momento. Al contemplar el terrible espectáculo de la enorme ciudad en llamas iluminando el horizonte a su alrededor, recordó el incendio de la ciudad de Troya y, agarrando su lira, no pudo resistir la tentación de cantar alguna famosa canción sobre ese escenario. Esto ha sido recordado desde entonces en el relato de que Nerón «tocaba el violín» (el violín no fue inventado hasta muchos siglos después) mientras Roma ardía.
Se hizo algún intento de modificar las condiciones que habían dado origen al fuego. Los peores tugurios quedaron totalmente arrasados y se intentó regular la reconstrucción, limitando la altura de los edificios y aumentando los materiales resistentes al fuego, al menos en los pisos inferiores. Hubiera sido una buena oportunidad para reconstruir Roma según un plan racional, pero los viejos propietarios tendían a reconstruir donde lo habían hecho antes y Roma fue una ciudad tan enmarañada y sin plan como lo había sido antes.
Nerón aprovechó la oportunidad para hacerse construir un nuevo y magnífico palacio de hormigón y ladrillos, construcción resistente y a prueba del fuego que se puso de moda en lo sucesivo, entre quienes podían permitírselo.
El pueblo romano sospechó que el incendio había sido premeditado, y Nerón quizá pensó que sus enemigos difundirían la versión de que el mismo Emperador habíaprovocado el fuego. Nerón decidió adelantarse y acusó a los cristianos. Eran un fácil chivo emisario y, como resultado de ello, se inició la primera persecución organizada contra los cristianos.
Muchos fueron muertos obligados a enfrentarse desarmados con leones en la arena o de otras horribles maneras. Según la tradición, Pablo estaba en Roma por entonces y también Pedro, el principal discípulo de Jesús y jefe de la comunidad cristiana de la ciudad. (Pedro es considerado el primer obispo de Roma y, por lo tanto, el primer papa, según la doctrina católica romana.) Se supone que Pedro y Pablo sufrieron el martirio en esa persecución.
Pero las persecuciones fueron llevadas a tales extremos que, hasta según historiadores no cristianos, el populacho romano sintió piedad. En definitiva, tales persecuciones hicieron más para estimular el crecimiento del cristianismo que para impedirlo.
Nerón, como casi todos los primeros emperadores, desconfiaba de la aristocracia romana, y hasta la temía. Siempre tuvo miedo de que los senadores soñasen con el poder y la gloria pasados y, por ende, mantenía un ojo vigilante y una mano firme sobre ellos. La crueldad de Nerón sólo sirvió para alentar al Senado a comparar su lamentable situación con la gloria del pasado y a conspirar contra el Emperador.
En 65, hubo un movimiento secreto para eliminar a Nerón y reemplazarlo por un senador llamado Cayo Calpurnio Pisón. Por desgracia, los conspiradores no actuaron con rapidez, sino que estuvieron indecisos durante el tiempo suficiente para que alguien informase a Nerón. El Emperador actuó enérgicamente e hizo ejecutar a todos los que estaban relacionados (o de los que se sospechaba que lo estaban) con la conspiración. Séneca y Petronio fueron obligados a suicidarse a la sazón y, un pocomás tarde, también Corbulón, el triunfante general que había combatido a los partos.
La muerte de Corbulón no podía ser popular en el ejército, o entre los otros comandantes de los legionarios en particular. La ejecución de unos pocos senadores o aristócratas no preocupaba a un general, pero se inquietaba cuando se mataba a otros generales.
También la revuelta de Judea era algo embarazoso para el orgullo romano, pues unos pocos y miserables campesinos judíos tenían en jaque a la flor del ejército romano. Lo más sencillo parecía culpar de ello a la mala administración del gobierno. Y era tanto más fácil cuanto que la gira de Nerón por Grecia era una muestra patente de la locura imperial, mientras los soldados morían. (Este era el verdadero acto de «tocar el violín» mientras Roma ardía.) La exhibición de Nerón en Grecia, donde intervino en varios juegos, también era indignante para todos aquellos romanos quienes aún creían que el jefe del gobierno romano debía ser un guerrero y un estadista, no un cómico de la legua.
En diversos lugares, las legiones de las provincias se rebelaron y trataron de proclamar sus emperadores particulares. Nerón volvió apresuradamente a Italia en 68 (821 A. U. C.), pero la situación empeoró. Las legiones de España proclamaron emperador a su comandante, Servio Sulpicio Galba. La guardia pretoriana lo aceptó y declaró a Nerón enemigo público.
Lo único que a Nerón le quedaba por hacer era suicidarse. Después de muchas vacilaciones, se clavó una espada, llorando mientras exclamaba (según la tradición): « ¡Qué gran artista pierde el mundo! » Sólo tenía treinta y un años en el momento de su muerte.
Nerón fue el último emperador descendiente de Augusto. Si contamos a partir del 48 a. C., cuando Julio César derrotó a Pompeyo, la casa julío-claudiana dominó en Roma durante más de un siglo y dio un dictador y cinco emperadores.
Pero la muerte de Nerón no destruyó la tradición julio-claudiana. Hubo docenas de emperadores después deNerón y, aunque ninguno de ellos tenía una gota de la sangre de César y Augusto en sus venas, todos ellos adoptaron los títulos imperiales de César y Augusto.
De hecho, la palabra «César» llegó a ser sinónimo de «emperador», por lo que en tiempos modernos los emperadores de Alemania y de Austria-Hungría fueron llamados «Kaiser», ortografía alemana (y pronunciación correcta) del latín «Caesar». La palabra rusa «Zar» o «Czar» también deriva de «Caesar». Todavía en 1946, Bulgaria estaba gobernada por el zar Simeón II, y hasta 1947 hubo un emperador británico de la India cuyo título era «Kaiser-i-Hind». Así, durante dos mil años después del asesinato de Julio César, su nombre pervivió entre los gobernantes del mundo.