4.El linaje de Nerva

Nerva

Los conspiradores que mataron a Domiciano habían aprendido la lección dada por los que habían matado a Nerón una generación antes. No dejaron un vacío para que fuese llenado por generales en lucha unos con otros, sino que ya tenían un candidato. Puesto que no eran hombres de armas (aunque tuvieron la precaución de ganarse el apoyo del jefe de la guardia pretoriana), no eligieron a un general, sino a un senador.

Su elección cayó sobre un senador sumamente respetado llamado Nerva (Marcus Cocceius Nerva), cuyo padre había sido un famoso abogado y amigo del emperador Tiberio. El mismo Nerva había desempeñado cargos de responsabilidad bajo Vespasiano y Tito, y, en 90, compartió el consulado con el mismo Domiciano. Luego cayó en desgracia con Domiciano, quien lo exilió al sur de Italia.

Tenía sesenta y tantos años en el momento de la muerte de Domiciano y no era de esperar, como es natural,que viviese mucho tiempo. Sin duda, quienes apoyaban a Nerva contaban con esto y pensaban que su reinado sería un breve período de espera en el que podía elegirse un candidato mejor.

Nerva trató de poner fin a la periódica hostilidad entre el emperador y el Senado y de poner en práctica la teoría de que el Imperio Romano en realidad era gobernado por el Senado, y el emperador sólo era el sirviente de éste. Prometió no ejecutar nunca a un senador, y nunca lo hizo. Cuando se descubrió una conspiración contra él, se contentó con desterrar al jefe sin ejecutar a nadie. Puso en práctica una economía estricta, hizo volver a los exiliados políticos, organizó un servicio postal controlado por el Estado, creó instituciones de caridad para el cuidado de los niños necesitados y se mostró en todo aspecto como una persona humanitaria y amable.

Si bien el intento de Nerva de hacer a su gobierno responsable del bienestar de los ciudadanos parece sumamente encomiable, su reinado señaló un inquietante cambio decisivo en la sociedad antigua. Cada vez más, los gobiernos locales se mostraron incapaces de llevar a cabo sus tareas. Y cada vez más se dirigieron al emperador. Se esperaba que el gran gobernante de Roma cuidase de todos. Si lo hacía efectivamente, estaba bien, pero si llegase el tiempo en que el gobierno central fuese corrupto o incapaz, ¿qué sería, entonces, de los gobiernos locales, que ya no eran capaces de cuidar de sí mismos?

Pero, por el momento, sólo la guardia pretoriana estaba insatisfecha. Domiciano había sido popular entre sus miembros porque los favorecía, pues sabía bien que dependía de su apoyo para mantenerse en el poder. Por consiguiente, les pagaba bien y les permitía muchas libertades. Las economías de Nerva y su dependencia del Senado empeoraban la situación de los soldados de la guardia, quienes, con amargo desengaño, exigieron la muerte del principal conspirador contra Domiciano y de su propio jefe, que había apoyado la conspiración. Nerva se halló enfrentado con el destino de Galba (véase página), pero trató con valentía de arrostrar a los soldados de la guardia. Nerva no perdió su vida como resultado de ello, pero le infligieron una dura humillación al matar a quienes quería y luego obligar a Nerva a hacer que el Senado votase una moción de agradecimiento hacia ellos por esa matanza.

Nerva comprendió que no podía dominar al ejército y que su muerte acarrearía serios desórdenes. No tenía hijos a quienes legar el poder, como Vespasiano había hecho con Tito. Por ello, buscó a su alrededor a algún buen general en quien pudiera confiarse que gobernaría bien para adoptarle como hijo y asegurar la sucesión. Si no podía tener un Tito, al menos tendría un Tiberio.

Su elección cayó, muy sabiamente, en Trajano (Marcus Ulpius Trajanus). Este nació en España en el 53, cerca de la moderna ciudad de Sevilla e iba a ser el primer emperador nacido fuera de Italia (aunque era de ascendencia italiana). Fue un soldado toda su vida e hijo de un soldado, que siempre actuó con eficiencia y capacidad.

Tres meses después de efectuarse la adopción, Nerva murió, habiendo reinado cerca de un año y medio, y Trajano le sucedió pacíficamente en el trono.

Trajano iba a seguir el buen ejemplo de Nerva: mantuvo la promesa de no hacer ejecutar nunca a un senador y adoptó a un joven capaz como sucesor. En verdad, a partir de Nerva, hubo una serie de emperadores que se sucedieron unos a otros por adopción. A veces se los llama los «Antoninos», por el apellido de los últimos.

La Edad de Plata

En el nuevo período de paz, seguridad y prosperidad que se inició con Nerva, la aristocracia romana dio un gran suspiro de alivio y los historiadores romanos escribieron libros en los que describían a la mayoría de los emperadores anteriores con los más negros colores, para aumentar el contraste con los amables emperadores protectores del Senado que ahora se estaban sucediendo enel trono y también para obtener una especie de venganza póstuma sobre los gobernantes anteriores.

La venganza fue más eficaz de lo que los mismos historiadores habrían imaginado, pues algunos de sus libros sobrevivieron y han ennegrecido para siempre los nombres de los primeros emperadores. Por malos que hayan sido algunos de esos emperadores, no hay uno solo que no aparezca en las historias senatoriales (y por ende en el pensamiento de los hombres de hoy) mucho peor de lo que probablemente fue en la vida real.

El más importante de esos historiadores fue Cornelio Tácito. Prosperó bajo los Flavios, pero en los años finales del reinado de Domiciano vivió en una considerable inseguridad. Era yerno de Agrícola, el general que había extendido la dominación romana en Britania y había sido llamado por Domiciano. También esto aumentó el resentimiento de Tácito hacia este emperador. Escribió una historia de Roma desde la muerte de Augusto hasta la muerte de Domiciano desde el punto de vista del republicanismo senatorial y no vio nada bueno en la mayoría de los emperadores de ese período. Tiberio, en particular, fue objeto de su desagrado, probablemente porque su carácter era muy similar al de Domiciano.

Tácito también escribió una biografía de Agrícola, libro valioso por la luz que arroja sobre los britanos de la época. Tácito estuvo ausente de Roma entre el 89 y el 93, y quizás pasara parte de ese tiempo en Germania, porque escribió también un libro sobre ese país que es ahora prácticamente la única fuente de conocimiento que tenemos de esa región en la época del temprano Imperio. No podemos dejar de admirar la exactitud del libro, aunque Tácito trataba claramente de emitir un juicio moral, comparando la vida sencilla y virtuosa de los germanos con el decadente lujo de los romanos. Para hacer resaltar esto, probablemente pintó un cuadro demasiado brillante en un aspecto y demasiado oscuro en el otro.

Cayo Suetonio Tranquilo era un historiador más joven que nació alrededor del 70 en la costa africana. Es famoso por un libro titulado «Vida de los Doce Césares». Eraun conjunto de biografías chismosas de Julio César y los once primeros emperadores de Roma, hasta Domiciano inclusive. Suetonio gustaba de repetir historias escandalosas e incorporó a su libro muchas cosas que los historiadores modernos habrían descartado por considerarlas mero chismorreo. Pero escribía con sencillez, y las historias escandalosas que repitió dieron popularidad al libro, hasta el día de hoy.

El más importante historiador no romano del período fue un judío llamado José, que romanizó su nombre para convertirlo en Flavio Josefo. Nació en el 37, y no sólo estaba versado en las tradiciones judías, sino que también poseía la suficiente experiencia mundana como para asimilar con facilidad una educación romana. Conocía a ambas partes y visitó Roma en 64 a fin de pedir un tratamiento mejor y más tolerante para los judíos, mientras en Judea instó a la moderación y al freno de los elementos más nacionalistas.

Fracasó, y cuando estalló la Guerra de Judea, se vio obligado a conducir un contingente contra los romanos. Combatió bien, resistiendo durante largo tiempo contra fuerzas superiores. Cuando finalmente se vio obligado a rendirse, no se suicidó como los otros resistentes desesperados. En cambio, se inclinó ante lo inevitable, hizo las paces con Vespasiano y Tito y pasó el último cuarto de siglo de su vida en Roma como ciudadano romano, muriendo en 95, aproximadamente.

Pero no olvidó totalmente a sus infortunados compatriotas. Escribió una historia de la rebelión titulada La guerra de los judíos, publicada a finales de Vespasiano, y una autobiografía para defenderse contra la acusación de haber provocado la rebelión, y otro libro en defensa del judaísmo contra los antisemitas. Su obra maestra fue Las antigüedades judías, una historia de los judíos (con una descripción de los libros históricos de la Biblia) que llegaba hasta el estallido de la rebelión.

En este último libro, se menciona a Jesús de Nazaret en un párrafo, la única referencia contemporánea a Jesús fuera del Nuevo Testamento. Pero la mayoría de los sabios consideran apócrifo el párrafo, y creen que fue insertado posteriormente por algún ardiente cristiano inquieto por la falta de referencia de Josefo a Jesús en su descripción de Judea en la época de Tiberio.

El período de los Flavios se señaló por la producción de una importante literatura. Los críticos no la colocan en el mismo nivel que las grandes creaciones de la época de Augusto y se limitan a aludir a los escritos del tiempo de los Flavios como la «Edad de Plata».

Esta edad de plata incluye a tres destacados satíricos, es decir, autores que se burlaban de los vicios de su tiempo y, de este modo, contribuyeron a mejorar la moral pública. Esos satíricos eran Persio (Aulus Persius Flaccus), Marcial (Marcus Valerius Martialis) y Juvenal (Decimus Junius Juvenalis).

Persio fue el primero y, en realidad, precedió al período navío, pues escribió en los reinados de Claudio y Nerón. Se especializó en burlarse de los gustos literarios del momento, que, pensaba, reflejaban la decadencia general de la moral. Murió antes de los treinta años, y probablemente habría ganado mayor fama si hubiese vivido más tiempo.

Marcial nació en España, en 43, llegó a Roma en época de Nerón y permaneció allí por el resto de su vida, muriendo en 104. Se le conoce sobre todo por su epigramas satíricos, versos cortos, de dos a cuatro líneas, que podían ser sumamente mordaces. Escribió alrededor de 1.500 de ellos, y los dividió en catorce libros. Se mofó de todo lo que a sus ojos era disoluto y erróneo y es probable que sus epigramas estuvieran en los labios de todas las personas importantes de Roma. Tal vez todo el que fuese objeto de su mordaz ingenio sintiese el escozor por años.

Marcial fue muy popular en vida, y recibió el patrocinio de Tito y Domiciano. Esto se debió en parte a que su ingenio era genuinamente divertido y en parte a que a menudo se permitió escribir versos indecorosos, por lo que algunos de sus epigramas son casi como «chistes verdes».

Un epigrama decente que podemos tomar como ejemplo es el siguiente:

Non amo te, Sabidi, nec possum dicere quare;

Hoc tantum possum dicere, non amo te.

Esto significa: «No te quiero Sabidio, y no sé por qué; sólo puedo decir que no te quiero».

Este epigrama es más conocido hoy [en los países de habla inglesa, n. del t. ] en la forma de una traducción libre hecha por Thomas Brown, cuando estudiaba en Oxford, alrededor de 1780, y referida a su decano, John Fell:

I do not love thee, Doctor Fell.

The reason why I cannot tell;

But this alone I know full well,

I do not love thee, Doctor Fell.

Juvenal fue quizás el más grande y el más acre de los satíricos. Carecía de humor y de gracia porque los defectos de la sociedad que veía a su alrededor le eran tan odiosos que sólo podía tratarlos con una ardiente indignación. Despreciaba el lujo y la ostentación, y denunciaba con igual vehemencia la dominación de un hombre como la supremacía de la muchedumbre. Hallaba detestable casi todo aspecto de la vida cotidiana de Roma, y fue él quien dijo que todo lo que interesaba a los romanos era «panem et circenses» («pan y circo»). Sin embargo, esto no significa que Roma bajo los emperadores fuese una ciudad peor que cualquier otra de la historia del mundo. Sin duda, si Juvenal viviese hoy, podría escribir sátiras similares, igualmente amargas e igualmente verdaderas, sobre Nueva York, París, Londres o Moscú. Es importante recordar que los vicios y males de la vida resaltan muy claramente pero que aun en los peores tiempos hay mucho de bueno, amable y decente que pasa inadvertido y no sale en la primera plana de los periódicos.

Un poeta de un estilo más antiguo era Lucano (Marcus Annaeus Lucanus). Nació en Cordoba, España, en el 39,y era sobrino de Séneca, el tutor del joven Nerón (véase página). Su obra más famosa era un poema épico sobre la guerra civil entre Julio César y Pompeyo. Es la única de sus obras que nos ha llegado.

Fue uno de los íntimos de Nerón, pero esta amistad fue fatal para él tanto como para su tío. Nerón se sintió celoso de las aclamaciones que recibían las poesías de Lucano y le prohibió dar recitales públicos. Esto era más de lo que un poeta podía soportar. Entró en la conspiración de Pisón contra el Emperador y, cuando ésta fracasó, fue apresado y obligado a suicidarse, pese a que brindó información y traicionó a quienes habían estado en la conspiración con él.

Otro miembro de la «Escuela Española» que floreció en la Roma de la Edad de Plata y que incluía a Séneca, Marcial y Lucano era Quintiliano (Marcus Fabius Quintilianus), quien nació en España en el 35. Prestó servicios bajo Galba y llegó a Roma cuando este general se convirtió por breve tiempo en emperador. Permaneció en Roma y llegó a ser el más importante maestro de oratoria y retórica de su época. Fue el primer maestro que se benefició del nuevo interés imperial por la educación y recibió de Vespasiano una subvención gubernamental. Quintiliano era un gran admirador de Cicerón y se esforzó por salvar el estilo latino de la tendencia a hacerse demasiado rebuscado y poético.

Roma nunca fue famosa por su ciencia; ésta era el fuerte de los griegos. Sin embargo, en el siglo I del Imperio, varios romanos hicieron contribuciones que deben ser mencionadas en toda historia de la ciencia.

El más famoso de ellos, quizá, fue Plinio (Gaius Plinius Secundus), nacido en Novum Comun (la moderna Como), en el norte de Italia, en 23. Tuvo mando de tropas en Germania, en tiempos de Claudio, pero fue después que Vespasiano (de quien era íntimo amigo) se convirtiese en emperador cuando realmente pudo hacer valer sus méritos. En este reinado, fue gobernador de partes de la Galia y España.

Era un hombre de intereses universales y de una curiosidad universal, que estaba siempre leyendo y escribiendo en todo momento libre que tenía. Su obra principal fue una Historia Natural en treinta y siete volúmenes, publicada en 77 y dedicada a Tito, a la sazón heredero del trono. No era una obra original, sino un compendio de dos mil libros antiguos de casi quinientos autores. Lo hizo con total indiscriminación y elegía los temas a menudo porque eran sensacionalistas e interesantes, no porque fuesen plausibles o sensatos.

El libro trataba de astronomía y geografía, pero en su mayor parte estaba dedicado a la zoología, y en este campo citó profusamente cuentos de viajeros acerca de unicornios, sirenas, caballos voladores, hombres sin boca, hombres con pies enormes, etc. Era fascinante y los libros sobrevivieron porque se hicieron muchísimas copias de ellos, mientras que se perdieron otras obras más sobrias y con más materiales fácticos. La obra de Plinio fue conocida durante toda la Edad Media y comienzos de los tiempos modernos como una maravilla, y generalmente se creyó que trataba de cosas reales.

Plinio tuvo un trágico fin. Bajo Tito, fue puesto al mando de la flota estacionada frente a Nápoles. Desde allí, vio la explosión del Vesubio. En su ansiedad por presenciar la erupción, estudiarla y luego, indudablemente, describirla en detalle, bajó a la costa. Tardó demasiado en retirarse y fue atrapado por las cenizas y el vapor. Más tarde, se le halló muerto.

Entre otros divulgadores cuya obra ha sobrevivido se cuenta Aulo Cornelio Celso. En tiempos de Tiberio, recopiló restos del saber griego para su público. El libro que dedicó a la medicina griega fue descubierto en época moderna y Celso llegó a ser considerado como un famoso médico antiguo, lo cual era hacerle demasiado honor.

En el reinado de Calígula, Pomponio Mela (otro de los intelectuales de la época nacidos en España) escribió una pequeña geografía popular basada en la astronomía griega, excluyendo cuidadosamente las matemáticas que la hubiesen hecho demasiado difícil. Fue muy popular en su tiempo y sobrevivió hasta el período medieval, cuando,durante un momento, fue todo lo que quedaba del conocimiento geográfico antiguo.

En ingeniería los romanos se destacaron e hicieron una importante labor. Vitruvio (Marcus Vitruvius Pollio) floreció en el reinado de Augusto y publicó un gran volumen sobre arquitectura que dedicó al Emperador. Durante muchos siglos, fue un clásico en la materia.

Una labor similar en otras ramas de las ciencias prácticas fue la realizada por Sexto Julio Frontino, nacido alrededor del 30. Fue gobernador de Britania bajo Vespasiano y escribió libros sobre agrimensura y ciencia militar que no nos han llegado. En 97, el emperador Nerva lo puso a cargo del sistema hidráulico de Roma. Como resultado de esto, publicó una obra en dos volúmenes en la que describía los acueductos romanos, probablemente la más importante obra informativa que poseemos sobre la ingeniería antigua. Estaba orgulloso de las realizaciones prácticas de los ingenieros romanos, y las comparaba favorablemente con las hazañas de ingeniería espectaculares pero inútiles de los egipcios y los griegos.

La luz menguante de la ciencia griega aún brillaba en el período del temprano Imperio. Un médico griego, Dioscórides, sirvió en los ejércitos romanos bajo Nerón. Su principal interés residía en el uso de plantas como fuente de drogas. A este respecto, escribió cinco libros que constituyeron la primera farmacopea sistemática y sobrevivieron a lo largo del período medieval.

Aproximadamente por la misma época, vivió en Alejandría Herón, tal vez el más ingenioso inventor e ingeniero de la antigüedad. Es muy famoso por haber concebido una esfera hueca con mangos curvos dentro de la cual podía hervirse agua. El vapor, al salir con fuerza por los mangos, hacía girar la esfera (precisamente, el principio de muchas regaderas automáticas actuales). Se trata de una máquina de vapor muy primitiva, y si la sociedad de la época hubiera sido diferente, cabe imaginar que tal mecanismo habría dado origen a una revolución industrial como la que se produjo, de hecho, sólo diecisiete siglos más tarde. Herón también estudió la mecánicay observó la conducta del aire, temas sobre los que escribió obras muy avanzadas para su época.

Sin embargo, por alguna razón, la luz de la literatura y la ciencia que tanto había brillado en los tiempos inciertos y agitados de tiranos como Calígula, Nerón y Domiciano, fue apagándose hasta convertirse en una débil llama bajo el gobierno suave e ilustrado de los emperadores que siguieron a Nerva.

Trajano

El hecho de que un oriundo de las provincias como Trajano pudiera convertirse en emperador y ser popular era también un signo de que el Imperio se estaba transformando en algo más que el ámbito dominado por Italia que Augusto había tratado de hacer de él. La fuerza de los hechos estaba restaurando la gran concepción de Julio César de un Imperio basado en la cooperación de todas las provincias, de un extremo a otro, y en la participación de todos en el gobierno.

En el momento de la muerte de Nerva, Trajano se hallaba inspeccionando el ángulo formado por el Rin y el Danubio, tan recientemente fortificado por Domiciano, y sólo volvió a Roma cuando estuvo totalmente satisfecho de su seguridad. El hecho de que su ausencia no diera origen a desórdenes revela la ansiedad con que Italia había recibido la serenidad del reinado de Nerva y su decisión de hacer que continuara.

En 99, Trajano entró en Roma en triunfo y su poderosa personalidad logró someter completamente a la guardia pretoriana.

Pero en el exterior, Trajano dio un nuevo curso a la política romana. Desde la derrota de Varo en Germania, noventa años antes, la política de Roma había sido esencialmente defensiva. Las extensiones territoriales se habían hecho a expensas de los reinos satélites o en rincones aislados como Britania o la región del Rin y el Danubio,pero esto no afectó a la decisión básica de no buscarse problemas con enemigos poderosos.

Trajano no seguiría el mismo camino. En su opinión, Roma se estaba ablandando por falta de buenos enemigos, blandura que llegó a su colmo con la disposición de Domiciano de comprar la paz a los dacios. Trajano estaba decidido a terminar con esta vergüenza y por ende a reavivar las virtudes militares de Roma mediante una dura lucha. Por ello, casi tan pronto como se estableció en Roma, se preparó para ajustar cuentas con Dacia.

Primero, puso fin al tributo, y cuando Decébalo (que aún estaba vivo y aún era el rey de los dacios) respondió con rápidas correrías por el Danubio, Trajano condujo su ejército hacia el Este en 101. Lanzándose hacia el Norte, después de cruzar el Danubio, los soldados romanos llevaron la guerra, con todo rigor, al mismo territorio dacio. En dos años, Decébalo fue totalmente derrotado y se vio obligado a aceptar una paz por la cual se permitía a los romanos mantener guarniciones en el país.

El nuevo estado de cosas era tan humillante para Decébalo como la paz de Domiciano había sido humillante para Roma. Los romanos no se tomaron la molestia de no herir los sentimientos de Decébalo o de salvar las apariencias para él. En 105, reinició la guerra y, en una segunda campaña, los dacios sufrieron una derrota aún peor que la anterior, y Decébalo, desesperado, se suicidó.

Esta vez, Trajano no se anduvo con medias tintas. En 107 anexó toda Dacia y la convirtió en una provincia romana. Luego estimuló al asentamiento de colonias y villas romanas por toda la nueva provincia, que se romanizó rápidamente. Las regiones costeras al norte del mar Negro y al este de Dacia no fueron anexadas realmente a Roma, pero en ellas había desde hacía largo tiempo ciudades de habla griega y ahora formaron un protectorado romano. Esto significaba que cada centímetro de costa dentro del estrecho de Gibraltar estaba ahora bajo el control de un solo gobierno. Esto nunca había ocurrido en toda la historia antes del Imperio Romano, ni iba a ocurrir otra vez después de él.

Dacia nunca fue una provincia tranquila. Más allá de ella, al norte y al este, había otras hordas de tribus bárbaras, y Dacia no estaba protegida por barreras naturales de importancia. Por eso, estaba expuesta a perennes correrías. Durante el siglo y medio que formó parte del Imperio, probablemente costó a Roma más de lo que valía, aunque sirvió como tapón para las ricas provincias del Danubio meridional.

Extrañamente, las huellas de la ocupación romana son mucho más claras en Dacia que en tierras situadas al sur que fueron romanas durante períodos muchos más largos, antes y después. Lo que antaño fue Dacia es hoy Rumania, o, más correctamente, Romania. Su mismo nombre recuerda a Roma, y los habitantes modernos afirman enfáticamente que son los descendientes de los viejos colonos romanos de tiempos de Trajano. Sin duda, la lengua rumana está estrechamente emparentada con el latín. Es clasificada como una lengua romance (junto con el francés, el italiano, el español y el portugués) y se ha mantenido a lo largo de siglos, mientras un mar de lenguas eslavas descendió del Norte y pasó, bordeándola, al Sur.

En honor de su victoria en Dacia, Trajano hizo erigir, en el Foro Romano, una magnífica columna de 33 metros que aún permanece en pie en la Roma actual. En ella se representa la historia de las campañas de Dacia, en un bajorrelieve en espiral que contiene más de 2.500 figuras humanas. Allí aparece casi todo tipo de escena bélica, desde la preparación de la guerra hasta batallas reales, la captura de prisioneros y el triunfante retorno final a Roma.

En lo interior, Trajano adoptó la política paternalista y humanitaria de Nerva. Hasta aumentó la subvención para niños necesitados. Esto, claro está, no era sólo cuestión de humanidad. El índice de natalidad del Imperio estaba declinando , y la posibilidad de que hubiese unaescasez de soldados era un peligro real. Proteger a las familias pobres con hijos estimulaba la producción de futuros soldados, según se esperaba.

Es importante recordar, incidentalmente, que el índice de mortalidad en el Imperio Romano era mucho más elevado que en las naciones modernas tecnológicamente avanzadas, y la esperanza de vida era inferior. Por ello, un descenso del índice de natalidad en Roma era algo mucho más serio de lo que sería un descenso análogo en el mundo actual. Decir que el descenso del índice de natalidad hoy sería un «suicidio racial» y usar como ejemplo el Imperio Romano es ignorar completamente las diferencias fundamentales en la situación de entonces comparada con la actual.

Pero la larga ausencia de Roma por parte de Trajano, por mucho que aumentara la gloria en lenta decadencia de las armas romanas, tuvo también sus desventajas. En su ausencia, el gobierno de las provincias tendió a corromperse. Las ciudades, particularmente en el Este, se volvieron cada vez más incapaces de manejar sus asuntos financieros. Se necesitaba cada vez más la intervención y supervisión del gobierno central, no sólo para la reforma fiscal, sino también para la construcción de caminos y otras obras públicas.

En 111, por ejemplo, Trajano tuvo que enviar a Plinio el Joven (Gaius Plinius Cecilius Secundus) como gobernador de Bitinia para que reorganizase la provincia. (Plinio el Joven era sobrino del Plinio que murió en la erupción del Vesubio, llamado a veces Plinio el Viejo).

El joven Plinio era amigo de varias de las grandes figuras literarias del período, particularmente de Marcial y Tácito, y él mismo escribió algo de tanto en tanto. Es más conocido por sus cartas, que escribió con vistas a una publicación futura, por lo que cabe preguntarse hasta qué punto arrojan luz sobre su personalidad.

Para la gente de hoy es importante, sobre todo, una carta que envió a Trajano desde Bitinia. Al parecer, los cristianos eran castigados meramente por ser cristianos, y Plinio pensó que si podía persuadirse a la gente a que se retractara y dejase de ser cristiana, debía ser perdonada, aunque admitiese haber sido cristiana antes. Además, Plinio se resistía a actuar contra las personas sobre la base de acusaciones anónimas. Además, se inquietaba por el hecho de que los cristianos no vivían como criminales, sino que parecían vivir de acuerdo con un elevado código moral. Plinio señaló que el cristianismo se estaba difundiendo rápidamente y que sólo la suavidad, no la severidad, podía detener su difusión.

Trajano respondió brevemente, aprobó la acción de Plinio de perdonar a quienes se retractasen, ordenó ignorar las acusaciones anónimas y, además, afirmó que no se debía estar a la búsqueda de cristianos. Si se informaba legítimamente que lo eran y se los condenaba legítimamente, entonces debían ser castigados de acuerdo con la ley, decía Trajano, pero Plinio no debía salir a buscarlos. (Indiscutiblemente, Plinio y Trajano, en lenguaje moderno, eran «blandos con el cristianismo».)

Plinio murió no mucho después de escribir esa carta, probablemente mientras aún prestaba servicios como gobernador de Bitinia.

El período de paz posterior a la campaña dacia no duró mucho, pues surgieron problemas en el Este. Los dacios habían pedido ayuda a Partía, la vieja enemiga de Roma, y Trajano no lo olvidó. Además, Armenia aún era el Estado tapón en disputa entre los dos grandes imperios. La última lucha se había producido en la época de Nerón, y desde entonces Armenia había estado en un delicado equilibrio.

Pero en 113, el rey parto Cosroes puso un gobernante títere en Armenia y rompió la tregua de cincuenta años. Fue una locura de Partia, pues pasaba desde hacia varias décadas por periódicas guerras civiles entre pretendientes rivales al trono, mientras que Roma atravesaba un período de fortalecimiento. En efecto, durante los veinte años anteriores, fuerzas romanas habían estado avanzan­do poco a poco hacia el Este, hasta las tierras fronterizas de Arabia. La ciudad comercial de Petra, al sudeste de Judea, junto con la península del Sinaí, entre Judea y Egipto, fueron anexadas en 105 y convertidas en la pro­vincia romana de Arabia. Esto consolidó la posición ro­mana en el Este y la fortaleció para una guerra con Partia.

Cosroes se apercibió sin duda de su error, pues hizo un rápido esfuerzo para aplacar a Trajano. Pero era de­masiado tarde, pues Trajano no estaba dispuesto a tran­sigir. Avanzó hacia el Este en 114, se apoderó de Ar­menia casi sin lucha y la convirtió directamente en una provincia romana. Luego dobló al sudeste, avanzó hacia la capital parta, Ctesifonte, que tomó, y después atravesó toda la Mesopotámia hasta llegar al golfo Pérsico.

Ese fue el punto oriental más lejano al que llegaron las legiones romanas, y cuando Trajano, que tenía sesenta años, miró a través del golfo en dirección a Persia y la India, donde cuatro siglos y medio antes Alejandro Mag­no había ganado enormes victorias, exclamó tristemente: « ¡Sí yo fuera más joven! ».

En ese momento, el Imperio Romano llegó a su máxi­ma extensión. En 116 (860 A. U. C.), Trajano convirtió a Asiria y Mesopotámia en provincias de Roma y estable­ció las fronteras orientales del Imperio en el río Tigris.

La superficie del Imperio Romano, unido por 290.000 kilómetros de caminos, era de aproximadamente de 9.000.000 kilómetros cuadrados, de modo que tenía más o menos el tamaño de los Estados Unidos de América en la actualidad. Su población debe de haber sido de un poco más de 100.000.000 de habitantes, y la ciudad de Roma contaba con alrededor de 1.000.000 de habitantes. El Im­perio tenía una gran extensión, aun para los tiempos mo­dernos, y en comparación con los Estados que habían existido antes en la zona mediterránea (excepto el Im­perio Persa, de vida relativamente corta) era absolutamente monumental. No cabe extrañarse de que causara una impresión tan profunda a los hombres de los siglos que siguieron inmediatamente a la muerte de Augusto que ni siquiera todos los desastres que más tarde sufriría el Imperio bastarían para borrar el recuerdo de su grandeza.

Pero era más fácil derrotar a los partos que consolidar la victoria. Casi inmediatamente, reanudaron la guerra, y Trajano, al tener noticia de desórdenes en otras partes del Imperio, se vio obligado a retirarse un poco de los lejanos puntos a los que había llegado. En 117, en el camino de vuelta a Roma, murió en el sur de Asia Menor.

Adriano

Alrededor de 106, al parecer, Trajano había elegido a su sucesor. Este era Adriano (Publius Aelius Hadrianus), hijo de un primo de Trajano. Adriano prestó buenos y fieles servicios en la campaña de Dacia y se casó con una sobrina nieta de Trajano. A la muerte de éste, se convirtió en emperador sin disputa alguna, y mediante una liberal gratificación a los soldados se aseguró de que no tendría problemas. Abandonó la costumbre romana de afeitarse, que se remontaba a tres siglos atrás, y fue el primer emperador que llevó barba.

El imperio que gobernó no era tan sólido y grande como parecía. Las conquistas de Trajano, por mucho que halagaran el orgullo de los patriotas y tradicionalistas romanos, habían extendido y tensado la economía de un ámbito que estaba demasiado maduro y se estaba volviendo blando y endeble en muchos lugares. Tratar de mantener las fronteras de ese momento, suponía alimentar y abastecer a todo un ejército durante el tiempo que durase una guerra oriental que prometía ser larga, y también que el gobierno interno continuaría perdiendo su vigor.

Adriano decidió no arriesgarse. Si Trajano trató de revivir a Julio César, Adriano intentó revivir a Augusto. Estaba dispuesto a bajar los humos romanos, estableciendo una frontera firme y segura que no traspasaría y dentro de la cual pudiera prosperar.

Con este propósito, pronto renunció a las conquistas orientales de Trajano, y el Imperio Romano, después de estar dos o tres años en la cúspide de su extensión, inició la larga retracción que iba a durar trece siglos y no iba a cesar hasta la caída final de su última ciudad.

Toda la región mesopotámica fue devuelta a Partia y se hizo nuevamente del Eufrates superior, mucho más fácilmente defendible que el Tigris, la frontera oriental del Imperio; una frontera, además, que Partia, agotada y con su orgullo nacional restablecido, no estaba con ánimo de disputar. En cuanto a Armenia, Adriano se contentó con hacer de ella nuevamente un reino satélite, como antes, y no hizo ningún intento de conservarla como provincia. Esto suponía una retracción de unos ochocientos kilómetros y el fin de la momentánea posición romana en el mar Caspio y el golfo Pérsico, pero en realidad era para bien.

Adriano tuvo que rechazar a los bárbaros que hacían incursiones por Dacia, en una guerra que libró con renuencia. En verdad, estaba ansioso de renunciar a las conquistas de Trajano en Dacia, pero esto no fue aceptado por sus consejeros y, probablemente, tampoco por sus propios sentimientos. Dacia era la única de las conquistas recientes en la que se habían asentado en gran número colonos romanos, y habría sido infame abandonarlos a los bárbaros.

Adriano continuó y amplió las medidas humanitarias y caritativas de Nerva y Trajano. Hasta hizo aprobar leyes para lograr que se diese un trato considerado a los esclavos, de los que había cerca de 400.000 en la ciudad de Roma solamente, aunque su número estaba declinando, y estimuló la creación de escuelas gratuitas para los pobres. Mantuvo la política de respeto hacia el Senado e hizo grandes esfuerzos para quedar limpio de la sospecha de que ciertos conspiradores ejecutados por la guardia pretoriana habían sido muertos a instigación suya. Reorganizando los métodos para la recaudación de impuestos,logró aumentar los ingresos imperiales a la par que aligeraba los impuestos. También reconstruyó el Panteón, dándole un aspecto aún más impresionante, después de su destrucción por el fuego.

Con todo, la economía romana estaba en mal estado, sobre todo la agricultura. Cuando Augusto estableció el principado y puso fin a siglos de conquistas, también puso fin a la afluencia de miles de esclavos baratos de los países conquistados. Fueron reemplazados por arrendatarios libres que, al no tener propiedades, podían desplazarse de un lugar a otro en busca de mejores condiciones de trabajo. El porcentaje de soldados y habitantes urbanos (que no contribuían a la producción de alimentos) aumentó, mientras que el conjunto de la población disminuyó, de modo que se hizo cada vez más difícil hallar trabajadores agrícolas y el salario por sus servicios subió desmesuradamente (o al menos así les parecía a los terratenientes). Por esa razón, hubo una tendencia creciente a promulgar leyes para impedir que los campesinos se desplazasen, a mantenerlos ligados a un trozo de tierra determinado. Estos fueron los débiles comienzos de lo que llegaría a ser la servidumbre en la Edad Media.

Aunque Adriano trató al Senado con respeto, el prestigio de este cuerpo declinó constantemente. Ya nadie pretendía que el Senado tuviese algo que ver con la elaboración de leyes; sólo importaban los edictos del emperador. Por supuesto, un emperador concienzudo como Adriano no promulgaba edictos de manera caprichosa o arbitraría, sino que consultaba a un consejo de distinguidos juristas que lo asesoraban.

Adriano era un intelectual y un anticuario; se interesaba por todo el Imperio, no por Italia solamente. En verdad, buena parte de sus veintiún años de gobierno la pasó en viajes de recreo por las diversas provincias, haciéndose ver por la gente y, a su vez, observándola.

En 121, se marchó al Oeste y el Norte, viajando a través de la Galia y Germania para luego entrar en Britania. Por entonces, ya hacía ochenta años que Britania era más o menos romana, pero las tierras altas del Norte,habitadas por los salvajes pictos, aún estaban fuera de la dominación romana. Adriano no sentía allí más entusiasmo por las aventuras militares que en cualquier otra parte. Dirigió la construcción de una muralla (la «Muralla de Adriano») a través de una parte estrecha de la isla, justamente a lo largo de la línea que hoy separa a Inglaterra de Escocia. Los romanos se retiraron al sur de esa muralla, que era fácil de defender contra las correrías desorganizadas de las tribus salvajes, y la Britania romana continuó en paz y en una considerable prosperidad durante casi tres siglos.

Luego Adriano visitó España y África, y después viajó al Este. Las relaciones con Partia estaban empeorando nuevamente, pero Adriano tomó la medida sin precedentes de realizar una «reunión cumbre» con el rey parto para ajustar todas las diferencias.

Finalmente, llegó a Grecia, que era el deseo de su corazón.

En el reinado de Adriano, el período de mayor gloria de Grecia estaba ya cinco siglos y medio atrás. La Atenas de la Era de Pericles estaba tan lejos de él como la Florencia del Renacimiento lo está para nosotros. Los hombres sabios ya habían llegado a comprender que el período de Pericles había sido algo excepcional en la historia humana, y Adriano, que había recibido una educación totalmente griega, era muy consciente de ello.

Cuando visitó Atenas, en 125 (878 A. U. C), no hubo nada que le pareciese demasiado bueno para ella. Le hizo concesiones económicas y políticas, restauró viejos edificios y construyó otros nuevos, y trató de restablecer las costumbres antiguas. Hasta se inició en los misterios eleusinos, en los que fue aceptado, mientras Nerón había sido rechazado (véase página).

También fundó nuevas ciudades, la más importante de las cuales fue la fundada en Tracia con el nombre de Adrianópolis (la «ciudad de Adriano») en su honor. Hoy forma parte de Turquía, con el nombre de Edirne.

En 129, retornó a Atenas en una segunda y prolongada visita, y luego se dirigió a Egipto y al Este una vez más.

En lo que antaño había sido Judea, cometió un error. Ordenó que la Jerusalén en ruinas fuese reconstruida como ciudad romana y que se construyera un templo a Júpiter en el lugar del Templo judío, destruido medio siglo antes. Ante esto, los judíos que quedaban en esa tierra se lanzaron a la rebelión. La santidad de Jerusalén, aun en ruinas, era cara para ellos, y no soportaban su profanación.

Debe admitirse que los judíos, de todos modos, habían estado agitados desde hacía un tiempo. Aunque no fueron tratados particularmente mal bajo Nerva o Trajano, subsistían las viejas esperanzas mesiánicas y el permanente resentimiento por la destrucción del Templo. Mientras Trajano estaba librando sus guerras orientales, los judíos se levantaron en Cirene, al este de Egipto. Este hecho tuvo cierta influencia en la detención de sus conquistas orientales. La revuelta de Cirene fue aplastada, pero esto sólo aumentó los resentimientos que finalmente se desbordaron con la orden de Adriano concerniente a Jerusalén.

El líder judío de la revuelta de Judea era Bar-Kokhba («hijo de una estrella»), un temerario y valiente filibustero a quien el rabino Aquiba, el principal jefe judío de entonces, proclamó el Mesías. Fue una lucha inútil. Aquiba fue capturado y torturado hasta la muerte y, después de tres años durante los cuales cayó una fortaleza judía tras otra, pese al tenaz heroísmo de sus defensores, Bar-Kokhba finalmente fue atrapado y muerto, en 135 (888 de la fundación de Roma).

Judea quedó prácticamente vacía de judíos; tenían prohibido el acceso a Jerusalén, y durante casi dos mil años dejaron de tener historia como nación. Empezó su larga pesadilla, en la que durante muchos siglos fueron una minoría en todas partes, odiados y despreciados en todas partes, acosados y muertos casi en todas partes, pero conservando siempre la fe en su dios y en sí mismos y logrando de algún modo sobrevivir.

Adriano se interesaba particularmente por la literatura.

Suetonio (véase página) fue durante un tiempo su secretario privado. El Emperador también protegió a Plutarco, gran escritor griego de la época, haciéndolo procurador de Grecia hacia el fin de su vida. De este modo, Adriano complacía a Grecia poniendo el país bajo un gobernante nativo.

Plutarco era la encarnación de la paz crepuscular de Grecia en este período. Bajo el Imperio, Grecia se recuperó de los largos períodos de devastaciones que había experimentado como resultado de las querellas entre sus propias ciudades, seguidas por las conquistas macedónica y romana y luego por las diversas guerras civiles romanas que se libraron, en parte, en su territorio. Su población había disminuido y su vigor decaído, pero los griegos vivían rodeados por el recuerdo de su antigua grandeza y todas las reliquias arquitectónicas y artísticas que esa grandeza les había dejado. El calor de la admiración imperial fue también un factor que avivó el orgullo de Grecia.

Ese orgullo estaba encarnado en las obras de Plutarco, la más importante de las cuales era las Vidas Paralelas. Consistía en pares de biografías, una de un griego y otra de un romano, pares elegidos para mostrar semejanzas esenciales. Por ejemplo, Rómulo y Teseo formaban un par, puesto que Rómulo fundó Roma y Teseo organizó Atenas en su forma clásica. Julio César y Alejandro formaban otro par. Coriolano y Alcibíades (el primero traidor a Roma, el segundo traidor a Atenas) constituían otro par. La obra era tan atractiva y las biografías tan llenas de interesantes anécdotas que fue popular en su época y ha seguido siendo popular desde entonces.

Otro autor griego que floreció bajo Adriano fue Arriano, quien llevaba el nombre romanizado de Flavius Arrianus. Nació en Bitinia en 96, y Adriano lo hizo gobernador de Capadocia en 131. Condujo un ejército romano contra los alanos, tribus bárbaras invasoras que venían de más allá de Armenia. Fue la primera vez que las legiones romanas fueron conducidas por un griego.

Escribió una cantidad de libros, el más conocido de loscuales es una biografía de Alejandro Magno. Se supone que se basó en fuentes contemporáneas, entre ellas una biografía escrita por Tolomeo, uno de los amigos generales de Alejandro, que fue rey de Egipto después de la muerte de éste.

Adriano hasta se metió a escribir él mismo y aspiraba a competir con los profesionales, aunque no con la ofensiva vanidad de Nerón. En efecto, poco antes de su muerte Adriano escribió una breve oda a su alma, que sabía a punto de partir; es una oda suficientemente bella como para figurar en muchas antologías poéticas y para ser considerada como una pequeña obra maestra.

En su forma latina original es así:

Animula, vagula, blandula,

Hospes conesque corporis,

Quae nunc abibis in loca

Pallidula, frigida, nudula,

Nec, ut soles, dabis joca.

Su traducción al castellano es: «Amable y huidiza pequeña alma, huésped y compañera de mi cuerpo, ¿adónde irás ahora, pálida, fría y desnuda, y sin inspirar, como antes, alegría?».

Antonino Pío

Adriano, como Nerva y Trajano, no tuvo hijos, pero cuidó de elegir un sucesor antes de su muerte. Su primera elección no parece haber sido muy buena, pero afortunadamente el sucesor elegido murió antes que Adriano, y hubo tiempo para una segunda elección.

Esa segunda elección fue afortunada. Adriano eligió a Antonino (Titus Aurelius Fulvus Boionus Arrius Antoninus), quien había prestado buenos servicios en varios cargos oficiales, entre ellos, el consulado, en 120, y durante un tiempo se había desempeñado eficazmente como gobernador provincial en Asia. Pero ya tenía cincuenta ydos años en el momento de su elección, por lo que Adriano dispuso que también Antonino tuviese un sucesor. Dos hombres fueron elegidos como «sucesores-nietos», uno de los cuales era el sobrino de la esposa de Antonino, un joven muy prometedor.

Adriano murió en 138 (891 A. U. C.) y Antonino le sucedió sin problemas. Fue quizás el más bondadoso y humanitario de todos los emperadores romanos. Mantuvo todas las actitudes paternalistas de los anteriores emperadores. Extendió e intensificó la política de «suavidad» con los cristianos. Por entonces, la diferencia entre judaísmo y cristianismo ya era clara entre los romanos paganos, como lo era el hecho de que esas religiones hermanas eran cada vez más hostiles una frente a otra. Puesto que en tiempos de Adriano los judíos estaban en rebelión contra Roma, automáticamente los cristianos fueron considerados con ojos más favorables, según la vieja idea de que «el enemigo de mi enemigo es mi amigo».

El cristianismo estaba más interesado que el judaísmo en hacer prosélitos y tuvo mucho más éxito en ello. Se difundió muy rápidamente entre las mujeres, los esclavos y las clases más pobres en general. Estos tenían poco que esperar en esta vida, aun con el Imperio en paz y bajo un gobierno estable. La concentración de los cristianos en las bendiciones del otro mundo, para el que la vida en la Tierra sólo servía como período de ensayo temporal, para someter a prueba los merecimientos de cada uno para la existencia real, aportaba a esos individuos un profundo consuelo.

Pero durante largo tiempo el cristianismo fue una religión urbana. La población agrícola, aislada de la nueva corriente de pensamiento y siempre conservadora y aferrada a sus viejas costumbres, mantuvo éstas. De hecho, la misma palabra «pagano», usada para identificar a quien no era cristiano ni judío, sino que adhería a alguna religión nativa, deriva de una palabra latina que significa «campesino», uno que vive en un «pagus» o aldea. Del mismo modo, la palabra inglesa «heathen» [pagano] designó a uno que vive en un «heath» [brezal], es decir, en algún remoto distrito rústico.

Pero no debemos pensar que el cristianismo fue sólo una religión de proletariado urbano. También se difundió en cierta medida entre la gente culta. Hasta algunos filósofos se convirtieron al cristianismo, como Justino (comúnmente llamado Justino Mártir por haber muerto en el martirio). Nació alrededor del 100 en lo que había sido Judea. Si bien era hijo de padres paganos y había recibido una educación totalmente griega, no pudo por menos de familiarizarse con las escrituras sagradas de los judíos y con la historia de la muerte y resurrección de Jesús. Se convirtió al cristianismo sin abandonar su filosofía. En verdad, usó su capacidad filosófica para argüir en defensa de la verdad del cristianismo y, así, se convirtió en un importante «apologista» (uno que habla en defensa de una causa) cristiano.

Se enzarzó en un debate de folletos con un judío eminente y abrió una escuela en Roma donde enseñaba la doctrina cristiana. Se supone que sus escritos llegaron a Adriano y Antonino, quienes quedaron tan impresionados por ellos que practicaron una política de tolerancia con el cristianismo, tolerancia que Antonino extendió a los judíos, pese a su reciente rebelión.

Aunque Antonino era de mediana edad en el momento de subir al trono, reinó durante veintitrés años, hasta la edad de setenta y cinco años. Su reinado fue de una paz total; fue la culminación de la Pax Romana, y tan pocos sucesos tuvieron lugar en dicho reinado que casi se carece de noticias históricas concernientes a él. (Son los desastres, las guerras, plagas, insurrecciones y catástrofes naturales las que aparecen en grandes titulares y llenan las páginas de los libros de historia.)

Antonino no compartía el placer de Adriano por los viajes. Reconoció el hecho de que, si bien Adriano se hizo popular en las provincias al aparecer en ellas, sus visitas eran una sangría para los tesoros provinciales. Además, disgustaban a la misma Roma, que quedaba sin su emperador durante largos períodos. La ausencia imperial parecía una afrenta a la dominación italiana sobre el Imperio. En verdad, después de la muerte de Adriano, el Senado, en una petulante exhibición de vanidad italiana, se resistió a otorgar al emperador muerto los habituales honores divinos. Antonino tuvo que hacer una vigorosa intervención personal antes de que el Senado accediese a ello. Esto fue considerado como una actitud filial y piadosa por parte de Antonino hacia su padre adoptivo, por lo que se lo llamó Antonino Pío, el nombre por el que es más conocido en la historia.

Casi los únicos problemas fronterizos que hubo en su reinado se localizaron en Britania. Las tribus hostiles al norte de la muralla de Adriano hicieron incursiones al sur de ella, pero el gobernador romano las rechazó. Para mantenerlas a raya, construyó otra muralla a través del estrechamiento de lo que es ahora Escocia, desde el estuario de Forth hasta el de Clyde. Se la llamó la «Muralla de Antonino». Sirvió como segundo rompeolas contra los bárbaros.

Antonino murió en 161 (914 A.U.C.), tan pacíficamente como había vivido. En su último día, cuando el capitán de la guardia del palacio llegó para recibir la contraseña del día, Antonino respondió «Ecuanimidad», y murió.

Marco Aurelio

De los dos sucesores que Antonino había adoptado a requerimiento de Adriano, uno fue confirmado poco después de la muerte del viejo Emperador. Era Marco Aurelio (Marcus Aelius Aurelius Antoninus), yerno de Antonino. El otro, Lucio Aurelio Vero, había sido juzgado indigno por Antonino.

Pero Marco Aurelio, que seguía un código de conducta estricto, pensó que lo justo era aceptar a Lucio Vero como su igual en los derechos y deberes del trono. Por primera vez en la historia del Imperio, dos emperadores iban a gobernar simultáneamente, y esto sentó un precedente importante para el futuro.

Lucio Vero no estaba muy interesado en las labores del gobierno, sino sólo en los placeres, a los que se dedicó totalmente. Por ello, es recordado Marco Aurelio, que sobrellevó la carga del Imperio, mientras que Lucio Vero ha sido olvidado.

Marco Aurelio fue un gobernante modelo, que siguió el ejemplo de su padre adoptivo. Platón había dicho quinientos años antes que el mundo sólo marcharía bien cuando los príncipes fueran filósofos o los filósofos príncipes. Así ocurrió con Marco Aurelio, pues fue un gobernante vigoroso y al mismo tiempo un filósofo cuyos escritos aún hoy reciben una elevada consideración.

Marco Aurelio fue, específicamente, un estoico. El estoicismo había recibido creciente favor bajo el bondadoso gobierno de los Antoninos. Su más renombrado exponente en tiempos romanos había sido Epícteto, un griego nacido en la esclavitud alrededor del 60. Tenía mala salud y era cojo (presuntamente a causa del mal trato que recibió de un amo cruel).

Fue llevado a Roma a temprana edad y allí logró asistir a clases de filósofos estoicos, cuyas enseñanzas asimiló. Cuando finalmente fue liberado de la esclavitud, se estableció a su vez como maestro. Pero en el reinado de Domiciano, cuando los filósofos fueron expulsados de Roma, Epícteto fue uno de los que tuvieron que abandonar la ciudad. Esto ocurrió en el 89. Se retiró a Nicópolis, ciudad fundada por Augusto después de su victoria final sobre Marco Antonio cerca de Accio. En Nicópolis, Epícteto enseñó durante el resto de su vida.

El mismo Epícteto no escribió nada, pero sus enseñanzas fueron asimiladas por su más famoso discípulo, Arriano (el biógrafo de Alejandro Magno), quien las recogió en dos libros, de los que sobrevive una parte solamente de uno de ellos. La filosofía de Epícteto era bondadosa y humanitaria: «vivir y dejar vivir», «soportar y refrenarse».

De joven, Marco Aurelio se sintió atraído por las enseñanzas del estoicismo y se convirtió en el más famoso de los estoicos, puesto que era el Emperador. Marco Aurelio no creía en la felicidad, sino en la tranquilidad,creía en la sabiduría, la justicia, la resistencia y la templanza; no eludió ninguna penuria a que lo obligase el cumplimiento de su deber. A lo largo de toda su afanosa vida, llena de marchas y batallas, registró sus pensamientos en un pequeño libro que sobrevive con el nombre de «Meditaciones». Es valorado aún hoy como el testimonio de un hombre que vivió según un bondadoso y admirable modo de vida en las más duras condiciones.

Pues Marco Aurelio no iba a tener la vida pacífica que merecía. La profunda calma del reinado de Antonino parece haberse quebrado con su muerte, y en todas partes surgieron enemigos contra Roma.

En el Este, los viejos enemigos, los partos, se levantaron repentinamente y una vez más trataron de colocar a Armenia bajo un títere parto. Además, hicieron inevitable la guerra al invadir Siria. Las legiones romanas, bajo el co-emperador Lucio Vero, se lanzaron hacia el Este.

Los partos fueron derrotados y los romanos les devolvieron el golpe invadiendo y saqueando la Mesopotámia y quemando Ctesifonte, su capital. En 166, la paz fue restaurada, y tres años más tarde Lucio Vero murió dejando a Marco Aurelio como único emperador.

La guerra con Partía podía haber sido considerada como un triunfo para Roma, de no haber tenido una consecuencia totalmente inesperada...

Los enjambres humanos del Lejano Oriente, India y China, han sido desde hace muchos siglos víctimas de enfermedades como el cólera o la peste bubónica. En esas regiones, las enfermedades son endémicas; es decir, están siempre presentes en un grado moderado. Pero de tanto en tanto, el germen de una enfermedad desarrolla una nueva cepa de excepcional virulencia y, entonces, una enfermedad determinada aumenta vertiginosamente su intensidad y se expande en todas direcciones, llevada por viajeros, soldados y refugiados atemorizados... De tanto en tanto, la «peste» avanza hacia el Oeste e inunda Europa.

Una peste semejante devastó Atenas casi seis siglos antes de Marco Aurelio, al comienzo de su larga guerracon Esparta. La peste mató a Pericles y probablemente contribuyó mucho a que Atenas perdiese la guerra. Indirectamente, acabó con la gloria de Atenas y contribuyó a la decadencia de Grecia. Otra peste (la famosa «Peste Negra») barrió Europa doce siglos después de la época de Marco Aurelio y dio muerte a un tercio de la población europea.

Entre esas dos pestes, apareció otra no menos importante en tiempo de Marco Aurelio. Quizá se trató de la viruela. Los soldados que combatían en Partia se contagiaron y los estragos que causó debilitaron mucho su potencia. La llevaron con ellos a Roma y también a las provincias.

La peste diezmó ferozmente la población del Imperio, despojándolo de soldados y labradores, y debilitándolo en forma permanente. La población de la ciudad de Roma empezó a decaer, y sólo en el siglo XX volvió a alcanzar el número que había tenido bajo Augusto y Trajano.

La despoblación dio origen a otros desastres, pues Marco Aurelio trató de poblar nuevamente las tierras estimulando la inmigración de los bárbaros del Norte. Esta fue la primera oscilación del péndulo de la romanización del Norte a la germanización del Imperio.

La gente atemorizada, sintiendo la necesidad de acusar a alguien de la peste, acusó a los cristianos, y se inició un período de persecuciones. Entre los que murieron en la caza de brujas estaba Justino Mártir. Sin duda, Marco Aurelio desaprobó tal persecución en principio, pero había poco que pudiera hacer contra el poder de una muchedumbre enloquecida.

Ciertamente, Marco Aurelio creía mucho en el valor de la religión del Estado como principio unificador de los pueblos del Imperio, los cuales, por lo demás, diferían tanto en lenguaje y cultura. Los cristianos deben de haberle parecido una peligrosa fuerza destructiva. Los peligros para Roma fueron tanto mayores en su reinado, con respecto a los reinados que lo precedieron inmediatamente, que bien pudo haber pensado que no podía permitirse la tolerancia de posibles rebeldes, y de este mododisculparse ante sí mismo por una persecución que sabía equivocada en principio.

La principal amenaza externa para Roma estaba en una coalición de tribus germánicas formada bajo el liderato de los marcomanos, quienes vivían en lo que es ahora la Baviera septentrional y se unieron a otras tribus situadas al norte del Danubio. Aprovechando el enfrentamiento de Roma con Partia, atacaron la frontera norte de Roma. Durante unos quince años, Marco Aurelio se agotó en esta guerra con los marcomanos, marchando de un punto amenazado a otro, derrotando a los germanos para luego verlos levantarse nuevamente.

En conjunto, puede considerarse que Roma ganó la guerra, pero mientras que en siglos anteriores había conquistado y absorbido territorios bárbaros, ahora se contentó con rechazarlos y mantenerse intacta. Si continuaba esa situación, en el siglo siguiente se iban a contemplar desastres, como efectivamente ocurrió.

Marco Aurelio murió en 180 (933 A. U. C.), después de un reinado de diecinueve años, mientras estaba en campaña, combatiendo aún con los germanos. El lugar de su muerte estaba cerca de la moderna Viena.

La época de los Antoninos

Desde el ascenso de Nerva, en 96, hasta la muerte de Marco Aurelio, en 180, el Imperio pasó por ochenta y cuatro años que fueron principalmente pacíficos y se señalaron por gobiernos austeros y responsables. Hubo guerras exteriores, con los partos, los dacios y los britanos pero se desarrollaron lejos, principalmente en territorio enemigo y no dejaron huellas dolorosas serias en las provincias romanas. Hubo también rebeliones, particularmente la de los judíos bajo Adriano, y algún ocasional levantamiento de un general, como en el caso del capaz jefe de las legiones sirias, quien, en 175, fue engañado por un falso informe de la muerte de Marco Aurelio por los marcómanos. Pero todas estas rebeliones lograron ser aplastadas, y sólo fueron alfilerazos dentro de la paz general.

De hecho, el historiador del siglo XVIII Edward Gibbon, en una famosa afirmación, dijo que en toda la historia de la raza humana nunca existió un período tan largo en el que tantas personas fuesen tan felices como en el Imperio Romano bajo los Antoninos.

En cierto modo, tenía razón. Si pensamos sólo en la región mediterránea, sin duda ésta estuvo mejor bajo los Antoninos que durante los siglos en los que se libraron guerras continuas, región contra región. También estuvo mejor que en los siglos siguientes, cuando se halló dividida en gobiernos en discordia. Hasta podríamos decir que estuvo mejor que ahora, cuando (junto con el resto del mundo) vive bajo la amenaza de la bomba atómica.

Sin embargo, aunque la época de los Antoninos fue un período de paz y calma, era la paz y la calma del agotamiento. El mundo mediterráneo se había desgastado en las grandes guerras de los griegos y los romanos y cuando luego el Imperio —aparentemente tan grande y fuerte— se vio obligado a soportar el impacto de los desastres luchó virilmente y con esfuerzos casi sobrehumanos, pero estaba demasiado agotado para triunfar.

La peste de 166 quizá fue el último golpe, que acabó con la vitalidad que le restaba a la población.

El intento de los emperadores de hacer de la ciudad de Roma un grandioso espectáculo debilitó aún más la economía. Cientos de miles de ciudadanos romanos recibían alimento gratuito en el tiempo de los Antonios, un día de cada tres era una fiesta que se celebraba con espectáculos, carreras de carros, combates de gladiadores y extravagantes juegos con animales. Todo esto era tremendamente costoso y la breve diversión que brindaba no compensaba el precio a largo plazo pagado con el debilitamiento de la economía. (Presumiblemente, muchos de los romanos de las generaciones que gozaron del beneficio de la diversión se preocupaban poco de lo que ello significaría para sus descendientes, si es que se preocupaban algo. Nuestra propia generación, que contamina y destruye sin cesar los recursos del mundo es igualmente criminal en su indiferencia, y no tenemos ningún derecho a despreciar a los romanos.)

La fatiga de la época de los Antoninos se refleja en la lenta decadencia de la literatura. Casi la única figura literaria de importancia en el período antonino tardío fue Lucio Apuleyo, nacido en Numidia por el 124. Estudió en Atenas y vivió en Roma durante un tiempo, pero pasó la mayor parte de su vida en Cartago.

Es más conocido por un libro llamado comúnmente El asno de oro, una fantasía sobre un hombre que se convierte en asno y sobre las aventuras que experimenta en su forma animal. En él figura el cuento de «Cupido y Psique», ciertamente uno de los más atractivos de los cuentos relatados a la manera de los antiguos mitos.

También la ciencia estaba decayendo. Sólo dos nombres merecen ser mencionados en relación con la época de los Antoninos. Uno de ellos era un astrónomo griego (o quizás egipcio), que vivió en Egipto durante los reinados de Adriano y Antonino, Claudius Ptolemaeus, más conocido en español sencillamente como Tolomeo. Comprendió la obra de los astrónomos griegos en un libro enciclopédico que sobrevivió en la Edad Media, cuando habían desaparecido las obras de los astrónomos anteriores en los cuales se basó. Fue el libro de consulta por excelencia de la astronomía durante quince siglos. Puesto que el cuadro del Universo que esbozaba Tolomeo colocaba a la Tierra en el centro, este modelo es llamado frecuentemente el «sistema tolemaico».

Un poco más joven que Tolomeo era Galeno, médico griego nacido en Asia Menor alrededor de 130. En 164 se estableció en Roma y fue, por un tiempo, médico de la corte de Marco Aurelio. Escribió voluminosos libros de medicina, y sus obras también sobrevivieron a través de la Edad Media, conservando toda su autoridad y su fuerza hasta tiempos modernos.

Las cargas del Imperio iban en aumento, mientras disminuía el número de hombros dispuestos a soportarlas. Con el tiempo, esas cargas iban a aplastar al Imperio.

Pero la fatiga también es relativa, y no todas las empresas se vieron afectadas por ella. En una época en que la importancia del otro mundo estaba creciendo en el espíritu de los hombres, las discusiones sobre la naturaleza de este mundo y su relación con el hombre se hicieron más intensas. En verdad, puede argüirse que una de las razones de la decadencia de la ciencia, el arte y la literatura fue el creciente interés de los mejores espíritus por un nuevo tipo de empresa intelectual: la teología.

No sólo disputaban sobre el dogma judíos y cristianos; no sólo trataban unos y otros de defender sus creencias contra los paganos, sino que entre los mismos cristianos surgieron diversas creencias rivales. (Cuando predominaba una particular variedad de creencia, se convertía en «ortodoxia» —que significa «pensamiento recto» en griego—, mientras que las otras eran «herejías», de una palabra griega que significar «elegir por uno mismo»).

En los dos primeros siglos de la era cristiana, por ejemplo, hubo una serie de grupos de cristianos confesos que adoptaron un sistema de pensamiento habitualmente rotulado con el nombre de «gnosticismo»; fue una de las más importantes de las primeras herejías. «Gnosticismo» proviene de una palabra griega que significa «conocimiento», pues los gnósticos sostenían que la salvación sólo podía alcanzarse mediante el conocimiento del sistema verdadero del mundo, conocimiento que se obtenía por revelación y por experiencia.

En realidad, el gnosticismo existía ya antes del cristianismo y contenía muchos elementos de la religión persa, particularmente en la creencia en un principio del bien y otro del mal, y en la continua guerra entre ambos. Con el advenimiento del cristianismo, muchos gnósticos absorbieron rápidamente algunos aspectos del cristianismo.

Algunos gnósticos cristianos pensaban que Dios era el principio del bien, pero consideraban a este Dios tan remoto que estaba más allá de la comprensión del hombre. Era el principio del mal el que realmente creó el mundo, y ese principio es el Jehová del Antiguo Testamento. Según esta línea de pensamiento Jesús, el hijodel Dios lejano, vino a la Tierra para rescatarla de Jehová. Como es natural, los gnósticos eran vigorosamente antisemitas.

Por otro lado, aquellos a quienes ahora consideramos como los cristianos ortodoxos aceptaban la autoridad divina del Antiguo Testamento y creían que Jehová es Dios. Se horrorizaban ante un sistema de pensamiento que hacía de Jehová el Diablo. Esta fue la primera (pero en modo alguno la última) de las luchas teológicas que enfrentaron a cristianos contra cristianos más fieramente aún de lo que los cristianos se enfrentaban contra los no cristianos.

Algunos maestros cristianos también pretendían tener revelaciones o conocimientos especiales y predicar el arrepentimiento y la santidad, como había hecho el mismo Cristo. Así, cierto Montano, que atrajo por primera vez la atención durante el reinado de Antonino Pío, se declaró especialmente inspirado por Dios para predicar el inminente fin del mundo y el segundo advenimiento de Cristo. Era otra versión del mesianismo. Los judíos habían esperado al advenimiento del Mesías de generación en generación, y cada tanto algunos maestros judíos predicaban que el advenimiento era inminente y algunos de quienes los escuchaban les creían. Después de que Jesús fuese aceptado como el Mesías por algunos judíos y por una cantidad creciente de no judíos, comenzaron nuevos períodos de espera del segundo advenimiento de Jesús, de generación en generación. Nuevamente, no faltó en cada generación alguno que predicase la inminencia del segundo advenimiento ni otros que lo creyesen. (La secta de los «Testigos de Jehová» es la representante contemporánea de quienes creen en la inminencia del segundo advenimiento.)

Montano creó la secta de los «montanistas», los cuales creían que, puesto que Jesús estaba a punto de volver, los hombres debían prepararse para ello, dejando de lado las cosas mundanas, evitando el pecado y viviendo en una rígida virtud. Montano predicó lo que hoy llamaríamos un modo de vida «puritano».

Así ocurrió que un número creciente de hombres dedicó sus energías a discutir sobre la naturaleza del otro mundo, y no el desarrollo de éste, y despreció cada vez más este mundo como algo que, en el mejor de los casos, no tenía valor, y, en el peor, era malo.

Cómodo

Pero no todo habría ido tan mal como fue sí Marco Aurelio hubiese seguido el precedente sentado por los cuatro emperadores anteriores y hubiese adoptado algún sucesor digno, probado tanto en el servicio civil como en el militar. Pero no lo hizo, y este mal servicio al Imperio anuló todo el bien que había hecho él y sus predecesores.

Marco Aurelio tenía, por desgracia, un hijo, y lo convirtió en su sucesor. En 177, hizo de él (que por entonces era un muchacho de dieciséis años) su co-emperador.

El peligro es que un hijo nacido en el trono casi con seguridad se echa a perder. Recibe demasiados halagos y demasiado poder, y confunde el accidente del nacimiento con las realizaciones de valor. Había sucedido con Calígula y Nerón, y ahora iba a ocurrir nuevamente.

El hijo de Marco Aurelio era Cómodo (Marcus Lucius Aelius Aurelius Commodus Antoninus), quien tenía diecinueve años cuando se convirtió en emperador.

Cómodo no era un guerrero. Hizo una rápida paz con los marcomanos y se dedicó a una vida de placer. Dejó las cargas del gobierno a sus funcionarios. Esto es peligroso, en cierto modo. La gente no es propensa a acusar al emperador mismo por los infortunios, pues se le enseña a reverenciar al emperador (o al rey o al presidente). Pero es fácil acusar a los «malvados favoritos» (o funcionarios o burócratas). Cómodo no tuvo el valor de defender a sus funcionarios, sino que los sacrificó a la multitud siempre que le pareció la salida más fácil.

Como la mayoría de los gobernantes débiles, temía ser asesinado, y pensaba que quienes más probablementeconspirarían contra él eran los senadores. Esto supuso el fin del largo período en el que los senadores actuaron en cooperación con los emperadores. Nuevamente se impuso un reinado del terror, en el que el informe sobre una palabra descuidada o la repentina sospecha irracional bastaban para dar lugar al exilio o la ejecución.

Por supuesto, el Senado no era ahora lo que había sido antaño, ni siquiera en la época de Augusto, para no hablar de los grandes días de la República. Ya no representaba a la antigua aristocracia romana. Gran parte de ella había sido barrida en las guerras civiles que precedieron al establecimiento del Imperio. Los miembros restantes de ella fueron muertos por Calígula, Nerón y Domiciano. Bajo los Antoninos, el Senado fue constituido por una nueva clase de funcionarios, y su prestigio decayó aún más a causa de ello.

Como Nerón, Cómodo parece haber sido monstruosamente vanidoso y llevado esta vanidad a extremos todavía más vergonzosos. Nerón al menos gozaba con fiestas del intelecto, con su poesía, su actuación escénica y su canto. Cómodo, al parecer, tenía el alma de un gladiador en el cuerpo de un emperador. Su placer era matar animales en el anfiteatro (desde una posición segura) y se cree que hasta intervino en combates de gladiadores. Si bien los romanos gozaban del brutal espectáculo que ofrecían hombres armados luchando hasta la muerte, pensaban que los combatientes ocupaban una posición social degradada. Por ello, que un emperador desempeñase el papel de un gladiador era vergonzoso.

Una vez más, la extravagancia imperial estaba vaciando el tesoro y una seria crisis económica asolaba el Imperio.

El fin de este nuevo Nerón fue precisamente el mismo que el del antiguo. Los más cercanos a él eran quienes más temían sus impulsos arbitrarios y ansiaban asegurar su propia vida eliminándolo. En 192 (945 A. U. C.), su amante, Marcia, y algunos funcionarios de la corte conspiraron contra él y lo hicieron estrangular por un luchadorprofesional; así, en cierto modo, murió como un gladiador. Como Nerón, tenía treinta y un años en el momento de su muerte.

Cómodo fue el último del linaje (por adopción y descendencia) de Nerva. Este linaje duró casi exactamente un siglo y dio siete emperadores a la historia romana, si contamos al co-emperador Lucio Vero.


Tal declinación es explicada a menudo por el lujo egoísta de las clases superiores o por la gradual apatía que se apoderó de las clases inferiores. Recientemente se han propuesto teorías según las cuáles la declinación empezó después de que las grandes ciudades del Imperio se enriquecieran y se hiciesen suficientemente complejas como para establecer suministros centrales de agua transportada por tuberías de plomo. Se especula con que esto sometió lentamente a muchos romanos a un crónico envenenamiento con plomo y contribuyó a disminuir la fertilidad.

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