Antes de ese momento, dos dinastías importantes habían llegado a su fin, una con Nerón y otra con Domiciano. La primera vez, el Senado, cogido de improviso, tuvo que hacer frente a una breve guerra civil, con un final, afortunadamente, feliz. La segunda vez el Senado estaba preparado y las cosas salieron bien desde el principio.
El Senado trató ahora de seguir exactamente el segundo precedente. A Domiciano le siguió el anciano y respetado Nerva, y ahora dispusieron que Cómodo fuese seguido por el anciano y respetado Pertinax (Publius Helvius Pertinax).
Pertinax había nacido en un hogar humilde en 126, durante el reinado de Adriano. Ascendió laboriosamente en el servicio público hasta ser, en la época de la muerte de Cómodo, lo que hoy llamaríamos el alcalde de la ciudad de Roma.
Como Nerva, Pertinax se sintió demasiado viejo paraasumir la pesada tarea de un emperador y se resistió. Pero la guardia pretoriana, que había sido convencida de que aceptase a Pertinax por su jefe (uno de los conspiradores contra Cómodo), insistió. Pertinax aceptó muy a su pesar.
Cuando Pertinax trató de restablecer la economía gubernamental después de los excesos de Cómodo, la guardia pretoriana rápidamente cambió de opinión. Precisamente fue esto lo que Galba trató de hacer después de Nerón, y el resultado ahora fue el mismo. La guardia pretoriana se rebeló, y cuando Pertinax se presentó ante ellos para calmarlos, lo mataron. Había reinado tres meses.
Luego siguieron sucesos que demostraron cuán bajo había caído Roma, hasta qué punto ejercían los soldados un gobierno total y cuán poco éstos (y, al parecer, nadie) se preocupaban por el bien abstracto del Imperio.
La guardia pretoriana puso el Imperio en subasta. Hoscamente conscientes de que Pertinax había tratado de reducir su paga, decidieron impedir que el próximo emperador hiciera lo mismo. Ofrecieron proclamar emperador a quienquiera que les pagase la suma más elevada.
Al oír esto, un rico senador, Marco Didio Juliano, decidió participar en la puja (quizá sólo como broma, al principio). Ganó al ofrecer el equivalente, en dinero moderno, de 1.250 dólares por hombre, e inmediatamente fue proclamado emperador.
Antes y después, se compraron y vendieron cargos, pero nunca un cargo tan alto y nunca tan abiertamente.
Pero Didio Juliano sólo compró su propia muerte, y a un precio muy caro. Después del asesinato de Nerón, las legiones convergieron sobre Roma, mientras cada general reclamaba el trono, y lo mismo sucedió ahora. Las legiones de Britania, de Siria y del Danubio se disputaron el premio.
El general del Danubio fue el más rápido. Se trataba de Lucio Septimio Severo. Como Trajano, era un provinciano: había nacido en África en 146. Quizá ni siquiera fuera de ascendencia italiana, pues aprendió latín relativamente tarde en su vida y siempre lo habló con acento africano.
Marchó hacia Roma apresuradamente y tan pronto como entró en Italia, en junio de 193, la guardia pretoriana se declaró de su parte (después de todo, tenía a su mando unas rudas legiones). El Senado se apresuró a hacer lo mismo, y el pobre tonto de Juliano fue ejecutado después de un reinado de dos meses. Mientras lo arrastraban al cadalso, gritaba: «Pero, ¿a quién he hecho daño?, ¿a quién he hecho daño?». A nadie, por supuesto, pero cuando alguien aspira a premios elevados debe estar dispuesto a correr grandes riesgos.
Severo, como emperador, tuvo que ajustar cuentas con los generales rivales. Una vez que se ha ofrecido la corona a un general y éste la ha aceptado, no hay modo de retroceder. Un candidato triunfante no puede permitir que otro derrotado permanezca vivo, pues una vez que el ansia de ser emperador se ha apoderado de un hombre, nunca se puede volver a confiar en él. Más aún, el candidato derrotado, sabiendo que nunca más se confiará en él, debe seguir luchando. Como resultado de esto, después del ascenso de Severo al trono, se produjo la primera guerra civil romana en doscientos años.
La guerra civil posterior a la muerte de Nerón sólo duró un año y la lucha no tuvo mucha importancia. Pero la guerra civil que siguió a la muerte de Cómodo duró cuatro años y en ella hubo grandes batallas. La Pax Romana fue seriamente quebrantada.
Severo marchó, primero, al Este, para combatir con Níger (Gaius Pescennius Niger Justus), jefe de las legiones de Siria. Níger era un viejo conocido de Severo y antaño ambos habían desempeñado juntos el consulado. Pero Níger era ahora el más popular de los generales rivales, y su posición en el Este le permitía ocupar Egipto y apoderarse del granero romano. Severo tenía que impedirlo, y una vieja amistad no lo haría desistir.
La popularidad de Níger fue su perdición, pues las provincias orientales se declararon a su favor y no se sintió urgido a hacer nada. Permaneció en Siria en una falsaseguridad y dejó que el enérgico Severo fuese hacia él. Severo lo hizo y ganó varias batallas en Asia Menor. Níger fue capturado en 194, mientras trataba de huir a Partia, y fue ejecutado en el acto.
Quedaba el jefe de las legiones de Britania, Albino (Decimus Clodius Septimus Albinus). Extrañamente, en latín Níger significa «negro», y Albinus significa «blanco», de modo que Severo tuvo que hacer frente al Negro y al Blanco.
En un comienzo, Severo, se aseguró la neutralidad de Albino declarándolo su heredero. Esto le dio tiempo para acabar con Níger. Albino, que esperaba un empate entre sus dos enemigos, pensó ahora que sólo era cuestión de tiempo para que Severo se volviese contra él. Decidió atacar primero, haciéndose proclamar emperador y marchando a la Galia en 197.
El enérgico Severo se abalanzó hacia el Norte para ir a su encuentro, y en Lugdunum (la moderna Lyon), la mayor ciudad de la Galia por entonces, los ejércitos se enfrentaron en la mayor batalla entre romanos que se habían librado desde la de Filipos, siglo y medio antes. Las fuerzas de Severo obtuvieron una victoria total, y Lugdunum fue saqueada tan ferozmente que nunca recuperó su prosperidad en los tiempos antiguos. A este precio, en 197 (950 A.U.C.), Severo fue finalmente el amo indiscutido del Imperio.
Los dominios romanos ahora se aquietaron bajo Severo, como antaño se habían aquietado bajo Vespasiano un siglo y cuarto antes. Pero esta vez Roma era más débil. Había sufrido la devastación de la peste y su población seguía declinando. También había sufrido los golpes, físicos y psicológicos, de una grave guerra civil.
Por ello, Severo no pudo restaurar el principado según el modelo de Augusto, como había tratado de hacer Vespasiano. Tal vez Severo tampoco lo deseaba. En cambio, se adaptó a la realidad aceptando el hecho de que sólo como amo del ejército un emperador podía ser amo de Roma. Ni el Senado ni el pueblo plantearon problemas sobre el gobierno.
Así, Severo empezó a mimar al ejército. Aumentó su paga y extendió los privilegios militares, permitiendo a los soldados casarse, por ejemplo, mientras prestaban servicio, y frecuentemente elevándolos al rango de la clase media al retirarse. Centralizó el ejército bajo su único mando, eliminando a los senadores hasta del control nominal de legiones particulares. Aumentó las dimensiones del ejército hasta llegar a constituir treinta y tres legiones, frente a las veinticinco que había en el momento de la muerte de Augusto. También se aumentaron las tropas auxiliares, y por el 200 el número total de hombres que tenían las fuerzas romanas quizá superó los 400.000.
Además, Severo desarmó y disolvió la guardia pretoriana que había puesto en venta el Imperio y la reemplazó por una de sus propias legiones danubianas. En lo sucesivo, la guardia pretoriana fue reclutada entre las legiones y ya no estuvo constituida particularmente por italianos. Al estacionar una legión en la misma Italia, Severo invirtió la política de Augusto de dos siglos antes y redujo a Italia al rango de las otras provincias. Desde entonces, en efecto, no hubo ninguna diferencia real entre Italia y las provincias. Todas las partes del Imperio estaban sometidas al ejército y su jefe.
Bajo Severo, continuó la centralización del Imperio. Subdividió algunas provincias en unidades menores para que los gobernadores fuesen menos poderosos y hubiese una jerarquía más compleja de funcionarios cuya cúspide era él mismo.
Pero en conjunto el vigor de Severo benefició al Imperio, que podía soportar mejor, por entonces, un despotismo militar que las extravagancias o la anarquía. De hecho, en tiempos de Severo, los límites romanos se mantuvieron, pese a que las legiones estaban ocupadas en luchar unas contra otras mientras las fronteras exteriores quedaban sin protección. Afortunadamente, la gran rival de Roma, Partia, proseguía sus propias guerras civiles y su potencia declinaba con mucho mayor rapidez que la de Roma, hasta el punto de que Severo pudo hacer frente a Partia desde una ventajosa posición.
Así, cuando Partia adoptó una actitud que parecía calculada para sacar ventaja de los problemas de Roma, Severo respondió con rapidez. Una guerra exterior era justamente lo que se necesitaba para unir el Imperio a su alrededor. Por ello, en 197, apenas obtenida su victoria sobre Albino, marchó al Este nuevamente y derrotó a Partia brillantemente. Cuando volvió a Roma, en 202, celebró un triunfo y erigió un arco (que aún está en pie) para conmemorar sus victorias.
En el período de paz que siguió, Severo reorganizó los procedimientos legales y las finanzas. Un estrecho colaborador de Septimio Severo fue el respetado jurista Papiniano (Aemilius Papinianus). Este emprendió una reorganización completa del derecho romano y, en verdad, los comentarios que escribió constituyeron la base de tal derecho durante los tres siglos siguientes. Pero la reorganización financiera no atenuó las debilidades subyacentes del Imperio, pues Severo se vio obligado a disminuir el contenido de plata de las monedas, signo seguro de una permanente enfermedad económica.
La esposa de Severo, la emperatriz Julia Domna, se interesaba por la filosofía y dio al reinado un tinte intelectual que era totalmente extraño al rudo y marcial Emperador. Ella se rodeó, por ejemplo, de pensadores como Galeno, el médico, quien a la sazón estaba en sus últimos años (murió alrededor del 200).
Otra figura de su círculo era Diógenes, comúnmente llamado Diógenes Laercio porque nació en la ciudad de Laerte, en Asia Menor. Su derecho a la fama se basa en que escribió breves biografías de varios filósofos antiguos de renombre. Su libro estaba destinado al consumo popular y consiste en gran medida en el relato de incidentes anecdóticos de la vida de los filósofos y algunas citas sorprendentes de sus obras. Indudablemente, era estupendo para caballeros ociosos que deseaban poder chismorrear sobre los filósofos y la filosofía sin tener que pasar por el arduo esfuerzo de leer realmente sus obras. No hay duda de que el libro fue considerado como carente de valor por los verdaderos sabios de la época.
Sin embargo, la misma popularidad del resumen de Diógenes Laercio causó que se hicieran muchas copias de él y que sobreviviera hasta los tiempos modernos, mientras que no nos han llegado las obras mucho más valiosas pero mucho menos populares de gran número de los filósofos mismos. Se desprende de esto que Diógenes Laercio nos dice todo lo que sabemos sobre muchos grandes hombres y que debemos estarle agradecido por ello.
Un amigo de Severo fue Dión Casio (Dion Cassius Cocceianus), historiador de cierto renombre. Nació en Asia Menor, donde su padre fue gobernador bajo Marco Aurelio. Dión Casio llegó a Roma en 180 y fue senador en el reinado de Cómodo; sobrevivió a los peligros de ese reinado y desempeñó altos cargos bajo Severo y sus sucesores. Dión Casio escribió una historia de Roma, de la cual nos han llegado los libros que tratan del último medio siglo de la República y el primer medio siglo del Imperio. Es gracias al accidente de esta supervivencia por lo que sabemos tanto de los tiempos de César y Augusto.
Los últimos años de Severo fueron perturbados por conflictos en Britania. Recordando el poder del gobernador de Britania, Albino, que había estado a punto de conquistar el Imperio, Severo dividió Britania en dos provincias. Así debilitó el poder de los generales allí apostados e hizo menos probable que se rebelasen. Pero también los hizo menos capaces de resistir a los pictos del Norte, sobre todo porque Albino, en su lucha por el trono, había retirado de Britania gran cantidad de buenos soldados que hallaron la muerte en Lugdunum.
En 208, Severo se vio obligado a viajar él mismo a Britania y a emprender vigorosas operaciones contra los duros montañeses del salvaje Norte. Pero el precio fue demasiado elevado. Las operaciones de guerrillas desgastaron a las legiones y sólo con dificultad se las podía abastecer y reforzar desde el cuerpo principal del Imperio. Finalmente, Severo tuvo que contentarse con algunos gestos nominales de sumisión de los nativos. Esto disimulaba el resultado real, que fue una retirada romana. Severo decidió que la improvisada Muralla de Antonino,erigida medio siglo antes en la mitad de Escocia, era demasiado difícil de defender y se retiró definitivamente detrás de la Muralla de Adriano, más práctica y que reforzó. Pero Severo no iba a dejar nunca Britania. Estaba en sus sesenta y tantos años y durante mucho tiempo había sufrido horriblemente de gota. En 211 (964 A. U. C.) murió de esta enfermedad en Eboracum (la moderna York).
Severo, para aumentar su popularidad entre la gente del Imperio y dar apariencia más legítima a su gobierno, apeló a la ficción legal de que él era hijo de Marco Aurelio y hermano de Cómodo. Esto se ve en el nombre de su hijo mayor. Originalmente era Basiano, pero después de que su padre se convirtiese en emperador, se cambió el nombre del hijo por el de Marco Aurelio Antonino.
Pero, como Calígula, el hijo mayor de Severo fue conocido por el nombre de una prenda de vestir. Introdujo en Roma una larga capa de estilo galo y la hizo popular. Esa capa era llamada «caracallus», por lo que el hijo de Severo fue conocido por Caracalla.
Caracalla y su hermano menor Geta (Publius Septimius Antoninus Geta) habían prestado servicio en Britania en la campaña final de su padre, y al morir éste los dos hermanos le sucedieron como co-emperadores, siguiendo el precedente de Marco Aurelio y Lucio Vero de medio siglo antes.
Pero Caracalla no era ningún Marco Aurelio. Los dos hermanos se odiaban violentamente. Concluyeron una rápida paz en Britania y volvieron apresuradamente a Roma para luchar hasta llegar a una decisión. Caracalla ganó porque hizo asesinar a Geta en 212, y en adelante gobernó solo, asegurando su posición mediante ejecuciones en masa de los que sospechaba que habían apoyado a Geta. Distribuyendo dinero pródigamente entre los soldados, se ganó su apoyo y no se preocupó un ardite de nada más.
El romano más distinguido que cayó en la campaña de ejecuciones de Caracalla fue Papiniano, el jurista. Había acompañado a Severo a Britania y, a la muerte del emperador, fue hecho tutor de Caracalla y Geta, que sólo tenían un poco más de veinte años. Trató de mantener la paz entre ellos y fracasó. Como les ocurre a menudo a los conciliadores, se ganó la enemistad de ambas partes y probablemente habría sido ejecutado con igual rapidez si hubiese ganado Geta.
Caracalla, al igual que Calígula, Nerón y Cómodo, fue echado a perder por haber sido criado en la corte; como emperador, fue de escasa valía. Pero sólo reinó seis años.
Bajo su gobierno, se construyeron en Roma los enormes «baños de Caracalla», que cubrían 33 acres. Sus ruinas subsisten en la Roma actual y son una atracción turística.
El hábito de tomar baños había aumentado de popularidad a través de la historia romana, y en el Imperio llegó a la cumbre del lujo. Los baños públicos eran grandes construcciones con habitaciones en las que un bañista podía pasar de un baño a otro con temperaturas diferentes: caliente, tibio y frío. Había habitaciones con vapor de agua, habitaciones para hacer ejercicios y lugares donde la gente podía ser untada con aceites o recibir masajes. Hasta había salones donde un cliente podía descansar, leer, conversar u oír recitaciones. Los precios no eran elevados y los baños tenían una gran popularidad.
Ciertamente, la popularidad de los baños es mucho más admirable que la de los horribles combates de gladiadores y con animales. Sin embargo, para los satíricos romanos, los estoicos y, sobre todo, para los primeros cristianos, el lujo que rodeaba a los baños hacía que su práctica les pareciese decadente y vergonzosa. En particular, en algunos lugares surgió la costumbre de que hombres y mujeres usasen los baños simultáneamente, y esto era horrible para los moralistas, quienes imaginaban que allí se practicaba todo género de perversiones, cosa que probablemente no ocurría.
Otra acción importante de Caracalla fue su edicto de212 (965 A. U. C.) por el que otorgaba la ciudadanía romana a todos los hombres libres del Imperio. Esta no era una concesión tan magnífica como podría parecer, pues la diferencia entre ciudadanos y no ciudadanos había ido disminuyendo desde hacía mucho tiempo y las ventajas prácticas de ser ciudadano en un despotismo dominado por el ejército eran prácticamente nulas.
En realidad, se supone que Caracalla tenía en vista una finalidad práctica. Había ciertos impuestos a la herencia que sólo debían pagar los ciudadanos romanos. Al generalizar la ciudadanía, Caracalla aumentaba los ingresos provenientes de esos impuestos.
Caracalla llevó una política agresiva en las fronteras. Luchó a lo largo del Danubio en 214 y mantuvo a raya a las tribus germánicas. Luego marchó al Este para librar otra de las eternas guerras con Partia y, como su padre antes, hizo una triunfal incursión por la Mesopotamia.
Sin embargo, las crueldades de Caracalla estaban despertando nerviosismo entre sus colaboradores. Por ejemplo, ordenó a sus soldados que saquearan Alejandría, la segunda ciudad del Imperio, por un delito trivial, y fueron muertas miles de personas. Un hombre semejante no vacilaría en hacer asesinar a sus colaboradores por cualquier ofensa imaginaria, si esos colaboradores no actuaban primero.
Lo hicieron. En 217 (970 A. U. C.) Caracalla fue asesinado a instigación de uno de sus funcionarios, Marco Opilio Macrino. Como Nerón y Cómodo, Caracalla sufrió una muerte violenta a los treinta y un años de edad.
Después del asesinato, el mismo Macrino se proclamó emperador. Era un ciudadano de clase media, mauritano de origen, y nunca había alcanzado el rango senatorial. Fue el primer emperador que llegó al trono cuando sólo pertenecía aún a la clase media.
Macrino aparentemente tenía buenas intenciones. Redujo ciertos impuestos y trató de reducir la paga y aumentar la disciplina de sus tropas (una acción siempre muy riesgosa).
Por desgracia, las cosas no marcharon bien. Los partos,aprovechando los desórdenes que siguieron a la muerte de Caracalla, invadieron Siria e infligieron derrotas a los romanos. Macrino se vio obligado a firmar una paz bastante desfavorable que inmediatamente despertó la indignación de los soldados y les hicieron volverse hacia otros posibles candidatos al trono.
El candidato lógico parecía ser alguien que estuviese emparentado con Caracalla y, por lo tanto, formase parte del linaje de Severo. Caracalla no había tenido hijos, pero tenía algunos parientes femeninos. Su madre, Julia Domna, que murió poco después del asesinato de Caracalla, tenía una hermana llamada Julia Maesa, quien tenía dos hijas, Julia Soemis y Julia Mamea. Las dos hijas, primas hermanas de Caracalla, tenían cada una un hijo joven. El de la primera era Basiano; el de la otra, Alexiano.
Basiano vivía en Emesa, Siria, con su madre. Tenía diecisiete años en ese momento y era sacerdote en el templo del Sol. El nombre local del dios-sol era Elagabal, y el joven sacerdote fue luego conocido como Elagabalus, forma romanizada de ese nombre. Pero en español es más conocido como Heliogábalo, donde «helio» proviene de la palabra griega que significa «sol». La abuela de Heliogábalo buscó el apoyo de los soldados descontentos con una promesa de dinero y difundió el rumor de que el joven sacerdote era hijo de Caracalla. Heliogábalo adoptó el nombre de Marco Aurelio Antonino y fue proclamado emperador. Macrino trató de resistir, pero, después de una batalla, se vio obligado a huir. Más tarde fue capturado y ejecutado, después de haber reinado durante poco más de un año.
Heliogábalo entró en Roma en triunfo y con él iban las diversas Julias, su abuela, su madre y su tía, quienes fueron los verdaderos gobernantes del Imperio durante su reinado. Se le persuadió de que adoptase como sucesor a su primo Alexiano.
Heliogábalo demostró ser un emperador totalmente indigno, un vulgar títere que adoptó costumbres sirias que desagradaban a los romanos. Introdujo el culto de Elagabal en Roma, llevando consigo su imagen, una piedra negra cónica, a la capital con tal propósito. También manifestó las mismas crueldades arbitrarias de otros emperadores jóvenes. En 222 (975 A. U. C.) la guardia pretoriana se cansó de la situación y mató a Heliogábalo y a su madre. La piedra negra de Elagabal fue devuelta a Siria.
El primo y sucesor de Heliogábalo, Alexiano, fue proclamado emperador. Adoptó el nombre de Marco Aurelio Alejandro Severo para indicar una relación con Marco Aurelio y con Septimio Severo. El nombre de Alejandro deriva de que había nacido en Fenicia, en, o cerca de, un templo dedicado a Alejandro Magno. Comúnmente se le conoce como Alejandro Severo.
Lamentablemente, Alejandro Severo no era ningún Alejandro Magno, ni siquiera un Septimio Severo. Sólo era un joven de diecisiete años completamente dominado por su madre y su abuela. Esta última murió en 226 dejando a la madre de Alejandro, Julia Mamea, como único poder real en Roma.
Gobernó suavemente e hizo un intento en apariencia honesto para restablecer la situación del Imperio bajo los Antoninos. La madre de Alejandro creó una comisión de senadores y legistas para asesorar al gobierno. Uno de ellos, Ulpiano (Domitius Ulpianus), había sido colega de Papiniano y había prestado importantes servicios bajo Septimio Severo y Caracalla. Fue exiliado bajo Heliogábalo, pero ahora se le llamó y desempeñó prácticamente el cargo de primer ministro en la primera parte del reinado.
Pero el tiempo no podía retroceder. Las condiciones económicas seguían siendo malas y la acuñación tuvo que ser alterada nuevamente. También aparecieron nuevos problemas en el Este.
La invasión parta de Siria después de la muerte de Caracalla fue la última aventura militar de este reino.
Tenía cada vez mayores problemas para mantener en calma a sus diversas provincias, y las perpetuas guerras con Roma y las guerras civiles en el interior dieron fin a Partia. Durante tres siglos había mantenido una lucha más o menos igual con Roma, pero ahora estaba acabada para siempre.
Pero esto no significó que Roma tendría ante sí un vacío en el Este. En 226, Ardashir, el gobernante de Fars (una provincia del golfo Pérsico, llamada Persis por los griegos y Persia por nosotros) se rebeló contra el último rey parto y se instaló en el trono.
En lugar de Partia, pues, surgió un Imperio Persa. Para distinguirlo del antiguo Imperio Persa que Alejandro Magno había destruido cinco siglos y medio antes, el nuevo reino es llamado a veces el Nuevo Imperio Persa o el Imperio Neopersa. Puesto que el nuevo rey hacía remontar su ascendencia a un gobernante llamado Sasán, la dinastía recibió el nombre de los sasánidas, y el nuevo reino puede ser llamado el Imperio Sasánida.
Para Roma, el cambio producido en el Este tenía escasa importancia. El pueblo situado al este de Siria era aún el enemigo, independientemente de quién fuese su rey y de que se llamasen partos o persas. De hecho, esa enemistad empeoró, pues los sasánidas se sentían los sucesores de los antiguos reyes persas y pensaban que debían recuperar toda la tierra que les había arrebatado Alejandro Magno, que incluía a Asia Menor, Siria y Egipto.
En 230, pues, los persas invadieron las provincias orientales del Imperio, y Alejandro Severo se vio obligado a viajar al Este y conducir sus ejércitos contra los persas. Los detalles de lo que siguió son inciertos, pero aunque luego Alejandro volvió a Roma y celebró un triunfo, pretendiendo haber logrado toda clase de victorias, parece casi seguro que la guerra terminó en otro punto muerto.
Durante su ausencia, los germanos empezaron a atravesar el Rin y a hacer correrías por la Galia, Alejandro tuvo que marchar al Norte. Por desgracia, las economías que él y su madre hicieron a expensas del ejército lesgranjearon la creciente hostilidad de los soldados. En ocasiones se amotinaron, y en uno de esos motines, en 228, mataron al viejo jurista Ulpiano en presencia del mismo Emperador.
Ahora estaban dispuestos a ir más allá. En la Galia, Alejandro se vio forzado a pagar a los germanos para librarse de ellos y esto dio a los soldados una especie de excusa seudopatriótica. Atribuyendo a la incapacidad de Alejandro la falta de resultados mejores (y quizá tenían razón en que su queja, si no en el remedio) lo asesinaron junto con su madre en 235 (988 A. U. C).
El reinado de Alejandro Severo fue el último en el que hubo al menos un intento de mantener algún género de gobierno civil. Después de él, se impuso, desnuda y desvergonzadamente, la dominación militar.
Así, el linaje de Severo llegó a su fin después de gobernar Roma durante cuarenta y dos años (menos un año en el que Macrino gobernó nominalmente). Contando a Geta, dio cinco emperadores a Roma.
Durante el medio siglo de incesantes peligros para el Imperio que siguió a la muerte de Marco Aurelio, el cristianismo continuó fortaleciéndose, particularmente en las ciudades y sobre todo en el Este de habla griega.
Se inició una marea en ascenso de escritos eruditos sobre el cristianismo. Los que escribieron sobre el cristianismo y ejercieron particular influencia durante el Imperio Romano y comienzos de la Edad Media son llamados a veces los «Padres de la Iglesia», y se los divide en los Padres Griegos y los Padres Latinos, según la lengua en que escribieron. No hay acuerdo general sobre cuáles autores, exactamente, han de incluirse entre los Padres, y ciertamente aquí no intentaremos tomar ninguna decisión al respecto. Los mencionados más adelante, sin embargo, están todos incluidos en la lista de uno u otro grupo.
En el Este, Clemente de Alejandría (Titus Flavius Clemens) fue aún más allá que Justino Mártir (véase página) en aplicar toda la batería del conocimiento griego al problema de la doctrina cristiana. Nació alrededor del 150 en Atenas, de padres paganos, y probablemente fue adoctrinado en alguno de los misterios paganos antes de su conversión al cristianismo. Posteriormente, estudió y vivió en Alejandría, donde creó lo que se conoce a veces como la escuela alejandrina de teología.
Clemente consideraba el cristianismo como una filosofía, que no sólo estaba a la par de los sistemas griegos, sino que era superior a ellos. Trató de demostrar que las escrituras hebreas eran más antiguas que los escritos griegos y contenían toda la verdad, mientras que los últimos sólo contenían parte de la verdad. Ningún otro de los primeros Padres de la Iglesia fue tan cabalmente versado en filosofía griega.
Uno de los discípulos de Clemente fue Orígenes, más distinguido aún. Orígenes, nacido por el 185 en Alejandría, provenía de progenitores cristianos, y su padre murió como mártir. Él mismo llevó una vida dedicada a los estudios religiosos y hasta se castró a sí mismo, para no dejarse distraer por pensamientos concernientes a mujeres y al matrimonio. La popularidad de sus enseñanzas y sus escritos, junto con el hecho de que mezcló buena parte de la filosofía platónica con sus propias creencias, le acarrearon continuos problemas con sus superiores.
Sin embargo, escribió abundantemente y, en particular, salió a la palestra contra un autor griego llamado Celso, que no era el popular autor científico del siglo I (véase página), sino un filósofo platónico que vivió un siglo y medio más tarde. Celso había escrito un libro frío y desapasionado contra el cristianismo, que por entonces sólo era una religión de importancia secundaria. Fue el primer libro pagano que consideró seriamente al cristianismo. Los argumentos de Celso eran sumamente racionales, como los usados por los librepensadores actuales que objetan cuestiones tales como el parto virginal, la resurrección y los diversos milagros como contrarios a la razón. Tambiénafirmó que la doctrina cristiana había sido tomada de la filosofía griega, deformándola en el proceso.
El libro era demasiado racional y estuvo lejos de ser un éxito popular, por lo que no ha sobrevivido. Ni siquiera sabríamos de su existencia, si Orígenes no hubiera escrito para refutarlo un libro titulado Contra Celso. En su libro, Orígenes cita las nueve décimas partes del libro de Celso, con lo cual lo conservó para la posteridad. La obra de Orígenes es la defensa más completa y cabal del cristianismo publicada en la antigüedad.
En el período posterior a Marco Aurelio, también aparecieron autores de la Iglesia en Occidente, aunque estaban más alejados de los centros griegos que fueron el suelo fértil de la filosofía.
El primero de esos autores occidentales fue Tertuliano (Quintus Septimius Florens Tertullianus), nacido alrededor del 150 en Cartago. Prácticamente creó la literatura latina cristiana, aunque también leía y escribía el griego. Era de padres paganos y había intentado hacer carrera de abogado, pero en Roma, a comienzos de su madurez, se convirtió al cristianismo. Retornó a Cartago en 197 y permaneció allí el resto de su vida. Sus escritos lograron reducir la popularidad de las ideas gnósticas (véase página), que desde entonces se extinguieron rápidamente.
Tertuliano era montanista (véase página) y trabajó duramente para convertir a los cristianos, en general, a la vida puritana. Finalmente, se vio obligado a romper con la Iglesia Cartaginesa a la que había servido, y reanudó su labor en una pequeña comunidad montanista cercana. Pero mantuvo siempre su influencia hasta su muerte, en 222.
Otro importante autor africano fue Cipriano (Thascius Caecilius Cyprianus), nacido en Cartago por el 200. También él provenía de padres paganos y se convirtió en la madurez. Más tarde fue obispo de Cartago y escribió en un estilo que recuerda mucho al de Tertuliano. Murió en el martirio en 258.
El poder creciente del cristianismo por entonces era tanpronunciado que el suave Alejandro Severo, quien trataba de apaciguar a todos los pueblos del Imperio mostrando interés por todas las religiones principales, añadió un busto de Jesucristo a los de otras deidades y profetas que adornaban su despacho.
Naturalmente, los filósofos paganos reaccionaron ante la fuerza creciente del pensamiento cristiano. El estoicismo, que nunca pasó de recibir la adhesión de un pequeño sector de las clases dominantes, perdió importancia al morir Marco Aurelio. Fue reemplazado por una nueva elaboración de las ideas del filósofo griego Platón, a las que se hizo más complejas y místicas. Este neoplatonismo fue un intento de los filósofos de hallar una base emocional adecuada para sus creencias sin apelar al ritual cristiano.
El más importante de los neoplatónicos fue Plotino, nacido en Egipto de padres romanos alrededor del 205. Fue educado en Alejandría y llegó a Roma en 244, donde enseñó su complicada y mística filosofía hasta su muerte, ocurrida en 270.
Aunque el neoplatonismo no logró afirmarse como la filosofía dominante del Imperio, muchas ideas neoplatónicas se filtraron en la Iglesia Cristiana, particularmente en la parte de ella que floreció en la mitad oriental del Imperio.