El hombre del momento era Diocles. Provenía de una familia campesina pobre y su nombre de resonancia griega obedecía, al parecer, al hecho de que había nacido (en 245) en Dioclea, una aldea de la costa ilírica. Se desempeñó bien en el ejército, bajo las órdenes de Aureliano y Probo. En el momento de la muerte de Caro, tenía casi cuarenta años y se había elevado del rango de soldado raso al de jefe de la guardia de corps imperial.
A la muerte de Caro, Diocles fue proclamado emperador por sus hombres y, como Caro, no juzgó necesario buscar la aprobación del Senado.
Su primera acción fue formar un sumarísimo consejo de guerra para juzgar al general que se suponía había planeado la muerte de Caro y luego la había ejecutado con sus propias manos. Esto puso en claro su posición con respecto al asesinato de emperadores, sobre todo ahora que lo era él. La duración media del reinado de los emperadores del medio siglo anterior (dejando de lado co-emperadores, usurpadores y aspirantes fracasados) había sido de dos años, aproximadamente, y Diocles estaba fieramente decidido a superar ese promedio.
Al subir al trono, Diocles asumió el nombre regio de Gaius Aurelius Valerius Diocletianus (más conocido en español como Diocleciano) y entró en la ciudad de Nicomedia, situada en el noroeste de Asia Menor, en 284 (1037 A. U. C.). En la medida en que pudo, Diocleciano hizo de esta ciudad su residencia, por lo que se convirtió en la capital del Imperio durante su reinado.
Eso fue el reconocimiento de un hecho importante. Italia ya no era la provincia dominante del Imperio ni Roma era la ciudad dominante. De hecho, que un emperador se estableciese en Roma como en los viejos días de Augusto o aun de Antonino Pío habría sido imprudente. La tarea del emperador era la defensa del Imperio y tenía que estar cerca de las expuestas provincias exteriores. Desde Nicomedia, Diocleciano estaba a una razonable distancia de la frontera persa, al sudeste, y de las hordas godas, al noroeste, y en Nicomedia permaneció cuando no estaba empeñado en alguna guerra.
Durante todo su reinado, Diocleciano se dedicó a una reorganización completa del Imperio.
Su primera preocupación fue la protección de la persona del emperador. Augusto podía haber desempeñado el papel de «Primer Ciudadano» y actuado como si fuese un romano común que por casualidad estaba al frente del Estado. Vivía en tiempos pacíficos y en medio de una Italia tranquila y desarmada. Pero ahora los emperadores vivían en medio de ejércitos de un Imperio en desintegración, combatiendo a los bárbaros con soldados que muy a menudo eran ellos mismos bárbaros contratados. Andar entre los soldados sencillamente como otro romano común era invitar a que le clavasen una lanza en el vientre, como lo habían demostrado dos docenas de emperadores en el medio siglo anterior.
Por ello, Diocleciano se recluyó. Hizo de sí mismo más que un princeps («primer ciudadano»); se hizo un «dominus» («señor»). Introdujo todo el ceremonial deuna monarquía oriental. Los hombres sólo podían acercarse cuando él los invitaba a hacerlo, y aun entonces sólo con grandes reverencias. Se adoptaron diversos rituales para que la posición y la persona del emperador apareciesen como excepcionales e inspirasen un reverente temor, y para diferenciarlas claramente de lo ordinario. Este género de ceremonial había estado apareciendo lentamente en reinados anteriores, sobre todo bajo Aureliano, pero ahora Diocleciano lo intensificó mucho.
Esto señala el fin del principado, que había durado tres siglos. Aunque Diocleciano nunca adoptó el título de rey, de hecho lo era, y el Imperio Romano se convirtió en una monarquía. El Senado aún se reunía en Roma, pero se había convertido en un mero club social.
El sistema de Diocleciano se adecuaba a su tiempo, como el de Augusto se había adecuado al suyo. Un emperador inaccesible, rodeado de una sagrada veneración y cuyos pasos medidos eran acompañados de incienso, trompetas y las reverencias de multitud de lacayos, impresionaba e intimidaba a los soldados. Tales emperadores eran difíciles de matar, pues las propias supersticiones del soldado lo refrenaban. Fue por esta razón, al menos en parte, por lo que Diocleciano logró reinar durante veintiún años, el más largo reinado desde el de Antonino Pío de un siglo y medio antes.
Más aún, aunque hubo bastantes problemas y desórdenes en los tiempos posteriores a Diocleciano, se puso fin a la costumbre de que un emperador tras otro fuese muerto por sus propias tropas, en rápida sucesión, y por cualquier capricho trivial. El Imperio levantó cabeza.
Pero levantó cabeza de una manera poco sólida. El Imperio ya no era lo que había sido antaño, en modo alguno. La destrucción provocada por la peste y las devastaciones de las invasiones bárbaras no podían ser reparadas. De hecho, el esfuerzo más firme de Diocleciano para rechazar los ataques extranjeros empeoraron las cosas en algunos aspectos. Diocleciano tuvo que mantener un ejército que era mayor en número que el de Augusto, y ello con menos recursos.
Diocleciano y sus sucesores tuvieron que mantener el abastecimiento del ejército mediante pesados impuestos. La moneda de ley había desaparecido en el siglo anterior, cuando la acuñación se derrumbó, y los impuestos eran recaudados en especie. Se hizo responsables de la recaudación a las cabezas de los municipios, quienes debían compensar cualquier déficit. Esquilmaban con dureza a la gente y ellos mismos eran esquilmados por los funcionarios del gobierno. La vida económica del Imperio quedó asfixiada. Los pequeños labradores no podían obtener lo suficiente para vivir y entraron en las grandes propiedades como siervos. No se permitió a los artesanos y los comerciantes buscar modos mejores de hacer dinero, sino que fueron obligados por ley, y bajo la amenaza de severos castigos, a seguir en sus profesiones y a permanecer en sus trabajos, necesarios para la economía pero que no les daban más que una mínima remuneración, una vez deducidos los impuestos. Ni siquiera se les permitió entrar en el ejército, que estuvo formado cada vez más por bandas de bárbaros contratados.
Hacia el final de su reinado, Diocleciano reconoció las insoportables dificultades que abrumaban a la población en general. En el famoso «Edicto de Diocleciano» de 301 (1054 A. U. C.) trató de estabilizar las cosas mediante una lista de precios máximos y salarios mínimos. Su intención era impedir que los grandes terratenientes se aprovechasen a costa de muchas vidas humanas en tiempos de escasez de alimentos, y también que se aprovechasen los trabajadores en tiempos de escasez de mano de obra. Aunque Diocleciano trató de ser muy severo y decretó la deportación y, en ciertas circunstancias, hasta la pena de muerte por el incumplimiento del edicto, su esfuerzo fue un fracaso. Nada podía detener el lento deterioro económico del Imperio.
Para la población general del Imperio, era poco el beneficio que obtenía del gobierno. ¿Qué importaba si una batalla la ganaban los bárbaros o los romanos? Ambos ejércitos eran bárbaros; ambos eran implacables en su saqueo de la región que ocupaban, pues ambos tendían cada vez más a vivir de la tierra. Y las devastaciones de cualquier ejército no eran peores que las del recaudador de impuestos.
No es de extrañarse que aumentara la apatía del populacho romano y hallase pocos alicientes para el patriotismo o para su identificación con el Imperio. Y si el ejército romano caía ante los bárbaros y las hordas germánicas se apoderaban del Imperio, no era probable que hallasen resistencia alguna de la población; no habría guerra de guerrillas ni levantamientos populares. Y cuando llegó el momento, no los hubo.
Pero fuesen cuales fuesen los sufrimientos del Imperio, Diocleciano le brindó dos beneficios: un ejército que era nuevamente fiable y un gobierno que, aunque duro, era estable. Indudablemente, el Imperio Romano duró más como resultado de la obra de Diocleciano de lo que habría durado si las cosas hubiesen continuado como antes.
El impulso hacia la estabilización dado por Diocleciano se facilitó por su comprensión de que no podía llevar a cabo él solo toda la tarea. Había demasiados problemas, el Imperio estaba demasiado dañado y las fronteras demasiado debilitadas en muchos lugares para que un solo hombre hiciera frente a todo. Por consiguiente. Diocleciano decidió adoptar un asociado.
Esto ya se había hecho antes. Marco Aurelio había gobernado con Lucio Vero como co-emperador, y el Imperio estuvo bajo el doble gobierno («diarquía») durante ocho años. Desde entonces, varios de los emperadores de reinados breves asociaron al gobierno a sus hijos y otros parientes.
Tales divisiones siempre habían sido recursos de urgencia y nunca habían constituido una política oficial. Ahora Diocleciano trató de hacerla oficial. En 286 (1039 A. U. C.) nombró colega suyo a un viejo amigo, Maximiano (Marcus Aurelius Valerius Maximianus). Maximiano, un panonio, tenía aproximadamente la edad de Diocleciano y, como él, era de origen campesino. Al igual que Diocleciano, había ascendido de soldado raso hasta el rango de general; pero, a diferencia de Diocleciano, no era particularmente brillante. Diocleciano vio en él a alguien en quien podía confiar que emprendería todas las acciones militares efectivas y cumpliría sus órdenes sin discusión, pero que no tendría el ánimo ni la capacidad para volverse contra su amo.
Diocleciano se reservó la mitad oriental del Imperio y dejó a Maximiano la mitad occidental; el límite entre los dos ámbitos pasaba por el estrecho que separa el talón de la bota italiana de la Grecia septentrional. Esta división subsistió, a intervalos, en los reinados siguientes, por lo que a partir de 286 podemos hablar de un «Imperio Romano Occidental» y un «Imperio Romano Oriental». Esto no significa en absoluto que el Imperio Romano estuviese dividido en dos naciones. En teoría, seguía siendo un imperio indivisible hasta su verdadero final en la historia. La división era puramente administrativa.
Podría parecer que Maximiano recibió la mejor parte, pues el Imperio Romano Occidental era mayor que el Imperio Romano Oriental. Además, el primero era de habla latina e incluía a Italia y Roma. Pero esto era de poca importancia.
El Imperio Romano Oriental era más pequeño y de habla griega, además de estar lejos de la antigua tradición romana. Sin embargo, era más rico. Roma no tenía más que una significación sentimental, y Nicomedia era el verdadero centro del gobierno, no Roma. Ni siquiera Maximiano, que asumió su puesto en el Oeste, hizo de Roma su capital. Permaneció en Mediolanum (la moderna Milán), en general, porque era un lugar más adecuado para la vigilancia contra las incursiones bárbaras a través del Rin y el Danubio superior. (No obstante, Roma conservó ciertos derechos tradicionales. Aún había alimentos y juegos gratuitos para el populacho, en recuerdo delpasado y del hecho de que Roma antaño había conquistado el mundo.)
Además, la mitad occidental del Imperio no era ninguna sinecura a la sazón. Maximiano tuvo que hacer frente a muchos problemas internos. Los campesinos de la Galia se rebelaron y formaron bandas que merodeaban sin destino fijo, incendiando y destruyendo cuanto encontraban en su paso, en una especie de furiosa desesperación por hallarse en una sociedad que los esquilmaba implacablemente sin darles nada a cambio.

No hizo ningún bien a los campesinos, excepto algún momentáneo placer que pudiesen derivar de apoderarse de las posesiones de los ricos. Maximiano libró una guerra regular contra ellos, enfrentando sus muchedumbres semidesarmadas con sus legiones llenas de bárbaros, haciendo gran matanza entre ellos, hasta que los sobrevivientes fueron obligados a someterse.
Y mientras Maximiano aporreaba a los campesinos galos con una mano, trataba de salvar a Britania con la otra. Los bárbaros germanos se habían lanzado al mar e hicieron correrías por la isla. Por ello, Maximiano se vio obligado a construir una flota. La idea era buena, pero el plan fracasó. El almirante puesto al mando de la flota llegó a un arreglo con los bárbaros y se proclamó emperador en Britania. Utilizando la flota (que ahora era suya), impuso su reconocimiento a todo lo largo de las costas atlánticas del Imperio. Maximiano había recibido plenos poderes imperiales en un total plano de igualdad con Diocleciano, de modo que pudo hacer libremente la guerra contra el rebelde sin tener que consultar con Diocleciano cada medida. Pero aun así, Maximiano tuvo mala suerte. Se construyó una flota propia, pero la perdió en una tormenta y, por el momento, no pudo hacer más que rechinar los dientes.
Diocleciano pensó que ni siquiera dos gobernantes eran suficientes, por lo que en 293 (1046 A. U. C.) dobló su número. El y Maximiano, ambos con el título de Augusto, adoptaron cada uno un sucesor, con el título de César. Esto les daría a Diocleciano y Maximiano un ayudanteque necesitaban mucho y, además, resolvería el problema de la sucesión, ya que, en teoría, los Césares ascenderían para convertirse en Augustos con el tiempo, y estarían mejor preparados para el cargo supremo, dada la experiencia que ganarían en el segundo puesto.
Diocleciano eligió como César a Galerio (Gaius Galerius Valerius Maximianus), quien se casó con la hija del Emperador y, así, se convirtió en su yerno tanto como en su sucesor elegido. Galerio, que contaba poco más de cuarenta años, tenía una buena hoja de servicios como soldado y fue puesto al frente de las provincias europeas al sur del Danubio, inclusive Tracia, que era su provincia de nacimiento. Diocleciano se reservó Asia y Egipto.
Maximiano también dio su hija al hombre que eligió como César. Este era Flavius Valerius Constantius, que no es conocido comúnmente como Constancio Cloro (es decir, «Constancio el Pálido, probablemente por su piel clara). También se le podría llamar Constancio I, para distinguirlo de su nieto que iba a gobernar medio siglo más tarde con el nombre de Constancio II.
Constancio era otro ilirio que había gobernado su provincia natal antes de su ascenso, no sólo con eficiencia, sino también con suavidad y humanidad (cualidades bastante raras en esa época). Constancio recibió España, la Galia y Britania como jurisdicción, mientras Maximiano se reservó Italia y África.
Esta cuádruple división (una «tetrarquía»), hizo cambiar las cosas. Constancio se enfrentó con los ejércitos rebeldes en Britania y Galia. Aseguró la frontera del Rin y luego concentró su atención en Britania. Después de construir otra flota, la usó para desembarcar en la isla. Para el 300 la autoridad imperial había sido restaurada allí, y Constancio hizo de Britania su sede favorita de gobierno, rigiéndola con suavidad y equidad.
Mientras, en el Este, Diocleciano marchó a Egipto para reprimir la revuelta de un general, a la par que daba a Galerio instrucciones para que se ocupase de Persia. Ambas misiones fueron realizadas con éxito, y en 300 hubopaz de un extremo del Imperio al otro, y todas las fronteras estaban, por milagro, intactas.
En 303 (1056 A. U. C.), Diocleciano se dirigió a Roma para que él y Maximiano fuesen honrados con un triunfo. Pero no fue una ocasión feliz. A Diocleciano le disgustaba Roma, y Roma le devolvía el cumplido. Diocleciano hizo construir allí baños, así como una biblioteca, un museo y otros edificios, pero todo esto era un pobre consuelo para los romanos. Se mostraron hoscos ante el emperador romano que había abandonado a la antigua capital y le hicieron objeto de sus burlas y sarcasmos. Por ello, Diocleciano dejó Roma repentinamente, después de haber estado en ella sólo un mes. El mundo había cambiado, en verdad.
En dieciséis años, pues, Diocleciano había realizado una hazaña que debe de haber parecido sobrehumana. No sólo era aún emperador, sino que dominaba a otros tres emperadores o casi-emperadores.
Su reorganización interna también se mantuvo. El Imperio estaba dividido ahora en cuatro «prefecturas», así llamadas porque a su frente había «prefectos» (de una palabra latina que significa «poner por encima»). Ellas eran:
1)las provincias europeas situadas al noroeste de Italia; 2)Italia y África al oeste de Egipto;3) las provincias europeas situadas al este de Italia, y 4) Asia y Egipto.
Cada una de ellas estaba bajo el gobierno de uno de los Césares o Augustos. Cada prefectura, a su vez, se dividía en varias diócesis (de una palabra latina que significaba «gobierno de la casa», que era lo que se esperaba de un gobernador que hiciera bien, por así decir). El gobernador de una diócesis era un «vicario» (esto es, un «subordinado del prefecto; la misma palabra figura en voces como «vicepresidente»). Cada diócesis se dividía en provincias, de las que había bastante más de cien en el Imperio. Cada provincia era lo suficientemente pequeña como para que un gobernador la administrase cómodamente, y todos los hilos de mando terminaban en el emperador, quien usaba un complejo servicio secretopara mantener la vigilancia personal sobre los diversos funcionarios.
La organización del ámbito militar era en un todo independiente del gobierno civil, pero seguía líneas paralelas. Cada provincia tenía su guarnición al mando de un «dux» (o «líder»). Algunos jefes del ejército eran llamados «comes» (que significa «compañero», es decir, compañero del emperador).
La reorganización establecida por Diocleciano y sus sucesores era pesada y rígida, y la presencia de cuatro cortes imperiales y todos los funcionarios que se necesitaba para mantener bien coordinadas a las cuatro eran sumamente costosos. Sin embargo, mantuvo unido al Imperio durante dos siglos más, y partes de ella mantuvieron una tradición continua durante más de mil años.
Aún después de que el Imperio dejara de existir, los nuevos reinos que lo reemplazaron conservaron partes de la organización tradicional, y algunos de los títulos se han mantenido hasta el presente. Lo que los romanos llaman «dux» y «comes» se convirtió en lo que hoy llamamos «duque» y «conde». Más aún, la organización imperial tal como existía bajo Diocleciano y sus sucesores fue imitada por la organización creciente de la Iglesia. Y hasta hoy la Iglesia Católica llama a la zona que está bajo la jurisdicción de un obispo una «diócesis»; y también tiene sus vicarios.
Pero el nuevo sistema de Diocleciano no era el único poder importante en el Imperio. Los desórdenes de las generaciones anteriores habían provocado un gran aumento de la fuerza del cristianismo, pese a las persecuciones de Decio y Valerio. Ahora, en la época de Diocleciano, casi el diez por ciento de la población del Imperio era cristiana. Y era un diez por ciento importante, pues los cristianos estaban bien organizados y solían ser fervientes en sus creencias, mientras que la mayoría pagana tendía a ser tibia o indiferente.
Las causas del crecimiento del cristianismo fueron varías. Entre otras, la inminente desintegración del Imperio hacía parecer más probable que las cosas del mundo estuvieran llegando a su fin y que se produjera el predicho segundo advenimiento de Cristo. Esto aumentaba el fervor de los que ya eran cristianos y convencía a los vacilantes. También, la decadencia de la sociedad y las crecientes penurias que sufrían los hombres hacían este mundo menos atractivo y la promesa del otro mundo más deseable. Esto hacía al cristianismo más atractivo para muchos que hallaban ese otro mundo más convincente que el ofrecido por los diversos misterios no cristianos. Asimismo, la Iglesia, que fortalecía su organización y eficiencia mientras el Imperio perdía las suyas, parecía cada vez más una roca segura en un mundo perturbado y miserable.
Por otro lado, la Iglesia, al aumentar el número de sus adeptos, se vio sumergida en nuevos problemas. Ya no era un puñado de visionarios, ardientes de celo por el martirio. Hombres y mujeres de todas las clases y condiciones eran ahora cristianos, muchos de ellos gente común que deseaba vivir vidas comunes. Por ello, el cristianismo se hizo cada vez más sosegado y hasta «respetable».
La presión por parte de los cristianos comunes estaba dirigida a aumentar el brillo del ceremonial y a la multiplicación de los objetos para venerar. Un monoteísmo frío, austero y absoluto carecía de dramatismo. Por ello, se proporcionaba ese dramatismo aumentando la importancia del principio femenino en la forma de la madre de Jesús, María, y la adición de muchos santos y mártires. Los ritos en su honor, a menudo adaptaciones de diversos ritos paganos, se hicieron más complejos, y esto también contribuyó a difundir el cristianismo; pues a medida que disminuían las diferencias superficiales entre los rituales del paganismo y el cristianismo, se hizo más fácil para la gente atravesar la frontera hacia este último.
Pero a medida que la forma del culto se hizo más compleja y el número de feligreses aumentó, se hizo másfácil que se desarrollasen diferencias de detalle. Las diferencias en el ritual podían aparecer y, lentamente, hacerse más pronunciadas de una provincia a otra y de una iglesia a otra. Hasta dentro de una misma iglesia podía haber quienes favoreciesen un punto de vista o un tipo de conducta en vez de otra.
Para quienes no estaban sumergidos en la cuestión, las variaciones podían parecer secundarías, sin importancia y apenas dignas de algo más que un encogimiento de hombros. Mas para quienes creían que cada elemento del credo y el ritual era parte de una cadena que conducía al Cielo y que toda desviación de él implicaba la condena al Infierno, tales variaciones no podían ser secundarias. No sólo eran cuestión de vida o muerte, sino también de vida eterna o muerte eterna.
Así, las diferencias en el ritual podían conducir a una especie de guerra civil dentro de la Iglesia, hacerla pedazos y, finalmente, destruirla. El que esto no ocurriese a la larga se debió al hecho de que la Iglesia gradualmente edificó una jerarquía compleja que decidió sobre cuestiones de creencia y ritual autoritariamente desde arriba.
De este modo, las iglesias y el clero de una región fueron colocados bajo un obispo (de la palabra griega «epíscopos», que significa «supervisor»), quien tenía autoridad para decidir en puntos discutidos de la religión.
Pero, ¿qué ocurría si el obispo de una región discrepaba con el de otra? Esto podía suceder, desde luego, y con frecuencia ocurrió, pero desde fines del siglo III se generalizó la costumbre de realizar «sínodos» (de una palabra griega que significa «reunión») en los que los obispos se reunían y discutían a fondo los puntos en disputa. Creció el sentimiento de que los acuerdos alcanzados en tales sínodos debían ser defendidos por todos los obispos, para que toda la cristiandad sostuviese un solo conjunto de concepciones y siguiese un solo conjunto de pautas en el ritual.
Había sólo una Iglesia, según esta corriente de pensamiento, una Iglesia Universal o, usando la palabra griega que significa «universal», una Iglesia Católica.
Las decisiones forjadas por los obispos, pues, eran las concepciones ortodoxas de la Iglesia Católica, y todas las demás eran herejías.
En principio, todos los obispos eran iguales, pero no ocurría así en la realidad. Los grandes centros de población tenían el mayor número de cristianos y las iglesias más influyentes. Esas iglesias atraían a los hombres más capaces y, como es de suponer, los obispos de ciudades como Antioquía y Alejandría serían grandes hombres, llenos de literatura y saber, que escribían sus grandes volúmenes y dirigían facciones poderosas entre los obispos.
En verdad, hubo varias ciudades importantes en la mitad oriental del Imperio, cuyos obispos a menudo andaban a la greña unos con otros. La mitad occidental del Imperio, donde generalmente los cristianos eran menos numerosos y menos poderosos, tenía sólo un obispo importante en tiempos de Diocleciano: el obispo de Roma.
En general, el Occidente era menos culto que el Este, tenía una tradición filosófica e intelectual más débil y estaba mucho menos envuelto en las disputas religiosas de la época. Ninguno de los primeros obispos de Roma fue un autor destacado o un gran polemista. Eran hombres moderados, quienes en todas las cuestiones del momento nunca defendieron causas perdidas o concepciones minoritarias. Esto significaba que el obispo de Roma fue el único gran obispado que nunca fue manchado por la herejía. Fue ortodoxo del principio al fin.
Además, alrededor de Roma se sentía el perfume del poder mundial. Fuese Roma o no realmente el centro del gobierno, era Roma la que dominaba el mundo en la mente de los hombres, y a muchos les parecía que el obispo de Roma era el equivalente eclesiástico del emperador romano. Esto fue así tanto más cuanto que era fuerte la tradición según la cual el primer obispo de Roma había sido el mismo Pedro, el primero de los discípulos de Jesús.
Por ello, aunque el obispo de Roma, en los primeros siglos, no tenía un brillo particular en comparación con los obispos de Alejandría y Antioquía, y aun con los deciudades como Cartago, el futuro (al menos para gran parte del mundo cristiano) era totalmente suyo.
Diocleciano, pues, al contemplar su imperio halló que su autoridad era desafiada por otra, la de la Iglesia. Esto le fastidió y, según algunas historias, fastidió a su César y sucesor, Galerio, aún más.
En 303, a instancias de Galerio, Diocleciano inició una intensa campaña contra todos los cristianos, y más contra la organización de la Iglesia (la cual era lo que Diocleciano realmente temía) que contra los creyentes individualmente. Las iglesias fueron destruidas, las cruces quebradas y los libros sagrados arrancados de los obispos y luego quemados. A veces, cuando las muchedumbres paganas se descontrolaban, se mataba a cristianos. Naturalmente, los cristianos fueron despedidos de todos los cargos, expulsados del ejército, alejados de las cortes y, en general, acosados de todas maneras.
Fue la última y la más intensa persecución física organizada de cristianos en el Imperio, pero se extendió por todo el Imperio. Constancio Cloro, el más benévolo de los cuatro gobernantes del Imperio, hizo que su parte de los dominios romanos quedase exenta de persecuciones, aunque él no era cristiano, sino un devoto del Dios-Sol.
La acción de Diocleciano de iniciar la persecución fue el último acto importante de su reinado. Estaba totalmente harto de gobernar el Imperio. Su decepcionante viaje a Roma lo amargó y deprimió, y poco después de retornar a Nicomedia cayó enfermo. Se estaba acercando a los sesenta años, había sido emperador durante veinte y ya tenía bastante. Galerio, sucesor al trono, estaba totalmente dispuesto a, y hasta ansioso de, suceder a Diocleciano, y urgió al Emperador a abdicar. En 305 (1058 A. U. C.), lo hizo. Es muy poco común en la historia del mundo que un gobernante abdique por su propia voluntad, sencillamente porque se siente viejo y cansado, pero a veces ocurre. Diocleciano es un ejemplo de ello.
El ex emperador se retiró a la ciudad de Salona, cerca de la aldea donde había nacido, y allí construyó un granpalacio donde pasó los últimos ocho años de su vida. (Más tarde, el palacio cayó en ruinas, pero cuando la ciudad de Salona fue destruida por las invasiones bárbaras, tres siglos después de Domiciano, algunos de sus habitantes se trasladaron a las ruinas del palacio y construyeron allí sus hogares. Fueron los comienzos de la ciudad de Spalatum, llamada Spalato por los italianos y Split por los yugoslavos.)