Como Alarico, Ataúlfo aspiraba a ocupar una elevada posición dentro del Imperio Romano, pero consideró quimérico todo intento de reemplazarlo por un Imperio Godo. Marchó al sur de la Galia, donde halló un considerable botín, e impuso un alto precio por mantener al menos una paz razonable. Logró casarse con Gala Placidia, media hermana de Honorio. Esto lo introdujo en la familia real y le permitió conservar el sur de la Galia con una apariencia de legalidad.
En el ínterin, la corte imperial finalmente había hallado un reemplazante competente de Estilicón, un romano llamado Constancio. Era uno de los escasos no bárbaros de Occidente que podía desempeñarse con eficiencia al mando de tropas y hasta, en ocasiones, vencer.
Constancio pensó que el modo más económico de combatir a los invasores germánicos era lanzar a una tribu contra otra. Persuadió a Ataúlfo de que, como cuñado del Emperador y aliado de los romanos, debía conducira los visigodos contra los invasores germánicos de España. Guiado, quizá, por la idea de obtener más botín y más poder, Ataúlfo, en efecto, llevó a su ejército godo a España. Fue asesinado en 415, pero su sucesor, Valia, prosiguió la guerra y destruyó casi totalmente a los alanos. Los suevos fueron acorralados en el ángulo noroccidental de España, y restos de los vándalos fueron empujados contra el mar, a la España meridional.
Los visigodos podían haber completado la tarea y limpiado totalmente España, pero el gran problema de usar a un enemigo contra otro es que una victoria demasiado completa de uno de ellos es peligrosa. La corte imperial no quiso que los visigodos fueran desproporcionadamente victoriosos y los instó a abandonar España dejando inconclusa la tarea.
Valia murió en 419, y bajo su sucesor, Teodorico I, el ejército visigodo salió de España y retornó a la Galia.
Aun así, los resultados de la aventura de lanzar a germanos contra germanos salió mal para los romanos. Los visigodos, bajo Teodorico, ahora se establecieron en el sudoeste de la Galia. En 418 (1171 A. U. C.), crearon un reino que fue llamado Reino de Tolosa, por el nombre de la capital que convirtieron en sede de su poder. Tolosa, situada a unos cien kilómetros al norte de los Pirineos, fue la sede de los reinos visigodos durante un siglo.
El Reino de Tolosa fue el primero de los reinos sucesores germánicos. A diferencia de anteriores asentamientos de bandas guerreras germánicas dentro de los límites del Imperio, este reino no reconocía la soberanía romana. Era una potencia independiente. Y fue permanente, pues de una u otra forma, el Reino Visigodo iba a subsistir por más de tres siglos.
Sin duda, permaneció en alianza con Roma y, por lo general, estuvo en buenos términos con Roma. Pero los visigodos se convirtieron en los terratenientes de la Galia del sudoeste. Se creó la norma que iba a regir el oeste de Europa cada vez más, a medida que transcurrió el siglo. Una aristocracia terrateniente de germanos y susdescendientes iban a dominar a un campesinado formado por los descendientes de nativos romanizados.
El ascenso de los visigodos fue notable. En 376 habían entrado en el Imperio Romano como suplicantes y atravesando el Danubio inferior huyendo de los hunos, que de lo contrario los hubiesen esclavizado. Ahora, sólo cuarenta años después, habían atravesado miles de kilómetros de tierras romanas y se habían convertido en los amos, bajo un rey, Teodorico I, a quien el Emperador de Occidente se veía obligado a tratar como un igual.
Los vándalos de España, maltrechos y apaleados por los ataques visigodos, ocupaban el extremo sur de la provincia con algunas dificultades, pero afortunadamente para ellos las circunstancias les mostraron un nuevo campo de actividades, una nueva región en la cual tuvieron un siglo de grandeza y poder.
Esa región era el África romana, que abarcaba la costa norteafricana al oeste de Egipto y cuya metrópoli era Cartago. África había hecho ricos aportes a la historia cristiana primitiva. Había sido el centro de herejías puritanas como el montañismo y el donatismo, y la cuna de autores cristianos como Tertuliano y Cipriano. Ahora, al fin de la etapa romana de su historia, fue la cuna del más grande de los Padres Latinos de la Iglesia, Agustín (Aurelius Augustinus).
Agustín nació en 453, en una pequeña ciudad africana situada a unos 240 kilómetros al oeste de Cartago. Su padre era pagano y su madre cristiana; él mismo en un principio estaba inseguro sobre cuál creencia adoptar. En su juventud, se inclinó hacia un nuevo tipo de religión llamada maniqueísmo.
El maniqueísmo recibió su nombre de un líder religioso, Mani, nacido en Persia por el 215. Elaboró una forma de religión algo afín al antiguo mitraísmo, que tomó mucho de las creencias persas en las fuerzas iguales de laluz y la oscuridad, el bien y el mal. (Los mismos judíos adoptaron este «dualismo» en la época en que formaban parte del Imperio Persa, y sólo después de ese período Satán, «Príncipe de las Tinieblas», se hizo importante como adversario de Dios, aunque ni los judíos ni los cristianos, posteriormente, admitieron nunca que Satán fuese igual a Dios en poder e importancia.)
Al dualismo persa, Manes añadió la moral estricta del judaísmo y el cristianismo. Aunque sufrió persecuciones en la misma Persia, el maniqueísmo empezó a difundirse por el Imperio Romano poco antes de que el cristianismo se convirtiese en la religión oficial de Roma. Diocleciano contempló el maniqueísmo con grandes sospechas, pues pensaba que los maniqueos debían ser agentes del gran adversario de Roma, Persia. Por ello, en 297 inició una campaña oficial para reprimirlo, seis años antes de la campaña similar contra el cristianismo. Ninguna de ellas tuvo éxito.
El establecimiento legal del cristianismo, en realidad, contribuyó a la difusión del maniqueísmo durante un tiempo. Una vez que el cristianismo se convirtió en la religión oficial, los emperadores tendieron a prestar su apoyo a una secta particular del cristianismo, primero al arrianismo y luego al catolicismo. Las herejías menores, que habían florecido cuando todos los tipos de creencia cristianas eran igualmente ilegales y perseguidas, ahora se hallaron peor que antes porque fueron señaladas para su eliminación. Por eso, muchas de ellas tendieron a abandonar el cristianismo, convertido en el enemigo perseguidor, y se unieron al maniqueísmo.
A fin de cuentas, hay algo dramático en el choque cósmico entre el bien y el mal. Los hombres y mujeres que apoyaban lo que ellos creían el bien sentían que participaban en esa batalla universal, mientras que sus enemigos formaban parte de una vasta oscuridad que, por dominante que pareciese ahora, estaba inexorablemente condenada a su destrucción final. Para quienes adoptan una concepción conspirativa de la historia (en la que se cree que el mundo está en poder de una secreta conspiración de hombres malos o fuerzas malas), el maniqueísmo presentaba una atracción natural.
El maniqueísmo llegó a su cúspide en tiempos de Agustín, y éste sucumbió a él. También se sintió atraído por el neoplatonismo, y leyó con gran interés las obras de Plotino.
Pero el maniqueísmo y el neoplatonismo fueron sólo etapas en la evolución de Agustín. Su incansable búsqueda de la certeza filosófica, combinada con la incesante presión de su voluntariosa madre, lo llevaron finalmente al cristianismo. Había ido a Milán en 384 (a la sazón capital y centro religioso del Imperio de Occidente) y fue convertido por el obispo Ambrosio. En 387, finalmente, admitió ser bautizado.
Volvió a África, y en 395 se convirtió en obispo de Hipona (Hippo Regius), un pequeño puerto marítimo situado inmediatamente al norte de su lugar de nacimiento (y hoy llamada Bona, ciudad de la actual Argelia). Agustín permaneció allí durante treinta y cuatro años, e Hipona, por lo demás carente de toda importancia (excepto, quizá, como lugar de nacimiento del historiador Suetonio, tres siglos antes), se hizo famosa a causa de Agustín.
Las cartas de Agustín fueron enviadas a todo el Imperio, sus sermones fueron reunidos en libros y escribió muchas obras formales sobre diversas cuestiones teológicas. Fue un ardiente batallador contra las diversas herejías africanas y creía (quizá por su vergüenza de sus propias experiencias juveniles) en la depravación esencial de la humanidad. Todo individuo nace con la herencia del «pecado original» que manchó al hombre cuando Adán y Eva desobedecieron a Dios en el Jardín del Edén. El pecado original sólo es eliminado por el bautismo, y los niños que mueren antes de él están condenados eternamente. También creía en la «predestinación», esto es, en el cuidadoso plan de Dios, que existe desde el comienzo del tiempo y guía cada frase de la historia, de modo que no ocurre nada que no esté ya predestinado a ocurrir.
En sus primeros años como obispo, Agustín escribió sus Confesiones, una autobiografía íntima y aparentemente honesta, donde no oculta sus propios defectos tempranos. Este libro ha sido popular desde entonces.
Después del saqueo de Roma por Alarico, Agustín escribió Sobre la Ciudad de Dios, una defensa del cristianismo contra los nuevos ataques de los paganos. Roma se había elevado al dominio del mundo y había sido invencible, decían los paganos, mientras mantuvo su fe en sus antiguos dioses. Ahora que era cristiana, el disgusto de esos dioses se veía claramente en el hecho de que fue saqueada. Y dicho sea de paso, ¿dónde estaba ese nuevo dios cristiano, por qué no defendió su ciudad?
Agustín pasó revista a toda la historia que él conocía, señalando que había ciclos de ascenso y caída de los Estados, como parte del gran plan divino predestinado. Roma no era ninguna excepción; también ella, después de ascender, debía caer. Pero Roma, cuando fue saqueada por Alarico, había sido tratada suavemente, y sus tesoros religiosos habían sido respetados. ¿Cuándo los dioses de una ciudad pagana la protegieron así de las consecuencias de un saqueo por los bárbaros? De todos modos, la decadencia de Roma sólo era el preludio del ascenso de una Ciudad de Dios celestial, una ciudad final que no caería, sino que sería la grandiosa culminación del plan divino.
Uno de los discípulos de Agustín fue Pablo Orosio, nacido en Tarragona, España. A sugerencia de Agustín, escribió una historia del mundo —La Historia contra los Paganos— que dedicó a su maestro. También él trató de demostrar que el cristianismo no estaba destruyendo al Imperio Romano, sino salvando lo que quedaba de él.
Agustín terminó su gran libro en 426, y en los escasos años restantes de su vida vio calamidades aún mayores que las anteriores, calamidades que empezaron con intrigas en la corte de Ravena y en las que los vándalos, a la espera en el extremo sur de España, desempeñaron un importante papel.
En Ravena, Honorio murió en 423 (1176 A. U. C.) después de un oscuro reinado de veintiocho desastrosos años como emperador romano. Fue indiferente a que durante su reinado Roma fuese saqueada y el Imperio quedase despojado de algunas provincias. Era un total inepto.
Su general, Constancio, se casó con su media hermana Gala Placidia, viuda del visigodo Ataúlfo, y durante unos meses fue co-emperador de Occidente con el nombre de Constancio III. Fue una fatalidad para el Imperio de Occidente que muriesen sus hombres fuertes y se mantuviesen vivos los débiles. Constancio III murió después de gobernar sólo siete meses, en 421. Cuando Honorio murió, dos años más tarde, subió al trono el hijo de Constancio III y Gala Placidia.
Era un niño de sólo seis años y reinó con el nombre de Valentiniano III. Era nieto de Teodosio I y, por su abuela materna, biznieto de Valentiniano I.
De niño, Valentiniano III fue una nulidad, por supuesto, y hubo constantes intrigas dentro de la corte para ejercer el dominio sobre él. La principal influencia era la de la reina madre, Placidia, y la batalla se libraba acerca de quién, a su vez, iba a influir sobre ella.
Aspiraban a este privilegio dos generales, Flavio Aecio y Bonifacio. Aecio era, posiblemente, de ascendencia bárbara. De todos modos, pasó algunos años de su vida como rehén en el ejército de Alarico y más tarde varios años más con los hunos, de modo que debe de haber absorbido muchas cosas de los bárbaros. En 424, penetró en Italia a la cabeza de un ejército de bárbaros, incluidos hunos (aunque, sin duda, todos los ejércitos eran bárbaros en aquellos días), y se colocó en una situación de poder que iba a mantener durante una generación.
Bonifacio, que también era un general de éxito, desapareció ante Aecio. Fue nombrado gobernador de África, pero esto era un modo de deshacerse de él, pues lo alejaba de Ravena y dejaba allí el mando a Aecio, quien entonces podía influir sin trabas sobre la reina madre.
En África, Bonifacio comprendió que había quedado en desventaja y pensó en la rebelión. En su cólera, estaba dispuesto a utilizar cualquier arma contra su enemigo en Italia, y cometió el terrible error de llamar en su ayuda a una banda guerrera bárbara.
La más cercana la constituían los vándalos del sur de España. Su posición era precaria, y Bonifacio juzgó, con razón, que estarían dispuestos a contratarse con él. Lo que Bonifacio no previo, ni podía prever, fue que los vándalos acababan de elevar a un nuevo líder, Genserico (o Geiserico), quien tenía por entonces unos cuarenta años y fue uno de los hombres más notables de su época. En 428 (1181 A. U. C.), Genserico aceptó la invitación de Bonifacio, y unos 80.000 vándalos usaron la flota que Bonifacio puso a su disposición para navegar hacia África. Pero Genserico no tenía ninguna intención de engancharse como mercenario cuando parecía haber ocasión de adueñarse de una vasta provincia.
La situación también era propicia para él. Había tribus africanas nativas en las regiones montañosas y desérticas de Mauritania y Numidia que nunca habían aceptado totalmente la dominación romana desde las ciudades de la franja costera. Además, estaban los donatistas y otros herejes, a quienes sujetaba la mano fuerte de Agustín, obispo de Hipona, y que estaban muy dispuestos a hacer causa común con un bárbaro arriano contra la ortodoxia católica.
Bonifacio reconoció su error demasiado tarde y se reconcilió con la corte (Aecio estaba en la Galia). Mas para entonces ya Genserico había ocupado África, dejando solamente Cartago, Hipona y Cirta (esta última a 160 kilómetros al oeste de Hipona) bajo dominio romano.
Genserico puso sitio pacientemente a Hipona, que resistió casi dos años, pues podía recibir suministros, y los recibió, desde el mar. El Imperio Oriental, uniéndose por una vez al Oeste, envió una flota y ayudó a trasladar provisiones. Pero todo esto no sirvió de nada, pues dos veces ejércitos conducidos por Bonifacio fueron derrotados en tierra por Genserico. En 431, Hipona fue tomada. Su obispo, Agustín, no vivió para ver la rendición. Había muerto durante el asedio.
Bonifacio retornó a Italia y allí libró una batalla con su implacable enemigo Aecio. Bonifacio ganó, pero fue herido por mano de Aecio y murió poco después.
En 435, Genserico hizo un tratado con la corte de Ravena por el cual se reconocía el Reino Vándalo y se daba carácter legal a su posición. Los romanos estaban ansiosos de lograr esa paz porque, estando Egipto bajo el firme control del Emperador de Oriente, África era el principal granero de Roma. En su opinión, Genserico podía ocupar esas tierras a condición de que continuase los embarques regulares de cereales a Roma.
Según los términos del tratado, Genserico también aceptaba que Cartago (todavía no conquistada) siguiese siendo romana. Genserico aceptó esto... hasta que le convino no seguir aceptándolo. En 439 (1192 A. U. C.), marchó sobre Cartago y la tomó, convirtiéndola en su capital y en la base de su flota recientemente construida, que sería el terror del Mediterráneo durante veinte años.
Mientras los vándalos se apoderaban de la provincia meridional del Imperio Occidental y los visigodos se acomodaban en las provincias occidentales, una amenaza aún más bárbara aparecía en el Norte.
Los hunos estaban nuevamente en marcha.
Había sido su migración hacia el Oeste, casi un siglo antes, desde el Asia Central a las llanuras al norte del mar Negro, lo que había impulsado a los visigodos a entrar en el Imperio Romano e iniciado el prolongado ataque que ahora puso al Imperio Occidental al borde de la ruina.
Mientras los godos y vándalos obtenían sus victorias, los hunos habían permanecido relativamente tranquilos. Habían saqueado la frontera romana de vez en cuando, pero sin llevar a cabo una invasión substancial.
En parte, esto fue consecuencia de que el Imperio Oriental estuvo en una situación más sólida que su hermano Occidental. Después de la muerte de Arcadio, en 408, su hijo de siete años, Teodosio II (llamado a veces «Teodosio el Joven»), subió al trono. Cuando llegó a laedad adulta, demostró ser más fuerte que su padre, y hasta tenía cierta amabilidad y buena disposición que le dio popularidad. En el curso de su largo reinado de cuarenta años, el Imperio de Oriente conservó cierta estabilidad. Amplió y reforzó Constantinopla, abrió nuevas escuelas y mandó hacer un compendio jurídico que fue llamado el Código de Teodosio, en su honor.
Los persas (el viejo enemigo casi olvidado ante los terrores del nuevo peligro que presentaron los bárbaros del Norte) fueron rechazados en dos guerras de bastante éxito, y si bien las fronteras del Imperio Occidental se estaban derrumbando, las del Imperio Oriental se mantuvieron intactas.
Pero en 433 dos hermanos, Atila y Bleda, accedieron al gobierno de los hunos. Atila, que era el miembro dominante de la pareja, de inmediato mostró una actitud amenazante hacia Roma y obligó a Teodosio a pagarle un tributo de 700 libras de oro al año a cambio de la promesa de mantener la paz.
Y Atila mantuvo la paz... durante un tiempo. Aprovechó el intervalo para fortalecerse en todas partes, lanzando a sus jinetes contra los primitivos eslavos, que entonces ocupaban las llanuras de la Europa oriental central. También avanzó hacia el Oeste, a Germania, debilitada y en parte despoblada por las migraciones de tantos guerreros a las provincias occidentales del Imperio.
El empuje hacia el Oeste de los hunos lanzó a nuevas tribus germánicas a través del Rin. Entre ellas se contaban los burgundios, algunos de los cuales habían participado en el anterior avance de los suevos sobre la Galia. Ahora, en 436, y en los años siguientes, nuevos grupos de burgundios entraron en la Galia y se establecieron en la región sudoriental de la provincia, después de sufrir una derrota, por obra de Aecio, que desalentó los planes que pudieron haber concebido de obtener un dominio más vasto por el momento.
Otra tribu germánica empujada a la Galia por los hunos fue la de los francos. Habían intentado hacer una incursión en Galia casi un siglo antes, pero Juliano losderrotó de modo tan total que habían permanecido en calma desde entonces. Ahora ocuparon la parte nororiental de la Galia, y esta ocupación también fue limitada por una derrota a manos de Aecio.
Otras tribus germánicas —los anglos, sajones y jutos— que habitaban al norte y al noreste de los francos, sobre las costas de lo que es ahora Dinamarca y Alemania occidental, se vieron obligados a cruzar el mar en el decenio de 440. Hicieron correrías por Britania, que había vuelto a la barbarie, y en 449 los jutos efectuaron sus primeros asentamientos permanentes en lo que es ahora Kent, en la región sudoriental de Inglaterra. Durante los siglos siguientes, los «anglosajones» expandieron lentamente sus posesiones al oeste y al norte contra los fieros guerreros celtas britanos. Fue esta resistencia céltica la que más tarde dio origen a la leyenda del rey Arturo y sus caballeros.
Algunos de los britanos huyeron luego a la región noroccidental de la Galia, estableciéndose en lo que es ahora Bretaña.
Después de la muerte de Bleda, en 445 (1198 A. U. C), desapareció la influencia moderadora que ejercía éste sobre Atila, quien entonces gobernó un vasto imperio que se extendía desde el mar Caspio hasta el Rin y cubría la frontera septentrional del Imperio Romano de un extremo a otro.
Decidió seguir una política exterior aún más aventurera e invadió el Imperio de Oriente, hasta que fue comprado por un tributo aumentado de una tonelada de oro al año.
Teodosio II murió en 450 (1203 A. U. C.) y le sucedió su hermana, Pulqueria, nieta de Teodosio I. Sintió la necesidad de un sostén masculino en medio de los males que la acosaban y se casó con Marciano (Marcianus), un tracio de humilde origen pero un capaz general.
El cambio de gobierno se hizo sentir inmediatamente, pues cuando Atila envió a pedir el último pago del tributo anual, Marciano se negó a entregarlo y se declaró dispuesto a ir a la guerra.
Atila rechazó el desafío. ¿Para qué preocuparse por Marciano, que podía crearle problemas, cuando en el Oeste había una región dominada por un emperador débil, cortesanos pendencieros y reinos bárbaros rivales? Hay una historia según la cual Honoria, la hermana de Valentiniano III, habiendo sido encarcelada por un delito, hizo llegar su anillo a Atila y lo instó a ir a Italia y reclamarla como novia suya. Esto pudo haber servido al rey huno como excusa para una invasión que de todos modos tenía planeada.
Casi inmediatamente después de la subida al trono de Marciano y el rechazo del tributo, Atila se dispuso a cruzar el Rin e invadir la Galia.
Desde hacía una generación, la Galia había sido el escenario de la lucha entre Aecio, en representación del Emperador, y diversas tribus germánicas. Aecio había hecho prodigios. Mantuvo a los visigodos confinados en el sudoeste, a los burgundios en el sudeste, a los francos en el noreste y a los britanos en el noroeste. Grandes extensiones de la Galia central seguían siendo romanas. En verdad, puesto que Aecio obtuvo las últimas victorias que lograron los romanos en Occidente, a veces es llamado «el último de los romanos».
Pero ahora no era con las tribus germánicas que huían de los hunos con los que debía luchar, sino contra los mismos hunos. Cuando Atila y sus hordas de hunos cruzaron el Rin en 451 (1204 A. U. C.), Aecio se vio obligado a hacer causa común con el visigodo Teodorico I. En verdad, los germanos de la Galia reconocieron el tremendo peligro que se cernía sobre todos, y francos y burgundios afluyeron al ejército de Aecio.
Los dos ejércitos, el de Atila, que incluía auxiliares de las tribus germánicas conquistadas por los hunos, sobre todo los ostrogodos, y el de Aecio, con su fuerte contingente visigodo, se encontraron en el norte de la Galia, en una región que había sido habitada por una tribu celta llamada los «catalauni». Por ello, la región es llamada los Campos Cataláunicos, y la principal ciudad de la región es ahora Châlons, a unos 140 kilómetros al este deParís. La batalla que se libró allí es llamada la Batalla de Châlons o la Batalla de los Campos Catalaúnicos, pero de cualquier forma que la llamemos fue en cierta medida una batalla de godos contra godos.
Aecio colocó sus propias tropas en la izquierda de la línea del frente y a los visigodos en la derecha. Los aliados más débiles fueron situados en el centro, donde, esperaba Aecio, Atila (que siempre estaba en el centro de su propia línea), lanzaría el ataque principal. Eso fue lo que ocurrió. Los hunos atacaron por el centro y avanzaron, mientras los extremos de la línea de Aecio se cerraron sobre ellos, los rodearon e hicieron estragos.
Si la victoria hubiera sido explotada hasta el fin, los hunos podían haber sido barridos y Atila muerto. Pero Aecio era aún más intrigante que general y le interesaba que los visigodos no se hicieran demasiado fuertes como resultado de la victoria sobre los hunos. Teodorico, el viejo rey visigodo e hijo de Alarico, murió en la batalla, y Aecio entrevió aquí una oportunidad favorable. Había mantenido al hijo de Teodorico, Torismundo, como rehén para impedir que el viejo godo cambiase repentinamente de opinión con respecto al bando al que le convenía apoyar. Ahora envió al joven príncipe apresuradamente a Tolosa con su ejército para asegurarse la sucesión. Con la desaparición de los contingentes visigodos, Atila y lo que quedaba de su ejército pudieron escapar, pero Aecio podía estar seguro de que los visigodos estarían dedicados a una guerra civil. Aecio tenía razón. Torismundo subió al trono, pero al año fue muerto por su hermano menor, quien a su vez se hizo coronar con el nombre de Teodorico II.
Este dudoso asunto de Châlons impidió que Atila conquistase la Galia, pero no acabó con la amenaza de los hunos ni merece el honor de llevar el nombre de «victoria decisiva» que le otorgaron épocas posteriores.
Atila reorganizó su ejército, recuperó el aliento y, en 452, invadió Italia, usando todavía como excusa su petición de la mano de Honoria, que se había prometido a él. Puso sitio a Aquileya, ciudad del extremo septentrional del mar Adriático y después de tres meses la tomó y la destruyó. Algunos de sus habitantes, huyendo de la devastación, buscaron refugio en las lagunas cenagosas del Oeste. Este fue, según la tradición, el núcleo inicial de la que más tarde sería la famosa ciudad de Venecia. Italia estaba postrada ante el avance de este bárbaro que se jactaba de que «la hierba nunca vuelve a crecer allí donde pisa mi caballo». Los eclesiásticos proclamaron que era el medio por el cual Dios castigaba a un pueblo pecador. Era «el azote de Dios».
El avance de Atila hacia Roma no halló oposición. Como Honorio se había quedado acobardado en Ravena cuarenta años antes mientras Alarico atacaba Roma, así ahora Valentiniano III se quedó acobardado en Ravena. El único líder de Roma que podía oponerse a Atila fue el obispo de Roma, quien por entonces era León, un hombre de origen romano que había sido nombrado obispo en 440. (A causa de su historia a menudo se le llama «León el Grande».)
Fue bajo León cuando el obispo de Roma logró por primera vez la posición indiscutida de principal eclesiástico de Occidente. El cambio de la capital occidental de Milán a Ravena había arruinado el prestigio del obispo de Milán, mientras el poder bárbaro en Galia, España y África había disminuido el prestigio de los obispos de esas regiones.
La palabra «papa», que significa «padre», había sido aplicado en diversas lenguas y aún lo es («père», «padre») a los sacerdotes en general. En el Imperio Romano tardío fue aplicado a los obispos, en particular, y a los obispos importantes más particularmente aún.
Cuando León fue obispo de Roma, se hizo práctica corriente en Occidente limitar la palabra «Papa», con mayúscula, a él. León (y los posteriores obispos de Roma) fue el «Padre» por excelencia; era el Padre, el Papa.
Si bien es costumbre incluir a todos los obispos de Roma, desde el mismo Pedro, entre los papas, sólo en el reinado de León el nombre de «papa» se hizo común,y por eso León es considerado por algunos como el fundador del papado.
León adoptó una actitud firme en todas las disputas religiosas de la época. No vaciló en actuar como el primer obispo de la Iglesia, y su opinión fue adoptada por otros. Mostró su fuerza en una severa represión de los maniqueos, que fue el comienzo del fin de su intento de competir con el cristianismo por la adhesión del populacho. (Sin embargo, el maniqueísmo no murió, sino que llevó una existencia subterránea y tuvo influencia en el desarrollo de ciertas herejías medievales, sobre todo en el sur de Francia.)
El prestigio de León aumentó aún más por su acción con respecto a Atila. Roma, abandonada por sus líderes políticos, sólo podía apelar a León.
Recogiendo el desafío con firme valentía, León se dirigió al Norte para encontrar al conquistador que se aproximaba. Ambos se encontraron en 250, a orillas del río Po. Llevando sus vestimentas papales con toda su magnificencia y rodeado de toda la pompa que pudo lograr, León urgió a Atila abstenerse de atacar la ciudad sagrada del Imperio.
Según la tradición, Atila quedó desconcertado e impresionado por la firmeza de León, su imponente apariencia y la aureola del papado. Por temor reverente o por superstición, se retiró. A fin de cuentas, Alarico había muerto poco después del saco de Roma. También es posible que León acompañase sus palabras con la oferta de un generoso don en lugar de la mano de Honoria, y que el oro, tanto como el temor, persuadiesen a Atila a retirarse.
Atila abandonó Italia y, de vuelta en su campamento bárbaro, en 453 (1206 A. U. C.) se casó de nuevo, añadiendo una esposa más a su numeroso harén. Participó en una gran fiesta, luego se retiró a su tienda y, durante la noche, murió en circunstancias misteriosas.
Su imperio quedó dividido entre sus numerosos hijos y se desmembró casi inmediatamente bajo el impacto de una revuelta germana que estalló tan pronto como se difundió la noticia de la muerte de Atila. En 454, losgermanos derrotaron a los hunos, y las hordas de éstos se disolvieron. El peligro había pasado.
El gran adversario de Atila no le sobrevivió mucho tiempo.
Para la corte romana, Aecio había sido demasiado afortunado. Había triunfado sobre su rival, Bonifacio; había triunfado sobre Atila. Su ejército le era devoto y bandas de bárbaros protectores lo rodeaban por todas partes.
El inepto Emperador, que había estado un cuarto de siglo en el trono y había llegado a una poco heroica edad adulta sólo gracias a las hazañas de su general, abrigaba un hondo resentimiento por haber temido a ese general. Le fastidiaba haberse visto obligado a admitir que su hija fuese prometida en matrimonio al hijo de Aecio. Como medio siglo antes había sido fácil hacer creer a su tío Honorio que Estilicón aspiraba al trono, así también ahora Valentiniano III fue convencido fácilmente de que la misma acusación contra Aecio era verdadera. Y, en cierto sentido, Aecio provocó su destino por su arrogancia y el engreimiento con que ignoraba las precauciones.
En septiembre de 454 se presentó solo ante Valentiniano, que visitaba Roma en ese momento. Aecio trataba de hacer los arreglos finales para el matrimonio de su hijo con la hija de Valentiniano que, por supuesto, era el elemento más sospechoso de la situación en lo concerniente al Emperador. Extrayendo repentinamente su espada, Valentiniano la clavó en Aecio, y ésta fue la señal para que los funcionarios de la corte rodeasen al general y lo acuchillasen.
Este acto no salvó a Valentiniano. No sólo fue impopular en toda Italia —que confiaba en Aecio como escudo contra los bárbaros—, sino que, para el Emperador, fue una forma de suicidio. Medio año más tarde, en marzo de 455 (1208 A. U. C.), dos hombres que antaño habían servido en la guardia personal de Aecio, hallaron finalmente la oportunidad y apuñalaron a Valentiniano hasta la muerte.
Valentiniano fue el último gobernante masculino descendiente directo de Valentiniano I. Este linaje duró, concreciente debilidad, casi un siglo. El último gobernante de este linaje en el Este fue Pulqueria, esposa del emperador Marciano y prima hermana de Valentiniano. Ella murió en 453 y Marciano en 457.
Ambas mitades del Imperio tenían ahora que elegir nuevos gobernantes.
En Constantinopla, el hombre más poderoso era Aspar, un germano que era jefe de las tropas bárbaras que custodiaban la capital. Podía haberse proclamado emperador, pero era arriano y sabía que, como gobernante, tendría que enfrentarse con la constante e infatigable oposición de los monjes y del pueblo. No valía la pena, evidentemente. Era más fácil poner a algún católico anodino en el trono y gobernar mediante él. La elección de Aspar recayó en León de Tracia (por la provincia en que había nacido), un anciano y respetado general.
El ascenso al trono de León puso de relieve otro cambio importante. Antaño había sido el Senado el que oficialmente nombraba un emperador, luego fue el ejército y ahora era la Iglesia. El patriarca de Constantinopla colocó la diadema de púrpura sobre la cabeza de León I, y la coronación del jefe del Estado por el jefe de la Iglesia ha sido habitual desde entonces.
Como Marciano antes que él, León actuó mejor de lo esperado. Entre otras cosas, no fue el títere de Aspar. En verdad, León se dispuso cuidadosamente a socavar la posición de Aspar, y una manera de hacerlo era cambiar el cuerpo de guardia imperial de germanos por otro de isaurios, miembros de ciertas tribus de Asia Menor oriental. Tal substitución hizo que León no temiera ser asesinado cuando se enfrentase con Aspar. Además, le proporcionó un grupo confiable de hombres al cual oponer contra los germanos de Aspar, en caso de una disputa violenta. Además, consolidó su situación dando en matrimonio a su hija al general de las tropas isaurias (quien adoptó el nombre griego de Zenón).
Este fue un proceso de importancia decisiva y marcó una diferencia esencial en el desarrollo de las historias de los Imperios Oriental y Occidental. El Oeste, desde la muerte de Teodosio I, más de medio siglo antes, había caído cada vez más en las manos de tropas y generales germanos, hasta que no quedó ningún romano que se resistiese a la completa germanización del Imperio. Pero en el Este hubo una efectiva resistencia contra los germanos. Después del asesinato de Rufino (véase página), los sucesivos germanos hacedores de reyes vieron reducirse cada vez más sus poderes, hasta que, bajo León I, los reclutamientos se hicieron entre los isaurios y otros pueblos del Imperio. Estos formaron un ejército nativo que pudo rechazar a los enemigos externos, mantener intactas las fronteras del Imperio Oriental y preservar su continuidad cultural durante mil años.
En el Oeste, un patricio romano, Petronio Máximo, fue elevado al trono después de la muerte de Valentiniano III. Para arrojar un brillo de legitimidad a la situación, Petronio obligó a Eudoxia, la viuda de Valentiniano, a casarse con él. Se dice que Eudoxia concibió un gran resentimiento por esto, en parte porque no le atraía mucho el anciano Petronio como persona y en parte porque sospechaba que éste había planeado el asesinato de su difunto esposo. Por ello, buscó ayuda para escapar de la situación.
Por entonces, el hombre más poderoso de Occidente era el vándalo Genserico. Estaba en los sesenta y tantos años, y él y sus vándalos gobernaban la provincia africana desde hacía un cuarto de siglo, pero su vigor no había disminuido en nada. Los otros bárbaros poderosos de la época —el visigodo Teodorico y el huno Atila— habían muerto, pero Genserico seguía vivo.
Más aún, fue el único de los bárbaros del siglo V que construyó una flota. Su dominación sobre la tierra firme africana no fue tan extensa como había sido la romana, pues las tribus nativas del norte de África nuevamente dominaban Mauritania y partes de Numidia, pero con su flota Genserico podía compensar esto en otras partes.
Dominaba Córcega, Cerdeña, las islas Baleares y hasta la punta occidental de Sicilia. Hacía incursiones, casi a su capricho, por la línea costera septentrional, en el Este y en el Oeste. Bajo Genserico, parecía haber renacido el antiguo imperio marítimo de Cartago, y Roma se enfrentaba ahora con él como antaño se había enfrentado con Cartago siete siglos antes.
Pero Roma no era ya la Roma de siete siglos antes. Ahora carecía de capacidad de resistencia, y Eudoxia, la Emperatriz, invitó a Genserico a ir a Roma, dándole seguridades de su debilidad y garantizándole el éxito, totalmente dispuesta a lograr su rescate personal a costa del sufrimiento general.
Genserico no necesitaba que le repitiesen la invitación. En junio de 455 (1208 A. U. C.), los barcos de Genserico llegaron a la desembocadura del Tíber. El emperador Petronio trató de huir, pero fue muerto por una muchedumbre presa del pánico que esperaba de este modo apaciguar al enemigo, y los vándalos entraron en la ciudad sin hallar oposición. Cuarenta y cinco años después de la entrada de Alarico en Roma, la ciudad del Tíber fue saqueada por segunda vez. La situación era particularmente curiosa, pues los invasores venían de Cartago. Hasta podemos imaginar al implacable espectro de Aníbal acuciándolos.
El papa León trató de usar su influencia con Genserico, como había hecho con Atila, pero la situación era diferente. Atila era un pagano que podía quedar impresionado por la aureola general de lo sobrenatural. Genserico era un arriano para quien el obispo católico no significaba nada.
Con todo, Genserico era un hombre eficiente. Había acudido en busca de botín y nada más. Durante dos semanas, de manera sistemática y casi científica se apoderó de todo lo que podía haber de valor para llevárselo a Cartago. No hubo ninguna destrucción inútil ni ninguna carnicería sádica. Roma se empobreció, pero, como después del saqueo de Alarico, quedó intacta. Por ello, es paradójico que la amarga denuncia romana de los robosde los vándalos haya hecho que hoy el término «vándalo» sea sinónimo de alguien que destruye insensatamente; esto fue precisamente lo que los vándalos no hicieron en esta ocasión.
Entre otras cosas, Genserico se apoderó de los vasos sagrados que Tito había llevado a Roma del destruido Templo de Jerusalén casi cuatro siglos antes. También ellos fueron llevados a Cartago.
En cuanto a Eudoxia, recibió el trato que debía haber esperado. Lejos de rescatarla y restaurarle su dignidad, el frío y poco sentimental Genserico la despojó de sus joyas y ordenó que ella y sus dos hermanas fuesen llevadas a Cartago como prisioneras.
El saco de Roma fue motivo de melancólicas reflexiones por parte de algunos historiadores de la época, particularmente Sidonio Apolinar (Gaius Sollius Apollinaris Sidonius), galo nacido en 430, que vivió durante las etapas finales del Imperio Romano de Occidente.
Sidonio llamó la atención sobre la manera en que, según la leyenda, había sido fundada Roma . Rómulo y Remo esperaron en la mañana un prodigio. Remo vio seis águilas (o buitres) y Rómulo doce. Prevaleció Rómulo y fue él quien fundó Roma.
A lo largo de toda la historia romana, subsistió una superstición según la cual cada águila representaba un siglo. Si Remo hubiese construido la ciudad, habría durado seis siglos —según esa superstición—, hasta 153 a. C. (600 A. U. C.). Esa fue la época en la cual Cartago había sido finalmente destruida por los romanos victoriosos. ¿Podía haber sucedido que una Roma fundada por Remo hubiese sido derrotada por Aníbal después de la batalla de Cannas, para subsistir otro medio siglo, hasta su destrucción final a manos de los cartagineses?
Como Rómulo fundó la ciudad, ésta duró doce siglos, uno por cada águila. Los doce siglos terminaban en 447 (1200 A. U. C), y fue poco después cuando llegó Genserico, y llegó de Cartago, como si Roma, tarde o temprano, no pudiese eludir su destino. «Ahora, Roma, ya conoces tu destino», escribió Sidonio Apolinar.
Lo que quedó del ámbito romano en Occidente, fue disputado una vez más por dos generales que habían combatido bajo Aecio. Uno de ellos era Avito (Marcus Maecilius Avitus), quien descendía de una antigua familia gala. El otro era Ricimero, hijo de un cacique suevo.
Avito llevó adelante la política de Aecio en su Galia natal, tratando de usar a los bárbaros para salvar todo lo posible de la tradición romana. Formó una alianza con el rey visigodo Teodorico II, quien aprovechó la paz en la Galia para concentrar su atención en España. Allí, en 456, empezó a extender sus posesiones a expensas de los suevos. Con el tiempo, prácticamente toda España fue visigoda. Desde Bretaña a Gibraltar, los visigodos dominaban en todas partes, pero en las montañas del norte de España algunos suevos y los vascos nativos mantuvieron una precaria independencia.
Mientras tanto, las noticias de que Genserico había saqueado Roma y de que el trono imperial se hallaba vacante tentaron a Avito. Tenía el respaldo del poderoso Teodorico y obtuvo el consentimiento del Emperador de Oriente, Marciano. Durante breve tiempo, en 456, Avito fue emperador de Occidente.
Pero en oposición a él se hallaba Ricimero. Puesto que era de origen suevo, no cabía esperar que apoyase al hombre cuya alianza con los visigodos había conducido a la práctica extinción de los suevos en España.
Y la oposición de Ricimero no era de tomar a la ligera. En 456, expulsó de Córcega a una flota vándala, y todo el que por entonces pudiese brindar el espectáculo de una victoria romana sobre los odiados vándalos se convertíaen el favorito de Roma. Cuando Ricimero ordenó que Avito abandonase el trono, éste tuvo que obedecer.
En lo sucesivo, durante dieciséis años Ricimero fue el verdadero gobernante de Roma, designando una serie de emperadores nominales a través de los cuales gobernó.
El primero al que colocó en el trono fue Majoriano (Julius Valerios Majorianus), quien también habría luchado bajo Aecio. La primera tarea era la guerra con los vándalos. Un contingente de vándalos que saqueaba la costa de Italia al sudeste de Roma fue sorprendido y atacado por tropas imperiales, que rechazaron a los vándalos a sus barcos haciendo gran mortandad entre ellos.
Estimulado por este triunfo, Majoriano preparó una poderosa flota para invadir África. Para esto, necesitaba la ayuda del rey visigodo, Teodorico. Al principio, Teodorico II, recordando el destino de su viejo aliado Avito, no se mostró dispuesto a brindar su ayuda. Cuando los visigodos perdieron una batalla en la Galia ante las tropas imperiales, Teodorico juzgó que era mejor unirse a la causa común contra los vándalos, como ocho años antes su padre se había unido a la causa común contra los hunos. La flota romano-goda se reunió en Cartagena, en España.
Pero Genserico estaba en guardia. En un ataque repentino, su flota sorprendió a la flota imperial aún no preparada y la destruyó, en 460. El desconcertado Majoriano se vio obligado a hacer la paz y volver sin gloria a Roma, donde Ricimero, juzgando que ya no era útil, lo obligó a dimitir en 461 (1214 A. U. C.). Cinco días más tarde fue muerto, quizás envenenado.
Los intentos de Ricimero de nombrar otros emperadores fueron obstaculizados por el hecho de que León I, el Emperador de Oriente, negó su necesario consentimiento. La fuerza creciente de León I le hizo pensar en la posibilidad de unir todo el Imperio bajo su mando, como antaño había estado unido bajo Teodosio I, casi un siglo antes.
Para empezar, León necesitaba que en el trono occidental hubiese alguien a quien pudiese considerar comosu títere seguro. Después de muchas negociaciones con Ricimero, llegaron a un acuerdo y éste aceptó al candidato de León, Antemio, quien era yerno del emperador Marciano, predecesor de León en el trono de Constantinopla. Antemio se convirtió en el Emperador de Occidente en 467 (1220 A. U. C.) y su posición quedó fortalecida cuando Ricimero, el verdadero gobernante de Roma, se casó con la hija de Antemio.
El paso siguiente de León fue enviar su flota contra los vándalos, para realizar la tarea que Majoriano había sido incapaz de llevar a cabo. Con la gloria que le brindaría una victoria y con la anexión de África conquistada para su trono, parecía no haber límites a lo que pudiera realizar en el futuro. Se preparó una enorme flota de más de 1.100 barcos, tripulada, según relatos de la época, por 100.000 hombres.
Cerdeña fue arrancada a los vándalos con esa flota, y un ejército desembarcó en África. Durante un tiempo, las cosas se presentaron mal para el anciano Genserico, que entonces se hallaba en sus setenta y tantos años. Pero Genserico, al observar que la flota imperial estaba negligentemente custodiada y apiñada en el puerto por el mismo exceso de su número, pensó que ofrecía un blanco tentador.
Durante la noche, Genserico envió barcos en llamas que fueron a la deriva contra la enorme flota, la cual pronto quedó reducida a ruinas. Las tropas imperiales se vieron obligadas a huir como pudieron y toda la expedición terminó en un grotesco fracaso.
Sin embargo, León logró sacar algún provecho de esta situación. Logró culpar del fracaso a su general Aspar y lo hizo ejecutar en 471. Esto puso fin a la influencia germana en el Imperio Oriental.
En el Oeste, Ricimero trató de salvar la situación acusando a Antemio y deponiéndolo en 472 (1225 A. U. C.). Luego eligió un títere propio, pues León ya no estaba en condiciones de ejercer influencia alguna en Occidente. El títere fue Anicio Olibrio, quien se había casado con Placidia, la hermana de Valentiniano III, lo que le permitióobtener algo de la aureola del gran Teodosio I. Pero Olibrio y Ricimero murieron ese mismo año.
El camino quedaba despejado para que León I intentase elegir un títere suyo, y en 473 eligió a Julio Nepote (pariente de León por matrimonio) como Emperador de Occidente.
Pero León murió en 474. Su nieto, que también era hijo del general de su cuerpo de guardia isaurio, le sucedió con el nombre de León II, reinó unos pocos meses y murió. El general isaurio Zenón, padre de León II se convirtió entonces en el Emperador de Oriente.
A la muerte de León I, el Imperio Romano de Oriente estaba aún completamente intacto. Sus fronteras seguían siendo prácticamente las mismas que a la muerte de Teodosio I, ochenta años antes o, también, que en la época de Adriano, tres siglos y medio antes.
No ocurría lo mismo con el Imperio Romano en Occidente. En 466, Teodorico II, del Reino Visigodo, había sido muerto por su hermano Eurico, bajo el cual el Reino llegó a la cúspide de su poder. Eurico hizo publicar codificaciones del derecho romano, adaptándolo a las tradiciones godas, para que su gobierno no fuera un mero bandolerismo bárbaro. En verdad, bajo el régimen asentado de los godos, quizás el campesinado estuvo mejor que bajo el débil gobierno de los romanos antes de la llegada de los visigodos. Los nativos vivían bajo sus propias leyes, y sus derechos eran respetados. Los godos se apoderaron de dos tercios de las tierras, el ganado y los esclavos, y, desde luego, los terratenientes romanos despojados sufrieron. También, el populacho se resentía del cristianismo arriano de sus amos godos. Con todo, la vida cotidiana no mostró ningún repentino descenso a una edad oscura.
El tercio sudoriental de la Galia quedó bajo el firme dominio de los burgundios en expansión, cuya frontera ahora lindaba con la de los visigodos. Y en el sudeste de Britania los anglosajones se establecieron firmemente.
En el norte de la Galia, una parte de la población nativa conservó su independencia. Formó el Reino de Soissons, centrado en esta ciudad, situada a unos cien kilómetros al noreste de París. Fue gobernado por Siagrio, el último gobernante de una parte considerable de la Galia que cabe considerar romano, aunque se había revelado contra Roma y mantenido su independencia de la corte imperial.
En África aún gobernaba Genserico. Murió en 477, época en que había llegado a la avanzada edad de ochenta y siete años. Había gobernado África durante casi medio siglo y siempre había sido victorioso. De todos los bárbaros que provocaron la ruina del Imperio Romano en el siglo V, él fue el más capaz y el de mayor éxito.
Prácticamente, todo lo que le quedaba a la corte imperial de Ravena era la misma Italia e Iliria.
Después de la muerte de Ricimero, los fragmentos restantes de los dominios del Oeste cayeron bajo el poder de otro general, Orestes. Obligó a abdicar a Julio Nepote y puso a su propio hijo, Rómulo Augusto, en el trono, en 475.
El nombre de Rómulo Augusto parecía un augurio favorable, pues Rómulo había sido el fundador de Roma y Augusto el fundador del Imperio. Sin embargo, no fue un buen augurio. Rómulo sólo tenía catorce años cuando llegó al trono, por lo que su nombre fue deformado, convirtiéndolo en su diminutivo: Rómulo Augústulo («Rómulo, el pequeño Emperador»), que es como se lo conoce comúnmente en la historia.
Rómulo iba a ser emperador por menos de un año, pues inmediatamente surgieron problemas con los mercenarios bárbaros que servían a la causa imperial en Italia. Les irritaba la idea de que en otras provincias, como en Galia, España y África, sus parientes germanos gobernaban en lugar de servir. Por ello, exigieron la cesión de un tercio de las tierras de Italia.
Orestes, quien era el poder real detrás de su hijo, senegó a aceptarlo. Los mercenarios se agruparon bajo un jefe llamado Odoacro (un hérulo, es decir, un miembro de una de las tribus germánicas menos famosas) y decidieron apoderarse de todo, ya que no se había querido darles una parte. Orestes se vio obligado a retirarse a Ticino (la moderna Pavía), en el norte de Italia. La ciudad fue tomada y Orestes ejecutado.
El 4 de septiembre de 476, Rómulo Augústulo fue obligado a abdicar y desapareció de la historia. Odoacro no se molestó en elegir otro títere. En verdad, hacía siglos que ningún emperador gobernaba realmente con capital en el Oeste, y cuando apareció otro (el famoso Carlomagno), iba a gobernar sobre un ámbito que nada tenía en común, excepto el nombre, con el Imperio Romano de Augusto y Trajano.
Por esta razón, el 476 (1229 A. U. C.) es habitualmente considerado como la fecha de «la caída del Imperio Romano».
Pero la fecha es engañosa. Nadie en ese período consideraba que el Imperio Romano había «caído». En verdad, existía aún y era la mayor potencia de Europa. Su capital estaba en Constantinopla y su emperador era Zenón. Sólo porque nosotros descendemos culturalmente del Oeste romano, tendemos a ignorar la existencia continua del Imperio Romano en el Este.
En el pensamiento de la época, era cierto que algunas de las provincias occidentales del Imperio estaban ocupadas por germanos, pero esas provincias aún formaban parte del Imperio —al menos en teoría— y a menudo los reyes germanos gobernaban como funcionarios romanos de uno u otro género. Los reyes bárbaros, quienes aceptaban el concepto casi místico de un imperio indestructible, valoraban como un gran honor que se les otorgara el título de «patricio» o el de «cónsul».
El mismo Zenón nunca reconoció a Rómulo Augústulo como emperador de Occidente. El Emperador Oriental consideraba al muchacho un usurpador y a Julio Nepote como a su único colega legal. Después de su deposición, Julio Nepote había huido de Roma y vivía en Iliria, donde se mantuvo como Emperador Romano de Occidente y fue reconocido como tal por Zenón.
El Imperio Occidental subsistió en un sentido legal hasta 480 (1233 A. U. C), cuando Julio Nepote fue asesinado. Sólo entonces no hubo emperador en el Oeste, para la corte de Constantinopla.
En lo sucesivo, en teoría el Imperio quedó unificado, como lo había estado en los días de Constantino I y Teodosio I. Zenón se convirtió en único emperador. Otorgó el rango de Patricio a Odoacro, quien gobernó Italia (en teoría) como delegado de Zenón. Odoacro envió la insignia imperial a Constantinopla, reconociendo así a Zenón como emperador. Nunca fue llamado rey de Italia, sino sólo rey de las tribus germánicas, que ahora empezaron a apropiarse de las tierras de la península.
Después del asesinato de Julio Nepote, Odoacro invadió Iliria con el pretexto de vengar su muerte. Lo hizo, sin duda, ejecutando a uno de los asesinos. Pero también anexó Iliria a sus posesiones, lo cual lo hizo incómodamente poderoso e incómodamente cercano, desde el punto de vista de Zenón.
Zenón empezó a mirar alrededor en busca de algún método para neutralizar al peligroso Odoacro.
Sus ojos se dirigieron a los ostrogodos.
Los ostrogodos habían caído bajo la férula de los hunos un siglo antes, cuando los visigodos, que estaban más al Oeste, lograron evitar el mismo destino entrando en el Imperio Romano como refugiados. Los ostrogodos permanecieron sometidos por ochenta años, y lucharon al lado de los hunos en la batalla de los Campos Cataláunicos.
Después de la muerte de Atila y el derrumbe del imperio huno, los ostrogodos se liberaron nuevamente. Hicieron periódicamente incursiones por el Imperio Occidental y se establecieron al sur del Danubio, donde fueronun constante perjuicio y amenaza para Constantinopla. En 474, los ostrogodos se encontraban bajo el mando de un líder capaz, Teodorico.
Zenón pensó que podía matar dos pájaros de un tiro. Nombró delegado al ostrogodo Teodorico y lo envió contra el hérulo Odoacro. De este modo, para empezar, pudo librarse de los ostrogodos. Y la lucha entre los dos germanos, pensó, debilitaría a ambos.
En 488 (1241 A. U. C.), Teodorico partió al Oeste con la bendición complacida de Zenón. Bordeó el norte del mar Adriático y penetró en Italia, donde derrotó a Odoacro en dos batallas distintas. En 489, Odoacro estaba sitiado en Ravena.
Teodorico llevó adelante el asedio paciente e incansablemente, y en 493 (1246 A. U. C.) Ravena se vio obligada a capitular. Teodorico, violando las condiciones de la rendición, mató a Odoacro por su propia mano.
Luego Teodorico gobernó como monarca indiscutido sobre Italia, Iliria y las regiones situadas al norte y al oeste de Italia. Su posición fue reconocida por Anastasio, el nuevo emperador, quien había subido al trono a la muerte de Zenón, en 491.
Teodorico fue rey durante toda una generación, y su gobierno fue tan capaz, justo y benigno, y su reinado tan próspero, que a veces se lo llamó «Teodorico el Grande».
En verdad, el primer cuarto del siglo VI fue un período excepcional para Italia. Comparado con el siglo de pesadilla que había empezado con la invasión de Alarico, Italia, bajo Teodorico, parecía el cielo. De hecho, no había sido tan bien gobernada desde la época de Marco Aurelio, tres siglos antes.
Teodorico fue un guardián consciente de la herencia romana. Aunque sus godos se adueñaron de gran parte de las que habían sido tierras del Estado en Italia, lo hicieron con un mínimo de injusticia para los terratenientes privados. La población romana no fue oprimida y los romanos pudieron alcanzar altos puestos bajo los godos, como los germanos habían alcanzado altos cargos bajo los romanos. La corrupción entre los funcionarios fue reducida al mínimo, los impuestos disminuyeron, los puertos fueron dragados y las ciénagas desecadas. La agricultura prosperó en esta época de profunda paz. La ciudad de Roma vivió en calma, sin saqueos como los dos del siglo V, y el Senado romano fue respetado. Aunque Teodorico era arriano, tuvo tolerancia para con sus súbditos católicos. (En los dominios de los vándalos y los visigodos arrianos, en cambio, los católicos sufrieron períodos de persecución.)
Hasta parecía que la cultura romana podía alcanzar un nuevo brillo. Casiodoro (Flavius Magnus Aurelius Cassiodorus Senator) nació en el 490 y llegó a la patriarcal edad de noventa y cinco años. Fue tesorero de Teodorico y sus sucesores. Dedicó su vida al saber y fundó dos monasterios para reunir y copiar libros famosos de toda clase. El mismo escribió voluminosos tratados en los campos de la historia, la teología y la gramática. También escribió una historia de los godos, que indudablemente sería valiosísima si la tuviéramos, pero se ha perdido.
Boecio (Anicius Manlius Severinus Boethius), nacido en 480, fue el último de los filósofos antiguos. Fue cónsul en 510, y sus dos hijos también fueron cónsules juntos en 522. El sentimiento de que Roma era aún lo que había sido antaño surgió con tanta fuerza que Boecio pensó haber llegado a la cumbre de la felicidad al ver a sus hijos lograr un título eminente que, en verdad, carecía de toda significación, excepto por el honor que confería o parecía conferir. (Desgraciadamente, Boecio fue enviado a prisión en sus últimos años por un Teodorico que estaba envejeciendo, era cada vez más receloso y temía que el filósofo estuviera intrigando con el Emperador Oriental. Finalmente, fue ejecutado.)
Presuntamente, Boecio era cristiano, pero esto no aparece claramente en sus obras filosóficas, que conservan un resabio del estoicismo de los grandes días del Imperio pagano.
Tradujo algunas obras de Aristóteles al latín y escribió comentarios sobre Cicerón, Euclides y otros autores antiguos. Estas obras, pero no los originales, sobrevivieronen la primera mitad de la Edad Media, por lo que Boecio fue el último rayo de luz que iluminó la posterior oscuridad.

En verdad, en esos primeros años del siglo VI parecía posible esperar que Roma absorbiera el efecto de las invasiones bárbaras y que germanos y romanos se fusionasen para formar un Imperio rejuvenecido, más fuerte aún que antes.
Por desgracia, los líderes germanos eran arrianos, y aunque germanos y romanos pudieran mezclarse, no ocurría lo mismo entre arrianos y católicos.
Lamentablemente, también, la afluencia de tribus germánicas no había terminado y no se iba a seguir manteniendo la situación tal como era durante los primeros tiempos del reinado de Teodorico.
En la Galia del Noreste, los francos, quienes por siglo y medio habían permanecido razonablemente calmos, cayeron ahora bajo el mando de un dinámico jefe llamado Clodoveo. En 481, cuando llegó al poder, Clodoveo sólo tenía quince años. Cinco años después, empero, tras haber consolidado su poder sobre su pueblo, tuvo edad suficiente para iniciar un programa de expansión.
El primer blanco de Clodoveo fue Siagrio, el gobernante de Soissons. Siagrio fue atacado, derrotado y muerto en 486 (1239 A. U. C), y así desapareció el último trozo de territorio de lo que había sido antaño el Imperio Romano de Occidente que aún estaba gobernado por pueblos nativos del Imperio.
Una larga era llegó a su fin. Habían pasado mil doscientos treinta y nueve años desde que se fundase a orillas del Tíber una pequeña aldea llamada Roma. Había llegado a ser la mayor nación del mundo antiguo, había creado un Imperio que brindó paz a cien millones de personas y un sistema de leyes a las generaciones siguientes. Había adoptado una religión oriental, le había insuflado el espíritu romano y legado a la posteridad. Pero ahora, en 1239 A. U. C., no gobernaba nadie en el Oeste que pudiese considerarse como un verdadero y directo descendiente de la tradición romana.
Sin duda, la mitad oriental del Imperio estaba aún intacta, y aún iba a tener grandes emperadores, pero el Imperio Oriental se estaba alejando del horizonte del Oeste en desarrollo. Desempeñaría un pequeño papel en el desarrollo de una nueva civilización que iba a surgir en lugar del Imperio Romano.
Al desaparecer la última porción del Imperio Occidental, Europa dio un viraje decisivo. ¿Quién iba a construir la nueva civilización sobre las ruinas de la antigua? Los francos y los godos estaban en el escenario. Otros, aún desconocidos, iban a seguirlos: lombardos, hombres del Norte y árabes. Hasta el Imperio Oriental iba a intentar una vuelta al pasado.
Pero los verdaderos herederos de Roma en Occidente iban a ser los francos. La victoria de Clodoveo en Soissons fue el primer susurro de un nuevo Imperio Franco futuro y una nueva cultura franca —centrada en París, y no en Roma— que iba a conducir a la Alta Edad Media y, más tarde, a nuestro mundo actual.
Véase mi libro The Roman Republic, Houghton Mifflin, 1966. (Versión española en el Libro de Bolsillo, Alianza Editorial, número 822: La República Romana, trad. de Néstor A. Mínguez.)