Dictadores               

 Roma  Historia Arte

 
Historia de Los Imperios de la Edad Antigua y Moderna
Historia de los Imperios de la Edad Antigua y moderna
El Arte en el Imperio Romano




Roma Grecia

Asiria Persia

Rusia Egipto EE.UU.

Edad Media

Primer Guerra Mundial

Segunda Guerra Mundial

Tercer Guerra Mundial



Roma

Arte

Historia

Guerra

.





Grecia.

Edad Media
Asiria Persia

.

Egipto

.

Imperio Islamico Segunda Guerra Mundial Tercer Guerra Mundial
EE.UU. Rusia Primer Guerra Mundial



El Arte en el Imperio Romano

el arte romano propiamente dicho dio comienzo en el s. II a.J.C. Se

formó a la luz de la cultura helenística, a la que tuvo acceso por

vía directa a través de las fundaciones griegas de la costa

meridional de Italia e indirectamente por los estrechos contactos con

Etruria. Sin embargo, a pesar de la creciente admiración por las

refinadas obras importadas, perduró un cierto desdén por la pintura y

la escultura, consideradas artes manuales. La arquitectura, en

cambio, gozó de mayor prestigio por sus funciones de utilidad pública

y de representación. Ya desde época republicana se levantaron

importantes monumentos en Italia y provincias, creando un lenguaje

formal que sentaría las bases del arte romano de la era imperial:

acueductos, puentes, arcos, teatros, las construcciones del Foro y

templos (de la Fortuna y de Vesta, en el foro Boario), que adoptarán

planta próstila, levantada sobre un alto podio. La época de Sila

coincidió con una vasta renovación constructora y urbanística

(santuario de la Fortuna Primigenia, Preneste). Con el Foro de César

se intentó por primera vez dar una estructura orgánica al menos a una

parte de la ciudad, que se había desarrollado de forma caótica. En

cuanto a las artes plásticas, Roma no tuvo al principio producción

propia, sino que se valió de artistas extranjeros. La gran difusión

del retratismo en honor de personajes ilustres atestigua desde su

origen la afición romana por el retrato de cariz realista. También

se desarrolló el bajorrelieve, ideal para conmemorar las rex gestae.

El siglo de Augusto y el de los Antoninos fueron la edad de oro del

arte romano. Sobresalen los grandes proyectos de ingeniería, como

acueductos, puentes, circos, anfiteatros y arcos de triunfo, erigidos

para conmemorar las victorias militares. La técnica del opus

caementicium facilitó las tareas de urbanistas y arquitectos y, a

partir del s. II d.J.C., se difundió el uso del ladrillo (opus

latericium). En Roma se erigieron construcciones colosales, como el

Coliseo y los arcos de Tito, Trajano y Septimio Severo. El foro

republicano siguió siendo el corazón de Roma, y diversos emperadores

hicieron trazar nuevas plazas y nuevos foros (Foro de Trajano). En

provincias se conservan importantes testimonios del arte provincial

romano. En Hispania cabe señalar el teatro y anfiteatro de Mérida, el

acueducto de Segovia, el puente de Alcántara (Cáceres), la Torre de

Hércules (La Coruña) y los arcos de triunfo de Medinaceli (Soria) y

de Berà (Tarragona). En Francia destacan el acueducto y la Maison

Carrée de Nîmes, así como el teatro y el arco de Tiberio en Orange.

Otras obras dignas de señalar son el arco de triunfo de Jamilah

(Argelia), el acueducto y anfiteatro de Cesarea (Israel) o los

teatros de Dougga (Tunicia) y Timgad (Argelia). Especial importancia

tuvo el desarrollo del urbanismo, que originó un nuevo tipo de ciudad

organizada en torno a un núcleo central, el foro, en el que se

cruzaban en ángulo recto las dos calles principales (cardo y decumanus

). Otras construcciones representativas son las termas (Caracalla),

los templos, los mercados (de Trajano) o el Panteón romano. En la

edificación privada se dieron dos tipologías, la domus, para

patricios y gente pudiente, y las insulae, casas de cuatro y cinco

pisos de alquiler. Los palacios imperiales se fueron sucediendo sobre

el Palatino, con una arquitectura que respondía a las necesidades

particulares de cada emperador (Villa Adriano, Tívoli). Una de las

manifestaciones más importantes del arte romano imperial es la

escultura. Además de la gran estatuaria en mármol y bronce, también

se realizaron pequeñas figuras en bronce destinadas a ornamentar las

viviendas. En Roma dominaba la influencia del emperador, con un

lenguaje helenizante de tendencia clasicista; fuera de la urbe, las

corrientes itálicas y locales eran más profundas y favorecieron un

estilo más directo y expresivo, no tan sometido a la tradición

clásica. Se realizaron numerosas reproducciones de originales griegos

y también una estatuaria propia, con estatuas togadas y otras con

coraza que exaltaban las cualidades cívicas y guerreras del

personaje, prosiguiéndose así el brillante desarrollo del retrato.

Los bustos de los emperadores revelan las distintas tendencias de los

diferentes reinados: tras el clasicismo de la época de Augusto y la

dinastía Julia-Claudia, se tendió a un mayor realismo durante la

dinastía Flavia; posteriormente, el clasicismo recibió nuevo impulso

por obra de algunos emperadores filohelenos como Adriano. Dentro de

esta línea destacan el Ara Pacis Augustae, altar erigido por Augusto

en el 9 a.J.C., así como los hermosos relieves del arco de Tito, la

columna Trajana, la columna de Marco Aurelio y la columna de Septimio

Severo. Paralelamente a los relieves triunfales, también cabe

destacar la producción de sarcófagos que a partir del s. II d.J.C.

presentaron escenas esculpidas de intención simbólica. Con la llegada

de religiones orientales, como la de Mitra, se realizaron numerosos

bajorrelieves cultuales de tipo doctrinario. Los testimonios

pictóricos provienen en su mayoría de las decoraciones murales de

Pompeya y Herculano, convencionalmente divididas en cuatro estilos,

desde la época de Sila hasta la destrucción de estas ciudades por la

erupción del Vesubio (79 d.J.C.). También en Roma se han encontrado

hermosas pinturas, entre las que destacan las Bodas aldobrandinas o

la representación de un jardín en la villa de Livia, en Prima Porta,

de gusto naturalista e ilusionista. Paralelamente a la decoración

mural también se desarrolló la decoración musiva de pavimentos y

muros, con escenas inspiradas en el arte griego o bien en la vida

real. La cerámica, inferior a la griega, también se extendió por todo

el Imperio, destacando la terra sigillata y la cerámica de paredes

finas. Otras producciones importantes son la epigrafía, la numismática

, las artes suntuarias y el vidrio. La etapa final del arte romano

corresponde a los dos últimos siglos del Imperio (ss. IV y V), una

época poco propicia para el arte por las continuas perturbaciones

políticas. En arquitectura se tendió hacia lo colosal y majestuoso,

como evidencian en Roma las termas de Diocleciano, el arco de

Constantino y la basílica de Majencio. Sin embargo, en el momento en

que el poder político se afirmaba con mayor absolutismo, la

arquitectura traicionaba su debilidad ante los acosos bárbaros; de

este modo, Diocleciano hizo construir su palacio en Spalato a modo de

verdadera fortaleza. De hecho, la actividad arquitectónica fue más

productiva en las provincias. En escultura, desde fines del s. II en

adelante se acentuó la tendencia hacia un realismo expresionista, a

pesar de reacciones clasicistas (como en época de Constantino) y

fueron cada vez más frecuentes las manifestaciones independientes en

las provincias. El bajorrelieve, tanto triunfal como funerario,

perdió su contención y, buscando efectos de claroscuro, cayó en un

exagerado barroquismo. También las joyas y orfebrería de época más

tardía son recargadas, y las técnicas de recorte del oro y del

alveolado anuncian ya la orfebrería medieval. El fraccionamiento

político favoreció diferentes centros artísticos a partir del s. IV,

aunque se impusieron dos corrientes básicas: la occidental, más dura

y expresionista, y la oriental, más próxima a la tradición helenista,

pero tendente a las formas hieráticas y frontales que desembocarán en

el arte bizantino. El arte del mosaico, de origen helenístico, tuvo

un importante desarrollo en este período, en todas las provincias

(conjunto musivario de la villa de Piazza Armerina, Sicilia). Se

dieron interesantes manifestaciones pictóricas en Egipto y en las

decoraciones murales de Dura Europos.

Roma Nombre otorgado a uno de los principales Estados de la

Antigüedad, que, a partir de la ciudad de Roma, conquistó, primero,

Italia, y después, el mundo mediterráneo.



• HIST. Los orígenes. En el s. VIII a.J.C., dos grandes

civilizaciones habían echado sus raíces en la península Itálica. En

las tierras de lo que más tarde sería la Toscana, las evolucionadas

ciudades etruscas se encaminaban a su máximo esplendor. En el S de la

península y en Sicilia, la colonización griega hacía florecer una

cultura semejante a la de la Hélade en ciudades como Tarento y

Siracusa. El resto de los pueblos de Italia, como los latinos y

samnitas, situados entre los dos anteriores, se hallaban en un nivel

bajo de civilización. En la parte central de la península Itálica, el

río Tíber, cerca ya de su desembocadura, cruzaba un área de tierras

pantanosas, entre las que sobresalían unas colinas cubiertas de

bosques. El lugar era estratégico para los pueblos vecinos: los

latinos pastoreaban en él sus ganados, los sabinos comerciaban la sal

de la costa trasportándola río arriba y los etruscos acudían desde el

N a vender sus manufacturas a los pueblos ribereños menos

evolucionados. En la colina del Palatino, junto al río, se estableció

a mediados del s. VIII un núcleo de población compuesto de

agricultores y ganaderos, entre los cuales debía haber también

mercaderes. Con posterioridad, diversos autores recogieron y dieron

forma literaria a antiguas leyendas acerca de la fundación de la

ciudad, que se fijó convencionalmente en el 753 a.J.C. Según ellas,

el fundador, Rómulo, descendiente del héroe troyano Eneas, fue

amamantado en su niñez, junto a su hermano Remo, por una loba, que se

convirtió en el símbolo de la urbe. De acuerdo con las fuentes

tradicionales, siete reyes gobernaron la ciudad a lo largo de dos

siglos y medio, durante los cuales el territorio dominado por Roma

fue creciendo paulatinamente. Los cuatro primeros, Rómulo, Numa

Pompilio, Tulo Hostilio y Anco Marcio, parecen ser puramente

legendarios, y tanto sus nombres como sus hechos debieron ser

inventados y narrados varios siglos después de la época fundacional.

Los tres últimos, Tarquino el Viejo, Servio Tulio y Tarquino el

Soberbio, cuya existencia está más documentada, habrían sido

etruscos, y su gobierno se habría extendido a lo largo de la mayor

parte del s. VI. La monarquía etrusca coincidió con un avance

cultural y económico notable: los romanos, pueblo de mentalidad

práctica, adoptaron el alfabeto griego, que modificaron hasta crear

el abecedario latino que posteriormente utilizarían gran parte de las

lenguas del mundo. Tanto los etruscos del norte como los griegos del

sur influyeron enormemente en la formación de la cultura

específicamente latina.La república y la expansión mediterránea. La

tradición sitúa el establecimiento de la república en 509 a.J.C.,

cuando el poder ejecutivo del rey pasó a dos magistrados elegidos

anualmente, los pretores, llamados posteriormente cónsules. En los

primeros tiempos de la república, sólo los miembros de las familias

más poderosas estaban facultados para intervenir en el gobierno de la

ciudad. Formaban el Senado, asamblea compuesta por los jefes de las

principales familias, que ocupaban su puesto de forma vitalicia. Las

tensiones entre patricios y plebeyos culminaron cuando, por dos

veces, los plebeyos abandonaron la urbe y se concentraron en el monte

Aventino, amenazando con la construcción en él de una ciudad rival.

El Senado hubo de plegarse a sus condiciones, autorizando las

asambleas de los plebeyos, que nombraban a los tribunos de la plebe,

inviolables, facultados con poderes para proteger al pueblo de las

acciones arbitrarias de los magistrados. La presión de los plebeyos

fue obteniendo nuevas concesiones, hasta que, al lograr en el año 300

su acceso a la dignidad sacerdotal, quedó completada la igualdad

jurídica entre todos los ciudadanos de la república. La Roma

monárquica había formado parte de una confederación de ciudades

latinas. La caída de los reyes etruscos trajo consigo un movimiento

de las poblaciones vecinas hacia una mayor autonomía, lo que obligó a

Roma a intensificar sus esfuerzos bélicos hasta reconstruir la Liga

Latina, esta vez bajo su predominio. A lo largo del s. V a.J.C.

fueron cayendo en su poder diversos pueblos. Los galos, procedentes

de la llanura centroeuropea, invadieron a comienzos del s. IV a.J.C.

el N de Italia, batiendo a los etruscos. Continuando su descenso por

la península, los galos chocaron con los ejércitos romanos junto al

río Alia y los derrotaron. Se apoderaron de Roma, a excepción del

Capitolio, al que pusieron sitio, y abandonaron después la ciudad,

llevando consigo un gran botín. Roma se recuperó rápidamente y en

pocos años se configuró como la fuerza más poderosa de Italia

central, al tiempo que la decadencia hacía presa en las ciudades

etruscas, víctimas de repetidos ataques galos que contribuyeron a

arruinar su civilización. La ciudad de Capua solicitó la ayuda de

Roma frente a sus enemigos samnitas. La influyente comunidad samnita

de Roma, que ya se estaba convirtiendo en una metrópoli a la que

acudían inmigrantes de pueblos cada vez más diversos, consiguió que

la ciudad cambiara de bando. Vencida Capua, Roma dio comienzo a una

larga serie de guerras contra sus vecinos, que acabarían de darle el

dominio de Italia. En el transcurso de la segunda guerra samnita, el

ejército romano fue vencido. Sin embargo, la tercera guerra samnita

dio a Roma la aplastante victoria de Sentinum (295) sobre una

coalición de sus principales enemigos. El expansionismo de Roma,

convertida ya en gran potencia, se volcó sobre las ricas ciudades

griegas del S de la península. Roma sometió a las ciudades dominadas

a diversos regímenes jurídicos, respetando básicamente las

instituciones propias de gobierno de cada una. Llevó a cabo una hábil

política, concediendo, en algunos casos, la ciudadanía romana. El

resultado fue el logro de un amplio territorio en el que el orden

jurídico estaba uniformizado y garantizado, permitiendo la expansión

de los intercambios comerciales y el mantenimiento de un ejército sin

rival. Muy pronto se construyeron las primeras grandes vías de

comunicación terrestre y se estableció el dominio marítimo de la

costa peninsular. Ciudadanos romanos constituyeron colonias, primero

en el Lacio y más tarde en el resto de la península Itálica. A

mediados del s. III a.J.C., Roma emprendió la expansión que la había

de hacer dueña del Mediterráneo. En este proceso chocó con un

poderoso enemigo, Cartago. La ciudad norteafricana dominaba un

extenso imperio comercial que comprendía, además de las costas

africanas, el S de la península Ibérica, Córcega, Cerdeña y la mayor

parte de Sicilia. Las tres islas citadas cayeron en poder de Roma

tras la primera guerra púnica (264-241 a.J.C.). Algo después Roma

comenzó la colonización del valle del Po, imponiéndose a los galos

que se habían establecido allí en el s. IV a.J.C. También las costas

orientales del mar Adriático cayeron bajo su influencia, como

consecuencia de las campañas emprendidas contra los piratas que

tenían sus bases en las costas de Iliria. Una nueva guerra con

Cartago, la segunda guerra púnica, estalló en el 218 a.J.C. A su

término (201 a.J.C.), la ciudad africana dejó de ser una potencia

rival, y gran parte de la península Ibérica cayó, con sus riquezas

mineras, en poder de Roma. La tercera guerra púnica (149-146 a.J.C.)

terminó con la destrucción definitiva de Cartago y la incorporación a

Roma de los restos de su imperio. Al tiempo que se hacía dueña del

Mediterráneo occidental, Roma emprendió su expansión por la zona

oriental. La intervención en Macedonia y Grecia dio comienzo en

tiempos de la segunda guerra púnica, pero Macedonia no se convirtió

en provincia romana hasta el 148 a.J.C., en tanto que dos años más

tarde la destrucción de Corinto señalaba el fin de toda aspiración

griega a la independencia. A comienzos del s. I a.J.C. Roma reanudó

su expansión por Asia Menor, Siria y Judea. A partir del 125 a.J.C.

comenzó la ocupación romana de la Galia Narbonense, con objeto de

establecer un pasillo de comunicación terrestre entre Italia y los

dominios hispanos. Cimbrios y teutones, pueblos procedentes de la

península de Jutlandia, descendieron por Europa central, hasta chocar

con las legiones romanas, a las que batieron en Orange en el 105

a.J.C. Roma, recordando la antigua invasión gala, aprestó todas sus

fuerzas, y el cónsul Cayo Mario consiguió hacer retroceder a los

invasores nórdicos, venciendo a los teutones en Aquae Sextiae (102

a.J.C.). Dueña Roma de un inmenso imperio, los habitantes de la

ciudad, que en los primeros tiempos de la república habían

constituido un pueblo sobrio, guerrero y trabajador, comenzaron a

disfrutar sin reparos de las inmensas riquezas acumuladas.

Desapareció el servicio militar como derecho y deber del ciudadano, y

las legiones comenzaron a nutrirse de mercenarios procedentes de toda

Italia, y más tarde de todos los rincones del Imperio, lo que trajo

consigo una intensa mezcla de etnias y costumbres. El proletariado

romano se constituyó en una gran clase ociosa, que vivía

miserablemente de las subvenciones y repartos gratuitos de

comestibles, frecuentando las termas y entretenido con los juegos

públicos y circenses. El viejo sistema político republicano,

edificado por y para una ciudadanía identificada con su ciudad, era

cada vez menos capaz de funcionar en una sociedad enriquecida que

había perdido sus ideales. Así se inició un largo período de

inestabilidad interna, que sólo cesó cuando la vieja república romana

se transformó en Imperio. Los últimos decenios del s. II a.J.C.

conocieron las luchas sociales que tuvieron como protagonistas a los

hermanos Tiberio y Cayo Graco, elegidos tribunos de la plebe. Ya no

se trataba, como en los comienzos de la república, de la

reivindicación de igualdad de derechos por parte de los plebeyos,

sino la protesta del pueblo, reducido a la miseria, contra los ricos,

y muy especialmente contra la nobleza senatorial, ostentadora de la

gran propiedad de las tierras de Italia. Más tarde, generales

victoriosos, como Mario, vencedor de los cimbrios y teutones, y Sila,

pacificador de Italia, aprovecharon el poder de sus ejércitos y su

popularidad entre el pueblo para tratar de apoderarse del Estado

romano. El Senado, temeroso de su prepotencia, intervino más o menos

abiertamente contra ellos. La guerra social estalló en Italia cuando

los habitantes de la península reclamaron la ciudadanía romana, para

tener acceso al reparto de tierras públicas. En el 91 a.J.C. se

extendió por la península una verdadera guerra civil, que sólo tuvo

final cuando al cabo de tres años fue concedida la ciudadanía romana

a todos los italianos. En el año 88 a.J.C. se produjo en Asia Menor

una importante rebelión contra el poder romano. El Senado confió el

mando del ejército a Lucio Cornelio Sila, pero la plebe romana lo

destituyó y proclamó en su lugar a Mario. Al frente de las tropas

expedicionarias, Sila se apoderó de Roma, hizo desterrar a Mario y

restableció el poder senatorial. De nuevo emprendió el camino de

Asia, circunstancia que los partidarios de Mario aprovecharon para

apoderarse otra vez de la capital. Tras restablecer la autoridad de

Roma en Oriente, Sila regresó a la urbe. En el 82 a.J.C. derrotó a

los partidarios de Mario en la batalla de Porta Collina, y estableció

en Roma una dictadura durante la que fortaleció el poder de las

clases altas y limitó las atribuciones de los tribunos de la plebe,

haciendo promulgar las leyes cornelianas. Una rebelión de esclavos,

acaudillados por el gladiador Espartaco, estalló en el 73 a.J.C..

Durante dos años, un gran contingente de esclavos rebeldes puso en

peligro las mismas bases de la república romana, hasta que fueron

exterminados por el ejército, al mando de Cneo Pompeyo. El Senado,

celoso del poder de éste, desautorizó su obra legislativa en Oriente

y su promesa de reparto de tierras entre los veteranos de guerra.

Como respuesta, Pompeyo se alió a otros dos líderes poderosos, Julio

César y Marco Licinio Craso, para hacer frente a la nobleza

senatorial. El primer triunvirato (60 a.J.C.) mantuvo el equilibrio

de poder durante varios años, en los cuales César llevó a cabo la

conquista de las Galias. Pero en 52 a.J.C., el Senado intentó

apoyarse en Pompeyo para destruir el creciente poder de César.

Estalló la guerra civil, y los partidarios de Pompeyo fueron batidos.

César se autonombró dictador perpetuo, asumiendo todos los poderes.

En el 44 a.J.C. fue asesinado por un grupo de senadores conjurados.

En el 43 a.J.C. se constituyó el segundo triunvirato, del que

formaban parte Marco Antonio, Marco Emilio Lépido y Cayo Octavio.

Lépido fue anulado, Octavio se hizo hábilmente con el poder en

Occidente, y Marco Antonio acrecentó su impopularidad a causa de su

comportamiento despótico. A la muerte de Marco Antonio (31 a.J.C.),

Octavio quedó como único dueño de Roma. El Imperio. Después de un

siglo de luchas civiles, el mundo romano estaba deseoso de paz.

Octavio se encontró en la favorable situación del que ostenta un

poder absoluto, en un inmenso imperio cuyas provincias estaban

pacificadas, mientras en la capital la aristocracia se encontraba

exhausta y debilitada. El Senado no estaba en condiciones de oponerse

a los deseos del general, dueño del poder militar. La habilidad de

Augusto (nombre que adoptó Octavio en el 27 a.J.C.) consistió en

conciliar la tradición republicana de Roma con la de monarquía

divinizada de los pueblos orientales del Imperio. Bajo la apariencia

de un retorno al pasado, Augusto encarriló las instituciones del

Estado romano en sentido opuesto al republicano. La burocracia se

multiplicó, de forma que los senadores no eran suficientes para

garantizar el desempeño de todos los cargos de responsabilidad. Ello

facilitó la entrada de la clase de los caballeros en la alta

administración del Imperio. Los nuevos administradores lo debían todo

al emperador, y contribuían a favorecer su poder. Poco a poco, el

Senado, hasta entonces coto exclusivo de las antiguas grandes

familias romanas, fue admitiendo a itálicos, y más tarde a miembros

procedentes de todas las provincias. El largo período durante el que

Augusto fue dueño de los destinos de Roma (27 a.J.C.-14 d.J.C.) se

caracterizó por la paz interna (pax romana), la consolidación de las

instituciones imperiales y el desarrollo económico. Las fronteras

europeas se fijaron en el Rin y el Danubio, se completó el dominio de

las regiones montañosas de los Alpes y la península Ibérica, y se

emprendió la conquista de Mauritania. El problema más importante que

quedó sin solucionar por completo fue el de la sucesión en el poder.

No existió nunca un orden sucesorio definido, ni dinástico ni electivo

. Después de Augusto se turnaron en el poder diversos miembros de su

familia. La historia ha puesto de relieve las miserias personales y

la inestabilidad de la mayor parte de los emperadores de la dinastía

Julio-Claudia, como Calígula (37-41) y Nerón (54-68). Probablemente

se ha exagerado, ya que las fuentes históricas que han llegado a

nuestros días se deben a autores frontalmente enemistados con tales

emperadores. Pero si la corrupción y la desmesura reinaban en los

palacios romanos, el Imperio, sólidamente organizado, no pareció

resentirse por ello lo más mínimo. El sistema económico funcionaba

eficazmente, había una relativa paz en casi todas las provincias, y

más allá de las fronteras no existían enemigos capaces de medirse con

el poder de Roma. En Europa, Asia y África las ciudades, base

administrativa del Imperio, crecían y se hacían cada vez más cultas y

prósperas. Al primitivo panteón romano se fueron añadiendo centenares

de dioses. El cristianismo, desde sus oscuros orígenes en Judea, se

fue propagando por todo el Imperio, principalmente por las clases

bajas urbanas. El Imperio romano sólo comenzaría a ser rígido e

intolerante en materia religiosa cuando adoptó el cristianismo como

religión oficial, ya avanzado el s. IV. El s. II, conocido como el

siglo de los Antoninos, ha sido considerado por la historiografía

tradicional como aquel en que el Imperio romano llegó a su cenit.

Efectivamente, la población, el comercio y el poder del Imperio

estaban en su apogeo, pero ya comenzaban a percibirse señales de que

el sistema se estaba agotando. Con posterioridad a esta época, el

Imperio no tuvo fuerzas para anexionarse nuevas posesiones. La

decadencia del Imperio. A pesar de la paz interna y de la creación de

un gran mercado comercial, a partir del s. II ya no se produjo un

crecimiento económico, y probablemente tampoco de la población.

Italia continuaba vaciándose de sus pobladores, que emigraban a Roma

o partían para las provincias lejanas de Oriente y Occidente. La

agricultura y la industria eran más prósperas cuanto más lejos de la

capital se asentaban. Cada vez había menos hombres para integrar los

ejércitos, la ausencia de guerras de conquista dejó desprovisto el

mercado de esclavos, y el sistema económico, basado en el trabajo de

mano de obra esclava, comenzó a experimentar quebrantos como

consecuencia de su falta, ya que los agricultores y artesanos libres

habían casi desaparecido en la parte occidental del Imperio. En las

fronteras presionaban cada vez con más fuerza los pueblos bárbaros,

pugnando por penetrar en las tierras del Imperio. Las ciudades

iniciaron su decadencia. Los ricos burgueses que residían en las

mismas se vieron asediados por obligaciones e impuestos cada vez más

abrumadores. Como consecuencia, los propietarios rurales volvieron a

sus posesiones. La desurbanización, muy fuerte en la parte occidental

del Imperio, dejó a éste sin su base social. Se volvió a la autarquía

de cada territorio, y el comercio decayó. La navegación se hizo más

difícil. El poder del Estado se debilitaba, y en cambio los grandes

propietarios rurales comenzaban a organizar pequeños ejércitos

privados y a impartir justicia en sus dominios. El s. III vio

acentuarse el aspecto militar de los emperadores, hasta eclipsar

todos los demás. Se produjeron varios períodos de anarquía militar en

el transcurso de los cuales varios emperadores se repartieron el

poder y el territorio, luchando entre sí. Las fronteras orientales,

con Persia, y las del N, con los pueblos germanos, amenazaron con

verse desbordadas. Bretaña, Dacia y parte de Germania fueron

abandonadas, ante la imposibilidad de garantizar su defensa. Los

emperadores Aureliano (270-275) y Diocleciano (284-305) apenas

pudieron contener la crisis. Este último intentó con gran energía

reorganizar el Imperio, dividiéndolo en dos partes, cada una de las

cuales fue gobernada por un augusto, que asoció a su gobierno a un

césar, destinado a ser su sucesor. Pero el sistema de la tetrarquía

no dio resultado. Apenas abdicó Diocleciano, se inició una nueva

guerra civil. Constantino (306-337) favoreció al cristianismo, que

progresivamente fue adoptado como religión oficial. La esclerosis del

mundo romano era tal que la antigua división administrativa se

convirtió en política a partir de Teodosio I (379-395), que fue el

último emperador que extendió su autoridad sobre todo el Imperio. La

parte oriental, cuya capital fue establecida en Constantinopla,

conservaba una mayor vitalidad geográfica y económica, mientras que

la parte occidental, en la que diversos pueblos bárbaros, unas veces

como atacantes y otras como aliados, efectuaban incursiones cada vez

más profundas, se descompuso con rapidez. En el 410, el rey godo

Alarico saqueó Roma. Las fuerzas imperiales, sumadas a las de los

aliados bárbaros, consiguieron todavía una última victoria al

derrotar a Atila en la campos Cataláunicos (451). El último emperador

de Occidente, Rómulo Augústulo, fue depuesto por el rey hérulo

Odoacro (476). El Imperio de Oriente prolongó su existencia, con

diversas vicisitudes, durante un milenio, hasta la conquista de

Constantinopla por los turcos (1453).

1