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rESUMEN Dictadores rusos, hISTORIA DE rUSIA Dictadores
  Dictadores               

 Roma  Historia Arte

 
Historia del Imperio Ruso
Historia de los Imperios de la Edad Antigua y moderna
El Imperio Ruso




Roma Grecia

Asiria Persia

Rusia Egipto EE.UU.

Edad Media

Primer Guerra Mundial

Segunda Guerra Mundial

Tercer Guerra Mundial



Roma

Arte

Historia

Guerra

.





Grecia.

Edad Media
Asiria Persia

.

Egipto

.

Imperio Islamico Segunda Guerra Mundial Tercer Guerra Mundial
EE.UU. Rusia Primer Guerra Mundial



El Imperio Ruso

Historia y Prehistoria del Imperio Ruso



HIST. Prehistoria. Los restos de asentamientos humanos más

antiguos, que se remontan al paleolítico, se localizan en torno al

mar Negro, a lo largo del curso inferior de los ríos Don, Dniéster,

Dniéper y Volga, y en el N de Moscú. Los restos del mesolítico son

poco abundantes, mientras que en el neolítico destacó la cultura de

los kurgan, originaria del mar Caspio y de las estepas asiáticas, que

a partir del III milenio a.J.C. se difundió por la Europa Central y

balcánica. Se han encontrado numerosos asentamientos neolíticos en

las zonas meridionales de Rusia, como Mariupol (mar de Azov), Maikop

(Cáucaso), Fatiánovo (valle del Volga). La cultura de Andrónovo, que

floreció al pie de los Urales y en el valle del Volga, desempeñó un

papel importante en la difusión de la metalurgia. Culturas de la Edad

del Bronce surgieron en Afanasievo (Siberia) y Borodino (Moravia). De

los orígenes a la unificación de los eslavos. Entre los ss. VIII-VII

a.J.C., los escitas, pueblo nómada procedente de Asia Central,

ocuparon el Cáucaso y el N del mar Negro. Serían destruidos por los

sármatas (ss. III-II a.J.C.-s. III d.J.C.), pueblo iranio que se

estableció en el Cáucaso. Posteriormente vendrían las invasiones de

godos, hunos, ávaros, jázaros, búlgaros, lituanos, fineses. La

migración de los pueblos eslavos hacia Rusia Central se produjo a

finales del I milenio a.J.C.. Después del hundimiento del Imperio de

los hunos (s. V d.J.C.), los eslavos orientales descendieron hacia el

SE de Rusia. El primer intento de unificación de las tribus eslavas

se produjo a mediados del s. IX, cuando algunas poblaciones eslavas

del N de Rusia pidieron a los varegos que les protegieran contra los

nómadas jazares que avanzaban desde el E. De este modo, lo varegos

proporcionarían a los eslavos su primera dinastía, los Riúrikovichi,

establecidos primero en Novgorod y después en Kíev, capital del

primer Estado ruso (ss. IX-XII), en cuyo seno se unificarían los

eslavos orientales. Las conquistas llevadas a cabo por Sviatoslav

(964-972), Vladimiro I el Grande (980-1015) y Yaroslav el Sabio (1019-

1054) permitieron al nuevo Estado acceder al mar del Norte y ocupar

territorios en el O (Volinia) y en NE (valle del Oka). En este época,

Vladimiro I, convertido al cristianismo en 988, adoptó para todo el

Estado el rito de Bizancio. Las ciudades se desarrollaron gracias al

incremento de las relaciones comerciales, pero la mayoría de la

población estaba formada por campesinos libres que disponían de

propiedad colectiva. Las disputas dinásticas debilitaron en el s. XII

el Estado de Kíev, que se desintegró, constituyéndose principados

independientes. Posteriormente (ss. XII-XIII) alcanzaría un gran

apogeo el principado de Vladimir-Suzdal, con importantes ciudades

como Tver, Yaroslav, Moscú, Nizhni Novgorod. La ciudad de Novgorod,

centro del comercio entre el N y Oriente, alcanzó en el s. XIII un

gran esplendor. Después de la invasión mongol procedente de Oriente

(1223-1242), dirigida por Batu Kan, la Rusia Central estaría sometida

durante varios siglos al dominio tártaro. Se estableció sobre los

principados rusos el protectorado de la Horda de Oro. En los más de

dos siglos que duraría su dominio, los musulmanes se limitarían a

cobrar sus tributos desentendiéndose de la población y respetando

sólo a la Iglesia. La dominación de los mongoles es considerada por

los historiadores como la causa del aislamiento de Rusia respecto a

Occidente y el Mediterráneo, y de su retraso económico y social.

Fuera del área tártara consiguieron desarrollar una vida autónoma la

Rusia Blanca, sometida después por los lituanos, la Pequeña Rusia

(Ucrania), que tuvo que hacer frente a invasiones polacas, y

Novgorod, que, a pesar de ser tributaria de los mongoles, logró

mantener su independencia gracias a las victorias de Alejandro Nevski.

La supremacía del Estado de Moscú. Centro de un pequeño principado

confiado a Daniel Nevski (1276-1303), Moscú lograría en el s. XIV una

supremacía sobre los demás principados rusos. El fraccionamiento de

la Horda de Oro en varios kanatos durante la primera mitad del s. XIV

permitió a los príncipes de Moscú dirigir en la segunda mitad de la

centuria la lucha contra los mongoles. En 1380, el príncipe de Moscú

Dimitri Donskoi se negó a pagar el tributo de la Horda, logrando

sobre los mongoles la victoria de Kulikovo (1380), aunque

posteriormente el kan Tuqtamis saquearía Moscú (1382). Sin embargo,

con Iván III (1462-1505) el gran ducado de Moscú iniciaría una

política de expansión que le permitiría constituir un gran imperio.

Moscú sometió Novgorod (1471) y Tver (1438), venció a los lituanos y

dejó, definitivamente, de ser tributaria de los mongoles, derrotando

a la Horda de Oro (1502). El matrimonio de Iván III con la sobrina

del último emperador de Bizancio, Sofía Paleólogo, le permitiría

considerarse heredero de los emperadores bizantinos y convertir Moscú

en la tercera Roma. Durante el s. XVI, el Estado de Moscú, autócrata

y centralizado, conocería una gran apogeo, continuando su expansión y

modernización. Iván IV (1533-1584), que se hizo proclamar zar en

1547, transformó Rusia en una gran monarquía abierta a las

influencias de Occidente y preparada, incluso económicamente, para

afrontar su futuro imperial. Se anexionó los kanatos mongoles de

Kazan (1552) y Astraján (1556) y la región del Volga, al tiempo que

inició la expansión colonizadora de Rusia hacia Siberia. En el

interior, la vieja aristocracia de los boyardos empezó a ver

amenazado su poderío por el desarrollo de la nueva nobleza de los

pomiéschiki, dotada de tierras de servicio. Por su parte, los

campesinos de los dominios hereditarios de los boyardos y del clero o

de las tierras de servicios, que durante los ss. XV y XVI todavía

podían abandonar a sus amos, vieron restringida esa libertad por los

códigos de 1497 y 1550, e incluso a partir de 1581 sólo les fue

concedida esporádicamente. Después de la muerte del sucesor de Iván

IV, Fiódor I (1598), que significaría la extinción de la dinastía de

los Riúrikovichi, y del reinado de Borís Godunov (1598-1605), de

ascendencia mongol, Rusia pasó por una época de gran inestabilidad,

en la que se vio amenazada la misma integridad del Estado. A ello

contribuyeron la crisis económica, las ambiciones de la gran nobleza,

la intervención de suecos y polacos y la aparición de usurpadores al

trono, los «falsos Demetrios». Finalmente, en 1613 fue elegido zar

por los zemski sobor (estados generales) y con el apoyo de la pequeña

nobleza Miguel Fiódrorovich, que fundó la dinastía de los Románov.

Durante los reinados de Miguel Fiódorovich (1613-1645) y Alejo

Mijáilovich (1645-1676), Rusia tuvo que hacer frente a la

reconstrucción del Estado, mientras el poder autocrático de los zares

aumentaba. La servidumbre que fijaba al campesino en su tierra se

convirtió ya en norma absoluta. Se intensificó de esta manera la

opresión de los campesinos y los ciudadanos humildes por parte del

Estado y los propietarios de tierras, lo que daría origen a violentas

revueltas urbanas y campesinas. Los déspotas ilustrados. Tras el

reinado de Fiódor III (1676-1682) y la regencia de Sofía Alexéievna

(1682-1689), subió al poder Pedro I el Grande (1689-1725), que tomó

el título de emperador. El nuevo zar impulsó la modernización y

occidentalización del país, al tiempo que lo convertía en una

potencia marítima, dotándolo de acceso al Báltico con la anexión de

Livonia, Estonia, Ingria y parte de Carelia. En la desembocadura del

Deva fundó San Petersburgo, donde trasladaría la capital del Estado.

En el interior llevó a cabo una serie de reformas: obligación de los

nobles de servir en el ejército, en la marina o en la burocracia,

creación de escuelas, academias e institutos para asegurar una

educación secularizada y occidentalizada a los nobles, sometimiento

de la Iglesia al Estado confiando su dirección al Santo Sínodo,

incremento de las cargas de la servidumbre. Durante el reinado de

Pedro I se produjeron grandes progresos, pero sólo pudo beneficiarse

de ello una minoría, mientras que la mayoría de la población

permanecía pasiva e indiferente ante las reformas. La línea trazada

por Pedro I el Grande sería seguida por sus sucesores. Ana Ivánovna

(1730-1740) conquistó Azov y durante el reinado de Isabel Petrovna

(1741-1762) las tropas rusas llegaron a entrar en Berlín durante la

guerra de los Siete Años. Con Catalina II (1762-1796) Rusia se

convirtió en una gran potencia europea. El país alcanzó en su

expansión el mar Negro, anexionándose el kanato de Crimea y una parte

de Moldavia. También Lituania, Bielorrusia y Ucrania pasaron a formar

parte de Rusia como consecuencia de los tres repartos de Polonia.

Además, Rusia participó en las coaliciones contra la Francia

revolucionaria y contra el primer Imperio francés. Catalina II había

acogido las ideas de la Ilustración, pero aplicó sólo los principios

que servían para consolidar su poder. La influencia occidental se

acentuó, aunque sólo afectara profundamente a la nobleza, y la

cultura realizó importante progresos. Sin embargo, estas

transformaciones se estaban llevando sin modificar la arcaica

estructura social de Rusia. Los nobles, a cambio de su sumisión al

Estado absolutista, vieron ampliado su poder sobre los siervos. Todo

ello provocaría grandes revueltas campesinas, la más grave de las

cuales fue la de Pugachov (1773-1774). Después de la larga guerra

victoriosa contra Napoleón, cuyos ejércitos habían llegado hasta las

puertas de Moscú, Rusia vio reforzada su posición internacional. En

el Congreso de Viena recibió el reino de Polonia e hizo refrendar la

anexión de Finlandia y Besarabia. Los intentos modernizadores.

Alejandro I (1801-1825), impregnado de ideas liberales, emprendió en

los primeros años algunas reformas, pero luego evolucionó hacia un

cierto misticismo y hacia posiciones netamente reaccionarias. Nicolás

I (1825-1855) se consagró al mantenimiento del orden y equilibrio

europeos, aplastando las revoluciones polaca (1830-1831) y húngara

(1848-1849), aunque sufrió una grave derrota en la guerra de Crimea

(1854-1855) cuando quiso acabar con el Imperio otomano. Mientras

tanto, el Imperio ruso se iba ampliando con la incorporación de

Georgia y Armenia. Nicolás I mantenía que la salvación de Rusia

pasaba por resistir a las ideas de Occidente. A mediados de siglo

había dos corrientes en la intelligentsia rusa, la eslavófila, que

defendía la civilización espiritual rusa, y la de los

occidentalistas, que preconizaban un desarrollo similar al de los

demás países occidentales. Alejandro II, imbuido de ideas liberales,

intentó emprender una política de reformas. En 1861 abolió la

servidumbre, pero las condiciones de vida de los campesinos no

mejoraron por el gravoso sistema para adquirir tierras. Además, en

las regiones centrales, las parcelas atribuidas a cada campesino se

mostraron insuficientes para cubrir sus necesidades debido al

crecimiento demográfico. Con todo, las reformas supondrían un

importante impulso para el desarrollo del capitalismo en Rusia, que

se introdujo en la agricultura y sentó las bases de la

industrialización de final de siglo, gracias al progreso de la

industria alimentaria y textil y a la construción de vías férreas. En

la década de 1860 surgiría en Rusia el movimiento revolucionario

imbuido de ideas nihilistas y populistas. Los populistas intentaban

impulsar un socialismo ruso basado en el campesinado y en los

artesanos e impedir el desarrollo capitalista de Rusia. A los

populistas se opondrían los marxistas, partidarios de apoyarse en el

proletariado industrial para impulsar el país hacia el socialismo. La

radicalización de los populistas, con el recurso al terrorismo,

desembocaría en el asesinato de Alejandro II. Con Alejandro III (1881-

1894), las reformas emprendidas sufrirían un retroceso, lo que no

impidió que el país -con el concurso de capitales extranjeros- diese

pasos de gigante en su industrialización, que por otra parte no

mejoró el bienestar de la mayoría de la población. Surgiría así un

proletariado duramente explotado. Durante el reinado de Nicolás II

(1894-1917) se aceleraría el progreso económico al tiempo que crecía

en número el proletariado urbano. Se empezaron a establecer los

primeros vínculos entre los teóricos marxistas y el movimiento

obrero. En 1898 se fundaría el Partido Obrero Socialdemócrata, que

contribuiría a difundir el marxismo entre el proletariado. En 1903,

el partido se dividiría en las facciones bolchevique (mayoritarios),

liderada por Lenin, y menchevique (minoritarios). Todo ello

propiciaría el incremento de las huelgas a final de siglo. Entretanto

, en el exterior Rusia se aproximó a Francia a partir de 1891,

constituyendo en 1893 una alianza franco-rusa. La política de

expansión en el continente asiático, que había llevado a la anexión

de la región del Amur (1858) y a la conquista de Asia Central, chocó

en Manchuria con los intereses japoneses. Siglo XX. El enfrentamiento

bélico con estos últimos (1904-1905) se saldó con una grave derrota

de los rusos, que vino a agravar aún más la crisis económica,

extendiéndose el descontento entre todas las capas de la población.

La consecuencia de ello fue el estallido de un movimiento

revolucionario (1905). A pesar de haber prometido Nicolás II

garantizar las libertades y reunir una Duma de Estado elegida por

sufragio universal, la revolución fue aplastada en 1906. La primera

Duma (1906), dominada por los liberales del Partido Constitucional

Demócrata, y la segunda (1907), en la que los socialistas

experimentaron un gran crecimiento, serían disueltas. Los problemas

sociales se vieron agravados por la distancia cada vez mayor entre el

proletariado agrícola y los ricos propietarios campesinos (kulaks).

El monarca se rodeó a partir de 1911 de ministros reaccionarios y el

malestar social volvió a agudizarse. Las huelgas se multiplicaron

entonces. En este estado de cosas, la Triple Entente formada con

Francia y Gran Bretaña arrastró a Rusia a la I Guerra Mundial. Los

rusos sufrirían graves derrotas frente a los alemanes, que invadieron

Polonia, Lituania y Galitzia. El aumento de los precios y las

dificultades de aprovisionamiento provocaron un descontento todavía

mayor. En marzo de 1917, manifestaciones de obreros y soldados en

Petrogrado acabarían derribando al zarismo. Pero el nuevo Gobierno

provisional no solucionó el problema de la guerra ni colmó las

aspiraciones populares, y acabó siendo derribado también en la

insurrección de octubre por los bolcheviques, dirigidos por Lenin,

que instauraron el poder de los soviets (consejos de delegados de los

campesinos, obreros y soldados). Con el nuevo régimen, el Imperio

ruso se transformó en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas

(URSS), a las cuales estuvo vinculada la historia de Rusia hasta su

disolución en 1991. El fracasado golpe de estado de agosto de 1991,

por la oposición del presidente ruso Borís Yeltsin, supuso la

recuperación del protagonismo histórico de Rusia. No sólo se prohibió

el Partido Comunista, sino también acabó propiciándose la disolución -

a finales de ese mismo año- de la propia URSS, que sería sustituida

por una inconsistente Comunidad de Estados Independientes. A partir

de enero de 1992 Rusia reiniciaría su trayectoria como país

independiente. El presidente Borís Yeltsin, elegido por votación

popular en 1991, tuvo que hacer frente a la tarea de reconstruir la

economía rusa -después del hundimiento del sistema económico

soviético de planificación centralizada- y transformarla en una

economía de mercado. Sin embargo, la crisis económica se agudizó,

mientras la situación política -con unas instituciones heredadas de

la época de la perestroika soviética- se volvía cada vez más inestable

, con un enfrentamiento entre el presidente y el Parlamento. Este

conflicto institucional, que bloqueaba cualquier solución a la crisis

económica y política, intentó ser dirimido en abril de 1993 con un

referéndum popular, cuyo resultado fue favorable a Yeltsin. Sin

embargo, el enfrentamiento institucional persistió. Finalmente, el 21

de septiembre de 1993 Borís Yeltsin anunció la disolución del

Parlamento y la convocatoria de elecciones legislativas anticipadas,

a pesar de que la Constitución heredada del régimen soviético no le

daba facultades para ello. La oposición a estas medidas fue

encabezada por el jefe del Soviet Supremo de Rusia (Parlamento

permanente), Ruslán Jasbulátov, y por el vicepresidente del país,

Alexandr Rutskói. La crisis se saldó con la toma del Parlamento por

el ejército en un enfrentamiento armado que provocó numerosos

muertos. Las elecciones legislativas del 12 de diciembre -en las se

aprobó también una nueva Constitución que concedía amplios poderes al

presidente- supusieron un importante ascenso de los nacionalistas

radicales del Partido Liberal Democrático de Rusia, presidido por

Vladímir Zhirinovski, y de los antiguos comunistas. De este modo, la

elección de un Parlamento dominado nuevamente por la oposición al

presidente no auguraba una mayor estabilidad. Por lo que se refiere a

la política exterior, Rusia, ensimismada en sus problemas internos y

necesitada de ayudas económicas externas, vio cómo, a pesar de seguir

siendo una gran potencia militar, se debilitaba su protagonismo

internacional. A pesar de todo, logró recuperar en los últimos

tiempos parte de su influencia en las Repúblicas que formaron la

desaparecida URSS, en tanto que se hacía presente de una manera más

activa en las negociaciones para encontrar una salida a la guerra que

asolaba la antigua Yugoslavia. Yeltsin fue reelegido presidente en

las elecciones celebradas en julio de 1996. En noviembre del mismo

año se retiraron de la república autónoma de Chechenia las últimas

unidades rusas, tras haber perdido la guerra que por espacio de dos

años les había enfrentado a la república secesionista.



ARTE. Prácticamente no se ha podido conocer nada sobre el arte de

las tribus eslavas del Este, así como tampoco de la zona de Rusia que

perteneció a los primeros príncipes. La costumbre se basa, por norma

general, en remontar el arte ruso a la época de los escitas, aunque,

en realidad, se trata de otra civilización. El nacimiento del

auténtico arte ruso estuvo marcadamente vinculado a la conversión del

príncipe Vladimiro I, hacia 988, cuya proyección significó la

incorporación de Rusia a la órbita cultural de Bizancio. Si los

orígenes del arte ruso pueden ser considerados como una extensión del

arte bizantino, también aunó otras influencias extranjeras; la

adaptación de los elementos bizantinos a las condiciones propias

(clima, materiales para la construcción, colores, etc.) y la

inspiración, sin duda, en los monumentos artísticos preexistentes

(construcciones en madera no conservadas) desembocaron en una

síntesis que reflejaba el sentimiento estético nacional. Este primer

período del arte ruso, dominado por la arquitectura y la pintura

religiosas, se prolongó hasta principios del s. XVIII. Desde el s. XI

hasta el XIII se forjaron las características fundamentales de la

arquitectura rusa. Constructores procedentes de Bizancio introdujeron

el modelo de iglesia con cúpulas, así como la técnica de construcción

en ladrillo. Al parecer, en aquel momento algunos arquitectos

alemanes enseñaron a los rusos la construcción en piedra (en

Nóvgorod), aunque fueron estos últimos los que pronto dirigieron la

construcción de sus iglesias con la introducción de elementos

propios. Por este motivo surgieron dos tipos de iglesia que se

extendieron por toda Rusia, con algunas variantes, hasta finales del

s. XVII. Ambas formas se caracterizan por su planta de cruz griega,

inscrita dentro de un cuadrado; la primera, representada por Santa

Sofía de Nóvgorod, con cinco cúpulas; la segunda, por San Demetrio en

Vladímir, con una sola cúpula. En esta época existían tres grandes

centros arquitectónicos: Kíev, Nóvgorod y Vladimir-Suzdal,

sobresaliendo los dos últimos por sus elementos ornamentales. La

invasión mongol suspendió el desarrollo cultural en Rusia, donde no

se volvería a construir en piedra hasta el s. XV, excepto en

Nóvgorod. Moscú llevó a cabo una profunda actividad artística a

partir de fines del s. XIV. Se hizo evidente la influencia de la

arquitectura religiosa de Vladimir-Suzdal (catedral de la Dormición

en Zvenígorod, 1399, y la del Salvador en el monasterio Andronic de

Moscú, 1410-1427), así como la de Nóvgorod-Pskov (catedral de la

Anunciación en el Kremlin, 1484-1489), y empezaron a levantarse las

primeras bóvedas de cañón. Tras casarse con la sobrina del último

emperador de Bizancio, Iván III quiso hacer de Moscú la tercera Roma,

para lo que requirió a arquitectos italianos, que asimilaron la

estética renacentista a las formas consagradas del país. Aristotele

Fieravanti construyó la catedral de la Dormición en 1475-1479;

Aloisio Nuovo, la catedral del Arcángel San Miguel en 1505-1509;

Marco Rufo y Pietro Solari, el palacio de las Facetas Dormitio

Virginisen 1487-1491. La muralla de ladrillo rojo del Kremlin fue

construida entre 1485 y 1495 siguiendo la pauta del palacio Sforza de

Milán. Al igual que en materia de arquitectura, los bizantinos fueron

los que primero realizaron frescos e iconos en Rusia, aunque también

en este punto asimilaron rápidamente los rusos dichas técnicas para

forjar posteriormente su propio arte. En la iglesia ortodoxa, iconos

y frescos participan armónicamente en el misterio litúrgico que

invoca la presencia del santo o el acontecimiento que se celebra; de

ahí su carácter simbólico y no realista. La escuela de Moscú

consolidó óptimos niveles; junto a los rusos Projor de Gorodets y A.

Rubliov, Teófanes el Griego realizó el primer iconostasio conocido

con personajes de pie (1406). El monje Rubliov trabajó el arte del

icono hasta su más alta manifestación teológica y pictórica (La

Trinidad). El concilio de la Iglesia rusa reunido en Moscú en 1551,

llamado el de los Cien capítulos (Stoglav), fijó las reglas que los

iconógrafos estaban obligados a seguir para evitar realizaciones

marcadamente individualistas. No obstante, la producción de iconos

fue decayendo, al ser reemplazado su simbolismo místico, y apareció

el género pictórico de la parsuna, intermedio entre el icono y el

retrato. En arquitectura, los s. XVI y XVII moscovitas exhiben una

evidente tendencia hacia lo barroco, cuyo ejemplo más significativo

es la iglesia de Basilio el Bienaventurado (1555-1560). A fines del

s. XVII, el barroco europeo forjó las peculiaridades del estilo

Narishkin (iglesias de Fili, 1693; de Troitski-Likov, 1698-1704; de

San Nicolás de los Tejedores; de la Transfiguración en el monasterio

Novodevichi, 1688). Con el Imperio ruso, al concebir según el modelo

europeo su nueva capital, San Petersburgo, Pedro el Grande quiso

desvincularse del pasado moscovita, trabajando en su construcción,

iniciada en 1703, los arquitectos rusos Piotr Yeropkin y Aléxei

Kvasov, creadores del esquema de la planificación urbana y su estilo.

El ingeniero suizo D. Trezzini construyó el palacio de Verano (1710-

1714), la catedral de la fortaleza de Pedro y Pablo (1712-1733) y la

de los Doce Colegios (universidad) en un estilo barroco sobrio, que

evolucionaría posteriormente hacia el rococó por la influencia de la

arquitectura alemana y austríaca. Entre 1745 y 1760, B. Rastrelli

construyó el palacio de Invierno, el palacio de Tsarskoie Selo y el

monasterio de Smolnií. El paso del Barroco al neoclasicimo se

manifiesta en los edificios de A. Rinaldi (palacio de Mármol, 1768-

1785); el gran arquitecto del clasicismo fue Quarenghi, autor del

teatro del Ermitage (1783-1787) y de la Academia de ciencias (1783-

1789). I.I. Starov, N.A. Lvov y A.D. Zajárov otorgaron al clasisismo

ruso su identidad y carta de nobleza, culminando dicho estilo a

comienzos del s. XIX con el urbanismo de K.I. Rossi. La fundación, en

1757, de la Academia de Bellas Artes de San Petersburgo dio como

resultado el nacimiento de una escuela de pintura y de escultura

rusas. El desarrollo de la escultura sería aún limitado durante el s.

XVIII; el de la pintura, vinculada a las principales corrientes de la

literatura, fue mucho más longevo. El arte oficial estuvo

representado por D.G. Levitski y V.L. Borovikovski, dominando además

la estética clásica del escultor F.I. Chubine. Romanticismo y

realismo contaron también con prestigiosos exponentes, principalmente

a raíz de la formación de la asociación pictórica independiente de

los Ámbulantes». Numerosos pintores abandonaron Rusia a fines del s.

XIX para huir de la rutina académica. Desde 1895 se encontraban en

París diversos artistas que formaron el núcleo de El mundo del arte,

organizador de exposiciones desde 1897 hasta 1906 y creador de la

primera revista rusa de arte (1898). El mundo del arte desarrolló un

nuevo gusto estético que respondía a las exigencias del modernismo y

del simbolismo (Vrubel). Otros pintores se establecieron en Munich y

crearon un centro ruso (v. Blaue Reiter). La primera exposición del

vanguardismo ruso, Stefanos (Moscú, 1907), en la que expusieron

artistas como Larionov, N. Goncharova, Survage, Yákulov, etc., fue la

clave de una agitación sorprendente de las artes en Rusia durante dos

decenios. El manifiesto de Marinetti (1909) dio pie al surgimiento

del futurismo ruso, y se creó en San Petersburgo la Únión de la

Juventud» (1909-1914). El cubismo fue también determinante,

hablándose en Rusia de cubofuturismo. La abstracción, inaugurada en

1910 por Kandinsky, culminó en el suprematismo de Maliévich y en los

contrarrelieves de Tatlin, quienes, tras la revolución de 1917,

fueron los creadores de las dos principales corrientes, el

suprematismo y el constructivismo. La revolución dio lugar a una

atmósfera creativa que convirtió a la vanguardia rusa en una de las

más relevantes del arte del s. XX. En 1934 se definió la norma del

«realismo socialista», dominadora desde entonces del arte de la URSS,

y se anuló el pluralismo de tendencias al crearse una sola Unión de

Artistas. A partir de 1956 se hicieron evidentes algunos esfuerzos

por salir de un realismo provinciano y poco creativo. Paralelamente

al arte oficial, surgió un arte disidente; la emigración de numerosos

pintores no conformistas dio base a un arte cuyo denominador común

fue la alienación causada por la dictadura del realismo socialista.

Sucesora de la primera y segunda oleadas de artistas rusos que

prestigiaron la escuela de París (Chagall, Archipenko, Larionov,

Poliakoff, Andrenko, etc.), una tercera hornada de artistas

soviéticos emigró hacia París y Nueva York. Las nuevas

investigaciones artísticas sentaron la base de nuevos expresionistas

(Neizvestny), simbolistas metafísicos (M. Shemiakin) y abstractos (W.

Brui).



LIT. La historia de la literatura rusa puede dividirse en cuatro

períodos. El primero comprende desde los orígenes hasta la época de

Pedro el Grande (s. XI-primera mitad del s. XVIII). El segundo

incluye el s. XVIII y los dos primeros decenios del s. XIX. El

tercero abarca el s. XIX y el s. XX hasta la Revolución rusa, y se

prolonga en la literatura de los emigrados. El cuarto período es el

de la literatura soviética. Primer período (ss. XI-XVIII). La

literatura se escribía en eslavo eclesiástico, y se inspiraba a

menudo en autores bizantinos. Estaba dominada por la teología y

despreciaba la poesía, aunque los rapsodas rústicos cantaban las

bilinas, epopeyas populares con héroes legendarios. El primer orador

sagrado de la Rusia del s. XI es el metropolitano Hilarión y la obra

más interesante del s. XII es la Crónica de Néstor, época a la que

pertenecen asimismo el testamento del príncipe Vladímir Monómaco y El

viaje del hegúmeno Daniel a los Santos Lugares. Hay que señalar

además la epopeya en verso El cantar de la campaña de Ígor y el

fragmento Zadónschina, que exalta las hazañas del príncipe Dimitri

Donskói, vencedor de los mongoles en Kulikovo (1380). Del s. XVI es

el tratado de economía doméstica Domostrói, que aún puede incluirse

en la literatura monástica. La correspondencia entre Andréi Kurbski e

Iván el Terrible (1563-1579) ofrece fragmentos de enérgica prosa. Sin

embargo, la primera obra en prosa de la literatura rusa es la Vida de

Avvakum (c. 1620-1682). Durante el reinado de Alexis Mijáilovich

(1645-1676), Moscú vivió los primeros intentos de literatura

dramática: un croata emigrado a Rusia, Krijanich, escribió obras de

contenido político, y un ruso emigrado a Suecia, Kotoshijin, trazó un

cuadro de la vida social y de las instituciones moscovitas. Segundo

período (ss. XVIII-XIX). El reinado de Pedro el Grande supuso el

acercamiento definitivo de Rusia a Europa. En 1703 apareció la Gaceta

de Moscú, el primer periódico ruso. El príncipe Antioj Kantemir y el

poeta Vasili Trediakovski se inspiraron en los preceptos de Nicolás

Boileau. En 1755, Mijaíl Lomonósov, poeta, gramático y químico,

escribió la primera gramática rusa. Ese mismo año se fundó la

Universidad de Moscú, y al siguiente, el teatro ruso quedó

constituido: Alexander Sumarókov imitó a Racine; Catalina II escribió

graciosas comedias, y Denis Fonvizin creó la comedia costumbrista.

Alexandr Radíschev, en sus panfletos, fue un precursor de los

periodistas del s. XIX, y Nikolái Nóvikov, un libelista ingenioso y

mordaz. Gavril Derzhavin destacó por sus odas heroicas. Tercer

período (ss. XIX-XX). La vasta obra de historiador, novelista y

periodista de Nikolái Karamzín preparó la transición entre la escuela

clásica, representada por el dramaturgo Ladislav Ozerov, y la escuela

romántica, en cuya génesis las literaturas inglesa y alemana tuvieron

un papel preponderante. Konstantín Bátiushkov siguió imitando a los

modelos clásicos y franceses, pero Vasili Zhukovski ya tradujo a

poetas alemanes e ingleses. Alexandr Griboiédov creó la comedia

nacional, aunque el verdadero forjador de la moderna literatura rusa

fue Alexandr Pushkin: creó el romanticismo ruso e inició el realismo

crítico, que sería una de las constantes de la literatura rusa del s.

XIX. Mijaíl Lérmontov introdujo la dimensión subjetiva y la temática

existencial en su obra. Mijaíl Zagoskin e Iván Lazhéchnikov

cultivaron la novela histórica, y Vladímir Odoevski siguió las

huellas de Novalis y de E.T.A. Hoffmann. Pero el principal

representante de esta generación es Nikolái Gógol, quien dio un

carácter original al realismo inaugurado por Pushkin. En esta misma

época, Vissarión Belinski influyó poderosamente en la evolución de la

literatura posterior con su revolucionaria obra crítica. A partir de

1850 aparecen los autores más importantes de la literatura rusa y que

le proporcionan su irradiación mundial: Iván Turguéniev, Fiódor

Dostoievski y León Tolstói. Junto a ellos el autor de mayor

influencia es Alexandr Herzen, libelista y pensador preocupado por la

renovación de su país. El novelista Alexéi Písemski, el humorista

Mijaíl Saltikov-Schedrín y el dramaturgo Alexandr Ostrovski describen

la clase media y ridiculizan en sus comedias satíricas a burgueses y

comerciantes. La poesía, bajo la influencia del realismo, sufre un

eclipse. De hecho, sólo el advenimiento del simbolismo logrará

sacarla de una relativa decadencia. Sus representantes más notorios

son Fiódor Tiútchev y Alexéi Jomiakov; Víktor Nekrásov se convirtió

en el portavoz de un populismo humanitario. Paralelamente, un grupo

de poetas proclama su adhesión a la doctrina del «arte por el arte»,

intentando una poesía intimista: Afanasi Fet, Apolón Máikov y Yákov

Polonski. El conde Alexéi Tolstói, por el contrario, introduce en sus

versos aristocráticos la sátira política. En los últimos decenios del

s. XIX, los escritores consideran la literatura como un medio para

conocer a la sociedad. Dos escritores dominan este período: Antón

Chéjov, que con su teatro logró una reputación universal, y Máximo

Gorki, que fue el primer escritor revolucionario. Los restantes

autores se especializan en temáticas y regiones variadas: Vladímir

Korolenko describe el Volga, Dimitri Mamin-Sibiriak, Siberia; Garin

describe el mundo de los ingenieros, y Versáiev, el de los médicos.

El renacimiento de la literatura rusa es obra del simbolismo. Su

padre espiritual es el poeta filósofo Vladímir Soloviov, y sus

autores más representativos son los poetas Konstantin Balmont,

Alexandr Blok, Viacheslav Ivánov y Valeri Briúsov, y el novelista

Andrei Bielyi. El novelista Iván Bunin armonizó el realismo narrativo

y la perfección estilística. Alexeis Remízov creó un nuevo género de

tendencia impresionista. El modernismo evolucionó hacia otras

modalidades expresivas: Blok se orientó hacia el mesianismo y Briúsov

hacia el parnasianismo. En esta época proliferan las escuelas:

Velemir Jliébnikov y Vladimir Maiakovski fundan el futurismo; Igor

Severianin, el decadentismo, y Nikolái Gumiliov, por reacción, el

acmeísmo. En vísperas de la I Guerra Mundial la literatura atraviesa

uno de sus momentos más activos y fértiles.Cuarto período. La

literatura soviética. La I Guerra Mundial, el hundimiento del zarismo

y la subida del comunismo conmocionaron el panorama literario ruso:

muchos escritores emigraron, algunos murieron en la lucha, otros

dejaron de escribir. Los que participaron en la revolución, como

Máximo Gorki o Vikenti Veresáiev, intentaron armonizar literatura e

ideología. Pero la poesía proletaria fue un fracaso, como demuestra

la obra, mediocre, de Demián Biednyi. Grandes poetas, como Serguei

Esenin y Vladimir Maiakovski, acabaron suicidándose. Otros, como

Boris Pasternak o Anna Ajmátova, pronto dejaron de escribir. Por otra

parte, la guerra civil brindará a la naciente literatura soviética un

tema palpitante, que aprovecharán sus mejores escritores: Vsiévolod

Ivánov, Isaak Bábel, Dmitri Fúrmanov, Alexandr Fadéiev y

especialmente Mijaíl Shólojov. Entre 1925 y 1930 la literatura da un

giro importante. El plan quinquenal asigna a los escritores la tarea

de dar testimonio del gigantesco esfuerzo realizado por el país.

Ilustran este giro las novelas de Fiódor Gladkov, Ilya Ehrenburg y

Konstantín Fedin. Una nueva doctrina literaria se elabora lentamente:

el realismo socialista. Los hombres y los hechos serán descritos

desde el punto de vista de la ortodoxia comunista. Nikolái Ostrovski

es el primero en introducir un personaje nuevo: el «héroe positivo».

El teatro de Nikolái Pogodin exalta el papel revolucionario de Lenin.

Por otra parte, se inicia entonces el período de los «procesos» y las

grandes purgas, en el que desaparecen escritores como Boris Pilniak,

Bábel y el gran poeta Ossip Mandelstam. En las postrimerías de la II

Guerra Mundial, la novela histórica ve triunfar a Alexéi Nikoláievich

Tolstói. El conflicto da a conocer al novelista Konstantin Símonov.

En la posguerra, otro período de reconstrucción, aparecen nuevos

nombres, dentro de la línea oficial del realismo socialista:

Babaievski y Ajáiev, fieles a la definición del arte dada por Zdánov,

el ideólogo oficial del régimen. En 1953, la muerte de Stalin anuncia

un renacimiento literario, cuyo primer signo es la narración de

Ehrenburg, El deshielo (1954), y que se afirma en las narraciones de

Alexandr Solzhenitsin. La revista Novy Mir, dirigida por Alexandr

Tvardovski, defiende las aspiraciones de los escritores contra el

conformismo político y literario de la revista Oktiabr, sobre todo a

raíz de la violenta polémica que estalla con motivo de la concesión

del premio Nobel a Boris Pasternak (1958). Dos corrientes importantes

animan la literatura rusa en los años sesenta y setenta: el realismo

crítico que introduce temas antes prohibidos (desastres de la guerra,

represión policíaca, problemas de la sociedad), encarnado en las

narraciones de Viktor Nekrásov, y el lirismo personal, que enlaza con

la tradición de los años veinte, encarnado por Evgueni Yevtushenko,

Andrei Voznesenski y Bella Ajamadúlina. Una tercera corriente, que

une la sátira a la inspiración fantástica, se expresa

extraoficialmente, gracias al sistema de publicación clandestino o

samizdat, en las narraciones de Youri Daniel y Andréi Siniavski. El

sistema del samizdat permitió, en los momentos más represivos del

régimen de Brezhnev, no sólo que circulasen las obras de autores

heterodoxos vivos, como Solzhenitsin, Andréi Siniavski o Alexandr

Zinóviev, sino que se divulgase la de autores muertos, proscrita por

el régimen: Evgeni Zamiatin, Marina Tsvietáieva, Ossip Mandelstam,

Mijaíl Bulgakov, Anna Ajmátova, Vassili Grossman. En cuanto a la

literatura en el exilio, además del caso particulelaborar una de las

obras narrativas más innovadoras del siglo tanto en ruso como en

inglés, cabe citar la extraordinaria obra de la novelista Nina

Berberova y la obra poética del premio Nobel Josef Brodski. Desde

1985, cuando se produce un giro en la actitud del poder soviético

hacia sus intelectuales, el panorama literario se ha ido

enriqueciendo a través de dos vías principalmente: el

redescubrimiento de obras proscritas durante más de medio siglo, y la

aparición de una nueva generación de escritores, entre los que

destacan los narradores Anatoli Rybakov, Tatiana Tolstói, Vladimir

Makanin y, sobre todo, Andréi Bitov; los poetas Víktor Krivulin,

Alexandr Kouchner, María Avvakumova, Borís Tchitchibabin, Elena

Schwartz, Marina Kudimova y Oleg Jlébnikov, y los dramaturgos Victor

Slavkin, Anatoli Vassiliev y Liudmila Petruchévskaia.

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