23. Eva y la Tierra Prometida
Cuando emigré a la Tierra Ajena, al paraíso del Great Stuff, tuve suerte. Llegué con mi bruja. La traje en secreto, como Abram e Isaac. Salí de la tierra de Caín, igual que ellos. No me confié en declarar públicamente: Esta es mi esposa. O éstos son mis hijos. ¡Jamás! Temí que Amerikka me quitara la vida. Encerré a ella en mi alma y ella fue mi Yesod en el Assiah de Malkut.
¡Muchos han sido asesinados cuando se les descubre con la brujita del brazo, o cuando ella, acabada de migrar a sus ciudades después de abandonar la tierra de Caín, exhibe un trasunto de su belleza ante las tribus de la Tierra Ajena!
Amerikka envilecería el honor de mi Yesod. Soy celoso. La cuido. Me la quitaría como se las ha quitado a muchos. Se la tiraría a los puercos salvajes. Durante el viaje a la Tierra Ajena llevar una mujer consigo es un riesgo. Es una prueba de angustia. Lo mismo que pensó Abram e Isaac lo pienso yo.
Digo a los paisas, cuando predico en las calles, ya que no tengo sinagogas: Escondan sus brujas. Les encarezco que mientan. No digan que salieron de la Tierra de Caín. Les imploro que a ellas se las mantenga calladas. Apresúrense a huir. Vaguen. Sigan su camino. No miren atrás como la mujer de Lot. Las brujas son sagradas. Cuidado.
Y no es por cobardía sino por cautela que aconsejo estas cosas.
El barrio es nuestro infierno. Aquí mueren las palomas. Es lugar a ornis, averno, sin pájaros. Está lleno de cucarachas y puercos salvajes. Si la mayoría piensa on global warming or greenhouse gases y que tales cosas afectan las presentes y futuras generaciones, ¡despreocúpate! A la jodida todo. Son decisiones que no tomarás. Ellos, sí, quienes hacen más barrio tu barrio y te culpa. La Tierra Prometida es un simulacro. Quienes te conversan sobre la Gran Tierra de Libertad y Sueños Realizados, en realidad, te hablan de una civilización muy externa que requiere de escenarios apocalípticos para preservarse. Serás el hijo de la desigualdad, el que menos acceso tiene a todo, a no ser el acceso a todas las culpas y acusaciones. A la postre, tu propio cuerpo en el ghetto, será apuñalado, no por desconocidos, por tus padres y hermanos y los hijos de tus hijos. Y las tierras y culturas que dejaste atrás, también oprimidas por salteadores de caminos y aventureros voraces, serán tu vergüenza, sólo que te quedaste con la añoranza del chile con frijoles y el tamal y te los trajíste para que no sea una migaja tu espíritu, sino horizontalidad primaria, salpicada de folclor y etnicidad.
En Amerikka se ha perdido el sentido de hospitalidad. Nos han cercado. El miedo es grande. El endiosamiento del Becerro de Oro es la religión de la Elite, que todo derecho cree suyo y por lo suyo está dispuesta a crear a fanatical level of patriotism, a devorarlo todo, mentir, difamar, echarse al mundo entero como enemigo.
Como una familia ecomaníaca, aprendemos de esos ejemplos. Ya no queremos a la parentela que huye del polvo de los caminos. Edificamos bardas más alta que las chinas o muros más infranqueables que los de Berlín.
Cuando todo ha sido reducido a barrio, como arrabal arquetípico, ya que venga, bienvenidas sean, las emisiones tóxicas, el aire sucio, la erosión costera, los deslaves, los derrumbes, el gargajo en la calle, el graffiti. Bienvenida sea la cárcel donde tienes entre doce y diecisiete veces más posibilidad de ser recluído como un reo de mala calaña. Todas las disparidades raciales en el sistema de justicia son la parte oscura de ese sueño, por el que quieres pagar. Todo lo dejaste por ser parte de la ilusión migratoria. No quieres a Caín; pero Caín no te perderá la pista ni te dejará en paz un sólo instante. Los puercos salvajes quieren 1,200 millones de reos de tu color y tu idioma, o diablos de hollín, que sean tus compañeros, en la experiencia embrutecedora y cotidiana. Un día te llamará un Vaquero del Oeste y te dirá: «Armas por rehenes», ven a hacerte hombre, «ser todo lo que tú quieras ser», pero, te necesito en Bosnia, en Sudán, en Afganistán; para que no se cumpla la profecía de los Gurús de la Decadencia de Amerikka, según lo entienden Strauss, Wolfowitz y Perle...
Esta es la tierra donde te cobran el Gran Sueño. Te lo venden como un laxante. Esquilman tus bolsillos primero. Tienes que pagar tus fees para cedular tus huesos, tu movimiento, la luz que consumes, el agua que bebes. Vives para pagar hasta por la sombra, porque de eso se trata The Great Stuff, al que llamas Sueño Americano.
Cada quien se cree jefezuelo en su turf nativista. Sacudan sus sandalias. Les digo. No comulguen en banquetes de víboras.
Quien llega como peregrino tiene a los suyos por amos, o aún son los supervisores opresivos en empresas que no les pertenecen. Si se emplea con los suyos, el mayordomo permite aún peores condiciones del subdesarrollo y explotación. En su pedazo de submundo extranjero se cierne el fuego de la hostilidad. Demasiadas son las gentes extrañas, o conocidas, que muerden.
Los coyotes son los primeros demonios en los portales.
Antes que al Valle de Hudson llegáramos, quienes tenemos las caras oscuras, la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales cedió el Charter of Privileged Patroons. La tierra ya estuvo aparcelada para la opresión. Y, por herramientas y semillas, muchos peregrinos fueron recibidos como peones, indentured servants. Los capitanes de barcos y los colonos ya establecidos en las Trece Colonias lucraban como coyotes. Sólo que entonces los jornaleros que venían tenían la piel güera y ojos azules. Los inmigrantes en peonaje dedicaban entre cinco a siete años a la servidumbre, a pagar sus esfuerzos por ser libres en la tierra del Great Stuff.
Venían desde muy lejos y en mejores barcos que nuestra gente que viene a flote de balsas o llantas infladas. O bajo alambres de púas, o La Tortilla. Todos sudaron como negros en su turno con manos encallecidas. Levantaban la pisca, igual que hoy los hombres de piel mestiza. A algunos, ágiles de labios, se les invitó a civilizar a los indígenas con el rollo de los Evangelio bajo las axilas.
Otros, con menos paciencia, con bayoneta calada que apretaron al puño predicaban. Y explica que haya sido así que los prusianos fueron los verdaderos caínes de América. Todavía son la cúpula filistea y farisea en la Tierra Ajena.
En Maryland, los saduceos se educaban a la manera que apeteció P. H. Ottorbein; en Pennsylvania, después de la muerte de William Penn, serían émulos de H. M. Mühlenberg. Los Paxton boys o los frontiersmen de Pennsylvania fueron los sucesivos mata-indios. ¡Rancheros de la intolerancia, caza-mojados!
Habían salido del pueblo de Paxton como niños mimados a gritar en Filadelfia qué bonito se siente matar a estos greñudos. Lo aprendieron de matones de Virginia, como fueron las tribus de Nathaniel Bacon.
El Tratado de 1763 terminó la Guerra de los Siete Años y, en adición, confirmó el rango de Prusia como la potencia mayor de Europa y de Inglaterra como principal colonialista. Richielieu, por destruir el poder de los hugonotes o protestantes en Francia, perdió su prestigio político. Y también llegaron, oh franceses, como filisteos, a la Tierra de Great Stuff. Aquí entregaron sus riquezas y doblaron sus rodillas ante los idólatras del anglicanismo.
Idólatras de virtudes hipócritas y del chingaquedito, se dedicaron a publicitar que en Norteamérica han sido sustituídas ya las instituciones aristocráticas de la Europa caínica y saducea. Que la justicia democrática y el gran plexo de las oportunidades sociales para todos tendría aquí su nuevo reino. ¡Ingenuos, mentirosos! La prevalescencia del turf desmiente ese hecho. Se sigue de bandido, at the turf.
El turf, tu cantón, es territorio de aniquiladores. Zona de la discriminación. El mainstream sigue siendo prusiano en su esencia. El ideal eucrático se sostiene por ellos. A la luz de la superioridad racial, definida en sus términos, se admiten o se rechazan los valores culturales y sicológicos, el buen temperamento, la salud, la inteligencia y el carácter. Quien es sajón, anglo o teutónico, o proclama este mito de limpieza de sangre, goza de las ventajas. Tú estás tan abajo todavía, tú mismo te inferiorizas y les crees y te matas.
Las características deseables de la raza y el origen (que han definido a su modo) privilegian al good looker. Este será el perfecto ciudadano para quien los border ruffians legislarán, al tiempo que les entregan beecher bibles. Pistolas y poder: viva la chota y el ARMY.
Y, en su nombre, los reyes del algodón venderán el sudor de América a la Europa codiciosa. Y los know-nothings fundarán sus partidos. Robber barons and oil tycoons por él se esmeran. The Large Policy es para los dueños del poder corporativo que son good-lookers en conjunto y que como Cornelius Vanderbilt, Jay Gould o John D. Rockefeller, se presentan tan respetablemente. Son triunfadores, hombres superiores, perfectos ciudadanos sin tacha... Y boll weevils / demócratas harán migajas con la riqueza social, apoyarán el armamentismo y cortes presupuestarios para empobrecer a los negros y latinos que en un siglo más adelante, en la Era de Nixon, tricky dick, será llamados pandilleros, inconformes y desadaptados.
En la Tierra Ajena, la jerga de la autenticidad se endeblece con el tribalismo y se evitará que sean aceptados como hermanos los peregrinos de ayer y los de hoy. Jargon der Eigenlichkeit, privilegio de la eucrasia prusiana. Con alabanzas de Alfred T. Mayan, se defenderá el expansionismo, la leyenda oficial de la Amerikka schelsingeriana y que emana de los discursos de Washington, de los bancos de inversiones, las universidades de Nueva Inglaterra y las fortunas industriales del Middle East.
Con discursos anti-semitas del Charles E. Coughlin, the radio's big-mouth priest, el racismo será ritual y pan diario. De Coughlin saldrá como de un parto la Moral Majority. Bancroft, Henry Adams y Richard Hofstander son los perpetuadores del Testigo falso.
No exagero. De Billy Graham a Rush Limbaugh se lanzan las mismas pelotas de cagada. A mí no me engañan. Ninguno sea sentimental después de cincuenta mil patadas que les han dado en el culo. Pagamos más que impuestos, una cuota de desproporcionada sangre y memorias tristes. No estamos en esta tierra de oquis, pero ellos claman por nuestras vidas que destruir, pedazos de nuestras venas una vez que ya han chupado hasta las caspucias que destilaron nuestras entrañas...
Cuando llegamos, en un principio, no conocíamos sobre esta impiedad con sus detalles. No sabíamos sobre el odio que inspiramos. No fue prudente confiar a ciegas. De hecho los que estaban ya aquí, apenas salían y se asomaban a ver el sol. De la pisca a sus barracas, al barrio sucio de sus escondites. Tenían miedo.
Muchas tribus, hoy que el miedo es menos, siquiera abrieron sus puertas al extranjero. Nos cortaron el paso y no tanto por causa de sus corazones endurecidos, sino por miedo... De modo que así se justifican, por rat race, que hubiese una nueva ecomanía y que de muy pocos residentes esperásemos el amparo. Aún así, llegamos y pedimos posada para José, el carpintero, y cantamos villancicos por la Vírgen parida y por la Morena del Tepeyac.
En definitiva, hay un exceso de simulación. El saduceo, inmaculado e higiénico, se feminiza en su búsqueda de su adorno externo y se obsesiona con deseo de delicadeza, mírame y no me toques y su mujer se viriliza por igual empeño. Asusto, soy mala... El good looker se expone como crápula; el good willer como wrongdoer. Uno ignora que caín se ha vuelto filisteo. Todos, en conjunto, son sacerdotes de la xenofobia. Unos pocos dicen que aborrecen las ninfalias y las orgías, pero con grandes rameras se divierten, a todas horas y en todos los lugares. Una ramera puede ser cualquier imagen, aún lo más enaltecido que te venda la telenovela: la patria se vuelve ramera, el capitalismo, la moral, el lujo, el coche, un partido de fútbol, en rigor.
Hipócritamente, asisten a los seminarios sobre los valores de la familia. Discursan sobre la unidad mistificadora que origina el hogar y los hijos adorados. Sin embargo, son perfectos impostores de toda virtud. En cada ciudad, edifican sus templos. Con la boca bendicen. Con la ley coaccionan y se justifican. Con los dedos en los gatillos, reprenden y matan.
Cada uno de mis hermanos no lo será ya por siempre y el vecino del barrio, el habitante del infierno, un día saldrá de sus confines y me mirará con rostro que yo no conozco. Ni quiero conocer. Sin embargo, confírmelo. Cada vez que Abram abrió un pozo en los sequedales del infierno las huestes del nativismo cainista lo taparon. Escrito está en las escrituras. Y yo para vergüenza del presente lo repito hoy.
Para los inmigrantes del arribo más reciente, aquellos que han llegado primero o se han envilecido con el corazón de Caín, se aguardan días de contención. Taparán nuestros pozos por discordia. Y serán como muchos días, quizás siglos, que suceda. Ellos no quieren que haya historia ni memoria. Estarán felices en la cobranza de dos terceras partes de tu sueldo y darte un chiscón en su patio. No hay vivienda para todos. Se rentará un garage y ellos mismos llamarán a la sorda a la Ciudad para que se venga en ira por tus huesos y, pobre de tí, te sacarán, acusado de ladrón. Así de cínicos son. Se burlan. Invocan la ley a tus expensas.
Ellos se roban the electricity bill, te dan el delito por consejo, pero no van a la cárcel por tí.
¡Qué hipócritas son! No presentan la cara cuando la prensa te pone como camote, por cabrón y aprovechado. Y conozco todos sus pinches trucos, su falsa buena voluntad. Lucran de tí y posan como New Compassionate Republicans. Tienen los dientes chimuelos por mentir y pasar por olvidadizos, con manos llenas de salvajina y ventajería inmunda de truhuanes. Son los últimos a los que quiero oir hablar sobre el Sueño Americano.
Aquí, en la tierra ajena, se promocionan los actos de non beligerance. Se anuncian convocatorias abiertas y engañosas. Al parecer, somos la perfección del altruísmo. Es el pretexto para urdir una celada y, a la postre, hacer con el aspaviento de su benignidad, una más perfecta conspiración de pillaje y oprobio contra los que llegan. Con aspiraciones espiritualoides, con lemas democráticos y humanismo puritano o calvinista, los fariseos, saduceos y filisteos, todos en bola, enmascaran sus artilugios y consuman la rapiña y el despojo. Son sofistas que no descansan. Caínes que han endiosado su propia civilización. Su individualismo, su ego. Y los saduceos son la cumbre de los caprichosos y siquitrilladamente sofisticados.
El pozo de tu infierno,
Baal-parazim,
todo engorda en la sustancia.
Todo escinde.
Todo es denso, equívoco, excluidor:
macho y hembra, bhikshu y bhikshuni,
dogma o mentira,
dualísticamente agresor.
Tus ejércitos me partieron en trocitos,
todo lo fragmentan, lo aparcelan
y la dicha, la existencia, la verdad,
son partículas del Derrumbe.
Clasificaron lo improbable, vaticinaron
el destino con dicotómicas categorías
y al que está sediento de barro y aliento,
al que se mece en el yang estructurado,
con perra sarna lo muerden,
con ausencia de alma lo engendran.
A la peña de las divisiones es llevado
y le dan por padre el quebranto...
pero ya no importa, Jehová de los ejércitos.
Pagamos el precio, huímos al destierro,
en infidelium derrota, in partibus...
Por eso yo abro mi boca sólo cuando mi dios la abre. Será por los días del futuro que fructifique mi canto. Ahora ni me jacto ni me lamento. En público, yo y mi bruja nos decimos hermanos, aunque somos mucho más que éso. ¡Sacerdotes del futuro y esposos en la carne!
En estos días desconfío de los sabios de Jahveh y de sus rollos de libros sin hidur. No escucho testimonios sin eduyot ni al que me convoca a La Causa. No asisto a las asambleas ni a las fiestas de tabernáculos por asco de las blasfemias... No quiero mis pozos tapados ni las aguas sucias de Ezek, Sitna y Rehobot. Huyo de la tierra de Gerar, así como de Egipto huyó Abram. Basta que me digan: Apártate de nosotros para yo obedecer; pero, después que se me corra de Gerar, yo diré: Es mía la Tierra ajena. La hallé y es mía.
Escrito está que hallaré el espacio de mi promesa y mi heredad. ¡La Tierra Ajena! Entonces, cavaré una y otra vez los pozos limpios y abundantes. Isaac cavó los suyos después de haber sido echado de Gerar. Hay que admitir el soluto en el hallarse del Dasein.
Yo pinto, con otra belleza, el Da'at de mi éxodo.
Tengo la memoria del mago escondido. Mi ser despreciado es mi deus absconditus.
En la apariencia de lo bello
hay un monstruo escondido,
azar, complejidad, culto repentino,
extrañeza, lógica de guiños impredecibles,
rincones cuyos bordes no lineales se entrelazan
con procesos del ser, bifurcaciones,
intermitencias, periodicidades, torres
que fluyen turbulentamente incorpóreas,
sospechosamente líquidas
como atraídas hacia el lado irregular
de un caos, vecinas de panales fantasmales
y Tortillas, que son muro de discordia,
con su propio fuego, menos dulce
que el capricho y más sinuoso
que el filo de las espadas turcas.
La hermandad sigue ahí, peluda y gacha,
es torpe olvido, pero hermana otredad
con la belleza que tiene perfecta simetría
desde gigantescos espejos de lo desconocido.
Está postrada allí,
fluída, autónoma, volátil
y es la errática viuda, invisible a los ojos,
lado oculto de muerte misteriosa
y vida adversa, pero con gran hermosura.
Sigue ahí, tras la apariencia
de lo ilógico y bello y admitido...
¿Por qué lo mostraré mañana y no hoy siendo que estoy orgulloso de mi dios invisible y amado? Temo a los que se jactan del Great Stuff. Y a las vanidades de especialistas empírico-cartesianos, cuyas normas son Tzedokim.
A programas del av bet din aborrezco...
Decláreme este enigma: Con la quijada de un asno, un montón, dos montones; con la quijada de un asno maté mil hombres.
Ese gran asesino, cold-blooded killer, es el devorador dulce que yo tengo dentro de mí, el que fue cautivo en la cueva de la peña de Etam y llevado en amarras hasta Lehí por los filisteos. Cada minoría con promesa, con luz interior, es un Sansón nazareo desde el vientre de su madre...
Ciertamente, en Norteamérica, el alma nazarea no ha sido formada. Ni comprendida.
Ustedes son muy incrédulos. Filisteos de Timnat. Por esta razón, no por ninguna otra, las tribus pobres, el ignaro y menospreciado sacerdote del planeta, llega de golpe y les expone en sus ignorancias. Electo por dioses más fuertes que el suyo, ellos se filtran hasta sus espacios demarcados y prohibidos por la frontera. Se meten en la tierra de su heredad, la que pretenden la suya.
Estos forasteros provienen de tierras donde no hay gigantes ni príncipes que puedan llamarse los valientes de la Tierra, los pródigos y humanitarios, la flor de Oriente y Occidente. Al contrario, desde las tierras de nuestras procedencias, se les envía a nazareos peludos, gentes quebrantadas por su propio Dios, que es lo mejor que se puede enviar, cuando son ustedes tan soberbios. Un pendejo más, pobre y soñador, cuya cabeza no conoce navaja, es lo que mi dios envía como testimonio.
What the hell 's that?
He's fucking Jew!
Es cierto... Somos los enviados.
Desde niño, me dijeron: Eres excéntrico, eres raro. What a weirdo!
En el círculos de mis interacciones, del colegio a la catedral, del Zócalo al Norte, a versos anuncio la paradoja de la Tierra ajena. Alguien nos despreciará como rivales; pero tercamente convoco.
¡Ya tengo la voz que busqué en un verso! Rechacé la quijada de Caín. Tendrán que criticar el desgarbo, el aislamiento de estos hijos peludos y salvajes (¡qué más romántico que su soledad!) y la gris presencia de su devenir; pero los juntaré a todos y seremos fuertes, unidos somos fuertes...
Aquí pueden llegar los sedientos
de ideales, los cansados, los hambrientos
de cambios y direcciones, aquellos en fuga
de jolgorios, tedio y oprobio, desalentados
por tanta recholata, incómoda, vulgar y envilecente.
¡Navegantes con hambre de futuro,
conocedores de la oscura noche del alma,
compulsivos outsiders, realengos
(pese a la afinidad social y compasión al grupo)
aquí es la cita.
¡Vengan!
¡Se servirá del néctar de la Diksha!
Aquí se beberá la amrita gratis,
por gusto de transición contínua.
Hebe se inventó la resbalada.
Se ideó los túneles raquídeos.
Tropezó con el chasco
y repartió el deleite
de las copas sagradas.
Esta es la tala.
Aquí llueve el ritmo sobre la calle mojada.
Se lubricó un pedazo de cultura.
Se está en riesgo de recibirla en kundalini.
Anus en mole, átomos del aceite más puro
en la superficie del quiero y no puedo!
¡Caer de nalgas, levantarse
y despedirse,
ab irato!
Se denuncia, empero,
la incomprendida hebefrenia,
demencia precoz de cada pubertario:
¡la chiquilla está emputada
con tantas rascazones y martirios en vano!
Comecandelas, anarquistas, ilusos,
inmaduros, quijotes, chalaos
de todo cromo: ¡vengan a tiempo!
Los todavía insatisfechos con las cortesías,
incrédulos, no convencionales,
los que ladran hasta morder del rabo
remilgos y ortodoxias,
¡aquí es la cita!
Vengan por su nuevo sentido de individualidad.
Si están introspectivos por la luna nueva
y se les llama apopléjicos, turulatos, heboides,
zopencos, vitocos, idiotas, pendangos,
¡enteráos!
Hebe se inventó
la rapada de coco,
el desgreñe,
la piojera,
el cartel provocador,
la iconoclasia.
Ella quemó el sostén
y tiró las pantaletas a los perros
y las águilas y los voyeristas.
¡Y le vale, le vale, le vale
tres cochos y diez remiendos!
porque ya vive sin mea culpa,
sin complejo, sin bochorno.
El susto ya pasó.
¡No cayó en balde!
José Clará y Ayats
(que es mi amigo en el mármol
gritó: Juventa Vive y yo, con él, pigmalionaba.
José Llimona resolvió el Deconsuelo
al mirar la carita de tan modélica nymphette.
Creo que los tres la amamos cuando cayó
tan larga es y cuán cortamente fue vestida
entre las santas mugres del comportamiento.
En fin, que nos gozamos
las vasijas hechas trizas
y a Hebe que brinca,
que patalea,
que despotrica
y, por cuya causa, fluyó líquido
de eterna juventud a nuestros pies,
lavándonos con su tibia jalea de vulva
y agua celestial de luna llena.
¡Mentira que seamos enteomaníacos,
partida de vulgares voyeristas, yo y los cheos,
taumaturgos en la pedofilia del cincel!
Fueron devas que nos dieron
de la Gñana inaccesible
... un momento tan solo,
un instante,
y salimos del microcosmos,
dualístico y externo,
es decir, del agüite de estos días
sin mínima poesía
hacia la puerta de escape del samadhi,
donde Leda y el cisne
nos agarraron la polla.
Otros la culparon, ¡pobre Hebe!
¡Qué anárquica, qué torpe, qué imprudente,
qué excéntrica, qué impúdica, qué pelos!
Las copas son divinas, se quejaron.
El vino es ambrosía, mil años añejada,
gota a gota
(¿y ellos qué saben?)
Pero nosotros, por devas devorados,
la quisimos más, la descubrimos,
la deseamos; la sentimos
en los lícuos arrecifes de las perlas
y en todas las tormentas de los polos,
así y tan punky,
tan guácalamente impredecible
y taruga y adorable
y la gloria hecha pendejera
por tanto musgo y limo pegajoso y barranqueras
de su cuerpecillo de hidríade,
(supimos de su trotar de potrilla mañera
y de sus ganas de joder por amarnos.
No lo sé, no me importa, ¿qué más da?)
Se inventó el acomodo reológico del prâna
en nuestras copas... ¡es lo que vale!
¿Por qué con su salto sin pértiga hacia el alma?
Rara avis in terris, entre castas de rajputas,
así lo consumó, sin marometas
de tambores siderales ni torbellinos
de peroratas necias.
Fue el acto simple y súbito
por llevar las bragas en agaches del tobillo:
y, ¡qué obra maestra! cuando a címbalos
hizo un revoltillo con mi aliento y se inventó
the dishonest exposure.
Y los coros de ranas, pargos y guachinangos
(«comediantes» del Agora,
como Nietzsche les llamara)
vieron su ombligo y dijeron:
¡Qué asco!
y los prosudos sin raquis
se hicieron bolas a la vista del cóccix,
a la revelación de su magno coñazo.
Así es la turbulencia natural
de 50 billones de básicos instintos.
Los pobrecitos de hipotálamo,
santiguándose entre ellos, pidieron:
¡Que sea sustituída de inmediato,
cubrid su endija,
tapad su nalgatorio!
Y los rebaños de la sadhana a Ganímides
ofrecieron el trabajo y él fue por las copas
de cualquier bebedizo, trago amargo...
mientras Zeus hizo vitatrones con el ego,
because the show must go on!
Entonces La Ballena se llenó de gurudevas
y la flor de loto se destrozó sobre las lozas
y, siendo todos, amantes de utensilios
y mundarros cautelosos y códigos de moral
y gestos previsores, a Hebe la vistieron de hopalanda
y los pobres faquires le obsequiaron taparrabos
y las mojigatas ofrecieron sus velos
y alguna veterana comenzó una plegaria
en tiempo extra y fue cuando dijimos:
«¡Nos jodimos!»
DIzque su hermano, argumentó:
... Ven a la trincha
y verbalizó del shrutis su odio a la pudenda.
Fue que vimos el ojo más caliente de la hornilla
y adivinaron la katutsha en medio de las cejas
y fue que los vellos horizontes púbicos de Hebe
parecían avionetas y volaron como arañas al tejado
y por su tamal se reveló su doble torta
y el hazteallá se quejó
¡Qué extravagancia!
ya que su clítoris fue tamaño escarabajo
(¡qué carnoso hesperidio para chupar en privado!)
y sus nalgas, dos joyas, duplicado deseo al chintamani
(¡qué joyete! házme el favor; yo me lo llevo...)
y los richis se purgaron el nabo
como obreros del pulmón llenos de cuitas
y se vinieron cuando apenas se habían ido
y los chelas, bebechelas tan chalados,
sustituyeron la amrita por chicoria
y esa noche salieron vomitados
por acusar a la flor inmarchitable
cuando Hebe los puso parejitos,
inventándose, en fin,
que la corrieran.
Así, tan desmadrosa, fue su Diksha
(y la nuestra). Quiso irse sola.
Salir por el ojo invisible de la esquina.
Verse renunciada de estos puercos de kama
para quienes la noche de La Ballena fue chasco.
Mas, digo yo, Hebe fue
lo mejor de miles de ocasiones:
relámpago en la matriz del mundo.
Se quitó el mandil y quedó en cueras
y lanzó la copa del Olimpo sobre el hombro
y cayó redondita como jarro de OM
que flota con su gracia y se arrenja entre olas
como loto en el cieno
o la nenúfar sobre colcha de espuma.
¡Qué agasajo lunar, qué wahine!
Hebe cruzó hasta la salida de los baños
porque su padre la aplastó como a una mariposa
y dijo, en voz de trueno:
¡No sirves para nada, niña!
Esta es la senda renovada de Hebe.
Sígala el que oye el sonido primario que ella invoca,
el que guste que sus pies sean refrescados
por la espontánea viña del ritmo de la lira.
Aquí es la cita y vengan todos,
excepto el hazteallá,
el bufón de precauciones saturninas,
el déspota, el sabihondo infalible
con cerebro de bula y privilegios de papa...
(Basta que existan en los jolgorios del artha),
aquí que no vengan,
ni consigo traigan a los gananciosos,
satisfechos de quemón,
ni a los veristas académicos,
asalariados sin AUM,
ni a los remendones de posibilidades al azar
ni a los puritanos, cantores de puranas.
Que vengan mejor los de sucios pies
porque aquí, donde Hebe está,
el supernéctar es agua
y canción de torrentes,
revolcón de olas,
rock del salpiqueo,
estrofa de lluvia fría,
derrame contínuo, bautismo,
estanque y ánfora de versos,
sangre de profecía y vida,
ritmazo de meada, disparo de semen.
Lo mejor del caldo, la saliva,
el sudor, la adrenalina
lloverá sobre el cuerpo y desde el cuerpo
y el manantial será mano y pies
en pos de las doncellas y la ninfa irá
en pos del varón que ama y comprende.
Aquí se riega ella, Juventud,
y con ella la regamos.
Las ninfas chapotean
y Venus trae el pomo hecho trizas.
Juventa se rebela contra renacuajos y guabinas;
pero algunos, sumergidos en gozo por su causa
y, por susto de su regazón,
en su lugar,
llenos de pelos y vibra,
aplaudiremos.
Cortaremos su paso.
Con ella y por ella, larguémos al tubo,
a la cloaca, al desmadre,
a donde quiera que se ubique su carajo.
Ella sí que es ambrosía
para los que escuchamos la lira de Apolo
y el canto de los manantiales.
¡Con ella, somos como ella!
jóvenes, desafiantes, enérgicos, impredecibles,
orgullosos, candidatos a otros oficios, lugares y ciencias,
donde el amor echa pelos y se cuelga de la estrella,
y danzamos así con las musas y las Horas
y vamos a las islas encantadas
en aras de las hembras de los mares
y salimos de La Ballena
¡despedidos!
pero llenos de porvenir y dignidad.
Ay, fíjese que me acuerdo que en la Universidad Iberoamericana, yo tenía el pelo largo como Sansón y una niña fresita me dijo: Are you a rock star?
Doctor Maltzman, yo soy un inmigrante. Desde la otra orilla, con la mano izquierda levantada, yo y mi bruja seguimos el camino derecho del índice Aralot, y vamos hacia otras tierras. ¡Vamos a chupar de un prepucio de abundante savia, un río de leche y miel!
El semen canta, como agua que se desborda y se desliza entre rocas. Y ella, la bruja, es otro lecho de las aguas, el chocho terreste, hembra y ciudad del porvenir, porque sus hijos serán de otra ley que los caínes no pervertirán. Vivimos al amparo de la Luz Perpetua, ner tamid.
La mujer es la hermosura del sacerdocio, su origen necesario y creador. Ella forja todos los escondites para que juntos sobrevivamos. Ella cuida la Kodashim.
Ella es un dulce mesón.
Se mece trayendo en sus manos
una copa de prana hasta mi mesa.
Sus pasos cuelgan en la gracia.
Cuando se aleja de mi espacio
yo sé que ella es algo más que la fugaz partícula
(es concreación hadrónica).
Su amor es permanente,
su presencia inefablemente deseada.
Hágase ella, amor humano,
let there it be! Let Leti V-ictoriosa!
Se me antoja más que el mole.
Me gusta que exista su tamal en mis cumbres.
Con ella comeré partículas de encanto.
Beberé su vía láctea
su lluvia sideral... ¡será mi gozo!
¡Cómo mece sus pezoncillos cuando camina,
chozpa en mi aramio, danza ante mis lebrillos!
Voy al mesón por verla y mis ojos son mecidos
como puertas de hostal,
¡me encanta su coquetería!
Hoy me sonrió, misteriosamente,
dio señal de promesa, seguro que me quiere.
Voy a recibirla en ese paraíso todavía secreto
que se llama el Campo de Higgs.
Mi casa es su casa hasta en la incertidumbre.
De mis meseritas favoritas, ella es una:
la más pura, tierna hasta en el rabillo de sus ojos.
Graciosa es su nariz, con la cual habla.
Todavía huele a Acapulco,
a vírgenes palmeras, a cocos jamás mordidos,
a senos jamás chupados; pero ¡qué espigada
esa espiga del amor, esa dura masa tan protónica!
Me imagino ya... yo y ella
en la Laguna de Cayuca
donde su sexo es fauna silvestre
y poblaré sus cielos púbicos con pájaros
que una vez canten, se multiplicarán en su monte;
trinarán encendidos sobre pequeños islotes
y serán tales el estuario exótico que me provea.
De seguro, cada célula de su piel
es húmeda, tersa, fresca, incontaminada.
¡Y qué laguna de tres palos, al penetrarla,
explorándola yo, de esquina a esquina,
con aves de mil especies y colores para soñarla
con empirismo deleitoso y acceso mutuo
a los cielos que tenemos tan adentro
cuando amamos, cómplicemente voluntarios,
lúbricos, cochinamente evolutivos!
Con mi rodilla derecha, abriré sus entrepiernas
para sorprender el escozor, su químico lenguaje.
Su tersura amaga con ricos hormigueos
y comunica antipartículas que son amparo
del equilibrio térmico que cruzan intersticios
del espacio al 99.9% de la velocidad de la luz.
«¿Qué da estructura al vacío», me pregunto
cuando elevo mi hadron collider
al agujero y empujo ricamente
hasta los puntos de sus internas fosas
o estructuras vaginales?
Con esta niña, sabiduría de mi erotismo,
se maja al amasijo de protones;
se desgranan como avellanas,
duramente golpeadas
(los protones sueltan al quark y al divino bosón;
los antiprotones surgen con su olor de shalimar
para mi olfato y mi lengua los cata
como si fueran la vainilla de Papantla
y mis labios se relamen
desde ahora y para siempre,
como si reclamaran el rictus de una mermelada
de fresa de Clemente Jacques!)
No me interesa Acapulco sin tí.
Aquí me tienes porque estoy contigo.
Tus playas, no son turismo de estampa,
tus playas son para mí lo que eres tú,
palmerita humana, femínea silueta, besos húmedos.
¿Qué más esplendente campo que tu cuerpo silvestre,
tu mestiza tibieza de laguna, qué tres palos
más anhelados que los que son posibles
cuando agarro tu cintura y echo ombligo abajo
tu calcetería de Cannon Mills,
incluyendo las likras spandex de tus bragas
que se vuelven medias para que tus muslos
no sean friolentos, sino calenticos a mis manos?
¡Ay, me vuelas los ojos y la tapa de los sesos
como si fueras tú mi proton smasher,
por eso no te voy a despertar...
Estaré viéndote, desarropada sobre el lecho,
hasta que no puedan mis manos contenerse
y tenga revolcados, por giros isotrópicos,
mi vocación de clavadista temerario
y me lance a los riscos de tu cuerpo
desde una altura de picacho coralino,
al fondo de la insondable y oceánica
tersura de tu cuerpo!
Madruga a gusto, Leti,
descansa, yo velo;
mantrizo, let there it be! Let Leti V-ictoriosa!
quiero tu campo de Higgs,
tu espacio más íntimo y sereno.
Siempre ha sido de este modo. Antes, cuando fuímos de Caín, cazábamos, vivíamos de matar y no sabíamos otro oficio. Eva probó el fruto prohibido. Eva inició el proceso mágico. Ahora sacamos de la tierra los frutos escondidos. Ella nos dio la mente mansa, el vuelo del espíritu, la paciencia del que sabe que el alimento se halla en el sol y en las blandas superficies, donde el agua profunda origina, reprocesa y forja el pan y el pescado.
De la mujer es la iniciativa civilizadora. Si no fuera por ella vendríamos a matar, a robar, a apretar las tuercas de gandallas con nuestros primitivos métodos de profanación y ultraje masculino.
Es que, sin sacerdocio, somos unas bestias. No subiríamos al Monte Sión como paloma mansa. Bajaríamos a las charcas sulfurosas desde El Paso, a los pastizales quemados, sin adytum, a los barrios sucios, sin defensa y sin tradición. Nos iríamos al ghetto voluntariamente a cultivar la ideología sobre cocaine gangs & Great Stuff.
¡Aún nosotros allí, in a ornis, los más pobres y profundos, estamos armados de la quijada de la agresión!
Con la quijada de bestia, Caín mató a su hermano y la tierra se manchó de sangre. Si la sacerdotisa peluda nos quitara su ayuda idónea y, por cuenta propia, nos abandonara, ay de nosotros... Los nómadas de alma patearíamos muchos culos. Incluyendo el suyo. Andaríamos armados hasta los dientes. Odiaríamos la domesticación, la autodisciplina, la búsqueda solitaria de la Verdad, la caridad y la comunidad de bienes. Volveríamos al rito cavernícola, al culto de la fuerza bruta. A toda la idolatría del chemarin.
Seríamos ecofóbicos. No será así. No. Esta vez ya somos diferentes.
La mujer nos hizo personas. Nos dijo: Andemos mansamente porque quiero parir. La mujer, con matriz episcoménica, fluyó como miel de una peña y sus ovarios se abrieron. Nos enseñó a estar solos; la magia de ser íntimos y pacientes. Y ver nacer a los niños y hacerles piojitos...
A ella, sobre todo, pertenecerán los valles, los pozos dulces y las quietas ciudades. Nos crece y multiplica.
Ella dijo: Soy Beula, vagina... y, en cuanto tal, rendida y abierta a las campiñas interactuantes del cuanto, ella da manifestaciones momentáneas y abruptas al Ser. Brincamos la barda y ya no somos como lunas áridas para la tierra, sino la luz menstrual y fecunda, hijos de soles y de lunas.
La esposa del inmigrante es un templo. El esposo por ella dejará la espada y formará el hogar. Ella es el altar de nuestra identidad perfeccionada. Ella es el tesoro.
Para un judío errante, en la carne como soy, mi bruja se llamará Malkut por siempre y su divina presencia, madre del mundo, es Shekinah.
Callada está mi geografía visible. Tengo dudas. Soy el carpintero de la calle. Mas, ¿por cuanto más callará el grito de mi carne, mi sephiroth?
¿Será posible que yo esté equivocado?
Sí. Lo es. Hijo del astro, te dueles.
Se piensa torpemente muchas veces
y el desvío se hace trazos por angustia.
Equivoqué con pretextos
una gran porción de mi presencia,
hablándole a usted como a mí mismo
con lenguaje que desoye y se pierde,
que sigue la pisada oscurecida por la noche,
vencida por la luz antes del alba originaria.
Por eso estuve solo en instantes sin ventanas,
en madrugadas sin pie ni cimiento
y creí que daba compañía, o generaba instantes
cimeros, voces más públicas y solidarias
que mi puño y mi página, creí
que inventaba mi ser y mis círculos
en plexos de geografía verbal, fecunda;
pero tercamente pervivía; el sentimiento
es más profundo que este hallazgo
de lenguaje inútil y que este afán
de hacer humano lo privadamente susurrado
por mi boca o públicamente dibujado
por mis dedos.
Aún hablo de cosas que han paseado
por escenarios invisibles, mis ríos mentales,
mi epinefrina. Salgo a la calle
para hallarme en sus voces y descubro.
que los poemas no sirven para nada.
Claro, ni salir a la calle dando tumbos
porque hemos tenido verdades sicológicas
como útiles a la mano, carpinteros.
Cuando más cautivo estuve
en este cavilar, sin fruto, una porción
se halló en tus manos, Beula,
y dijíste es mía, la cantaré a tus hijos,
la diré a los vecinos, la exploraré
junto a tí, cuando añada mi voz
a tus horas muertas,
al asueto consolante
con que piensas y sufres.
Es tu hemisferio ulterior, tu geografía
que trasciende la rutina del ahí,
háblate en poemas en esta tierra del mazzal
que desconecemos aún, háblame a mí.
Yo me oigo en tí.
Estoy atado a algo muy sentimental. Tengo pasión por mi mazzal, que es mi estrella. Antes no tuve nada que perder, sólo la quijada con que maté a mil hombres. Todavía puedo perder la vida, el cuerpo, ya que así lo entendió el guerrero que de la vida supo su precariedad, su lucha por mendrugos, su acción y sus causas tribales. Ahora yo tengo la vida de ella, su cuerpo celestial, y sus metas, junto con las mías. Yo llamo a ésto mi iluminación: mis ojos abiertos y mi sed de soles. Se vale escribir poemas y aullar a la luna, sí. No me averguenza ya.
No tengo que mirar mi ombligo ni canturrear ni temblar como the shakers. No creo en la Avena Quakers, gracias a Dios. Ahora que no se me desampare depende de la bruja que vive conmigo y mira a los cielos. La protejo para que no la ejecuten en las hogueras. Borraré una y mil veces su nombre del Malleus Maleficarum.
En Salem, los custodios de virtudes, con las manos en alto y los aleluyas en sus labios, despreciaron a las brujas y los televangelistas, platique y platique, las cazan todavía si son suficientemente hermosas para sus secretos concubinatos...
¿Qué tal si Jimmy Swaggart, por mi negligencia, sedujera a la bruja que es mía y la ganara? Yo no lo permitiré. El es un fornicario, no es mejor que todos, él un santurrón siquitrillado, especie de sátiro de lo pior.
¿Y qué onda? Y yo por pendejo, ¿tendré que creer su fachoso pietismo y que se la meta monga a mi mujer y a mí?
Que se vaya a freir espárragos.
Una aclaración. No todo forastero trae una bruja. No todo inmigrante es forastero con espíritu de luz. El forastero tiene por alma, su mazzal, sed eterna por alguna una estrella. Más alta que cualquier estrella de las que se estampan en las bandera de trapo de cualquier país. Viva el mazzal y la maicena...
Todo forastero es un mito en sí mismo: un judío errante, un hebreo que cruza ríos, en cuya alforja (puede que haya el signo de hambre físico-social, pero no oscuridad). En su alma está una plenitud más ancha y generosa que la nación que pisa como inmigrante.
En vano, será que les pidan que muestren los documentos. Que se requiera que sus nombres estén escritos en el libro oficial. Que tengan sus números. Que sigan los trámites de las oficialidades normativas. Que seamos identificables por los colores de la piel. O por el oficio, el origen en el árbol de Caín, o por el lenguaje de Babel, el culto y el linaje con que vestimos al ser.
Donde estás... ahí, esclarecida,
es tu orientación objetiva de cosa dada,
tu puesto originario; ahí donde te ves, existes.
Nada, nadie que te deduzcas permitas.
Dáte pura, desnuda, mostrada,
inconceptualizada.
Aparécete tal como eres
para que te distingas de lo imaginado
y lo admitido inapropiadamente.
No todo objeto es real
ni es un ver en general, positivista
que coincide con el objeto aquí o allá,
ahí donde te encuentras, tu ahí,
Eidética mujer, intúyete
y que nadie te confunda.
Avanza sobre tí misma cada vez más fina
que la arena de los sequedales
y que nadie te vista con el abrigo
que no te pertenece por tan sólo
accidentalidad del deseo
o el sueño posesor de los platónicos.
Nos solicitarán que ocupemos los barrios juntos con sus cucarachas y puercos de goyyim. Y los campamentos. Y los ranchos de granjeros. Y que algún amo de la Tierra Ajena diga que somos los jornaleros fieles y mansos.
Y todos jugarán, chuecamente, por cumplir.
¡Menos yo y mi bruja!
Hay jornaleros que ya traen sus documentos en orden, su bandera, sus himnos, su patria, sus gritos, y van quemando en las calles lo que han conquistado como parte de sus revueltas, o como mérito por sus rendiciones. Entonces, por desgracia, creen que ya no son forasteros y que son parte selecta del paraíso del Great Stuff. Y es, de entre ellos, que los saduceos de ojos azules es reclutarán a los intermediarios y los mayordomos de sus blasfemias.
Los poderosos no se engañan porque los primeros les informan quiénes son los que llegan... y los inmigrantes, en estos tiempos, tienen cierto twisty look de pendejos felices o soñadores apendejados. Han cruzado bajo los puentes como las ratas, se rasgaron las nalgas bajo los alambres de la frontera y se mojaron el culo en la pesca de The American Dream, saben lo que les espera en la tierra ajena por la falta de legalidad y documentos, y es innegable que traen el rabo entre las piernas.
Estrenan por tal razón sus caras de zonzos.
Se aprenden las mañas de estar In Shit States of America. Chatty, but happy, jodido, pero feliz.
Cuando la realidad ha sido evaluada y se observa que ya no se anhela compartir con los demás (porque las tribus filisteas son agresoras y ladronas, aún más que los saduceos y los fariseos), los forasteros aprenden a huir y a esquivarlos. Estos son los inmigrantes que triunfan y hallan la heredad que fue prometida a Abram. Ellos sí triunfan porque nadie los contamina. ¡Solamente ellos y sus almas, solos en el alma, pero unidos por mazzal!
¡Los otros no!
Generación tras generación, los imitadores se transforman en hostiles represores, policías, histriones y mayordomos, en servicio de los buitres de Caín. Los inmigrantes más necios copian el ejemplo del niño travieso y mimado que ha sido designado oficialmente como el heredero pasivamente asimilado del Great Stuff.
Tratan estos mestizos de alma de ser como ellos, juniors... y se maquillan la cara feamente para sentirse cool, asimilados y aceptados. No se imaginan que imitan a los salvajes que se creen civilizados; que se afean, siendo bellos, adquiriendo los disfraces de estos tardíos hell's angels que espantan a twisters.
¡Pobrecitos mis compas! Siempren terminan expulsados. No sólo la placa y la migra los expulsa («turf out»), sino que los destruye («turf off»), al rivalizarlos con los suyos. Se matan entre ellos.
¡Doctor, el pueblo mío no necesita homicidas filisteos ni de los mayordomos disfrazados de institucionalidad!
En los barrios, aprendieron a matarse entre ellos mismos, a tirotearse sin propósito alguno y sin piedad, se venden mota, se roban las miserias de sus cantones, engendran más morlacos con sus propias chamacas, abandonándolas y vendiéndolas como si fueran flappers y barraganas... Nunca está demás que lo mencione.
Somos the twisters y, como tales, proscritos illegal aliens. Somos los nuevos feos y culpables de toda epidemia. La otredad extranjera, sin mérito. Sin embargo, algunos de los que aprendimos a ser forasteros, protegemos la luz propia y somos incrédulos; mas, otros que son la mayoría, venden el bodrio a su opresor por migajas de tolerancia y cariño.
Al Gran Inquisidor lo llaman padre, benefactor y protector de sus vidas, y menosprecian a su hermana y a su esposa por las verijas de alguna inmunda marrana que habla inglés y tiene un coche del año. Entonces ya no tienen otro sacerdocio que la fornicación con los ídolos de Asera.
¡Ah, yo jamás! Mi bruja no lo permite.
En la zona de confrontación, ella y yo huímos de las provocaciones. No andamos con pandillas. Al que se jacta digo: con el culo te lo comas, al que agrede, que tu madre sienta las patadas como yo, al que golpeas... y me voy con mi dolor a cuestas y mi tesoro secreto.
Este día, triste como es,
tiene los ojos grises de una aparición.
Un rostro más real que la molécula
con su resplandor que perros ajota
a muchos de los soles fugitivos.
¡Cuántos ojos grandes como ésos
he dejado de ver sin poder sonreir
desde mí mismo porque existen
en la raíz de la tarde
y son testigos de alegrías, inverificadas!
En este día, mitad perdida en otras voces,
¡soy feliz a pesar de mi irresolución
y mi angustia vacía!
Tan fácil, en apariencia, que sería
ir corriendo a tí y abrazarte y darte gracias
por tus ojos grises y profundos.
Tu mirada es un milagro de la noche.
Hay dos grandes pandillas en Norteamérica: ellos y nosotros. Pero yo no pertenezco a ninguna de los dos. Ni a la pandilla triunfante del Establecimiento, con sus jueces y policías mimados, sus empresarios y ejecutivos mimados, sus gobernadores y educadores, predicadores y estrellas de cine y televisión... en la chingadera del consentimiento y el éxito cabrón... Tampoco pertenezco a la pandilla de los marginales, resentidos, fracasados, con la estima personal en entredicho, y sus almas mordidas por las ratas.
En suma, doctor, siento este dolor inmenso por América, por el pueblo mío en su noche de Gran Tribulación. Mi pueblo pocas veces participa de la burocracia mimada, o de las vidas palaciegas, o de los grandes templos, o de los sueldos de un millón de dólares o los bonos aún mayores. ¡Pero los niños mimados se pasean en carísimos coches, mientras yo tomo el bus y cavo mis pozos!
En la cultura de la chamarra de cuero y la motocicleta, el flapper seat es para la hembra étnica, seducida, destituída y raptada, de su comunidad por el hijo del supremacista que le impone su remedo de placer, sus normas de acomodo, su lugar de segunda dentro del territorio de primera, donde se trafica y controla el Great Stuff.
«... viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron para sí mujeres, escogiendo entre todas». (Gn. 6:2)
Mi bruja, ¡alma mía! es una de las hermosas hijas de los hombres y yo soy uno de los hijos de la cepa de Sem, hermano de Cam y Jafet. La niña de mis ojos tiene sangre de valientes. Quien se la quiera culiar tendrá que ser más cabrón que el amorreo, o cualquier nefilim, que son los gigantes de la tierra, según el Génesis 6. De modo que yo sé contra quién contenderá mi espíritu, ¿lo adivina? ¡Con gigantes incircuncisos!
En la existencia
mi fe se mece, se aferra del desfiladero,
se colapsa, oscila su certidumbre
con voz de constancia inacabada
y anuncia, como sospecha iluminante:
Que el Universo surge de la nada
y que la nada es la fe misma,
oscurecida, frágil como el gozne
de la enramada cósmica.
Mi fe no desaparece, aún no.
Se angustia meramente,
se viste con vocablos extenuantes
y se refugia en este mundo
que alcanza medianías, nivelación nefasta,
porque las leyes de regularidad se admiten
con miopía, se mezclan con olvido.
Mi fe revienta, se congela, salpica
y soy en el Sé-del-Uno, vapor de esquema
y hielo de sus charlas dispersantes,
por exceso de fijeza, ¡qué fantasmal,
tú, fe, piedra de arena, castillo ventisquero
de epistemas y lugar común, gramática parda!
Te aplacas, me enajenas,
y aunque quiera salvar algo
con alquimia fracasada,
¿qué cosecho de tus feroces algoritmos
si desconozco las condiciones de tu origen
y no quepo ahí,
por singularidad demoledora?
Al núcleo desmembras, hijificas
protones y neutrones que huyen en pos
de victorias sobre las simetrías
y yo amaso pan con luz, siendo tan ciego
en la mar de leptones.
Invoco el universo abierto
como si la memoria careciera de agujeros
y todo se eligiera por razón sde olvidos
y raseros que no van a contenerte.
Por eso, asesinas las simetrías en las sombras
y geometrizas como rey o reina que comanda
las batallas siderales
con guiños y protones,
con gesticulaciones anisotrópicamente brutales.
¿Qué clase de fe has pedido, monstruo,
Monstrua vírgen, Ceres sin seres como tú,
que precomprensión requieres del ser
si has buscado mi aliento para naufragarte
y la inteligencia incorpórea
apenas sobrevive si no eres Ceres
con el trigo de los poros y del hambre.
La Existencia deviene tan mezquina,
si me ignora y es la fe, su oscilación discreta
en el origen, su rabieta en desconcierto...
A ella, mi bruja y mi voluntad, las defiendo del populismo guevarista, el mito de Zapata, los payasos y los soñadores de largas melenas, precursores de novves y yuppies. Sencillamente, no creo a los rebeldes y zarrapastrosos de ayer, por más beatnik que sea y más hippie que fornique o se jale el porrito de mota.
No se trata de que yo sea contrario al Mensaje de la Flor o los cantos de paz. En la calle, yo me mezclo con los werdies, parezco uno de ellos. ¡Uno más! Me etiquetan con el estigma que mejor les conviene. En las esferas del poder y la publicidad, el que disiente o se queja, con razón o sin ella, debe pagar este precio, el ridículo...
Puede que yo sea demócrata, liberal, pluralista, ¿pero qué importa? Me quejo, alego por otros (y, ¿por mí?), en favor del pueblo mío cuya patria es «anticipo del orden por el espíritu; la esperanza indestructible de lo mejor», entre los que convivimos una geografía con el mínimo de egoísmo y enemistad...
¡Qué ridículo! Nadie quiere, o ha querido oír. Mis palabras son más profundas, menos egoístas que las suyas...
Vea lo que ha sucedido por causa de mi predicación. Me trajeron a su oficina como al cuartel con esta acusación de que... soy esquizofrénico... y que pertenezco a alguna pandilla del Barrio Logan.
No es verdad. No pertenezco a ninguna pandilla. Yo, en la casa de mi hermana, estaba leyendo los periódicos y me dio asco porque mi pueblo se está matando...
La bruja me completa la Ciudad Deseada. Desde su otra orilla, erecto y duro en el misterio, me sumerjo en la gracia de sus brazos. Me encimo sobre sus muslos, eyaculo el sâdhana y me derramo en el shûnyata. Entonces, borramos los géneros, los fenómenos, los sexos, las falsas glorias de los módulos ajenos. No hay marido ni novia desposada.
En el cuerpo de mi ciudad, no hay paradigmas temporarios de ventaja. Es la tierra de Ammi, el pueblo mío, donde habitamos. No hay historia amarga, sino la constancia de la velocidad iluminada del Absoluto. Adquiero una estrella en la bandera del Infinito, no en los trapos con 50 estrellas sin fulgor que ustedes cuelgan de las astas.
Yo digo: Es mi hermana...
Y ustedes no entienden. Me juzgan con sus disimulos extorsionantes. Desconocen que aún el infierno del suburbio y la ciudad en crisis está poblada de ángeles. Sí. Imaginan que soy el ángel Raziel que vine de mojado. Adopté ese nombre, me gusta más que Pedro Enrique, que es el nombre de mi papá. Ya no soy Pirri. Soy Raziel Valdez.
Todavía yo callo. No puedo contar a usted todas las cosas que aprendí, ni tantito gracias a sus consejos. ¿Ah? Me dijo Alma que le diga, gracias por curarme, gracias por su paciencia, gracias por su amabilidad, gracias por su comprensión y gracias por su perdón, porque ella dice que yo le hago la vida de cuadritos a usted por sangrón que soy... bueno, anyway. Thank you, doc! Pero con usted no he aprendido ni mierda.
A la inocencia condenan. Vayan al ghettos. Esta nación mimada, con tribus salvajes, no es la ciudad de mis anhelos. La violencia contamina todo. El discurso hegemónico del siglo es la vanagloria, la propia exaltación, la conscupiscencia de lo externo, la auto-indulgencia y la malacrianza... Yo no vine a Norteamérica para vender mi sangre por un pedazo de pan. Yo quise ser manso y noble, sacerdote junto a mi amada. Yo vine por la Hija de Sión. Yo vine por la tierra de Ammi, el pueblo mío, pero he encontrado sus lujurias agresoras.
Usted dirá que Amerikka es una nación joven. Es la Nueva Tierra, ufana de la belleza de su poderío. Es la nación que se mima a sí misma y es mimada por el mundo. Es la envidia del planeta... Empero yo, que escucho otras voces que usted no escucha, veo que el extranjero pobre que se filtra en Norteamérica, con su dolor a cuestas, les prueba y, entre ellos, llegamos los sacerdotes del Libro de Esplendores.
Y, cuando escuchamos el llanto, el eco de las calles, preguntamos: ¿Cuán sólidos son sus cimientos, Babilonia? ¿Dónde están los fuertes de tu victoria, los generosos, los bondadosos y creadores de prosperidad, the Good willers? ¿De veras son mejores que el pueblo mío?
Vine a mirar tu rostro, América, y el ánimo de tu pueblo. Como todos los pobres, dije: Recíbeme que traigo el mensaje del Gran Mediodía. ¡Tierra de las grandes oportunidades, vitrina de la democracia y la libertad, os saludo!
Tierra de promisión para los hijos de la diáspora, ¿qué harás con los niños que penetran por las endijas, bajo contra-portales traseros, como ratas y cucarachas, con esos que huyen de la noche del mundo en los Días de la Tribulación? ¿Qué harás con los que creen en tí? ¿Qué harás?
Dijeron que todo lo que es hecho en América es bueno. Aquí se celebra la calidad. El mundo, entonces, copia, imita, aplaude, adora la técnica y la hechura made in America. Esta es la riqueza mayor, el how-to-do-it que define a Norteamérica como la sabihonda y gran tecnóloga de Occidente. Y yo salí a las calles, a los talleres, a las escuelas, a los centros culturales, a las plazas y a los desfiles, sediento de aprender, y grité: Enseñadme.
Investigaron: Are you a good looker?
Entonces, supe que no. No tengo los rasgos. You have a twisty look. Es verdad. Yo soy mexicano. Yo soy haitiano. Yo soy chino. Yo soy narizón, a Jew y soy chaparro, me faltó decir. Tengo los ojos negros. Soy moreno y cambujo. Soy diferente...
Y en Amerika se pone el dedo en la llaga sangrante y maloliente de los demás. Al feo se llama por su nombre, al viejo se acusa como tal, al sufridor se reprocha su mood indeseado y se burla su rictus de amargura. Al enfermo y al trunco, no se le tiene piedad. Etica y estética son demasiados externas, sin subjetividad.
Aprende que, absurdamente
como la vida es,
la dicha abre la sonrisa muchas veces,
los ojos se gozan tan pública
y privadamente con las cosas
que nadie te clausura la alegría
por decreto y por siempre
en el cotidiano rodar del afán.
¿Quién te quitará los labios y los ojos
y destajará las dos manos feroces
a tu corazón, sin ser un asesino,
y la juventud de flor abierta, quién dejará
de sembrarla para honra de sí?
Ninguno y nadie
porque el ladrón más poderoso
también asesina con silencio que culpa
y extirpa a sus verdugos de su esfera;
está bajo la piel, una alegría
y el rasero, es un escudo admitido
y paradójicamente, cuida de tí,
al menos, uno de tus cantos para el tiempo.
Sé feliz, no por ellos,
sé jovial por tus ojos y roba
de la belleza de lo externo
hasta que permanezca cada niña en tu pupila.
Desnúdalas y ámalas que son la alegría
de lo creado, las melodías pendulares
que tañen y danzan címbalos de infinito,
que nada las oscurezca hasta que sean tuyas
en tus noches, totalmente tuyas como orgasmo.
Después que mueras, ayudarás
a liberarlas con libertad sideral;
serás ángel taquiónico si las llevas contigo
a danzar en negros agujeros del cosmos.
Mira que has de bailar hasta el fin de tus días
como ellas te enseñaron al bailar en tu deseo
antes de meterlas en tus ojos y en tu alma.
Baila, hombre triste,
sobre los pastizales del día postrero,
entre ninfas ovulares de gravitones
y luces que se rinden en la cama
de dioses sin tambores ni señales fatuas.
Aprende que, absurdamente como la vida es,
la muerte es la libertad en plenitud.
Esta te hará crear lo que te falta.
Ya no habrá quien te diga que te zanjes
en fijeza de opresión,
en boca seca de discursos;
tráela aquí cuando te canses de la tierra ajena;
pero invítala desde hoy si están abiertos
tus ojos en carne de mañana
y los puedes cerrar sobre el tibio lecho
de tu propia carne, que duerna a tu lado
y te haga Dios con magia de su abrazo
y se desdoble como el Verbo en segunda
mitad de tu esperanza, come las estrellas
que están en sus besos, chupa el musgo
de sus senos suaves, su púbis húmedo
como charca de Urano.
Rima en su carne, lodo de creaciones,
amasa su fortuna, hedoneé,
con manos de ladrón, seduce su angustia
con tus cinco sentidos, punta de mazzal...
Si no es su cuerpo tu deleite,
¿habrá sustancia extensa, eros divino?
Hurta para ella el paisaje alternativo:
absurdamente como la vida es,
ella es la dicha
en tí y tú la dicha
en ella...
Entonces, porque soy profeta de las calles, verso en vano, yo llamé a los faraones. Subí con osadía a la Corte y dije: Prejuicio. Discriminación. Invoqué la Ley y la Oportunidad. La Protección. Los Derechos Civiles. La igualdad. El amor. No me hice ilusiones, pero... Triumph de luxe! Thank you, thank you a lot!
Norteamérica se ha poblado de una familia cruel. Un modelo caprichoso, torpe de voz y modales, indiscreto y violento, irreverente y audaz, lo imitan todos. Los hijos, por la permisividad de los padres, aplauden la competencia salvaje de unos sobre los otros. Yo, no crea, porque yo soy el ángel Raziel que vine de mojado. Ni soy como ellos ni quiero serlo.
Es la nación como niña fresa, perfección de perfecciones en su juventud, ya que las hijas de los hombres son hermosas. Se perdona, en consideración a su hermosura, su risa alborotadora, su presencia pop de Weeny Popper.
La chiquilla no quiere sufrir, bendito sea. No quiere ser violada ni amenazada por el raptor y el ladrón, bendito sea. El Hades tiene apariencia de mayate, o de latino vacilador y ladino, diosito santo...
Okay... No se acerquen a la niña fresa. Son las Reglas del Juego. Es la hija del Tío Sam. Que nadie toque sus alimentos en los supermercados. Ni sus juguetes en el jardín. Ni se aproxime a la alberca como mirón. No se acerque la gente fea a esta Popis Heboide. No la toque el apestoso ni la acaricie el viejito. No le dirija la palabra el que tenga el twisty look y no se haya bañado. Ella se asusta. No la regañe nadie. Ni se le prohiba su escena cultural.
Siempre el corazón
se vuelve a las cosas más simples.
No es madurez, sólo abandono
en pos del egoísmo
decentemente impuro
por vivir observante, vigilante
del rostro.
Uno es un viejo zorro, reflexivo
y medita que la vida es recurrente,
rencorosa, y cela su camino.
La vida no lo entrega todo.
Uno es la cara más vieja de las cosas
(y algo nuevo está en las cosas,
sin que se nos haya mostrado).
Sólo se atestigua que la gota golpea
sobre la peña, persiste en su lento oficio
y agujera al fin, lo que se puede.
Se ríe porque envejeces y lloras;
lo más hondo de tu agujero, es juventud
que no te pertenece.
Tú no verás el fondo de la peña,
antes te mueres con arrugas
y con la misma sed en la mirada
y nostalgia de verte gotear
interrogantes,
más profundas, corazón,
pero con menos tiempo.
Los niños mimados van al barrio y perciben una copia infernalizada de mi ciudad, cantón contaminado y virtual, y creen que ese espacio suburbano (que llaman el barrio) es mío. Que así de mugres son mis templos.
¡Necios! Los desmiento. Así no es mi mundo, así es el mundo de ellos. El odio con que nos miran lo desfigura fenoménicamente y ven la tortilla quemada. Todavía no aprenden a mirar la realidad. No escucharán lo que yo platique desde el jacal de su Maya.
Yo, con mi boquita cerrada, no digo dónde oficia mi sacerdotisa, o dónde se acuesta mi chamaca, porque los ojos ajenos no saben mirar ni sus oídos oyen. Pero nosotros hacemos nuestras propias tortillas, hechas a mano, no compradas en el supermarket de los valores burgueses.
Si platico por imprudencia y altivez, a la manera de ellos, pierdo. Están mejor armados. Huyen por caminos más seguros. Dominan. Son muchos para una pareja de recién llegados. Todavía soy recién llegado. Todavía debo callar.
Los padres del hijo mimado están demasiado lejos y no me oyen. Yo no tengo nada que decir hata que no estén cara a cara. Se vistieron dichosamente de seguridad. Fabrican los paraísos más amurallados. Ellos ya no tienen su pasado, sólo su presente de garrote. Ni tienen piedad para el que carece de futuro.
Fornican con sus ídolos: la Estatua de la Libertad, el presente en seco y la panocha mojada: Fair Pop. Aprendieron que la oportunidad de vivir por la abundancia los torna en empresarios y pueden darse el lujo de perderse en la borrachera cotidiana de idiotez y pretenciosidad.
Los niños mimados están de plácemes. Tienen de todo hasta para tirar; nadie les quita el recreo. Hacen lo que les place. Ya no tienen nada que aprender. Son los hijos de los amos del mundo y, sobre todo, están en su territorio natal. No, en balde, son tan fulanos de tales, como sus padres. Se les educó en la creencia de que nunca sufrirán, que su destino es no morir, que en Jahveh de los Ejércitos tienen su seguridad.
Cuesta muchos dólares convencerlos de que su paraíso es perecedero y virtual, pero persisten. Son más crédulos, dogmáticos que ayer y aseguran que ya están redimidos, aceptos y perfectos en su dios. La tierra ajena del Great Stuff (¡si lo supieran!) no es ni presagio materializado de su morada. Y lo que les tocará vivir.
¡Qué curioso! Su Redentor es caucásico, ario de ojos azules, con mirada dulce como los caramelos y la Classic Coke.
Bajo la Gracia de Dios, Amerikka golpeará primero. Amén. Quien golpea primero, dos veces golpea. A cada ciudadano se les platica sobre el beneficio posible, the sacred profit que son las oportunidades a la mano, placeres y continuidades, privilegios inalienables, derechos al confort y a no enterarse del dolor de vivir. ¡Desfiguraron el derecho a la felicidad!
No, empero, cada ciudadano detesta las migajas, las pérdidas, el pánico y la angustia. Amén. Y viven con estos preceptos engañándose a ellos mismos y al que llega, de pilón. A todos engañan menos a mí.
¿Qué tal cuando los Angeles de la Gran Tribulación vaciemos las copas? ¿Qué chapulín colorado podrá defenderlos?
La nación es un monstruo infantil, narcisista, zahiriente e iluso, con rostro angelical, con gran infraestructura. Oír es su privilegio; no su deber.
De la mesa de conversaciones, Uncle Sam se levanta y se va. Desplanta, huye o irrumpe. En la historia de Norteamérica, cada grupo étnico y cada oleada migratoria ha vivido falsamente, sin magia. Sin chupar miel de las peñas. Unos a otros fueron golpeándose y empujándose del espacio que ocuparon, violentos como el primer cavernícola que no supo decir pueblo mío.
Aún aquellos que trajeron consigo unas dizque sublimes aspiraciones de tolerancia y experimentación con la diversidad, aún los cuáqueros que establecieron el principio of complete equality, en la educación y en la ayuda social recularon. William Penn buscó una relación amistosa con los indios, ¿qué importa? Uno es uno. El pudo ser un ángel, cuya obra quedó destrozada y su bruja tendida en la sal como una mujer que mira atrás, atada a su desobediencia. George Fox, en Rhode Island, es otro santo convertido en escombro de sal.
Los activistas de The Great Awakening, a partir de 1740, fueron salvajes. Fueron los que más disimuladamente empujaron, en aras de no sufrir ni las torturas del infierno ni la intolerancia de la Iglesia de Inglaterra, y terminaron más cobardes y politicones. Otros que les procedieron se olvidaron de lo que habían temido: predestinación, torturas en el infierno, ideas de su innata pecaminosidad... sólo que, al asesinar a indios y explotar a negros, la vida cultural y sus ideologías les llenó de confort y respiro.
Si usted vino a las colonias de la Tierra ajena por odio al rey Carlos I y al Obispo William Lord, no diga que vino por amor divino. Sea honesto de plano, quítese la máscara de una vez: su anticatolicismo lo empujó hacia acá. El obispo inglés fue muy proclive al catolicismo romano y del catolicismo se ha lucrado para escribir folletos teológicos. Se opta por el ingreso de profesor en la Universidad, se reciben y se entregan los escaños en el Congreso.
Su visión, no la mía, acerca del Great Stuff y sobre cómo ganar el poder no es realismo crítico. Ni corrección política ni ideológica del pasado ni es llamada de atención a justicia y democracia. Ni es la propuesta del diálogo necesario. Ni apertura ni glasnot. Es gesto aparatoso, mueca de falsos piadosos. Es la primitividad maquillada. Más que expresión y estilo de alguna convicción, aquí se revela la coraza y el camuflaje con que estos salvajes se vistieron de civilización y de aberrante espiritualidad.
Entre 1820 y 1830, The Great Awakening con su rechazo a la estricta ética puritana, and all its depressing religious ideas, fue la misma faramalla. Los peregrinos de 1630, abuelitos de los niños mimados y de los padres de éstos, fueron portavoces de dos grandes ideologías: el anti-catolicismo puritano y la rapiña anti-francesa y anti-española. En rigor, lo sé porque yo conozco a los franceses voisinianos como a la palma de mi mano. Los olfateo a distancia. Y apestan.
Los experimentos sociales en vivienda comunal, la Oneida Community de John H. Noyes, fue el precedente del suburbio. El actual burgués que no quiere minorías étnicas en su predio aprendió de Noyes. Nadie que sea un hombre concreto y real, capaz de intuir men's innate sinlessness, torna el evangelio en una jaula y a Cristo como el enjaulador. La comunión con Cristo, a través de la parcela y el kiosko, es un invento de los religiosos.
Cristo es un pez que chupa por los poros. Es polvo mágico, pescaditos que flotan en la mar celeste... Yo creo en la comunión con las brujas, porque el Cristo verdadero está en la bruja, por igual. Y fue forastero en la tierra, como yo. Cristo, Jeshua ben Pandirá no era puto. El fue brujo y vírgen. El que nace de una vírgen es virginal por herencia. Y es rabino y se desposa y cinga.
Todavía mi pueblo no comprende por qué se tiran las puertas en sus narices. Es el niño mimado quien lo hace, el hijo de los filisteos, en nombre de saduceos supremáticos y anorreos con poder. El padre supremático en el ocio vende y compra imágenes de color de rosa. Diseña sus diablitos de oropel. Se encerró en una torre de marfil cuando supo que otras partes del mundo son sucias, miserables, epidémicas.
Cada ley que declara es una cuarentena. Se esconden todos. Está prohibido abrir las puertas. Eso es la Ley Simpson-Mazzoli y la cuota anual de inmigrantes.
En Amerikka que se autodesignó perfecta, la única fe se llama la felicidad. Sin embargo, la mugre de la Gran Tribulación está sobre los cielos. Alguien quema la ofrenda oscura y tizna el firmamento. Hasta en Rusia se está de la chingada. Y los nirvanas no funcionan en la India. En América tal vez, cuando te pasas la dosis con un jeringazo de heroína o te comes los cardos borriqueros.
¡Pero es preferible que sus hijos no lo sepan: Norteamérica es feliz y será, por los siglos de los siglos, el dechado de toda perfección! La amapola es cardo borriquero de mexicanos... Ellos la cultivan en sus cerros, la venden y dañan a Norteamérica, la inocente. Entonces, los perseguidores dicen que ellos no necesitan del mundo y sus cardos borriqueros. Mentira. América consume lo que Colombia y México produce.
¡Ah, sí! Por supuesto, aunque sea migajas, humanitarian aid, se dará al mundo su tributo, porque así se ofrenda para el Azazel, el demonio que pide su diezmo. Al César lo que es del César. De este modo, otra vez, se redefine lo mundano como lo hecho en el extranjero por los guarachudos y sombrerudos. Aún así, dicen acá: El hijo de otros pueblos es el enemigo de Dios... Amén. Amerikka parte de la idea de que no le debemos nada. De que el mundo nació de cero. El imperialismo no existe. Amén. El capitalismo es la voz de Dios. Amén.
De que hay continuidades en la esfera de infamias, que no quepa dudas. Un mundo dividido en buenos y malos. La película con sus clichés. El supergeneroso es el héroe y da humanitarian aid al hijo de la chingada y al infeliz con sequía, con terremotos y huracanes que Dios manda para borrar sus pinches razas del mapa; pero que no se acaban de morir porque el nuevo Dios tiene forma de Nación Humanitaria. El superhéroe generoso es más bueno que Dios y no mames, cabrón, ante la verdad que la Historia verifica una y otra vez. Dios y la Tierra del Gran Tesoro son la misma cosa.
El folclor decorativo es una fachada de consuelo. Mi pueblo se divierte con su folclor. Se consuela. A los ojos de los Good lookers, racistas y elegidos, yo no me confío cuando dicen que soy un hijo del folclor y rival exótico. Mi princesa está escondida porque de ella se dice igual. Es extranjera. Bárbara. Irredimible.
¿Quién la vio que tan mal imagina lo que es? Nadie ha podido verla. ¿Vestirá con traje de sibarita, o sombrero charro y ponchos de colores? Nadie puede saberlo, excepto yo.
Llévense su folclor a la Academia, al festival de la Calle, a la kermesse, y que los profesores de Ethnic Studies y antropológicas mensadas se los santifiquen!
Ella nació desnuda y jamás ha vestido ropaje de la tierra. Su presencia no es para los cerdos. Lo perfectamente humano es universal y precioso. Está más allá del folclor aparencial. Mi bruja, en cuanto tal, es desnudez que encanta y su desnudez conmigo se víste. No es cómo cocina, o se encarna, o canta, o reza, no son costumbres ancestrales, lo que yo amo de ella... Es su cuerpo de luz y su magia. ¿Entiende por qué la protejo?
La luz de la Hija de Sión expone e infunde el más terrible de los temores. Es una hermosura que, una vez se codicia por el profanador, se viste de harapos, porque nada humano sirve para su desnudez. Lo más exclusivo de la boutique es un andrajo y la joya más cara una mirringa de moco duro. Los salvajes jamás disfrutarían de esa hermosura, si no corrompiéndola o aniquilándola. Al ser vestida por la túnica humana, ella se vuelve sal ante la carne putrefacta que le asignan. ¿Para qué sirve la sal a los gorgojos y las larvas, sino para matarlos?
Ella no se hará parte de su raptor. Ella es la sal del mundo. Mi brujita no es una noche de placer para cualquiera. Unicamente quien la ama y no tiene gusanos en su alma vivirá con ella sin morir. Las princesas son de sal y, a la carne de su amado, la conservan y la embellecen y a la carne de los gorgojos disuelven y envenenan.
Ella es luz y amor salado: los cerdos sólo pueden conocer su carne para morir y, por ella, se harán más homicidas y como cinto pudrido quedarán. Los amorosos, por su honra y por su virtud, se harán más perfectos y conocerán la desnudez tibia de su cuerpo.
La mayor parte de los inmigrantes que yo conozco y que trajeron sus brujitas se la vendieron a los good lookers. Entregaron a la Hija de Sión. La cambiaron por mamarrachos de viejas. No entendieron los agravios contra la princesa escondida. Ni cómo se condenaron al cederlas como despojos. Y los good lookers las vistieron, sin jamás ver su desnudez, y fornicaron con ellas y sus hijos nacieron como gorgojos.
La madre filistea sufraga el costo de los que una chiquilla flapper pide caprichosamente; en todo, se la complace, sin objecciones. La demanda del screamer funky-punky que una madre parió con los infieles se visualiza: ropa hecha garras, traposidad fodonga, costosos accesorios y peinados cortados al estilo de anti-elegancia calculada y, aún más, el cuerpo de los niños mimados ha sido saturado con tatuajes y body piercing, ya que ellos se divierten con las fantasmagorías victorianas y con las ondas popper, a fin de fingirse seres asexuales, roaring queers, libertinos freaky, or kinky y, desde las apariencias del gesto acusador, reclamar su territorio, su espacio para amarse a ellos mismos, sin amar a nadie más. Este es el castigo.
A los extranjeros sombríos que dijeron, cobardemente, el nombre de sus brujas y dónde ellas ofician su magia, llueve maldición. Declararon el rango de su sacerdotisa y ahora son la carroña del barrio: visible twisters.
Los salvajes supremáticos cazan a sus hembras como a brujas y las llaman hechiceras. Les desfiguran los rostros con disfraces, cirugías y cosméticos. Quisieran que conservaran de tal modo la hermosura de la peluda. ¡Y, en vano, son sus ciencias y jactancias! Han materializado sus estatuas que ya no tendrán honra ni oficio. Serán adornos de piedra. Lola Montes, amante de Luis de Baviera, es tan sólo una piruja más. No una condesa.
Una piruja más aunque escriba sus justificaciones y las venda en mil lenguas y viva de dar charlas a los fornicarios de New York. ¿Qué sabe de Las Artes de la Belleza quien dejó de ser una bruja y se volvió vermífugo para la carne de los dueños del Great Stuff? Las brujas sólo pueden ser para hombres de carne y hueso que sepan amarlas. No toda forastera étnica es una bruja.
La bruja vive desnuda eternamente y su hermosura es secreta. Vive con la herencia de su inocencia original. Su cabello es largo, saludable y abundante. Nunca se tiñen de güeras si son morenas, o viceversa, o aquellas que las navajas conocen, como las hembras sin sacerdocio que se visten y se llenan de joyas. Y las llevan a las discotecas y a los nightclubes: trofeos de la horda masculina.
A las hembras étnicas se les vende mota, se les entregan condones, se les ofrece alcohol, paseos, swing parties... Ellas también son hermosas, pero sus dones son precarios. Al prostituirse, ellas mismas olvidan su hermosura originaria. Basta que los good lookers tiren el rollo, las forniquen y enseñen su inglés. No todas caen en el juego ni todas han sido brujas, vida tras vida, después de todo. En común, entre ellas y las brujas, hay una cosa: ¡huyeron de las tierras de Caín!
Las que son brujas, las fieles, siguen calladas. Se entienden con sus hijos. Con sus esposos. Con su simiente. Los hijos de las brujas nacen con their twisty look, igual que el padre, pero sus almas son bellas y heroicas. Los hijos de la Jerusalén viciada son gansters, gente cronky, wonky, the wild ones... Aún éstos, mis pobres hermanos, fascinados con The American Dream, prepararon sus catres y acostaron a su mujer con extraños, sólo porque ellos platicaron muy bonito sobre el Great Stuff, la democracia y el progreso.
Y los pobrecitos, inmigrantes indocumentados, con el reino de necesidades expuesto en la piel viva, sufren engaño una y otra vez por creer todavía a las lindezas que les platican. Esto es olvido que se llevan a la muerte, sin una piedra en la que reposar la cabeza.
Necesito una piedra
ungida para mi honra.
Una piedra que me conozca
porque sabe la apetencia de mi tacto.
La voz del agua me gusta, por igual.
Y como mujer, el agua me ha rodeado.
Me acarició, supo los nombres
que tuve antes del lenguaje.
En el olvido, la fe
con su memoria química se acuesta
sobre rocas y peñascos y dice:
... Prevalece, susténtate, evade
a los adversarios del camino.
El agua es más valiente, única certeza
de señales recibidas y enviadas.
Ella nos enamora si nos comunicamos.
Es el maná caído, a la mano; el agua habla.
necesito una piedra,
una piedra con flores tenues como su piel
y blanca y fluídas como sus palabras
que son el curso de peces
vibrantes en caminos de promesa.
Más allá del fuego y el caos,
hasta el amor que invoca, cimbra
mi cuerpo y el suyo el espacio.
Que la piedra sea mi pez fehaciente
y que en el seno de las aguas
me construya otra vez
más sólido que el olvido
y más vibrante que el fuego.
La mayoría se rivaliza en mendicidad. Sus mujeres fornican en las cuevas de ladrones. Se dejan deslucir poco a poco, en un proceso que es la cultura de la pobreza, el callejón sin salida del barrio. Todavía viven en Gerar y cavan fosos que serán tapados con gargajos y escoria de culos dizque fraternos. Carentes de gratitud, los filisteos oprimen, roban y eliminan el espacio de convivencia con que soñamos y nos legan una cultura inferior, que no es espiritual. Y por algo predico entre ellos...
Los nuevos inmigrantes van a los bares por un rato de placer. Ya no traen consigo a las brujas de su bendición. Las dejaron. Se cruzan solos. Brincan el cerco, a veces mordidos por los perros de la chota y escupidos desde el aire por los moscos ruidosos con hélices diabólicas... Ya no tienen mujeres sublimes que los esperen. Se satisfacen con las pirujas en las cuevas de ladrones. En los antros de soledad y taloneada. Las pirujas bailan con ellos su mofa de jornal, su falso asueto... En vano, ellas se emplean si todo lo pierden, también son casquivamente crédulas y empíricas y, en vano, también el macho derrocha su salario, creyendo en placer de esquina y en cantinas y casinos.
El día que voy al bar,
la noche en que bebo y lito,
el tabernero procura que no falte
del líquido ambarino, licor, las santas uvas.
Sabe que invoco, tras cada sorbo,
como en un templo.
La misa se inicia con la copa de vino
y puede que Dios entienda que dialogo
con ángeles caídos y tinieblas.
El paladar a las neuronas dice
que somos hombres, tristes algunas veces,
prudentemente socializados
por un desafío común de soledad.
En la cautividad de la rutina,
yo clamo, reinvento este ritual,
alzo mi codo, abro mis labios
por horas más felices que el día
del chasco y desaliento.
Bebo de los viejos y nuevos gozos
junto a los borrachos pensamientos
y a los corazones apesadumbrados.
Sí. Ellos cavan pozos para otros. Esta es su Jerusalén desamparada. Esta es la imagen de Sión en luto y en desolación, como anunció Isaías.
En la tierra de los salvajes el que dice éste es mi tesoro peligra. Instiga la codicia ajena. Yo predico: No te jactes, calla y camina más adelante. Aunque tengas patria y mujer, no lo digas. Dí, empero, forastero soy. Y siento orgullo.
No es mi mujer; es mi hermana, así como Abram dijo de Sarai y Jacob también dijo. Yo acepto el deslindamiento. Isaac se apartó de Abimelec, sin chistar, porque él y los suyos fueron de corazón rebelde y falso. Isaac obedeció aunque tuviera muchísimas ganas de patear en los culos de sus provocadores.
El faraón dijo a Abram: He aquí tu mujer; tómala y véte (Gn. 12:19).
En la Era de la Tribulación, la gente compasiva y trabajadora, the good willer, escasea. Al menos, no se ven en las calles. Ya tienen el mismo miedo que los que recién inmigran y se asoman a la sombra de estas ciudades. Ya tienden a ser tan pobres como antes fueron en las tierras de Caín. Ya hay 40 millones de familias invisibles. Al contrario, cada vez es más evidente que la ciudad es selva, o el suburbio, ghetto. Tu vecino es bum.
Quien menos imaginas, ¡oh, piedad! es mercenario. El más incrédulo espía. El más cobarde te huye. Aún los compas hacen causa común con los activismos chapuceros de los salvajes. En fin, nadie sabe en quién confiar. Amerikka es la verdadera paranoia.
Prefiero que la gente me crea un forastero, sin mayores luces a que me asalte mientras voy de paso por la tierra ajena. Yo y mi bruja rehuimos la violencia. La meta más sublime, la Ciudad deseada, nos hace obreros de otro ideal mucho más valioso y honorable que los tesoros de los salvajes.
Tarde o temprano, en el proceso de nuestra vida, tendremos que encontrarnos con Abimelec y el acoso de los ladrones.
Aunque inmigrantes de la antigua Palestina, iguales de miserables en la carne e iguales de desconsolados en su destino, los filisteos fueron incapaces de mirarse como forasteros y co-partícipes de las tierras nuevas. Fueron muchísimas sus contiendas con los israelitas. Se comportaron como obreros fraudulentos. Se jactaron. Se creyeron más audaces que las brujas. Adoraron su Winnie Popper. Hicieron su teología, su mitos de poder fálico. Construyeron sus reinos a partir de su vanidad y su agresión se la guardaron hasta que llegara la hora de encarar a los Abraham de nuestro siglo.
No quise yo
las manos sucias
y el dolor estaba allí, pidiéndolas,
cayéndose de las uñas
con canción amarga
de ríos rojos y un fusil.
No iba el corazón a la alborada,
no iba con vuelo sobre la arena
del rostro del desierto, aornis.
Era una brigada aguerrida
de gusanos de Jacob,
shabat de lunas y lobos y tormentos.
No quise la estrella, no fue un mazzal,
sino fuego odiosamente humano
y temeridad y medianía de consenso.
Sin aquel báculo biológico
que separó la sangre y la caída,
¿quién dirá soy rey, o se hará amar
por los soles más altos
en la mañana de Sión?
La señal nació al pelear con el ángel,
Peniel en la mirada, Peniel recóndito
en la carne; pero está descoyuntada
la cadera y el dolor sigue ahí,
chamuscado, frío en la ceniza de los años,
quieto en la noria, insurrecto.
No quise yo, girar así,
ni aún naciéndome
en la herida de mi pueblo,
ni aún viendo mis manos sucias,
mi paso, heroico y rengo.
Esta fue la forma en que Abimelec se eligió rey. El compró mercenarios con 70 siclos de plata del templo de Baal-berit, «alquiló hombres ociosos y vagabundos que le siguieron, y viniendo a la casa de su padre en Ofra, mató a sus hermanos, los hijos de Jerobaal, santos varones sobre una misma piedra» (Jueces: 9:4.5). Del templo obtuvo los salarios de la intriga para sus mercenarios.
... Mentiroso, he ahí a tus hijos.
Que con moneda santa, sudor proletario, se pague el despojo y la aniquilación de lo sagrado es un espectáculo diario. No crea que no. ¡Qué hipocresía! De los templos y los reinos constituídos en la vanidad filistea surgen los agresores que asesinan en tus barrios tus pequeños, princesa de Little Saigón. Tus hostiles envidiosos, Abraham errante, tus pandilleros angelinos, East Los Angeles.
Abimelec y su cáfila han sido y son los dueños de la excelencia de Norteamérica. Ellos controlan, niegan y teorizan acerca del Great Stuff. Han querido el botín completo, the whole box, pastel sin invitados.
¡Pues que se lo coman!
Significará que las doctrinas políticas y religiosas que nos gobiernan y han predicado se definirán como filisteísmo: una pretensión de grandeza, según las estrechas y egoístas reglas del falso esfuerzo y la falsa generosidad.
¡Pues que con pan se lo coman!
El tentador filisteo convoca a las componendas y las concordias con cuchillo escondido. Hay un banquete.
... ¿De moscas?
Es lo que yo quiero saber y me sospecho, pero yo sigo en predicación por las calles; soy un poeta y me tiran a loco...
Cuando quieras recordar
que yo digo, por terco, en barrios,
algunas palabras que se dicen en la noche
más tranquilamente que en los días,
imagínate que el sol viste
tu silueta transparente, hoja por hoja.
Imagínate que el agua humedece tus pies
allá en lo profundo de raíces
que van, con gratitud, al origen
y que el viento te cuida
lo mismo que la onda.
Que germinas y naces, imagínate
y te saluda la madrugada
como si fueras un hibisco
de Sión inmaculado...