Obra literaria y poética de Carlos López Dzur
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La Coleguita


Un compañero de trabajo me presentó a El Coleguita, llamado así porque tenía su mismo oficio, fotógrafo. En ese tiempo, él sería uno de esos apachurrabotones que va, cámara en mano, en ronda por varios desveladeros. Tomará fotografías a las parejas, familias o amigos que se amanecen en los centros de baile, espectáculos o restaurantes, donde festejan sus onomásticos o el gusto por desvelarse juntos.

Por la misma vía, conocí a La Coleguita, hermana del aludido. Ella es todavía estudiante de la Secundaria. Antes de conocerla, por lo general, en vacaciones, fungía como la ayudante de El Coleguita. Ofrecía el servicio de toma de fotos, yendo de mesa en mesa y, si alguien picaba, él completaba la oferta. Al ir de mesa en mesa, labor muy propiamente suya sería exhibirse, modelarse, provocar morbo con su juventud. Solicitaría, con sensualidad, quédense con un recuerdo. Una foto. Había que expresar su sex-appeal en esa frase.

El Coleguita aprendió que, si ella accedía al abrazo de algún importuno, haría negocio. Una que otra vez, alguno sospechó que él la vendía, hasta cierto punto. El te maneja. A él ofrecieron y aún ofrecen suficiente por ella. «Una noche de revolcón y ahí muere». También se le pregunta procazmente: «¿Es vírgen?» Si lo es, pagan el triple.

«El pinche Coleguita ha hecho hasta números», me comentó su amigo.

«Una hermana linda es una minita de oro».

«Tú que la vendes, o prostituyes, y yo que te saco las ingles por la boca. Te parto el alma, Coleguita», le dijo.

Ella es quien mejor ha sabido protegerse de los fornicarios y putañeros, como el mismo Colega. Basta que se sepa bonita y no permita que las cifras de narcos presuntuosos sean un avance mayor a lo que El Coleguita instruyera.

«El que quiera azul celeste que le cueste».

«¡No, él no me vende! Son otras cosas las que me dan miedo», me dijo la muchacha.

Ha aprendido a poner oídos sordos, a evitar discusiones. Con su voz, llena de dulzura, ella desarma a los gandallones. La presión es fuerte. Y yo, que sufro moralmente al comprenderla, me muero por darle sus pujazos. Imagino a otros, con más duros timbales, cómo la desearán… ¡Pobrecita!

El día que la visité para conocerla, había limpiado la casa, tan inmunda. Sería la primera lección, el primer encuentro con sus padres. La Coleguita pensó que saldría ahuyentado. La pocilga no perdió su olor de años y sería muy deprimente que yo viera a dos cadáveres vivientes. Su padre está afásico, ausente, paralítico; un camión casi lo hizo pedazos. Su madre, sorda, sucia, ya había aprendido a llenarse los ojos con las imágenes de TV y, por manía, la ponía a todo volumen. No quería bañarse. Ni dar un tajo. Prácticamente, no razonaba desde hacía varios años.

«¿Cómo puedes estudiar con ese ruido de la tele?», pregunté.

Salió de la habitación a la sala, bajó el volumen del aparato, pero la madre, sin decir palabra, volvió a hacer que se colara hasta la recámara el ruidajo de la tele otra vez y, sentados en la cama, nos reímos. Las piernas y el ombligo de La Coleguita, su short y camiseta corta, ahora me excitaban más que cuando se fue a la sala y la ví de espaldas. La tela del pantaloncito había sido mordida por la raja de sus nalgas. ¡Qué hermosura! Deseaba que reapariciera por la puerta y la cerrara tras sí, apestillándola.

Cuando regresó, me faltó el valor de subirme sobre ella y comérmela a besos; pero tal pensamiento había revolcado mi adrenalina. Sentía cómo los ojos grandes de La Coleguita evitaban irse lujuriosamente a mi bulto. ¡Ah, carajo! Una bestia es una bestia y se conocerá por el vergajo.

«No puedo».

Tardé en reaccionar a esa respuesta, asociándola al ruido, al ambiente inadecuado para el estudio, a la observación que hice y que motivara que saliera a bajar el volumen al televisor. Un segundo tardó en marcharse, con su pancarta de feromonas y oxitocinas, la idea. Lo pensé: «Niña, tal vez no estudiaremos ahora; pero, desnúdate. Voy a entrar a tí y desvirgarte». Me porté caballerosamente.

De todos modos, por el hedor de la casa, me callé. Mordí mis labios. Imposible que yo decidiera desnudarla sobre su cama en medio de esas paredes mugrosas. Un abanico eléctrico nos quitaba de encima las moscas importunas; pero no los pensamientos cochambrosos. El bulto en mi bragueta me evitaba palabras y, para La Coleguita, se volvió la señal de algo muy evidente. Te gusto.

«Tendremos que estudiar en otro lado. ¿Te importa que la próxima vez sea en mi casa?»

Asintió con la cabeza, cuando sonó el teléfono de su recámara. El amigo avisaba que El Coleguita no vendría esa noche. «Va a quedarse en mi casa», le dijo.

«Otro que terminará como papá por andar en la peda».

Y lloró. «¿Qué pasa?», pregunté.

La acaricié. A poco de llegar, tenía similares deseos. Se fundaron mil dedos con cada mirada. Ahora ella misma me armaba con pretextos. Pasé mi mano derecha por una de sus piernas, de la rótula a su muslo calato a mi vista. Estaba erotizado de pies a cabeza.

¿Quién se negaría a posar con La Coleguita si con su linda voz lo asintiera? ¿Alguno hay que no quiera cercar con su brazo su cintura? O darse un paseo, con las manos en sus muslos, subírsela a la punta de la pinga. Aquí pues combato este desocultamiento de mi psiquis. A menudo, me sorprendo con las urgencias de un adolescente. En el fondo de mi bragueta, me eyaculo.

Ella, por ser una atleta, con el cuerpo esbelto, sano y su piel adorable, conserva su ángel y su ninfa. Su rostro y su cuerpo se complementan y me cautivan. Estoy intelectualizado, con tanta cautela moral, por este barniz que cubre al zorro, al niño lúdico y el ángel desnudo que soy, pero bien que me encimaría sobre esa niña para disfrutarla enteramente. Es vírgen, sí, pero ha de estar llena de candela.

Me he dejado llevar. Beso su mejilla. Paso mi lengua sobre el rastro de sus lágrimas. ¡Es vulnerable! Mi mano sobre su muslo ha sido suficiente estímulo para que me abrace, con mudo discurso / poder, que comunica: ¡Fóllame! Intercambiamos miradas donde se dice claramente que queremos. El silencio nos convocó a besarnos.

Su padre, quien está en el sofá, con la jeta babosa, fue como hoy es El Coleguita: hombre de muchas aventuras. ¡Putañero! Uno que anduvo en la peda y la mota. En complicidad con otro amigo, su hermano organiza que yo me encargue de la muchacha, me tiente como ahora, me enrede con el gozo de seducirla en su propia cama. «Ella hará lo que El Coleguita le pida. El te da campo libre. Cógetela. Llévatela de la Ciudad; pero dále buena vida. Edúcala, házle de amante y de padre».

Este día que describí pudo ser la primera de esas noches. No soy tan gazmoño. Me la dieron servida.

«A mi hermano le puede pasar lo que a él», me dijo ella. Un segundo de su autoreflexión frente a sus progenitores. «Míralo. Nos dejó solos aún sin haberse ido… recuerdo cuando mi jefita sufría de verdad; él le dio mala vida; ya no, ya es sólo una lela».

Entramos a su habitación. La más limpia de la casa. Se quitó el uniforme de la escuela y quedó vestida con su pantaloncito blanco de gimnasia y una camisilla muy pegada, tras la cual se insinuaban sus pezoncillos oscuros. Podía verla, ante un espejo, donde se peinaba, mientras reflexionaba sobre su familia. Su pelo abundante no pasó, ni por equivocación, por manos de un peluquero. Así, peluda y greñuda, para mí, tuvo encanto.

«Mi hermano se puede cansar e irse. Nos dejará a todos en el hambre. Ultimamente, está rechiflado… Tiene miedo de tí, más miedo que yo. Lo asusta la gente inteligente; pero su amigo le dice, oye no, él no es así… que, en la vida sólo hay 3 verdades, ‘Cristo, el Ché y él’, tú, que eres una linda persona, yo sé que sí…»

Volvimos a sentarnos a la cama. Ahora recogimos los libros, porque este fue un día perdido; la animé a que hablara…

Como desde su sangre, ella adivina lo ardiente de su ancestro, ha navegado hasta mi pecho. Me ha besado. Ha dicho, a lágrima viva, que ella me necesita. Que se entregará a mí. ¿Imaginará que no regresaré? Que será esta lección debut y despedida.

Por causa de su necesidad, ella y su hermano urdieron este gesto, tan permisivo y extraño. Ella está colaborándole y, en complicidad con él, se ha ofrecido tal como es. Humilde, tierna, sincera y hermosa.

Para dar sólo tiene su hermosura. Sabrá su cuento. Conmigo se arriesgará a todo, a equivocarse también.

«Quédate. El no vendrá».

Ha mudado la mano que tengo sobre su muslo al lindo bulto de su vulva. Quiere que palpe sobre la tela la humedad pegajosa. Que pactemos nuestros sentimientos. Es un lindo chocho. Carnudo y peludo.

Percibo que me habla con los ojos. Medito, ojalá escuche con esos mismos ojos con que me habla: yo, por mi parte, puedo ser un buen padre, el que ella necesita; puedo ser el varón que, por igual, la disfrute.

El Coleguita tenía razón, piensa ella. «A ese maestrito cabrón vas a gustarle».

«Verás que mañana te llevo a casa... ¡Vivo solo, soy casi un topo!», la consuelo. «Además compraré algo que te guste para que comamos».

Sin la generosidad de El Coleguita, no habría qué comer en su casa. La madre de ambos es casi el epítome de la tontez y el desgaste. Es una mujer enferma, prematuramente asténica y envejecida. El Coleguita dice que ya perdió el contacto con la realidad.

¿De quién dependería esta adolescente? ¡Qué difícil es vivir su dilema! Sicológicamente, depende de la escuela. De maestros que la quieren; por eso, en el Departamento de Educación, enfocaron sus ojos en mí. No dejaran, al menos, que me lance como un lobo a comer de esa niña… El Coleguita y el amigo, ellos sí que están mal.

¿Y económicamente? «¿De quién dependerás? ¿De quién has dependido?», me pregunto. De seguro, de él que cuando necesita el nuevo surtido de pantaletas o calcetines, «doy el chivo y ella va y compra». Bendito el hermano que es así de fiel.

¿Qué él pide a cambio? Lo resumiría: «No dejes morir a la jefita con la mierda encima; no los abandones, pues no tenemos a nadie. Somos mojarras, hermana».

Entiende sus limitaciones y las de su familia. «Ustedes son admirables», les dije.

Inmigrantes indocumentados, viven en vecindario malo y feo, si bien él está ganando su dinero, sus negocios se realizan en lugares, «donde rifa el latino». Se queja de ser un estúpido, intelectualmente una nulidad. No aprendió el inglés. La esperanza es que La Coleguita no deje la escuela. O tenga la protección y el cariño de un mentor.

«Un amigo, como él».

«¿Quién mejor que él: soltero, ciudadano, maestro?»

La mayor virtud de El Coleguita ha sido la lealtad a su hermana. Es por ella que es valiente. Que se ha enfrascado a golpes con quien se atreviera a faltarle el respeto. Saca valor de la Nada o los testículos. «Es una persona muy noble», decía el mutuo amigo animándome a conocerles en verdad y compartir unos tragos juntos algún fin de semana.

«No le saques. ¿No quieres vieja? Bien, no te la cojas. Pero hay que ayudar a La Coleguita… Y a él, porque es quien sufraga los gastos de la familia».

Me dijo que ya La Coleguita no está para gastarse sus veranos de parranda con él. Los viejos ya están muy enfermos. Se zurran en sus ropas. Hay que alimentarlos como a niños. La casa se les está cayendo encima. A la chavita están poniéndole presión en la escuela… Se gestiona una beca para que ingrese en la universidad. Todo está condicionado a que mejore su comprensión de lectura e inglés y apruebe unos cursos álgebra.

«Ella tiene ambiciones. No quiero que sea imbécil como yo. Además es cariñosa, agradecida; te va a querer», me dijo El Coleguita.

«¡No la voy a dejar! Que no seamos novios no significa que voy a fallarle. Quiero que vaya a la universidad», prometí ante él. «Y descuida, la voy a respetar».

A veces, cuando voy al campus de su escuela, donde enseñé años antes, cotejo su desempeño. La veo en acción como corredora de pista y campo, hábil en el juego de volleyball. Da gusto ir por ella, porque corre a mis brazos, al verme y me impregna su sudor. A sus compañeras, que curiosean si soy su novio, alguna más lista ya ha preguntado por qué no se buscó uno más joven que yo. Quien ha sido maestro sabe que el mundo de los jóvenes está lleno de inquietudes indiscretas, celos y chismes.

Soy yo, ya en este lío, el que aclara las cosas. O, sencillamente, callo. El que calla, otorga. Ciertamente, La Coleguita no es mi novia. No se lo he pedido ni pienso hacerlo. Tengo mis razones. Tampoco es mi pareja... A quien no incumba nuestras vidas, que no pregunte. O que se aguante. Por ahora, soy meramente el tutor que su hermano le buscó. Llevo tres semanas ayudándola con sus tareas escolares. Lo haré el tiempo que sea necesario para que cumpla con el progreso académico que ella se ha planteado y con el cual me he comprometido.

He involucrado a los Servicios de Salud del Condado para que me orienten con todo el asunto. Sólo pido la paciencia de ellos; pero están temerosos de su deportación. Al menos, La Coleguita nació en los EE.UU..

Soy joven, soltero, empleado. Ella es diez años menor que yo. Con gusto, la haría mi mujer. Ella es tentadora. Y, en las cuatro paredes de mi casa, yo mando. Sería una experiencia agradable, si todo dependiera de nosotros dos y, sin embargo, el asunto se ha complicado. Entré a esta relación con El Coleguita y su hermana sin saber con qué habría de hallarme. Algunas cosas que antes no fueron tan obvias, ya lo son. El padre criminal de ambos, por ejemplo. ¡Ay, qué expediente de pedas y delitos! Si lo investigan todo se vendrá abajo.

Luego El Coleguita... Es impaciente, encajoso. Si me acuesto con su hermana, que es el mejor de los salarios, no podré esquivar jamás su chantaje. Confieso que él no acabó de agradarme.

Este tenía pinta de maricón; percibí su ñoñez y dicción casi femenina antes de que su otro amigo le imitara; es un chispo de hombre. De baja estatura; empero, tiene el coraje de diez hombres de mayor talla. Un día defendió la casa de su pobre familia. Echó un par de buenas puñaladas. Se ganó el respeto de las pandillas en su barrio.

Aún con su cara de pendejo, su piel más morena que blanca, el aludido baila muy bien. No pierde la alegría. Con él, se forma el vacilón. Se folla en la esquina; cinga en su auto. Me dijeron que él bebía con cautela; pero ya no lo creo.

«¡Este chaparrito que ves es más cabrón que bonito!», me dijo su amigo.

«¡Maestro! ¿Cómo va lo de mi hermana? ¿Está cumpliendo?», me preguntó El Coleguita.

«¡Aprende hablar, Coleguita! Se dice: ¿Está haciendo mi hermanita algún progreso académico?», aclaró mi amigo.

«Si se empatan, déjaselo en privacidad… Que no haya prisa, que no haya prisa, profesor», dijo finalmente dirigiéndose a mí con socarronería.

Ambos, El Coleguita y él, todavía cargan un bolso lleno de cámaras, lentes de distintos tipos y tamaños, rollos de películas, flashes y, en fin, daban la impresión de ser unos profesionales experimentados. Sé que se prestan uno al otro su equipo; puede que no haya sido tanto el camerío, pero, en común, tenían la manía presuntuosa de cargarse como burros, colgándose al hombro el bolso con aparatos, lo que me parecía innecesario y estúpido.

Siempre merodean cerca de periódicos y revistas en español, cuando no, en congales concurridos. Seres noctívagos, ambos se desvelan (El Coleguita casi a diario), hecho que lo expone a peligros; ambos son estudiantes brillantes en la materia de sobrevivir y darse a respetar.

7-12-1983

De libro en preparación.

*

Carlos López Dzur / Correo

Email: baudelaire1998@yahoo.com

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