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El tentador

Acerca de Evaristo, sus amigos de antaño saben dos cosas que hoy, en la vida espiritual de su Iglesia, muy pocos saben. ¡Le encantaba el dinero! Y, antes de decidirse al estudio de la sicología clínica, pasó por varias escuelas de finanzas, ciencias políticas y sociología. A personas que conocieron que él fue (y es) un hombre intelectualmente brillante, que cayera en las redes de la creencia y el establecimiento mítico sorprendía.

A quien conoció al juvenil Evaristo, inquieto estudiante de posgrados, no lo habría sorprendido que él se lanzara a un cargo público, o que se volviera un orador motivacional. Que se hiciera millonario vendiendo cursos, cassettes y libros, donde el por qué fuera la palabra clave, no habría asombrado a ninguno en lo más mínimo. Fue un indagador del por qué. Pero, hará unos días lo vieron bajar de un automóvil barato y, por limosnas, dio su centavería al pordiosero tullido en la calle.

«¿Es ése Evaristo? ¿El que conocimos?»

Se propusieron seguirlo. Averiguarlo. Y hallárselo fue difícil porque ya es muy hogareño y privado.

Es hombre santo y casado.

«¡Eah! ¡Rayos, el Loco de Evaristo!»

«Su servidor».

«¿Te das cuenta?»

«Sí, casi veinte años sin vernos!».

Dispuestos a conversar, entraron a un acogedor restaurancillo de Irvine.

«¿Qué haces?» «Ahora servir a Dios y trabajar sin descanso».

«¿Te hicíste rico?»

«¡En sabiduría de Dios!», presumió.

Se unió un segundo amigo a los diez minutos de sentarse. Bajó de un carrazo de luxe. Evaristo lo reconoció al instante desde la ventana. También se unió al segundo un tercero. Vino con él. Un hermano que dejó la iglesia.

«¿Eras tú el que me hablaras sobre la psicoterapia como un nuevo mito y sobre la iglesia y el Estado Teocrático como opios?», le preguntó a quemarropa el que llegó, «y, vueltas que da el mundo, ahora, Evaristo ... me han contado que te consolidaste en la fe y que eres parte del Estado Terapéutico? Monje y beatón, pastor y educabobos».

Seguramente, el hermano realengo anduvo de hablador.

«Si estás enterado, ¿para qué agregar más?», dijo Evaristo.

Se rieron de que, en sus tiempo juveniles, este hombre (al que antes se le llamara El Loco por cariño de amigos) descreyera de los siquiatras y sicoterapeutas. Decía que son los fabricantes de locuras y trastornos mentales inexistentes, inventores de metáforas estigmatizadoras sobre el mal comportamiento y, en el peor de los casos, de la coersión fraudulenta y reclusión forzada de tales, dizque sicópatas y pacientes. Gente más sana que el loquero mismo.

La causalidad de la angustia, de las crisis de desorientación y depresiones, son reales, mas no permanentes. No justifican las terapias de aversión ni los manicomios. Fue su argumento.

Sin embargo, sus amigos acaban de informarse que él es sicólogo clínico. Trabaja para varios siquiatras, drugs-prescriptioners y grandes investigadores de la neurosífilis y la mente neurosifilítica.

«¡Eah rayos! Tú que alentabas a todos los viciosos. Que tildaste de genios a excéntricos y desadaptados sociales. Que a los degenerados y depravados sexuales ¡te juraste incapaz! de llamarlos pecadores, o vestirlos con el sanbenito de las camisas de fuerza... hoy eres el que das las recetas retórico-morales, terapias de contención represiva y sermones, curación mental como control religioso y componte instititucional, ¿no?»

Sentía que se burlaban de él.

Se acordaron del hippie de pelo largo, roquerón, que se recetó a sí mismo una mixta de sexo in the Sixties para que, a estas alturas de su vida, veinte años después, no tuviera que ir ante una sexóloga maníaca o a programa de televisión, como esos que hace Cristina Saralegui u otros tantos, quejándose de erotomanías insatisfechas y reprimidas.

Al escuchar a sus amigos, al hilarse lógicamente sus pretensiones, Evaristo les dijo: «Acepto el reto. Tengo fe en Dios y él no me ha pedido que, con el mito de la psicoterapia, instrumente yo el fraude. Sé diferenciar claramente las enfermedades corporales, las desviaciones sociales y el rol que al sujeto que padece por desorientación corresponde. El sujeto que padece es, como un amigo, al que doy un consejo», dijo el doctor Evaristo.

«Cobras por dar consejos, ¿no?»

«En cierto modo, a veces es...», balbuceó.

«Yo doy consejos financieros a otros y cobro muchísima plata», se jactó el amigo. «Cuando doy tales consejos financieros a mí mismo, también soy exitoso. Por lo general, mi salario anual son más de seis dígitos».

«¡Vaya, vaya!»

Le ofrecieron un premio de $15,000 por un experimento.

Lo rehusó muy cortésmente.

«Que sea gratis. Dios es generoso y lo haré ante Dios».

«El por delante».

«¡Aleluya!», se glorió Evaristo.

Sabían que él no tenía necesidad de ingresos extras, aún siendo pobre y conforme asalariado. Que era un hombre gentil, confiable, emprendedor, nítido en su vestir, irreprochable en su trato, fue sabido. Más de diez años felizmente casado, sin correrías romanticoides, fiel a su excelente familia. Diez años o más sin que nadie supiera de una tacha moral que ensombreciera su persona; pero lo tentaron. Acabaron por tentarlo.

«Acepto el desafío».

Dios no necesita que él pruebe que es capaz de hacer gratis lo que otro pide que haga por $15,000; pero la verdadera tentación fue que apostara que podía vivir un día sin invocar a Dios, sin tornarse a El.

Lo desafió un incrédulo de marca mayor. Ejecutivo pedante, a financier, que alegaría que puede escupir sobre ese Aleluya que Evaristo ha colocado como una muletilla en su boca. Sí. Es un apostador, a risk-taker.

«Apuesto a que, como cristiano, te acobardas».

No. No. Evaristo no se raja.

«¿Esquivarías las vanaglorias del mundanal ruido sin amedrentarte? ¿Crees en tentar al Diablo y, en correr, al verlo venir? ¿Cuán sólida es tu fe, Evaristo? ... mira que te recuerdo cuando fuimos estudiantes. Te comías el mundo en defensa de dos principios: progreso y justicia. Al decir justicia, a menudo hablaste por amor a los derechos del individuo; al decir progreso, en pro del bien común. Eras un laico, Dios no contaba. Eras el demócrata verdadero. Hoy, ya sabes, los demócratas creen que sólo la clase empresarial tiene el derecho a todo, a verse beneficiada de legislación preferente, del voto de los comités especiales y dar más valor a sus opiniones que a las del pueblo, siempre mayoritariamente pobre, sin suficientes cabilderos en Capitol Hills, ¿sigues igual? ¿O ya acudes a la demagogia de Dios? Dios te permite patear el culo a todo el mundo, ¿eh?»

«No, claro que no».

«¡Loco, Evaristo! Siempre has sido valiente y bien pensado, ¿eh?»

En fin, obtuvo la oportunidad de irse por un día al seno de la locura. Un día entero con su psiquis, su carne, su naturaleza dionisíaca, un día para él. Un día de travesura durante el cual la Iglesia / sus Gurúes no tendrán la ocasión para que le pidan a Evaristo la dirección de la congregación en oración, o que la cultura cívica ofrezca su super-Ego policíaco e intermediario. Se le observará; tendrá que volver a ser hombre, sacarse el manto espiritual que se colocó sobre los hombros. Ubicarse en carne y hueso en el mundacho.

Es decir, los tres amigos lo empujarían al mundo, por 24 horas contadas por reloj. Prueba tu Dios en cada bar, en cada casino, en la escena erótica de los antros juveniles. No se creyeron el cambio que Evaristo dio. Al parecer, es tan piadoso.

Han alabado su familia ejemplar. Una mujer linda se buscó. Nada pazguato es este doctorsillo. Admitieron que le va bien, no por el dinero, exactamente. Más bien, por el prestigio que es llamarse Dr. X y hacer que, en privacidad, se reclinen sobre su sofá, los que quieren hablarle intimidades. El pregunta sobre los objetivos y valores, con los que ellos / ellas conducen sus vidas. El escucha sus emociones. Los espía. Los seduce con el cuento de que juntos irán clarificando objetivos y valores. Al final, serán más conscientes, responsables y libres, gracias a él.

Psicologizar es conversar, dice el doctor.

«¿Cobras por conversar, Evaristo?»

«Sí».

«Nada es gratis, recuerdo cuando tú lo decías».

«A Dios no le vas a cobrar; no le pases la cuenta. Tampoco yo no sé pagar, a ese nivel; pero, Evaristo, pídele a Dios, mesura en tu beber; resistencia para que no falles a tu mujer. En 24 horas contínuas, el alma se prueba. Sólo basta un día para que el oro muestre el cobre».

¿Eres de oro, o te chapetearon nomás con trementina?»

«Oro es Dios en mí, yo, piedra bruta, hermano».

Fue el último consejo que le dieron al dejársele en un casino de City of Commerce.

2.

«¡Qué callado te lo tenías? Evaristo en persona, ¿lo creerán mis ojos?»

Jugaba unas pesetas en las tragamonedas. El tipejo que lo saluda vio que bebía. Evaristo quiso matar el tiempo; pero algunas horas se huyeron por su garganta en servicios de cognac, a los que, a su juicio, diluyó con cervezas que al costado de su máquina de apuesta le servían. Ante la pantalla ya no lo apendejaba el súbito ruidajo de pesetas devueltas; al contrario, se ilusionaba con la idea de poder ganar algo, y se excitaba.

«Caballero, es un gusto», dijo.

Había olvidado un instante tan sólo que alguien le saludó.

«¿No me reconoces?»

No lo identificó. A lo mejor, el ruidajo, el olor a cigarros y licor.

Era un ex-compañero de empleo. Un médico que el alcoholismo sacó de la práctica.

No lo ubicaba en su memoria, pero, ¿qué importa? Se fueron a una mesa a beber juntos y cada cual a elogiar a la linda y fiel esposa, a las hijas decentísimas y angelicales de Evaristo.

«¿Ya no estás en la Iglesia, ah?»

Y hubo una rápida afirmativa.

«¿Quién dijo que no? Sí, estoy. ¡Aleluya! Obrero de Dios, edificando a Sión, alabado sea el Señor! ... ¡Espere usted un momento! ¿Cómo supo que son tres las hijas que tengo y que voy a la Iglesia?»

«Te conozco, Evaristo. Soy padrino de una de tus hijas. Te admiré, aún te respeto muchísimo».

«Díme tu nombre, si eres hermano».

«No. ¿Para qué? Estarás ebrio. Ya picadito, lo olvidarás. No importa»

Evaristo aseguró que, borracho o no, no negaría que pertenece al selecto rebaño de Jehová ni al Cristo que se entregó a la muerte, a la Santa Cruz, para que el dolor del viejo Adam, el pecado de Eva, la tentación y opresión cotidiana, quedara crucificada en Jesús y, con sólo invocar Su nombre, por Su Sangre quedaría limpio. Estar en el mundacho no me hace inmundacho: se atrevió a bromear, tras darse un sorbo de cerveza y misar la transustanciación.

Tomo Tu sangre, Cristo. Bebo tu Sangre.

El fulano no era de la Iglesia. Sintió miedo de lo que Evaristo dijo. Este señor acabó de referirlo un miembro de un sub-reino goyyínico, mundacho inmundo, y al parecer tendría un ritual vampírico. Parafraseaba, en voz alta, sin oír que el amigo se despedía, un salmo de David. Se escurrió el fulanazo y, de pronto, Evaristo oyó como un eco su propia voz, soliloquiando.

«¡Qué gacho! Ya oigo voces en la azotea», dijo y zafó de su boca una caracajada tan sonora en la esquina de la barra que él fue el primero en asustarse.

Repasó unas ideas fragmentarias de la antipsiquiatría que leyó. Le vino a la mente David Cooper, Ronald Laing, Franco Basaglia y... éste, que es mi favorito, ¿cómo se llama ese cabrón? es que su nombre es tan complicado, o tan estúpido, no es Focault... es alguien cuyo nombre son tres letras, un tris, un chas, una mierda... Szasz...

Cada vez, sin que supiera por qué, le servían más cognac.

Ahora también supo que tendría el reto mayor ante sí. Una mujer, provocadora contumaz, le asediaba el alma y la carne en aras de colocar a sus pies una piedra de tropiezo. Es muy linda y jariosa. Se sentó a su lado. Clavaba sus ojos, grandes y provocadores.

«¡Qué afeitada más nítida! ¡Qué piel tan tersa y cuidada tiene usted! No quiero ser atrevida; pero permítame que con mi mano... obtenga una una caricia...», suplicó la mujer.

Para no pecar, ni con el pesamiento, se buscó la cartera dentro de un bolso interior del saco. Con desorganizada avidez, sacó la foto de su mujer y sus tres niñas. Se las mostró mientras hizo un esfuerzo por saber ... ¿cómo pudo aquel hombre, el que dejó hace un rato, saber sobre ellas, mis hijas, y sobre la Iglesia a la que voy? Aquel que se llamó ex-compañero de trabajo, padrino de mi primera niña... ¿Le conocí o vino a tomar mi pelo, por verme ebrio?... Compruebe, señora, verifique la existencia, de mi santo hogar y cómo nada hay, abajo del cielo, que se le pueda comparar...

Pensó que la luz de estas palabras son como una cruz y el fuego intencionado de su convicción, una amenazadora y directa advertencia. Por el tono de sus palabras, la mujer huiría como vampiro. Chispas agresivas de orgullo salpicaban los ojos de Evaristo y la mujer, en su compañía, inesperada y conmovidamente, sonrió.

«La verdad. Es una bella familia la que tiene usted», le dijo.

Dialogaron sobre la cautela. No manejar en condiciones de ebriedad (¡y, más, por amor a esas mismas niñas!) En algún momento, él se perdió. Instruído por sordo-mudos fantasmas que le sugerían que, siendo tan hermosa la mujer, no se comportara como un machista, fornicario e irrespetuoso, especimen de Babilonia. Que diera testimonio de victoria y mansedumbre. Ella platicó otros quince minutos. Aún viéndola y asintiéndola, Evaristo no la podía oir; se había perdido en alucinaciones o sentimientos muy subliminales y no tenía la habilidad de verbalizar lo que sentía ni las fuerzas para irse o regresar.

Tartamudeó, al fin, una despedida. La mujer objetó su ida. Lo detenía. Nunca imaginó ni entendió por qué.

Condujo por predios de una calle, más oscura que tortuosa, donde vio el letrero que indicaba el rumbo: «Azazel / 8 millas».

29 de julio de 1992 / Irvine

*

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