Obra literaria y poética de Carlos López Dzur
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¿Quién es el que, por alardear en presencia de la clientela, saca de su bolsillo una potuca de billetes? ¿Quién calculará exactamente cuántos son de cien, cuántos son de cincuenta o de veinte? ¿Podrá? ¡Es visualmente impresionante el fajo de dólares que trae! Doblados a la mitad, rigurosamente organizados como paquetillos, a veces en más de un bolsillo.

A La Flaquita la atrapó con este gesto. Ella adora los perfumes caros. Por un detallito así, el revuelo de billetes, da besos de lengua muy profundos y, en intimidad organizada, succiona el pene con la boca que Dios o el Diablo le dio para que seduzca a los hombres. ¡Más puta que las gallinas, pero es adorable!

Al exhibirse con los billetales, no es que Miguel tenga una confianza convincente ante sus testigos. Posiblemente, envía un mensaje, o se repone del sentimiento que le ocasionó algún reproche. Una mesera en rebelión puede que sea el motivo para que haga estas pedanterías innecesarias, como contar el dinero delante de los pobres, hambrientos o codiciosos.

Mas uno sabe... Miguel es más simplón que lo que parece.

Recuerdo el día cuando una flaquita, con rostro precioso, preguntó quién era yo. 'El Güerito' de espejuelos. Sintió celos de pronto. Celos de mi. La hubiera querido para él, sin compartirla. Al fin de cuentas, ni fue para si ni podía serlo. Demasiado jovencita y ambiciosa, optó por irse. De hecho, Miguel la dejó ir. Yo también.

Ella y yo disfrutamos cuanto se pudo.

«Miguel es posesivo; tú eres celoso».

Ella quiere ser puta. El quiere ser un chulo.

«Tú no quieres ser cliente; me comes gratis», se me quejó.

«No quiero que te vayas a enfermar; no quiero que te parezcas a Miguel y a otros quen han endiosado el placer y el dinero».

Miguel es una farsa viviente. Es un exhibicionista. Nunca quise yo tratos con él. Ni siquiera que me dirigiera la palabra. Pero un día, triste día, eligió La Flaquita para su harem. La desvirgó. Y poco antes fue de yo conocerla… Y él presumía que se la echaba al plato cada día, en la oficina, en moteles, hasta en el auto. Sentí un trasunto de envidia y dije en mi corazón, aunque sea por una noche, se la voy a quitar. La voy a enamorar. Quiero ver si ese fornicario cacarizo se quema de celos. Son experimentos que hago. Soy un zorro Viejo, pero más joven que él.

A par de días, mi plan daba frutos.

Miguel se adornaba con dinero ajeno. Así se siente menos pobre. Se da ilusión de poder ante el miedo de perder el trabajo, o de ser sobajado por alguien. Aún por mí (que si algo anhelé es que no utilizara a esa niña, en particular, para jactarse)... En primer lugar, ese tesoro de su bolsillo, que no cabe en billetera alguna, sino en las bolsas de su anchos vaqueros y oberoles, ha sido el resultado ya habitual del primero y segundo turnos de ventas realizadas en el bar-restaurante, donde es gerente y supervisor. El quiere sentirse como si fuera el dueño y, diariamente, por el menor motivo, da este alarde cuantitativo de solvencia en su bolsillo, olor de acopio financiero que se disfruta en sus dedos. En segundo lugar, la flaquita del D.F. merece algo mejor y él la desacredita.

No perdió el tiempo. Sentí que, con su virginidad, se robó algo mío. Sí, la habría querido para mí.

Un comentario ajeno sobre si, por andar así de hablador y billetudo, se vuelve el sujeto ideal para el asaltante, y entonces exhíbe su miedo. ¿La vida? ¿O la bolsa? Clava sus ojos en quién se atreviera dar el preanuncio del peligro. ¿Quién será el que desafíe la vida suya por un mínimo de centavos que tenga él encima? ¡Tiene que ser uno de afuera! No uno que haya aprendido a vivir enrejado, atrincherado y encerrado en su casa, mas todavía afanado por sus imaginarios de progreso y sus fantasías de pérdidas! El asaltante, seguramente, vendrá de esos espacios de dónde él mismo vino. De afuera.

«¡Para que me asalten a mí está cabrón! Yo fui de la calle; hoy estoy aquí, 'adentro', pero, los trucos de 'afuera' los aprendí muy bien», asegura.

Se acerca a nosotros, que somos tres clientes del 'bar de los cafeteros y los vejestorios' (el que está en la primera planta) y se abre el chaleco. Nos exhorta amistosamente a curiosear el dorso de la tela, donde algo metálico y brilloso cuelga. «Mira lo que yo guardo aquí». Un filero. Puñal punzante, con corta empuñadura. Diestramente colgado, es fácil de sacar en caso de un ataque a su persona.

En su oficina, indica que tiene dos fuscas precargadas con balas. Colocadas en puntos claves de los dos niveles del edificio. El habla de armas como un presunto experto, asímismo de sus estrategias para no dejar ir vivo al que intente robar el establecimiento. O se prospase irrespetuosamente con las chamacas. ¡Hipócrita! Son cosas que ni discute con los 'security guards', hasta que éstos no se prueban fieles a la empresa y sus órdenes.

Por muchas razones, soy uno de los cafeteros, cerveceros y tertuliantes del primer piso en el restaurante y él me distingue, lo mismo que el dueño, quien ha instruído a todos que a mí se me trate bien. Ninguno sabe por qué. No me siento realmente identificado con el dueño para que, de buenas a primeras, en gesto amistoso, se me diga: 'Esta copa te la invita el dueño'. Tampoco con él ni con nadie.

¿Por qué? Posiblemente, si acepté una que otra vez un trago de cortesía, lo hice porque somos, no amigos, pero sí vecinos. Tengo una etiqueta de persona humilde y sabia en la frente. Lo digo, no por presumir. Es una obviedad cotidiana. Además caigo bien a toda la colectividad de meseras, por no ser de los que llegan a enamorarlas y alegar para sí las solvencias que no tienen. Aún el prepotente de Miguel me halaga.

«Ojalá toda la gente sea como tú. Tú sabes beber. No fastidias», me dijo. «¿Te han atendido bien?»

«Muy bien. Gracias».

Esto es muy importante para un administrador, con tantos miedos callados. A veces es tan obvio que él busca alguna tara con que devaluar a un soltero, con buena pinta y joven, que se acerque, o intime demasiado con las meseras. Utiliza sus metáforas campiranas para fijar su influencia y poder sobre ellas. «Aquí hay ganado mío», es decir, muchachas que él contrató. Son las meseras más lindas y vivarachas; por lo general, entre las edades de 18 a 25 años. Alega que, con ellas, lleva una vida sexual muy variada. A ellas cumple sus caprichitos. No sé ni interesa saber quiénes entre ellas ni de cuáles caprichos él habla.

Dijo que, siendo él jovencito, estudió artes marciales. Judo. A veces alega, o rememora que, obtuvo una cinta de karateca y la dejó en México. Un día o más a la semana, deja un poco de su gordura en el sauna y el gimnasio. Se siente gordo, mas nada de fofez. Es duro, con magníficos brazos y sobre la condición y desempeño en el departamento genital, da exhortos a los asiduos al 'bar de vejestorios' a qué pregunten a las meseritas de su rebaño. Feo, cacarizo, pero bien dotado.

«¡Hasta el momento ninguna se ha quejado!», y él cuantifica la necesidad de echar tres palos con cualquiera que ella sea. Tres cada noche. El más rico lo vacía en el ano. «De noche no me puede faltar nalga. Sin ese olor a culo de mujer, a petaca, que me impregne la verga, no puedo dormir».

Desde que la flaquita llegó, lo que presume es que recibe su servicio de oral sex porque la putilla de marras quiere guardarse vírgen, sin riesgo de que la vayan a preñar. Mas ella ya está 'adentro' y cualquier día va a aflojar. Vaticina.

Para él, el mundo público está carcomido de ladrones. Creo que se refiere a politiquillos y burócratas gubernamentales, como los que almuerzan y se dan tragos en este mismo lugar. Empleados del Condado y la Ciudad que, en ocasiones, no traen suficiente efectivo y todo lo cargan a tarjetas de crédito. Ni siquiera dejan las propinas para las meseras. Toda la cuenta de sus bebelatas y francachelas va a una misma tarjeta, cargada a la empresa, es decir, al Gobierno, donde se roba legalmente y sin sanciones. «Similar robadero que el que se practica en México».

«¡Llegan bien trajeados, ni quien les diga, pero beben a crédito! Aquí no hay fiado. Eso yo lo acabé. Lo que les fías después no regresan a pagarlo... Es la tacañería gabacha y su falsa apariencia de pulcritud: extienden su labor al bar, no quieren ayudar a nadie, ni en la oficina ni en el bar. Su labor es el ninguneo».

En los componentes de la cotidianidad que Miguel vive, es casi tan observador como yo. Anecdotiza mis conceptos sobre la subjetividad y las conductas del hombre de hoy: por ejemplo, ya no hay 'amigos del alma', sino egos vecinos, cada vez más individualistas (pérdida correlativa de la relación entre personas). La vida psicosocial se ha mecanizado. Nos hemos deshumanizado, poco a poco, y no lo comprendemos.

«A tu lado se te sienta un fulano cualquiera. Si no es uno de esos que te mira de reojo, diciendo fuchi, te presume cuánto valora lo privado, lo egoísta o a qué extremo ha descreído, o seguirá descreyendo lo que hacen los políticos; ya nada sirve. La gente es más feliz con algo que compró, su celular, su dildo, su computadora, o cualquier cosa. Las mujeres son felices viéndose en pantaletas de marca, con encajes, utilizando imágenes de negligés o brasieres-levanta bustos, para verse como la Tetanic o Thalía; pero uno tiene que comprárselas. Te dan una mamada y, a cambio, tráeles algo, ¿cierto?»

No sé por qué me piden aprobación para los discursos de este tipo. Debe ser que tengo cara de mistagogo. Soy amoroso con todo el mundo. Soy el consejero y el guía ideal, según ellos. Casi siempre mis mejores consejos se resumen con un comentario inaudible: el silencio.

Las meseras jovencitas, coquetonas y jaladoras, Miguel se la pasa por las armas y, después las aliviana, si se portan bien con él. Y lo suyo es: proveerles de buenos turnos, buenas mesas, tips para sus amoríos o para que vayan a ganarse un billete fácilmente. «Talonéatelo».

«¡Sólo quiero que presten pa'miguel!»

«Primero, los de adentro; después los de afuera», tal es su lema y estrategia de su organización. Ha durado en este empleo. Han pasado muchos dizque 'managers', favorecidos por el dueño, con menos permanencia y suerte. Este negocio tiene 50 años de tradición.

Lo llamado el 'adentro' por Miguel the Manager también mienta y se aplica a la sexualidad, a las transas internas del negocio y los ámbitos prospectivos de administración.

Un día una muchacha, recién adquirida como parte de su rebaño, me motivó a que subiera al salón, casi siempre vacío, donde ella atendería a los comensales, o bebedores. El salón quedó reabierto después de unos años de haber sido utilizado como almacén y oficina de su dueño. Está lejos de la pista de baile. Demasiado aislado del ruido, la cantina y el abarrotamiento de bailadores y bebedores. En ese salón, se admite a la clientela más privada, tranquila y, ¿por qué no decirlo? ... a la gente blanca, adinerada, de apariencia 'poderosa'. Como políticos y narcos.

Impresionado por la juventud, el rostro lindísimo de ella, por aquella boca tan insinuante y su mirada tan cachonda, me animé a subir y solicitar la admisión a ese salón privado. Esa noche pregunté por la chica, pero no se hallaba por ningún lado. Aún así, una bartender que me conocía, por mi asiduidad a la planta baja, abrió el lugar para mí. Me abrí paso en medio de la semi-oscuridad, mas ella no entró conmigo y se fue a buscar a Miguel , el gerente.

«Hoy está muy solo; no ha sido un buen día. ¡Qué milagro que subas! ¡Me tienes muy abandonada desde hace años!», me dijo.

Es una joven muy amable, quien siente mucho respeto por mí.

«Vengo ahorita. Dáme unos minutos. ¿Qué quieres de beber?»

«Grand Mounier».

Busqué la luz de la ventana para ocupar una mesa que me permitiera mirar a la calle. Casi me senté a la mitad lateral del salón y ví una luna llena inmensa y escuché el ruido de los coches de la calle. De pronto, un ruido más cercano, gemidos, palabras entrecortadas, y finalmente mi nombre. Con rápida mirada escrutadora, repasé lo visto. El gerente Miguel es quien tiene agarradas las lindas, blancas y redonditas nalgas de la mesera. La faldita y las bragas de la niña están encima de la mesa y, con dedos de sus manos oscuras, Miguel le abre el culo, la empuja con fuerza sobre su vientre. La tiene muy clavada, encima de sus bolas, en el tronco de la verga y ese polvo de pie lo va a terminar y que se joda el mundo.

La pareja se está gozando a fondo. Mandaron la vergüeza, o los escrúpulos al diablo, y ella jadea. No dejará que, por mi importuna presencia, se le vaya esta sensación de orgasmo y él apresura su eyaculación. Percibo cómo se la monta en los cojones, ahora agarrándole por debajo de la rodilla para que se eleve su muslo y se golpean sus vientres con fricción clitoral y de guayabo.

Tan súbitamente sorprendido por la escena, no se me ocurrió marcharme. Me mantuve sentado como si nada hubiera visto ni oído. Suelo llamar esta impresión el pasme. A la proximidad de la expulsión del semen, le pidió a ella que chupara. La levantó en vilo. El chirrido de una silla me dio la impresión de que alguien se sentaba. Oí como una hebilla de correa que pegó a las patas de metal de la silla.

Ahora fue él quien pronunció mi nombre. Hice un movimiento de cabeza hacia la dirección de ese segundo llamado. ¿Habrán terminado? Ví en la casi oscuridad el rostro de Miguel. Su camisa semi-desabrochada. Se había sentado y la chica estaba inclinada; posiblemente, mamándosela. ¿Por qué se exponen así? No están en un motel. Están en su sitio de trabajo.

Miguel es viril, sujeto duro, casi adusto y desafiante. Siempre dice lo que piensa. Con mi ligera inspección, más auditiva que visual, percibí que ella lame, traga leche, mientras lo pajea. Hubo un gemido final cuando se erupcionó por fin; me recordó un niño en llanto, o una putería. La voz de Miguel se hizo una pizca de lamento que, cuando recobró el aliento, tras el orgasmo, parecía hasta afeminado. Repitió por tercera vez mi nombre; me atreví a responder. El tiempo comenzaba a parecerme una eternidad y sólo habían transcurrido unos minutos. No más de cinco.

«¡Vístanse a prisa! La puerta está entreabierta».

«Terminamos».

«Viene hacia acá la bartender. La distraeré en la puerta».

Ahora sí me levanté de mi silla y fui hacia la puerta. La detuve. Conversamos y me hice conducir a la barra de la cantina.

Miguel agradeció el gesto. Fue lo que quiso decir cuando me dijo: «¡Estás dentro!» Se dieron prisa en vestirse y desaparecieron por un rato; aquí no pasó nada, ah...

Cinco minutos después aparecieron los dos. El primero; ella después.

Traté de justificar mi irrupción en medio de su brete; pero no dejó que terminara. «Usted es caballero. Usted no tiene que decir nada. A usted se le quiere gratis».

El sí se justificó. Aunque tiene esposa en México, tres niños con ella, sus envíos de remesas les llegan cumplidamente. Su mujer sabe que él no tiene arreglo. «Donde manda la verga, el matrimonio es lo de menos». A él le conviene que ella lo siga creyendo. «¡Conmigo a nadie le va mal! Si algo va mal es porque falta ésto», señala a su bolsillo y sonríe más feliz que cuando se enchufaba a la mesera porque ahora tiene el potucal encima.

Mi segundo trago me sorprende sin haberme tomado ni un sorbo del primero. Así de profundo fue el susto. La muchacha del coito reapareció. Coloca el trago sobre mi mesa y otro para Miguel. El se sentó como si fuera yo más que un amigo, su compinche. Da una nalgada a la hembrita.

«Ahorita vengo».

Cuando se va, Miguel comienza a jactarse de su individualismo y su descreimiento en las instituciones. Se cree un gran sicólogo. En cierto modo, lo es. Le han dicho que estudié tal carrera. Que he trabajado con adolescentes rebeldones y con adultos maníaco-depresivos. Ha escuchado cuando el dueño se refiere a mí como el doctor. «¡Escuela no tengo ni la preparatoria! pero yo soy como usted, estudio la gente. Hay la que sabe beber y la que no. El alcohol desencadena peleas y hasta crímenes, en especial, si hay un alto grado de desesperación. Hay que ser un poco siquiatra para poner orden aquí, doctor».

Es la primera vez que me llama 'doctor'. Ahora explica la teoría de que yo estudio a los borrachos latinos en su terreno, en la barra a la que van. «Si me dijeron que usted escribe libros. Usted hasta podría escribir un libro sobre mis aventuras, mi filosofía de la vida. Yo pago lo que cueste... pero quiero que diga ésto: 'Que todavía vivimos bajo la ley de la selva'... si uno se descuida, mostrándose débil, el que menos piensas, es el que te chinga».

Otros dos gestos sucesivos, con referencia a la potuca y sus genitales, insinuán que a él hay que entrarle con el billete, o si es mujer, con sexo. Hay pues que procurar la maximización de los beneficios. La corrupción estructural funciona porque hay quien se deja engañar. Es culpa del mismo tonto que se lo fusilen. Sin embargo, él es comprensivo. Lo que el mercado no puede resolver, no tiene solución.

«Todo lo mercadeo. Soy un gerente nato... Esta chica tiene potencial. Si la conquista, es suya. Es de mi rebaño. Yo la contraté y yo la cuido. A las cosas que yo cuido, hago mi marca... Se la puedo cuidar de otros, tenerle informado de si se sale del redil; pero, siempre tendrá mi marca y usted me vio poniéndosela. Con La Flaca tiene ya chamaca para estar cogiendo, sin parar, toda la noche. Ella se prende. Es mamadora. Se le mira en la cara; está como para usted. No necesita mucho entrenamiento. Sabe funcionar adentro... Afuera la vida es peor. Empleo inseguro si no tiene permiso legal de residencia, las rentas de recámaras están altas, envidias, incomprensiones, violencias. Ella lo sabe... yo, sí, las mercadeo, pero soy comprensivo... Usted, como hombre al fin, doctor, seguro es que ella se le antoja. Los dos son güeritos... y usted está adentro. Ya puse una marca e hice mis reglas. 'Con él y conmigo, con nadie más, vamos a ser tus padrinos', le dije. Cogeremos muy rico, a echar patas con ella, doctor, hasta el día que ella quiera algo serio. O que ya no trabaje más aquí... No vamos a quitarle su libertad. No. Quiere irse de aquí, o no saber de nosotros, que renunciará al empleo, que lo haga; pero, a usted y a mí, nos cayó en suerte verla cuando está adentro... mientras podamos y ella lo quiera, vamos a subir sus meaditos a su pecho... ¿Qué? ¿Le entra con la flaquita?»

La flaquita, con su traserito encantador, venía en camino, con un tercer trago, que no pedí. Seleccionó una cereza que había en el trago de Miguel; la puso en su boca, lamiéndola provocativamente. Miguel se levantó de la mesa; pues, aquella niñaja se estaba insinuando, coqueteándome.

«Quiere pleito esta noche», me dijo.

Cuando se fue, él cerró la puerta con llave. O sentí el ruido que figuraba el hacerlo. Estaba yo solo con aquella hembrita que me gustó.

De flaquita, nada. Es un colchón epidérmico. Su piel está tonificada. Es muscular y su esbeltez es una perfección aparente bien dibujada por la delicia.

3-5-2000

De libro en preparación
El corazón del monstruo

*

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