«Raíces: historias familiares» (2004), libro de Horacio Hernández Campán


En la foto, Horacio Hernández Campán, captado en 1944. Es cariñosamente conocido como "Bueyón". Reseña de su libro por Carlos López Dzur

Don Horacio Hernández Campán (nacido en San Sebastián, Puerto Rico, en 1924), hijo de la Diáspora, ha sido desde que le conocí el mejor ejemplo de un amor fervoroso por sus raíces y la pepinianidad. A la edad de 19 años emigró a Nueva York, donde vivió de 1944 a 1952, para luego mudarse a California, donde aún vive.

El testimonio conclusivo de su ejemplaridad es la reciente publicación de Raíces: Historias Familiares (2004, preparado por Past Finders & Binders, 4751-Libra PL, Yorba Linda, California 92886). Este libro de 196 páginas es una documentación genealógica, biográfica, anecdótica e ilustrada con fotografías, de su familia —de los Hernández Ríos, Hernández Cruz, Hernández Campán, Blasa Esteva, Cuevas Echevarri, etc.) con la que él informa sobre la genealogía de los «iniciadores» de su familia, don Bartolo Hernández y Doña Mercedes Santiago.

Y «familia» es aquí, por rigor y definición, una estructura nuclear de identificación y herencias, el poder de la sangre, el rito de responsabilidades afectivas, eslabones de simpatías intergrupales y pueblerinas, con que el autor Horacio Hernández entiende su Ser, su «ser» en la pepinianidad y su trascendencia.

Su trabajo exhaustivo, laborioso y amoroso, es fruto de un exilio sin olvido, sin límites. El pueblo del «Pepino» no desapareció de su vida. Ha sido el eje y el motor de sus quehaceres más profundos y no ha dejado de serlo un sólo momento. A menudo y por muchos años, a cibernauta como él se le ha reconocido en la tarea de consultar en foros y sociedades de investigación genealógica de Puerto Rico, España y Latinoamérica. Su paciencia ha sido tan infinita como su simpatía personal y acuciosidad.

A los 81 años de edad, Horacio Hernández es un verdadero héroe y ha mantenido vivas las raíces y la ancestralidad, su conexión con Puerto Rico y su pueblo natal, pese a 60 años o más de ausencia física. Para mí, él ha sido una inspiración, gesto encarnado de pepinianidad.

Celoso de su quehacer informativo e investigativo, ha recobrado el pasado y el activo presente, convocándolo a una cohesión y prevelescencia, de modo que se convirtió en fuente de inspiración y trabajo por la historia oral de familiares, vecinos y todos aquellos para quienes la palabra «destino» es confirmar y nutrirse del hallarse original con la idiosincracia de su pueblo. Ha sido un coleccionista de la memorabilia posible concerniente a su pueblo, de los Anuarios de Fiestas Patronales, el viejo Boceto histórico del Pepino de Méndez Liciaga, recortes de periódicos, testimonios y poemas sobre personajes pueblerinos y sus anecdotarios, fotografías y libros.

Su forma de ser patriota es el servicio a la noción genético-cultural de los afectos y las lealtades por su país más allá de las fuerzas amenazantes del olvido, el desarraigo, la distancia y el tiempo que separan física y moralmente de la isla.

No hay distancias ni olvidos para quien puede rememorar y reconstruir documentalmente 200 años de conexiones del acervo de sus antepasados. Don Horacio es el vencedor del olvido, el héroe de la continuidad y del olfato histórico, rastreador de cada pista donde él pueda enlazar el amor por su parentela remota, así como el amor por las nuevas generaciones.

Nos informa en su libro acerca de sus ancestros españoles, de Turiel (Valencia), durante tiempos caóticos y de guerra, para los años de 1845, fecha por la que se establecen en Puerto Rico, forzados por el exilio, los ricos Campán-Cuevas (Cristina, Miguel, Juan, Eduviges, Fidel y Félix, etc.), cepa directa de Miguel Campán, cuyos padres fueran una de las familias opulentas y políticamente influyentes en la España de mediados de 1850 (ps. 117-19).

Hernández elucida sobre el tipo de vida, costumbres, juegos, sacrificios y tradiciones de los años ‘20, en su pueblo, los avatares del incipiente comercio de ventorrillos, incluyendo el de su padre (ps. 23-24); sobre el nexo francés de su familia, a través de Jane Louise Henrietta Campán (n. en 1752), cuyo padre Migenet fue primer Secretario en las oficinas del Ministro de Relaciones Extranjeras, durante el Reinado de Luis XVI (p. 113). Puede que esta dama (Jane Louise) «haya sido la abuela materna de nuestro abuelo, don Miguel Campán Cauba... Sólo recuerdo en mi niñez, las historias que nos hacía don Miguel, quien siempre nos inculcó que sus padres pertenecían a la ‘Elite’ de la alta sociedad de Barcelona, España» (ibid).

Acerca de Jane Louise H. Campán escribe en su libro:

... nació en París, Francia, en el año 1752. Su padre, Migenet, era Primer-Secretario en las oficinas del Ministerio de Relaciones Extranjeras, durante el reinado de Louis XV... Esta dama era fluente en cinco lenguajes, incluyendo italiano, francés, inglés, español y portugués. Esta educación la llevó al nivel de profesora privada de las princesas, hijas del rey Louis XVI... Cuando el rey Louis XVI se casó con María Antonieta, Madame Genet fue asignada como compañera y tutora privada de sus hijas, sirvió en esta capacidad por veinte años. Mientras servía en su puesto conoció y se casó con M. Campán, quien era hijo del Secretario de la reina y se cree que fue padre el embajador de España en la Corte de Francia... Durante la Revolución, fue hecha prisionera y pidió ser ejecutada con María Antonietta. Dicha petición fue rehusada y perdonada de toda culpabilidad, siendo puesta en libertad después de la caída del poder del dictador Robespierre... Después de esta época revolucionaria, abrió una academia privada para muchachas jóvenes y de la alta sociedad. En el 1806, Napoleón la comisionó como Superintendenta de la Academia «Legión del Honor». Esta institución estaba dedicada a la educación de las hijas y hermanas de oficiales del ejército.

También fue Madame Campán profesora privada de las hijas de Napoleón y las hijas del Zar de Rusia. Escribió varios libros, entre ellos, Consejos a la juventud, La vida privada de María Antonietta, Cartas familiares a mis amigas, etc. Su único hijo se llamó Henry. En su biografía no se menciona mucho su nombre. (...) Jane Louise Henrietta Campán murió en el año 1822 (p. 113).

Observa el autor que Campán puede ser una castellanización del apellido Campagne y, en esta segunda y original acepción, lo utilizaron los descendientes de Juan Campán-Blasa y Cuevas al entroncar con los Olivieri Cintrón (ps. 122-23).

Horacio elucida sobre la primera generación (materna) de los Campán iniciando con Juan Campán, casado con María Blasa-Esteva y de quienes naciera Miguel Campán Blasa, nacido en Utiel (Valencia, España) en 1845, pero fallecido en San Sebastián del Pepino el primero de julio de 1935. Este, casado con María Cristina Cuevas Vélez, creó la cepa de los Campán-Cuevas. A una de las hijas de éstos, María Cristina Campán Cuevas, se entronca el padre del autor de Raíces: historias familiares. Ella se casó con Jovito Hernández Santiago, su padre, de quien su hijo habla con cariño especial.

Entre las figuras más amadas del Pepino de principios de siglo, se halló Aguedo Vargas Labaille, conocido como Don Guilo (nacido en 1880 en San Sebastián del Pepino), un ser humano del que, como dice Don Horacio, el autor, se requeriría de varios tomos para contar sus dimensiones espirituales. Vargas Labaille está enlazado a la genealogía de los Hernández-Campán por su matrimonio con la pepiniana Carmen Hernández Santiago (n. 1899). Sobre Don Guilo Vargas Labaille, se dice en este libro:

A Don Guilo le llamaban 'El Padre de los Pobres', pues tal era su 'gran cristianismo' para sus semejantes, con sus brazos siempre extendidos para ayudar a quien iba en busca de ayuda. Sus puertas siempre estaban abiertas para el pobre transeunte que no tenía un techo bajo el cual pasar la noche o una cama donde dormir... Fueron cientos de personas las que tocaron a su puerta con hambre y salieron con su estómago lleno. Por tal razón, su fama como fiel servidor y cristiano se esparció por todos los rincones de su pueblo...

Fue Don Guilo un gan comerciante toda la vida, ya que también (y en la época de mi padre) tuvo su 'quincalla', la cual siete días a la semana sacaba en su carrito de ruedas y caminaba de calle en calle pregonando y vendiendo sus artículos... Además de ser comerciante fue un gran inventor, pues, entre otras cosas, recuerdo que tenía un 'trapiche' para sacar jugo de caña, con el cual hacía un refresco y lo vendía. Allá, en aquella esquina donde tenía su trapiche, se aglomeraba la gente para hacer chistes y tomar jugo de caña.

También tenía la única máquina de caballitos en el pueblo, donde todos los muchachos íbamos a dar una carrera, al costo de dos centavos. Recuerdo aquellos caballitos, en diferentes colores, todos hechos por sus manos y cada uno de ellos era una obra de arte. Además inventó otra máquina, a la cual le llamábamos 'La Silla Voladora'... Por muchos años, aquella generación de la cual yo era miembro, pasábamos todas las tardes ayudando y haciendo favores a Don Guilo para así montar gratis, bien sea en los caballitos o la silla voladora. Todos éramos esclavos de aquella fantasía creada por Don Guilo.

Otro de los negocios de Don Guilo y muy floreciente, por cierto, era fabricar ataúdes o como comúnmente le llamamos, cajas de muerto. Estas cajas hechas pobremente se vendían muy baratas a la comunidad pobre para enterrar a aquellos que morían y sus familiares no podían hacer funerales de mucho lujo. Cuando alguien moría y sus familiares no podían pagar por la caja, Don Guilo se la vendía a crédito o la donaba, pero el difunto siempre se enterraba dignamente, con dinero o sin dinero.

También Don Guilo construía baúles, una forma de maleta, los cuales se usaban para viajar, para hacer mudanzas y para guardar ropa. El hacía trabajos de albañilería y carpintería y, sobre todo, era un gran pescador, dedicándose también a construir atarrayas para la pesca...

Fue un político aferrado a sus ideales y fanático de su partido. En toda reunión donde se discutiera política estaba Don Guilo haciendo valer sus opiniones... También fue Don Guilo, único en su vida, como espiritista del pueblo, pues, estudió la ciencia del espiritismo, consagrando la mayor parte de su vida a curar enfermo, recetando y trabajando con muchas personas que, como él, tenían fe en el espiritismo. Fundó y organizó El Centro Luz Divina, el cual aún existe en la comunidad... La vida de este personaje fue muy interesante. Al morir Don Guilo, San Sebastián perdió a un baluarte. (ps. 18-20)

Finalmente, en su libro, don Horacio nos informa sobre siete hijos de Don Guilo, entre los cuales, estaba el recientemente fallecido Moisés Vargas Hernández (n. 1919 y f. 2000), conocido como Mano Moisés y Celestino Vargas (n. 1924, abogado, quien aún vive).


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