Por Carlos López Dzur
A Mercedes
.... Saint Just-Holguín, Mercedes...– llamó de su lista el profesor.
«Presente, doctor GS», contestó ella.
Me miraba. Proseguiría la mención de mi nombre.
Sonreí, coqueteándole. E imité su guiño de ojo lo mejor que pude.
López Dzur, Carlos...
Así, tras identificárseme en la lista, una segunda guiñada.
«Aquí, doctor GS».
Siempre ella andaba a prisa por cambios de salón, o sus encuentros con su pareja. El patrón de comportamiento cambió muy poco.
Durante las discusiones en las conferencias, Mercedes sugería al profesor GS que sea mi persona quien acotara lo dicho por los alumnos, incluyéndola, es decir, a quienes aportaron al contenido y objetivo de la clase que yo les bendijera con el ritual de El sumario final por el poeta. No que ella lo dijera, públicamente, sí quería sentirse aprobada y aplaudida por «los que verdaderamente leen y se documentan [para exponer aquí] como auténticos universitarios, el profesor, tú, el poeta y yo».
Nosotros (GS, ella y yo), unos pocos, formábamos la alianza caribeña, un bloque cubanorriqueño que, al menos, nos dimos apoyo moral.
«Adiós, poeta», fue su frase de salida y, al llamarme poeta, casi siempre sentí los ecos intuitivos de su honestidad y respeto. Este gesto me halagó desde que conversamos privadamente y por primera vez. Las responsabilidades de estudio y trabajo nos tendrían a cada uno por su lado, pero aquí, sin premeditarlo, tenía a una linda y rara admiradora.
Al no recordar mi nombre, otros compañeros de aula insistían en aludirme como el marxista. Según tal opinión, en los cursos sobre las teorías de la crítica literaria y otro sobre la poesía latinoamericana contemporánea que compartimos como grupo, yo parecía émulo de una sensibilidad vallejiana y mi lenguaje teórico recordaba a Mariátegui, Gramsci, la Escuela de Frankfurt y The New Left. Es cierto que me vieron, de pronto, hacer migas con Mercedes Saint Just, la cubana, pero, aún ella con su «Martí para aquí, Martí para allá, convencía menos».
Cuando con menos lucidez de análisis, sí, osó ella ir y elucidar sobre el feminismo, al oírla hice de abogado del diablo. Desafiaba ciertos dogmatismos en que caía y, después en la clase, otros se animaban a tratarla como a la burguesita caprichosa que con la sexualidad hizo discursos comehombres. La devorarían como buitres, arrebatándose carroña de la víctima que el depredador mayor ya dejara. No, en justicia, no soy el depredador. Ella me inspiraba ternura.
La cubanita agradecía el nivel teórico al que yo la impulsaba a investigar y medirse retóricamente conmigo; dábamos un espectáculo personal de mayéutica, ironías e impensables contextos, a lo que nuestros condiscípulos llamaban la Guerra de los Sexos, simplificándolo todo como estúpido melodrama o talk-show de televisión; pero Mercedes no era tonta. Quería aprender, estudiaba con pasión. Meditaba los conceptos de su autoría. Sabía admitir que mis interpretaciones fueron más perspicaces, lógicas y razonables, que su consumo de clichés.
Siempre buscaba mi aprobación. Tenía pánico a que tildara como cliché algo que ella dijera. Yo era el destrozador de clichés de la clase. Utizaba sus guiños para pedir mi aquiescencia, mi piedad.
Según Mercedes, la hembra más linda y joven de la clase, fue claro que me formó la The Lost Generation, rock y hippismo del '70, raggae jamaiquino y las revistas de los universitarios dialogueros de Guasábara, pioneros en la tarea de romper con la Vieja Guardia anticastrista en Miami en los '80. En la búsqueda de órdenes explicativos sobre la vida social y personalidad sicológica ajena, ella se consideraba muy hábil. Clasificaba a los individuos, a todo al que podía, con sus fuentes de información. Leía teorías que iban de Freud a Lacan, de Foucault a Derrida y, por las actitudes asumidas ante la vida por esos otros, teniendo ella por lecturas a grandes filósofos y sicólogos en boga, evaluaba ex cathedra.
La cubanita cambiaba del español al inglés sin aviso y, al categorizar, por causa de la disquisitiva y dulce certidumbre de su expresión, no se la podía desmentir. Ella creía entonces que había triunfado sobre el mundo. Que tenía una incuestionable credibilidad.
Lo que me fascinó fue su voz. Dientes bonitos y boquita que sabía sonreir y pedantear. A más se la refería como lesbiana, menos quería yo creerlo. De hecho, me maravillaba más con su hermosura.
Cuando me buscó, dijo una verdad. Observó que la eludía y la aislaba. ¡Qué estúpido: ni tú ni yo nos quitamos la vista de encima; pero ninguno se adelanta a romper el hielo! ¡Tenemos que hablarnos, poeta! ¿Por qué? ¿Sobre qué? inquiría yo, sin decir palabra.
Ella se proclamó brillante ante mí, pero compartía tal rango. Al menos conmigo, practicaba el don de la humildad.
¡No me enoja que me contradigas en la clase de GS!
¡No te contradigo! Doy otra perspectiva de los asuntos...
Y el día llegó. MEChA tenía una fiesta de fin de semana en el campus de San Diego State y Mercedes se dispuso a sacarme de entre ese alumnado mexicano y mexicoamericano cuya agenda básica fue el festejo del mítico peregrinaje desde Aztlán, el programa cívico político-social Chicano y, como diría burlonamente Saint Just, «ese colorido folclor que se redujo, desde hace siglos, a piñatas y tamales, mariachi y ballet, zapateado y papel maché». No le gustaba que yo andara con gente mestiza, batos locos, posiblemente undocumentad aliens, que sólo vienen a los EE.UU., «a pedir y una vez que se les beneficia, muerden la mano de quien les da».
«¿A quiénes importan los asuntos de los boricuas y cubanos aquí?», me preguntó.
Asentí. A nadie.
«Entonces, ¿qué haces aquí? ¡Con la gente de MEChA que no sabe lo que quiere!», me dijo. Mientras se quejaba sobre la ausencia de solidaridad entre los pocos caribeños en el campus, se jactó de que somos los más brillantes, mejor preparados, únicos a quienes se nos da la ayudantía de profesores auxiliares basado en méritos de nuestro trabajo, no por motivos de cuotas o por carencias en ingresos, esa mierda de Affirmative Action...
Le aclaré que «a veces hay méritos, pero no centavos».
Entonces, calló.
Me desafió. No me reuniría con la mexicanada. Esta noche, a las 8:00, sería para ella. Díles que vas a verme. Que saldrás conmigo.
¿Sabría ella lo que quiere? ¡Pero me llevaba con su pareja! ¿Qué tal ese afán de preguntarme, a cada paso, qué opino sobre ella?
... No te conozco y, ¿quién soy yo para estar juzgando a otros?, contestaba.
Un día, a riesgo de ganar el mote de machista al que ella asociaba la vulgaridad y mediocridad del alma, le contesté. Dio vigor a mi sinceridad unas tres cervezas que había ingerido en el bar de la Cafetería del Centro de Estudiantes, donde me halló ese viernes. Aquí viene esta republicanita comemierda, pensé para mí.
Se sentó en mi mesa, donde ya estaba solo. Un amigo al que ella no caía en gracia, con sólo oler su cercanía, se marchó. Me dijo: «Ahí te dejo haciendo cachapas».
Practiqué mis secretos guiños de ojo.
«Poeta, tú sí eres lindo».
«¿Te gustan los hombres de estatura pequeña y rubios? ¿Güeritos y chaparros, como dicen los mexicanos?»
«Me gustan los seres humanos... ¿crees que soy un ser humano valioso, poeta?»
«¡Otra vez esa pregunta, Mercedes! No lo que eres, pero te diré lo que pareces: una muñeca, en ese sentido cursi con que designamos a una muchacha bonita. Y te sientas (para jugar a la velocidad) sobre el cojín de tu juguete favorito, la motocicleta, y mascas chicles y siempre pides la aprobación, u opinión de un papá al que preguntas... ¿qué piensas de mí? ¿Revelará eso alguna inseguridad? ¡Claro que eres valiosa! pero, no importa cuán maravillosa persona seas, si me preguntas cuando apenas te conozco, qué es lo más que me gusta de tí, seguramente, escuches a este poeta, diciéndote: ¡Quien fuera cojín de motocicleta! para recibir tu traserito sobre mí... eres esa mezcla de niña-mujer guapa y juguete», dije.
Se puso nerviosa con mis palabras y sacó una caja de cigarros de un bolso en el dorso de la chamarra.
«¿Quieres?»
Acepté el cigarro y se lo encendí. Sentí su suave mano, lindos dedos, sobre la mía. Cuidaba que no quemara con el encendedor su nariz.
«¿Quién fuera un cigarrito para que tus labios me llenaran de chupadas?»
«Cállate», se rió.
«¡Se desborda el poeta!»
«Te crees el estoico perfecto más allá del Bien y el Mal, ¿no?»
«Estoico tal vez, perfecto no. La idea de perfección es una vanidad o dogma de gente estúpida», riposté.
«¿Sabes por qué no te renovaron el puesto de instructor, varoncito inmaduro?»
«No sé. Dímelo».
«No te lo diré, pero tienes que pedir esa explicación. Luchar por eso, apelar».
«Dímelo tú. Tal vez me mientan».
«¡Tengo gran respeto por ti pese a eso. No te lo merecías... ¿Qué es libertad para tí?»
«Eso equivaldría a contestar otra vez qué opino acerca de tí. ¿Por qué mejor no me dices qué piensas tú acerca de la libertad? ¿Libertad en qué contexto, libertad respecto a qué? O mejor díme, ¿qué se dijo en la Administración cuando admití mi relación con la muchacha de Texas en los dormitorios de la Universidad? Sexo consensual entre dos adultos, ¿dónde está el delito? Los mexicanos dicen '¿a quién le dan pan que llore?' Y ella iba y se metía al dormitorio y me daba pan. Ella no era mi alumna; pero total, fue dentro del campus... y mejor que quede por la buena. Es algo tan privado. Yo necesitaba ese empleo, pero...»
«Eso pasa a los hombres por lo rabicalientes que son».
«Eso puede pasar a una mujer, por igual».
«Olvídalo... No seas así, evasivo, poeta; díme algo filosófico, algo que no sea triste como el poema que le escribiste a tu madre».
«¿Te hablo sobre mi mamá o sobre la libertad?»
«De ambas cosas, si quieres».
«Libertad es autolegislación, darte orientación autónoma, para que tengas conformidad y armonía en situaciones, sean las de miseria o las de abundancia. La libertad exije responsabilidad, por lo que a veces es un trago amargo, duro de tragar, digo, no siempre».
Por la cabecita de ella pasaban muchas ideas y sentimientos que no expresó claramente; pero recuerdo que dijo: ¡He hablado acerca de tí con mi mamá! Eh, leyó tu poema... Mercedes, eso me halaga.
Después agregó: ¡Nos tienen envidia! ¿Quién?, pregunté. Aún no me consta. ¿Por qué se me tenía que envidiar a mí? También cuestionó: ¿Qué tenemos en común tú y yo? Sí. Eso sí me gustaría saberlo.
¡Gusto por ciertas lecturas! Puede ser. Callé empero.
«Yo no puedo escribir poemas. ¡Lo intenté! Lo que me gusta es analizarlos», me confesó.
A partir de esa conversación, Mercedes me gustó más. Rompimos el hielo. ¿Estaré yo apto para romper su himen, si es lo que falta por romper? Vive una relación lésbica.
I am a theoretical thinker and a feminist.
Corta su pelo muy corto, casi varonilmente. No soy yo quien juzgó, en voz baja, sus rasgos y conductas de maricona. Su cara es linda. Ojos pequeños, achinados, expresivos. Mechones de su cabellera castaña bajaban a su frente y, muy coquetamente, usa las manos para repeinarse. No creo que se haya maquillado alguna vez; no usa otro color en sus labios, sino el natural. Se peleó con el lápiz labial, pero no lo necesita.
Sin embargo, el sol la marca con salud y energía. A veces a la clase de la 3: 00 de la tarde, llega con las mejillas chapeadas. Como arrebol.
Nunca vimos que usara traje o falda. Ni gorda ni flaca, Mercedes viste con jeans y chamarras. Encubre su busto pequeño; pero los pantalones de mezclilla, al ceñirla, definen sus muslos lindos, el redondo trasero, caderas, pantorillas y silueta atléticamente delineadas, con músculos ocultos.
Sí, yo pensaba que es una muñecota y su voz, seductora. Pasa del inglés al español sin aviso, articulando un acento sureño, porque fue en el Estado de Georgia donde hizo su preparatoria y su B.A. en Literatura Hispánica. La voz seguía aniñada, pero ya con malicia. Con sabiduría.
Ella tenía una tía, profesora en La Jolla, que le daría un hogar para quedarse si estudiara su PhD en UC, La Jolla; pero, su hogar permanente está en Irvine, con su madre, una mujer divorciada que reprobó la amistad de Mercedes con su pareja. Se escandalizó un día que vio cómo la despedía, besándola en la boca.
El día 14 de septiembre, cuando MEChA festejaba las vísperas del Grito de Dolores, Mercedes tenía su propio convivio en el apartamento. Viajaríamos fuera del campus. Tendría que conocer a su pareja.
«¿A qué clase de fiesta me invitas?», pregunté.
«No te preocupes. Será un ratico. Debo ir a Irvine y estar con mi madre».
«Bebo poco y me aburre mucho el ruido y la gente», dije.
Mencionó tres o cuatro nombres de profesores invitados y estudiantes de Ph.D, gente que no llegó. Que no asiste a estas cosas. No invitó a ningún mexicano, o Chicano. La única persona que conocí (entre las concurrentes) fue a una condiscípula judía, con estupendo cuerpo que ponía a disposición de cualquier maestro para mejorar su promedio académico y problemas con los exámenes reprobados.
No fue una velada agradable. Duré muy poco en el lugar. Tomé un taxi y me fui. En un rincón de la terraza, al pie de la cocina, se quemó mucha marihuana y se reunía una de gentecilla a fumarla. La peste hacía evidente el vicio y su origen; allí no había bohemia, sólo depravación y escapismo. Divertidos fueron un par de gringos que, con guitarras y panderetas, improvisaron música y cantaron. Atropellaron mis tímpanos, como les dio gusto y gana. Mas pusieron a las mujeres de Lesbolandia a bailar, a tocarse las nalgas y enseñar sus calzones al sentir el frenesí y el morbo general, aparentándose como ritmo y sarabanda.
Sí, me hartaron.
Mercedes me presentó a par de invitados, pero al rato desapareció por una media hora que me pareció una eternidad. Dí unos diez minutos más y otra copa de vino antes de irme, cuando Mercedes apareció con su pareja: una gringa flacuchenta, huesuda, con la piel más rubia que la mía, cuyos ojos parecían apagados y distraídos y seguro que por el exceso de marihuana y alcohol que ingiriera. Fue la primera vez que ví tan de cerca a la amante de Mercedes.
Obviamente, a sus 20 años de edad, aparentaba mucho más que ella a sus 25. Aunque estaba demacrada, sus facciones eran finas, agradables y su estatura mayor a la de nosotros dos. Su pareja trataba de comunicarse, pero estaba alcoholizada. No entendí otra cosa que el que, si no la sujetaba por la cintura y dejaba que cruzara su brazo sobre mis hombros, iba a derrumbarse a mis pies. Mercedes me agradeció que la sostuviera.
«Es culpa mía. La obligué a levantarse, pero no bebe café. No sé por qué se puso tan ebria», la justificó.
«I am fine, I am not sick», dijo la gringa, ya besándome las orejas y buscándome los labios delante de Mercedes, quien sonrió no sé si por mi rubor o por los cariños apasionados de la borracha con un desconocido como yo.
«¡Tú sí eres lindo, poeta!», me susurró Mercedes al oído.
Lo que pasó, minutos después, fue espantoso.
Irrumpió en la fiesta una mujer iracunda y dominante. Soltó su escandalosa sobre todos nosotros. Nos declaró una recua de sinvergüenzas, viciosos y perdidos. Su propia hija iba envuelta en el paquete de hijodeputas. Era la señora Holguín. La cacheteó a varios pasos de mi presencia cuando apenas salí de la habitación, donde acomodé a su amiga en la cama. Mercedes buscó una pequeña coyuntura de salvación y avanzó hacia mí. Su madre olvidó sus buenas maneras, la jamaqueba a fin de evitar que me abrazara y se quejó de que se le había dejado plantada. Mercedes dio atención a semejante compañía de truhanes, pero, ¿y la cita con tu madre?
«¿La olvidaste? ¿Quién es primero?», preguntaba a su hija.
A todos los invitados ebrios, o no, los llamó hippies y putarracas.
«¡Lárguense de aquí! ¡Tengan decencia!», gritaba a todo pulmón en versión bilingüe si es que con Out of here, filfhy demons! quería decir lo mismo.
«Desde las 6:00 de la tarde me tienes esperando».
«Este es el poeta de Puerto Rico, mamá! ¡El profesor!»
«¡Que no estoy para poetas si no para poner orden aquí! ¡Que se vaya!»
Y me escudriñó después con su mal talante. Al fin dejó que Mercedes se metiera, comida por la vergüenza, en mis brazos. Y, al parecer, como conocía tal casa, la vieja se apoderó de los espacios. Empezó a vaciar y tirar las botellas de licor, vasos plásticos y servilletas, cubetas de hielo, al cesto de basura. Guardaba todo con prisa, apagaba lámparas, cerraba puertas. Sacó a gente de la terraza y la cocina, mostraba la salida y balbuceaba: The party is over! I am fed up of all this unmeaning showy blooms!
Con semblantes incrédulos y gestos de enojos, con la espantadota se fue todo el mundo, mientras en pocos minutos discerní más acerca de Mercedes que si hubiera conocido su vida por años y años.
2.
Se acabaron sus guiños por de pronto. Algunos de mis amigos lo observaron. Especularon sobre si Mercedes y yo habíamos intimado sexualmente. Si me fue bien o fue un enorme chasco. Me dijeron que ella ya no se queda con su amiga. Distanciamiento temporal por seguro.
Se quejaron: ¡Ya ni hablas!
Que ya ni ella ni yo aportamos la voz cantante de las clases compartidas. Que estamos apagados... ¿Te enamoraste? ¿Te pegó duro? ... pero siempre, a más curiosidad de ellos, chismosos e indiscretos, mantuve mi boca cerrada.
En el verano no se me dio trabajo. Comenzó a preocuparme cómo sobreviviría y pagaría mi registro estudiantil en Irvine; no tenía información sobre un paquete de ayuda financiera que se procesaría para el segundo cuatrimestre; sólo supe que mi admisión fue aprobada y que cinco de mis compañeros de las clases de Maestría iniciaríamos estudios doctorales; pero ya no estaba seguro de nada.
Precisamente, el día que más lejos sentí de mí un rayo de esperanza, me hallé a Mercedes en UC, Irvine. Completé una solicitud y cumplí mi entrevista, en aras de enseñar un par de cursos. «Sólo hay dos plazas disponibles», me dijeron; pero, al menos, se considerará mi interés y realicé el trámite. Mercedes había hecho lo mismo una semana antes. Lo supe.
«¡Poeta!», gritó. Iba yo rumbo a la Biblioteca a curiosear los libros.
¡Ella! No había cambiado. Vestía con jeans, chiclet Adams en su boca. Corría su motocicleta. ¡Siempre con sus guantes del color de la chamarra! Y su casco. A mi juicio, manejaba una máquina demasiado poderosa y masculina para ella, pero, al fin al cabo, es su símbolo de su poder. Es, pese a lo vulgarcilla de su madre, una muchacha rica. Su poeta predilecta, una vez lo dijo, fue precisamente «La Nena», aquella burguesita uruguaya que se carteaba con Darío y el terrible y pasional Manuel Ugarte.
«Ven conmigo», me hizo subir a la motocicleta, abrazar su cintura.
Llegamos a un complejo de apartamentos. Este residencial con jardines, balconcillos a la entrada de cada apartamento, está recién edificado y se rentará por primera vez a los profesores auxiliares y estudiantes de postgrados.
«Aquí vivirás hasta que resuelvas el asunto».
«¿Qué asunto?»
«Sé que no tienes dónde quedarte y que vives con El Diablo».
Sentí vergüenza. El Diablo es un exdelincuente, vicioso mariguano que echó mis tiliches a la calle, a la segunda semana de ofrecerme alojamiento. Me robó libros, el poco dinero que tenía y se jactó de sus hazañas con todo ese mundillo universitario que lo conocía como quien lleva 8 o 9 años, intentando sacar su diploma de Bachillerato. No sabía su expediente; pero no lo eludí cuando me pidió que fuese su amigo. Se autoinvitaba a mi mesa, si me hallaba bebiendo una copa de vino. Debí aprender a decir: «Lo siento. Quiero estar solo».
Golpe por golpe: «¿Ya no vives con tu amiga? porque ya no vivo con El Diablo». Rehuyó mi pregunta.
«Cada cual en su habitación».
Creí que fui el más afortunado de los seres sobre la tierra. Que ser poeta es tener bendición y magia. Sabía ya quiénes podrían ser mis buenos amigos.
¡Qué privilegio! Ella será una y estaré viéndola y oyéndola día a día. Compartiremos, aunque una pared nos separe.
No me pude imaginar que cocinara. Que prepara un desayuno para los dos. Prefería el té al café; yo, el café. Lo único que acaso me prepararé en la cocina fue mi propio café. Cornflakes. O tostaría un pan, uniéndole jamón y queso. Convenimos que el aseo lo haríamos entre ambos.
Se trajo un vaccum cleaner de su casa.
¡Que lindas noches tuvimos los fines de semana! Ella sabía comprar sus buenos vinos, casi siempre chilenos, y compartirlos conmigo. Por hacerme conversación o compañía, se desvelaba y aprendió a romper sus propias reglas. Me leyó poemas de Delmira Agustini («La Nena»). Coincidí en que el mejor de sus libros sería El rosario de Eros, póstumo, de 1924. Un sábado casi logramos resucitar el «corazón en flor» de Delmira y penetrar en (su) «alma sin velos», como Darío describía.
Hablamos acerca de su asesinato por el marido mediocre, egoísta y distónico. Hablamos en torno a la madre celosa y sobreprotectora de Delmira, porque esa mujer María Mundfeldt, como el marido, vacía los cálices, esquilma el fruto más sublime de las almas. Son similares, harpías epocales, verdaderos nihilistas. Ni creen ni dejan creer, ni comen ni dejan comer, ni cingan ni dejan cingar, dije a Mercedes que reía con cada detalle de mis interpretaciones.
Y la noche que descubrí, con rigor, la vulnerabilidad y ambivalencia de Mercedes, fue la mejor de mis noches en su apartamento.
Sobre el sofá de la pequeña sala, yo leía. Salgo de mi rincón cuando me aburre el encerramiento. Siempre he necesitado más que una récamara. Yo necesito balcones; desde algún punto, echar mis ojos a la calle, dije a Mercedes.
Este día esperé que, al verme, me dialogara un poco. No supe por qué, ya había pasado otras noches, ella se encerró. Estaría cansada, imagino. O muy atareada. O se aburrió de mí. Empero sobrevivía mi inquietud por verla y, al menos, darle las buenas noches.
Llegó la noche tras la tediosa tarde. A ratos alzaba la vista a la televisión encendida, casi inaudiblemente. O buscaba con mi mirada su puerta. De la habitación de Mercedes hasta la sala, provenía su música, suave e hipnóticamente penetrante. Sí, aún estaba despierta. Tocaría a su puerta; pero recordé mi promesa y su aviso.
«Ni uno ni otro entrará en la habitación que no es suya. Ni tocará las puertas. Cada cual es dueño de su espacio».
«Entiendo».
En la tarde, escuché el momento en que habló a su madre. Sonó el teléfono. Timbró muy fuerte y, así programa el aparato, para apresurarse a contestar. Mercedes se molesta cuando ella llama. Ambas se recriminan. Escuché que esta vez no me refirió como poeta. Esta vez no. Pronunció mi nombre dulcemente, ¿a qué otro Carlos pudo referirse que no sea yo? ¿Qué preguntaría la vieja gritona e impulsiva que conocí en la fiesta para que Mercedes mencionara mi nombre?
Recordé que nos clasificó como recua de rufianes y viciosos. Mercedes se puso más roja que el tomate, temblorosa. Entró a mi abrazo por primera vez, a fin de darse dignidad en mi compañía y salvarme también de los insultos de su madre. «Tú si eres lindo. Mi madre no debió hablar así». Recordé cuando dijo: ¡No estoy para poetas ni ostentaciones huecas, que se vaya! Unmeaning showy blooms! Carajo, ¿esta es la madre de La Nena uruguaya o de Mercedes?
Este día me obsedió su madre cubana, abandonada por un esposo mujeriego. Hicieron una fortuna en Bienes Raíces. Se olvidaron de Castro y la riqueza que perdieron. Estados Unidos de Norteamérica les dio más abundancia. Tanto que Mr. Saint Just se buscó sus gringas y abandonó a las dos mujeres de sus primeros años.
«Lo único que te ha faltado es un padre bueno», decía la madre a la hija.
Al menos supe que Mercedes informó a su madre que viviríamos juntos en el apartamento. Y lo aceptó. El es poeta.
«¿Y piensa bien?», sé que le preguntaba a Mercedes.
Ella, que es sinvergüencita y sutil, y que me piensa un ingeniero emocional, manipulador de los signos verbales (versión de la misión del poeta, tal como la adquirió del crítico I. A. Richards), cita mi propia mayéutica socrática: «¿Qué es más importante para tí: adquirir virtudes morales, dar un significado a tu conducta, a través de una ética, o pensar adecuadamente, mediante virtudes intelectuales? ¿Qué es más importante el 'Deber hebraico-cristiano' o la búsqueda de la Verdad y la Ciencia, la perspectiva griega? ¿A qué le vas, Mercedes, a darte felicidad con el dinero y el apego por los objetos del triunfo y el progreso, o apuestas tu ser a las Ideas, a lo sublime de Al-letheia y lo heroico?»
Ser poeta tiene su bendición y su magia, pensé. ¡Y qué conveniente pensamiento! En este momento, Mercedes salió de su habitación envuelta en una cobija. Ví la hora grabada en la pantalla de la tele: 12: 15 de la noche.
Ese ser mágico vino al fin. Sabe muy bien que es hermosa bajo las cobijas. Viste una blusa top que deja al descubierto sus hombros y su ombligo. Ha llegado casi desnuda. Seguramente se aburría como yo. Ambos somos seres noctívagos.
Si jalara la frazada la veré en pantaletas. Un segundo me tomó averiguarlo.
Se acurrucó al otro extremo del sofá y ví sus piernas desnudas y, en el fondo, el esplendor de sus bragas blancas que, por la luminosidad de la pantalla del televisor, semejaron un relámpago. Un guiño de los cielos. Disimulé haber visto sus calzoncitos en lo profundo.
Estaba desazonada. No creo que le interesara la televisión.
«Dáme un cigarro de los tuyos», me dijo, reacomodándose en el sofá.
«Iré a mi cuarto a traerlos».
Fue ella quien transgredió la regla de no fumar dentro del apartamento.
«¡Lastima! No tenemos vino y la noche es fría», se quejó.
Regresé. Improvisé un cenicero con una taza que hasta ese entonces me sirvió para recoger lápices y plumones.
«Fúmate uno. No seas tímido», me animó. Encendí su cigarro mientras ella evitaba con sus manos que la frazada rodara al suelo y me diera un espectáculo con su desnudez. Lo anhelaba.
«Ya aprendíste mi nombre», le dije.
«Siempre he sabido tu nombre».
«Siempre me llamas poeta, ¿por qué?»
«¡Ay, Carlos!», susurró. Siguió una pausa que no quisimos interrumpir. Fumaba y yo acercaba el cenicero improvisado cuando lo creía conveniente al comprender que rodaría su frazada a los pies con el mínimo descuido de su mano. Ella sabía que la observaba con mezcla de deseo y dulzura y apagó el cigarro, «no fumaste, bueno», dijo y, en ese momento, se escurrió la cobija tal como había predicho y quedaron sus muslos ante mi vista. Se irguió para regresarse a su habitación. Retomó su frazada débil y torpemente.
«¡No te vayas!», le dije pensando que soy un profeta de lo nimio. No creí que obedeciera.
La ví pararse ante mí. Mal arropada, vacilante ante mi obvia y casi impertinente sugerencia. Quería admirarla, pero, si ser poeta tiene su bendición y su magia, ella no ignoraría la súplica de mis ojos.
Tendí mi mano para invitarla a sentarse junto a mí. Cuando me dio su mano dejó que la frazada cayera de una vez, se sentó al centro del sofá y, levantándome, la recosté suavemente a largo y ancho del mueble. Me arrodillé sobre la alfombra ante su cuerpo; acaricié su pelo, sus mejillas y su frente. No me cansaba de escrutar su sonrisa y repentina tranquilidad.
Dejó que mis labios se frotaran ligeramente con los suyos. Una de mis manos avanzó sobre su estómago. Acaricié la suavidad de su vientre y sus muslos, apretando aquí y allá. Me había excitado a tal grado que sentía mi pene babeándose prematuramente y un delicioso calorcillo visitándome las sienes.
Subía la temperatura de su carne, con rica calidez y, cuando sentí sus escalofríos, sus poros excitados, restregué mis labios a lo largo y ancho de sus muslos. Ella tenía la carne de gallina, chinita, procesándome. Froté mis mejillas por sus dulces y firmes carnes. Acostada la sentí más pequeña que yo. Lo cierto es que me aventaja por dos pulgadas de estatura, más la altura artificial de los botines con que calza hasta de 3 pulgadas. Su estilo.
¡Al fin, surgió ofrenda de sus huesos para mis labios!
Te examino sin ventajas y te quiero, pienso.
Ella se llevó sus dos manos a los senos. Se buscó los pezoncitos duros debajo de la blusa. Cerró sus ojos. Con miedo a que se resistiera a mi empeño, mordí la tela de su braga. Lamí tras la seda el centro mismo de su chocho. Este comenzaba a destilar sus fluídos y era peludo, carnoso, espléndido. Lo medí con la palma de mi mano y, al hacerlo, temblábamos.
Este detalle sería decisivo: desnudarla totalmente, abrir sus piernas. Aquí jugaremos a la revelación de la verdad y la definición griega es A-letheia, lo que está escondido. La verdad nunca es obvia. Quise que me muestre lo que esconde.
«Apaga la luz, Carlos».
Pensé que si lo hacía, ella correría a su recámara y evitaría que entrara.
«Lo haré, pero falta un detalle...»
No dije más. Deslicé con decisión, con mis dos manos, sus bragas a sus tobillos. Levanté sus muslos, me quedé con la pieza deseada. Me senté al borde del sofá. Se pasó una mano por los ojos. Ví que lloraba. Con la otra mano se tapó la vulva de vellos castaños.
«Te quiero adorar, Mercedes».
Apagué las luces. Dejé el televisor encendido, adrede. Todavía permanecía allí, esperándome y, en la penumbra, me desnudé frente a la puerta de su recámara. Olí su braga, su olor de mujer. Es limpia y deseada. Su aliento tiene por única mácula ese cigarro del que extrajo un par de bocanadas.
No sé si es vírgen, ya lo sabré. Atajaría su paso si quisiera evadirse de este trance. ¡La quiero! Cuando regresé al sofá, ví que se cubrió con la frazada, se sacó el top y se sentó en el centro del sofá como en guardia. Ví la blusa tirada al pie del mueble y sus bragas las apreté con mis manos, como preámbulo de mi conquista. Mi trofeo.
¡Ya estaba desnuda! Y, yo bien arrecho.
Juguetonamente pedí:
«Vamos a escondernos bajo la cobija y hacer una casita».
«¡Ay, Carlos!»
Me arropó. Nos cubrimos hasta las cabezas y comenzamos a besarnos con ardor, apretándonos uno contra el otro, tocándonos, explorándonos. Jalé sus muslos, subiéndola a ambos extremos de mis caderas. Sus pezones los pegaba a mi pecho. Moví sus rodillas al fondo del espaldar del sofá. La acomodé sobre mis güevos. Cara a cara, intercambiamos besos y los sabores de las bocas. Me posesioné de sus nalgas. A mi gusto, con ambas manos, se las apretaba. No alcanzaba a cubrirlas con mis manos flacas y pequeñas.
Ella ensayaba sus besos profundos. Ciertamente, eres ardiente. Me chupaba la lengua. Al rato mis orejas y cuello. Me tenía al borde de la eyaculación. Acariciar sus posaderas fue como reencenderla, activar su boca; se estaba acelerando La Nena por Saint Just abandonada.
Metí el dedo del corazón en su chocho. Sentí su humedad y angostura. Con la mano izquierda acaricié su espalda y rabadilla. El dedeo le produjo su primer orgasmo intenso. El brinco la puso de rodillas. Sentí que salió de encima de mi pija, lo que me dio tiempo de controlar mi eyaculación amenazadora. Nos dimos un minuto de reposo porque la frazada rodó al piso por causa del julepe.
¿Quieres hacer el amor sobre la alfombra? ¿O te llevo a mi cama?
«En la alfombra».
«¿Por qué?»
«No quiero que digan que he estado en la cama de un hombre».
Tendí la frazada de lana sobre el piso alfombrado justo al borde del sofá. Una frazada tan grande y pesada que Mercedes no podía controlar ni sus dobleces y que, por su extensión, tampoco cupo en el espacio de piso disponible. Asocié estúpidamente la frazada con ese animalón de fierros de su motocicleta. Visualizaba metafóricamente que cavaría sobre la alfombra la Charca de Urano. Que castraría su lesbianismo, sumergido en el womb-like-place de felpa o lana, que la pasión y la naturaleza vencería la moto-caballo de metal del Kali-Yuga, con que ella se indujo a lo externo del sensualismo de los entes sin sentido. Voy a sembrar un árbol fálico en ese tinaco de barro, húmedo por la lluvia de otros besos. Aquella flaca no besará mejor que yo, pensaba.
La luz del televisor resplandecía sobre sus piernas y ví sus pies, delicados y limpios. Ella no quitaba su vista de mi polla. Vio cuando me quité los calzoncillos. Hoy serás mi Huppa, mi novia, mi templo.
¿Será la primera vez que Mercedes observa una pinga?, pensé.
Pisé la cama improvisada, inclinándome de rodillas ante ella. Acaricié sus piernas otra vez. Lamí sus tobillos y pantorrillas. Aún sus rodillas me parecieron exquisitas. Antes de echarla fuera del sofá, la jalé hacia mí y hundí mi lengua en su sexo, separando las piernas lo más pude, a lo que ella colaboraba, reacomodándose, porque de seguro la lesbiana se la comía de este modo.
Ahora sí que gemía. Yo succionaba. Olisqueándola, fingiendo morderla. Ella se derramaba, se retorcía, se murió de gusto. En uno de sus movimientos, resbaló. Cayó de rodillas sobre la manta, apoyó su cabeza en el asiento y clavó sus codos al sofá. Llevó sus manos a la cabeza. Descansaba. Quizás resbaló, premeditándolo, a fin de no mojar con sus fluídos vaginales el fondo mullido del mueble.
Ahora sí que observé sus nalgas redondas; un trasero túrgido, proporcionado sensualmente. Un culito digno de mirarse. Me eché a un lado, de repente, para que la luz azulina que procedía de la pantalla del televisor lo iluminara y me diera más detalles visuales de su hermosura. Ví la humedad de su corrida bajándole de la vagina, con refracción lumínica.
Quería besar sus nalgas, pero me urgía penetrarla porque se me babeaba el pollete inútilmente.
Este momento sería idóneo. Un ataque sorpresivo por la espalda, ahora que está empinada, húmeda, borrachita del placer por la mamada. Coloqué mi picha bajo su ano cuando aún no lo esperaba. No pudo reacomodarse ni evadirse. No dí ventaja. Empuñé el puñal de dura carne y empujé con vigor todo lo que pude.
«¡Ay, Carlos!», gemía.
Lentamente, según me permitía su coñito (hasta entonces, sólo acostumbrado al dedeo de una lesbiana), hundía y sacaba a la mitad mi pinga y la bombeaba. Sus lloros y jadeos, su piel que se ponía de gallina de repente, movimientos intravulvares que sentía a medida que el calor y fricción de mi verga nos enardecía, aceleraron el ritmo de las clavadas, sin darme cuenta. Este sí fue un rico mete y saca.
Me gustó el sonido que producía mi embestida contra sus nalgas. Después percibí que el sonido más excitante se producía por soplar con mi asomo viril los aires posibles dentro ese abismo de sus túneles vulvares y que, a más ella entorchaba su cola y se empinaba, más se hinchaban mis cojones, más duro el pedazo de carne perforante, más temblor de mis rodillas y más temperatura se impregnaría y se expresaría con nuestros cuerpos.
Entonces, sin interrrumpir la atornillada, quité sus codos del sofá. La conduje a la manta en cuatro patas, apretándola a mi cintura y, por no sacar mi verga, sin querer, caí sobre ella, sino violentamente al menos con el impacto suficiente para que mi pene se hundiera hasta las sínsoras de sus entrañas.
Desflequé su himen. Sentimos el desgarre. Vimos la manchita de sangre sobre la manta.
Subió el culito todo lo que pudo. ¡Ya la sentía mía! Su mejilla la puso a ras de alfombra. Seguía mis órdenes. Aplastó una orejita al piso, pero mirándome con el rabillo del ojo, o queriéndome ver. Sólo vio, me dijo después, el gozo de mi cara. Me adivinaba.
«¡Ay, Carlos!»
Me dí a la tarea de cingarla ardorosamente, con la energía de vaciar mi semilla en las paredes más secretas de su útero. El orgasmo fue mutuo, generoso, intenso y cuando vacié mi leche en su interior fue tan quemante que agradeció que dejara mi miembro dentro, sin sacarlo, para que ella pudiera comprimirlo con sus muslos y no verlo salir a sacudirse, disminuído y sin duras y ardientes magnitudes.
«¡Tú sí eres lindo!»
¡Sólo necesitaba reponerme! Aún quería más de ese cuerpo suyo que ella entregó a manos mujeriles. Pero esa frase de Mercedes me molestaba, no sé por qué. Lindo, según su definición, fue mi semblante y contextura, lampiño como un niño, chaparro, delgado, con la piel suave que le recordaba a su pareja lésbica; lindo, por carencia de un lenguaje soez, desacralizante; lindo por mezclar mi sexualidad misteriosa, insospechada, con un amor sagrado, poético, que comunico al mundo.
Cuando mi pinga se redujo, decaída, eyaculada, salió sola y sin aviso de su vagina y, por besar su nuca, nadé sobre su espalda; restregué mi vientre sobre su nalgatorio y me gustó la sensación de tenerla bocabajo, sometida a mi peso, al roce de mis rodillas sobre sus costados.
«¿Qué harías si me embarazas?»
«¡Mira en lo que piensas!»
«¡He dejado que me seduzca un niño!»
«Somos adultos de 25 años».
Me echó a un lado suavemente. Dejé que se volteara. Me subí con prontitud sobre sus muslos otra vez.
«¿Quieres que hablemos o quieres que juguemos como niños?»
«¡No te enamores de mí, poeta!»
«¿Por qué?»
«¡Ay, C... a... r... lo... s...!»
Besé su boca. No sé si terminó de pronunciar mi nombre. No quería decir que me chupara la glande. Quise que lo hiciera. Arrastré mis nalgas sobre sus pequeños senos y, antes que se dijera más, me engulló el pito, le echó sorbos de saliva, lo acarció, pelándolo y besándolo. Me produjo la erección deseada.
«Eres ardiente. Me gustas».
«¡Ay, poeta!»
Me apresuré a penetrarla una vez más. Se nos había quitado el frío desde hacía rato. Nos bastaban nuestros cuerpos cada vez más calientes. La amé despaciosamente, aplastándola. Le invité a alzar los muslos, a tocar con sus rodillas mis hombros, porque yo quise hundirme en ella y desaparecer, si es posible. Ahora sí me vibraron las ingles. Sentí que ella es una brasa y que un pene al rojo vivo es como el hierro y se restalla como una granada.
Una vez desfogados, complacidos, yo amanecí en su cama. Y sé que se quedó dormida antes sobre la alfombra. De hecho la dormí a besos y lamidas, me detuve a besar sus nalgas y no resistió más aquella fiesta de amor y libertad, mi bombardeo de besos, mis apretones y mordisquillos, se abandonó al sueño, sonriendo y susurrando: «¡Cómeme, cánsate! ¡Ya no me importa nada!»
La noche fue ceremonial sempiterno. Tiempo tuve para todo.
Traje varias frazadas de mi recámara, me surtí de almohadas y un frasco de vaselina. Subí el estómago de Mercedes sobre una de mis almohadas bajo la cual puse el cojín del sofá. Impregné su ano con vaselina y hundí mi pene en él y no me cansé de bombear en su culo. Derramé todo cuando me permitieron los testículos esa tercera vez.
Cuando despertó seguramente sabía que fue mía en todas las formas imaginables. 4:00 de la madrugada y, aún estaba yo despierto, velando ante su hermoso rostro, a ratos besando su mano, arropándola con mis frazadas.
«Mercedes, vé a tu cama. Descansarás mejor».
«¡Llévame!»
La ayudé a incorporarse, recogí las mantas y la encaminé. Entré a su habitación por primera vez, pero, ya no me dejó salir.
«Amanece conmigo. No me dejes».
3.
Esporádicamente, se repitieron ciertas noches como ésas. Guiñaba su ojito cuando estaba cachonda y, si yo daba la afirmativa, me decía: «¡Ay, Carlos!» y el julepe sexual comenzaba cuando yo describía cosas cargadas de significado viril, espadas o pistolas de Bolívar porque yo sí conocí, contrario a ella, a verdaderas feministas. Disertaba, para su asombro, sobre Manuela Sáenz, heroína de Quito (Ecuador), raptada en su fuga de un convento, mujer que soñaba con Bolívar y le entregó ocho años de su vida y le salvó de la conjura homicida de la negra Noche Septembrina de Colombia. Aún siendo estéril, Manuela fue heroica y salvadora. Yo sí conocí la bibliografía de esta mujer. Dibujaba con versos de mi boca su heroísmo y, de pronto, Mercedes se vio en ella y me decía: «Descríbela. Díme acerca de Simón Sáenz y su noble cuna, díme si fue bastarda o no, díme por qué la amó Bolívar».
«¿Cómo es que no la conoces tú? ¿Sobre qué base has fundado tú el feminismo?», preguntaba.
Consumimos varios días para explicar el paralelo de Manuela con la hermosa negra que llamé Cleopatra. Ambas se hicieron morder, o los senos o el hombro, por una serpiente venenosa. Pero, en Bogotá, donde intentó el suicidio, Manuela fue apresada. La llevaron a Jamaica y después en el Puerto de Paita (Ecuador), menospreciaron su cuerpo, contrajo la difteria, la enterraron en fosa común con los más pobres. Olvidaron los ocho años que vivió con un poeta del futuro, con un varón de la raza de los dioses.
Dije, con especulativos ribetes neofreudianos que, con esos suicidios serpentinos, las mujeres se castran. Renuncian a la sexualidad profana. Buscan la castidad, el amor divino.
«¡Ay, Carlos! ¿Cómo me dices estas cosas?»
Todo iba bien hasta que un día ví a la amante por el campus. Quería volver por ella.
No pedí explicaciones, pero entristecí.
El carácter de Mercedes cambiaba. Volvió a referirse a mí como el poeta. Dejó de guiñar su ojito chino, de cortas, pero peludicas pestañas. El tono con que verbalizaba el yo serlo me dio una impresión acusadora, pero yo, siempre me contuve de exaltarme y pedir cuentas. Aún el amor humano tiene que morir y diluírse para advenir más profundo y realizado.
Cierta mañana, varias semanas después, que se me ocurrió ir al apartamento antes de mi hora acostumbrada, día que llovía torrencialmente sobre Irvine, al caminar hacia la entrada, ví un carro desconocido detrás de la motocicleta de Mercedes. Entré al apartamento con mi llave porque la puerta estaba cerrada y las cortinas del ventanal no permitían que viera hacia el interior. No habían sido descorridas. Tampoco había luz.
Me quedé con doliente incertidumbre entre el balcón y el jardín.
Silenciosamente, fui rumbo a mi recámara que está al extremo oriente del apartamento que ocupo. La puerta de la habitación de Mercedes estaba entreabierta. Vacilé antes de acercarme. Aquellas cinco pulgadas de apertura fueron suficientes para que echara una mirada a distancia. No habría sido necesario porque escuché sus gemidos. Estaba bajo el cuerpo de la otra. Ví una porción de nalgas blancas, canijas, tatuadas con una pequeña mariposa de colores, y unos muslos intercalados a la pierna de mi compañera. El muslo que juzgué hermoso, cautivo entre los de aquella patiflaca, es de Mercedes y su amante lo jala con violencia hacia su vientre, aprovechando su roce. Con su muslo, se rema hacia adentro. La repega más a su púbis. Por sus chochos pegados uno al otro la fricción de sus clítoris es plena. La otra está sentada, activa, rigiendo y guayando; Mercedes, casi de espaldas, torciéndose sobre la cama, imposible que viera mi asomo. La gringa miraba hacia Mercedes por lo que tampoco me vio.
Repudié la escena. Sentí que el corazón se me partía por la traición.
Fui a mi habitación y, seguramente, se vinieron juntas las dos bellacas porque antes de cerrar mi puerta, escuché que gritaban que se corrían. Y la frase que alcancé a percibir, con la voz casi varonil de la otra maníaca, fue:
«Suck my cunt, Merceedeees! Suck it, bitch!»
Supe que tendría que irme. Es asunto de apartamentos prestados y redenciones imposibles.
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