El corazón del monstruo / Carlos López Dzur
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Y haré subir contra ellas tropas, las entregaré a turbación y a rapiña y las turbas las apedrearán y las atravesarán con espadas; matarán a sus hijos y a sus hijas; y sus casas consumirán con fuego y haré cesar la lujuria sobre la tierra: Ezequiel 23; 47-48

Al Rey Rodney le rompieron los dientes y costillas. Muchísimo más tendría que esperar como escarmiento el que mató a unos mellizos. Luz verde dieron al acto quebratorio. Entraron entonces los perros policías. Husmearon en cada rincón de las calles malas. Y, al fin, echaron un pitaso. ¿Acaso no lo dijo Adela? La madre de las víctimas. «¡Fue Evaristo!»

Y antes de que fueran por él, congregó los suyos en su propio congreso de tinieblas. Su pandilla lo siguió hasta el peldaño final de las complicidades.

Irían a Adama otra vez. Aholiba Gang se unió en patines y, por igual, los niños feroces del Tabernáculo en Ella. Al fin, comenzaría la justicia verdadera del jodedor jodido. Quemaron alacranes a su paso. Putearon a los Ninja a palos y pedradas. No dejaron ni a las vidrieras vivas. Rotos dejaban hasta los rotos del pavimento. Derribaron bardas, desvencijaron terraplenes y puentes, taparon drenajes. Descosieron los andenes. Cazaron a chamacas de pálidos semblantes. Les quitaron sus bragas. Lamieron sus culos. Se mearon en las sandalias de las ancianas. Quitaron los guaraches a los mendicantes.

Y como los cuervos se escurrían por las esquinas, llevándose los vinacos de las licorería, otros se metieron en los shopping centers y a llevarse discos compactos, televisores, cámaras, casseteras. Los zapatos, si no eran finos de charol o piel de cocodrilo, los dejaron en las vitrinas; aunque ya estaban quebradas a pedradas y cabezasos.

Los amotinados llamaron a sus madres y sus hermanas por los celulares para que penetraran en mercaditos de chinos y coreanos; vengan por los quesos y las tortillas; no olviden que los batos beben chelas y avisen a los primos, que se unan. Que se lleven las butacas y relojes y esclavas de las joyerías.

Cuando vieron a los adversarios, con talabartes ceñidos a los hombros y tiaras de colores en las choyas, la grey fiel a Evaristo sacó sus cadenas y palos de boxeo chino. Los corrieron por toda la avenida, sin importar la presencia de bomberos y gendarmes. Desde sus camiones se originarían sus ruidos de sirenas y buscarían algún enclenque sorprendido en medio del motín, asustado pobre diablo. Y a tundirlo de palos, colocar sus antebrazos a la espalda y esposarlo.

Ojos telescópicos de cámaras reproducirán los heroísmos del combate, en provecho de la paz y orden, ante millones de televidentes.

El día del free for all no se iría de las manos de Evaristo ni de su pandilla. Se unió hasta el bobo de la esquina por un deseo robado al caos. Adquiriría La mercancía que apeteciera de los aparadores. Guardan más envidia que valores en sus tullidas vidorras, pero en su camuflaje ocultan su verdad: Ténme lástima, o revienta; así me aguanto el pedo.

¡Qué espantoso fue aquel vaticinio ezequeliano!

También tocó el turno de protagonismo a las turbas de Acaz. Juntó sus ejércitos. Pidió ayuda de la Guardia Nacional. Declaró el estado de emergencia en el mismo centro de los ángeles caídos. Robó televisión como chusma que opina para la Güera Oxigenada de Cristina.

Acaz aseguró que los hijos de Ahola y Aholiba fornicaron en pos de nociones antidemocráticas y salvajes de vox et praeterea nil. Por cuanto, como pueblos, merecerán su escarmiento rodnikinano; les negarán las VISAS. Se reorganizará un nuevo ciclo de deportaciones masivas y, para que sea inmediata la conjura, empezaron a rociarlos con gas picante, con gas de lloraderas, con gas de pedo químico. Los descuartizarán a espada, con mangas de agua y cachiporras...

Y cuenta el profeta Ezequiel que, tras varios días, los amotinados se escondieron con Ninja Turtles, haciéndolos sus amantes, mientras asirios y caldeos bebieron y fiestaron para quitarse el miedo y tener su día para escupir a RoboCops y transear a los madrinas guachimanes: las julianas. Animados por los brebajes que, desde Cali y Medellín se traen en mulas con caritas de maría llena eres de gracia o pócimas ya aquí confeccionadas se entregarían al apendejamiento colectivo.

Perdidos en street rap & crack, las etnias se autoquebrantaron. Se golpearon de narices en sus vicios, se abastecieron un resto. Mutilaron sus orejas colocándose aretes y se rezurcieron los penes y las bolas para esquivar la verdad de sus culpas. Pasaron, de este modo, por jotos y agarrapendejos en chirola... y entonces, Acaz y sus sucesores, también cómplices de los poderosos, los juzgaron por sus leyes.

12 de mayo de 1992 / Los Angeles, California

Carlos López Dzur / Correo

Email: baudelaire1998@yahoo.com

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