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El desalojado
A Francisco Díaz Gandarilla,
rip, querido amigo y huésped de mi casa…
(Su sicosis fue)… efecto de una carencia o represión no producida, situaciones aún presentes, el trabajo de construcción que este sujeto sicótico tuvo que realizar, con una teoría de los orígenes y resignificación de su Yo, no se hizo, no se completó, conduciéndolo a vivir indefinidamente lo que vivió en el pasado, sin su propio discurso social. Su yo, una fallida reorganización de su mundo, sin reevaluación estructurante: Piera Aulangnier
De vista lo conocí por muchos años. Coincidimos en cafés y restaurantes, en eventos musicales, en plazuelas, siempre sin hablarnos. Con Don Panchito, simpático y conversador, parecía que, en todo lugar, hallaba su mero mole. Un festejo a sí mismo, su alimento por carambola. Fue muy distinto a mí. Soy muy privado. Odio el show-off y las parafernalias de gregarismo. Quiso acercárseme y aún temía hacerlo. E imagino el por qué. Mantuve mi rostro reservado, mi actitud reflexiva y mis gestos ocupados.
«Da usted la impresión de una persona muy importante y yo le estorbaría», dijo la primera vez que me conoció.
«No, nada de eso», dije y sonreí. Mi sonrisa le pareció tan sincera que no la olvidó jamás. Por eso vino a mí, años después, como su último recurso y esperanza en la angustia. Sí. Esto sí me lo dijo el día que se despidió porque pensaba en la muerte.
Algunos conocieron sus alegrías; yo, al final, sus dolores. Se me dijo, no fue él quien lo presumiera, que fue el reportero gráfico de más antiguedad que se vio en sus faenas por Los Angeles. Un pionero de los medios en español. El primero que, como corresponsal, envió a periódicos del Distrito Federal, México, sus gráficas de fiestas de gala en Hollywood y espectáculos con estrellas mexicanas en el teatro Million Dollar. Por eso nada más lo hubiera yo buscado y sentado a platicar con él, pero lo supimos tardíamente muchos a los que nos interesó. Lo supe y no fui el primero.
Una ola de enfermedad siguió a una etapa de penurias económicas que sacó a Don Panchito del negocio de los espectáculos. Cerró su estudio fotográfico en L.A. Dura fue ya la cuenta adeudada por el alquiler de su Photographic Studio. Sus amistades dejaron de pagar lo que él les fiara por consideración y por amor a la ‘artisteada’ y los jóvenes que apenas comenzaban y a quienes se cerraron muchas puertas por la falta de nombre. Ser famoso deja plata; a veces más que el talento, me llegó a decir. Sin embargo, es uno de esos pocos que guardaron en su memoria lo que sufrieron muchos de los hoy famosos y que tuvieron largas miserias y anonimatos.
«Así es el mundo que vivimos», le dije. «La propaganda es el concepto que un par de listos fabrica para los consumidores. La estrategia de un mundo que se concibe para los rebaños».
Sin poderlas, Don Panchito a menudo sirvió de promotor. Tenía amigos en estaciones de radio, revistas y periódicos, y fe en ese quehacer. Aprendió, líricamente, sin formalidad, sobre la pequeña industria de la publicidad. En su mejor momento, como reportero gráfico independiente y dueño de su estudio, fue reconocido como el fotógrafo de las estrellas. Panchito fue influyente. O creyó serlo. No tenía codicia, egoísmo, mala leche. Se alimentó con gratitud. Nunca con chantajes. No le temblaban las manos entonces al disparar su cámara con rigor y la eficiencia técnicas. «Eso no basta», le dije.
Para la vida, no para el trabajo, él no tenía una teoría de los orígenes egoicos; pero tal vez tenía la noción del presente que se fija, fotografía tras fotografía. Una imagen dice más que las palabras. «Bueno, ya no sé si eso es cierto. Las imágenes tambien mientan las estupideces».
No supe si me entendió lo que con ello signifiqué; pero una que otra vez hubo diálogo.
El tuvo la necesidad de ser amado limpiamente. Conmigo lo consiguió. Lo quise como al abuelito que no conocí. Más que paternal (pues no tuvo hijos ni se casó jamás), tenía fijaciones temáticas con la maternidad. Buscaba una madre en todo mundo. Pocas veces me habló sobre sexo, o sobre su vida sexual en su juventud. Como yo, él creyó en la belleza natural y en lo sublime. Fuimos (él sin saberlo), schillerianos. Contrario a mí, creyó en el azar y, como yo, en una prehistoria del Yo. Aún apenas nos habíamos conocido.
Se persignaba ante las iglesias. Le gustaba el tema de los espíritus y los aparecidos. Con el tema de las madres, buenas o malas, lo tenías muy platicador por horas y horas. Le sacabas muchos de sus recuerdos. Bueno, ya en mi casa, supe yo que él fue muy extrovertido y platicador con su gente conocida y consuetudinaria. Gente de Los Angeles, no del Condado de Orange. Conmigo habló menos, pero de un modo muy especial, porque me creyó sabio, el hombre joven más inteligente que he conocido, y me encaré con su vejez, su época mala y ese dolor inconfesado de su rostro que lo volvió facialmente feo, parapléjico. La comisura de su labio superior casi quería bajar a su enorme papada. Tardó años, muchas horas de sus contínuos masajes mañaneros, para medio-recomponer su rostro.
Se mudó a mi casa al fin. Eso que dijo que tenía cientos de amigos. Mas mira dónde se va, conmigo. El más desconocido, el menos íntimo. ¿Para qué buscó Anaheim y Orange, donde sus amigos fueron menos? No quiso que le vieran tan miserioso.
Hice mi esfuerzo para darle compañía y diálogo. Fue una tarea de cinco o seis años, los más difíciles de su vida y, al final, los más felices y necesarios. ¿Qué haría yo? … devolverle un poco de su optimismo y alegría. Servirle así me hizo que comprendiera que soy más espiritual y desinteresado que lo que creyéramos ambos. En lo que me concierne, lo que importó, tras vivir junto a él, es cuánto aprendí. Vivir con un viejito de tal laya, oyéndole sus pedos, tosidos, pesadillas, el dolor de sus achaques, es kármico; pero leer para él un cuento o un poema de mi autoría y decirle: «Lo acabo de escribir en la oficina o en la Biblioteca Pública de Santa Ana, ¿qué te sugiere? ¿Te gusta?», cierto fue, supuso un experimento interesante.
Sea por cortesía, o por la gratuidad que me tuvo por ser yo su anfitrión, me dio sus in-puts, retroalimentaciones. Así llegó a sentirse importante y coautor de mis producciones literarias. Sí, Panchito a su manera me llenaba de amistades y otros agradecidos.
«¡Tú te has ganado el Cielo con eso que haces con Panchito!», me dijo uno que otro en la vecindad que se enteraba, al fin, por algún detalle, porque él no es ni mi padre ni mi abuelo. Y se sabía. Yo, divorciado de mierda, ví que él, cuando casualmente llegó mi ex-mujer y mi hija a cerciorarse de que no me he muerto, me refería como el hombre más generoso y sabio de la Tierra. Estuvo más feliz que yo, todo fue júbilo para él.
Al llegar, en el corredor de mi apartamento, encendió las luces de mis candelabros. Yo fui el único que parecía el judío y el doliente solitario, durante un Hannukah.
Todo el mundo parecía que conocía bien a Don Panchito. No a mí. Por mi parte, tuve, a fin de conocerlo, que ir y preguntarlo. Fue obvio que no somos ni siquiera paisanos. «¿Cuánto te paga, Panchito, por la renta de su cuarto?» ¿Qué importaría si no le cobro nada?
Hubo gente que me pidió que lo echara a la calle porque él debe tener a quien pedir. Que no sea yo. Alguna familia, pariente, hijo, deudo… Aseguraron que él tuvo la osadía de accederme y decir si podía quedarse en mi casa un par de días, porque me vio la cara de pendejo. Los días se convirtieron en más de un lustro. En años.
«Si no es un abuso de él, eres un santo. Te has ganado el Cielo», concluyeron. Coño de los coños, ¿qué puede importarles a estas gentes?
«¡No me he ganado nada! porque yo ni creo en los cielos ni en las glorias. He ganado su gratitud y su compañía», dije a varios incrédulos. Entonces comprendí la significación última, primaria, de goyyim. Intruso.
«Soy quien le espanto las novias a él», dijo Panchito. Me reí. Había una joven y bonita mujer, escuchándonos y buscaba donde rentar. A lo mejor, pensó, aquí la hicimos.
No me equivoqué. No me arrepiento cuando dije, cuando se sugirió si tenía otro cuarto, por si me visitara la novia, o un familiar de los míos, que a las presumidas novias «¡yo sé las dejo a él».
¡Qué importa! En el Sur de California, he tenido muchísimos apartamentos. Cierto. Soy un judío errante.
En ausencia de Don Panchito, otros me dieron sus quejas. Se lo ha visto vendiendo CDs o películas piratas; o cuando él reparte sus hojas sueltas, ahí por las Calles Main y Cuatro.
«Oh, me da pena con usted, porque él casi mendiga que le compre o que contrate sus servicios como fotógrafo; te da una ‘bussines card’, el pobre hombre… Oiga usted que pronto será la quinceañera de mi hija… usted está invitado, eh… y una vecina dijo que Panchito haría el trabajo de su álbum fotográfico por comida, o sea, gratis, ¿cómo es éso? y que prepara así el álbum, es un abuso, ¿cómo cree? pero yo miré que es medio ciego y tembluzco y lleva la ropa sucia, sin presentación, pueh, ¿usted que cree?… no puede ser que se lo permita. Usted es un maestro y se mira muy fino. No merece que él lo ponga en menos. Lo desacredite, pueh. ¡Me da una pena hasta decirlo!»
Viejas argüenderas… Blá… blá.., blá…
«¿Pena… por qué?, me enorgullezco de ese gesto. Significa que sólo quiere sentir que es útil. Cualquier día, el que es inmigrante, sin documentos, puede volverse más pobre que el pobre y verse en necesidad de pedir hasta un vaso de agua, o quien pague el entierro del que muere en tierra ajena», les dije.
Huyeron de mí como del diablo.
Don Panchito solía decir que el presente lo tenía atrapado y no se le iría de su cuarto oscuro. De su laboratorio. La fotografía es una jaula. Una vez, al admirar una que tomó de Katherine Hepburn, dijo: «Por mí es eterna… Te has quedado ahí, mujer bonita, para siempre».
Katherine fue coestelarista con Anthony Queen, en 1944, en la película This Can’t Be Loved. «Mi paisano Quinn es de mi mismo pueblito en Chihuahua y yo le tomé fotos en los estudios en Hollywood. Por eso me llaman ‘Panchito Hollywood’. El me dio el bautizo… Siempre lo ponían de indio en las películas, guerrero de tribus nativas; o de mexicano como en Viva Zapata. Lo que la gente no sabe es que él tiene sangre irlandesa, por la parte paterna», me contaría Don Panchito.
Ha traído a mi casa lo que quedara de diez cajas de fotografías. Unos cuantos paquetitos remanentes de las millares de fotos que acumulara y echaron a los basureros. Cuando sufrió su reciente desalojo, mientras estuvo en el hospital, a sus archivos y recuerdos personales los saquearon. También vaciaron de su casa, o más bien, se robaron cámaras, lentes, rollos y álbumes. En la calle, al pie de su balcón, sacaron su ropa, sus muebles, su mugrero. Se hizo tal desparramadero que se sintió más pobre que un biafrano, azotado por las moscas en un charco.
No fue la primera vez que la penuria, la vejez y su enfermedad pusieron de manifiesto que no hay quien vele por sus cosas ni quien proteja sus intereses; pero, tan súbito desalojo, dejó dicho, especialmente, que hay que planificar el futuro. «Don Panchito, ¿cómo es que ni pagaba su Social Security? ¿Cómo es que no lo ha solicitado?» Me negaba sus 70 años como si fuera un jovencito.
¿A quién culpará él? No tiene hijos ni abogados. Ni es ciudadano. No tiene un representante de confianza. El desalojo lo puso contra la espada y la pared y él se culpó porque desoyó los viejos consejos de su madre. «Planifica, Panchito. Eres muy generoso. Eres desordenado con tu vida», dijo ella.
Para mí, el desalojo fue el comienzo de su progresiva sicosis. Estuvo fuera de ubique. Careciente de sus referentes. Ido de la realidad, incapaz de reprimir su estado dependiente, primordial e identificatorio con la madre. Siento que diga ésto como si se tratara de un enfermo del alma, pero yo estuve cuando lo conocí replanteándome a Freud, por unos libros adquiridos de Piera, la terapeuta italiana.
¿Quién sabe, si no yo, sobre el Don Panchito llorón, angustiado, hundido en la depresión y sobre cómo yo, un mísero filósofo, narrador y empleado, que no soy terapeuta, me aboqué a la tarea metapsicológica de sacarlo de ahí, su hoyo moral y enseñar a su persona un poquito de autohistoriación y su relación con los otros para que sufriera menos? Recuerdo que estaba leyendo a Piera Aulangnier, psicoanalista neofreudiana, cuando Don Panchito recién entró a mi casa.
Obviamente no fue un Panchito gozoso, fiestero, bohemio del que me hablaron sus amigos. Y, ciertamente, muchos sabían que estuvo en el hospital. No fueron a verlo. Lo supieron durmiendo en parques, al sereno, hediondo, barbado, a riesgo de ser apuñalado en la noche. Sin otro lugar donde bañarse que La Misión o el Salvation Army. Tras su muerte, como hipócritas me vienen a hablar mierda, porque le dieron una que otra vez, unas limosnas o un almuerzo. O un billete de diez para los buses.
Lo reconocí cuando tocó a mi puerta. Lo había visto y lo compadecí. Le daría más de un lustro de mi vida, mi dinero y mi tiempo; y ¿por qué lo hice? Por neomarxista, por anarco-existencial, por humano… algo tendré todavía de mis valores judaico-cristianos.
Al principio, Don Panchito me pidió únicamente el monto de la tarifa para irse a no sé que lugar a Los Angeles. Se quejó que lo robaron en la noche.
«Pues pasa, Don Pachito, dáte un baño y descansa hoy aquí. Mejor que te vayas mañana porque es tarde y es domingo». Salí a comprarle una guayabera de su talla y todo lo que pudiera servirle.
Se acordó de su madre cuando vine con paquetes de ropa y alimentos. ¡Lloraba el pobre viejito, quien no había comido bien en días! Y, viéndolo llorar, mi duro corazón lloraba, por igual.
«¡Usted es como una ma… padre!»
Ninguna foto quiso más que las que tomara a su madre, antes de morir, después de quince años de no verla. Fue la pérdida más inmensa, porque él lloró muchas veces por esa foto. Con su jefita, él sintió una íntima dependencia. Tejió alrededor de su figura y este vínculo sus enunciados identificatorios, sin darse otros referentes y soportes de investimiento. «Una madre es nuestro todo», me dijo. «Sí yo tuviera una foto, una sola, si yo pudiera rescatar su memoria, dar un click, sacar un negativo e imprimirlo, si yo pudiera sacar de la sepultura su cuerpo…», decía. Lo miré piadosamente. Sin decir palabra, intuí que estaba sicótico.
«¡Sólo basta que usted la quisera mucho. Ella, ya desde el Cielo, lo oye. Lo comprende». Ese día me permitió que lo tuteara y, desde entonces, le dije únicamente Panchito.
«¡No! Hay que tener de la madre su estampita. Son santas. Hay que imprimirlas», me corrigió. No dije más, él sí: «Un hombre hace dos historias, una la de su alma, otra para la gente. Para la fama de nuestro nombre». Ahora, por primera vez, presumió que como Panchito Hollywood es famoso. Lo fue y lo es. Créelo, Carlitos.
El recuento de lo perdido incluye fotos que él se tomó con Katherine Hepburn, con Anthony Quinn, vestido como el Jefe Crazy Horse, Desi Arnaz, Raúl Juliá, Ricardo Montalbán,Vikki Carr, Linda Ronstadt, y esa mexicanada que abarrotaba los teatros angelinos, de Tony Aguilar a La Tigresa, etc.
«Wau!», le dije.
«Yo ví los comienzos de Juan Gabriel, quien se dobleteaba en congales por todo Los Angeles, yo atrás dándole ánimos y llevando sus fotos aquí y allá, sólo por verlo triunfar… todo éso me lo tiraron al tarro; pero la foto de mi jefita, esa duele. Me dolerá hasta el día que muera».
Volvió esta vez a llorar a lágrima viva.
Dijo que si la fotografía se reproduce, una y otra vez, si se publica en diarios y libros, al pie de la foto debe indicarse como crédito: Tomada por Panchito Hollywood. Se incluye la fecha. «Es muy importante para que se haga historia de ese modo» y, si de algo él se podía quejar, además del desalojo, sería que no se le diera el crédito de una buena foto. La que hizo de una celebridad o una promesa, prospecto de éxito en las artes, su realidad cumplida.
Eso ya pasó veintenas de veces. «Pero, como me decía mi mamá, ¡eres un cabeza dura que no vas a aprender!»
El viejo generoso terminó en las brasas de la inopia y con sus ‘rostros bellos’ por recuerdo. Ya, en sus estrellatos, las artistas preguntaron: ‘¿quién eres?’ y los ‘guapos’ wanabíes, con voces prometedoras, en trajes de charro, tampoco se acordaron, de quién, en sus comienzos, les llevó a las emisoras, a las salas de espectáculos, ante conocidos productores y les tomó fotos gratis para ayudarles un poco. ¿El pago? Que lo llevaran a él con un aventón. «Les presento y abogo por sus talentos», indicaría.
«¡No estés triste, Don Panchito! Mucha gente todavía le quiere y recuerda de seguro».
Nunca pudo tomar una foto buena de mi persona. Casi ciego y sin lentes, con su tembladera de manos, era de esperarse… ¡pero era él, Panchito Hollywood! Chaparro, con el pelo blanco, casi sin grises, la tez blanca quemada de sol. Siempre fue barrigón, con buenos dientes, comilón y dueño de voz meliflua, inconfundible. Vestía guayaberas de talla gigante… O trajes que se quedaron sin botones. Este fue quien quiso, sin poder, hacer mi foto; ya conocía por referencia que soy una potencial celebridad. Un poeta. Un novelista. Un maestro. Sería un honor un epígrafe de un libro que dijera: Foto de Panchito Hollywood.
En cuanto a ésta, la intentó varias veces, pero, salía mal. Reconoció que se estaba quedando ciego. Todo lo que hacía, aún leer, lo hacía con una lupa. Su vivir, como dijo una vez, es «casi un vivir a tientas».
A veces cuando lo ví de paso por las aceras, o cuando cruzaba una calle, antes de vivir en mi casa, no supe que vivía de limosnas. Observé que siempre llevaba un morralito a cuestas o jalaba un carrito con la mano. Un carrito siempre atrás y él adelante ¡oh, Dios! pero tan lentamente, tan desesperantemente lento que fue él. Mas compréndase, obeso, pequeño, de caminar tardo. Para lo único que no era lento fue para hablar, tenía mucho qué contar y qué decir. ¡Cómo había vivido intensamente ese hombre pequeño, Santa Claus en Las Vegas, voceador de hojas sueltas en las calles, actor extra en películas baratas y piezas de teatro! Conocedor de camerinos, fotógrafo colado.
¿Quién iba a creer que aquel ancianito terminaría desalojado y, finalmente, viviría en mi casa? Dejé de verlo tres meses, antes de adoptarlo como hice, huésped de honor por cuanto quiera de tiempo y, al acordarme de su paso lento, preguntaba: «¿Se habrá muerto?»
Un día supe sobre sus apellidos y su familia distante. Gente buena, parientes políticos. Y, sí en el diario La Opinión hizo sus amigos, en revistas del área; sin pedirlo, con sólo verlo con la guayabera sucia, con el olor de su sudor, con el bostezar contínuo, supe que no estaba bien. No todos hicieron lo mismo.
Sin pensarlo le abrí la puerta de mi corazón. Vivía sin cheque de pensión, sin ayuda del Estado o la Ciudad. Era un indigente. Un pordiosero que superó ante mí la vergüenza de expresar: «Tengo hambre. ¡No he comido, hoy no tengo una cama!» Todo sería él, menos vicioso, ni ladrón o asesino.
Por las promesas de empleos durante los años de la Segunda Guerra vino a Texas y después California. Fue su primer intento de romper con el narcismo del yo que le impuso la madre.
Fui el objeto de su amor. Me dijo que no la dejara. Que yo no sabría vivir sin ella… Todo lo que yo he hecho en la vida ha sido tomar fotos. No conozco ningún otro oficio y aprendí solo, tirando rollos a perder; así como todo lo que sé de historia, de farándula, de cine, es lo que viví, lo que aprendí sobre la marcha… Yo sé. Te dará pena, pero hoy me tengo que ir. Vine a tu casa por una noche y ya van seis años….y te rompo las tazas y los platos de loza. Se me caen las copas de cristal. Ya ni bebes vino en la casa por mi culpa. Si uso jabón y detergente, todo se me cae de las manos. ¡Qué artritis, qué pena! No te puedo ayudar en nada, Carlitos. ¡No te pude tomar ni una foto! ¡Y tú eres como mi madre! Que lo perdonas todo y te callas… Me das para el autobús. Me llevas a comer. Compras todo lo que necesito. No te quejas… Te dejo sin escribir en la computadora, aunque tengas ganas; te quito el tiempo y la privacidad, el espacio de tu oficina, la tele… Seis años es mucho ya. Tengo que irme.
Panchito decidió irse de mi casa. Un día dijo: «¡Me ofrecen un lugar donde vivir! Es en medio del campo».
Sabía, o presentí, que se despedía. No quería morir en mi casa para que no tuviera yo ese mal recuerdo.
A pocos meses murió en la casa que eligió para hacerlo. La de una artista, Yolanda María que él ayudara a promocionarse, en algún momento.
«Ella fue como una madre para mí».
¿Una madre muy jovencita para un hijo muy viejo, ah?
En el fondo de su memoria, todavía estaba el discurso deseante de la madre.
14-12-2004
De libro en preparación.
*
Carlos López Dzur / Correo
Email: baudelaire1998@yahoo.com
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