Comevacas y Tiznaos: Las Partidas Sediciosas en Pepino de 1898
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Carlos A. López Dzur

Indice / Las Partidas Sediciosas de 1908

Introducción a las 13 monografías históricas sobre Pepino

Introducción a Comevacas y Tiznaos

13. El ataque a los Jaunarena y los Laurnaga

14. El repudio a los Orfila y los Cardé

15. El ataque a Pedro López Valdivieso

16. Incendios en las fincas de Mayol Castañer y Los Vélez de Mirabales

17. Otras persecusiones

Magisterio en Pepino (2)

Indice / Novela

Poesía social

Epica sobre Pepino

La casa

Cartas sobre Pepino

Ateneo Pepiniano

La pianista negra

Puerto Rico a la distancia / Entrevista

Antología del erotismo

Cuando se es niño

El Charkito/ Lcdo. Ektor Henrique

El Charkito / 2

Botetonas / El Charkito

Estétas / El Charkito

Carlos Fuentes

¿Qué es el corazón después de todo?

Homenaje a las tortas

Memorias de la caverna

Marco Antonio y Cleopatra

Homenaje a Hebe

Elegía a mi madre

Memoria del ultraje de Floris

Crucito el feo

Tantralia

Los pintores de San Sebastián / Puerto Rico

Mi araña predilecta en el congal

Angustia de Occidente

Gabriela crece

El motín

6. Las herencias del caciquismo


¡Y no se les tiñe de vergüenza siquiera la cara, al decir justicia, moralidad, orden, sin recordar... las hogueras de San Sebastián, donde aún vive Jaunarena señalando con su zoco brazo a los bandidos realengos en la sociedad, la quema día y noche de casas y desharretamiento de vacas de los honrados isleños de Hatillo y otros hechos infamantes en la negra historia de Puerto Rico, bajo el Imperio de D. Luis I, de Barranquitas!: Sangrando por la herida: en: El Regional (Núm. 79, San Sebastián, Puerto Rico, 4 de Noviembre de 1914).

Mis entrevistados M. González Cubero y Rodríguez Arvelo resumieron la actitud política con que los campesinos que se armaron y que aplicaron a los propietarios cafetaleros peninsulares, burócratas y comerciantes unionistas: cuñas del mismo palo. Con la frase, se acusó la estéril lucha desplegada durante los primeros decenios del siglo y la superficialidad del debate político ofrecido por la gente en el poder. Unos, conformes con el recortado poder gubernamental y otros, con su poder económico en declive, ya presionados por la incertidumbre del país y su crisis orgánica totalizadora.

Los rebeldes de 1898, los que realmente participaron y se quedaron realengos y en un limbo, porque no tenían simpatías ni con españoles (convertidos en barbosistas) ni con unionistas (que no querían ya a los socialistas y ex-miembros de las partidas), quedaron aún en mayor perplejidad e incertidumbre. Hayan sido Pascasio y Joaquín Moreno, Jacinto Oronoz Rodón o Cabán Rosa el que definiera así a las dos fuerzas en pugna, cuñas del mismo palo, ambas alimentadas por el reformismo, la frase halló resonancia y tuvo por consecuencia el desprecio popular a los partidos de los ricos (es decir, cualquiera de ellos, el Unionista y o el Republicano).

Para las víctimas de las Partidas Sediciosas, muchas de los cuales fueron familias autonomistas sinceras, sólo que con fe en el proceso liberal español (tal vez una ingenua fe, la misma fe que manifestara Baldorioty de Castro y De Diego cuando fueron partidarios del Partido Republicano Español), Muñoz Rivera fue la perfección del caciquismo. Y fue llamado Don Luis I, de Barranquitas. [1]

Es curioso que la crítica a Muñoz Rivera, en el sentido de que, con sus criterios de dirigencia, se había convertido en el muro de contención al avance de la independencia, al menos en este pueblo, se hiciera por miembros de la vieja clase hacendataria, en las miras del componte nuevo por los 'sediciosos' de 1898. Joaquín y Moreno, Cecilio Echeandía Medina, Miguel Tomás Laurnaga Sagardía, Domingo Liciaga, Jaunarena Azcue y Agustín. M. Font Feliú, coincidían en la crítica. No les convencía el ilustre Muñoz como persona sincera, sino el asomo de un lobo competidor. A muchos dijo, para no tenerlos como rivales políticos: ¡Vúelvanse a España; aquí, con el nuevo régimen, son intrusos faroleros! [2]

Gente de los campos pepinianos jamás olvidó los gestos despectivos de la clase que mofó las conquistas logradas, tras largas luchas y la presión organizada de unas dirigencias locales y aliados peninsulares, casi todos identificados con el federalismo moderado, el juntismo y el progresismo. Una religión malentendida tendría que ser aquella que mantuvo a la clase sacerdotal como aliada del hacendado esclavista y del carlismo, con su lema Dios, Patria, Rey y Fueros.

El fallido Grito de Lares, la Revolución de 1868 en España, la ejecución de Riego, la consolidación del sufragio universal en el Gobierno de Sagasta y la manumición de esclavos, fueron cosas que motivaron las mofas y desaires de la clase adinerada y conservadora del Pepino y las ocasiones variaban, mas los insultos e ironías muy pocas veces.

Al ver a los negros recién libertos desfilar para festejar su efemérides de libertad, desde sus balcones, los Perochena hicieron corillo a los Hernández, Martínez, Oronoz, García Yparraguirre y rieron: ¡Abajo, culicagados, muertos de hambre! ¡Métanse los machetes en el culo!, y que vendría Romualdo Palacios y, en fin, la clase peninsular que aplaudía el absolutismo y los privilegios, quiso evidenciar su simpatía con la represión y, más tarde, con la Restauración al caer la República española.

En el Siglo XIX, la nobleza y la alta burguesía española se aferró al pacto tácito de gobernar el país según sus intereses. Militares e hidalgos compitieron por ser partes de la camarilla real; la Corona necesitaría sus vigilantes ultramarimos, ojos fieles y consejeros incondicionales. Muchas de las familias que el Pepino acogiera, tras la Real Cédula de Gracias de 1820, fueron las adecuadas o idóneas para cumplir ese objetivo. Gentes ricas, blancas, divertidas, dieron la impresión, en Cádiz y en Madrid, de que Puerto Rico es la más fiel y querendona de las Hijas de la Madre Patria, cordero latinoibero. No fue de extrañar las décimas de elogio al Gobernador Juan de la Pezuela, llamándole «amante, benigno y justo», los vivas a la Reina Isabel, «la más justa y humana / sucesora de Cristina» y al trono de los Borbones que, durante la administración del Alcalde Real Ordinario, Juan Ramón Aguirre, se propalaron en Pepino en 1849. En medio de misas y tres rogativas públicas, se cantó:

Y este Pueblo del Pepino,
con general complacencia,
dirije a la Providencia
los votos de su amor fino,
fuegos al cielo divino
le dirige sin cesar
para que pueda alcanzar
una sucesión dichosa,
dádiva la más hermosa
que Isabel nos ha de dar.

En 1898, la invasión estadounidense a la isla sorprendió al Alcalde Manuel Rodríguez Cabrero y a su cuñado, Francisco Manuel Larrea Liso, así como al escribano Juan Coll y Grau, protegiendo el proyecto de viaje de los militares en derrota, a las familias peninsulares y hacendados criollos, a los que atemorizó el brote de las Partidas Sediciosas en Pepino. Para algunas de esas familias, el fenómeno cantonalista español ya estaba sepulto y los generales Martínez Campos y Pavía fueron los héroes de su pacificación.

El federalismo de carácter radical («federación desde abajo»), el nacionalismo perisférico y la Primera República española fueron asuntos que se trajeron al viejo Casino del Pepino y provocaron su división. El autoritarismo y el centralismo crearon la intranquilidad en las mentes de la clase que amó el Viejo Régimen del sufragio censitario [3] y el Partido Canovista, conservador. [4]

La Iglesia Católica defendió, con uñas y dientes, el control de la enseñanza y, desde el Concordato de 1851 gestionado por el General Narváez aumentó su poder y aseguró los gastos de culto y clero, tras aquellos tiempos amargos de la desamortización y la gestión de Mendizábal. El General Narváez fue quien suprimió con un decreto el periódico El Porvenir de Santiago de Compostela que fue el primero anarquista en España en 1845, editado por Ramón de la Sagra Peris y Antolín Faraldo.

A las partidas en Quebradillas, Camuy y Pepino, se dijo que las organizó el unionismo, como engendro creado por obsesiones controladoras y, en el peor de los casos, por debilidad moral de la mayoría ante el uso de la violencia. Los tres pueblos fueron bastiones unionistas que se hicieron símbolos de vandalismo en Puerto Rico, gracias a la artificial y bien orquestada guerra propagandística entre gacetas, La Democracia, por un lado, y el El Tiempo. Esta última de tendencia anexionista.

Ciertamente, para muchos propietarios, cuya principal fuente de ingresos fuera el café, la depresión y el tránsito al nuevo tipo de comercio y tarifas, con los EE.UU. fue golpe rudo. El café constituyó el 41% de la tierra cultivada en la isla y su valor fue tres veces más que el derivado de la importación de la caña de azúcar. Aún los medianos propietarios vieron que no podían competir con la tendencia creciente de monocultivo cañero que se regenteaba por ricos propietarios. Los ingenios pequeños terminarían arruinándose en un proceso rápido de diez años. De 345 habidos en la Isla, antes de la invasión, se redujo a 146 en 1918.

*

Continuación

Notas bibliográficas

[1] La calificación de Don Luis I, Zar de Barranquitas, se halla expuesta en el periódico El Regional que reproduce el artículo «Sangrando por la herida», 4 de noviembre de 1914, loc. cit. En este periódico, dirigido por Herminio Méndez Pérez, colaboraban Juan B. Angulo Liciaga, Domingo Liciaga (1882-1914), unionista de ideología socialista y Andrés Méndez Liciaga. La cepa de los Liciaga en San Sebastián proviene de españoles (uno de los cuales Juan José Liciaga) fue alcalde. Se establecieron como propietarios en Hoyamala y emparentaron con las familias Juarbe, Angulo, Meléndez y otras, todas liberales y progresistas.

[2] Pedro T. Labayen Jaunarena, loc. cit.

[3] En el sistema electoral del sufragio censitario, sólo pueden votar los ciudadanos que paguen como impuesto a Hacienda una determinada cantidad. Tal sistema favoreció, desde su creación en 1834, a los ricos; la Revolución de 1868 abolió el sistema; pero vuelve a reaparcer en 1877 hasta 1890. Este año se establece el sufragio universal masculino en España y comienzan a votar los pobres, sin propiedad.

[3] González Cubero, loc. cit.

[4] En 1868, como estímulo al sentimiento de los revolucionarios de Pepino y Lares, ocurre en Cádiz una revolución contra Isabel II, encabezada Juan Prim que provoca la salida de la reina. Al proclamarse en España la Primera República, de carácter federalista, en 1873, ésta no duraría mucho y quedaría abolida al año siguiente por el general Arsenio Martínez Campos.

*

Carlos López Dzur / Correo

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