San Sebastián del Pepino:
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Antología del Erotismo

La fuente en la montaña: la política de la imaginación

(Ponencia de Carlos López Dzur ante el Ateneo de San Sebastián del Pepino, 22 de enero del 2005)

Compañeros fundadores, socios y amigos del Ateneo Pepiniano,
distinguidos invitados de las diferentes instituciones,
pepinianos y puertorriqueños en general:

Gracias por su presencia y por mi invitación.

¡Vengo al pueblo de mis amores, al terruño de mis deudas afectivas, mi tierra-raíz! Lar nativo al que debo mi destino profundo, advenir humano y proyectos creativos que compartiremos a su debido tiempo.

Aprovechando este foro, después de mis años de ausencia física de Pepino, quisiera dejar en ustedes una sola impresión. Mi inquietud es responder a la pregunta: ¿qué da sentido o razón de ser a esta institución cultural que hoy se inaugura o cualquier otra que exista localmente?

¿Qué podemos hacer juntos para propiciar e impulsar el despertar de la sensibilidad de las generaciones de hoy y del mañana? ¿Por qué es importante que cada uno de ustedes entienda cuál es la razón de vivir, de ser-en y participar del Pepino viviente y orgánico, a fin de que la puertorriqueñidad se nutra y se preserve?

¿Cuál es el propósito de la vida? ¿Qué hemos estado haciendo o qué hicimos con las tareas de aprendizaje y convivencia como pueblo? ¿En qué estado se hayan nuestras virtudes cívicas? ¿Tenemos hijos con un afirmativo sentido de orgullo identitario o, en términos de salud mental, con auto-estima, ajenos a la trivilidad del vivir posmoderno, hijos capaces de apreciar a los padres, a los ancestros, a la abuelita, al pasado que fue hilándose colectivamente, en sanas tradiciones, para formar su pueblo?

¿Son nuestros recuerdos tan vagos que ya no habitamos ni en las memorias más dulces y profundas de lo regional, lo propiamente familiar o aún lo ajeno, la tertulia en el barrio, el diálogo respetuoso en la plaza, el aprecio por los vecinos buenos? ¿Queda aroma de pueblo, color de pueblo, sabor de pueblo, visualidad y oralidad para la añoranza? ¿Queda autoctonía?

¿Hay afán de propiciar nutriciamente pepinianos inteligentes, humana y socialmente compasivos, comprometidos con el proceso humanizante, el abrazo fraternal y la armonía mental y espiritual que debe vivir un pueblo que se precie de serlo en este preciso momento histórico, de globalizanción y etnocidio, vestido de colonialismo benévolo, civilismo maquillado y pachangas sadomasoquistas?

En torno a este asunto, con ésto como factor principal, la razón de vida, yo hago mi literatura. Podría concluir aquí. Este es el sentimiento que me obsede y lo mejor que pudiera comunicar. ¿Cuál es el propósito de nuestra vida colectiva, con qué tipo de recuerdos la enriquecemos, con qué tipo de actitudes la amamos y la organizamos, día a día?

Aparentemente esta es simple reflexión... pero de la respuesta que demos al asunto depende que comencemos a construir nuevas cosas y a motivar a los más jóvenes, que son por las que estas instituciones validarían su existencia. Cuando la respuesta es pobre y apática, todo desaparece o programáticamente se desgasta; pero yo sé... contestar estas preguntas van a la esencia misma del sentido de la vida, no meramente al hecho de venir a aplaudirnos unos a otros, o darnos las caras de vez en cuando, en rituales de algún quehacer dizque por la cultura.

Desde mi poesía y mi narrativa, que muy ligadas están al destino-en-común de la experiencia puertorriqueña, entregaré las fibras profundas y generosas de mi Ser, mi más propio ser-deudor. Juntos, ustedes y yo, podemos conjurar lo que aún nos duele, o lo que a veces nos falta como país: armonía, libertad y generosidad, pero la plenitud de estas tres esencias no han de faltar por siempre... es cierto que los tiempos que vivimos, como país colonizado desde dentro, invadido desde afuera y como testigos del hemisferio vecino (diría el problema del mundo post-moderno) no son tiempos simples ni felices. Abocan a un desgarramiento de la vida misma, a un desgarramiento político del comunicar y sentir amorosamente por nuestro prójimo.

Cuando me ausenté físicamente de Puerto Rico hace 25 años, dejé un pueblo-nación en crisis, sujeto a dependencia económica y política. Regreso y la crisis sigue ahí. Crisis espiritual, angustia económica: demasiados ladrones y políticos cínicos en la escena pública y el pueblo en vela, inventando el cielo-paraíso con la bandera de los EE.UU. Siendo que la crisis se ha profundizado, del modo que lo percibo es por la angustia de mi gente, por las estadísticas que hablan de esta angustia, su violencia y descomposición espiritual.

Cada elección colonial es un voto por la angustia: el miedo de sentirse demasiado pequeño para lo maravilloso, el lujo de la jaibería política que esquiva lo heroico y lo sublime, las búsquedas de soberanías donde ya no existen, la confianza en espejos que son distorsionados. Somos un país que no quiere habitar en la memoria de sus heroísmos y aprendizajes. Que prefiere la penumbra de las perisferias. La angustia de sentirnos demasiados feos y extraviados como pueblo nos ha perpetuado como el El Patito Feo del poema de Luis Lloréns Torres, quitándonos la pasión. Pese a que Rissing Licha nos ha llamado la «isla de la indefinición», la indefinición entraña en sí misma una angustia y una posibilidad para enfrentar lo que se teme y superarlo. Siempre hay la posibilidad kierkegardiana del salto a la fe como afirmación.

El país tiene, pues, como su problema más grave, uno de imaginación. No sabe saltar a lo sublime; pero el regaetón (sí lo sabe), sus algazaras frívolas y el pataleo ya no las toma ninguno en serio. Nadie. Ni nosotros mismos. De tanto melodrama de tres centavos, jaquetonería de barriada y sentimentalismo de mercado, ya nos avergonzamos en lo recóndito del inconciente colectivo.

Mas aquí doy otra vez buenas nuevas. Podemos volver a tener un país sin la culpa que alimenta y corroe la esencia de la cultura puertorriqueña; volver a sentir que lo universal existe en lo particular, percibir con una fuerza nueva lo sensible de nuestra experiencia socializadora y creadora. Se puede vencer el olvido que arrebata lo que somos. Se puede parar la violencia que los puertorriqueños desatan contra sí mismos de muchas maneras cuando la angustia política se vuelve una corrupción y una profunda discontinuidad, cuya víctima es el Alma Bella que somos y que merecemos recuperar.

Las buenas nuevas se codificaron en el poema El Patito Feo de Luis Lloréns Torres. Una metáfora de ese texto es, para mí, inolvidable: la Fuente en la Montaña. Lo mejor de nosotros mismos, la belleza, imaginarios del ser que nos dan idiosincracia, fuerza para forjar un destino, permanecen en la fuente de lo propio.

La exhortación es ¡vamos por ello!

Vayamos, no a los mercados de la democracia prostituída y el capitalismo totalitario de la sociedad neoliberal, no a vendernos, o traficar, o vestirnos de sujetos-mercancías ni a cumplir las expectativas que ellos tienen respecto a nosotros, es decir, que seamos simulacros, credulachos, apolíticos, pesimistas, nihilistas, escandalosos, esnobistas, colaboracionistas, odiosos unos contra otros, como si no hubiese otra cosa más hermosa y honesta. No tenemos que esperar que Puerto Rico produzca nuevas JLo, Ricky Martins, íconos para el Mainstream, para saber lo que tenemos como potencial y riqueza en nuestra gente y en nuestra capacidad para originar conocimento, libertad y calidad de vida que pueda ser generosa y universalmente compartidas.

Los medios tecnológicos de comunicación y el nihilismo globalizado han subvertido la meta útil y práctica del conocimiento: Que la humanidad puede y debe trabajar para la libertad con igualdad y que la libertad personal está llamada a extenderse y enriquecerse con la libertad del otro. Que tal meta no es una locura. O hueca utopía, a pesar de que hoy, maleducados por los medios de propaganda, originamos los hombres desencantados, pasivos, crédulos, pervertidos por los aparatos oficiales, que viven del traficar con el escándalo hueco y la egolatría de las propias creencias o lucros. A la cultura se la ha convertido en quincallería, adorno, instrumentación y racionalización cómplice y escapista.

Hay una verdad de ser, o ser-en-la-verdad, de esa Fuente en la Montaña (de Lloréns) que ha sido ocultada y desgarrada al no haberse podido vivir, experimentar, colectivamente con la política de la soberanía y, desde esta praxis de libertad, cumplir con la tarea y el arte de cuidar, proteger y realizar que tenemos un pueblo, una comunidad patria. Que hay patitos que se sienten feos, fuera del ala de la madre y ya son los extraviados. Esto es la política en rigor y es la política entendida como un arte-praxis más honesto de la imaginación.

Admitiría, con Nietzsche, que en mi filosofía narrativa de la vida la fuente original del lenguaje y del conocimiento no está en la lógica ni en la cientificidad pragmática y cínicamente mercantil, sino en la imaginación en su sentido más amplio. La Fuente en la Montaña tiene que ver con la imaginación. Esto es, con la capacidad común, como individuos y como colectividad, para producir metáforas, enigmas sublimes y modelos de reorganización para nuestro mundo; pero la voluntad de ilusión de la que Nietzsche hablara como síntesis de autoexposición no es la voluntad de poder ni su uso deshonesto y fascista, ya que la voluntad de poder se ha invocado arbitrariamente para crear el hombre bestializado, cuyo primer engendro es el hombre-rebaño que se inmoviliza, se pierde (en) o se aferra (a) los tejidos de los errores intelectuales que dañan a la humanidad y la violentan. El hombre-rebaño no es el perverso perfeccionado; pero es uno que obedece y vegeta, que ya perdió la imaginación como recurso. El cede el paso a un hombre en sumo peligroso, el Hombre-Bestia, el hombre que se nutre y crece con la obediencia de los demás pero que, a cambio de su encumbramiento, no da nada a otros, sino promesas y tareas parasitarias. Este es el más miserable, ingrato y peligroso de los hombres.

Es el que se puede convertir, sin que podamos sospecharlo, en el vocero del sinarquismo, el teórico del choque de las civilizaciones, el opresor interno, el gran exterminador, el agente criollo de la Kultur-kampf, el nuevo Inquisidor o Judas-Pilatos que se siquitrilla en las demagogias políticas contra la imaginación.

Durante la Segunda Guerra Mundial y la secuela de la Guerra Fría, a los exponentes del fascismo de derecha y de la izquierda totalitaria, de Hitler o Mussolini, de Franco o Stalin, se les dijo, pagándose un alto precio de sangre: «Ustedes han prostituído la Voluntad de Poder; no tienen derecho a gobernar naciones ni la estatura moral para orientar el mundo»; pero, ha sucedido tal debilitamiento de la crítica social y de los razonamientos autocríticos que, después del derrumbe de la izquierda, imaginativa y teóricamente vivimos como muertos. ¡Como zombíes! Economía y economicismo se han vuelto depredatorios; en ausencia de imaginación militante y de nuevos discursos que revivan la crítica a la economía totalitaria posmoderna y sus nuevos rostros (que son los mecanismos de desarraigo cultural, el fortalecimiento del Estado-mundial, etnocida y globalizante, así nuevas temáticas sicosociales), la voluntad de poder volvió por sus fueros. Y cayó en las manos más sucias y perversas.

A fin de servir al modelo de las culturas del Sistema Occidental, el tabú (o léase el imperialismo del que no se quiere hablar) se apuntala hacia al mundo islámico como los definidos nuevos salvajes, al mundo hispánico se les acusa como la cantera de los más viciosos y corruptos y se nos pide, con falaz convocatoria de cómplices, que seamos obedientes a los profetas de la Humanidad Universal, obedientes a la agenda de los Republicanos Compasivos y que son los pontífices del pretexto artificioso de la Seguridad Anti-Terrorista. Los forjadores de las narcodemocracias quieren hoy predicar la moral y la seguridad en calzoncillos.

Desde el sopor benigno y humanitario (entre comillas) de la igualación cultural, se nos pide la renuncia a lo propio y, por extenuación moral ante las superpotencias, que seamos idénticos al modelo que dan, que condonemos las guerras culturales y étnicas, desempeñando nuestra parte o cuota (casi siempre de sangre de nuestros jóvenes) para la purga espiritualoide del mundo, la que es posible cuando dejamos de valorar. Cuando ya no somos solidarios y nos marginamos de todo proceso político que nos recuerde el nuestro, el cismático mundo de las manipulaciones coloniales y neocoloniales, entonces la soledad del puertorriqueño se magnifica a niveles insospechados.

F. Nietzsche, para quien valorar es crear, ha dicho: «Ningún pueblo podría vivir sin antes haber valorado». Esta es la función de la patria: exhibirse en su constante y multifacética valoración, en su creación. Y aún para sobrevivir, añadió Nietzsche, un pueblo «no debe valorar del mismo modo que el vecino». [1] Imitar y adquirir las valoraciones que no han sido referidas por el vientre de la individualidad histórica es suicida e inauténtico.

De la vivencia patriótica, ya ha sido dañada su noción de «solución, apertura y descubrimiento». [2] La patria es ya burla, anquilosamiento verbal o una vivencia en crisis; el nacionalismo es un filosofema que cada vez crece atizado por el ruido público. Sólo que para las conmemoraciones oficiales y dizque aniversarios patrios esas fechas quedan en la memoria de quien quiere un weekend con fuegos artificiales, escenarios con celebridades de la farándula, discursos y rituales de embajadores, o su oportunidad para huirse por asueto y evadir la angustia, la culpa o la náusea de la credulidad y el círculo vicioso de la dependencia.

La angustia de la colonia se magnifica ahora como angustia geopolítica al vernos ante el mundo, sea el 4 de Julio o el 11 de Septiembre y, así pues, contrariados por estas efemérides tan dispares. ¿Patrióticos por participar en una Gran Causa del Hombre Bestia? Carne de cañón: el mundo pobre, incluyéndonos, que ofrezca mercenarios para la tarea de matar a los enemigos, sean iraquíes o narcotraficantes, esto es horrendo. Carne de cañón: alimentaremos el poder del Hombre-Bestia, la Voluntad de Poder, de la democracia que ha perdido sus esencias de ágape, el principio del Bienestar General y del Estado nacional soberano, ésto es suicida. Recibiremos un salario por hacerlo y, aún el homenaje y el reconocimiento de héroes y buenos ciudadanos, pero ésto es mercenarismo y amoralidad.

Precisamente, porque la naturaleza esencial y más democrática del lenguaje es simbólica, figurativa y metafórica, el poder lógico-poético y su carácter legitimador lo da el pueblo. Chantal Maillard ha dicho: «La creación de realidades no es una actividad solitaria; se crea en sociedad, igual que se hacen las culturas, las cuales son expresiones ordenadas de las realidades. No hay realidad independiente como no hay mirada absolutamente descondicionada». [3]

La creación de este Ateneo Pepiniano, inaugurado hoy, es una procuración en el sentido práctico del proyecto que conjunta a voluntades de ilusión (las que ofrezcamos). El aporte activo de la voluntad de ilusión es la producción de las metáforas y, si un esquema prospera de este ejercicio, la nueva visión, orden y organización del universo cultural, que se cuaje será la Fuente en la Montaña. Debe ser bienvenida.

Si bien no es posible explicar al hombre, sí es posible entenderle en el espacio que ocupa en la historia, sacarlo de un círculo asfixiante de prejuicios, llevarlo siempre un poquito más allá de lo establecido y desgastado. El escritor mexicano Carlos Fuentes en una presentación de su novela Instinto de Inez dijo en Madrid hace unos años: «Hay que mantener vivos el lenguaje y la imaginación porque una sociedad sin lenguaje y sin imaginación es una sociedad perdida que va a la deriva y puede caer presa de los peores tiranos». [4]

La literatura como producto cultural, con contenido de imaginación, es una de las trincheras que la patria tiene en la presente sociedad que todo lo toma por mercancía, con sus oficios y sus transgresiones. Al escritor de mérito suele oponérsele muy comúnmente un charlatán y un mercenario; todos los que venden sus escribidurías interesados en lo escandaloso. Esto es lo que debe cambiar de inmediato. Por lo que les pido: diferenciemos entre las formas estéticas o trágicas del vivir, que son falsificación necesaria en un mundo de simulacros, de las metáforas que sirven como una expresión de la dimensión profunda de la historia y la vida. Pero son necesarios los creadores interesados vigorosamente en el redescubrimiento y recanalización de toda la energía desperdiciada por los puertorriqueños. Hay que convocar a todo tipo de artistas a buscar la Fuente en la Montaña: músicos, pintores, poetas, intérpretes, danzantes, literatos, poetas y filósofos, porque estamos en la antesalas de confrontaciones más terribles.

Para J. C. Friedrich Schiller la razón por la cual el hombre debe interesarse en su historia es una: «La historia universal es un objeto sublime». A ésto habrá quien proteste reactivamente. Alguien más o menos informado, preguntará: ¿Y qué de sublime tiene un mundo donde, históricamente, ha prevalecido la violencia, el engaño, el vicio, la explotación y la traición? ¿No es la historia, al decir de Thomas Carlyle y Edward Gibbon, una destilación del chismorreo, a distillation of Rumour y «poco más que un registro de los crímenes, locuras y malaventuras de la Humanidad»?

Un pasaje filosófico de Schiller, escrito en 1788, elabora un poco más sobre este asunto:

... Toda la historia universal no es más que una lucha sin cesar repetida del apetito del mando y de libertad en torno a este ambicionado pedazo de tierra, del mismo modo que la historia de la naturaleza no es otra cosa que una pugna de los elementos y de los cuerpos por el espacio. [5]

¿Qué es, entonces, lo que la historia en general tiene de sublime? En primer lugar, el apetito de libertad. El apetito de mando y /o la voluntad de poder, por sí mismo, no son sublimes.

Esta es la enseñanza que Schiller diera al pensamiento europeo y al mundo sobre lo sublime en la Historia. Una contribución que este dramaturgo, poeta y filósofo alemán, produjo a través de sus dramas históricos, sus poemas y cartas sobre la Estética. De Hostos también recapturó tal enseñanza, ofreciéndola a toda América Latina.

Entre nosotros hoy, ya que nos planteamos con renovado orgullo la valoración de la pepinianidad como etnia y su desarrollo etno-nacional como proyecto histórico-político, son importantes las implicaciones de la estética shilleriana. Debemos conocerlas y adquirir lo que tiene de utilidad e idealidad para nosotros.

La educación estética (la que lleva al desarrollo de una experiencia con la Belleza) es necesaria, no sólo porque proveería un balance para el alma individual, sino porque contribuye al desarrollo de una sociedad armoniosa. Schiller presenta sistemáticamente en su libro Sobre la educación estética del hombre (1795), después que viera en lo en que se convirtió la Revolución Francesa, causa con la que simpatizaba, pero que degeneró en el Reino del Terror y el regicidio, una visión humanística de la Historia, preservadora de la misión y la fuerza del arte. Dijo que ésta es tan importante como el apoyo al país propio en momentos de crisis. Si la consciencia política nos requiere «vivir en tu siglo», armonizado con la demanda más justa que el porvenir nos instiga; la consciencia estética es la que requiere, pero no te hagas una pieza de engranaje, sin individualidad. No seas una bestia arriada dentro de tu Siglo y tu Sociedad.

Como soy fundamentalmente un poeta, el ejercicio que propongo en mi obra, en mi interpretación de la historia pepiniana, tiene el propósito de que juntos veamos las similaridades ocultas que tiene el pensamiento schilleriano con nuestra experiencia étnica como caribeños, puertorriqueños y pepinianos.

Les compartiré unas metáforas básicas que revelan la validez universal de lo que Schiller pensara y su relación con Puerto Rico y los posibles y ya vigentes esfuerzos estéticos y morales que nos vinculan, porque la pepinianidad es ya una de nuestras metáforas y el motivo planteado para que hagamos reflexiones estéticas.

En primer lugar, se comprenderá la metáfora como un instrumento sicológico mediante el cual se amplía y se estructura el conocimiento que anhelamos del mundo y de nuestro espacio social-cultural concreto que es San Sebastián del Pepino y Puerto Rico. Vamos a derivar, a través de algunas metáforas, una visión más alta del rol del individuo en la historia, acorde al poder del ágape, que es lo que forja el principio del Bien Común como orientación transformadora de la Historia.

La metáfora ha sido llamada «el motor de la imaginación» (Gerald Zaltman) y nada ayuda más a proporcionar cierto placer estético al entendimiento que la metáfora cuando se combina o se alía con la imaginería visual de los pintores y cultivadores de las Bellas Artes. [6]

La metáfora sirve para ver nuevas conexiones, sacar a la superficie pensamientos y sentimientos importantes, pero inconscientes, e interpretar tales experiencias una vez ya han sido extraídos sus nuevos sentidos para el conocimiento de la realidad.

Se dice que el lenguaje es, por naturaleza y originariamente metafórico y que su auténtica esencia es la metáfora; pero añadiré que aún nuestras relaciones sociales están estructuradas metafóricamente y, aquí hay un peligro. La sociedad, con sus generalizaciones legales, va exigiendo del lenguaje unas dimensiones retóricas y discursivas donde le va su originariedad. Con la literalidad, se genera y difunde, como virtualidad persuasiva, el engaño por la palabra. El lenguaje ha sido forzado a mentir a favor del poder y, por eso, el poeta auténtico y sincero, el que conserva la soberanía de su individulalidad, es importante.

Las metáforas son esenciales para el pensamiento; estimulan el funcionamiento de la mente humana y, según Raymond W. Gibbs, Jr., «usamos casi 6 metáforas por minuto en la lengua hablada». Aprovecharé esta coyuntura. Es decir, que aún somos sensitivos al marco y foco de la metáfora, unos como lectores y otros como autores, para presentar metáforas sobre lo criollo, nuestra Fuente en la Montaña.

He visto, entre los pepinianos, como entre los puertorriqueños, este lamento de consciencia que declara que la poesía, no importa cuanto dolor nos induzcamos, es nuestra trinchera; un vehículo válido de rescate y reconexión.

Frente al modelo que plantea el Occidente etnocida que dice «el mejor modelo es el ajeno, el que no se basa en lo propio», la individualidad histórica que, en nuestro contexto, designamos la pepinianidad, será más hermosa interpretada en el conjunto de las sociedades posibles sin instituciones de poder autoritario. ¡Y, por tanto, sin falsas lumbreras, sin las autoridades de mercado! La idea de patria como vivencia colectiva, sin las formas de poder opresor institucionalizado, la idea generosa de patria, es parte de una noción aún más seminal. Que somos comunidad, sobre todo.

Metáfora, etimógicamente, significa transporte», trasladar y trasposición, trascender lo habitual de status quo, la inmovilidad de las normas cognitivas y anquilosadas de pensar y vivir. La metáfora no es, únicamente, lo que nos lleva a la externalidad ajena, sino, en primerísima instancia, a la profundidad propia. Lo que aprecio del ejercicio que iniciara Andrés Méndez Liciaga, como pionero en la historiografía pepiniana, es que no rehuyó el entorno local para mostrar las posibilidades de sus vivencias y su imaginario. Es cierto que él no pudo superar el profundo abismo histórico-emocional de su época, es decir, el momento catártico con que se debatiera y momentos que cismaran la historia del Pepino del siglo XX y a los protagonistas de su generación.

Méndez Liciaga, hombre del siglo XIX o determinado por su generación finisecular, no estuvo equipado ideológicamente para trascender (hasta vencer los demonios más horrorosos de su siglo), demonios que no son muy diferentes a los de hoy, pero que, en los años en que vivió dolieron más a falta de paliativos y exorcismos de imaginación colectiva eficaz: (1) él vivió la profunda división de clases; (2) los planteamientos sin grises y medios tonos de los ideólogos de su tiempo que forjaron una imposibilidad práctica de hallar consensos (es la época del rojo anárquico frente al capitalista salvaje y la diplomacia del garrote, de las rebeliones populares anti-monroístas y las dictaduras derechistas del subvencionalismo imperial); (3) los términos locales son los del Tú vs. el Usted; el pobre que se rezaga en el lamento del jibarito; pero que tardará en ver sus líderes más confiables hasta que cuaja ese hito conocido de la Pava muñocista y surje el lema Pan, Tierra y Libertad con Muñoz Marín, toda una mitología y propuesta de imaginación que perduró pasados los '50, cuando ya, por causa de la persecución del nacionalismo (la Revolución del '50), Puerto Rico busca el perdón de Norteamérica al gesto mártir y al gesto rebelde del albizuísmo. Entonces, el alma vuelve y se desgarra con desesperación, abocada a los juegos del vitrinismo y las alianzas colonialistas (para el progreso, ¿de quién?)

Volvamos un poco atrás. No digo que Méndez Liciaga fue un incompetente, señor al que habría que restar un ápice de su dignidad de persona, honesta y respetable. Digo que las fuerzas históricas-ideológicas de una hegemonía dominante dilapidaron la fuerza de su personalidad y no le permitieron más de lo que hizo. ¿Quién es Méndez Liciaga desde mi perspectiva afirmadora de una narrativa de la imaginación? ¿Qué valor tiene su Boceto histórico del Pepino de (1925) que este Ateneo toma y respeta como la base básica de nuestros imaginarios posibles? ¿Quién es él, Don Andrés Méndez Liciaga (1884-1943), masón y Maestro de la Logia Redención, ex-diputado por el Distrito de Aguadilla (1911-12), pionero del Partido Liberal, periodista político desde El Regional (1913 al 1918) y La Vanguardia? ¡Un hombre demasiado blando, dulce arcilla, dúctil barro, pero no colonialista! Vivió ante los desafíos provocadores y amenazantes, ante los cállate de los complot homicidas, representados por el derechismo colonial, el antinacionalismo militante de unos partidos que se propusieron, desde el fragor de las Turbas del periodo de 1900 al 1906, enturbiar la democracia, fragilizar los comicios mediante el fraude y la extorsión, y perfeccionar la irrepresentación y la miseria, desde la Depresión de los '20 y la primera fase de la represión del nacionalismo en el decenio del '30.

Fue demasiado para un solo hombre que amó a Pepino. Como historiador, citó documentos y quiso darnos la primera historia municipal, gesto casi pionero en la isla en el quehacer del rescate de las microhistorias regionales; pero él comunicó muy poco ante toda la agonía, la verdad desesperada y la angustia que sabía. Preferió que se perpetuaran unos vacíos y silencios antes que ofender o desafiar a las claques locales, especialmente, las influyentes, las que se cuidan por temor o por escrúpulos de «¿qué es lo que pretendes decir sobre mí?» ... ante su deber de poner dedos en las llagas o decir todas y cada una de las cosas por su nombre, fue demasiado caballero. Fue humano; fue elusivo... Tenía, pues, más de caballero que de valiente y temerario. Sabía sobre la Fuente en la Montaña, pero se fue por los matorrales de los lugares comunes de la Historia Oficial, evadiendo el hallazgo, lo socialmente proletario.

Estuvo siempre amenazado por homicidas, especuladores, arribistas de un Pepino siniestro, que no quisieron que la Historia fuera el momento catártico en el sentido descrito por A. Gramsci: una fase del desarrollo del Estado, «económico-corporativa», aún carente de los beneficios del consentimiento hegemónico activo y verdaderamente democrático, por lo que la hegemonía real se disgregaría en la base, sin haberse completado «el paso del momento económico (o egoísta pasional) al momento ético-político» [Gramsci, p. 68)] y queda sin expresarse todo su contenido potencial [Gramsci, ibid]. [7]

Sabemos lo que sucedió en Pepino aún antes de la muerte y el retiro político de Andrés Méndez Liciaga de la vida pública. El triunfo de la Coalición, que fue la total desorientación de los liderazgos, aún aquellos socialistas y obreristas compasivos, como don Nito Cortés y los hermanos Padró Quiles, quienes terminaron como cónsonos al mimetismo colonial y la ingenua entrega a las políticas extranjerizantes, patrocinadas por Iglesias Pantín.

Sería ridículo que se pidiera a un sólo hombre ser el proveedor único de imaginación, conocimiento e hitos perdurables. Pero Pepino nunca se ha equivocado en ésto: al designar el nombre de su Plaza Pública cambió el bautizo previo de Alfonso XIII al nombre de Baldorioty de Castro; al pensar en un hombre para su Centro Cultural recordó la genialidad valiente de Luis Rodríguez Cabrero y al pensar en la primera aportación de su Ateneo, ¡bien merecida es la publicación del Boceto y los desvelos de ese hombre con voluntad de ilusión, Andrés Méndez!

Aún falta conocer más sobre gente que amó y dio mucho por la causa de la imaginación y la libertad a nuestro pueblo y pienso en nombres como Narciso Rabell Cabrero, por decir sólo uno.

Muchas gracias.

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Notas bibliográficas [1] Federico Nietzsche, Así hablaba Zaratustra (Editores Mexicanos Unidos, S.A., México, 1992), p. 57 y Vaihinger, La voluntad de la ilusión en Nietzsche, en «Teorema», 1980, ps. Y., 16, 18 y 28.
[2] Martin Heidegger, El ser y el tiempo (Barcelona, SZ), ps. 27-29.
[3[ Chantal Milliard, La creación por la metáfora (Anthropos, Barcelona, 1992), p. 155
[4] Conversaciones en Madrid con Carlos Fuentes (Agencia EFE).
[5] Federico Schiller, Sobre la educación estética del hombre (1795).
[6] Gerald Zaltman, «Suscitar metáforas», Capítulo 4, en: Cómo piensan los consumidores (Ediciones Urano, Barcelona, 2003), ps. 136 y 151. «Como la cognición materializada es tan fundamental y automática, con frecuencia no apreciamos el poder especial de esas metáforas para revelar su sentido oculto y más complejo». (p. 124).

[7] Antonio Gramsci, Filosofía de la praxis, ed.cit., ps. 7 y 68.

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