CUENTOS

Aquella
amiga extranjera
Constantemente
recuerdo la misteriosa vida de aquella amiga que llegó de un país lejano a la escuela,
su imagen es difícil de borrar. Tenía unos ojos inmensos, rasgados hasta la
crueldad por la manera en que se recogía el cabello.
Su madre siempre
estaba enferma, en su casa se hablaba en secreto, se caminaba en puntas de
ballet, no se comía en la mesa sino en bandejas individuales cubiertas con
exquisitos tapetes de lino perfectamente almidonados, que llevaban las
empleadas domésticas ataviadas con impecables uniformes, hasta las muchas
habitaciones grises, decoradas con el símbolo del escape hacia el asilo del
sueño.
No puedo olvidar el
día en que murió su perra Milú, es decir su mejor amiga, su única hermana, su
madre sana, el ser viviente más cercano a ella, en movimiento y en permanente
estado de proveer afecto; faltó a las clases por muchos días, yo envidié sus
días de descanso escolar, dichosa me decía sin sospechar que ella, mi amiga
repentina, estaba rozando con sus lagrimales las llamas del infierno.
Cuando la volví a ver,
tenía esa expresión amarga que se dibuja en el rostro de las vacas condenadas a
ser alimento de la especie humana, las ojeras profundamente oscuras no tenían
relación con sus tiernos años, caminaba con la resignación de mi abuela cuando
enviudó, hablaba siempre como pidiendo perdón por su pupila mate.
Yo que siempre estaba
en un juego de cartas con la risa, con el libertinaje de las flores salvajes,
con los nobles rayos del sol, yo que tenía acuerdos secretos con la felicidad
de las estrellas que visitaban mi firmamento particular, me asusté, me fui
alejando de su atmósfera densa, no se me ocurrió pensar, que para ella mi
amistad disipada, tendría la misma intensidad de la sombra que llevaba marcada
en sus párpados.
Para ser franca,
siempre pensé más en Milú, que en su madre -nunca llegué a conocerla- no me
siento culpable, ella no la mencionó más que para decir: "Habla en voz
baja, mi madre está mal".
Ahora después de
tantos años he sabido de buena fuente, que su madre nunca la quiso, que lo
único que amó con locura fue la muerte y mi amiga heredó las patológicas inclinaciones
de su madre y ahora que yo me paso la vida ejerciendo como jurista, ella, mi
extraña amiga, se encuentra bajo un reglamento injusto en la casa de los que
pierden el juicio, un juicio, que tal vez yo pude ganar.
Asesina en
serie
Aún no entiendo cómo
fui capaz de cometer tal vileza en toda mi vida anterior, ni siquiera me había
atrevido a destripar el diminuto retoño de una cucaracha. La idea del crimen se
me ocurrió un sábado. Una foto de Gioconda apareció en una importante revista
literaria junto a su cachorro cocker spaniel al lado del poema más hermoso que
jamás hubiera leído.
Hablaba sobre el arte
de desnudar el alma para compartir su misterio con todos los hombres y mujeres
de la tierra. Invitaba a experimentar ese acto y a convertir el planeta en un
inmenso campo de almas nudistas para alcanzar la paz y realizar de una vez por
todas la más noble utopía: la comunión de las almas.
Mis propias
limitaciones me impiden transcribir con exactitud la belleza del texto, el mimo
emocional que provocaba en el lector, pero era como si un gran vuelo de
mariposas blancas nos acariciara la médula del ser.
Comprendí de una vez
por todas que nunca llegaría a escribir algo semejante. Desde hace un tiempo me
molestaba su capacidad de fotografiar con palabras lo que está bajo la piel, su
capacidad de rescatar con versos las eternas costillas de Eva, "me di
cuenta como si me hubiera partido un rayo, de que estaba y estaría para siempre
sola en mi propio cuerpo... Sentiría, escucharía mis pensamientos más
recónditos". Así empezó todo.
Escuché mis
pensamientos enfermizos y los obedecí con la misma intensidad con que solía
obedecer todas las leyes de los hombres. Quedé como hipnotizada contemplando la
fotografía. No la veía a ella, veía la sonrisa de su perro confirmando su
fidelidad y la estrecha relación con su dueña y señora. Yo siempre había
querido tener un perro, pero los metros cuadrados de construcción de mi
habitación alquilada me lo impedían. Yo siempre quise escribir un libro que diera
la vuelta al mundo, que yo no había podido conocer... Es cierto que sin pena ni
gloria yo había publicado algunas páginas en prosa y verso, es cierto que hasta
ese sábado fatal siempre había tenido la esperanza de alcanzar algún día la
dimensión literaria del paradigma que yo misma me había impuesto, pero no tenía
disciplina y -para que negarlo ahora- los dioses no me habían elegido para el
oficio de expresar lo inexpresable, ni de atrapar lo imposible.
En esas divagaciones
estaba, cuando movida por los ojos del perro fotografiado y una extraña fuerza,
me levanté de un brinco de la cama revuelta. Busqué una revista donde yo había
publicado algún poema , un plaqué con narraciones breves que por obra y gracia
de un amigo, más interesado en mi cuerpo físico que en el cuerpo de mis textos,
había arriesgado su prestigio y su dinero publicándome y hasta comentando mi
"obra". Su ganancia fue perderme de vista apenas concluyó su
bondadosa misión.
Tomé un sobre de papel
kraft introduje los textos y escribí Gioconda, por si acaso era mi día de
suerte, uno nunca sabe y me recibía ese mismo día, me fui al Cibercafé que
quedaba a unas cuadras de mi habitación y como la dirección electrónica
aparecía al final de la publicación de la revista literaria le escribí: 'Gioconda,
he saboreado con deleite supremo tu último poema, quisiera pedirte una fracción
de tiempo para enseñarte algunos trabajos míos, a ver qué día podés recibirme,
no cuento con una computadora personal, si pudieras contestarme a vuelta de
red, te lo agradecería; yo estaré aquí varias horas, espero tu respuesta'.
Mi mensaje llegó en el
momento más favorable a los planes secretos del destino y en media hora recibí
la repuesta: '¿Podría ser hoy mismo?, salgo para dictar una conferencia en
Madrid mañana y además estoy de buen humor, me han anunciado un premio que
tendré que recoger luego de mi viaje a España'.
Ni corta ni perezosa,
me informé dónde podría comprar esas pastillas famosas para curar frijoles,
pastillas del amor han llegado a nombrarlas, ¡vaya ironía! Pasé por el
supermercado, compré 4 onzas de posta de pierna, envolví 3 pastillas de esas en
medio de la carne y tomé la ruta que me llevaría a casa de Gioconda, toqué el
timbre, para mi sorpresa ella misma salió a recibirme, junto con su perro, que,
por cierto, me pareció amistoso. No hay tales que los perros presienten, que
sus instintos animales detectan al enemigo, 'Dante' (supe al fin su nombre
cuando ella lo quiso apartar de las suelas de mis zapatos), 'Dante' no sospechó
mis crueles intenciones, más bien fue un dechado de demostraciones de afecto.
Apenas me senté en un mullido sofá forrado con imitación de piel de tigre se
acostó panza arriba obligándome a acariciar su estómago peludo.
Gioconda estaba
buscando en su enorme biblioteca uno de sus libros para obsequiármelo. No lo
encontraba. 'Dante' había saltado a mi lado en el sofá y con su pata tocaba mi
hombro tembloroso como pidiéndome algo, ¿la muerte?
Llegó la hora me dije.
Saqué del bolso el obsequio que con esmero le había preparado. Lo tragó casi
sin masticarlo, cuando Gioconda llegó, 'Dante' parecía estar contento. Ella
escribió algo en la primera página del libro que se disponía a entregarme.
Justo en ese momento 'Dante' empezó a temblar, de su hocico salía tanta espuma
como de las olas del mar.
Gioconda gritaba:
"¡Dante!, ¡Dante qué pasa! ¡Margarita llama al veterinario!,
¡Margaritaaaaaaa!, ¡llama al Dr. Velásquez!, ¡Dante se muere!".
Lógicamente tuve que
levantarme por cortesía, creo que ni siquiera fui capaz de ocultar mi
satisfacción por el deber cumplido, regresé a mis tres paredes (una era
ventanal donde se divisaba las huellas de Acahualinca).
Empecé a
convulsionar... de risa. Me sentía realizada. Hay misiones de misiones en esta
vida pensaba, la mía será de ahora en adelante maltratar a los escritores, a
los artistas. Habrá qué ver lo que crearán con el maltrato (ya ven cuánto bien
le hizo a la literatura francesa el dolor de Proust). Hay que castigarlos, más cuando
han escalado la cumbre de su día.
Comprendí en ese
momento el verdadero sentido de mi paso por la tierra.
Esta sería mi gran
contribución a la literatura, no había otra opción.
Hice una lista de
escritores de los que se sabía amaban a sus perros. Hasta incluí a Saramago.
Lanzarote es posible, todo es posible, el mundo es pequeño. La lista abarcaba
desde los grandes (Carlos Fuentes, Elena Poniatowska) a los insignificantes.
Como esa Castellón que con fatua insistencia publicaba mes a mes en suplementos,
y tenía en su haber un par de libros que nadie compraba. Se decía que mientras
escribía sólo soporta la compañía de su perro 'Cafu'. Ya la visitaría.
Empezaría de abajo.
Al fin me sometía a
alguna disciplina: ¡Asesina en serie! Seguiría la serie con la seriedad que el
trabajo demanda.
Dos meses después de
la muerte del 'Dante' me encuentro en un suplemento cultural, un poema en su
memoria junto con una entrevista a su ama: "Desde que murió no he parado
de escribir. Ya son muchas las editoriales interesadas en esta dramática
historia".
Hoy murió 'Cafu' por
mis buenos oficios. La Castellón no había olvidado el cuento del 'Dante'. Ha
hecho un alboroto que la ha favorecido. Hasta los diarios más prestigiosos la
han entrevistado. Sin embargo, debo tener cuidado. Ya han empezado a sospechar
de mano criminal. Ella se ha venido en lagrimas y en tinta, ha escrito y
escrito y escrito, tanto, que algo bueno saldrá.
Al final de cuentas,
no puedo sentir culpa, ¡asesina en serie! Ya van cuatro. Mi meta es Saramago
(hay que imponerse la cima como meta, es posible alcanzar el imposible
Me olvidaba contarles
el contenido de la dedicatoria que Gioconda dejó en el libro que me dio aquel
sábado: "Ejecuta sin piedad las órdenes de tus pensamientos más
recónditos. Como un perro sé fiel a los dictados de la palabra".