No es este el lugar para analizar con detenimiento el conjunto muy amplio y extremadamente complejo de factores que hacen a la decadencia Argentina. Pero es lícito señalar que su derrota militar en el Atlántico Sur constituye el punto de inflexión para ser considerado dentro del marco del presente análisis.
Existe una relación profunda entre la derrota militar y la desmembración y decadencia que ha sufrido la sociedad argentina, incluida la descerebración estratégica y tecnológica del país.
No es posible entonces analizar el comportamiento internacional de la Argentina sin partir de ese hecho histórico determinante que se sintetizó en una derrota militar.
Pretender interpretar los sucesos que conformaron la evolución social y las políticas económicas que asolaron a la Argentina durante la última década, la llamada de la "democracia", sin partir de la derrota militar de 1982 en el Atlántico Sur, significa renunciar a comprender los hechos de nuestra historia contemporánea, al excluir significado y causalidad.
La casi totalidad de los analistas optan por excluir la idea de que la guerra -las guerras en general, y los instrumentos militares en particular- contribuyen en un grado muy alto a generar, a modificar y a transformar una sociedad.
Sin embargo las modificaciones y transformaciones que introdujo en la sociedad argentina la derrota militar de 1982 es un hecho decisivo para comprender, entre otras cosas, el posterior comportamiento internacional de la República.
La derrota militar de 1982 ocasiona un daño inmenso a la sociedad argentina. No fue una casualidad de que esa derrota fuera elaborada por grupos perfectamente identificables de la estructura de poder que actuaron por acción; y por grupos de fuera de la estructura de poder que lo hicieron por inacción, pero en la misma dirección histórica, aunque desde ubicaciones políticas aparentemente antagónicas.
En líneas generales, la ideología utilizada por todos esos grupos fue de naturaleza "democrática" y "occidentalista", y englobó a sectores civiles y militares, a operadores enquistados en el gobierno y a argentinos exiliados; a perseguidores y a perseguidos. En varios lugares del mundo, muchos de estos últimos sostuvieron que las "fragatas británicas vendrían a restaurar la democracia en la Argentina", mientras que Ministros del régimen militar autorizaban la repatriación de beneficios de empresas británicas, en pleno conflicto bélico, con destino a Londres.
Tanto la forma como el contenido con que la democracia retorna a la Argentina está total y directamente determinado no sólo por la derrota, sino por la posición derrotista (es decir, pronorteamericana) que la "clase política" asume respecto del conflicto. Los "democráticos" y, en general, los "humanistas" deseaban y necesitaban la derrota nacional argentina en el Atlántico Sur. Asimismo los "hombres del sistema", llevaran o no uniforme, deseaban y necesitaban la derrota argentina en el Atlántico Sur. Nunca la sociedad argentina había visto un corte horizontal semejante. El conflicto "ideológico" ya no estaba planteado entre civiles y militares. La democracia, al ser el premio consuelo de un país vencido, de hecho superó esa vieja antinomia, pero asumiendo la humillación y la decadencia como hecho cultural determinante.
A partir de allí se desarrolla un comportamiento internacional totalmente inédito en la historia de la diplomacia argentina, que había sido tradicionalmente autonomizante, neutralista e impulsora de la independencia respecto de los bloques. A partir de allí sobrevienen las políticas de "alineamiento automático" y de "integraciones regionales".
En el orden interno, para unos y para otros, la "democracia" en la derrota era la posibilidad de seguir existiendo, en un conflicto aparente de "extremos" y en un "teatro de operaciones" que nunca estuvo fuera de los límites del "orden establecido".
Naturalmente la mayor responsabilidad les cabe a aquellos que, desde dentro del sistema de poder, contribuyeron activamente a la derrota de 1982, porque luego fueron los que administraron (o admitieron) la indefensión -como dato normal de la vida política, durante los dos gobierno democráticos.
Existe una continuidad absoluta entre ambas situaciones (derrota=>indefensión). La derrota fue la conditio sine qua non de la "desregulación" de la defensa en la Argentina. Nos indica con toda exactitud sobre la función que tuvieron la Fuerzas (entendidas como una especial modalidad de organización social) dentro de la sociedad argentina, de qué manera y con qué ideología éstas surgieron como "factor de poder", y sobre el tipo de impresiones que el instrumento militar produjo sobre la sociedad. Argentina es un caso único donde tiene lugar un proceso social y económico destinado a la indefensión que es apoyado activamente por una dirigencia militar con ideología democrática y occidentalizante.
La indefensión de la sociedad argentina tiene como contrapartida de política exterior el "alineamiento automático" y las "integraciones desiguales".
Lo terrible de la situación es que la "desregulación" del aparato defensivo de Argentina, lo que es la indefensión actual propiamente dicha de este país, se realizó en un estadio de su desarrollo que lo viabilizaba para un salto hacia un status de potencia regional.
No sólo fue necesaria la derrota de 1982 (para impedir esa transición hacia la potenciación nacional/regional); resultó imprescindible coronarla con el posterior desmantelamiento científico, tecnológico e industrial, con la vigencia del sistema representativo como expresión política de una economía de "libre mercado", y con el alineamiento automático detrás de la supuesta potencia rectora del occidente capitalista.
La destrucciónTodo este proceso representa una continuidad histórica, una cadena de hechos inseparables unos de otros. Es absolutamente cierto que la cúpula militar participa activamente, y no sólo por inacción, en el desmantelamiento y posterior destrucción de ese formidable instrumento científico, tecnológico e industrial que en un momento fue la Dirección General de Fabricaciones Militares, y todo el sistema industrial y científico/técnico que giraba en torno a la Defensa Nacional.
Ese desmantelamiento y esa destrucción sólo fueron posibles porque, al igual que en 1982, y con una vocación de derrota ya impresa en la psicología colectiva, el instrumento militar acepta y adopta la ideología de su enemigo vencedor. Los grupos con capacidad decisional dentro de la dirigencia militar, al justificar la destrucción de un sistema científico, tecnológico e industrial que era posible transformar para convertirlo en una gran fuerza de potenciación nacional, utilizan argumentos economicistas (condenados por la doctrina nacional/militar hasta ese momento vigente) y falsos análisis estratégicos, integralmente elaborados por los grupos dirigentes civiles, cuyo negocio económico depende de la adaptación del país al "mercado mundial".
Esas industrias y esa tecnoestructura necesitaban, obviamente, ser transformadas y potenciadas y, sobre todo, dotados de un aparato de comercialización para competir en el mercado mundial. Era el camino opuesto al del alineamiento automático. Representaba asumir la "desconfianza de occidente", es decir un conflicto digno y resoluble por la sociedad argentina. El alineamiento automático nos instaló en un conflicto indigno y, tal vez, irresoluble.
Pero en la Argentina se impuso una forma de democracia fundamentada en una gran derrota nacional que corona un desencuentro profundo entre la milicia y la sociedad. Esa derrota no estuvo representada tanto por la fortaleza del enemigo cuanto por la traición en el "frente interno". Se originó en un "combate de retaguardia" que tiene profundas raíces en el seno de una dirigencia tradicional vocacionalmente dependiente. Y en una estructura de poder que respondió y responde a intereses sectoriales de una oligarquía productora de formas de legitimización.
Luego de optar por la derrota se continúa con la destrucción que conlleva la indefensión. Entre ambos momentos históricos existe una continuidad absoluta de hombres, grupos e ideologías. Y sólo un cambio formal de sistemas políticos.
El conflicto de Malvinas constituye el hecho fundacional de la Argentina contemporánea: a partir de él Argentina se inserta en la vida internacional como país vencido. Y sólo a partir de él son posibles fenómenos como el menemismo, que lleva la filosofía del alineamiento dependiente a límites patológicos.
Desde esa óptica, dos son los temas principales en función de los cuales se puede estructurar la totalidad de la reflexión histórica. El primero de ellos está referido a la naturaleza de las relaciones argentino/norteamericanas (y, lógicamente, a la naturaleza de las relaciones británico/norteamericanas). El segundo gran tema es definir las características militares del conflicto y responder al siguiente interrogante: ¿Era una guerra necesariamente perdida para Argentina?
Malvinas y la naturaleza de las relacionesEl apoyo militar norteamericano a la fuerza de tareas británica fue integral y decisivo. Que es lo que corresponde entre aliados naturales: sin él la expedición hubiese sido imposible.
Esta situación debemos verla en forma conjunta con la historia de las relaciones argentino/norteamericanas, que fue siempre una relación conflictiva y negativa para la Argentina. Nuestro país fue sistemáticamente excluído de los más importante programas de "ayuda" regional, y en todo momento se intentó eliminar todo núcleo de desarrollo industrial autónomo.
Estos dos elementos condicionaron al conflicto de 1982. Pero la estructura de las relaciones internacionales en esa época, sólidamente bipolar, y con un movimiento muy fuerte de estados independientes, le hubiese brindado a la Argentina amplias posibilidades para consolidar apoyaturas políticas y militares con capacidad para frenar el accionar militar de la alianza anglonorteamericana. La dirigencia militar de entonces no disponía ni de los conocimientos ni de la voluntad para explorar esa alternativa.
Luego de transitar durante décadas por diversas formas de dependencia doctrinaria no disponía de la concepción estratégica adecuada para hacerle frente al enemigo inglés.
La primera explicación de la derrota pretendió fundamentarse en "motivos tecnológicos"; ella resultó absolutamente insostenible, desde el momento en que no existió auténtica disparidad tecnológica entre las fuerzas atacantes y las fuerzas defensoras. Lo que sí existió, en estas últimas, fue una incapacidad estratégica que sumió al conjunto del sistema defensivo en la parálisis y la inacción. A ello se le debe sumar el feudalismo institucional que existió entre cada fuerza y, aún, dentro de cada una de las fuerzas.
La derrota militar argentina en el Atlántico Sur no fue la consecuencia inexorable de un dispositivo, por definción, "invencible". Para Argentina, la del Atlántico Sur hubiese sido una guerra ganable si la conducción de sus fuerzas hubiesen instrumentado la doctrina adecuada y la voluntad política correspondiente. Las condiciones internacionales de la época posibilitaban esa alternativa.
En definitiva, la derrota argentina fue una decisión adoptada por los grupos dirigentes de la época para evitar que en el Cono Sur emerja una potencia militar con capacidad autonómica. Se optó por una argentina derrotada en función de la continuidad de los buenos negocios de la clase dirigente. La cúpula militar de la época fue, en ese sentido, instrumento y cómplice.
La pequeña política había absorbido toda la energía de los mandos militares, mientras la anarquía organizativa se incrementaba paralelamente y en proporción directa a la crisis general del país que se originó en la misma presencia de esos mandos militares en el Estado.
Todo ejército se debe organizar y preparar para una guerra determinada mucho antes que se produzca dicha guerra. Esa guerra determinada impone un esfuerzo determinado a realizar en un teatro de operaciones específico. Cuando esta ley no se cumple, la incapacidad militar puede ser señalada como el origen de la crisis social, ya que ésta se transforma en algo absolutamente insolvente para sostener a un ejército de combatientes. La especificidad que tuvieron las relaciones entre las instituciones militares y la sociedad en la Argentina, terminaron por transformar a ésta última en una masa de "ciudadanos pacifistas", sin ninguna capacidad de supervivencia en el mundo actual.
Significado estratégicoLa recuperación del Atlántico Sur que intenta Argentina en abril de 1982 era un hecho profundamente revolucionario, ya que alteraba sustancialmente la naturaleza del orden internacional entonces vigente y fijaba un nuevo rango para el país en el mundo. Esa situación geoestratégica hubiese tenido una traducción sociopolítica casi automática en el orden interno: hubiese impulsado una profunda reversión de las alianzas. Era imposible enfrentar esa nueva situación estratégica desde el mismo bloque social anterior al 2 de abril.
La hipótesis de la victoria Argentina fue percibida por Londres como el ocaso definitivo de la potencia británica. Y muchos observadores pensaban que esa victoria era poco menos que inexorable.
"El significado de la guerra de las Malvinas fue enorme, tanto para la seguridad en sí misma de la nación británica como para nuestra situación en el mundo. A partir de 1956, año del fiasco de Suez, la política exterior británica no había sido sino una larga retirada. El Gobierno británico, al igual que los gobierno extranjeros, habían asumido tácitamente que nuestro papel internacional estaba condenado a disminuir poco a poco. Había llegado un momento en que tanto nuestros amigos como nuestros enemigos nos veían como una nación desprovista de voluntad y de capacidad a la hora de defender sus intereses en tiempos de paz, para no hablar de los momentos de guerra. La victoria en las Malvinas cambió todo aquello. Después de la guerra, a cualquier lugar donde yo fuera, el nombre de Gran Bretaña había adquirido un significado que antes no tenía. La guerra también tuvo verdadera importancia en las relaciones entre el Este y el Oeste: varios años después, un general ruso me dijo que los soviéticos habían estado absolutamente convencidos de que no lucharíamos por las Malvinas, y que, de hacerlo, perderíamos. Les demostramos su equivocación con respecto a ambos extremos, y este hecho jamás lo olvidaron" (Margaret Thatcher, Los Años de Downing Street)
(A última hora de la tarde del martes 30 de marzo) "Acababa de recibir información que indicaba que la flota argentina...parecía tener intenciones de invadir las islas el viernes 2 de abril. No había ningún motivo para dudar de esta información. John (Nott) presentó el punto de vista del Ministerio de Defensa, en el sentido de que, una vez capturadas las Malvinas, no se podrían volver a tomar. Esto era terrible y de todo punto inaceptable. No me lo podía creer: se trataba de nuestra gente, de nuestras islas. Yo dije inmediatamente: si se produce una invasión, tenemos que recuperarlas".
Sorpresa"Al contrario de lo que se decía entonces, no tuvimos hasta casi el último información alguna en el sentido de que Argentina estaba a punto de emprender una invasión a escala total. Tampoco la tenían los norteamericanos: de hecho, más tarde, Al (Alexander) Haig me decía que ello sabían entonces aún menos que nosotros".
Esta confesión sobre dos fallas simultáneas de inteligencia es de suma importancia. Las fuerzas argentinas no sólo lograron producir una sorpresa inicial casi total: queda asimismo destruída la hipótesis de un "acuerdo previo" entre el gobierno militar y Washington y/o Londres. Se robustece así la interpretación por la cual el desembarco argentino del 2 de abril constituyó un enorme peligro estratégico para el statu quo internacional entonces vigente. La operación militar argentina fue rápidamente definida como "agresora" y "perturbadora". Y los movimientos de Occidente estuvieron todos destinados a lograr el aislamiento del agresor. Todos los medios fueron utilizados en esa dirección: desde el embargo internacional hasta el impulso a los movimientos por los "derechos humanos".
El amigo americano"Los argentinos (el mando militar) se habían hecho una idea descomunalmente exagerada sobre su importancia para los Estados Unidos (basada en participaciones antisubversivas en Centroamérica)".
"Nuestra única esperanza para entonces (primera semana del conflicto) eran los americanos: amigos y aliados, y personas a las que Galtieri, si aún seguía comportándose de manera racional, debía prestar oído... enviamos un mensaje urgente al presidente Reagan solicitándole que insistiera ante Galtieri en el sentido de que éste debía dar marcha atrás para no dar un paso en el vacío. El presidente accedió inmediatamente".
Esta última afirmación no es más que una pura acción psicológica, dada una situación objetiva altamente desfavorable para los intereses británicos en esos primeros momentos del conflicto. El General Galtieri se niega a atender el llamado de Reagan. "Sólo se dignó a hablar con el presidente (norteamericano) cuando ya era demasiado tarde para interrumpir la invasión. Yo tuve noticias de este resultado a primerísima hora de la mañana del viernes; fue entonces cuando supe que nuestra última esperanza se había desvanecido".
"Para entonces en Whitehall se estaban discutiendo todos los aspectos de la campaña, entre ellos la aplicación de sanciones... Los preparativos militares continuaban a ritmo febril.. Lo que más nos preocupaba en aquel momento era el tiempo que (la expedición) tardaría en llegar a las Malvinas. Opinábamos, y no nos equivocábamos, que los argentinos reunirían gran número de hombres y de material para hacer que el desalojo nos resultara lo más difícil posible. Además, la situación atmosférica en el sur del Atlántico iría de mal en peor, a medida en que se aproximaban los vientos huracanados y las fuertes tormentas del invierno en el hemisferio Sur".
Los aliados del Imperio"Mi gratitud se dirigió de manera muy especial al presidente Mitterrand quien, junto con los dirigentes de la antigua Commonwealth, fue uno de nuestros amigos más incondicionales...(Durante los años siguientes serían muchos mis desacuerdos con el presidente Mitterrand, pero jamás olvidé nuestra deuda con él en relación con su apoyo personal a lo largo de la crisis de las Malvinas)".
"La reacción de la Commonwealth, con la excepción parcial de la India, fue de gran apoyo...Nos decepcionó la actitud un tanto equívoca de Japón. Como era de suponer, la Unión Soviética se inclinaba en medida creciente hacia Argentina y fue aumentando los ataques verbales a nuestra posición."
En América Latina, "Chile estaba de nuestro lado. Algunos otros países, y a pesar de su postura pública, nos eran favorables en silencio".
"Por lo que concierne a la Unión Soviética, yo sospechaba que los rusos temían la participación de los Estados Unidos en la misma medida en que los norteamericanos temían lo contrario. Quizá occidente no las tenía todas consigo, pero en igual caso estaban los soviéticos".
Estas afirmaciones van definiendo una situación por la cual resultaba estratégicamente imposible para Londres contar con apoyos internacionales más allá de ciertos límites diplomáticos. En definitiva, si la Task Force hubiese encontrado vallas militares infranqueables, no sólo no se hubiese producido la participación norteamericana en el conflicto. El propio gobierno conservador hubiese saltado hecho pedazos y, con él, se hubiese revertido en su totalidad una determinada situación estratégica a escala global.
La señora Thatcher deja bien en claro las dificultades extremas con que se debió enfrentar a lo largo del conflicto. Sus relaciones con los aliados, incluídos los EUA eran, por momentos, extremadamente difíciles. Y su "frente interno", a medida que avanzaba el conflicto, se transformaba en una fuerza opositora cada vez más estructurada.
La única carta de victoria de la señora Thatcher era el éxito de la operación militar. Ella sabía esto con absoluto exactitud: "el asunto de interés principal siempre sería el militar". La perspectiva de una victoria militar era lo único que aglutinaba (provisoriamente) su estrategia diplomática y su inestable situación política interior.
Las preocupaciones militares del gabinete de crisis destacan sobre todas las demás. "Nuestra principal tarea en el Ministerio de Defensa consistía en una concienzuda sesión de información sobre las realidades militares. Era importante que todos supiéramos exactamente qué fuerzas estaban dispuestas a enfrentarse a nosotros, cuál era su capacidad, los efectos del invierno antártico y, por supuesto, las opciones disponibles. Cualquiera que hubiera tenido la idea de que la misión especial (Fuerza de Tareas) podría efectuar un bloqueo en las Malvinas pronto quedó desengañado. Aparte de las posibles pérdidas de aeronaves -entre los dos portaaviones sólo reunían 20 Harriers- las dificultades de mantener a hombres y equipos en aquellos mares turbulentos eran enormes".
Sólo a partir del fracaso de la misión Haig, Londres llega a un acuerdo con Washington para el uso de la vital isla de Ascención, que se transformó en la verdadera base avanzada de la expedición naval.
Anulación de la capacidad naval argentinaEn muchos pasajes del texto la señora Thatcher hace referencia a las preocupaciones que le causaba algunas naves argentinas, cuya acción podría haber anulado la capacidad ofensiva de la Task Force. Estaba especialmente preocupada con las coordenadas del portaaviones 25 de Mayo. En este contexto se produce el hundimiento del Belgrano. "Los acontecimientos posteriores justifican sobradamente lo que se hizo. Como resultado de la devastadora pérdida del Belgrano, la flota argentina -sobre todo el portaaviones- regresó a puerto y se quedó allí. A partir de ese momento no volvió a presentar ninguna amenaza seria al destacamento (británico)...El hundimiento del Belgrano resultó ser una de las acciones militares más decisivas de la guerra".
A partir de allí existieron momentos en los que la suerte de las armas británicas estuvo seriamente comprometido. Sólo la incapacidad del mando argentino posibilitó el triunfo del enemigo, en especial la inactividad total de la flota de superficie.
En definitiva, la derrota de las fuerzas argentinas fue, ante todo, una actitud mental no sólo de la dirigencia militar; fue el resultado de una especial interacción entre las instituciones militares y el bloque social hegemónico que las ideologiza y las administra.
Pero, por el momento, es el elemento determinante de nuestro comportamiento internacional actual.
Decisiones en la retaguardiaA los pocos días del hundimiento del Sheffield, un grupo de expertos militares de distintos países europeos analizaron "Las operaciones militares que se desarrollan en la no declarada guerra de las Malvinas".
Los analistas percibieron que el dispositivo defensivo argentino era superior a la capacidad ofensiva de la fuerza británica, y que si Argentina perdía la guerra sería a causa de decisiones ubicadas "en la retaguardia".
Los analistas explicaban con mucha exactitud los puntos débiles de la fuerza expedicionaria británica, pero se equivocaban absolutamente al juzgar "la solidez del esquema defensivo argentino". El error, por cierto, provenía de ubicar a las fuerzas argentinas fuera de su contexto histórico, político y social.
Históricamente, esas fuerzas no habían combatido nunca contra el Mundo Marítimo, es decir, contra el occidente capitalista. Habían nacido institucionalmente como prolongación de ese mundo. Todos sus íconos eran y son continuidad de ese mundo.
La acción de Malvinas fue una acción fuera de contexto dentro del tiempo y del espacio de la historia institucional de Argentina. Desde el punto de vista estratégico, la batalla del Atlántico Sur no fue la continuación de la guerra de la independencia, sino exactamente lo contrario. Nuestra prehistoria comienza en 1810 y se realiza, casi sin discontinuidades, de la mano del Mundo Marítimo.
La victoria en el Atlántico Sur hubiese representado una fractura con occidente. Hubiese sido el fin de la Prehistoria y el comienzo de la Historia. Tal vez de manera inconciente, la Batalla del Atlántico Sur fue, para algunos sectores militares, una continuación reivindicativa de la "pequeña guerra civil" anterior.
Socialmente esas fuerzas eran un apéndice instrumental del bloque hegemónico, cuya continuidad como tal dependía de la continuidad de sus relaciones con el "mundo marítimo occidental". Es decir, dependía de la necesidad de recomponer una prehistoria comenzada en Mayo de 1810.
Por ello, y no podía ser de otra manera, la cosmovisión política de las fuerzas militares era de raíz anticomunista. Esto significó que no tenían un proyecto nacional propio y diferenciado, y que carecín de doctrina y de plan militar. Por todo ese complejo cúmulo de antecedentes, y por haber sido constituyentes de un gobierno a la medida de la oligarquía financiera, la situación orgánica de las fuerzas era realmente catastrófica. Era lo que convenía a la continuidad histórica de un proyecto geopolítico dependiente del Imperialismo Oceánico llamado Nación Argentina.
El Informe concluye señalando proféticamente que la victoria británica, "si llega a producirse", se conseguirá en "el combate de las retaguardias, donde se enfrentan la estabilidad de la monarquía parlamentaria contra una siempre inestable dictadura".
El siguiente es el texto del Informe, que expresa lo que debió haber sido el combate en términos de lógica militar. Las fuerzas argentinas son ubicadas fuera de su historia y de su contexto social:
"En el nivel de conducción de la guerra, la de las Malvinas es un hecho increíble, en la misma manera que son increíbles la dictadura y el colonialismo que la protagonizan. Ambos pertenecen al orden de lo irracional, y no es extraño que sus iniciativas escapen a la comprensión.
"Pero en el nivel de los ejecutantes estamos ante un acontecimiento históricamente cotidiano realizado por profesionales y organizaciones especializados para estas suertes y susceptible de an lisis, crítica y pronóstico, aunque en la parte que tiene en común con aquel nivel superior de conducción haya que sustituir el razonamiento por la intuición y tal vez por la adivinación.
Sorpresa británica"Del lógico secreto con que se cubren las operaciones militares ya se han filtrado suficientes indicios para constatar la concienzuda y conocida preparación de las fuerzas armadas argentinas, muy anterior a este evento, así como la sorpresa de la que fue víctima la máquina militar de Gran Bretaña.
"En efecto, en las bases del sur del país, las fuerzas aéreas argentinas mantienen en alerta un poderoso despliegue sobre las pistas, listo para reaccionar en defensa de la flota, cautamente abrigada cerca de las costas. La flota, por su parte, y en especial el portaviones 25 de Mayo, se mantiene presto para lanzar sus aviones y misiles contra los barcos ingleses que se acerque a las islas.
"Allí en la Soledad y en la Gran Malvina, la Infantería de Marina ampliamente reforzada por el Ejército de Tierra, se pega al suelo, sin que al adversario le sea posible llegar hasta el objetivo final más que con elementos ligeros capaces de burlar el dispositivo de vigilancia terrestre, pero sin capacidad para acciones resolutivas.
"El esquema descripto contiene naturalmente el dinamismo propio de la acción bélica, pero su fundamento estratégico no parece que vaya a apartarse sustancialmente de los siguientes tres sencillos y eficaces principios:
"Por otra parte, en el terreno de la logística, tan crítico para un país como Argentina, esencialmente dependiente para su dotación armamentística y de repuestos, la preparación de sus Fuerzas Armadas no es menor que la que viene demostrando en el combate. Previendo el más que probable boicoteo de los suministradores habituales de equipos militares, las Fuerzas Armadas se dotaron, para cada sistema de armas que montan las unidades terrestres navales y aéreas, con stocks completos de municiones, componentes, repuestos y talleres, todo ello traído a altísimos costos de países diversos, fundamentalmente Inglaterra, EEUU, Alemania, Francia e Israel.
"La gigantesca operación de preparación y abastecimiento se ha venido realizando a lo largo de los últimos años, intercalando cortinas de humo para su ocultación, como bien pudo haber sido el conflicto del canal de Beagle con Chile.
"Por su lado, la Gran Bretaña posee una fuerza naval muy poderosa en el ámbito para el que fue concebida, el oceánico, y para el fin para el que fue diseñada, el dominio del mar.
"Se trata de unidades navales listas para garantizar el tráfico propio y la circulación marítima entre Norteamérica y el norte de Europa, por ejemplo, y para impedir la entrada al Atlántico, por el Norte, de fuerzas contrarias. De ahí su formidable fuerza submarina. Quizá sean la OTAN y la guerra generalizada los supuestos que han guiado a los estrategas británicos.
"No es la inglesa una flota para ser proyectada sobre tierra, porque ir por un objetivo terrestre exige acercarse, ponerse a tiro de armas bien asentadas, donde la alerta radar es entorpecida por el relieve y las contramedidas electrónicas, defensa contra los misiles, se activan demasiado tarde, como demostró la destrucción del Sheffield.
Hace falta más flota"Hace falta más flota, más cantidad de unidades, si se quiere aceptar el lógico porcentaje de bajas para vencer con las restantes, y no es así la flota inglesa. Sus unidades están contadas.
"Además, el desalojo de tropas contrarias instaladas en tierra no es posible a distancia, hay que ir allí y entablar finalmente el combate de las infanterías y tampoco cuenta la Royal Fleet con los medios adecuados para ello. Sí que los Marines tienen preparación suficiente y sus dos o tres regimientos se han reforzado con unidades del Ejército; sin embargo no existe, prácticamente, una fuerza anfibia británica a la medida de la tarea.
"Con un solo buque de asalto se puede lanzar un batallón reforzado, el resto de la fuerza de desembarco es transportado en mercantes requisados, sin la necesaria dotación de medios de transbordo, comunicaciones y control. En el plano estrictamente militar, no se ve capacidad resolutiva en las fuerzas británicas.
"Su triunfo, si lo logran, tendrá que venirles por el combate de las retaguardias, donde se enfrentan la estabilidad de la monarquía parlamentaria contra una siempre indeseable dictadura".
La capitulación militarLa capitulación militar en el teatro de operaciones fue un decisión adoptada en función de los intereses políticos localizados en el alto mando cívico/militar ubicado en la retaguardia del frente de operaciones.
La fuerza de intervención británica comienza a desembarcar en la Bahía de San Carlos, gracias a una de las grandes incompetencias del mando argentino: la marina de guerra había dejado abierto el canal interinsular (cuyo extremo Norte tiene una anchura de unos 4,5 km.). Impedir su uso a las fuerzas enemigas, minándolo, hubiese sido una tarea increíblemente fácil y económica, que sin embargo no se hizo.
Antes de comenzar el desembarco, en las condiciones reales que actuó la flota británica (pocos barcos, poca artillería, mínima cobertura aérea, insuficiente número de efectivos de infantería), el potencial de las armas británicas era igual a cero.
Las fuerzas terrestres argentinas (su incompetencia se corporizó en su inmovilidad) permitieron que ese potencial fuera creciendo lenta pero inexorablemente. De inmediato, los británicos comprendieron que se estaban enfrentando con un ejército que ya había sido profundamente "trabajado" por servicios de inteligencia propios y aliados.
Por ello se produjo un desembarco. Los mandos argentinos de entonces no cualificaron a las fuerzas terrestres ya instaladas, no activaron una base aérea apta para tornar operativa la superioridad en ese campo; las fuerzas navales no operaron aprovechando el espacio insular, no se minaron los puntos de desembarcos más probables; las fuerzas terrestres no utilizaron la isla occidental como pivote de la reserva estratégica. No existió en las islas el armamento adecuado.
La fuerza atacante, en un rasgo de audacia que pudo costarle la derrota de haber estado la defensa vertebrada por un mando competente, reemplazó su inexistente reserva estratégica por una logística absolutamente eficiente.
Después de la batalla el general Moore comentó: "La logística fue un problema colosal. Una línea de comunicación de 8.000 millas (13.000 kilómetros). Y luego ochenta kilómetros sobre un terreno pésimo, sin caminos y con un tiempo signado por tormentas de nieve con el que no pueden volar los helicópteros... Volviendo a las guerras napoleónicas, Wellington dijo que el sistema francés de entonces era como unas riendas elegantes. El problema era que cuando se partía el cuero, se partía. Wellington hizo sus riendas con cuerdas y, cuando se rompían, las ataba con nudos. Nosotros, aquí, tuvimos muchos nudos que atar. El hundimiento, en Bahía San Carlos, del carguero Atlantic Conveyor fue un inmenso desastre (que logramos disimular), ya que estaba repleto de grandes helicópteros Chinook que debían haber servido para desembarcar tropas y material en dirección de Port Stanley. De hecho, las tropas que desembarcaron en San Carlos avanzaron luego a pie, porque los pocos helicópteros que quedaban se concentraron en el transporte de municiones".
Aquel desastre sufrido por la fuerza atacante, llevó a otro desastre. Sin embargo, gracias al inmovilismo de las fuerzas argentinas sobre el terreno y a la absoluta estaticidad de su reserva estratégica, el enemigo condujo a sus hombres hasta la victoria.
El segundo desastre, obligado por el primero, se originó en el desembarco del resto de la fuerza atacante en Bluff Cove y Fitzroy. "Allí los británicos sufrimos un nuevo revés con el ataque aéreo argentino contra los buques logísticos Sir Gallahad y Sir Tristam. Pero con este avance se acortó la guerra. Teníamos prisa. Los portaaviones habían estado en el mar en una operación contínua que duró más que la de ningún otro portaaviones antes en el mundo".
Es decir que cuando se produce la rendición argentina, el ejército británico estaba en el exacto límite de sus fuerzas, con toda su logística puesta en el terreno -que no era mucha ni de diferente calidad que la argentina- y sin reserva estratégica en absoluto.
La fuerza atacante tuvo siempre la audacia y el valor de moverse en el límite de sus posibilidades, basada en una superioridad moral sobre las fuerzas defensoras. "En la batalla de Goose Green tuvimos todo tipo de problemas, pero hicimos una cuerda, y los responsables de la logística desempeñaron una soberbia labor asegurando la necesaria cantidad de munición en el frente... Por un pelo, pues al final de algunas batallas algunos cañones tenían muy poca munición". Para Moore aquella superioridad moral se estableció "...derrotando al enemigo en batalla; y siempre tuvimos la intención de buscar una batalla en la que derrotarle pronto".
Curiosamente en la batalla de las Malvinas se enfrentaron dos generales cuya experiencia anterior era básicamente contrainsurreccional. Antes de las Malvinas, Moore participó en las campañas de Malasia, Brunei, Chipre e Irlanda del Norte. Menéndez, en una sola y muy modesta: Tucumán. Dos generales esencialmente occidentalistas, esto es, anticomunistas en profundidad, profesionales. Triunfó el que logró expresar el discurso nacional más profundamente guerrero. Y ello, contra todas las predicciones lógicas.
En los comienzos del conflicto, el Instituto de Estudios Estratégicos de Londres había sido muy cauto sobre las posibilidades de las fuerzas británicas. Esta, en ningún caso, podría expulsar a las fuerzas argentinas de las Islas Malvinas. Sin embargo, produciendo acciones precisas y audaces, podría forzar el establecimiento de una posición militar como plataforma de búsqueda de una solución diplomática.
Dijo Moore: "Lo primero era adivinar las intenciones del enemigo. Esperamos un contraataque por tierra que nunca llegó. Lo segundo era la duda de qué recursos se estaba reservando el enemigo. Esto no estuvo claro hasta que, de repente, empezaron a salir de sus trincheras para rendirse".
El periodista que hizo el reportaje comenta: "Moore se quedó sorprendido por la rapidez de los últimos acontecimientos (en la noche de la rendición del 13 al 14 de junio). No negoció directamente la rendición con Menéndez; le dejó ésta labor a su adjunto, el General Walters, pues piensa que es mejor dejar negociar a otro que tenga la excusa de la necesidad de consultar los términos con sus superiores. Es la misma técnica que los británicos han utilizado cuando han tenido que negociar con terroristas".
Roma jugó un papel destacado en la rendición, secundada por importantes sectores de la Iglesia argentina. De tal forma que cuando el Papa polaco, a punto de abandonar Buenos Aires, ejecuta el último acto en la ya inevitable trama de la rendición, las fuerzas en el terreno estaban preparadas para ella. Ya habían perdido todo el espacio que necesitaban para operar y la retaguardia había dejado de ser operativa, si es que alguna vez lo fue.
Conducción MilitarLa guerra no es independiente de la política en el sentido de que la batalla engloba y expresa el tipo de política que se quiso continuar a través del combate. Una derrota con la características que presentó la argentina en el Atlántico Sur, no es más que la expresión de una larga alineación política que ha tenido que soportar la Nación en su conjunto dada la existencia de una determinada estructura de poder en el orden interno. Esa derrota expresa, con absoluta claridad, la inexistencia de fines políticos, la ausencia de un núcleo político. Al enfrentarse dos fuerzas relativamente iguales tiende a imponerse siempre la voluntad política más intensa de una de ellas. En este caso, simplemente, una de ellas carecía en absoluto de voluntad política, porque su razón política estaba alineada a un centro decisional exógeno que necesitaba la derrota.
Argentina no emplea todo su potencial militar en el frente de operaciones. Ello puso en evidencia un mecanismo "conspiratorio" en la retaguardia que tuvo por objeto preparar una derrota que fue planificada como prólogo de una "democracia" devastadora.
Hubo, sin embargo, combate. Pero sus resultados fueron siendo anulados por una concepción estratégica del mando que nulificó y pervirtió la acción heroica de un determinado endogrupo militar que estuvo muy cerca de hacer fracasar la expedición británica.
Lo que sigue es una información elaborada por Der Spiegel pocos meses después de finalizado el conflicto, y se refiere específicamente a la fase aeronaval de la guerra:
"Reconocimiento tardío de los errores cometidos en las Malvinas: la flota británica, a pesar de su modernísimo armamento, sólo pudo evitar por muy poco la derrota...Desde que se ha levantado en Londres la censura militar se pone cada vez más de relieve que...en la batalla de las Malvinas las armas más modernas que disponía Inglaterra sólo pudieron evitar por muy poco una derrota. Poco faltó para que cazabombarderos del ejército del aire argentino, con bombas de acero relativamente antiguas, destruyeran el núcleo de la armada británica. Como se ha podido comprobar ahora, el peligro principal no lo representaron los misiles franceses Exocet.
"Por ejemplo, aquel Exocet que destruyó el destructor Sheffield, no explotó en el interior del buque, sino que la fase de impulsión del misil continuó ardiendo. Y el buque se incendió por fallas en el sistema de extinción.
"Otros cinco ataques con misiles Exocet fueron interceptados por los británicos a través de simuladores metálicos que engañaron el radar de búsqueda de los misiles.
"Según la actual opinión autocrítica de los oficiales del Ministerio de Defensa inglés, la guerra de las Malvinas pudo haber terminado con la casi victoria de los cazabombarderos argentinos, que lograron romper, en vuelo bajo y repetidamente, el cinturón de defensa de los misiles antiaéreos británicos.
"Esos aviones hundieron con sus bombas de 500 kgs. no solamente el destructor Coventry, las fragatas Antélope y Ardent y el portacontenedores Sir Galahad. También alcanzaron, como se ha podido saber ahora, a otros 14 barcos de las 23 unidades de combate del núcleo de la Task-Force.
"Un balance que según el criterio de un contralmirante, podría haber sido absolutamente decisivo en esta guerra, si las bombas hubiesen tenido espoletas retardadas de 3 segundos".
"Si sólo cinco o seis bombas hubiesen estallado (de las que dieron en el blanco en esos 14 navíos), dijo un Capitán de Fragata, toda la operación de las Malvinas habría tenido que terminarse.
"Pero de hecho ninguna bomba estalló en el casco de los 14 barcos británicos que se salvaron. Algunas de esas bombas, de camisa de acero, perforaron los delgados tabiques de aluminio de las fragatas y destructores, cayendo la mayoría de las veces, después de atravesar netamente el barco, al mar.
"Un número importante de bombas simplemente no estallaron, quedando alojadas en el interior de los buques, como por ejemplo, en el portacontenedores Sir Lancelot y en la fragata Alacrity. En la fragata Argonaut una bomba hizo impacto por debajo de la línea de flotación. La bomba siguió su trayecto a través de la sala de máquinas y el depósito de combustible diesel hasta la sala de municiones, allí explotó no la bomba sino un cohete antiaéreo. Esa explosión mató a dos guardias de la sala de municiones, mientras que un incendio en la sala de máquinas, fue sofocado milagrosamente, por una cascada formada por un escape de aceite.
"La fragata Plymouth, que fue sorprendida en su camino hacia el estrecho de las Malvinas por un escuadrón de Mirage, sufrió cuatro impactos simultáneos, ninguno con orificio de salida".
La beligerancia de la Administración Reagan había sido, desde luego, muy acusada en el plano militar y si en Londres existió un Gabinete de Guerra, lo que es lógico, en Washington funcionó otro organismo del estilo, denominado Gabinete de Crisis, a cuyas sesiones asistieron el Presidente y Vicepresidente norteamericanos, el Secretario de Estado, el Secretario de Defensa, el Jefe del Estado Mayor Conjunto, y el Secretario de la US Navy, entre otros.
Estados Unidos hizo algo más que ayudar a Londres. Puso su inmensa capacidad al servicio de un objetivo logrado: evitar que Buenos Aires pudiera reponer sus pérdidas y adquirir medios de defensa o de apoyo nuevos.
La cúpula del Imperialismo Oceánico se vengaba acabadamente de un subalterno que quiso crecer dentro del sistema.
El desafío que la derrota de 1982 proyecta sobre la Argentina actual y futura es de dimensiones nunca vistas en nuestra historia nacional. Ese es el punto que separa la vida de la muerte. También debemos reencontrarnos a nosotros mismos en el Atlántico Sur, en una lucha a vida o muerte por nuestra supervivencia.
Pero por el momento la derrota militar es el condicionante principal de nuestro comportamiento internacional, en sus escalas global y regional.

Publicado en la revista ALTERNATIVA NUEVO PENSAMIENTO POLITICO (Año I - Nº2, Editorial CEAM, Buenos Aires - 21 de marzo de 1995, páginas 10 a 20 inclusive), en conmemoración del Decimotercer Aniversario de la Guerra de Malvinas
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