|| GABRIEL ||
II
Al día siguiente me desperté con una energía renovada. Había tenido sueños placenteros y eso me había puesto de buen humor. Después de ducharme, desayunar, y arreglar los asuntos cotidianos, salí de casa antes siquiera de que mis padres se hubiesen despertado. Me dirigí sonriendo como una idiota por la calle, no se porque, pero tenía ganas de sonreír, como si mi vida fuese a cambiar de pronto. Paso a paso, me encaminé hacia un parque bastante amplio cercano a mi casa. En él siempre había un puesto que vendía todo tipo de flores, semillas, macetas, tierra… Todo lo que yo necesitaba para mi nuevo rosal.
La anciana del puesto me atendió con simpatía y me vendió uno de sus rosales más perfectos. Posiblemente no fuese perfecto, pero a mí me lo parecía, porque a partir de ahora el rosal sería como un símbolo para mí, y recordaría este día como el día que comencé de nuevo a estar unida a mis padres. Tras unos consejos breves sobre su mantenimiento, la anciana se despidió y comencé mi camino a casa.
Al abrir la puerta escuché ruido en la cocina, mis padres ya deberían estar desayunando, momento perfecto para pasar por la cocina desinteresadamente con la macera en las manos para escuchar sus comentarios sobre mi nueva planta. Pero al entrar no me vieron, mi madre estaba buscando los cereales en el armario, y mi padre leía un periódico pasado, ambos me saludaron pero sin levantar la cabeza.
- He ido… a comprar esto_ orgullosa de él, como si yo misma lo hubiese creado, mostré la maceta.
Evidentemente no era la respuesta que esperaba, pero tenía tiempo de pedir ayuda con el rosal. Puede que incluso acabasen comprando más plantas ellos mismos. Sin decir nada más, me dirigí a mi cuarto y coloqué la maceta sobre el escritorio, le puse un plato debajo para que no manchase de agua la madera de la mesa, y comencé a regarla con un vaso cogido de la cocina. Después me quedé observando los pétalos mojados y me imaginé al chico que había aparecido en mi sueño al lado mío, mirando también las flores y contento por estar cuidando bien de ellas.
Casi se me pasó la mañana entera mirando bobamente la planta y esperando que mis padres entrasen por la puerta para observarla ellos también de cerca. Pero eso no pasó y pronto escuché la voz de mi madre llamándome para comer. Bueno, sentados en la mesa, sería el mejor momento para pedirles ayuda.
Sin embargo en la mesa, mis padres escuchaban atentamente las noticias, iba a ser difícil romper el hielo, pero no tardé en hacerlo apenas había dado mi primer sorbo a la sopa.
- Papá, tu cuando eras joven… tenías plantas, ¿no?
Había ganado mi primera batalla, era insignificante, pero podría significar que mi padre y yo podríamos tener una afición común, quizá así se diese cuente de que yo era más interesante de lo que aparentaba.
Después de comer, me pasé el tiempo en mi cama leyendo, esperando a que en cualquier momento entrase mi padre por la puerta y no me viese tan desesperada como lo estaba de compartir un rato con él. Llegaron de pronto las siete de la tarde, había terminado de leerme el libro que estaba leyendo y nadie había venido a interrumpir mi lectura. En ese momento me sentí ignorada por completo y sentí como la visión de mi sueño en la que montaba a caballo con mis padres se iba borrando poco a poco, como si las gotas de lluvia emborronasen un cuadro muy valioso. Volví a pensar obsesivamente en ese padre y su hijo, que compartían su casa, su tiempo y sus pensamientos, y sentí ganas de saber más sobre ellos. Debía volver a la casa, aunque sea por el simple hecho de imaginarme aquel sótano como hubiese sido entonces. Con un poco de suerte encontraba nuevas cartas o papeles.
Sin decir nada a mis padres, que parecían bastante entretenidos viendo la televisión, salí a toda prisa de casa con un nerviosismo compulsivo que me acompañó durante todo el trayecto hasta la casa abandonada. Al llegar allí me paré en seco y comencé a caminar lentamente como símbolo de respeto. Bajé con cuidado al sótano y la tranquilidad se apoderó de mí, como si el ambiente y el hedor me acunasen entre ellos. Comencé a recorrer nuevamente la sala, abriendo todos los armarios y cajones. Habían nuevos papeles que me habían pasado desapercibidos en la oscuridad de la noche anterior, pero estaban tirados por el suelo y chamuscados por la tormenta. Que lástima, nueva información perdida.
Esta vez analicé hasta la textura de las paredes, no había objeto que se librase de mis dedos y mi observación exhaustiva, aunque mis manos se iban llenando de polvo poco a poco acabando casi negras por completo. Pude contemplar la estatua que vi la noche anterior mucho mejor, ya que aún había luz en la calle y el humo ya no creaba una barrera que confundía los colores. No hubiese podido decir muy bien si la estatua representaba a un chico joven o a una chica joven, pues tenía unos rasgos finos, la piel se representaba de forma pálida, casi enfermiza, y el pelo era ni muy corto ni muy largo. Tanto el peinado como los rasgos de la cara eran neutrales a ambos sexos, además no parecía tener pechos, pero sus ojos rasgados parecían los de una chica joven.
Las ropas que llevaba eran sencillas, una especie de suéter de cuello alto y unos pantalones anchos que se metían dentro de unas botas de cuero a la altura del tobillo. Al tocar la estatua, me di cuenta de que las ropas eran reales, la habían vestido con ropas negras con marcas amarillas en aquellos lugares donde de encontraba una articulación. ¿Sería alguna especie de maniquí de anatomía? Sea como fuere me parecía una pieza exquisita, y me acerqué más para mirarla. Acerqué mis ojos a los suyos, y noté que estaban pintados con un color grisáceo, pero con una profundidad que cortaba la circulación, parecían casi reales. Fue entonces cuando la figura parpadeó, justo delante de mis ojos.
El temor me agarró como una mano invisible que apretaba mi estómago hasta el punto de sentir náuseas. Un sudor frío recorrió todo mi cuerpo y cuando al fin pude reaccionar, corrí de espaldas tan aprisa como pude soltando un agudo grito, hasta que choqué contra la pared.
El extraño ser asexuado, saltó de la mesa y se alejó de mí todo lo que pudo sin dejar de mirarme con sus ojos grises. Se metió debajo de una de las mesas más lejanas y desapareció en su oscuridad gracias a sus ropas negras. Tan solos las marcas amarillas dejaban ver que la criatura seguía allí, y no había desaparecido.
Pronto dejé de gritar, al ver que el ser no había reaccionado como yo esperaba, yo seguía viva, luego mi imaginación se había vuelto a equivocar ya que según ella, yo debía estar ya muerta y siendo acuchillada una y otra vez. Mi espalda resbaló por la pared hasta estar sentada en el suelo por completo. Mi mente trataba de tranquilizarse, pero mi cuerpo no dejaba de temblar recordando esos penetrantes ojos parpadeando a unos centímetros de mí.
Pasaron horas enteras y ninguno de los dos nos movimos, parece que estuviésemos haciendo un concurso de cabezonería, y cada uno esperase a que su contrincante se rindiese, levantándose tranquilamente para irse a casa admitiendo su derrota., pero eso no pasaba. Parece ser que él o ella estaba tan asustado como yo, pero temía que por el hecho de sentirse acorralado se sintiese amenazado por mi presencia y se comportarse de forma violenta al verme ejecutar cualquier movimiento. No pretendía pasarme toda la noche con un ser como ese, por lo que me armé de valor.
- ¿Quién eres?
No obtuve respuesta, pero las manchas amarillas parecieron moverse ligeramente en la oscuridad.
- ¿Qué haces en esta casa?_insistí.
Una dulce voz asustadiza me había respondido, no se si se trataba de un psicópata que trataba de asustarme repitiendo mis preguntas, o una persona demasiado asustada como para decir algo coherente. Lo que si sabía es que mi desconcierto había aumentado, su voz era tan neutra como su aspecto, era una mezcla de la voz dulce de una mujer joven y la voz firme con ligeros tonos graves de la voz de un chico.
- No te asustes_ al ver que estaba más asustado que yo, me animé a levantarme lentamente, haciendo que sus ojos se clavasen de nuevo en mí para observar todos mis movimientos_ ¿De quién te escondes?
Acerqué mi mano hacia su espalda, por un momento me daba la sensación de que me olisquearía la mano antes de dejar que le tocase, o me gruñiría, pero lo único que hizo es apartar mi mano con sorprendente agilidad. Durante el breve contacto, sentí el frío de su mano, y entonces me pareció que la cosa se había agravado, podía ser un niño que se había escapado de casa y había enfermado con la tormenta.
- Ven conmigo a mi casa por favor, no voy a dejarte aquí, puede que estés enfermo.
Una vez en casa, dejé el pequeño paquete encima de la mesa y miré el rosal casi con lágrimas en los ojos, realmente me sentía muy impotente por no haber podido ser útil. A estas horas alguna familia, si la tenía, le estaría buscando como loco. Ojala ese niño también hubiese sido igual de feliz que el niño de las cartas, pero si había escapado seguramente habrá sido por algo, quizás sus padres le pegaban, o algo peor.
Esa noche no tuve sueños estupendos como la noche anterior, pues apenas pude dormir pensando en el pobre chico.
El rosal
- Que bonito, haberme dicho que ibas a salir y te daba dinero para comprarme el periódico de hoy.
- Así es.
- ¿Podrías enseñarme algo sobre plantas?
- No hay nada que saber, hija. Simplemente riégala.
- Pero ¿no tienen que podarse los rosales?
- Pero eso se hace muy de vez en cuando, en primavera, para que eche flores nuevas.
- ¿Puedes pasarte luego a ver el rosal? Me gustaría asegurarme de que no tiene ningún parásito_ evidentemente sabía que estaba en perfecto estado, pero ponerle en contacto con la planta, podría renovar su curiosidad.
- Está bien.
- ¿Quién…?
- De ti_ al menos era sincero.
- No tienes porque hacerlo, yo también me asusté de ti_ no obtuve respuesta_ ¿Cómo te llamas?_ el silencio reinaba en la sala y comprobé que la desconfianza seguía reinando, por lo que me presenté yo primero_ Mi nombre es Alex. Puede resultar confuso, pero viene de Alejandra, no de Alejandro._ acompañé mi presentación de una sonrisa, porque notaba que seguí mirándome.
- Mi nombre es Gabriel_ tras un largo silencio se decidió a responderme. No me sorprendió su nombre, me esperaba algo así, un nombre que había visto en libros como Gabriel, o como Gabrielle, y que podía ser tanto propio de mujeres, como de varones, al igual que el mío.
- ¿Por qué no sales de ahí Gabriel?
- ¡No!_ apenas me había dado tiempo a formular la pregunta.
- Esta bien, como quieras. ¿Qué estabas haciendo aquí abajo, no te estarán buscando? Llevas aquí desde ayer ¿verdad? ¿No tienes hambre?
- ¿Hambre?
- ¿No te duele el estómago?_ en ese momento me pareció como un perrito abandonado, y me hubiese gustado tener un poco de comida que darle.
- Me…duele…_ sus ojos volvieron a desaparecer en la oscuridad.
- ¡No!
- Venga confía en mí, allí podrás comer y dormir en un sitio caliente_ traté de acercarme más a él, pero mi cabeza golpeó la mesa sin querer y varias cosas cayeron al suelo con estruendo, asustándolo más. Mientras me giraba para recogerlas, le oí gritar y patalear, salió a toda velocidad de debajo de la mesa y de un salto se encaramó a lo alto del armario_ ¿Qué es lo que te da tanto miedo?_ noté que lo que más cerca de él había caído eran las piedras brillantes de colores que vi la noche anterior.
- ¡Demonio! ¡Demonio!
- No son más que piedras_ pero entonces todo fue inútil, escondió nuevamente la cabeza entre sus brazos, pero esta vez estaba fuera de mi alcance y todas las palabras fueron inútiles. Barajé todas las posibilidades, pero no sabía que hacer con él, o con ella_ escúchame bien, si quieres una buena comida y un sitio caliente para dormir, sígueme, si prefieres quedarte aquí solo pasando frío y con hambre, quédate_ emprendí con paso firme mi regreso a casa, pero al salir del agujero comprobé que no me seguía y, al volver mi vista atrás, lo vi acurrucado encima del armario dispuesto a dormir. Lo único que pude hacer entonces fue bajar a recoger las piedras, que envolví cuidadosamente en uno de los papeles del suelo y me llevé de allí. Así al menos se atrevería a bajar.