"Mi
tío Nicomedes".
Con
frecuencia al momento de conocer a alguien y tener que presentarme he recibido
preguntas como: “¿…entonces es Ud. algo de Victoria, de Nicomedes?”.
O
“¿En su familia todos son artistas?”. Y otros comentarios por el estilo.
Esto por cierto se relaciona con las épocas de popularidad de mis tíos:
Victoria tuvo actividad pública difundiendo el folklore desde 1967 a 1982;
Nicomedes, como poeta fue popular en radio y televisión desde 1958; tal
popularidad sólo es comparable al éxito alcanzado por Rafael, el menor de los
hermanos, a quien en el ambiente taurino de los años 50 llamaban “La
Maravilla Negra”.
Por
eso no es extraño que para el común de las gentes he sido por un buen tiempo,
ante todo, el sobrino. Y por eso mismo hoy en homenaje a Nicomedes he creído
pertinente hablar desde esa posición.
Crecí
en la casa grande, al lado de la Mamama, como el único niño en la casa de los
mayores, que me consideraron siempre como al menor de todos los hermanos y como
a tal me criaron. Así, en mi calidad de sobrino mayor, el primer nieto, tuve el
privilegio de conocer desde adentro, de participar en aquel fenómeno cultural
que son los Santa Cruz. Condición ésta, no comprendida entonces y que aún
hoy, ante la circunstancia de ponerla en palabras, me esfuerzo en ponderar.
Me
recuerdo como un niño que tenía un tío singular que contaba extraños cuentos
que no están en ningún libro; después Nicomedes sería cada vez más alguien
a quien admirar; y mucho más tarde aún, un eventual compañero de ruta;
eventual, porque en esos días era casi imposible coincidir con él, tan pronto
estaba invitado a una actuación pública, como a una reunión de amigos,
grabando, ensayando, escribiendo, en fin ; y pese a todo, en algunos momentos, alguien
con quien compartir dudas o esperanzas.
En
la historia de la Cultura de nuestro país, la figura colosal de Nicomedes es
algo que hoy todos podemos distinguir, enorme, tanto por la cantidad de su
producción como por la trascendencia de su obra. Pero entonces cada hecho suyo
era para mi como la cosa natural que yo veía suceder cada día, mientras él
iba –en
consecuencia–
transformándose, creándose a si mismo, creciendo ante los ojos regocijados de
los demás.
Recuerdo
haber visto en más de una ocasión a Nicomedes llegando con un poema nuevo.
Pero no recuerdo que entonces su madre –mi
abuela–
se deshiciera en elogios. Es que así transcurrían las cosas en casa, lo que se
hacía se aceptaba, se valoraba, pero no más. Y cada uno hacía algo, en lo
profesional, o en alguna afición, o en labores domésticas. A veces Victoria
distraía varias horas de sus labores de costura para luego aparecer con una
miniatura (escenas operáticas con personajes vestidos de encaje, de
escasos diez centímetros de alto ) , primorosa y recién modelada; por su parte Consuelo probaba recetas
siempre nuevas de fina repostería que contrastaban con la cocina tradicional
cuyos secretos conoce bien. En cierta fecha esperada solía cocinar Octavio –uno
de los mayores–,
llegaba con una vianda de su especialidad que todos reconocíamos desde lejos.
Rafael, que fue un torero de multitudes, había viajado bastante y siempre tenía
relatos a la mano, era un conversador nato, muy entretenido y dispuesto a la
improvisación, al juego histriónico, habilidad que también tiene Fernando (mi
padre) y Rosalina, entre otros. Entonces un día, en lugar de una sobremesa con
anécdotas, alguien “ponía” un ritmo, así, con los dedos sobre la mesa y
al instante siguiente, poco a poco se iba armando un contrapunto general, todos
los matices, todos los colores, suavecito, pero tantas combinaciones; todos
participábamos, y hay que ver como puede sonar una mesa de comedor. No faltaban
las conversaciones sazonadas con chispazos de humor. A propósito de eso, el lápiz
de Jorge tenía el apunte expresivo, preciso. Como preciso es cuando hace falta
el juicio de César, cuidadoso, hondo y siempre constructivo. Porque si cada uno
hacía lo suyo de manera casi fácil espontánea, era para mostrarlo a los demás
y compartir la alegría del hallazgo –grande
o pequeño–
aún a tiempo de recibir opiniones para un toque final.
Este
es el estímulo que los Santa Cruz se dieron unos a otros, que actuó en mí
como modelo y es la actitud que, tengo para con mis hijos. Jamás en la casa de
los Santa Cruz se forzó la creatividad ni se alentó la búsqueda de niños
talentosos. Quizá es por eso que el arte de los Santa Cruz aparece más bien en
la edad adulta, pero aparece ya maduro; como si de alguna manera ese algo que se
expresa cuando se hace arte hubiera estado desarrollándose, alimentado con el
ejercicio de diversos materiales.
Si
este quehacer estuvo vinculado a alguna tradición o intuición, no lo sé, pero
así fue. Y aunque de todo lo relatado no haya quedado huella sensible, tan
interesante me parece que finalmente aquí estoy dando cuenta de ello. Sólo
ahora creo entender que uno aprende así a hacer y librarse de inmediato, la
cosa creada deja de ser una carga y uno está de nuevo listo para seguir
creando.
Con
todo, no era frecuente que estuviéramos todos reunidos pues contra lo que pueda
pensarse la nuestra no es una familia de muchas fiestas y mucho menos de
jaranas. La única celebración obligada era para el “santo” de Pedro, pero
de eso hace mucho tiempo. Hoy las reuniones son más bien escasas.
Yo
sabía bien cuánto había trabajado buscando los temas musicales, algunos del
repertorio de su propia compañía, o sea con letra del propio Nicomedes y
naturalmente música de Victoria. Pero en la recopilación de temas antiguos la
selección había sido exhaustiva.
Una
noche en plena grabación –y
las grabaciones de entonces eran agotadoras, se grababa casi directo, con pocas
bandas, a veces en jornadas larguísimas... aquella noche ¿Sería
de madrugada?– estábamos casi para cerrar la edición y al hacer
el recuento notan que... o algo se había grabado a tiempo rápido, o el espacio
entre los surcos era poco, el caso es que el material se acababa y aún quedaba
sitio...
Quiero
poner énfasis en que lo que entonces ocurrió no fue solo un evento entre dos
personas y en un momento cualesquiera, lo menciono en especial para aquellos
compositores jóvenes que creen que basta escribir una cuarteta, ponerle percusión,
unas caderas y ya se creó un nuevo ritmo...
–
“¡. . . Y ahora qué pongo aquí!” –se
decía Nicomedes mirando sus anotaciones y el espacio vacío–
¿Qué ponemos que sea música de calidad como la que ya hay
en el disco, y así de antigua?. En eso se queda pensando y empieza a cantar:
–
“La zamba se pasea... con la batea
Landó
Zamba Malató... Landó
Zamba Malató... Landó...”
Y
le dice a Don Vicente –“¡Compadre
(porque era su compadre), compadre Coco! ¡Búsquele usted un acompañamiento...
pero lo más negro que pueda, y lo más antiguo también! Que esto es más viejo
que todos nosotros juntos...”.
Nunca
fue tan necesario hurgar en la memoria. Quien así urgía era Nicomedes, un
hombre con una gran capacidad de convocatoria... hablándole a Vicente Vásquez,
depositario de una tradición familiar tremenda. El marco era la presión por
completar la grabación. Todo el elenco estaba en expectativa. En el ambiente
había como eso que llaman “el duende”. Era un momento de maravilla.
…
Y don Vicente empezó un rasgueo que hoy a todos nos es familiar por el exceso
de uso pero que esa noche tocado por primera vez sonó rarísimo...
se fueron incorporando otras voces, Misia Meche como un eco a lo lejos;
el cajón retumbaba, creo que era Oswaldito (Don Ojo) ¿Quién si no?
Cuando
terminaron:
“¡Queda!”,
dijo Nicomedes.
Y
así quedó grabado en el disco Cumanana, sello Philips, 1964.
En
mi cuaderno para guitarra llamado “Aires Costeños” me he referido
brevemente a éste momento como “un esfuerzo que entraña un carácter de
restitución...” porque la impresión que me quedó fue como si al rescatar
del olvido esa canción tan antigua, se le hubiera devuelto además su acompañamiento
original.
Nicomedes
trabajó en su propia línea pero durante un tiempo coincidió con su hermana
Victoria. Lo que entonces hicieron es parte de la historia del folklore
nacional. En algunos aspectos de su trayectoria hay que mencionarlos juntos; al
referirse a lo que ambos produjeron, es imposible mencionar a uno sin referirse
a la otra y viceversa.
Desde 1958 Victoria y Nicomedes dieron nueva vida a nuestro folklore negro de la Costa, trabajaron directamente con más de un centenar de personas, entre los que destacaron los miembros de la familia Vásquez. Si los Vásquez significaron aquello que se conserva, en los Santa Cruz lo más significativo es lo revitalizador para el hecho artístico, son un aliento poderoso, dotado de una concepción integral y –cada uno a su modo– de un sustento ideológico.
Victoria
y Nicomedes trabajaron juntos pocos años, luego Victoria se dedicaría más de
lleno a la actividad teatral, en tanto Nicomedes derivaría hacia la investigación.
Aquí
es apropiado mencionar que los integrantes de los grupos formados por Victoria y
Nicomedes, al dispersarse dieron origen a nuevos grupos artísticos. En un
principio siguieron haciendo lo que habían aprendido. Pero si bien como
integrantes de un cuerpo de música y baile poseían un afiatamiento a toda
prueba, otros aspectos como la concepción, dirección e ideología les eran
ajenos por completo.
Ulteriormente
estos grupos de un digamos “nuevo arte negro” presionados por la demanda de
un mercado exigente –toda una maquinaria de consumo, espectáculos, peñas–
empezaron a hacer sus propias creaciones apartándose cada vez más de la línea
de trabajo de los Santa Cruz. Estos grupos han cargado por completo el énfasis
en lo comercial del espectáculo hasta llegar a las artificiosas presentaciones
que hoy podemos ver en cualquier peña. Tal resultado difiere tanto de la
propuesta original de los Santa Cruz que tenemos que convenir en que el saldo es
bastante negativo.
Pero
hoy a varias décadas de distancia y significativamente en el homenaje a
Nicomedes yo quiero aventurar un punto de vista muy personal : "Quisiera
creer tan solo que –pese
a todo–
el que los negros del Perú se expresen nuevamente a través de la danza es hoy
una realidad, el que una gran mayoría de negros y mestizos de negro tengan otra
vez zamacuecas y landós, es una realidad. Y el lado positivo de esta realidad
se lo debemos a Victoria y a Nicomedes".
............................
Octavio
Santa Cruz Urquieta, 1992..
Diseñador Gráfico. Profesor de Diseño Gráfico en IPP y la Universidad de Lima,
Profesor de historia de la música y de técnica instrumental de la
guitarra en
la Escuela Nacional de Folklore.