Mi vida con los Santa Cruz


con mis tíos Rafael y Victoria y  mamama. 

Si para cualquier niño
las experiencias de infancia son decisivas en su desarrollo futuro,
entonces, definitivamente lo que hoy soy y lo que hago 
ha de estar fuertemente signado
por lo que en mis primeros años ocurrió.
Ahora bien, ¿por que hablar públicamente de mi vida al lado de los Santa Cruz?
Muy simple, porque fue una experiencia singular y por ser personal
no hay nadie más en el mundo que pueda hablar de ella
y porque conforme pasa el tiempo
más entiendo que los Santa Cruz (fundamentalmente los Santa Cruz Gamarra)
constituyen un fenómeno cultural destacable en el Perú.

¿Cómo hacerlo? Eso si es todo un trabajo
pues exige un esfuerzo voluntario de análisis y reflexión,
tan difícil como que implica el intento de desapegarse un poco
y evaluar desde cierta distancia aquello que ha crecido con uno de manera natural.

Y era con naturalidad que muchas cosas sorprendentes se hacían en casa,
aunque lo más interesante es cómo se hacían.

Por ejemplo, veía con frecuencia
a mi tío César practicando durante horas unos pasajes difíciles en clarinete
-un concierto de Mozart, según dijo-,
yo no entendía todo ese esfuerzo,
sobre todo si la noche anterior había llegado de madrugada
porque estuvo tocando saxofón con su orquesta de jazz, la Swing Maker's Band;
esto era frecuente. Yo ya no sabía que hacer de tantas escalas,
un día le pregunté si no se aburría de tocar.
"-¿Y tu no te cansas de dibujar?" me contestó.
No dijo más, pero de alguna manera como que tuve que hacer un esfuerzo
para ponerme en su lugar y entender. Años después
le escuché el concierto completo, esta vez al lado de la Orquesta Filarmónica de Lima,
la pureza de su sonido y su bello timbre son algo para no olvidar.
Este señor serio de terno y sombrero no parecía el tipo de músico que canta valses,
rasca su guitarra y jaranea, y de hecho no lo era.
Tuve una curiosidad cuando sopesé que había compuesto algunos valses...
"Eso fue hace mucho tiempo -me dijo- cosas de la juventud, sentí la necesidad de componer y compuse, ahora también puedo componer, pero no es necesario".
Y de seguro era así porque no compuso más valses.


Cesar Santa Cruz tocando el clarinete; al decir de los entendidos, su sonido era bello, inconfundible

Esto es algo que Nicomedes jamás le perdonó... "César, - me dijo-
es poeta. Mira sus valses, letra y música: César era poeta cuando yo no pensaba nacer.
¿Te das cuenta lo que es eso? ¿Todo lo que podía haber hecho?".
Entonces era 1960, Nicomedes estaba en pleno ascenso hacia la popularidad
y yo empezaba mi carrera como Diseñador Gráfico,
ninguno de los dos podía imaginar que aún la vida le daría a don César
una oportunidad muy interesante, pues 20 años después, ya en las últimas décadas de su vida César Santa Cruz escribió "El Waltz y el Valse Criollo",
libro donde por primera vez se trata el vals peruano en su aspecto musical
(ya que hasta entonces solo se había comentado las letras)
y que solo podría haber sido escrito por quien como él era capaz de recoger
como portador sus vivencias de la Lima criolla de los años 20,
a la vez que captar algunas melodías antiguas, sin descuidar el contexto,
para luego realizar un análisis cuidadoso como educador y músico culto.
Otra manera de decir esto es que la serpiente se muerde la cola,
porque César que empezó como creador popular, realizó a lo largo de toda su vida
un tránsito hacia la vida académica para finalmente retornar a su vivencia inicial
pero ésta vez desde la perspectiva del investigador.
César Santa Cruz fue sucesivamente
integrante de un conjunto criollo, compositor de valses, músico de orquesta de jazz, instrumentista de clarinete egresado del Conservatorio, profesor de música a nivel superior y finalmente autor de un trabajo de investigación.
Debo destacar sin embargo que este cambio de actividades no pareció ser resultado
de la indecisión, sino todo lo contrario.

Este paso de un quehacer a otro también se dio en Nicomedes,
aunque reconozcámoslo, en cada caso, siempre acompañado por una personal decisión: Hacerlo lo mejor posible.
Lo recuerdo mostrándonos en casa los planos de rejas, ventanas, escaleras, que habían quedado inconclusas, al reverso juveniles poesías que brotaban incontenibles, y él mismo como sorprendido ante el encanto del hecho creativo.

El joven herrero ya era forjador, y no sólo maestro, sino, el mejor;
recorrió todos los talleres de Lima conociendo maestros veteranos, a ver si alguno
guardaba algún secreto de la forja que él aún no conociera.
Creo que si lo hubiera encontrado se habría sabido.
"Un maestro forjador hace su propio martillo -me dijo- éste es el mío".
Era un martillo de bola, el más grande y pesado que yo haya visto jamás, lo observé de cerca, se notaba hecho, no era de fábrica; traté de levantarlo, no pude...
"Nadie puede" dijo sonriendo. A la luz de las llamas Nicomedes se veía imponente,
a mis 13 años ya podía yo darle a la fragua, el marcaba mi ritmo...
"no tan rápido que se quema ¿quién te apura?... no tan lento que se enfría".
El hierro negro se iba tornando rojo, rojo- naranja... si llega a ponerse blanco se quemará y estará perdido; un día dejó quemar el hierro para que yo lo vea, al pasar el punto,
el hierro sólo, sin que lo toque empezó a botar chispas azules.
Pero cuando estaba a punto, empezaba a forjar.
Otra vez usó los distintos lados del martillo mientras volteaba el fierro
y también uso varios lugares del yunque, todo sin parar, y todo sonaba como un pulso melodioso. Cuando luego comenté eso con la tía Concho ella me explicó de los martinetes,
y de las deblas, y del cante hondo y del "duende".

Nicomedes terminando una reja de hierro forjado en su taller

Nicomedes llegó a poner su propio taller, paralelamente empezaba su vida artística
en teatros y radios. Fue entonces cuando la arquitectura de los 50
empezó a manifestar su preferencia por las líneas rectas; cada vez menos rejas forjadas, empezaba el dominio del perfil, todo era fierro en platinas, ángulo y te.
El poeta no vaciló, un día de la noche a la mañana dejó el taller.
Ahora ya no había excusa, era poeta a tiempo completo.
Continuó cultivando el verso popular que ya le había brindado aplausos y un nombre conocido. Por mucho tiempo trató de ceñirse a la tradición.
Con el mismo empeño con que antes forjó cientos de flores y volutas
hurgó los rastros de la tradición, persiguiéndola hasta sus fuentes. Durante los sesenta
visitó varios pueblos en busca de decimistas viejos que pudieran improvisar,
o que conocieran más cosas sobre las décimas.
Un día al regreso de uno de esos viajes (creo que dijo a Zaña)
me comentó con una sonrisa cansada: ..."mira que llego a un pueblo, y me dicen que más allá vive un decimista viejo que sabe un montón de décimas,
bueno pues, pedí que me llevaran donde él;así que usted es decimista -le dije-, 
el hombre estaba medio receloso 
porque le habían dicho que uno de Lima había venido a verlo. 
Se sintió retado y sin preguntar ni mi nombre me lanzó su mejor décima, 
con voz desafiante dijo: "¡a ver, contésteme esta! :
 ¡Sátiras de negra loca, callejón de un solo caño... etc." 
Como sabemos éstos eran unos de los versos que habían llevado a Nicomedes 
a la popularidad; 
ocurre que el anciano aficionado poseía uno de los pocos radios a transistores en aquella alejada campiña, aprendía décimas del radio y fungía de recitador, 
lo que para sus vecinos ya era ser decimista.

Afortunadamente otras pesquisas fueron más productivas
y en los 80 Nicomedes vio publicada su antología "La Décima en el Perú", Lima: IEP, 1982, leyéndola resulta claro que en su desarrollo Nicomedes no solo saco a su décima de sus cauces criollos, él mismo dió el paso que lo llevó del ámbito del verso popular al de la investigación, proceso que a mi criterio logró asimilar sin mayor afectación; cuando partió de Lima en 1982 ya su biblio-discoteca ocupaba varias paredes de la casa.

En realidad hasta los cuatro años estuve con mis padres al lado de mi abuelo,
él trabajaba en la Hacienda Lobatón, vivíamos allí.
Papapa también era diferente a su modo,
me daba la impresión de estar en una suave espera,
como alguien que tiene aún algo pendiente, por concluir; 
de esa época recuerdo una noche, papapa y yo, sentados a la puerta de la casa, 
junto al carro de mi papá, la casa estaba a oscuras, había luna llena, 
la puerta entreabierta y en la salita, la radio encendida. 
Me gustó mucho esa música y le pregunté que era ..."se llama Polonesa, y es de Chopín".


 don Nicomedes Santa Cruz A. , una tarde que recibía la visita de su hermano Lino

De pronto ocurrió un cambio, yo viviría con los tíos en casa de mamama.

En esa familia de diez hermanos ya no había un hermano chiquito a quien engreír. Rafael, el menor de la casa ya era un joven y empezaba a hacer sensación en los ruedos taurinos.

En esos momentos llegué yo. Ese día vestía un overol azul y llevaba un puñado de coquitos en el bolsillo. Después mi padre se ausentó, desde ese momento pasó a convertirse poco a poco en una figura como de leyenda, por años fue alguien que existe pero no está presente,
al parecer estaba de viaje, yo esperaba que algún día volvería.
Luego supe que era un dirigente político aunque no tenía idea de lo que eso significaba... de alguna manera aprendí a asociar todo eso con una palabra que sólo se pronunciaba en voz baja: aprista.

De mi mamá en cambio, sabía menos;
nadie parecía conocer su rastro y eso no me convencía nada.
Nunca escuche una palabra de reproche hacia mi madre, 
pero mencionarla y cambiar de tema eran una sola cosa. 
El caso es que mis padres habían decidido su separación. 
Al instante siguiente la persecución los llevo por rumbos diferentes.
 Y yo me quedé en la casa de la mamama, aunque cada día iba un rato a visitar a papapa.
Papapa leía el Post, debía tener suscripción, al principio yo sólo miraba las figuritas.

En la casa vivían Consuelo, Victoria, César; y Nicomedes que entraba y salía.
Rafael siempre estaba de gira taurina. Rosa, Pedro, Octavio y Jorge, vivían, cada uno, aparte. El tío Jorge sí venía todos los días a almorzar, siempre encontraba modo de cantar un rato, su preferencia eran los clásicos - Ghigli, Carusso, Fleta y otros -y comentaba algún detalle del argumento de sus óperas preferidas, lo que no le impedía disfrutar incondicionalmente de Gardel, Magaldi y por que no, Negrete. (Y en cuanto a mi, nuevamente ante esa dicotomía de facto: lo popular y lo culto). El tío Pedro cuando venía me hacía mucho cariño; que ironía, el nunca tuvo un hijo hombre. De la tía Rosa decían que cocinaba increíble, es que había aprendido de la mamama, a la antigua, con secretos y todo eso. Llegue a probar algo de sus manos. Claro está que descontando el cabrito al horno que traía el tío Octavio el 23 de diciembre, santo de mamama. Cuando estuve más grandecito a veces iba a entrenar con el tío Rafo, caminábamos hasta La Legua, después regresábamos hasta la plaza Monumental, luego subíamos escaleras "para hacer piernas" -es increíble la cantidad de escaleras que tiene la plaza de toros por dentro- ; luego toreaba "de salón" con sus amigos de siempre, "Chatillo", Figueroa, "El gitano", "Fotio", "Angelillo", Legarda, así toda la mañana; por supuesto a esas alturas yo nomás miraba. Alguna vez empuñé la carretilla, para hacer de toro, pero no es cosa de juego, al cabo, el torero se prepara para jugarse la vida.


Un día cuando no podía hacer un dibujo le pregunté a la tía Toya si sabía como solucionar eso, era como un sombreado, ella me dijo se hace así, y lo hizo.
Lo hizo tan bien, que me sentí muy mal, hubiera estado muy bonito en mi cuaderno
pero no era mi dibujo. Por otro lado me preguntaba cómo es que a ella no le interesaba producir más de eso. Yo nunca la había visto dibujar así. Poco después la vería hacer cosas mas primorosas, al parecer también sin aprendizaje previo, me refiero a las miniaturas, eran unas figuritas de 10 cm. promedio: damitas, caballeros, músicos, con peinados, vestidos bordados, acabados hasta en sus más mínimos detalles, las hacía en pasta para modelar; llevaría varias semanas cuando Nicomedes le trajo un juego de estecas -que son las herramientas que se usan para modelar- al primer intento comprobamos que ninguna herramienta ofrecía más posibilidades que las propias manos de Victoria.
Ya esa sola veta constituía una opción profesional. Nunca le he preguntado por qué, pero cuando tuvo varios grupos o escenas que ocupaban una mesa, lo dejó. Nunca más modeló. Victoria se dedicaba a la costura, alta costura, también allí recuerdo una aventura en que rebasó los límites: Ya sabemos que Rafael se "arrimaba" demasiado al toro, en una de esas, su traje de luces quedo bastante averiado, era de no mirar, tan complicada factura de lentejuelas, mostacillas, bordados de oro en hilo metálico ... y rasgado... era obra de una especialista y sólo ella podría repararlo, la llamaban La Maestra y por cierto estaba en España; sólo de pensar en el costo de la reparación, el envío, el tiempo... No recuerdo cuantas noches fueron, pero Victoria lo hizo, y perfecto, sin concesiones.

Hasta que un día Victoria ingresó al teatro, sería excesivo detallar en éstas páginas su vertiginosa producción teatral, citaré brevemente que la he visto asumir roles diversos, como escribir las obras y libretos; crear coreografías para grupos numerosos; realizar vestuarios con diseño inclusive; componer música, con voces repartidas y canon; dirigir elencos con actores, danzarines, cantantes, músicos, etc. ...en fin.

Yo estaba chico, entonces simplemente asumía pues que debe haber gente que nace sabiendo, hoy podría intentar explicaciones más sofisticadas pero eso no cambia nada, las cosas fueron así.


Con mis primas Victoria y Carmen y sosteniendo - ahora lo sé - una guitarra Panormo de 1838

Me recuerdo en suma, como un niño fuertemente impactado por lo maravilloso,
sobreviviendo en un mundo donde cada día podía traer la novedad de una creación. Visto así ahora no me parece nada raro que acabara dedicándome al arte.

Cuando llegó el momento escogí como carrera el Diseño Gráfico,
impulsado por mi gran modestia no admití como guía a nadie
que no fuera el mejor diseñador que existiera en el Perú,
lo que conseguí gracias a mi buena estrella
y en realidad es la única hazaña de la que me enorgullezco
ya que fue lograda en una época en que hasta el nombre de la profesión
era desconocido.

Aprendí el Diseño Gráfico
en cuatro años al lado del maestro suizo Werner Stockli.
En los años sesenta, lo que se dice diseñadores nos contábamos con una mano, Pepe Bracamonte, Carlos Gonzáles, Joé de León, Jesús Ruíz Durand
eran un poquito mayores que Victor Escalante y que  yo.
Ya he escrito bastante acerca de eso
cuando hablar de Diseño era una labor pionera, sería ocioso repetirlo aquí.


Pero también con mi primer sueldo pude comprar mi primera guitarra,
con igual sencillez cuando tuve que pensar en un maestro
no imaginé otro que el mejor
y con idéntica suerte lo encontré en el Conservatorio Nacional de Música,
el Sr. Juan Brito.
Desde entonces nunca pude escoger entre la guitarra clásica y el diseño gráfico.



En 1964 compartimos varias aventuras gráficas con el "Chino" Domínguez,
 esta foto que me tomó es un recuerdo de esos días.

Pero los tiempos cambian
y a mi turno debí dejar ambas cosas -por un tiempo- 
para dedicarme por completo a la vida académica.
 Estudié Historia en la Escuela de Arte
y mi Tesis de Licenciatura en la Universidad de San Marcos se titula
La Guitarra en el Perú,
ahora que estoy en la etapa de la divulgación de esta obra
me encuentro publicando partituras
-de hecho diseño mis propias carátulas-,
y tocando la guitarra para hacer conocer esta música, que es música peruana.
Toco los sábados en mi casa, a las 8 p.m.
 Los espero.

Octavio Santa Cruz , Licenciado en Arte


 Mi vida con los Santa Cruz se publico en 1998, en la revista La casa de carton de OXI, N. 14, 
pags 77 a 82

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