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Abril 2008 / Núm. 4

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Contenido

«Enseñar es hacer nidos»
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La pasión cultural del espíritu libresco
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Noche oscura
Guillotinas
Aznavour
Adamo
Alfredo Villanueva Collado

A César Vallejo
Gustavo Valcárcel

La sangre derramada
Eduardo Colón Peña

El ángel
Eduardo Colón Peña

Las que entornan el deseo
Cristina Villanueva

Ruta 38
Gabriel Gómez Saavedra

¿Tomamos la senda equivocada?
Rosina Valcárcel

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«Enseñar es hacer nidos»

Cuando el mundo parece caer. Cuando todo gira en torno del horror, siento más que siempre que sólo el amor puede salvar el mundo.

Este envío que parece delirante en medio del estallido de muertes y conspiraciones, mientras el «Imperio» se alimenta de su propio veneno.

Entre el horror, también la esperanza. Y ella, ya estaba dicho, es el amor en su amplio alcance. Y es la educación, para crear conciencia.

Y son los medios de difusión, la mayoría adictos al "Régimen", uno de los puntos fundamentales a cambiar.

Nuestros enemigos son locos, débiles, inhábiles
No esperemos un instante Tomemos por asalto la Tierra:
Paul Éluard

Acá, el texto que parece delirante hoy, y que es, sin embargo, una de las caras del Amor. Y de la enseñanza del periodismo, como dignidad.

Y los árboles y la noche no se mueven
sino desde los nidos:
G. Ungaretti

Los nidos respingan tormentas y abrasan inviernos.
Los nidos germinan plurales y labran «nosotros.
«Nosotros» es música adagio, adagio y allegro o allegro con fuoco.
«Nosotros» es música de ellos y ellas: «los chicos», clamor por justicia.

Enseñar es hacer nidos.
Los amé, los amo tanto.
90 alumnos*, me dijeron entonces.
90 almas, sentí. Tenían 15, 20, 22 años.
Y siempre que enseñé, fue universo nido.
Pero estas 90 almas, ojos con preguntas,
fueron más intensidad que mi siempre ardor.
Hice trampas y sabían. Les sembré poesía.
Pero tomaron la antorcha.

Les enseñé «la entrevista periodística»; y les di lo que tengo para dar. Todo lo mío. Para que ayudemos a un mundo sin amos ni esclavos; para días suyos con luciérnagas.

Los agobié con «persistencia y dedicación»; y con que «talento sólo no alcanza».
Pero tiré todas las semillas de poesía y fraternidades que mi alforja abriga.
Y las 90 almas también me sembraron. De ojos hambrientos de luz.
De su ampararse en mí, para ampararme. De sus sondeos al Absoluto. Luchamos por utopías idénticas. Dije utopías, no utopismos.

Y la mística de creer y crear para un mundo humano, cortó distancias de generaciones.

Terminada la clase, vinito en el bar y al día siguiente y al otro y al otro, en el bar, en clase, en mi casa. Vernos. Estudiaban, aprendían, soñaban, luchaban. Indagaban la vida. Hacían barriletes con ella, los remontaban y apresaban.

Y yo. La vida me latía en mí y en ellos. Y los veía crecer.
Descansamos en confianza.
Los árboles y las hojas danzaban, desde los nidos.
Una noche Mario Schiarolli no fue a una clase mía y supe que era grave.
Desperté al nido. Y todos y todas como guardia de ángeles, llegaron a él.
Un segundo antes.

Entonces, el hospital y turnos para acompañarlo; y Sergio, que transmutó en contrabandista; y con chocolatines para enfermeros, nos franqueaba la puerta de la terapia intensiva, helada. Y Mario enrejado tras tubos. Pero en nido. La dicha se puede aún en horror, cuando el amor alumbra.
Lo cuidamos, cobijamos, amamos; le dije poemas y que «al salir volaba el vuelo».
Mario, vida difícil y siempre lágrimas de ojos sin llanto, mejoró. Y primavereaba. Murió de pronto.
Ya no volaba el vuelo.
Y adagio en desierto. Y hasta hoy, soplo ausente de presencia viva.
Diez años, ya.
90 almas entonces.
89 almas hoy son profesionales, padres, madres, novios. Bondades.
Y «nosotros» es de pronto y todavía: «Cris, me caso y vení»; «Cris, te equivocás»; «Cris, ¿cómo era el poema de...?»; «Cris ‘no quiero que seas fuerte»; «Cris, tengo un problema ético»; «Cris, lo que nos dijiste ya no va...los medios no quieren verdades»; «¡Crissss....es una urgencia y te necesito¡ ... ¿Cómo hacíamos la caipiroska?». «Cris, Cris, Cris....»

Y siempre la mística y el amor que son lo mismo y son Gracia.
Los amé, los amo tanto.
Y siempre el nido.
Que respinga tormentas, abrasa inviernos
y gruñe intemperies.
Y el abrazo siempre
10 años, ya.
Miro el cielo y veo espejo.
Por tumulto de árboles y hojas.
Que se mueven desde sus
Nidos.

².) Di clases en TEA. Taller Escuela Agencia. Carrera de periodismo (Buenos Aires). Mi cátedra, «La entrevista periodística», en dos períodos, allí. Después, hice talleres. El relato anterior, corresponde a uno de los tiempos de mi ejercicio de la docencia. Seguí dando clases de manera particular. Hoy, en París —30 de diciembre de2007— siento que... los amé, los amo tanto.

CRISTINA CASTELLO

* * *

La pasión cultural del espíritu libresco

Por ÉKTOR HENRIQUE MARTINEZ

La visión que se tiene de la cultura es meramente intelectualosa, libresca, frívola y de farándula; como el humanismo de hoy en día, es una abstracción ajena a la vida concreta. Es la misma concepción que tanto los culturosos como los conservadores tienen de la cultura y no se ha logrado objetivamente un mínimo grado de función social. Cuando se pone de moda es fácil que cualquier cretino u oportunista la reivindique con ligeros respingos, tan serviles como pendencieros.

A partir de los años setenta, luego del fracaso y de la subsunción oficial de las protestas radicales sesentaiocheras, para anestesiar y paliar las gravideces del aparato dominador se recurre a las concepciones antropológicas de la cultura, determinaciones academicistas en las que se aplica la teoría de la hegemonía cultural planteada por Gramsci y que señala que los elementos esenciales del orden, control de dirección, dominio y sujeción, no se encuentran en los factores de la producción económica, sino en las categorías superestructura les, es decir, en aquellos requerimientos de índole político-moral, y los intelectuales son las piezas fundamentales en la conformación y reproducción de dicha hegemonía.

La coerción, la mediatización y la imposición de valores inicia en los niveles superestructura les de la cultura. Los proyectos culturales adquieren connotaciones políticas casi imperceptibles que refuerzan los bastiones del poder. Si la cultura se ha de entender como sociedad (capitalista) de relaciones pervertidas y sublimadas, entonces los intelectuales, desde el punto de vista ideológico, son coincidentes con los intereses de las clases dominantes. A un manojo de mitos que son una serie de contradicciones le intenta dar el nombre de uniformidad cultural.

El punto de arranque para toda consideración histórica-cultural sigue siendo la mistificación y la falsedad, degradación de las cualidades creativas del arte en el más ruin discurso escolástico.

* * *

Noche oscura

En esta noche oscura
le pediría
a cualquier dios, que me arropara
en sus inmensas alas de tiniebla.
En los desechos de su silueta.
Dormir sobre la ingle de un alado.
Cuánto descanso.
Vivir es tan difícil, que ahora entiendo.
Un río, una bala, lo más fácil.
Oh madonna con bolsillos de piedras.
Oh poeta en el borde, la borda,
de un navío que ofrece infinitos,
o ese mar que brinda refugio
a la que huye del tumor en el seno.
Mas no soy de aquellos que buscan
una resolución autodidacta.
Requiero la separación más dolorosa.
La putrefacción de la melodía.

ALFREDO VILLANUEVA COLLADO

* * *

GUILLOTINAS

La melodía putrefacta
tuvo una forma neoclásica.
Música para almuerzos congelados.
Los yantares de los indigentes,
fantaseando masticaciones subversivas,
sueños de hiperactivas guillotinas.
Toda revolución es un pretexto
para asesinar a los que estorban.
Los oprimidos son los opresores.
Masacre al fin de los odiados.
Exterminación de los inocentes.
Viva la filosofía política.
La soberbia impera. Los pueblos consienten.
Madre Tierra pare guadañas.

ALFREDO VILLANUEVA COLLADO

* * *

AZNAVOUR

Tiene la voz del amante perfecto.
Adolescente perverso, caliente.
La intimidad que todos añoramos,
abriéndose, cual capullo imposible.
Caricia que traza con la lengua mapas
que hasta un segundo atrás escondimos.
Ay de la Venecia a la que no regreso.
Ay del sin embargo que el agón invierte.
Instrucción de amor, música palabra.
Dolor de amor, vivo para siempre.

ALFREDO VILLANUEVA COLLADO

* * *

ADAMO

Sólo quiero decirle que lo quiero
a través de todas las distancias
y olvidos, esos espejismos,
ficciones obligadas del espíritu.
¿Su nombre? Ya no lo recuerdo.
Sus huesos pulverizados yacen
en agujeros que no visito.
Sus nombres, variegadas hojas.
Vive en un vecindario ajeno,
con su mujer, sus vástagos, sus suegros.
Su evocación, dolor jalapeño.
Qué cosa más extraña, el amor.
Una continua subversiva hemorragia.
Una ausencia que es una presencia.

ALFREDO VILLANUEVA COLLADO

* * *

a César Vallejo

a David y Jorge Turner

ESTOY sufriendo,
cuánto debiste haber sufrido
a espaldas del amor
de bruces sobre el mundo
oliendo oliendo la tristeza ajena.

Qué valiente manera de sufrir,
por la pierna de los cojos,
por el verbo de los mudos
o la alondra de los ciegos.

Poesía heroica, coronación del sufrimiento,
camarada, camarada,
en qué tarde te nació la pena
sobre qué a llegaste a la sufriente zeta.

Cuando escríbote estas cartas
pienso en piedra, hablo en roca
gimo en Ande, para llegar
donde tú sufres las palabras
de puro tierno que eres.

Te encuentro en el crucero de la vida,
partida en muchas sílabas el alma
prometiendo traerle a la consonante una vocal
y un verso a la palabra huérfana.

Mucho debiste haber sufrido
en noches parecidas, en días innombrables
cuando se deben tantas cosas
y no hay nada que cobrar.

Pero más debiste haber sufrido
al ver por la misma calle regresar
al niño sin la golosina
a la joven sin el vestido nuevo
al estudiante sin la nota buena
al poeta sin su libro
al obrero sin trabajo
y a ti mismo en medio de lo horrendo.

Pero aún más debiste haber sufrido
por Pedro y Pablo, por Juana y Carmen,
por el Perú y España, por todo el universo
y el camarada aquél del catafalco ensangrentado.

Y con el dolor al frente y a la izquierda
con la pena arriba, abajo, a la derecha
con la tristeza en ti, atrás de todos,
en medio de tanto sufrimiento
sólo el comunismo te fue alegre.

GUSTAVO VALCÁRCEL (Arequipa, 1921-Lima, 1992)

* * *

La sangre derramada

Las lenguas de fuego iluminaron el cielo sucesivamente, seguidas por el ruido de las explosiones. El encargado de la misión se incorporó súbitamente, frotándose los ojos. La imagen se le escapó en el recuerdo. Fue sustituida por el leve rojizo que pintaba el cielo del naciente día.

— ¡Maldita sea! — exclamó el encargado. Once aviones volados como juego de pirotecnia en la Base Muñiz, el ataque frontal a los marines en Sabana Seca y otras acciones de guerra similares… con ese expediente, sabía que se enfrentaba a un enemigo muy poderoso. Su instinto le decía que aunque los informes de vigilancia decían que dentro de la casa el hombre estaba solo con su esposa, no podía apartar el temor de que él y su tropa estuvieran parados sobre un polvorín.

¿Por qué lo tuvieron que enviar a él a esta misión? Los informes sobre la situación del sitiado no eran seguros. Podía recibir una sorpresa de aquel combatiente que tenía la capacidad de ir más allá de lo esperado. A pesar de su vasta preparación, el agente no pudo evitar que un corrientazo frío le bajara por la espina dorsal.

Era la mañana de un veintitrés de septiembre. Un día como ése se dio la gran gesta libertaria del Grito de Lares, hacía 137 años. De distintos puntos de la Isla, miles de puertorriqueños se aprestaban a marchar hacia la cuna de la revolución, en recordación de la gesta patriótica. En definitiva, era un mal día para el operativo.

Dentro de la casa, un venerable hombre de barba blanca calmadamente comenzó a evaluar la situación. Sabía que ese momento llegaría y lo afrontaría a la altura acostumbrada. Sin embargo, no pudo evitar un pensamiento romántico. Se contempló a sí mismo, unos días atrás, cultivando rosas rojas en el patio de la casa y pensó en el coronel Aureliano Buendía. Llegó a considerar, como una posibilidad remota, colgar las armas y a los setenta y dos años de edad dedicarse a sus rosas, como el coronel se dedicó en la ancianidad a fabricar pescaditos de oro. Pero la realidad es otra, y afuera están los perros ladrando furiosos.

Se enfundó el chaleco antibalas y revisó la pistola. Recordó las palabras del Maestro: “El valor más permanente en el hombre es el valor. …es lo que permite al hombre pasearse firme y serenamente sobre las sombras de la muerte… ”.

En la habitación contigua, su compañera Elma borró varios discos y con una descarga eléctrica apagó la vida del disco duro de la computadora. Luego, se dirigió hacia su compañero. Sabe que esta es la última despedida, pero la mirada serena y penetrante del hombre la reconfortan. Ella también sabía que este día llegaría y debía actuar según lo acordado.

El guerrero se dirigió a la ventana y gritó:

— ¡Alguien va a salir!

Sin más despedidas, la joven esposa salió. Afuera, los alguaciles federales la arrojaron violentamente al suelo. La esposaron y la arrastraron lejos. En ese momento ella supo que ya no volvería a ver a su compañero con vida.

El encargado de la misión conminó al guerrero a rendirse. Ante su negativa, envió varios agentes al asalto. Acompañados por una lluvia de balas, avanzaron hacia la puerta. Un solo tiro bastó para hacer morder el polvo a uno de los agentes. Los otros, a la vez que se replegaban, lo arrastraron a un lugar seguro.

Pasó el tiempo. Esporádicamente, los alguaciles federales descargaban una ráfaga de balas de alto calibre contra la fachada de la casa. Del otro lado el guerrero sólo disparaba cuando era preciso para hacer retroceder a los agentes.

El francotirador tocó con el rayo infrarrojo la clavícula del guerrero. Haló el gatillo y una rosa roja brotó de su hombro. Luego, cesaron los disparos y un silencio ensordecedor se apoderó del ambiente.

Dentro de la casa, el guerrero se palpó la herida a la altura del hombro. La sangre salía a borbotones. Se recostó frente a la puerta, la pistola a un lado y con la otra mano cubriéndose la herida, que ya era un manantial rojo. Se preparó para pasearse serenamente entre las sombras de la muerte. Un último recuerdo de las palabras del Maestro lo reconfortaron: “… y cuando el hombre pasa tranquilamente sobre las sombras de la muerte… entra en la inmortalidad.”.

Afuera, el francotirador juraba que había derribado al combatiente. Cesaron los disparos. Frente a la puerta de la casa apareció un hilillo rojizo, que comenzó a agrandarse y a correr hacia fuera. Los agentes vieron cómo el fino hilo escarlata se fue convirtiendo en un riachuelo luminoso que fluía hasta llegar a las botas de los agentes. Aún así, el encargado de la misión temía que en cualquier momento el guerrero se levantara de entre las sombras de la muerte. Del otro lado debía estar un hombre inmortal. Todo el cuerpo del marshall federal se estremeció. Sintió retortijones y notó que sus pantalones estaban mojados.

El marshall a cargo del operativo no quiso dar la orden de entrar a la casa. La sangre siguió manando y ya rebasaba el primer perímetro de agentes. Un extraño aroma, como de rosas, comenzó a impregnar el área. Los federales movieron el perímetro, agrandándolo, y pidieron refuerzos, temerosos de un enemigo desconocido.

Oscurecía ya cuando al perímetro exterior comenzó a llegar gente de barrios y poblados vecinos, guiados por aquel suave aroma de rosas. Los federales procedieron a cortar la luz, para que el río de sangre no fuera visible.

Dos alguaciles federales mancillaron la sangre con sus pesadas botas y empujaron la puerta de la casa. Adentro, un anciano de setenta y dos años y barba blanca estaba sentado en el piso y los miraba con una sonrisa desafiante. Alarmados, los gendarmes se retiraron, alegando que el Hombre todavía estaba vivo. La sangre rebasó el último perímetro establecido por los federales. En la oscuridad, los cientos de personas más próximas se embriagaron con el olor a rosas, que ahora podían tocar. Una joven abandonó su silla de ruedas y abrazó aquella sangre santa. Luego, se levantó y caminó entre la multitud.

Los noticiarios, que ya tenían constancia del olor a rosas, difundieron el milagro de la sangre derramada. En todos los lugares próximos se organizaron procesiones en busca del santuario.

Los federales, firmemente armados, se sintieron impotentes y llamaron a las autoridades locales para que se llevaran el cadáver que, sonriente, se negaba a morir. El cuerpo del guerrero fue trasladado a medicina forense, en la capital, donde los expertos debían determinar que el Hombre era un ser humano común y no un santo como se decía ya en todos los rincones de la Isla.

El cuerpo del guerrillero heroico fue llevado al Colegio de Abogados para que el pueblo le rindiera honores. A los costados del féretro mantenían guardia de honor sus compañeros de lucha: Norman, Elías, Isaac, Orlando, Norberto y otros, hasta sumar doce. El fuerte olor a rosas obligó a apagar los acondicionadores de aire, pero la brisa aumentó y se difundió por toda la zona metropolitana. Afuera, la fila de los que esperaban para desfilar frente al Hombre era interminable. Se dividió en cuatro columnas. La del ala norte se extendía hasta el San Juan antiguo, más allá de las murallas de El Morro.

Al día siguiente, temprano en la mañana, partió el cortejo fúnebre, seguido de una gran muchedumbre que se les unió en peregrinación hacia su pueblo natal de Naguabo.

Las pancartas gigantes del guerrillero mártir que los estudiantes universitarios habían pintado fueron opacadas por otras enormes pancartas hechas por trabajadores y campesinos que dictaminaron que un Hombre Santo iba haciendo milagros a su paso: los ciegos comenzaron a ver y los sordos a oír.

* * * * * * * * *

Las autoridades locales, temerosas de perder el favor del pueblo, alegaron que los federales habían sacrificado a un Inocente Inocencio Filiberto. Por su parte, el Gobierno de Estados Unidos negó que hubiese enviado agentes federales a realizar el operativo que terminó con la vida del santo. El propio Presidente emitió un comunicado negando la intervención y dejando el asunto como un penoso incidente donde a las fuerzas del orden público local se les fue la mano.

Ajeno al debate de jurisdicción entre la colonia y la metrópoli, el pueblo aumentó su fervor y declaró Santo al Hombre que con su santa sangre continuó obrando milagros.

12 de febrero de 2006

EDUARDO COLON PEñA

De la colección La otra cara de la historia

* * *

El ángel

Una vez perdí un ángel. Lo busqué durante mucho tiempo, y cuando Lo encontré, comprendí que no me pertenecía.

El ángel se quitó la camisa, dejando ver sobre sus hombros unos muñones rosados donde estuvieron sus alas. Sus verdugos del circo las mutilaron. Inicialmente lo hicieron para que no pudiera volar más lejos de lo que el espectáculo permitía. Luego, el ángel cayó en un estado de desánimo en que no le interesaba hacer su presentación. Entonces le cercenaron las alas a ras de los hombros. Pero las alas de los ángeles son divinas –igual que el rabo de las lagartijas y siempre vuelven a crecer.

El problema mayor del ángel era su cautiverio. No el cautiverio temporal y aceptado de los dueños del circo, sino del escritor de esta narración, que con el caprichoso trazo de su pluma podía reducir a la inmovilidad –e incluso a la inexistencia– al ángel.

El ángel recordaba, con cierto resentimiento, cómo se iniciaron sus problemas. ¿Por qué tuvo que separarse del grupo de ángeles que en el desierto subían y bajaban por la rampa hasta el Cielo? Dios no lo desamparó en este mundo extraño. El cronista original del relato bíblico no tuvo ese propósito. Pero el narrador de esta historia violó los designios divinos, atrapándolo en este lejano mundo y poniéndolo bajo la custodia de un arqueólogo.

El arqueólogo se sentía culpable por haber perdido el ángel. En realidad, desde aquel encuentro en el desierto, se sintió responsable del destino de éste, abandonado en un mundo que funciona con reglas distintas a las celestiales.

El arqueólogo pasó años de angustia, hasta que se enteró por un programa de televisión de la existencia de un ángel verdadero que trabajaba en un circo. Viajó a rescatarlo, asunto que resultó de fácil solución. Los carceleros del ángel dejaban su jaula abierta, pues notaron que éste nunca mostró interés en escapar. Recordaban con gran pena cuando el ángel se negó a subir a escena a realizar su acto de circo. Comprendieron que estaba atravesando por un periodo depresivo y realizaron contra sus deseos la acción ingrata de cercenar aquellas hermosas alas.

Por eso, al arqueólogo se le hizo fácil burlar la escasa vigilancia y llevarse el ángel.

–¿Quién te da potestad sobre mí? –preguntó el ángel.

El arqueólogo, que siempre consideró contradictoria la existencia del ángel, se sintió incapacitado para contestar “Dios”. Pensaba que su conciencia era la única responsable, la que lo obligaba a velar por el ángel. Obviamente, no entendió la pregunta.

El ángel se sometió a la custodia del arqueólogo, pero interpeló fuertemente al escritor de esta historia, que lo privaba de su libertad.

Finalmente me di cuenta del inconmensurable poder de la escritura. Me sentí como un Dios, que maneja los hilos de la voluntad de los demás. Por consiguiente, decidí enmendar mi error. Lo hice con esta versión final:

Esa mañana, el arqueólogo despertó con el recuerdo vívido de una angelical historia que no podía ser más que un hermoso sueño. Así lo aceptó.

Por su parte, el ángel fue alimentado con el fruto del árbol del conocimiento. Cobró plena conciencia para entender este mundo y amarlo. También encontró el camino en el desierto que lo comunicaba con el coro de ángeles que inicialmente lo trajeron a la Tierra. Se podía unir a ellos y marcharse cuando lo desease. Pero el conocimiento y el libre albedrío son contradictorios, según comprendió el ángel.

EDUARDO COLON PEñA

1 de julio de 2005; 6:18 p.m. San Sebastián, Puerto Rico
De: Las criaturas de plastilina

* * *

Las que entornan el deseo

Por CRISTINA VILLANUEVA

Decidí sacar a pasear mis pestañas. Desligadas del mandato de ser las compañeras de los ojos se aventuran. Se deslizan como un abanico por la piel del verano, se vuelven pasto pequeño, naciendo con su placenta de hojas de bosque, se erizan en la brisa, dejan marcas como un terciopelo cortado en finas hebras, se vuelcan, se enredan en la música, se encaminan a la noche con olor de café, se abren a las manos, se entornan, conmueven heridas de luz.

Pasean por la piel de animales felinos
ásperamente dulces,
sanan la tristeza con piruetas.
Son también lo que falta.

Lo que no se puede mirar.
Un revuelo de pestañas para el mercado deflores,
otro para la mesa servida por Babette.

Caminan túneles, pozos, el organismo vivo
de las palabras hasta llegar de nuevo a los ojos,
adorno final de párpados.

Ahora acarician caras enmascaradas.
Ahora besan
ahora abrazan
ahora son nido
ahora me acurruco en ellas que me salvan
de la mirada desnuda.

[pluma@velocom.com.ar]

* * *

Ruta 38

Todavía tengo este dolor desorientado
y la boca seca.
Estoy recién salido de una ascensión algodonada,
del paisaje donde el blanco lo pisa todo
y uno no termina de ser engullido.
Ahora me aquieto en esta síntesis
diagramándose de voces superpuestas
y de pasos que gotean con el suero.
Cayéndome ajenos
por la baja guardia de la yacencia.

Hay un pedazo de conciencia que se me debe,
atrasado entre el caucho frenado,
los metales retorcidos del auto
y los de la rastra cañera;

como si a la luz del oxígeno la enterrara temporalmente
un golpe de ceniza.

Supongo que es domingo.

Los azulejos de la sala del hospital
se cuadriculan con las filas de las hormigas del hielo.
El alto yeso del techo,
el ácido olor de las esterilizaciones
y el cavernoso hueco del que abandonó la cama de al lado
se intercalan perteneciéndome.

Sí, debe ser domingo,
la descuidada lluvia
afuera
va como afirmándolo.

GABRIEL GOMEZ SAAVEDRA

* * *

¿Tomamos la senda equivocada?

(A Elena)

Los célebres nos expulsaron de sus graciosas veladas
Sus hocicos de lobo fueron su don supremo
No obtuvimos medallas ni grandes laureles
Aluciné absurda muchas palabras demás
En las polémicas perdí los jazmines de mi cabellera
Y las revistas de la Pequeña Lulú
Mientras Vargas Llosa brindaba a sus anchas
Sus verdades de Escritor en el Viejo Continente
Tú y yo simplemente jugamos a cruzar caminos y ríos
A escribirnos a hurtadillas

A bailar tango
Y garabatear páginas para nuestro ghetto
Pero en la sala de esgrima nos pusieron 20
¿Tomamos la senda equivocada?

ROSINA VALCARCEL
Perú.

* * *

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