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Creer y pensar en la post-modernidad

Dr. Sergio Jerez R.-

Postdoctorado en Bioética (U.C de Louvain, Bélgica), Doctor en Filosofía (U.C de Louvain, Bélgica), Master en Filosofía (U.C de Louvein, Bélgica), Profesor de Filosofía (P.U. Católica de Chile), Bachiller en Teología (P.U Católica de Chile), Licenciado en Ciencias del Desarrollo con mención en Sociología (Ilades, Chile). Profesor Asociado del depto. de Filosofía de la Universidad de Santiago de Chile.

 

Tal vez el titulo de esta conferencia podría dar la impresión de que hemos entrado de lleno, en una etapa de la vida del mundo, cuyo contenido es claro y evidente para todos. Un periodo nuevo de la historia humana, que paradojalmente no he perdido del todo su vinculación con el que le precede.

El mundo posmoderno (cuyo contenido y sentido no es claro) no es muy diferente, aparentemente, al mundo moderno que le ha precedido, puesto que aun perduran en el, no solo sistemas de creencias comunes que lo originaron, sino también existen muchos vestigios de los sistemas pertenecientes a las sociedades pre-modernas. No cabe duda que abundan los sistemas de creencias, pero también la sospecha que tales sistemas, como todas las ideas acerca de la realidad humana son construidas por la sociedad. Casi la gran parte de los conflictos de la época moderna, a cuyo termino hemos asistido, surgieron entre creencias diferentes que sostenían poseer la verdad. En buenas cuenta se trataba de una fe contra otra, el capitalismo contra el comunismo, la ciencia contra la religión. Todas estas posiciones decían poseer la verdad, una verdad establecida que iba mas allá de las conjeturas humanas. De esta manera, la modernidad nos introdujo en un mundo de múltiples y conflictivas creencias.

Ciertamente que estamos viviendo un tiempo marcado por una profunda crisis. Nos hallamos ante un mundo con desafíos radicalmente nuevos. Se trata de un momento inédito de la vida humana que nos plantea la exigencia de repensar la manera de como hemos interpretado nuestra vida y el mundo. Y en tal sentido lo que se quiere insinuar al hablar de posmodernismo sea la de referirse a un mundo en el cual conviven diferentes grupos que tienen creencias diferentes acerca de la creencia misma. Al parecer, entonces, estamos en los umbrales de una época, que llamamos el mundo posmoderno. Un mundo que esta naciendo y que se manifiesta en ciertos procesos que van configurando su transición tales como la ruptura de las antiguas formas de creencias. El surgimiento de una nueva polarización que expresa grandes diferencias sicológicas entre los seres humanos y, finalmente, el nacimiento de una cultura global que implica, a su vez, una concepción mundial del mundo.

El ser humano (el dasein) según Heidegger es siempre un estar-en-el-mundo. En esto consiste su estructura primera y todo lo demás se deriva de ello, es decir, el existir cotidiano de los seres humanos consiste en un estar siendo permanentemente. Al mismo tiempo, este existir cotidiano lo diseñamos de manera personal y colectiva a través del lenguaje y de las conversaciones que sostenemos a lo largo de la existencia. Esta situación es la que hace

de nosotros unos buscadores incansables de sentido. Y lo que hoy aparece en cuestión es precisamente el problema del sentido y no solo del sentido individual, sino también el sentido trascendente de una inmanencia colectiva vaciada de significaciones relevantes.

Cada época construye el sentido de su existencia sobre la base de ciertas certidumbres, puesto que esta es la que permite al hombre vivir con seguridad y le ayuda a comprender su mundo. Desde muy antiguo, al comienzo siempre ha existido una certidumbre que le permite al hombre vivir su existencia: la certidumbre de una cosmología, de una teogonia, de una magia, de una religión, de un sistema de valores. Al parecer lo que ha cambiado, a través del tiempo no ha sido la certidumbre sino su contenido. A través de ella aparece o se hace presente el mundo, porque ella es la categoría de la mundanidad.

La certidumbre expresa que el hombre vive en una determinada realidad. Al mismo tiempo, se puede sostener que la fundamentacion de una comunidad armoniosa radica en una existencia que se desenvuelve en la certidumbre, la cual garantiza al hombre un mundo y una existencia sensata. Por lo tanto, la perdida de la certidumbre es la que acarrea la crisis de la sociedad, porque ella es la que da la seguridad a los individuos de vivir en un mundo organizado y con sentido, permitiéndoles construir la vida humana e imprimiéndole, al mismo tiempo, un estilo.

MODERNIDAD Y VIDA

La crisis de la sociedad supone entonces la perdida de la certidumbre en medio de la cual el hombre desenvuelve su vida y, al mismo tiempo, implica una perdida del sentido mediante el cual construía los fundamentos de su existencia. La búsqueda por el sentido es, al mismo tiempo, el origen de la reflexión, es decir, la preocupación por parte del hombre de un discurso que le permita encontrar una nueva certeza fundada, para si mismo y el mundo que le rodea. Porque la pérdida de la certidumbre que funda la vida en sociedad, al quedar el hombre despojada de ella, le dificulta encontrar la orientación y sentido que antes tenía su existencia. De ahí, entonces, que la comunidad penetrada por la crisis constituye el hecho, el acontecimiento, el momento fundamental, que en la historia del pensamiento occidental constituye el nacimiento del discurso coherente, de la ontología.

La pregunta por el sentido que es, al mismo tiempo, una pregunta por la raíz de las cosas, de las personas y de los pueblos; mas aun, que es una pregunta también por la vida, por la convivencia humana y por la muerte se construye sobre un conjunto de presupuestos que constituyen la matriz que le da seguridad al trazado del sentido.

Nuestra cultura que son los modos de habitar que tenemos y que constituye ese contexto que modela al hombre y al interior del cual este va construyendo su destino particular, parece que ha entrado en una profunda crisis de sentido y que compromete los presupuestos filosóficos esenciales sobre los cuales se sustentaba. Pero esto no es nuevo igual cosa ocurrió en otros periodos de la historia humana como fue la emergencia de la época que conocemos con el nombre de modernidad y que suplanto los fundamentos sobre los cuales se sustentaba la época medieval. Podemos sostener entonces la hipótesis que cada época, en su desarrollo histórico, se realiza en base a una misma matriz de sentido y que constituye lo que suele llamarse el paradigma de base. Dicho paradigma no es mas que un conjunto de presupuestos, de definiciones y reglas que configuran el transfondo desde donde es posible hacer las distinciones y ensayar las respuestas acerca del sentido de la existencia humana.

En la actualidad vivimos en un mundo en el cual constatamos una creciente disolución de nuestras fronteras ideológicas y de nuestros modos de habitar que tenemos y que son las culturas. Estamos enfrentando maneras de ser diferentes, al vivir en un mundo que es mucho mas amplio y generalizado. De este modo, las fronteras de nuestro ser, o de nuestras culturas, se estan expandiendo. Si esto es así, podemos también sostener que el paradigma de base de la modernidad significo, a su vez, suplantar el paradigma de base sobre el cual se sostenía la cosmovisión medieval. Por lo tanto, a lo largo de la historia han existido diversas matrices de sentido, las cuales han sido sucesivamente suplantada, dando origen a diversos periodos de la historia humana.

La Modernidad constituye una determinada experiencia humana y una determinada concepción del hombre, de la vida y del mundo que progresivamente desplazo el universo cultural que era predominante en la Edad Media. En esta época la sociedad se organizaba y actuaba de acuerdo con una revelación divina o con una esencia nacional. En cambio la modernidad será la difusión de los productos de la actividad racional, científica, tecnológica, administrativa. De esta manera, ella implicara una profunda diferenciación de los diversos sectores de la sociedad tales como la política, economía, la vida familiar, la religión, el arte. Ella significara un profundo proceso de secularización y una ruptura con el finalismo del espíritu religioso que habla siempre de un fin de la historia y de una realización completa del proyecto divino o de la desaparición de una humanidad pervertida por ser infiel a su misión.

En la modernidad la idea del fin de la historia tampoco esta ausente, pero esta se refiere mas bien al fin de una prehistoria y al comienzo de un desarrollo realizado por el progreso técnico y que será la liberación de las necesidades y el triunfo del espíritu.

La modernidad colocara en el centro de la sociedad, no a Dios, sino a la ciencia relegando las creencias religiosas a la vida privada. La idea de racionalización será una característica de la modernidad, extendiéndose a una idea mas amplia de una sociedad racional, es decir, la idea que la razon sea la que dirija no solo la actividad cientifica y tecnica, sino tambien la vida de los individuos y de las cosas. Por lo tanto, la racionalizacion, como caracteristica de la vida moderna constituira el unico principio organizador tanto de la vida personal como colectiva e ira unida a la idea de secularización, excluyendo así, toda idea de un cierto finalismo.

La modernidad significo una profunda crisis para el mundo que le precedió y esto quedo muy de manifiesto, sobre todo, a nivel de la crisis de autoridad de la Iglesia tanto a nivel de lo intelectual como de lo político. En ese sentido la Reforma fue un movimiento que puso en tela de juicio la acción y la palabra de la Iglesia jerárquica y esto, a su vez, significó un cuestionamiento a un elemento fundamental de la visión medieval. Mas aun, ello implico una critica radical a los dogmas, a la autoridad de Roma y un ataque frontal a la unidad entre la verdad revelada y el conocimiento. El hombre pasará a ser, en cierto sentido, la medida de todas las cosas, a partir de el se buscara comprender el problema sin jamas acudir a alguna trascendencia, quedándose mas bien circunscripto a una visión inmanentista de la existencia, es decir, es en el y al interior de su mundo que encontrara las explicaciones y respuestas a sus grandes preguntas.

Uno de los rasgos mas significativos de la época moderna será el desarrollo del pensamiento científico el cual se presentara como modelo de toda forma de conocimiento verdadero. Esto tendrá influencia en el plano de la filosofía moderna, la que hará del problema del conocimiento el tema central de sus preocupaciones. En este sentido tanto la ciencia como la filosofía moderna estarán marcadas por el reduccionismo positivista en sus más variadas expresiones.

A la luz de estas reflexiones se puede decir que el mundo moderno implica una nueva modalidad filosófica la cual afecta a la razón misma en su dimensión teórica y practica. La ciencia y la técnica, como producto del ejercicio de la racionalidad son las respuestas necesarias exigidas por el progreso de la producción, el mercado y del consumo. Esto explica que sea la razón analitico-instrumental la que mas se desarrolle, perjudicando así, otras formas de ejercicio de la razón igualmente validas. El proyecto científico y técnico pasara entonces a constituir en los hechos un proceso sistemático de dominación en función del proceso productivo. La razón busca el poder, porque para el mundo de la modernidad, poder y saber son coincidentes. Tanto a nivel del conocimiento como de la praxis humana la modernidad a través del conocimiento científico quiere poder y un control absoluto en todos los dominios.

Tanto a nivel del conocimiento, como al nivel de la política y de la ética, la modernidad impondrá su característica la de la secularización, al alejar toda referencia a un mundo trascendente para justificar toda su acción o el resultado de ella. De esta manera todos los dominios de la actividad humana generan todos sus principios de legitimidad. Y la unidad entre lo verdadero y lo bueno no será posible afirmarla por no rno existir un referente común como sucedía en la época medieval.

El conocimiento avanza a través de la duda y la sospecha de todo lo dado como verdadero. Y de esta manera, a la sabiduría centrada en la fe le sucederá la duda que implicara una actitud escéptica. La modernidad es entonces la época de la ciencia y esta, a su vez, es una época de la cultura marcada por el desprestigio de la tradición. Y ocurre que el pensamiento cristiano se refiere enteramente a los acontecimientos fundadores de la tradición en los cuales ella se inscribe. Esto significara entonces, que en la época de la ciencia el pensamiento cristiano cayo en el descrédito.

A todos los niveles de la vida y del pensamiento, como podemos apreciar, la modernidad fue generando sus propias certidumbres que dieron lugar a profundas controversias, puesto que sobre los diversos aspectos no ha existido una comprensión y aceptación unánime. La matriz de base sobre la cual se sustenta el paradigma de la modernidad se funda en el dualismo que es el rasgo característico de la filosofía moderna desde Descartes, es decir, en la radical separación entre conciencia y materia, mente y cuerpo. Dicho dualismo, a su vez, se vio reforzado por la distinción clásica entre sujeto y objeto. Esta distinción significo el pilar fundamental desde donde el hombre moderno despliega su mirada sobre si mismo, sobre la naturaleza y su relación con el absoluto.

Para la modernidad existirá, entonces, una estricta correspondencia entre conciencia y sujeto y entre materia y objeto. Por lo tanto, hablar de conciencia es referirse a un mundo subjetivo y hablar de materia es referirse a un mundo objetivo. Por medio de estas distinciones ordenamos lo real, organizamos el mundo, nos pensamos a nosotros mismos y vivimos en el mundo.

Desde otro punto de vista hay que recordar que el éxito de la ciencia se debe a la reducción de la realidad que establecen los científicos, quienes solo consideran los aspectos que llaman objetivos. El cientificismo consiste, precisamente, en tratar aquello que ha sido puesto entre parentesis, gracias al procedimiento metodologico, como si tal operación jamas hubiera existido. Por lo tanto, en la época d de la ciencia que es la época de los éxitos científicos es, al mismo tiempo, la época del cientificismo y en ella, la intimidación de la teología por la cultura científica descansa sobre una ilegitima extensión del paradigma científico a todos los dominios de la realidad frente a los cuales siempre a impedido su acceso.

Por lo tanto, la teología que es un esfuerzo de la fe por comprenderse a si misma, en la época de la modernidad marcada por el espíritu científico ha pretendido, muchas veces, ser

una ciencia olvidando que no lo es. Por eso se puede decir que, al igual que la ciencia a la cual trata de imitar, la teología también esta contaminada con la metafísica de la representación, La exigencia critica, en el dominio cientifico-tecnologico, va unida a una filosofía cientificista que olvida la reduccion epistemologica, que es la fuente misma del desarrollo científico y tecnológico, abandonando así la exigencia critica, permitiendo el paso a la ilusión de representación. La teología, al menos en algunos aspectos actúa de manera cientificista, cuando ella se esfuerza por imitar a la ciencia en un dominio que no es precisamente el de la ciencia, renunciando de esta manera, a la verdadera exigencia critica transformándose, por este hecho, en pura poesía o en una ciencia dependiente en aquellos aspectos en los cuales debería ser una verdadera teología.

La teología debería aprender de la ciencia, sin por ello someterse a esta, poniendo en practica una acción critica que midiera sus propias perspectivas y alcances, siendo así mas atenta a su propia creatividad y a las condiciones de su eficacidad, llegando a comprenderse como proceso fundador, movimiento de institucionalización, dinamismo auto-organizador, mas que como reflejo pasivo de un orden trascendente o extra humano, cósmico o sagrado, o como herencia inerte que solo valdría en virtud de una tradición.

Todos estos aspectos, a lo largo de la modernidad han sido objeto de debates y polémicas, y también han sido sistemáticamente cuestionados. Al mismo tiempo, ha habido una profunda maduración, puesto que el hombre moderno fue dándose cuenta que lo real era inobjetivable, poniendo de esta manera en cuestión la reducción positivista que era el alma matear del pensamiento científico. El carácter inobjetivable de lo real implicó, a su vez, la exigencia de superar el dualismo y comprender que no existe objeto sin sujeto y que lo que constituye a la realidad es la de ser referencia esencial al sujeto, porque es este el que da la dimensión de sentido o intencionalidad de lo real.

La gran figura de la modernidad será el sujeto cognoscente y de este resultarán otros rasgos como es el logocentrismo que no se limita a afirmar el carácter consciente del sujeto, sino que se extiende a remarcar el carácter activo, subjetivo de la conciencia. En definitiva no se afirma la primacía del sujeto consciente, sino que el sujeto es la conciencia. Otro aspecto importante de la modernidad es el carácter primario de la conciencia, la cual se manifiesta a través de acciones (acciones de un cuerpo que ella dirige) y se expresa por medio del lenguaje que es un instrumento pasivo de exteriorizacion de la conciencia. Una de las paradojas del pensamiento moderno es que el dualismo hace del conocimiento la actividad principal de la conciencia y, al mismo tiempo, hace del conocimiento un enigma. Y ante la imposibilidad de fundar el conocimiento, la duda como condición de certeza y de objetividad se transforma, poco a poco, en un escepticismo que caracteriza al pensamiento moderno.

EN LOS UMBRALES DE UNA NUEVA ÉPOCA

Nos encontramos en un momento de la historia humana en que las certezas generadas por la modernidad están siendo profundamente cuestionadas y la humanidad vuelve a experimentar la contingencia en forma dramática. La modernidad esta en crisis y para superarla se necesita que los elementos que hemos señalado como característico de ella, deben converger en una nueva síntesis cultural, es decir, en la constitución de un nuevo paradigma de base o matriz de base, a partir del cual podamos volver a decir el sentido y reestructurar nuestras categorías fundamentales.

La situación del mundo contemporáneo, las transformaciones que en el se realizan están alterando la vida y las organizaciones de los individuos. De igual manera la pertenencia del

hombre a una cultura, es decir, al el encarnizamiento en una tradición. Esto implica, a su vez, una profunda crisis en nuestro sentido común y en nuestras formas de pensar, generando incertidumbre a todos los niveles de nuestras vidas. En el pasado era posible mirar el futuro con confianza, hoy nos encontramos ante un presente que es fuente de confusión.

Al parecer estamos ante una realidad emergente que no solo es producto de una crisis sino de la época que llamamos el posmodernismo que lo ha ido cuestionando todo, instalándonos en un contexto de gran incertidumbre. El mundo posmoderno está naciendo y ello se manifiesta en ciertos procesos que van configurando su transición tales como la ruptura de las antiguas formas de creencias. El surgimiento de una nueva polarización que exprese grandes diferencias sicológicas entre los seres humanos y, finalmente, el nacimiento de una cultura planetaria que implica, a su vez, una concepción global del mundo.

Por lo tanto, detrás de esta crisis de la sociedad que genera una gran incertidumbre parece que esta surgiendo un nuevo paradigma de la realidad. A todos los niveles de la existencia humana existe una gran búsqueda de identidad: queremos, en definitiva, saber quienes somos.

En efecto, el espacio social histórico que por siglos han constituido el trasfondo de nuestro caminar en la vida, la manera de operar y de ver el mundo, se expreso en lo que podríamos llamar el programa metafísico. Este actuar en la vida y de ver el mundo se realizo en base a los postulados de dicho programa, conformando el lugar de nuestro sentido común. Desde el renacimiento este trasfondo metafísico se acrecentó con el cartesianismo. El desafío de la actualidad consiste en preguntarnos nuevamente que significa el ser humano, porque si no lo hacemos enfrentaremos una vida miserable, sin salida y con mucho sufrimiento que podríamos evitar.

La filosofía de Sócrates, Platón y Aristóteles iniciaron un periodo histórico que ha sido el telón de fondo de una serie de supuestos metafísicos sobre los cuales se basa nuestro sentido común actual. Todo el desarrollo cultural posterior se ha hecho en base a estos supuestos básicos que constituyen, a su vez, la comprensión común sobre lo que significa un ser humano. El cartesianismo continuo con estos supuestos que, acrecentados, posibilitó el desarrollo de la modernidad. En lo fundamental, el cartesianismo fue fiel a la antigua tradición griega en su preocupación por comprender a los seres humanos como seres racionales.

Pareciera ser que el programa metafísico esta llegando a su agotamiento histórico y comienza a emerger una comprensión radicalmente nueva de los seres humanos, basada, en una nueva forma de comunicarnos con los demás que afecta a nuestra forma de pensar sobre nosotros y sobre el mundo. En efecto, la fortaleza de la metafísica tradicional se reciente con el surgimiento de nuevas concepciones, nuevos pensamientos, teorías y por una revolución importante en nuestra manera de comunicarnos, como producto de las innovaciones tecnológicas y la emergencia del lenguaje electrónico. dichas concepciones están ocurriendo a nivel de la filosofía, ciencias biológicas, la lingüística, ciencias humanas, la política, la espiritualidad, etc. Estos desarrollos son los que están desafiando los postulados de la antigua metafísica. En todas estas disciplinas y, en otras tales como la sicología sistema, antropología, sicología y lingüística se reconoce la importancia del lenguaje en la comprensión de la vida humana.

A nivel de la filosofía existen tres grandes desarrollos que desafían el programa metafísico. La filosofia de Nietzsche que es una fuerte critica a la comprensión del alma humana. Es quien critica seriamente los supuestos de la metafísica tradicional, colocándose fuera de ella. Luego, tenemos la fenomenologia existencial de Heidegger quien critica los supuestos del cartesianismo que sostiene que los seres humanos son ante todo seres racionales. Para el el dasein será ante todo el modo particular de ser que son los seres humanos. Y la ontología se refiere a nuestra interpretación de lo que significa ser humano. Lo ontológico se refiere a dimensiones constituyentes que compartimos en tanto que somos seres humanos y que nos dan, por lo tanto, una particular forma de ser. Y el tercer desarrollo importante , se refiere al segundo periodo de la filosofia de Wittgenstein que nos ofrece una comprensión radicalmente nueva del lenguaje.

Estos grandes aportes y otras contribuciones en filosofia, hoy se ha ido transformando y han dado lugar a lo que se ha dado en llamar el giro lingüístico, puesto que el lenguaje a reemplazado el lugar d privilegio que por siglos tuvo la razón.

La ontología de Heidegger constituye una perspectiva que podría ayudar a rearticular una nueva interpretación sobre el fenómeno humano, puesto que el problema del hombre contemporáneo no puede significar un proceso de sicologización que termina con la depresión, por implicar un juicio sistemático de auto-devaluación; sino que ante las múltiples interrogantes de la hora actual, el esfuerzo debe estar encaminado a una reinterpretación de lo que somos como seres humanos. En efecto, los presupuestos básicos de esta nueva interpretación sobre los seres humanos precede a cualquier postulado sobre cómo podrían ser otras cosas. A la base de esta interpretación está una incomprensión de los seres humanos caracterizados por tres dominios primarios: del lenguaje, la emoción y la corporalidad. Por medio del lenguaje conferimos sentido a la existencia y reconocemos la importancia de los otros dominios lingüísticos. Por lo tanto, desde esta nueva perspectiva podemos afirmar que sólo es posible interpretar a los seres humanos como seres lingüísticos lo cual supone que sólo es posible hablar de éstos cómo los observamos o interpretamos y no cómo son, como lo pretendía la metafísica tradicional.

De igual manera y más en el terreno de la teología y, recordando lo que decíamos anteriormente que si ella es un esfuerzo de la fe por comprenderse a sí misma, dicho esfuerzo debería expresarse en un lenguaje y nosotros deberíamos también saber cuál es la naturaleza de este lenguaje. Y si la realidad que quiere comprenderse así misma es sólo accesible a través del lenguaje, unos de los aspectos, precisamente, de la teología, es de dar cuenta desde el interior, del modo de su funcionamiento particular.

El trabajo del teólogo consiste en construir por medio de los términos o conceptos que toma de otros lenguajes, como los de la filosofía, la ciencia, el arte, el derecho o simplemente del lenguaje de la vida cotidiana, un lenguaje específico que haga aparecer la coherencia de aquello que presupone la fe. Si ello es así la tarea de la teología está muy ligada a la tarea de la epistemología. Porque en definitiva, lo que se le exige a un pensamiento crítico es el estar en condiciones de juzgarse a sí mismo y de discernir aquello que es pertinente en relación a la empresa que debe cumplir. El trabajo de la epistemología en teología, como en otras disciplinas, debe ser la ocasión para revelarla normatividad implícita que se dibuja a la larga, al poner en práctica la intención originaria constitutiva de un determinado saber.

En esta perspectiva, en el trabajo epistemológico en general y, sin duda, también en el dominio de la teología, el análisis lógico del lenguaje es una manera de practicar la filosofía, en particular la epistemología, la cual aparece muy unida a una época de la historia de la filosofía que se podría caracterizar de manera general, por un desarrollo inédito de los sistemas tecno-científicos y una reacción crítica con respecto de la metafísica de la representación que utilizan esos sistemas. Y si se trata de querer dilucidar los lazos entre ciencia y teología, el análisis del lenguaje parece imponerse por sí mismo, si no como el único método posible, al menos como un o de los más prometedores. Al mismo tiempo, este medio pareciera ser muy bueno para darle a la teología la audacia especulativa de la cual, por momentos pareciera estar desprovista.

En base a estas consideraciones, me atrevería hacer algunas reflexiones de manera más libre en torno a la fé. desde una perspectiva teológica, la fé es la respuesta del hombre a Dios, a su existencia, a su mensaje de salvación. Ahora bien, desde la perspectiva del lenguaje, la expresión "Dios existe", es algo dicho por alguien. Y cuando alguien dice, "Dios existe", dado que el lenguaje genera realidad y como dice Austin "hablar es actuar", quién dice lo que dice, al hablar actúa. Lo que interesa, entonces, es saber qué tipo de acción o qué acto lingüístico es, Dios existe.

A nivel de lso actos lingüístico, como lo especifíca Searle, hay dos posibilidades: puede ser una afirmación o una declaracción. En las afirmaciones, la palabra sigue al mundo. Las afirmaciones hablan de un mundo tal como lo observamos, pues sólo de ello podemos dar cuenta ya que no sabemos cómo son las cosas. En cambio, en los actos de habla como las declaraciones, el mundo sigue a la palabra, puesto que al hablar yo creo un mundo distinto. Cuando alguien dice "Dios existe", ¿qué está diciendo?. ¿Está dando cuenta de algo que existe con independencia de su hablar o está generando algo con su hablar?. Pareciera ser que está hablando de algo con independencia del que habla. Porque, si no fuera así, no podría comprender lo que habla o no respetaría lo que dice. Y eso parece ser lo esencial, porque se trata de escuchar al otro en su legitimidad. Puesto que no habla de algo quél con su hablar constituye, sino que lo ha constituído a él.

Cuando digo que Dios existe, estoy frente a una afirmación. De lo contrario, le niego su legitimidad y defino un tipo de relación fundada en mi falta de respeto y de amor. Si es afirmación, èstas pueden ser verdaderas o falsas, es decir, la preocupación de quien afirma algo es distinguir lo verdadero de lo falso y esto lo resuelve por el lado de la evidencia. Para la comunidad de creyentes, donde tales aevidencias son válidas, no existe problema. Pero ¿qué pasa cuando existimos en comunidades pluralistas en donde no existe una fé común?. Pareciera ser entonces que estoy ante una afirmación que no puedo resolver. Me pronuncio, entonces, no por la evidencia sino por la fe. Ahora bien, decir que Dios no existe, también es una afirmación y ella está fundada en la fe.

Desde un punto de vista teológico, cuando digo "yo creo en Dios", estoy dando una respuesta de quencreo en ese Dios que afirma que existe. Es una respuesta de fe y eso significa que yo decido tomar la opción de mi vida, acogiendo dicha afirmación como verdadera o falsa. Posiblemente la experiencia de la fe es la de hacer la experiencia de la inseguridad de la pobreza, es decir, la de no tener ni palabras precisas, ni nociones definitivas, ni certezas exactas. Que tener fe es la de aceptar que el sentido de la existencia, de la vida se da en una persona, en alguien y que eso es lo fundamental. La modernidad con su mentalidad de querer controlarlo todo, ha querido también "asegurarnos a Dios", agarrádolo con conceptos, con ideas, a obligarlo a que se manifieste de tal o cual manera. Y pareciera ser que la fe no es más que un llamado a vivir en la pobreza de esta inseguridad. El afán de tener tan propio de la sociedad de consumo, ha penetrado hasta la intimidad del corazón humano y quiere ahora capitalizar la fé, "tenerla" y Dios se nos revela como misterio.

San Agustín decía que si ya lo comprendiste, si ya lo captaste..., ya no es Dios, debes seguir buscando. De igual modo podríamos decir que Moisés cayó en la tentación de la seguridad racionalista, quería tener una idea clara y distinta, pero Dios se le definió como misterio: "Ego sum qui sum". Y el misterio se vive, pero no se tiene.

Hoy vivimos un mundo lleno de escepticismo. En la Edad Media se pensaba y vivía de otra manera, se pensaba partiendo de la verdad, el comocimiento partía de ahí. Descartes decía en el fondo, por qué partir de la verdad, pòr qué no partir de la duda que es lo opuesto. Nada tomo por verdadero, porque los sentidos me engañan, los libros me engañan, porque nada tiene la solidez que el pensador medieval pensaba que tenía. Parto de la duda y el punto de llegada es la verdad. Llevamos dudando tres siglos y medio, hasta el punto que no hemos sabido qué hay más allá para creer. La duda se ha introducido en el alma del hombre moderno, poniéndo en cuestión aspectos fundamentales.

Posiblemente por esto vivimos una época sin sentido. Sin embargo, más que falta de sentido lo que nos falta es misterio. Hemos hecho un mundo a la usanza tecnológica, de objetos, de instrumentos a ser utilizados, pero en donde el misterio lo hemos querido explicar y hemos tenido muchas explicaciones, pero con ausencia de misterio. Y eso nos seca el alma con más fuerza que el problema del sin sentido.

Cuando la vida pierde misterio, pierde, entonces, sentido. Para encontrarle sentido a la viad tenemos que aprender a amar. Cuando no la amamos no hay sentido que nos consuele. El amor se funda siempre en el msiterio. Al parecer vivimos insertos en un mundo con mucho sentido vacío, del cual la sociedad se siente ufana, el problema está cuando no existe sentido que la convoque, entonces el sentido es completamente inútil, no puede, entonces, el sentido apagar el misterio.

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