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¿Hay libertad dentro de la moral Kantiana?

Felipe Johnson Munoz

Denisse Febre Paredes

 

Introducción

El presente trabajo de investigación nació de la gran inquietud que sentíamos por conocer hasta qué punto el hombre es libre dentro de la moral Kantiana. Sin duda, nuestro malestar surgió por los prejuicios que de antemano teníamos frente a un tema de vital importancia: la ética. Quizás era más fácil encerrarnos en nuestras opiniones personales, sin embargo, había algo que subyacía, que nos incomodaba, y que en el fondo no queríamos reconocer: realmente Kant nos hablaba de la libertad humana, privilegio fundamental de nuestra especie por el hecho de ser racionales.

Es por esto que a este trabajo quisimos darle un enfoque distinto, realmente quisimos ir paso a paso, intentando no extraviarnos en esta empresa, para llegar a buen fin en nuestras conclusiones. Por lo tanto, recomendamos que cada línea sea leída atentamente, pues no entender alguna de ellas daría lugar a no comprender totalmente las sucesivas reflexiones que se van efectuado. De hecho, ya la filosofía de Kant se muestra impenetrable, imaginemos qué podemos esperar de una exposición que pretenda ser clara y no lo logre. En lo personal, creímos haber alcanzado nuestro objetivo. Pues bien, sin tener nada más que decir, damos paso a la lectura de este trabajo de investigación.

¿Hay libertad dentro de la moral Kantiana?

El estar consciente de una dimensión moral me da certeza de que mi ser es libre, pues ya no estoy determinado por las leyes naturales. Kant muy influenciado por la física newtoniana, está de acuerdo que el mundo físico sigue determinadas regularidades que pueden traducirse como la causa y el efecto. Sin embargo, la razón del hombre trasciende estas leyes, es decir, definitivamente la razón es independiente de la causalidad.

Esto me lleva a pensar que tengo un ser propio, en sí, objetivo, independiente y real. Por lo tanto, se que soy un yo trascendente, con una razón pura que contiene un ser moral. Para entender la noción de yo trascendental debemos tener presente su característica esencial: antes que se dé el conocimiento, el hombre contiene una razón sin contenidos (recordemos que estos contenidos son accidentales, y son los que producen que Juan sea distinto de Pedro y Pedro de María, etc.). Encontramos una razón pura que contiene en sí algunas estructuras a priori que permiten el conocimiento del mundo exterior (teniendo en cuenta que el hombre jamás conocerá la cosa en sí o noumenon, sino más bien los fenómenos). Estas estructuras a las que nos referimos son el espacio y el tiempo. Pues bien, como podemos apreciar, esta razón pura no es contenida por el espacio y el tiempo, no está inserta en ellos, todo lo contrario, los contiene; de esta forma se configura el yo trascendental, aquel yo que trasciende el espacio y el tiempo, por lo tanto, que no está determinado por ellos.

Esta razón pura, a la vez, determina mi voluntad, en cuanto "deber ser". Este acto de la razón pura de determinar nuestra voluntad es lo que Kant ha denominado el carácter práctico de la razón o la razón práctica Por otro lado, "deber" se entiende cómo yo debo plantear mi existencia, cómo debo proyectarla, que vendría a ser lo mismo que: "cómo yo debo proyectarme".

Lo anterior obviamente implica una libertad, pues yo, y sólo yo, decido de mi existencia. Fundamentalmente, esto se debe a que somos seres racionales (elemento que es esencial para Kant), y en cuanto tales, guiamos nuestra existencia por principios. Ahora bien, si somos seres racionales y nos guiamos por principios, tienen que ser otorgados por nuestra razón (la tuya, la mía). Entonces ésta como mi propia razón práctica determinará mi propia voluntad. A partir de esto puede pensarse, entonces, que yo, como Juan Moya, veo determinada mi voluntad por mis propias leyes morales, o mis propios principios, los cuales serían distintos en cada persona. Esto nos lleva a pensar que hay un relativismo ético.

Ejemplificando lo dicho, podríamos imaginar la siguiente situación: uno de los principios que pueden regirme a mí, sería: "Siempre que sea posible, y sin importar el medio, voy a obtener un buen rendimiento, o voy a aumentar mis ahorros monetarios", pues esto me trae la felicidad, que es a lo que todo hombre aspira cuando proyecta su existencia. Y en este sentido cabe la posibilidad que encontremos a otra persona con sus propios principio, quizás queriendo aumentar la cantidad de libros de su biblioteca. Es factible porque eso le trae a ella su felicidad. Y como podemos apreciar, los principios variarían de una persona a otra, y la moral sería relativa a cada ser humano.

Pero hay algo curioso, y es que pensando de este modo, estamos actuando en función de algo que es externo a nosotros. Si pensamos en este asunto, nos daremos cuenta de inmediato que no estamos siendo tan libres como creemos, porque estamos dependiendo exclusivamente de la existencia de un objeto empírico (libros, notas, dinero), aquel que es captado por los sentidos y que es externo a nosotros. Podríamos preguntarnos entonces, ¿qué va a pasar si aquel objeto no existiese o de pronto dejara de existir?. ¡Mi vida perdería el sentido!. Por lo tanto, podemos deducir que todos aquellos principios que determinan mi voluntad como ser individual, es decir, como Denisse o Felipe, contienen en sí un objeto empírico, y en términos kantianos, sería la materia (en este punto debemos tener presente la teoría hilemórfica de Aristóteles, la cual dice que hay dos elementos constitutivos de un cuerpo físico: la materia y la forma). En conclusión, no seríamos tan libres como pensamos.

Pues bien, estos principios cuyo contenido es la materia, para Kant, se llaman máximas, y que como anteriormente se dijo, jamás tendrán un carácter universal. Estas máximas determinan mi voluntad por un sentimiento de agrado que tengo hacia el objeto deseado. Por lo tanto, para desear el objeto antes debo haberlo conocido (Sto. Tomás ya dijo: no se puede querer lo que no se conoce). Entonces podemos pensar que las máximas se nos presentan después de la experiencia, porque yo no puedo querer (desear) algo que no conozco. Y de acuerdo con el sentimiento que me produce un objeto determinado yo elaboro mi propia máxima.

Por lo demás, mientras el objeto me produzca agrado y placer, y por lo mismo felicidad, no importa de donde provenga. Si decimos esto debemos pensar que las procedencias de aquellos objetos pueden ser tanto interior y exterior, o sea, pueden venir de los sentidos o de la razón. Ahora bien, kant denomina al aspecto sensible la facultad inferior de desear y al otro la facultad superior.

Pero si pensamos que no importa la procedencia, podríamos admitir que sólo existe el hecho de desear, lo que se reduce a la facultad inferior de desear, que se da por la experiencia que tengamos del mundo, llegando nuevamente a las máximas.

En cambio, si decimos que ya no somos libres por el hecho que nuestras máximas se condicionan a la materia, debemos buscar la libertad en la otra facultad de desear: la superior, la guiada por la razón. La cual no debería, entonces, determinar la voluntad de acuerdo a la materia, pues ésta limita la libertad.

Si no es por la materia, y recordamos a Aristóteles (materia y forma), vemos que la razón debería determinar nuestra voluntad por la forma, donde obviamente no habría ningún desear o ningún sentimiento de por medio que se convirtiera en el fundamento de nuestros principios. ¿Por qué?: porque no hay nada sensible que debamos conocer primero por la experiencia. Entonces, si ya no quiero algo porque eso, como Pedro, me produce placer, es decir, elimino el contenido, la materia, lo subjetivo, me quedo solamente con lo formal, lo universal. El principio que determinará mi voluntad, entonces, ya no se limitará a hacerme actuar conforme con un objeto sensible. Y este objeto sensible, tampoco se convertirá en el fundamento de mi voluntad, como sí ocurría en las máximas (donde esta voluntad no se considera pura, pues está en función de la materia).

Por lo tanto, este principio determina a la voluntad en cuanto pura, es decir, sin contenidos o materia, sensibles. Determina a la voluntad en cuanto voluntad. Es decir, no determina a Denisse que quiere buenas calificaciones, sino que determina la voluntad completamente pura de Denisse. Si hablamos de una voluntad completamente pura, hablamos de una voluntad universal, por lo tanto, el principio que determina esta voluntad ha de ser igualmente universal. Este principio es llamado por Kant ley práctica.

Ahora bien, si la ley práctica no contiene materia, sino que es pura forma, no puede ser obtenida mediante la experiencia, es decir, no es a posteriori, es a priori. Por lo tanto, si es a priori debemos conceder que todos poseemos desde el comienzo esta ley práctica. Y el único lugar donde puede situarse esta ley práctica es en la razón pura, pues ésta contiene los elementos a priori, tales como el espacio, el tiempo, la causalidad y la ley práctica.

Y la única manera de hacemos conscientes de ella es mediante la razón pura en su dimensión práctica, lo que implica que ésta determine la voluntad pura conforme con la ley práctica. Es así cómo yo obro según la razón, lo que kant denomina la práxis. La razón práctica nos indica el deber ser nuestro, y es en virtud de ésta que proyectamos libremente nuestra existencia, pues no dependemos de ningún objeto exterior. Es en este punto donde nos encontramos con una ley moral universal ineludible, obligatoria, absoluta e incondicionada, es decir, el imperativo categórico.

Sin embargo, podemos negarlo, lo que no sería contradictorio, pero siempre habría una resistencia de la razón práctica, por parte del mismo imperativo, de su esencia de ser obligatorio, en otras palabras, habría un choque entre la acción y el imperativo, habría remordimiento, una especie de desajuste en nosotros mismos.

Kant destaca la existencia de hombres que siempre se han guiado por el imperativo categórico, a los cuales denomina santos, y que nos han de servir como modelos.

Por otro lado, el imperativo categórico no implica actuar conforme a los resultados de la acción (es decir, "no robaré porque me tomarán preso", pues estaríamos dentro del imperativo hipotético, donde yo actúo en vista de las consecuencias, lo que me limita la libertad en mi existencia. El imperativo categórico determina la voluntad del hombre, haciéndolo tomar conciencia de su propia libertad.

Por lo tanto, tomando en consideración todo lo dicho anteriormente, preguntémonos de qué manera nos determina y hasta qué punto somos libres. Tendríamos que decir que el imperativo categórico determina la voluntad en su forma, como cuando jugamos ajedrez de acuerdo con las reglas del juego. Podemos jugar a nuestra manera, pero realmente no actuaríamos acertadamente, y es más, reconoceríamos nuestra falta (remordimiento). Finalmente, si entendemos la analogía anterior, comprenderemos de qué manera determina nuestra voluntad el imperativo categórico. Entonces, solo resta preguntarnos por última vez hasta qué punto somos libres, pregunta que habiendo entendido bien qué es el imperativo categórico sería ociosa.

Conclusiones

Si tuviéramos que decir algo que realmente aportara a lo ya expuesto, tendríamos que concluir con toda seguridad: "Sí, hay libertad dentro de la moral kantiana". Porque, a nuestro parecer, no cabe la menor duda al respecto. Es más, esta afirmación es sólo para englobar el tema, pues reconocemos sus dificultades y es muy probable que hallamos olvidado aquella virtud de la cual nos hablaba Ortega y Gasset: la claridad. Por lo demás, esa virtud debe poseerla un Filósofo, con todo lo que ello implica; no nosotros, simples aprendices. Es más, pensamos que este reproche es mucho más aplicable a nuestro filósofo, al "asombroso Kant" -como lo llamaba un gran conocedor de su filosofía- que a nosotros.

Pues bien, el hecho de negar la libertad dentro del sistema kantiano implica eliminar gran parte, si no es toda, su filosofía. Porque para nuestro filósofo, el ser racional debe poseer necesariamente la libertad, lo contrario sería inconcebible.

Creemos innecesario algún otro tipo de especificación; por nuestra parte, creímos haber cumplido el objetivo que nos propusimos: interiorizarnos más en la filosofía kantiana, desprejuiciarnos de ella, admirarla por su belleza y descubrir objetivamente el papel fundamental de la libertad dentro de este sistema filosófico. Por lo demás, creemos haber expuesto todos aquellos elementos esenciales para la comprensión de la moral kantiana. En fin, la investigación acerca de este tema nos ha aportado mucho, y es nuestro deseo que también aporte bastante a quién lea el presente trabajo.

Bibliografía

Kant, Inmanuel, Crítica de la Razón Pura. Ed. El Ateneo, 1961.

Cassirer, Ernest, Kant, vida y obra. Ed. F.C.E, 1993

Körner, S.W., Kant. Ed. Alianza, 1983.

Iribarne, Julia. La Libertad en Kant. Ed. Carlos Lohé, 1981.

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