Revista
electrónica Mundo Cangrejo
UNA PERSPECTIVA MORAL DE LA POLITICA
Dr. Sergio Jeréz Riffo
Resumen:
Moral y política son dimensiones de la existencia humana, sin embargo la relación entre ambas no siempre es fácil de dilucidar. Por el contrario, dicha relación no sólo es compleja, sino también, conflictiva. Ni sus diferencias, como tampoco, sus mutuas autonomías, suprimen la unidad radical que se funda en el hombre como ser que actúa.
Ahora bien, en el ámbito de la experiencia, que es el plano de la acción, una política se la comprende sin necesidad de recurrir a la reflexión moral. De la misma manera, una acción moral, se la comprende como tal aún cuando sus resultados políticos pudieran ser funestos en sus consecuencias.
Por lo tanto, desde esta perspectiva, es posible sostener que la moral es apolítica y que la política es amoral. Plantear la dialéctica de esta relación, como poder apreciar sus mutuas implicancias constituyen las reflexiones de este artículo.
1. - Moral y Política son dos dimensiones del actuar humano, dos formas de la acción histórica, ambas pertenecen al dominio de la filosofía práctica. La moral se refiere a la acción del individuo como representante de los demás individuos. En cambio, la política es la acción colectiva de los individuos que actúan en sociedad. [1]
En ambos casos se trata siempre de una acción humana y universal, que respecto de la moral, se refiere a la acción del hombre que actúa en vista del acuerdo razonable consigo mismo. En el caso de la política es la de una acción que contiene en su esencia una exigencia de efectuacíón universal.
Aristóteles sostenía que, como saber práctico, la moral es un conocimiento que le interesa cómo obrar y dirigir la acción del hombre. Y que la política fundamentalmente es la consideración de la vida en común de los hombres según las estructuras esenciales de esta vida. [2]
Estas dos formas de la acción histórica, a pesar de sus diferencias y autonomías propias, poseen, sin embargo, una unidad radical que se funda en el hombre como ser que actúa con el fin de transformar la realidad. Por lo tanto, entre ambas dimensiones existe una mutua implicancia de tal naturaleza, que la exigencia última de la moral es la exigencia, de una realidad política, que hace que la vida de los individuos sea moral y que ésta, en la medida que busca el acuerdo del individuo consigo mismo, llegue a ser y se constituya por este hecho en una fuerza política que se funda en el hombre que actúa con el fin de transformar la realidad.
2. - Ahora bien, toda acción práctica va unida a un pensamiento que la sustenta. Detrás de toda política hay una filosofía, es decir, una cierta forma de concebir el mundo, el hombre, la naturaleza, la historia. La política no puede prescindir, de hecho como en derecho, de una teoría de la sociedad, de una concepción de la historia, de una idea del hombre temas que como, tal pertenece al ámbito de la filosofía.
La acción política inevitablemente puede degradarse si ella no está iluminada y sostenida por valores éticos y por una idea del hombre que sea accesible a toda conciencia.
Por lo tanto, la política y moral, no sólo están estrechamente unidas sino que ambas buscan dar forma a un determinado pensamiento que la sustenta. Con razón se dice que toda filosofía acaba en una moral. Eso significa que toda filosofía es una cierta visión del, hombre v del mundo. Y la moral fundamentalmente, es una dinámica del comportamiento.
Lo que más interesa a los hombres en último término es saber cómo es necesario conducirse. La moral se refiere al actuar humano, al comportamiento de los hombres individuales. La política, también se refiere al actuar humano, pero fundamentalmente se refiere al actuar de los hombres en sociedad.
3. - De lo dicho se desprende que la vida humana es una vida sensata, una vida con sentido. La cuestión es saber en vista a qué el hombre hace su vida. En la antigüedad clásica, los griegos sostenían que el hombre obraba en vista a un fin (agaton). Y el fin último al cual se subordinaba todo era la felicidad, puesto que lo que los hombres quieren en último término es ser feliz. [3]
Se puede afirmar que la moral es la aplicación final de verdades filosóficas, no sólo a la conducta del hombre individual, sino al movimiento entero de la humanidad.
La dimensión de los hombres es moral y ésta le pertenece en la medida que el hombre es libre. Sin embargo, hoy, al parecer, tanto la felicidad como la libertad están en una encrucijada. Sí la pregunta ética es ¿qué debo hacer para actuar bien? o, dicho de otra forma, ¿ cómo en principio debe vivirse la vida humana?, hoy, por la complejidad del mundo contemporáneo, del hombre y la cultura, esta pregunta se ha tornado problemática.
La ética es siempre una interrogante que va desde la realidad (en la cual nos desenvolvemos y vivimos) a la responsabilidad humana (que es el lugar de nuestra libertad) y que desde ésta vuelve a la realidad.
Al parecer, el mal típico del mundo moderno se encuentra en la falta de moral. La humanidad de hoy corre el peligro de ser destruida desde dentro, desde su propia decadencia moral Y en vez de luchar contra esta enfermedad que amenaza su misma vida, nos fijamos en el peligro externo que sólo es una consecuencia de su enfermedad moral interna. El verdadero peligro de ruina para la humanidad no proviene de nada externo, sino del derrumbe de las fuerzas morales.
La pregunta entonces es saber qué hacer para obtener la curación del hombre que está a la base de otras curaciones. ¿Cómo renovar las energías vitales de la moral? ¿Cómo poder reconocer y fundar de manera convincente lo que es bueno para el hombre?
Tanto el hombre como el mundo contemporáneo están desorientados. ¿Qué es lo que verdaderamente ha sucedido? Pareciera ser que existiría una suerte de incompatibilidad entre sociedad libre y heroísmo (entendido éste como la capacidad de tener convicciones y/o valores firmes, incluso hasta poder morir por ellos sí fuese necesario).
Según el poeta alemán Holderin vivimos un "tiempo sin héroes" y según Tina Tumer la cantante de rock dice que "no necesitamos más héroes". En una sociedad de consumo, muy sensualista que sólo le interesa comidas sin grasas ni excitantes, ideología sin fuerza ni lágrimas, sólo se conformaría, entonces, con una ética sin convicciones ni dramatismo.
Se prefiere la conservación de lo que hay a la revolución o a la utopía. En este mundo tan calculador la ética se ha convertido en algo de usar y tirar, siendo el plástico, el verdadero signo de nuestro tiempo. Lo desechable lo que hay que votar.
La desaparición del héroe constituye hoy una dolorosa pérdida y esto se nota puesto que en el supermercado se buscan los sucedáneos del heroísmo. La fortaleza física del Rambo, los nuevos triunfadores de las políticas de economía ficción. Todo esto es signo que la nostalgia por el héroe no se destruye sino que se transforma y nuevos mitos buscan ocupar el puesto vacante.
Detrás de esto existe un cierto pragmatismo cuya ideología ha terminado por expulsar, al hombre de convicciones profundas, de la sociedad (polís) moderna. Dicha ideología sostiene que el sistema social no funciona con individuos de convicciones absolutas. Ella sólo pretende la configuración de un espacio público éticamente neutral, en donde los valores deben estar relegados al plano de la intimidad, pero que jamás deben estar presentes en la esfera pública.
Por esto, la tarea de la educación moral es hoy difícil cuando el pragmatismo conduce a una ética neutral. De ahí entonces, que el desafío consista en revitalizar el papel de las utopías y de las convicciones firmes.
Como decíamos, más arriba, lo que más importa a los hombres es saber cómo hay que conducirse. Lo que les interesa es comprender lo que significa el mundo y su presencia humana en él.
Por lo tanto, la vida humana no sería producto del azar, ella, al parecer, posee sentido, finalidad. De esto se sigue que la cuestión del sentido de la vida humana es la pregunta por su fin, el cual a su vez define el sentido de la vida en lo Individual, pero también lo define en lo social y colectivo.
E. Weil, filósofo contemporáneo, sostenía que la política tomaba su punto de partida de la moral, por cuanto la cuestión del sentido de la política sólo se puede plantear por aquél que ha planteado el sentido de la acción humana, incluso, el de la vida, en otros términos, por quién está ya instalado en el domino de la moral. [4]
4. - La moral entonces se refiere al actuar humano, al empleo que hace el hombre de su libertad para conseguir su finalidad humana. Se trata de un conocimiento, o más bien de una sabiduría, en todo caso, de un cierto saber, que el hombre aplica a su actuar para que éste sea un actuar libre y responsable. De lo cual se sigue, que el actuar del hombre, en tanto que moral es un acto sensato, que se atiene a normas que orientan su vida. Igual ocurre en su vida social, porque en toda comunidad humana (aún en las más primitivas), existen reglas las cuales, de una u otra forma, distinguen el bien del mal. Éstas junto con regular la vida de las comunidades expresan, al mismo tiempo, cómo se comprende la relación entre los individuos.
La dimensión moral se explícita a través de reglas las que permiten una relación de igualdad entre los hombres. Por eso se puede afirmar que toda sociedad humana posee una moral aún cuando no siempre estén conscientes de ella.
Las normas conforman un mundo de certidumbre moral e impiden que los individuos vivan en el caos y la anomía. El hombre al vivir en sociedad vive en un contexto de certidumbre socio-moral que le permite tener determinados comportamientos. En ese sentido las reglas o normas en su expresión más simple son portadoras del sentido, y orientan así la vida de los individuos. [5]
Por lo tanto, una vida de certidumbre moral es la de toda sociedad que está constituida por el conjunto de reglas y normas que permiten comprender aquello que es necesario saber y evitar, aquello que es deseable o no, aquello que es bueno o aquello que no lo es.
5. - Sin embargo, la vida en sociedad, en tanto que comunidad formada por hombres, no siempre es evidente y transparente. Por lo mismo, la relación ética y política tampoco es diáfana, más bien siempre es tensa y conflictiva. Y, esto, a pesar de lo que digan los filósofos e intelectuales, puesto que en esta relación están en juego comportamientos sociales e individuales. Figuras como Socrates y Díógenes son figuras trágicas y constituyen un ejemplo paradigmático de tal relación.
Cuando nos planteamos el problema moral y no encontramos una respuesta inmediata a nuestras preocupaciones eso significa que en alguna medida hemos perdido la certidumbre en la cual vivíamos.
Cuándo la pregunta ¿qué debo hacer para actuar bien?, que es la pregunta moral por excelencia, no encuentran una respuesta inmediata, eso significa que en alguna forma ya no existe la certidumbre moral en la cual se desplegaba nuestra existencia cotidiana. Porque entonces el individuo ya no sabe qué es necesario hacer y evitar, qué es lo deseable o no, qué es el bien o qué es el mal
El problema moral en la sociedad es consecuencia de la pérdida de la certidumbre moral en la cual nos desenvolvíamos y esto es lo que provoca la búsqueda de un fundamento absoluto que sea válido y convincente para todo hombre que se plantea la cuestión radical ¿ qué debo hacer para poder actuar bien?
- Al parecer, hoy asistimos a una verdadera crisis provocada por la pérdida de la certidumbre, la cual no es más que una perdida del sentido que guiaba y orientaba nuestra existencia.
En la sociedad moderna existe una verdadera crisis como producto de una verdadera revolución cultural, la que, a su vez, ha estado precedida por otras que pretendían darle al hombre la verdadera felicidad y sentido para sus vidas.
En efecto, desde el punto de vista cultural la sociedad moderna se construyó sobre la base de dos nociones fundamentales: razón y libertad. Ambos conceptos se encuentran también a la base de las ideologías salidas de la civilización de las luces: el liberalismo y el socialismo, para quienes razón y libertad están indisolublemente unidos. A través de tales criterios se originan la ciencia, y por su intermedio, el progreso, la educación popular, la libertad democrática.
Desde un punto de vista político, la revolución francesa quiso poner término a un tipo de gobierno que le antecedió y que pretendía crear una suerte de equilibrio y de orden social, por eso proclamó una política destinada a la felicidad y a la promoción del hombre. Esta revolución, sin embargo, fue criticada a su vez, por concepciones que pretendían abarcar de manera más amplía y en su totalidad el problema humano poniendo en cuestión la vida del hombre en la sociedad. La expresión revolucionaria de esa política total fue el marxismo a cuyo fin hemos asistido. [6]
La caída del comunismo significó, también, la caída de todas los proyectos de transformación de la sociedad por el Estado. Ya no existen bloques, ni en geopolíticas, ni en las vidas políticas nacionales, ni en los sistemas de pensamiento, ni siquiera en las imágenes que tenemos de los individuos y de la cultura. En todos los niveles se observan grandes desplazamientos con distintos énfasis. La moral sustituye a la historia, así como el mercado lo hace con la planificación y la democracia con la revolución.
De esta manera, están concluyendo dos grandes siglos que comenzaron con el despotismo ilustrado y las revoluciones modernas, que continuaron con la ascensión de los imperios industriales y los movimientos nacionales, antes de derivar hacía el totalitarismo, fascismo (nacionalistas o culturistas), los cuales hizo del siglo XX la mejor imitación humana del Apocalipsis.
7. - Estos grandes procesos de cambios y transformaciones han provocados una profunda crisis en la sociedad y en los individuos. Y cada vez que existe crisis hay algo que toca al sentido y a la esperanza, así como al absurdo y a la desesperanza. Porque la crisis implica, inevitablemente, un verdadero hundimiento del sentido en la sociedad.
Esto explica una cierta sensación de desequilibro y vacío que parece penetrar la vida de la humanidad. Porque a todos nos afecta el que la utopía más grande que inventaron los hombres a través de la historia, haya terminado por ser una tremenda mentira.
Los pobres, los desamparados y humillados de la tierra ya no tienen la esperanza de un paraíso, en el cual los hombres serían iguales de hecho como fueron declarados iguales en derecho. La pérdida de una esperanza terrenal es la que deja un gran vacío, de la misma manera, como la esperanza celestial implica el declinar de las religiones. Los acontecimientos de fin de siglo han transformado por completo la geopolítica mundial a una gran velocidad.
Si nos atenemos más al plano de la cultura, es decir, a nivel del desarrollo de las ciencias y tecnologías actuales se insinúan perspectivas y posibilidades nuevas para la humanidad. Sin embargo y, a pesar de ese positivo optimismo, aún hay fenómenos y tendencias que presagian grandes conflictos: catástrofes ambientales, tensiones sociales e, incluso, incertidumbre en las personas, acerca de sus vidas y la de sus hijos.
Aparecen fenómenos y problemas preocupantes: como el abrumador crecimiento demográfico, un número cada vez mayor de pobres y su marginación evidente frente a las muchas conquistas logradas en nombre de la tecnología y el progreso, como también de la libertad, de la democracia y de la cultura.
Esto nos sugiere, que en esta década, debemos construir horizontes ambiciosos para el siglo XXI, que nos permitan diseñar estrategias que logren derribar por fin, el más infame de los muros que aún quedan en píe, como es el de la negación de la dignidad humana.
La caída de los socialismos reales junto con ser un acontecimiento político es también una experiencia antropológica que da cuenta del hombre, de su ansia y necesidad de fe, como de su ceguera y obstinación, de su afán por ser y superarse, pero también, de su capacidad de corromperse y de renegar de sí mismo.
8. - En el plano mundial como nacional, existen, en el mundo contemporáneo, síntomas de una crisis producto de las profundas transformaciones de orden político y cultural, pero también de las contradicciones que no se resuelven y que, por él contrarío, parecen agravarse.
En efecto, en el contexto internacional, los medios de comunicación nos permiten darnos cuenta de las profundas desigualdades sociales, puesto que existe gran cantidad de hombres, mujeres y niños que apenas pueden alimentarse y que viven una vida miserable. Junto a este espectáculo injusto, existen otros grupos de seres que viven fastuosamente y que se desenvuelven entre el lujo y el derroche. Por otra parte, a diario sabemos que, en el plano político, el poder, muchas veces ha protegido la corrupción y la injusticia. Todo este contexto crea un clima de pesimismo, de desilusión y desencanto.
En el ámbito nacional, se percibe una creciente prosperidad de una minoría cada día más poderosa, vinculada al sector financiero y a la industria. Esto se manifiesta en grandes mansiones, vehículos de lujo, turismo del más alto nivel, consumo desenfrenado. Los sectores más pobres se sienten afectado por carencias fundamentales: tales como la salud, la educación y el acceso a la justicia. Como producto de esta situación se manifiesta las demandas de los grandes centros de trabajadores, de profesores, médicos y la de los pobladores marginales.
Por su parte, la situación de los jóvenes, aparece muy desvinculada de las grandes preocupaciones políticas y sociales de la vida. Más bien, se percibe una juventud sin compromiso, en un contexto de gran deshumanización, sin una visión de futuro y que busca equivocadamente, trascendencia y esperanza, detrás del alcoholismo y la drogadicción.
El contexto general del país es de un aparente compromiso, el cual se oculta tras mucha hipocresía y no poco temor. Por ejemplo, existe la nulidad matrimonial que para muchos es el mejor tipo de divorcio, pero afirmamos que en Chile no se le acepta. Y, sin embargo, hay divorcio, sólo que aquí lo llamamos nulidad. Al mismo tiempo, se sabe que hay, aproximadamente, doscientos cincuenta mil abortos al año, pero existe como un acuerdo tácito para no hablar de ello. Este estilo de convivencia no es bueno ni ayuda al país ni a la juventud, porque a nadie ayuda vivir en un mundo de aparente consenso y compromiso.
La sociedad en que vivimos es muy positivista. Se tiene la sensación que lo único que interesa a nivel del derecho, por ejemplo, es aquello que es conforme a la ley, pero no lo que es conforme con la justicia lo cual refleja un grave problema. Es el caso de los derechos humanos, importa sólo lo que dice la ley. Pero como no se sanciona nada mientras no lo diga la ley, tampoco se puede decir nada hasta que ésta lo determine. La gente percibe entonces que hay una injusticia latente que hiere las relaciones individuales y colectivas. Ella percibe que los que cometieron delitos y los que son responsables de crímenes no les pasa nada.
Desde una perspectiva cristiana se observa algo similar Existe una cierta positividad que se acentúa desde un punto de vista pastoral, pero no se recurre al criterio fundamental que es el amor. La gente entonces no entiende, sabe que la Iglesia que en un momento difícil de la vida del país fue muy clara, valiente y tajante para defender los derechos humanos y las injusticias sociales. Pero en el transcurso del tiempo, la ve tan dogmática e intolerante frente a la crisis familiar, sobre todo en lo que dice relación al divorcio. De nuevo se trata de la legalidad frente a un problema más de fondo como es el amor. La actitud de Cristo en el evangelio, su comportamiento frente a la mujer adúltera fue muy diferente. Conforme a la ley había que apedrearla. Sin embargo dijo: "Mujer, nadie te ha condenado... Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más". [7] Pareciera ser, entonces, éste, un criterio hermeneútico de cómo deben vivirse las relaciones y miserias humanas. Es decir, un criterio basado en el amor, en el discernimiento de lo que es verdaderamente humano.
Frente al suicida la Iglesia tiene una praxis pastoral bien precisa. Por eso, en ciertos casos actúa con un criterio estrictamente legal, en cambio, hace prevalecer un criterio pastoral basado en la caridad, como Cristo en el evangelio, y entrega una atención religiosa evitando diferencias y discriminaciones poco humanas y cristianas. ¿No sería deseable que con igual espíritu pastoral se enfrentara el problema de las separaciones matrimoniales que, nadie las promueve, pero que están ahí porque son una trágica realidad?.
9. - La crisis de nuestra sociedad como del mundo contemporáneo se ha reflejado en todos estos acontecimientos que tratamos de dilucidar, pero también se expresan en las nuevas e insospechadas posibilidades que el mismo hombre se ha abierto a través del desarrollo científico y tecnológico. Porque, ciertamente, estamos inmersos en una gran mutación histórica y con ello en una profunda mutación cultural en la que la tecnología juega un gran rol.
El hombre puede hoy manipular genes humanos o de otras especies, lo cual le permite fabricar determinado tipo de animales. Y en el futuro se podrá también construir un determinado tipo de hombres o mujeres cuyas características pueden ser muy contradictorias. Todas estas son posibilidades fascinantes, pero pueden ser también monstruosas, porque el hombre siendo un ser admirable es también inesperado.
Todo esto provoca en el hombre y el mundo moderno desorientación y crisis, que puede ser tanto, a nivel en el individual como en plano colectivo, o de la sociedad. Y es esto lo que causa incertidumbre y pérdida del sentido. No sabemos a qué atenemos ni en quien confiar y lo que es peor no sabemos qué lenguaje emplear respecto a lo que es importante para nuestras vidas. Y este es el verdadero problema, cómo vivir en este horizonte en el cuál no existe posibilidad de tener un lenguaje que nos diga la verdad de lo que somos y hacemos.
Para los griegos, la política era el lugar en donde la palabra se intercambiaba, el espacio público, el ágora. Sin embargo, en el medio político, en particular, como también en el amplio medio social, hoy la palabra aparece un tanto prostituida: se habla de revolución allí donde no la hay, de socialismo que no es tal y de democracia y participación donde realmente no existe. Por lo tanto, la crisis política es también una crisis de lenguaje. Y el hombre es político porque es un ser de palabra. Y sí existe palabra es porque el hombre no puede dejar de representar sus deseos, sus aspiraciones, sus intereses.
10. - En este trasfondo cultural, humano y social, nos parece, que tenemos que pensar y reflexionar sobre esta praxis humana que es la política. Este esfuerzo teórico es necesario para poder fundar el coraje de la acción, que nos permita aclarar lo que es la política y especifique su identidad. Esta exigencia es también una reafirmación de la importancia de la acción política en la historia. Porque la política, en definitiva, es el esfuerzo del hombre por querer un mundo más humano, es decir, moral.
Lo que hoy nos debe preocupar no es sólo el progreso material del hombre, sino el desarrollo de lo más noble de su ser: sus valores éticos y morales, su dignidad como hombre o mujer, el pleno ejercicio de sus derechos. Sin olvidar las responsabilidades que cada cual tiene frente a las futuras generaciones como, también, el respeto al medio ambiente para hacer de este mundo la verdadera casa del hombre.
11. - Ahora bien, si se trata de repensar esta actividad humana que es la política hay que recordar que ella tiene su especificidad. Constituye el lugar en donde, las libertades se reencuentran para construir una sociedad (polis). En ella, los fines están inmediatamente presentes y se deciden. Por lo tanto, no se puede reducir la política a una perspectiva puramente técnica o lo que es peor a lo sólo económico. Eso significa que entre política y ética existe una relación mutua. Y es gracias a esta dimensión ética que la política constituye una interrogante para cada individuo.
La vida política, sin embargo, se refiere a dimensiones que son importantes para la vida humana y que están en conexión íntima con el destino del hombre. Ella se refiere a las formas concretas de la vida colectiva que van a decidir sobre la calidad de la vida. La vida política es posible porque el hombre vive en sociedad. Por esto se puede afirmar que ella es una dimensión de la existencia lo que implica que, en la vida política, de una u otra forma, se reflejan todos los otros aspectos de la vida.
Según la concepción clásica de la política, existe una estrecha relación entre la dimensión política y la dimensión ética de la existencia. La dimensión política está constituida por actividades que se refieren a la vida colectiva y que se organizan para realizar un orden de cosas propiamente humano.
En cambio, la ética es una dimensión de la existencia que se refiere a la realización de lo humano en el hombre. Más exactamente, es el trabajo mismo de la acción que se organiza en relación con lo que ella ve como exigencia para sí misma. Siendo el hombre un ser inacabado, mediante la acción, busca realizarse. Lo cual significa que él es responsable de sí mismo y es, a través de la acción, que decide de la calidad de su ser.
Por lo tanto, según la concepción clásica, la política, se ordena a la vida ética. Sin embargo, la política no decide sobre el contenido de la ética, como tampoco la participación en la vida política, decide sobre la calidad ética de la vida de los ciudadanos.
La vida política es un medio de realización de la ética, puesto que organiza la vida social de acuerdo con una inspiración ética. El orden ético posee una exigencia incondicional que está más allá de toda realización concreta. En ese sentido ella es exterior al orden político al cual juzga. Pero a su vez el orden político es muy importante porque se refiere a la vida colectiva, es decir, se refiere a las relaciones interhumanas. Y justamente, son a estas relaciones a las que se refiere la ética y frente a las cuales exige un comportamiento justo frente a las cosas, frente a sí mismo y a los demás.
La ética exige a la política que en toda relación los hombres sean tratados como un ser ético, es decir, como seres que tienen un fin para sí mismo y que no sean considerados como un medio. La misión ética de la política es lograr que las relaciones institucionales (que son la sustancia del orden político) lleguen a este nivel de exigencia.
Por lo tanto, la significación verdadera de la vida política es la de construir la vida colectiva conforme a esta exigencia ética. Se trata que en las relaciones humanas y en las instituciones concretas se construya una verdadera comunidad de reciprocidad en la que cada ciudadano reconozca en el otro a un ser que posee finalidad.
La exigencia ética en la vida colectiva se precisa mejor gracias a la idea de libertad que a partir de la modernidad ha sido la idea inspiradora del pensamiento político, aún cuando sujeto a variadas interpretaciones. [8]
Según esta idea el hombre es un ser ético y responsable de sí mismo porque en el centro de su ser existe este poder de decisión respecto de su propia acción. A través de esta decisión él se compromete. Este poder de decisión que es la libertad constituye la propiedad esencial del ser humano. Por lo tanto, se puede decir que la ética es la exigencia de realización de la libertad
La vocación del orden político es crear un espacio para la libertad extendiéndola, lo más que se pueda, a la vida colectiva y en medio de los fenómenos sociales que crea. Y el hombre es un ser complejo, el cual, mediante la acción, es también creador de fatalidad Pero él debiera organizar su libertad para que no sea creadora de la fatalidad como expresión de su libertad.
12. - Hoy, la moral comienza a ocupar un lugar privilegiado y la historia señala que ella encuentra su dinamismo en los períodos en que los valores de la tradición y las normas de la sociedad no se manifiestan claramente.
El gran desafío de la política de nuestra época es de tipo espiritual y moral. Ni el estado, ni un partido político deben definir, ni menos decretar lo que es verdadero, bueno y bello para el hombre. Así, sólo actúan los sistemas totalitarios. Pero tampoco el rol de los partidos políticos en la sociedad libre, puede ser una posición de neutralidad respecto de la moral, de los valores y del fin del hombre
Toda política responsable, debe tomar conciencia de la base ética para las decisiones que se refieren a la vida política, es decir, lo que se refiere a la dignidad del hombre y su plenitud humana, la libertad, justicia y de la solidaridad. Tales valores son para todos los individuos y no tan sólo para algunos, como así mismo, su obligación, es para el conjunto de la sociedad.
13. - Si el gran desafío de la política en nuestra época es de tipo moral, me parece que algo similar ocurre cuando nos referimos al carácter que debe tener el desarrollo para nuestros pueblos.
El desarrollo moderno nació ligado a una noción de progreso referido a su aspecto científico-técnico, el cual aparecía como expresión de la racionalidad, la que procuraba mediar para acceder a un mayor crecimiento, más productividad obtenida en menos tiempos y sin mayores costos.
Pero esta concepción de un progreso sin límites, ha hecho crisis si nos atenemos a sus consecuencias como son la irracionalidad del armamentismo, las guerras locales, los desequilibrios ecológicos, la pobreza no resuelta y, en el plano cultural-existencial, acompañado de una pérdida o vacío de sentido, o de una perspectiva que oriente el trabajo, el ocio o el compromiso político.
Desde esta perspectiva la visión ética del desarrollo debe encauzarse en una dimensión humanista, dando sentido a los más pobres, marginados, humillados en su dignidad y que de forma especial oriente el sentido del progreso cíentífico-técnico, sobre todo en el plano de la economía.
Esta es la tarea y el desafío que tenemos por delante, que debe concretizarse en diseños de políticas nacionales, dando también origen a estrategias de sobrevivencias del género humano y del plantea.
14. - El mundo contemporáneo muestra una mayor sensibilidad ética en todos los niveles de la vida y, por lo mismo exige, una visión ética de la política, porque desde ahí, el mundo actual, tiene que encarar los desafíos que el desarrollo político y social nos impone. La democracia es un valor ético, e implica principios que deben ser siempre perseguido. Principios tales como el de la igualdad, que además es un desafío porque de hecho vivimos en la desigualdad. Junto a este principio está también el de la diversidad que nos exige respetar las diferencias. Si la Igualdad elimina la diferencia, entonces aquella se acaba.
Otro principio de las democracias es el de la participación. A través de ella queremos construir nuestra libertad e igualdad. La solidaridad es otro valor y sobre ella debemos construir la democracia.
Finalmente, la libertad y tal vez el más importante puesto que ha sido la inspiradora de las grandes utopías humanas. Sobre estos principios debemos edificar nuestras grandes aspiraciones humanas, respecto a la política y el desarrollo social.
Pero además, la política a través de la democracia debe construir un desarrollo humano sobre la base que la ética oriente a la política y que ésta predomine sobre la economía. Toda pobreza es inaceptable como intolerable toda miseria, si somos iguales.
El desarrollo humano, si es el privilegio sólo de algunos individuos, simplemente no existe. Porque se trata que la humanidad entera, a todos los niveles de su existencia, pueda acceder a una mejor calidad de vida.
Nuestra responsabilidad es hacernos cargo del momento histórico que vivimos. Esto no es una cuestión fácil de dilucidar, porque no sabemos con certeza hacia qué nueva etapa de la historia humana caminamos. Por eso quisiera, sobre éste punto, compartir una reflexión de Octavio Paz, premio novel de literatura latinoamericano.
"Se produjo las ruinas de todas esas hipótesis filosóficas e históricas que pretendían conocer las leyes del desarrollo histórico. Sus creyentes, confiados en que eran dueños de las llaves de la historia, edificaron poderosos estados sobre pirámides de cadáveres. Esas orgullosas construcciones, destinadas en teoría a liberar a los hombres, se convirtieron muy pronto en cárceles
gigantescas. Hoy las hemos visto caer.- Le echaron abajo no los enemigos ideológicos, sino el cansancio y afán libertario de las nuevas generaciones. ¿Fin de las utopías? Más bien, fin de la historia como un fenómeno cuyo desarrollo se conoce de antemano. El determinismo histórico ha sido una costosa y sangrienta fantasía. La historia es imprevisible porque su agente, el hombre, es la indeterminación en persona".
Si he insistido sobre la perspectiva ética frente a la política y el desarrollo, es porque pienso que el nuevo orden político y económico que emerja desde ahora, deberá establecer nuevos principios y práctica tanto en el plano de las necesidades como de la libertad del hombre.
De nuestras capacidades y sabiduría para imaginar nuevas perspectivas de desarrollo y convivencia depende el mundo mejor que aspiramos para nosotros y la humanidad entera. La renovación política que se nos exige, deberá dar paso a una utopía de un mundo renovado desde el saber y la solidaridad, gracias a un nuevo espíritu y filosofía que inspire una nueva manera de pensar el mundo, la vida y la historia humana.
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[1] Este artículo se basa en el pensamiento del filósofo francés Eric Weil, en especial en su obra Philosophie Politique, Paris,Vrin,1950(4e.1974) y Philosophie morale, Paris,Vrin 1961 (2e.1969).
[2] E.Weil, Philosophie Politique, Paris, Vrin, 1971, p.11. citado por Weil.[3] ARISTOTELES, op., cit., p.1.
[4]
E.W., Philosophie Politique, p.8.
[6] E.Morin, Introduction á une politique de l’homme, Ed.du Seuil,Paris,p.9
[7] Sn. Jn.8, 10-11
[8] J.Ladriere, L’éthique dans l’univers de la rationalité, Catalyses-Fides,Québec,Canada,1997, pp.211-247.
Bibliografía:
ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco, Edición bilingüe
y traducción por M.Araujo y J.Marias,
I.E.P., Madrid, 1959.
LADRIERE,
Jean L’Éthique dans l’univers de la rationalité, Calyses-Fides, Québec,
Canada, 1997.
MORIN,
E. Introdution á une politique de
l’homme, E. Du Seuil, Paris, 1965.
WEIL,
E. Philosophie politique, Paris, Vrin,
1950 (4e.1974).
WEIL, E. Philosophie morale, Paris, Vrin, 1961 (2e. 1969).