Hijo de un rico comerciante de telas de la ciudad de Asís, en Italia, el jóven Francisco recibió una educación esmerada. Considerado cordial, alegre y competente en los negocios, el jóven era admirado por sus amigos, también hijos de ricos comerciantes de la región.
A poco de iniciarse en sendas de piedad y penitencia como hacían muchos en la edad media, se vio envuelto en litigio con su padre, que le demandó a causa de ello ante el obispo y le abandonó definitivamente, dejándolo desnudo en la calle. Se propuso entonces Francisco:
"en adelante sólo diré: ¡Padre Nuestro que estás en el Cielo!".
Poco tiempo después grande agitación conmovía la plaza del pueblo. Un desfile de pobres sorteaba abundante reparto: ¡todos los bienes de Bernardo! - rico negociante -, que, con Francisco ese día había resuelto abrazar el consejo evangélico:
"Si quieres ser un hombre logrado, da todo a los pobres. Tendrás un tesoro en el cielo, y entonces ven y sígueme".
Demasiado pronto ya eran doce los seguidores de "la Forma de Vida de los Apóstoles". El Crucificado, desde su estampa en desolada iglesita a las afueras de Asís, le encomendó - por sí mismo - una misión:
"Francisco, repara mi casa que amenaza ruina".
Entretanto, ninguno de ellos se afanaba por bienes materiales, en conformidad con Francisco que les amonestaba:
"Como las aves del cielo no tengo yo granero para guardar mi trigo". Y, "También a mi me vino antes la tentación de tener libros, pero me dijo el Evangelio: ¡ustedes ya conocen los secretos del Reino de Dios, es a los otros a quién todo se presenta en parábolas!".
Emprendieron viaje. Su fidelidad y devoción los impulsaba a peregrinar al santuario de Pedro, y a "¡informar al pontífice lo que el Espíritu comenzaba a obrar por medio de ellos!". El abrazo de éste sería el sello más preciado sobre su determinación a ser: "Caballeros de Dama Pobreza", como de su denominación evangélica, de: "Hermanos Menores", conforme la palabra: "Quién se haga menor ese es el más grande". La tonsura clerical sobre sus cabezas señalaría en adelante su ministerio de "predicar Penitencia".
"No lleven nada para el camino" les leyó en el Evangelio Francisco, y alivianados por la desnudes material fueron capaces de emprender audaces campañas misioneras, al frente de guerra de cruzados y musulmanes, como a los distintos rincones de Europa e Italia. Con extasiada emoción vivieron a diario la proximidad providente del Dios bien en toda cosa y criatura, teniendo a todas por ¡Hermanas!. Francisco, pronto, fue estimado como una celebridad religiosa nacional, mientras él se sentía arrastrado por el más sincero y profundo anhelo de ir persuadiendo a todos los hombres el drama del "Amor que no es amado", o a dar de una vez por él su propia sangre en el martirio, como prenda de fidelidad y entrega suma.
Fue ordenado diácono, mas como escuchase a Jesucristo: "El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo y cargue su cruz", diose de lleno a su imitación en penitencia y pobreza permanentes, hasta su muerte, desechando del todo poseer casa, señorío o privilegio alguno de los que apetece el común de los mortales. Enseñó a mantenerse en el llano y en la máxima sencillez de corazón, interponiendo incluso su voluntad ante el Papa para constreñir a los suyos a posiciones humildes en la Iglesia -para su mejor servicio-, en la huella de la pobreza y humildad de Cristo.
Fue tan sublime el arrobamiento de su espíritu a vista y recuerdo de Jesús crucificado, que apareció marcado con sus cinco llagas; que recibió en el monte Alvernia. Es por ello, nueva forma y modelo de vida en Cristo para los hombres, en que se afanó caminasen todos, y que particularmente consignó en su Regla para los Hermanos Menores, aprobada por el Papa. Mas, fustigado en su fervor por la vanalidad de éstos, dimitió su dirección, perseverando humilde y semi marginado en su fidelidad inquebrantable.
Rodeado de la más grande popularidad en Italia y numerosos países, siendo ya 15 mil los Hermanos Menores, aunque en medio de la más absoluta pobreza, tendido en el suelo de tosca celda, a los cuarenta y cuatro años, mientras oraba cantando se extinguió su acento, al momento que innumerables hermanas avecillas prolongaban su loor; y con el cuerpo llagado y desnudo y su espíritu definitivamente abismado en Dios, cual Jesucristo en el Calvario, sumiose en el infinito la noche del 3 de Octubre de 1226, atravesando los umbrales de la eternidad.
fray Oscar Castillo Barros, www.capuchinos.cl