Las
alteraciones del sueño en el niño, en general, se producen por falta de hábitos:
sus padres no le han enseñado a dormir. Se transforman en patología sólo
cuando son persistentes.
A dormir se aprende. Igual como se aprende a comer y a caminar. Un niño que no duerme es, en general, un niño que no tiene el hábito de hacerlo, porque ello requiere una cierta disciplina y conocimientos básicos.
La incidencia de alteraciones del sueño en la edad pediátrica es variable e incluso difícil de precisar, ya que factores como la edad, influencias sociales, culturales, familiares, y otros madurativos y enfermedades, modifican los patrones de sueño.
El miedo a objetos específicos y temor a acostarse ocurre aproximadamente en un 50 por ciento de los niños de entre cuatro y cinco años. Las pesadillas, hasta en un 50 por ciento de los niños de 10 años. Pero esto se hace patológico sólo cuando el problema persiste y altera el sueño y la convivencia familiar.
A diferencia del adulto, la mayor parte de los problemas del dormir en el niño son por falta de educación o desconocimiento en esta área, de los padres o familiares y de los profesionales de la salud.
Los recién nacidos duermen alrededor de 17,5 horas al día, en intervalos similares de duración. Tienen una continuidad entre el sueño nocturno y las diferentes siestas diurnas. Con el crecimiento y el desarrollo, el número de siestas disminuye y la longitud del sueño nocturno aumenta. La última siesta en suprimirse es la de la tarde, en el preescolar. Luego, el sueño tiende a ser monofásico y de una duración de siete a nueve horas.
Las alteraciones del sueño se dividen en dos grandes grupos: dissomnias o alteraciones en la cantidad, calidad o duración del dormir. Y parasomnias o fenómenos paranormales que ocurren durante el dormir
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