IV
EL CU4RTO PODER
Un peculiar análisis de la Televisión.
Autor
Lic. Javier Zocco
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La comunicación personal y la TV
La concepción del Cuarto Poder
Funciones del lenguaje en el discurso televisivo
La TV en el universo doméstico
El límite entre lo público y lo privado
Una de las series de TV con mayor rating es Los Simpsons. Refleja la convivencia de una familia de clase media donde la casa está invadida por un televisor que no se puede apagar, los ojos de los personajes parecen reventar por el shock nervioso que les produce la veloz sucesión de imágenes, un imprevisto desperfecto del televisor puede ocasionar la desesperación y locura de los pequeños de la familia, y lo que se disputa a la hora de cenar es el destino del televisor. Es ficción animada pero parece un espejo de la vida real. ¿Qué es entonces ese objeto de apariencia tan cuadrada e inocente cuando está apagado, y que puede convertirse en un fenómeno multiforme con un ligero roce del dedo sobre el control remoto?
Desde su inicio fue una especie de caja boba y llegó a ser difamada como la mala de la película. Desde diferentes puntos de vista políticos e ideológicos la televisión fue considerada como el elemento de integración social jamás conocido. También fue calificada como el producto más perverso y sofisticado de la industria cultural. Ahora la televisión es, según predican las teorías modernas parte de la era del vacío: su discurso carece de sentido. El medio televisivo estalló en mil fragmentos y lo mismo le pasó a la videocultura entretejida en él. Ya no es la TV de sus comienzos y entonces se la critica tanto por lo que es hoy como por lo que ha dejado de ser. Hoy la televisión es todo; lo más curioso, lo inimaginable y lo más extravagante tiene un lugar en la pantalla.
Tres décadas atrás, Umberto Eco con su libro Apocalípticos e Integrados dividía a los críticos de las comunicaciones en conservadores amargados y progresistas en tensión. Hoy se dice que han sido superados los debates entre apocalípticos e integrados y que han pasado los tiempos de una sobrevaloración ingenua de los efectos de la televisión. Pero la cosa no es tan sencilla. Ocurre que está tan integrada en la vida cotidiana que es muy difícil recordar que hace poco más de una generación no había televisión.
Pero lo que no se puede negar son las miles de horas que los televidentes pasan con su mirada dirigida al televisor. Resulta algo banal afirmar que la TV tiene una baja capacidad de modificación de las creencias y conductas de la audiencia. La magnitud de tales efectos está ahí, delante de las personas, tan incorporada en sus mentes que a veces no pueden percibirla.
La televisión no sólo ejerce un poder sino que aparece como un nuevo poder. Es un poder en expansión que de una forma peculiar se expande por todo el cuerpo social. Plantear la incidencia de la televisión en la sociedad en términos del poder que poseen unos sujetos sobre otros no es la única ni la más apropiada forma de abordar la cuestión. ¿Es tan complejo el poder de la TV que constituye además un juego de relaciones múltiples, móviles e inmanentes con el espectador? Este poder electrónico, además de tomar forma de poder tradicional en tanto "gobierna", "legisla" y "juzga", se constituye como un poder múltiple ya no con características negativas de delimitación o prohibición sino con una imagen positiva donde se crea un juego de relaciones dinámicas con el espectador.
El Cuarto Poder emplea un marco teórico unificador con el propósito de cuestionarse a la TV sin buscar respuestas categóricas. Se trata de concebirla como algo más que una mera fuente de influencia simplemente benéfica o maléfica sino como un medio inserto en los múltiples discursos de la vida cotidiana. Este trabajo es un enfoque sociológico y cultural de la televisión. Trata de comprender el papel que ésta desempeña y muestra que dicho papel debe entenderse más en su carácter de poder que en su carácter de medio de comunicación.
El Cuarto Poder es un estudio sobre el poder de la televisión, y a través del mismo se considera la gran importancia que ha adquirido en y para la vida cotidiana. Volver
Hoy la televisión es percibida como un medio natural, aunque desde luego no siempre haya sido así. La TV llegó a ser lo que es ocupando progresivamente espacios y tiempos particulares, y lo hizo de tal forma que para la mayoría sentarse cómodamente frente al televisor se convirtió en una adicción.
Pareciera que una vez que cualquier tecnología es introducida se vuelve el entorno de la conciencia del ser humano. Así la más predominante de las tecnologías es la que nos resulta más invisible.
La televisión no sólo se convierte en el medio ambiente externo sino que también se proyecta hacia el interior de los televidentes. De tan integrada que la televisión está en la vida cotidiana parece tan natural como la vida misma. La experiencia de la TV es como la experiencia del mundo: no se espera ni se imagina que pudiera ser significativamente diferente. Ahora bien, ¿cómo logró la televisión penetrar tan profunda e íntimamente en el tejido de la vida diaria hasta convertirse en una adicción?
Mirar televisión, hablar y leer sobre ella se ajustan a un horario: es el resultado de una atención consciente o inconsciente. La televisión acompaña a su público cuando se levanta, toma el desayuno, almuerza o va a un bar; lo reconforta cuando está solo, lo ayuda a dormir, le brinda placer, lo aburre, y a veces lo cuestiona; le da la oportunidad de ser sociable y también solitario. El televidente con regularidad se queja de ella pero de todos modos la mira.
La integración de la TV en la vida diaria es múltiple. Su significación emocional como perturbadora y a la vez confortadora, su significación cognitiva como informadora, su significación temporal y espacial, incorporada a las rutinas de la vida, su visibilidad, no sólo como objeto (la caja que está en el rincón) sino en gran cantidad de textos que hablan de ella, su impacto recordado y olvidado, etc. Esta integración es rotunda y primordial. La televisión sobrevive a todos los esfuerzos por destruirla, está en constante fluir, y el hecho que el televidente la apague por ira, frustración o aburrimiento no la destruye. Los sujetos pueden volver a encenderla y eso demuestra que es invulnerable y confiable. Toda crítica y observación que se le haga a los contenidos de la televisión; todo rechazo y toda aprobación de sus mensajes están basados en ese nivel de aceptación y confianza.
La televisión parece ser eterna. Esta presencia permanente no tiene que ver simplemente con su capacidad de tecnología sino que también posee la capacidad de generar un grado de "dependencia", "seguridad" y "apego", por lo que se constituye también como un medio potencialmente "adictivo". Y este apego está determinado por sus horarios, géneros y narrativas.
La televisión es un fenómeno cíclico. Sus programas se disponen en diversos horarios siguiendo la regularidad que dicta el consumo. Los informes meteorológicos y los noticieros tal vez sean los programas que más participen en esta planificación. Los informes sobre el estado del tiempo son los programas vistos con mayor regularidad porque brindan cierta tranquilidad (incluso cuando se anuncia mal tiempo) y por la capacidad de dominar y convencer al televidente de que al día siguiente todo va a estar bien. Pero el género de los noticieros es el que permite ver más claramente que ningún otro la articulación de angustia y seguridad, y la creación de confianza que determina que la televisión se constituya como un objeto que despierta diferentes estados en el televidente. En este sentido el noticiero es adictivo porque es especial para transmitir la amenaza, el riesgo y el peligro, pero también es esencial para que el espectador pueda crear y mantener su seguridad.
Ahora bien, la televisión crea adicción en el televidente pero: ¿qué mecanismos utiliza este medio para que el público se sienta realmente atraído por la pantalla?
Hay varios elementos. Por un lado al aparecer la imagen corporal y desprender la mirada de la letra escrita se puede pensar en una fascinación que tiene que ver con el goce en la mirada. Todo lo visual se halla ligado al goce de las personas, y la pantalla de televisión ofrece un juego de apariencias, de imágenes y de rostros que pueden cruzarse con otras formas visuales. El goce en la mirada es uno de los motivos por los cuales aún los programas malos pueden ser atractivos. Por otro lado está el hecho de que a veces algunos programas son buenos y simplemente gustan.
Otro elemento clave en la atracción televisiva surge de la transmisión en directo. El hecho de estar en contacto permanente con la realidad pareciera darle una ventaja diferencial a la TV con respecto a otros medios. La pantalla encendida es la garantía de que cualquier variación de acontecimientos será registrada inmediatamente como en un sismógrafo. La presunción del "siempre presente" y del "siempre real" es tan intensa que llega a disminuir o excluir otras necesidades de participación social. Esto explica la tendencia de pedírselo todo a la televisión. Esta intensidad se relaciona con la idea de "ver todo" a través de la pantalla ya que nunca hasta la aparición de la TV el planeta había sido tan pequeño. Y además esta visión tan expandida crea una sensación de manejo y de control en las personas que ven televisión. La información que se recibe a través de ella es parte de la cultura y ubica al televidente en tiempo y en espacio.
A diferencia de otras generaciones en las que casi todo lo que se veía era concreto y confiable (no procesado ni alterado por otros seres humanos) hoy la información ya no permite fiarse tanto como antes. El entorno mismo ha sido reconstruido en una forma arbitraria y abstracta; los sentidos humanos ya no reaccionan ante la información que llega directamente desde la fuente sino que se reacciona frente a información procesada. Las propias imágenes televisivas pueden ser alteradas y lo son: recortadas, arrancadas de contexto, seleccionadas, censuradas, recreadas, aceleradas, frenadas e interrumpidas por otras imágenes. La televisión pasa de ser espejo de la realidad a productora de la realidad, y al ser la televisión portadora de hechos y enunciados que pueden ser verdad o no, se evidencia que es un medio "autorreferente": ella habla de sí misma. Ya no importa lo que se diga en la pantalla; no importa la veracidad de las respuestas que dan los concursantes de programas de entretenimientos, si son verdaderas o erróneas, sino que lo que vale y que sí es cierto es el acto de enunciación: el presentador está allí.
La familiaridad de la televisión con su público y la proximidad imaginaria que el público establece con ella se da por un recurso que ofrece una garantía de transparencia: la autorreflexividad. Es la forma en que la televisión interioriza a su público mostrándole cómo se hace para hacer televisión. Los programas periodísticos más serios incluyen mediciones de rating del propio programa mirándose a sí mismos en el espejo de las elecciones del público. Los animadores no vacilan en mencionar sus dificultades, los tropiezos o los hechos que tienen lugar detrás de cámara. Los artistas invitados a los shows y sus presentadores se refieren a los momentos previos a la emisión poniendo de manifiesto las condiciones de producción de lo que enseguida va a verse. A nadie le importa demasiado que se noten los reflectores o los micrófonos en medio de un clima donde la improvisación de la puesta en escena se une a la legitimidad con la que se beneficia lo autorreflexivo.
La televisión se cuenta sola y al contarse es sincera. Posiblemente este sea uno de los milagros de la televisión de los últimos años: un realismo que asegura la presencia de la vida en pantalla, y la televisión utiliza procedimientos discursivos para que la vida sea "atractiva" y no simplemente "insulsa" y "banal". Además la televisión quiere al televidente a su lado. A diferencia del cine que necesita de la oscuridad, la distancia, el silencio y la concentración atenta, la televisión no necesita ninguna de estas situaciones.
De todos los discursos que circulan en una sociedad, el de la televisión produce el efecto de mayor familiaridad: el aura televisiva no vive de la distancia sino de mitos cotidianos. Hay un solo modo de aprender televisión: viéndola. Y es preciso concernir que este aprendizaje es barato. Volver
La televisión tiene una manera muy particular de hacer visibles las imágenes, de informar y de comunicarse con su público. La vista es uno de los principales sentidos porque con él el sujeto se constituye en espectador propiamente dicho y nada mejor que la mirada para sustentar una relación con otro cuerpo del que se carece. Si las imágenes fueran totalmente transparentes; si fueran expuestas "en bruto" perderían asombro y no producirían intriga ni misterio. Dados los criterios de beneficio y competencia que mantienen hoy los canales, la televisión se ha convertido en una fábrica de espectáculos. El espectáculo aparece as¡ como una operación de seducción.
Pero la seducción es a su vez el ejercicio de un determinado poder: el poder sobre el deseo del otro.
He aquí la necesidad del espectador de sentirse atraído por la pantalla y de sentir deseos de ver algo diferente cada día. Este es el "poder" sobre el deseo del otro. Y aquí surge la causa de que en televisión todo deba generar un espectáculo, ya que si todo fuera tal como es, en realidad la pantalla no produciría deseos en el otro y por lo tanto nadie tendría voluntad de ver televisión. El propósito principal de la televisión es ser deseado por el otro, por el público, y esta es una relación de poder. Y si todo espectáculo instituye una relación de poder, el poder es generador de espectáculos.
La potencia "espectacular" que tiene la TV hace que el espectador se sienta atraído inconscientemente sin saber por qué‚ la está mirando. A veces el televidente se encuentra viendo un informativo, y por momentos no sabe si está viendo las noticias del mundo por el carácter de ser humano que posee y que lo hace partícipe de la realidad o por sentirse atraído por las imágenes luminosas y coloridas e inundadas con miles de efectos visuales y sonoros utilizados para presentar la noticia. Esto se apoya en la forma en que se ve televisión porque el consumo televisivo gira en torno a un deseo visual. La mirada en cuanto soporte esencial de esta relación adquiere un carácter seductor y destructivo: el individuo está frente a la pantalla para mirar, mirar y mirar, e intenta apropiarse de lo que la televisión le muestra. Tal es el juego al que la mirada se entrega: ser amado y amar. Un ojo a veces enternecido y otras veces destructor: tales son las pasiones de la mirada que caracterizan la relación con la televisión. Volver
La comunicación personal y la TV
Todas las formas de comunicación ejercen influencia sobre lo que las personas son y sobre lo que desean ser e incluso lo configuran. Pero las formas de comunicación que más invaden son los medios de masas, en especial la televisión, razón por la cual es blanco de muchas críticas. La queja más generalizada por parte de los televidentes es que la TV no refleja con exactitud sus vidas, que degrada el gusto de las personas y que los estimula a hacer cosas que de otro modo no tomarían en consideración. Esta actitud apocalíptica ha restringido el desarrollo de un clima crítico. Además la televisión parece ser condenada por lo que no es antes que por lo que es o por lo que podría llegar a ser, de modo que se la comienza a ver como una intrusa en la cultura.
El resultado es un público que no respeta a la televisión como respeta a los libros. Como es poco o nulo el desacuerdo que existe entre los integrantes del público en cuanto a los atributos negativos de la televisión, también es poca o nula la necesidad de desarrollar refutaciones. De manera que el público no es crítico y como tal queda librado a la merced de quienes quieran manipularlo. Uno de los motivos de la adicción a la televisión es que el espectador ha eludido su responsabilidad mediante una "aceptación acrítica".
Por otra parte la televisión rara vez exige del espectador respuestas inmediatas. Si a éste le disgusta lo que está viendo, su interacción con el medio televisivo puede terminarse sin que nadie se entere. En este sentido la relación que se da con la TV tiene más posibilidades de opción que una relación interpersonal, y aún en su interacción con la pantalla el público está optando y no necesita excusas para abandonarla; a veces basta con alejarse. De esto se deduce que debido a la aparente libertad que se establece para abandonar la relación con el televisor, la mayoría de los espectadores opta por mantener esa relación como si lo hiciera para satisfacer necesidades varias. La televisión puede proporcionar placer a quien está abrumado por el trabajo, conocimientos inaccesibles por otros medios al curioso o simple diversión. Además es menos exigente que un amigo cualquiera pero más accesible. ¿Es de extrañar entonces que tanta gente sea adicta a la televisión? Por el contrario debería sorprender que se apartaran de ella.
La falta de demanda de una respuesta inmediata por parte del público no indica de ningún modo que no se produzca en él una reacción. Aquí cabe señalar que en una comunicación interpersonal se requiere que los intercomunicadores se comprometan verbalmente o no en alguna posición. ¿Qué sucede entonces con los televidentes que saben que no se les exigirá una respuesta explícita? Son el público más vulnerable a la influencia de la TV, y por consiguiente son adictos a ella. Pero como toda relación de poder, la adicción se debe también a la actuación del público, tema que se tratará más adelante.
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Hay que considerar en la adicción televisiva también al espectador porque las deficiencias de los medios de comunicación de masas están al menos en parte en función de las deficiencias de las masas.
Uno de los motivos por el cual la televisión ha creado una manía por parte del público, se debe a la programación que ella presenta. La televisión que predomina hoy es casi opuesta a la de sus comienzos y tiene que ver con la relación del medio con la sociedad. Desde siempre la relación sociedad-cultura ha sido como un espejo, o sea una es la imagen de la otra y viceversa. La televisión es lo mismo: refleja a su público y se refleja en su público. Si la televisión está hecha a medida de la sociedad y refleja sus fallas y excelencias es posible entonces conocer los valores de la sociedad a través de la programación televisiva.
Hoy los valores sociales se han vuelto en torno a la estética. Si los valores son ser joven, hermoso y delgado, entonces la tensión se produce sobre la deformidad. As¡, lo "grotesco" aparece cuando la estética es el valor fundamental y surge una televisión que se caracteriza por ser de consumo inmediato, de usar y tirar o más bien una "televisión residual".
Un ejemplo son los programas en los que personajes de la vida real cuentan o muestran sus costados débiles, patéticos y miserables. Gustan porque le sirven al televidente como punto de referencia; si lo que le sucede al personaje en cuestión es mejor que lo que le pasa al que lo ve, éste se identifica, y si es peor se alegra de no estar tan mal. La aceptación de estos programas se debe principalmente a que no son ficción, son la realidad y los personajes que se ven son personas que tienen una historia y no están actuando. He aquí una paradoja: toda la sociedad reivindica su intimidad y su vida privada pero muchos están dispuestos a exponerla en público. Cuanto más se convierte el "individualismo" en un valor consagrado más se torna la intimidad un asunto público, y es lo que da más "rating".
La tendencia a buscar el "circo" en televisión ha vuelto con deformidades humanas y con historias personales en las que hay mucha destrucción moral y física porque todo lo que sea mirar por el agujero de la cerradura es muy atractivo cuando la competencia es muy grande. Y as¡ se incrementa aún más la adicción televisiva debido a que nadie quiere ver en la pantalla a una persona que parezca "normal", similar al propio televidente, sino todo lo contrario. Pero el problema de la televisión circense no es lo que se muestra sino qué es lo que después se hace con eso, ya que lo único que interesa es atraer a un consumidor, ni siquiera a un espectador. Entonces se busca al televidente utilizando todos los recursos posibles, y si se hace algo morboso mejor. Este es el resultado de una TV "autorreferente" y "narcisista" que a veces se olvida de las personas que tan insistentemente la miran del otro lado de la pantalla.
La televisión es sólo la mitad de las razones de los problemas que aparenta crear. El público que la ve es la otra mitad. Volver
La televisión parece ser uno de los procesos de influencia social que suele vincularse con las explicaciones de causa y efecto. El intentar explicar los efectos en la familia, los amigos, la escuela u otros aspectos interpersonales del proceso de socialización, parece complicarse con el hecho de que estas experiencias son personales y variables. Además el televidente ve simultáneamente televisión a lo largo y a lo ancho del país convirtiéndose en una de las pocas fuentes de experiencia común.
El primer paso en este proceso consiste en reconocer la diferencia entre el efecto y la influencia. El efecto se refiere a la respuesta del público y la influencia al ejercicio del poder. Como la intención de este trabajo se refiere al "poder de la TV", el análisis se centrará en el ejercicio intencional del poder.
El porqué de los efectos de la televisión reside en el descubrimiento de la motivación del público para cooperar activamente. El que pretenda ser un emisor influyente debe tener ciertos recursos relevantes para las necesidades del receptor, y para que la influencia surta efecto, el receptor debe actuar activamente.
Un televidente puede ser activo en la relación con la pantalla por la razón de que una conducta satisfaga las necesidades de aprobación social (el hecho de aceptar lo que se ve en televisión produce un efecto social satisfactorio), el anclaje en las relaciones sociales (el hecho de que el público vea televisión para participar de una relación) y la coherencia de valores (el hecho de que el televidente perciba en la pantalla algo integrado en su particular concepción del mundo). En este sentido, cabe decir que existe una relación de "poder" entre la televisión y el televidente.
La TV crea este tipo de relación con su público y le suministra la información que facilita su aceptación social: el contenido de un programa puede enseñarle a la gente como desempeñar roles que les permitan entablar relaciones satisfactorias con los demás, y la televisión al mismo tiempo puede enseñarles no sólo qué valorar sino también cuándo y cómo desplazar los valores para hacerlos coherentes con los valores vigentes en una sociedad. De modo que el rol de la TV es el de modificar y crear necesidades tanto como proporcionar los medios por los cuales cabe acceder a esos objetivos. Los esfuerzos por ejercer influencia en la conducta de otra persona deben dirigirse o bien a modificar las necesidades (y los objetivos) o bien a cambiar la estructura motivacional de una persona en cuanto a cuáles actividades conducen a cuáles fines.
El espectador es parte de la responsabilidad del poder influyente de la pantalla. Aunque la televisión ejerza el poder de dar forma a la vida sólo lo hace si las personas perciben que lo que ella propone es acorde con sus estructuras motivacionales. Esto no significa que la televisión no pueda crear necesidades, por el contrario es probable que lo haga muy a menudo. Sin embargo lo hace en la medida en que el televidente opte por entablar una relación con ella.
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La concepción del cuarto poder
Por lo analizado hasta aquí se puede pensar que la televisión desde su inicio en Argentina ha cambiado enormemente, porque además de comunicar, informar y entretener se ha convertido en un medio que ejerce una fuerte influencia sobre el sujeto contemporáneo. Pero dada la "gran adicción" de los televidentes hacia ella, tal influencia se traduce en términos de "poder".
Ahora bien, ¿qué es lo primero que viene a la mente cuando se habla de poder? ¿Clase dominante? ¿Gobernar, dirigir, administrar? Pocas palabras son utilizadas tan frecuentemente y con tan escasa necesidad de reflexionar sobre su significado como el "poder". Y son pocas las conversaciones en que no se introducen alusiones al poder. El diccionario de la Real Academia Española define el término "poder" como la "suprema potestad rectora y coactiva del Estado". Según esta definición el poder debería entenderse como "poder del Estado" en tanto gobierna, legisla y juzga. Pero, ¿qué es en realidad el poder?
El "poder" considerado en su concepto más general, no referido a ningún contenido concreto constituye uno de los elementos más importantes del accionar de la comunidad. Si bien no todo accionar de la sociedad muestra una estructura de poder, el poder ocupa un puesto relevante en el cuerpo social. De los presidentes o primeros ministros se dice que lo tienen o que carecen de él en la medida adecuada; de otros políticos se piensa que están ganando o perdiendo poder; de las corporaciones se afirma que son poderosas. En fin, todos los campos del accionar de la sociedad parecen estar influidos de manera muy profunda por formaciones de poder. En el fondo no existe un "poder", sino varios poderes. "Poderes" quiere decir formas de dominación, formas de sujeción que operan localmente: en una oficina, en el ejército o en una propiedad donde existen relaciones serviles. Se trata siempre de formas locales de poder que poseen su propia modalidad de funcionamiento, procedimiento y técnica. Todas estas formas de poder son heterogéneas.
Al respecto del accionar del poder, Michel Foucault expresa:
"Omnipresencia del poder: no porque tenga el privilegio de reagruparlo todo bajo su invencible unidad, sino porque se está produciendo a cada instante, en todos los puntos, o más bien en toda relación de un punto a otro. El poder está en todas partes, no es que lo englobe todo, sino que viene de todas partes".2
El poder está presente en los mecanismos más sutiles del intercambio social, no sólo en la política, las clases y los grupos, sino también en la moda, la opinión pública, los juegos, el deporte, las relaciones familiares y privadas. ¿Por qué no pensar un "poder electrónico" que gobierne, legisle y juzgue? Habría que plantearse qué mecanismos justifican este poder; qué cosas hace o dice la televisión para ejercer eso tan enigmático que se llama "poder". Pero la televisión no es dueña del poder. Nadie, hablando con propiedad es su titular, y sin embargo este poder se ejerce. Entonces por un lado: la televisión y por el otro: el espectador. Y entre ellos ese juego; ese "ejercicio del poder" múltiple y cambiante que teje lazos invisibles.
En los próximos apartados se analizará a la televisión en términos de un poder de estructura tradicional en tanto "gobierna", "legisla" y "administra justicia". El análisis del poder de la televisión se afronta con una pregunta clave: ¿es preciso afirmar que la autoridad, la ley y la justicia ocupan un lugar en la televisión? ¿existe un cuarto poder?
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¿Qué es lo que ha quedado del televidente luego de integrar la TV a su vida?
"Desposeído de su cuerpo, enfrentado, por ello mismo a la caricatura de su deseo, invadido por un universo inmediatamente accesible pero sistemáticamente fragmentado (...) desposeído de toda intimidad, huérfano de ritos (...) es un espectador desintegrado - como están fragmentados los mensajes que recibe -, vacío - como está vacío el lugar del sujeto de la enunciación en el discurso que le habla; un espectador, en suma sometido a una posición psicótica".2
As¡ describe Jesús González Requena al sujeto que un día encendió un televisor y se convirtió en espectador. Pero si la televisión hace un televidente desdibujado, privado de intimidad; si hipnotiza y transforma a las personas en "zombies" con controles en las manos, habría que pensar que se está en un área apropiada para hacer un análisis reflexivo y crítico. A decir verdad alguien debería llamar a la policía.
La mayoría de la gente se da cuenta perfectamente de los efectos que produce ver televisión pero se queda de lo más tranquila por aquello de que el problema está en la programación y que es inútil intentar cambiarla en ningún sentido. Sin embargo al televidente se le han adjudicado distintos diagnósticos acerca de la gravedad de su estado: manipulado, alienado, idiotizado y alucinado. Estas afirmaciones se deben a que el televidente parece recibir en forma transparente y confiable toda la información que obtiene del televisor.
La televisión tiende indiscutiblemente a ser el centro de gravedad de la vida cotidiana de las personas. ¿Es posible que un medio de comunicación concebido para informar, entretener y comunicar a la sociedad se haya convertido en un instrumento de dominio y manipulación? ¿Tiene la televisión la facultad de administrar, gobernar y conducir la vida de las personas? En los próximos apartados se analizarán los mecanismos que la TV utiliza para crear una relación de autoridad con los televidentes.
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Funciones del lenguaje en el discurso televisivo
Roman Jakobson en su libro Ensayos de Lingüística General propone una clasificación de las funciones del lenguaje en la que cada una de ellas corresponde a cada uno de los elementos del modelo comunicativo. Las funciones, indica Jakobson no se dan solas. Lo importante es que en cada caso hay "una función predominante" y las otras quedan subordinadas a ella. En el arte la función primordial es la poética, en el periodismo es la referencial, ¿y en la televisión? De hecho las marcas que permiten inscribir en el discurso televisivo las figuras del enunciador y del enunciatario, determinan la actuación de las funciones expresiva y conativa donde hay una institución televisiva que toma la palabra y un destinatario interpelado sistemáticamente como receptor del conjunto de los programas emitidos.
La constante actuación de ambas funciones se halla combinada de manera sistemática con una "tercera función" reactualizada en las emisiones televisivas. Es la función fática cuya tarea estriba en la explicitación del contacto comunicativo mismo. No es casualidad que esta función constituya una característica relevante en televisión dado el juego de seducción de imágenes que la pantalla emite.
El análisis del discurso televisivo permite constatar la abundancia de las marcas del enunciador y del enunciatario, y sólo la constatación del predominio de la función fática permite rendir cuenta de la intensa y esencial presencia de las dos figuras que inscriben el juego de la enunciación televisiva. Mientras el ejercicio de la función expresiva, de la conativa o de ambas simultáneamente presume una fuerte información en el discurso televisivo sobre la figura que habla sobre la que recibe, la función fática en cambio es de entre todas las funciones del lenguaje (con excepción de la poética) la de contenido informativo más pobre. Su código es el más simple: ver o no televisión. La preeminencia de esta función conduce a una insistencia redundante en la afirmación del contacto establecido. Entonces, la acentuación de las marcas del enunciador y del enunciatario sometidas a la primacía de la función fática: yo estoy aquí para t¡, tiende a hacer desaparecer ese perfil de "emisor y receptor", reconociendo tan sólo un contacto insistente de dos sujetos unidos en un ámbito especular. La actuación dominante de la función fática en la televisión conduce necesariamente a un paso a primer plano del contexto "espectacular", dejando en segundo plano al contexto "referencial".
En fin, se puede afirmar que no importa lo que la TV emita; lo relevante en este proceso comunicativo es establecer, prolongar e ininterrumpir la comunicación para cerciorarse de que el canal de comunicación funciona. Esta es una manera de responder a la televisión ya no por sus contenidos, sino como un aparato que atrae insistentemente la mirada de las personas.
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Con la información presentada a través de dos modalidades sensoriales, con ausencia de un contexto y con un vacío total de contenidos, la televisión logra que una persona permanezca sentada frente a ella varias horas por día. Es muy curioso escuchar en los televidentes opiniones como: "la televisión me aburre pero me atrapa...no me gusta lo que veo pero sigo viéndola de todas maneras."
La TV no emite nada nuevo y lo único que se modifican en ella son las historias narradas pero los géneros televisivos son siempre los mismos. La característica adictiva de la televisión puede esclarecer el panorama porque el hecho de que el aburrido espectador se mantenga firme frente a la pantalla se debe en parte a que su entorno cotidiano no le ofrece mucho en cuanto a estimulación. La televisión ofrece una experiencia que no es individual y es totalmente repetitiva. Pero en este entorno aburrido la televisión despierta la idea de que algo excitante está por suceder, atrayendo entonces la mirada del público. Por otro, la televisión juega constantemente con la imagen y el sonido, y emite contenidos que están excluídos de la vida corriente y son calificados como excepcionales. Estas dos prácticas se combinan para llamar poderosamente la atención de la gente.
Cuando se ve TV se reciben imágenes que no serían posibles en la vida real. Esto en sí mismo ya hace que la pantalla estimule al espectador aún cuando el contenido no sea de su agrado. Por ejemplo, la cámara puede seguir al personaje, rodearlo, alzarse por encima de él, la imagen puede cambiar de tamaño o desvanecerse, pueden aparecer palabras sobre las imágenes, dos o tres imágenes pueden verse simultáneamente, etc. Ninguno de estos efectos puede suceder en la vida real "no mediatizada". Cuando un individuo que lee levanta su mirada del texto, la habitación que ve no se convierte en otra habitación ni salta a otra época, ni tampoco puede su habitación dar vueltas alrededor de él.
A través de estos sucesos técnicos las imágenes televisivas, además de alterar lo usual y las posibilidades de la vida natural, adquieren características de un hecho destacado y excepcional. La atención del televidente es estimulada como si estuviera frente a algo nuevo a punto de suceder. Pero no sucede nada insólito. Lo que ocurre es que el espectador está viendo televisión y es la misma cosa que posiblemente hizo ayer o hace una hora.
En fin, el espectador parece estar atrapado por un conjunto de entornos desdibujados sumados a una espectacularización artificial que hacen que a éste le resulte cada vez más difícil retirar la mirada de la pantalla.
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La TV en el universo doméstico
La introducción del espectáculo televisivo en el ámbito doméstico ha generado una serie de transformaciones en la conformación hogareña. El reconocimiento del aparato de televisión en los espacios domésticos clave tales como: sala de estar, cocina, dormitorio, ha alterado la disposición del mobiliario que pasa a depender en una medida considerable de su adaptación a la "contemplación televisiva", y ya no de la propia articulación de los integrantes de la familia. Sin la presencia del televisor la conformación hogareña constituye la articulación de la comunicación entre los integrantes del grupo familiar que se encuentran dispuestos a hacer un intercambio comunicativo. Esta constitución hogareña ordena la comunicación familiar y garantiza la intimidad del universo doméstico. Con la presencia de la TV la comunicación familiar se ve esencialmente entreverada; la familia está enfrentada a un centro: el televisor.
Ahora bien, ¿cuáles son los efectos de esta redistribución hogareña? Desaparecen los ámbitos comunicativos circulares estableciéndose en la comunicación familiar una fuerte tensión absorvente que apunta hacia un eje constituido por la pantalla. Esta redistribución del hogar niega el tradicional carácter de intimidad o privacidad para abrirlo a un espacio público. Esto no significa que las personas enmudezcan instantáneamente al encender el televisor porque el espectáculo televisivo por su propio carácter fragmentado y redundante no exige una contemplación excluyente, pero la comunicación se ve fracturada con respecto al nuevo eje dominante de la familia. Además la atención tiende a dirigirse automáticamente hacia el televisor donde más intensamente se renueva la estimulación visual. Los sujetos atienden simultáneamente a dos fuentes de comunicación heterogéneas, y sus miradas mientras hablan o escuchan a su interlocutor se escapan incesantemente hacia el televisor.
La "invasión" de un determinado tipo de discurso público en el hogar provoca la aparición de un ámbito público familiarizado. La televisión vacía las esferas familiar y pública y las reemplaza por una nueva atmósfera familiar que ya no es solo privada sino que se encuentra invadida por el discurso público que ella aporta. El espectáculo televisivo se inserta as¡ en las costumbres familiares hasta llegar a casos extremos, como llegar a constituirse como un elemento necesario de estas relaciones. ¿Qué ocurriría si el televisor se descompone en medio de un encuentro familiar? Sin duda, una densa incomodidad. Una silenciosa pero tensa angustia invadiría la reunión. En fin, cuando se enciende el televisor la comunicación familiar tiende a desaparecer; ¿no significa la introducción de una autoridad en la familia? Este es el resultado de la "cotidianización" del espectáculo. La TV se introduce en los espacios domésticos incorporando desviaciones en la comunicación familiar, y sobre todo abortando todo espacio de intimidad incluso los más sagrados.
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A las cuestiones planteadas hasta aquí sobre la introducción de la televisión al hogar se suma la relevancia que le adjudica la familia a ella. Podría decirse que la idea de que la TV interfiere en las relaciones familiares comienza a ser diminuta en comparación con la idea de la TV como foco de las actividades y también como un recurso familiar.
Roger Silverstone señala al respecto:
"Desde el punto de la familia cualquier examen sobre la televisión arrancará de su posición en un ambiente social gobernado por reglas donde la TV tiene a su cargo diversas funciones para la familia".3
La televisión puede ser y es utilizada como compañía, forma de evasión mediadora y señaladora de las fronteras individuales dentro de la familia, referente para programar otras actividades, como instrumento de recompensa o castigo, elemento de negociación, espacio de encuentro familiar, relleno de tiempos vacíos, medio de distracción, para que la mujer no le hable más al marido o viceversa, etc. Se ve en el uso que de ella se hace un instrumento que permite comprender la interacción familiar. Pero sobre todo se le atribuye a la familia un papel mediador más potente que en otro caso y sus deseos conscientes o inconscientes cumplen un rol importante en el modo en que se utiliza a la TV.
La televisión se interpela como un instrumento de fondo de la vida de todos los días, tal como ésta revive y se experimenta de modo tal que se la emplea como un objeto para afrontar los problemas cotidianos inmediatos o mediatos.
Cuando la familia compra un aparato de televisión no sólo adquiere un medio de información y entretenimiento, sino que le otorga el lugar de un nuevo integrante familiar. El aparato es ubicado por la familia en el lugar donde hasta ese momento se ubicaba el dueño de la casa. Todos giran y se acomodan alrededor de este nuevo "guía electrónico". La familia ubica además a su alrededor un flamante medio ambiente, ya que repetidas veces el aparato queda encendido como un fondo que brinda de modo continuo sus sonidos. Los demás integrantes de la familia que siguen haciendo sus tareas eluden sentirse solos y logran tener una sensación de lleno y de presencia constante. Prueba de ello es el predominio de canales de música como MTV. La televisión se ha constitu¡do en consecuencia en un discurso ambiente; es circular, sugestivo y emotivo más que interpretativo. Muchas personas adultas mantienen con la televisión el vínculo que los chicos pequeños tienen con sus madres. Necesitan que esté cerca aunque no haga nada con ellos. La televisión opera as¡ como una red que mantiene unidas a las personas de la familia aún cuando cada uno está en lo suyo.
As¡, en un sentido metafórico la televisión es un miembro más de la familia, en la medida en que se la ha incorporado a la pauta cotidiana de relaciones sociales domésticas, y además constituye el foco de cierta energía emocional o cognitiva que libera o contiene tensiones.
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"Poder" y "autoridad" son dos vocablos que pueden traer confusiones. La diferencia importante entre poder y autoridad consiste en el hecho de que mientras el poder está esencialmente vinculado con la personalidad de los individuos, la autoridad es inherente a las posiciones y a los roles sociales.
Se puede decir que mientras el poder es simplemente una relación de hecho, la autoridad es una relación legítima de dominio. En este sentido la autoridad podría ser definida como un poder legítimo. En la relación de autoridad de la televisión se produce también una relación de superioridad porque si la comunicación televisiva está vacía, y el receptor se encuentra frente a la pantalla sólo para prolongar la comunicación, la TV se constituye como un aparato "superior". Si el televidente cumple la función de establecer una comunicación carente de sentido y la televisión la de verificar simplemente que el canal de comunicación funcione, ¿no se trata de una relación de superioridad por parte de la televisión? ¿Pero qué significa que la televisión se constituya como un aparato "superior"?
En el concepto de autoridad se subraya también el papel que cumple el fundamento sobre el cual se asienta esta relación en donde lo más importante no es la posición que ocupa la TV como portadora de autoridad sino el criterio que subyace para acatar ese poder legítimo. La base de sustentación de esta autoridad mediática puede ser la creencia en las normas o en la tradición de ver televisión, en el carisma, en el conocimiento, en la magia o en la ideología que ella presenta. Estas distintas creencias constituyen el motivo o principio de la legitimidad, lo cual se concreta en la aceptación de los valores comunes sustentados entre la TV y el sujeto.
Cuando en el hogar reina la confusión y el caos la televisión es utilizada por algunos integrantes de la familia como la "escapada" o como una válvula de escape a sus problemas. Cuando la soledad, el aislamiento y la incomunicación familiar se hacen presentes la televisión tiende a hacer desaparecer esta carencia de compañía con sus imágenes luminosas y atrayentes. Pero más aún cuando en hogares humildes, donde la falta de dinero es evidente, la televisión aparece con su programación inundada de juegos y concursos donde prevalecen premios lujosos, objetos de valor, viajes a lugares paradisíacos y lo más deseado: millones de dólares en juego. Por lo cual para la familia, la TV tiende a convertirse a través del azar, en la "salvación" económica. Tal vez esto no suceda de igual forma en una familia de nivel socioeconómico alto pero seguramente la televisión puede cubrir otro tipo de necesidad en ellos. En todos estos casos la televisión cumple un papel "esencial" en la vida de las personas que otros medios de comunicación no podrían aportar. He aquí la característica de "superioridad" adjudicada a la TV: es una superioridad "no absoluta", en la que cada individuo con sus necesidades y deseos le otorga autoridad al medio televisivo. Es una especie de autoridad "hecha a medida". Pero autoridad al fin.
Entonces en esta relación la sociedad espera que la televisión guíe, conduzca y administre con sus informes, advertencias y directivas el comportamiento del sujeto, donde está implícita la "individualización" de las personas sujetas al poder de la TV, ya que algunos requerirán información, otros compañía y otros diversión. Es decir, cada uno utiliza al medio televisivo en forma personal pero de todas formas se constituye como un sujeto "subordinado". As¡ la autoridad como concepto distinto del poder no consiste en una relación "generalizada" sobre las otras.
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La familia con un sistema de valores está siendo reemplazada por una familia cuya autoridad se traslada a los medios de comunicación especialmente a la televisión. Se trata de una estructura familiar que está fuera del hogar y que entra por el aparato de TV. ¿Qué es lo que la televisión hace con la gente? Lo que el aparato de televisión emite: ¿son ejemplos para el televidente? ¿Son modelos? Como ya se ha analizado al medio de comunicación que ejerce autoridad sobre las personas, en este apartado y siguiendo la misma línea de análisis se buscará en la TV una cámara legislativa donde lo que ella emite pasa directamente a la vida cotidiana de las personas como si fueran "leyes".
El impacto de los modelos propuestos por la TV tiende a homogeneizar el comportamiento de los individuos y crea hormas muy banales y estereotipadas para la conducta, la estética y la sensibilidad social. Los individuos encuentran en la televisión un ámbito discursivo en el que se legisla mediante la costumbre y el aprendizaje por imitación.
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Cuando en una sociedad los valores se vuelven a lo estético la tensión se produce sobre lo grotesco. As¡ la televisión comparte la imaginería externa presentando todo lo que es deforme, extravagante y contrario a las leyes de la estética. Esto es lo que atrae al televidente y además aumenta el "rating". Pero en este apartado no se tratará específicamente de la imaginería externa sino del imaginario social que la misma TV crea y que los televidentes mediante la experiencia y la asimilación por imitación incorporan a sus vidas.
El cuerpo existe sin duda en el espectáculo televisivo pero existe en su negación, es decir como imagen desprovista de los rasgos corporales. Esto se debe a la accesibilidad de la televisión ya que si todo es accesible es porque nada ofrece resistencia. Se crea pues una universalización de la estrella televisiva: imágenes de cuerpos ejemplares, tan ejemplares que sólo existen como imágenes; cuerpos que no huelen y que carecen de textura, que desconocen las erosiones del tiempo y que son en el extremo inmaculados. En la imagen televisiva donde lo corporal se evapora, los cuerpos reales combaten históricamente por obtener las cualidades de la imagen electrónica. Se trata del ámbito de la cultura "light", donde los individuos para exhibirse elásticos y ligeros buscan negar su peso, disfrazar su textura y sus arrugas, y llegan a identificarse con los fantasmas electrónicos. La constitución de la "anorexia" en fenómeno social, es el producto lógico de este universo light. Este es el "look": ser imagen, poseer valor de cambio, cotizarse en el mercado visual.
He aquí el mecanismo publicitario, modelo rector del mundo de la TV. "Ser" es ser imagen seductora y ser deseado por la mirada del otro. Las discotecas lo saben: el baile se convierte as¡, no en la participación de un cierto "ritual erótico", sino en un acto exhibicionista propiamente narcisista en el que el joven que concurre a las discos se esfuerza por construir su imagen en el espejo electrónico. Son cuerpos pintados cuya decoración más que signos para la mirada son marcas de identidades fugaces que se construyen por una noche. Esos cuerpos se aman porque se miran y pueden ser mirados.
Este es el deseo latente: existir como pura imagen seductora y alcanzar el status fascinante de los cuerpos "light" de la TV. El problema no es después de todo que el espectador conceda la misma o mayor realidad a las imágenes televisivas que a las reales no mediadas, sino que le concede un estatuto de otro tipo: lo que sale en televisión no es real, "es". Es algo de un orden más pregnante que el real: es un mundo televisivo, imagen, look, mundo imaginario. El cinematográfico efecto de realidad ha sido sustituido por el efecto de espectacularidad televisiva. Lo que importa no es que sea verdad lo que la televisión dice, sino que lo que ella emite "es" materia relevante de espectáculo. Sea verdad o mentira, es relevante.
Alimentando permanentemente su dispositivo especular; construyendo en torno a él un totalitario universo imaginario, el discurso televisivo dominante produce como único valor el narcisismo y la autofascinación especular. En la televisión se muestra una seducción sin objeto, seducción en un espejo donde el look y todo lo light son sus dos facetas indisolubles. La televisión es ser pura imagen seductora, sin cuerpo y sin tiempo. Del lado del televidente, esta imagen televisiva se refleja como "hormas" o "clisés", tema que se tratará a continuación.
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A algunas horas del día o de la noche millones de personas están mirando televisión en una misma ciudad o en un mismo país. Esta coincidencia de visión produce algo más que puntos de "rating". Produce sin duda un sistema retórico cuyas figuras pasan al discurso cotidiano: si la televisión habla como el televidente éste habla como la televisión. En la cultura cotidiana de consumo fugaz los chistes, los modos de decir y los personajes televisivos se constituyen como "herramientas" cuyo dominio aseguran una pertenencia; quien no las conoce es un "snob" o viene de otro planeta. Entonces los clisés de la televisión pasan como una contraseña a la lengua cotidiana de donde en muchos casos la televisión los toma para devolverlos generalizados.
La moda y los cambios en el look son hoy más televisivos que fílmicos. En las clases de gimnasia se enseña a modelar cuerpos femeninos como los que aparecen en la TV. La tecnología de los cuerpos ha suprimido además la posibilidad de evitar el curso de los años en las huellas que se imprimen sobre la piel. La cirugía prueba que el tiempo puede ser abolido y también la televisión ha contribuido a legitimar las intervenciones quirúrgicas embellecedoras proponiendo un espejo ideal donde las edades son cada vez más indecidibles.
Pero la televisión no es el único polo activo sino que ella escucha lo que el público toma de la pantalla para volver a registrarlo, generalizarlo y proponerlo a una nueva escucha y as¡ sucesivamente en un círculo productivo en el cual es difícil encontrar el punto verdaderamente original. Las hormas que propone la TV son casi universales e influyen en los ciudadanos por encima de las diferencias de raza, religión, cultura y lenguaje. Pero su afianzamiento progresivo, su creciente influencia y el vaciamiento de los valores tradicionales que impone en la sociedad hace evidente el auténtico potencial y la importancia creciente de la televisión en la sociedad. La TV se presenta como un medio "intercultural" e "interclasista" que hace de la superación de las diferencias sociales y culturales un valor en sí mismo. La televisión proporciona un espectáculo capaz de concentrar en un punto la atención de los individuos más diversos pero renunciando en la mayoría de los casos a generar en los telespectadores procesos intelectuales adecuados a su propia idiosincrasia.
Los clisés de la TV tienden a crear un televidente modelo: un espectador hecho del mínimo común denominador de los individuos que los programadores suponen tener delante, formado con categorías poco sustantivas y de poco contenido. Estas hormas que impone la televisión son promocionadas y presentadas por personajes que dado el poder del medio televisivo, s transforman en "líderes de la pantalla".
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Al observar el paisaje social que crea la alta comunicación audiovisual el fenómeno de la desaparición del líder tradicional aparece como evidente y demostrable. Líder natural es la persona que aplica su influencia y ejercita su carisma sobre un grupo inmediato y físicamente verificable. Pero en el transcurso del tiempo la sociedad se encuentra ante cambios profundos.
El mundo cultural en efecto ha empezado a producir una serie de dirigentes más fascinantes que los líderes tradicionales y que además parecen encarnar todos los rasgos idealizados del "jefe". Ellos se muestran como deseables y son dignos de ser seguidos. As¡ se crea una relación con una nueva clase de líder: el líder televisivo. Este guía o conductor existe porque la comunicación televisiva lo consagra, lo difunde y le garantiza el contacto con el público, transformándolo en un "ejército de comparsas". Esto se debe a que sus gestos se hacen cada vez más espectaculares y las consecuencias de sus gestos, menos importantes.
El líder televisivo está condicionado a todas las reglas de las comunicaciones de masas y por lo tanto al sistema de la moda. Puede inventar el peinado del verano o el tatuaje más moderno, puede imponer ciertos rituales que los televidentes incorporan fielmente a sus vidas: usar la misma marca de ropa, imitar sus gestos, hablar y vivir como él. En un mundo lleno de incertidumbres, contradicciones y temores, chicos y grandes se dejan tranquilizar al menos hasta que la frustración les demuestre lo contrario, por promesas incongruentes como que tomar "la gaseosa de la tele" multiplicará su poder de seducción. Y as¡ se logran notables imitaciones de los ¡dolos de la pantalla porque todo lo que ellos son es lo que se debería ser. Ellos pueden ofrecer testimonios apasionados y decir palabras extraordinarias en el largo circuito de difusión en el que se desenvuelven pero finalmente son aceptados en el territorio real, y a pesar de ser individuos de carne y hueso parecen personajes inventados por la TV.
Por otra parte sería un error invertir el juicio y atribu¡rle al líder de la televisión una connotación negativa como si subjetivamente fuera un personaje que está actuando; muchas veces el camino es el inverso: es un actor que pretende ser un l¡der. Se trata más bien de una confusión de campos ya que el líder electrónico lo es cuando nace en el territorio audiovisual.
Celebridad y éxito que no son ingredientes negativos para un líder, son los rasgos vistosos del líder televisivo, y a la vez que con su influencia condiciona el gusto, también crea nuevas relaciones sociales.
La gran consecuencia de la instauración de la televisión es la creación de nuevas relaciones sociales mediáticas y el debilitamiento de las relaciones sociales afectivas. Esto significa que los individuos de la era televisiva sostienen más relaciones imaginarias con héroes, personajes o protagonistas que les son mostrados por el televisor y menos o más superficiales y débiles con individuos de carne y hueso que son con los que tienen contacto directo.
Como consecuencia del carácter centralizado de la tecnología televisiva el medio se convierte en un amplificador extraordinario de las acciones de unos pocos individuos que pueden llegar a influir en un número cada vez mayor de ciudadanos. Pero para comprender esta redefinición de las relaciones sociales hay que destacar que desde hace algún tiempo la TV acostumbró al espectador al uso del nombre de pila entre personas que apenas conoce personalmente. Constantemente se está hablando de Mirtha, de Susana, de Bernardo, de Mariano o de Mauro. Estas relaciones no se deben únicamente a su influencia. La misma televisión le enseñó al televidente a relacionarse con actores y conductores de la televisión a través del uso de sus nombres de pila. La televisión proporciona una gran familia a la que cualquiera de los televidentes puede tratar como si se conocieran desde la infancia. Esta es la nueva relación mediática que mantienen las personas con los personajes televisivos: la confianza entre desconocidos apoyada en el uso de los nombres de pila y en el cariño que las estrellas le confiesan al espectador diariamente. He aquí la potencia formidable de la imaginación y del poder para bien o para mal de la televisión.
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"Como muchos adolescentes de Nueva York ese viernes James necesitaba un auto para salir a pasear con su chica. Consiguió que su amigo le prestara el Chevrolet del padre. Un pequeño accidente contra un poste ocasionó daños por 900 dólares a la carrocería. Durante las 48 horas que siguieron James y sus amigos desencadenaron una tragedia. Tomaron un rifle calibre 22, asaltaron un pequeño almacén, robaron 140 dólares, dispararon contra los autos estacionados, amenazaron a un conductor y dispararon contra el interior del vehículo. La víctima estaba armada y repelió la agresión. Mató a James. Sus amigos lo cargaron en el auto y lo llevaron a un descampado, quemaron sus ropas ensangrentadas y juraron guardar silencio".4
No es un libreto de una serie televisiva. Es un extracto de un artículo de la revista Time publicado en julio de 1988 con el título Cinco amigos en un auto. ¿Habría que buscar incansablemente qué falló en sus familias y maestros? ¿En los genes de algún oscuro ancestro? Tal vez se debería revisar mejor en este caso la influencia de la televisión.
La TV es una de las fuentes más importantes de información social particularmente para los adolescentes. Ellos buscan de manera constante en los ¡dolos televisivos, modelos de cómo comportarse, qué hacer en una cita, cómo asistir a una fiesta, cómo enfrentar los riesgos, etc. Para muchos adolescentes los personajes de la televisión son más atractivos, sofisticados y valientes que sus padres, maestros y otras personas comunes que los rodean. Comparativamente los adultos cotidianos les parecen "antihéroes".
Los ideales de belleza o conducta presentados en las series televisivas y en los comerciales son en general estrictos y carecen de un contexto significativo: la salud es un "plato de cereales", la delgadez es un "yogur dietético", la belleza es un "cuerpo moldeado y bronceado". La televisión puede ser hoy el único modo de popularizar algunas ideas y elevar el grado de conciencia acerca de ellas.
¿Qué ocurre entonces entre el espectador y la televisión? Cuando algún aspecto del mundo televisivo coincide con la propia experiencia social del televidente, se produce un efecto de resonancia. El televidente recibe en ese momento una doble dosis del mensaje. La televisión se transforma en un poderoso medio como guía de las conductas de los televidentes. Pero no se debe relacionar esta influencia con ideales totalmente negativos y perjudiciales que con el tiempo terminarían por destruir física y socialmente al espectador. Son también ideales: las series donde los héroes logran enfrentar la vida sin fumar ni consumir drogas, donde los adolescentes toman sus decisiones, eligen sus carreras y se esfuerzan por sus logros programas que plantean temas sobre la sexualidad, el embarazo y la familia, con realismo, seriedad y sin soluciones fáciles. Los chicos y chicas de esa edad que consumen series televisivas en cantidad buscarán también allí lo que necesitan aprender.
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Como consecuencia de la acción de los medios el público es consciente o ignora, presta atención o descuida, enfatiza o pasa por alto elementos específicos de los escenarios públicos.
La hipótesis de la "agenda setting" no sostiene que los medios procuran persuadir sino que al precisar la realidad externa presentan al público una lista de todo aquello en torno a lo que tener una opinión o discutir. Muchos autores indican que las noticias televisadas son demasiado breves, rápidas, heterogéneas y están presentadas en un formato temporal limitado, es decir que son demasiado fragmentarias para tener un significativo efecto de agenda. Y es verdad que la información impresa proporciona a los lectores una indicación fuerte, constante y visible de relevancia. Pero entre los distintos medios de comunicación puede haber distintas formas de generar el efecto de "agenda setting".
La televisión puede obtener efecto de agenda ya que la cobertura televisiva determina una particular relevancia en circunstancias como la interrupción de la programación ordinaria para informar sobre acontecimientos "extraordinarios", el uso de la presentación visual eficaz y persuasiva de los hechos informados, y la cobertura en vivo y en directo de un acontecimiento. Estas características comunicativas y condiciones técnicas atribuyen un particular relieve a la información televisiva y por lo tanto una mayor potencialidad para obtener efectos de agenda. Entonces los periódicos son los primeros promotores en organizar la agenda del público pero los informativos televisivos tienen un impacto a corto plazo sobre la composición de la agenda.
La naturaleza fundamental de la agenda parece a menudo estar organizada por los periódicos mientras que la TV esencialmente reorganiza o reconstruye los temas principales del día. Cabe aclarar que la "tematización" significa colocar una noticia en la orden del día: ésta es la función de los periódicos. Pero el papel de la televisión es el de seleccionar de todas las noticias presentadas por los periódicos los temas sobre los que realmente se concentra la opinión pública; lo que distingue a un tema de un acontecimiento o de una clase de acontecimientos a la que ya le ha sido asignada importancia y mayor interés comunicativo. Se deduce aquí que la televisión no tiene el efecto de ordenar los temas del día según su importancia sino de dar los temas del d¡a: los más importantes, los temas de los que se debe hablar y opinar.
Para el teórico italiano Giovanni Sartori se asiste a la emergencia de un "homo ocular", de la persona video formada que se relaciona con el mundo desde los lenguajes visuales quedando atrás el "homo sapiens" y sus virtudes ilustradas. En este sentido, el lenguaje de imágenes visuales es mucho más elemental que el de la palabra escrita porque el mensaje es captado directamente sin la mediación verbal. La TV gracias a la fuerza de la imagen se ha impuesto como un medio que suscita mayor credibilidad, aunque paradójicamente ella misma suministra las pruebas de que es la más fácil de manipular. Su manera de entender la información es tal que para ella la rapidez hace las veces de eficacia y la imagen se confunde con la verdad. Porque antes que nada lo que el medio televisivo le impone a la prensa escrita es la velocidad.
Para la televisión lo esencial es la emoción, el acontecimiento vivido, en vez del análisis y la reflexión, lo que impulsa a la prensa a modificar su manera de abordar la actualidad y de presentarla. Son hoy muchos los artículos elaborados como si fueran guiones de cine con sus efectos verbales, sus momentos de suspenso, sus sorpresas y sus descenlaces. La prensa escrita, obligada a ir a la zaga de la TV en las cuestiones de actualidad, tiende cada vez más a olvidar los hechos importantes pero poco atractivos. La influencia sobre la opinión pública que caracterizó a la prensa siglos atrás, hoy está en manos de la televisión, no sólo como medio influyente de la opinión pública sino como reorganizador y reconstructor de la misma.
En fin, la televisión hace circular todo lo que puede convertirse en tema. Y también reduce al polvo del olvido los temas que ella no toca. Y esto le atribuye un poder legislativo no sólo sobre la sociedad sino también sobre otros medios de comunicación.
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La publicidad constituye la clave de la financiación de la industria comunicativa en general y de la televisión en particular. Es además el género cuantitativamente dominante de las programaciones televisivas, ¿constituye también el género cualitativamente dominante? No puede ser de otra manera.
En un espectáculo regido en lo esencial por la lógica del espejo imaginario, el spot se ha convertido en el fragmento rey pues se halla libre de todas aquellas exigencias extraespectaculares de los géneros televisivos. La cadena de spots constituye un segmento del discurso televisivo que al verse desligado de todo proyecto de transmisión de información lleva al máximo la tendencia a la fragmentación e intensifica por tanto el est¡mulo visual. Además cada spot es un fragmento destinado a ser repetido periódicamente y el conjunto de spots es también redundante en la reiteración de la interpelación seductora que dirige al espectador. Y finalmente son una oferta incesante de un mundo fragmentado en multitud de objetos absolutamente accesibles sin esfuerzo alguno, pues son antes que cualquier otra cosa, objetos ofrecidos al consumo de la mirada espectacular.
Cualquier programa de televisión se ve interrumpido continuamente por anuncios publicitarios. Esta inserción de los anuncios los coloca casi totalmente dispersos por todos los rincones y al aumentar su dispersión incrementan su función contextualizadora y su poder expresivo. En definitiva son estos dos factores los que le confieren mayor protagonismo en el medio.
La eficacia de la publicidad televisiva está fuera de duda porque el poder sugestivo de las imágenes en movimiento combinado con palabras y música en el propio hogar es considerable y su efecto a corto plazo es indudablemente mayor que el de las otras formas de publicidad.
Cualquiera que sea la edad o el interés del espectador, la publicidad se hace notar. Los trucos son muchos: irrumpir en medio de una frase, dejar pendientes respuestas para "después de la tanda", sobreimprimir marcas o logotipos durante la emisión del programa, hacerle creer al individuo televidente que el programa no ha terminado (porque falta decir "esto ha sido todo por hoy") y dejarlo prendido a la pantalla, inmiscuirse en el desarrollo de la transmisión bajo el pretexto de concursos, sorteos, recetas, etc., ("ha ganado una batidora tal", "ahora se agrega una cucharada de aceite cual", "la señora Mirtha Legrand se peina aquí y se viste allí"). Pero también si se intenta detectar minuciosamente qué relación pretende cualquier fragmento televisivo con respecto al espectador se observaría que, con mayor o menor inmediatez y de un modo más o menos oculto cualquier escena televisiva pretende vender algo.
La promoción de ideas o productos es altamente frecuente. Todos los programas propagan valores, pautas y modelos de comportamiento que con mayor o menor evidencia, enuncian un entramado de "leyes". Sin embargo la necesidad de distinguir los mensajes destinados a la venta de un producto de los que intentan propagar ideas o de los que sencillamente pretenden reforzarse a s¡ mismos mediante la cont¡nua autorreferencia, y teniendo en cuenta que estos tres tipos casi nunca suponen categor¡as fijas, crea un pequeño problema terminológico. En principio y por razones etimológicas (público, no privado) se podría llamar publicidad a todo lo que la televisión emite en la medida que supone una previa aplicación de técnicas de la sociología y la psicología con miras a un objetivo utilitario. Sin embargo por razones operativas, históricas y de uso, es preferible restringir el campo semántico del término "publicidad" diferenciándolo de la propaganda. Aunque ambos términos aluden a operaciones esencialmente similares, el principal factor de diferenciación es el referente del mensaje. As¡ se habla de publicidad cuando el referente es un producto comercial y de propaganda cuando se trata de difundir ideolog¡a.
La comentadísima y tal vez por ello menos encubierta propaganda ideológica, encuentra su más claro exponente en el llamado "american way of life". La americanización ha progresado tanto hoy en día que para algunos denunciarla parece cada vez más inaceptable. De hacerlo el televidente tendría que estar dispuesto a amputarse buena parte de sus prácticas culturales, de vestimenta, de diversión, de lenguaje o de alimentación que ha adoptado desde la infancia y que no deja de acosarlo. Muchos individuos de esta sociedad son ya una especie de seres "transculturales"; mixtos irreconocibles que poseen mentalidad norteamericana en un cuerpo sudamericano.
Los anuncios convencionales destinados a la venta de productos son también portadores de ideología. Posiblemente uno de los casos más ostensibles es el que puede detectarse en el género de cigarrillos: una de sus peculiaridades consiste en adoptar como referente además de los propios cigarrillos, reiterativas imágenes de ciudades y deportes típicamente norteamericanos.
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Con todo lo analizado hasta aquí a la televisión se la puede comparar con una gran cámara legislativa en algunos de los procesos que construyen la imaginación social. Ahora bien, ¿de dónde nace la fuerza de sus imposiciones? El sujeto televisivo juega habitualmente con modelos mentales de situaciones en que él mismo se coloca de modo hipotético, procediendo mediante supuestos: como si deseara algo que no tiene medio de conseguir y siguiera inmediatamente a ese deseo.
La imaginación televisiva proporciona un amplio conjunto de modelos mentales a los espectadores con una propuesta doble. Primero que el espectador mismo se sitúe dentro del modelo y que acepte una posición dentro de él. Segundo que acepte los elementos simbólicos que le son mostrados como un simulacro en el que poder proyectar su propia imaginación personal.
En el primer caso el discurso televisivo está proporcionando al espectador una oportunidad para proyectarse en la narrativa televisiva y aceptar uno de los roles que se le proponen dentro de un mundo posible más o menos coherente. En el segundo caso, cuando el lenguaje de la televisión se propone como simulacro y cauce de la imaginación personal se asiste a una seria maniobra "educativa": inculcar modelos de imaginar, formas de proyectar y concebir alternativamente la realidad.
Hace décadas se pensaba que la escuela era un aparato poderosísimo en la producción de ideologías colectivas; hoy sería ingenuo mantener la confianza en esa eficacia: la escuela ha entrado en quiebra y su público no encuentra en ella ni atractivo ni carisma. Los jóvenes encuentran en otras partes las "ideas" que luego consideran completamente propias. Cabe aclarar que las ideas comunes venían de los intelectuales (formadores de la opinión pública) tanto como de la experiencia de las masas, pero ya no se puede sostener que este peso intelectual sobre la configuración de ideas se mantenga intacto. Nuevos intelectuales reemplazan a los tradicionales y estos nuevos productores de ideas pertenecen al espacio de la televisión.
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¿Se le hubiese ocurrido a algún televidente de la década del 70 concurrir a un canal de televisión en busca de atención, de ayuda o peor aún en busca de "justicia"? Hoy la televisión argentina tiene sus particularidades. A partir de la atracción por los medios el público entra en la televisión también por cambios que no son mediáticos, o dicho en otras palabras el público usa a la televisión como le parece mejor o como puede, y la televisión no se priva de hacer lo mismo.
Si por un lado la televisión a veces aparece alejada de la realidad cotidiana, por el otro es creadora de nuevas realidades. Muchas veces si una persona necesita hacer una denuncia o pedir ayuda en lugar de recurrir a la justicia se presenta ante una cámara de televisión: podría resolver su problema y tendría su particular momento de gloria. Los casos reales llevados a la TV demuestran que incluso se apela a un poder judicial que debería tener la televisión. Asesinos que se entregan frente a cámara y ciudadanos que depositan sus problemas y sus denuncias en programas de televisión. ¿Dónde están las fronteras entre lo público y lo privado?
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El límite entre lo público y lo privado
Una persona concurre a un programa de televisión y ante las cámaras cuenta sus problemas, su vida, sus necesidades, en fin hace pública su intimidad. ¿Bajo qué régimen cultural se vive? ¿Bajo qué modelo de construcción de lo social, lo público, lo privado y lo íntimo?
La intimidad estalla en televisión. Nadie puede olvidar aquel hombre que confesó su crimen en el programa de Mauro Viale en ATC antes de entregarse a la policía o la madre que engañó a millones de norteamericanos luego de matar a sus ijos, en lo que se podría afirmar una fórmula de cinismo en los "reality shows", o la gran estrella del espectáculo nacional protagonizando la primera visita de "pésame televisivo". Tal vez no debería asombrar que un personaje público acostumbrado a que todo episodio trascendente de su vida privada quede impreso en el espacio colectivo llore su dolor por televisión. La transmisión del velatorio es en sí misma un cruce entre la intimidad y lo público: en el acto, deudos, familiares y amigos inscriben al difunto en la memoria colectiva. El contenido de representación de la ceremonia que se concentra frecuentemente en una sala pública de velatorio tiene su escena cumbre cuando el deudo exterioriza su dolor y se completa con otros dos episodios "sociales": la inhumación en el cementerio público y la difusión del hecho en las secciones necrológicas de los diarios. Sin embargo lo que no deja de plantear una ruptura para el televidente es que él puede participar de un modo tan directo de la emoción hasta sentirse casi comprometido por la mirada de la estrella. Esto sólo sucede con figuras que derraman un carisma extraordinario: Mirtha Legrand o Susana Giménez y muy pocas personas públicas más pueden exponerse, dejar al descubierto su quebranto y la incoherencia propia de una circunstancia semejante y abandonarse a la pena sin perder la conducción de sus programas.
La televisión escenifica públicamente aspectos de la vida que son hasta tal punto "privados", que los que forman el público se cuidarían mucho de abordarlos en el seno mismo de la esfera familiar. La mediatización ha transformado la relación entre lo íntimo y lo público, y la televisión ha modificado las fronteras creando nuevos tipos de relaciones sociales, de relación con lo real, con el tiempo y con las instituciones. Cuando una persona se "entrega" en el programa de Mauro Viale, ¿éste, a qué institución representa? ¿A la justicia, al periodismo o a la sociedad? En esta reformulación del espacio público, la televisión crea un vínculo social. El espectador al mirarla se asocia a ese público potencialmente inmenso y anónimo que también lo mira simultáneamente y sabe que el espectador lo mira. Se trata entonces de un vínculo invisible y silencioso. La televisión as¡ concebida tendría la función de conservar la cohesión social en sociedades cada vez más fragmentadas con diferencias culturales y modalidades de acceso al bienestar cada vez más marcadas. En realidad a esta altura es común decir que los medios diluyen la frontera entre lo público y lo privado: más bien la están reconstruyendo. La pregunta es de qué manera y en qué dirección.
Se han alterado las relaciones entre los hechos que incumben a los que están directamente comprometidos en un conflicto y as¡ emerge una solidaridad de la cosa privada en una sociedad que pierde criterios de solidaridad pública.
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Parece ser grande la cantidad de personas que se ubican en la actualidad del mundo solamente a través de una pantalla de televisión. El mensaje televisivo es una fuente creíble, y es habitual que se manifieste: lo v¡ por televisión, afirmación que hace de la TV un criterio de verdad. Las opiniones que se vierten a través de ella crean vínculos afectivos de simpatía y antipatía entre las personas. Pero lo importante es que la televisión también crea vínculos de las personas hacia ella misma. En 1989, a raíz de la crisis de energía eléctrica los horarios televisivos se redujeron y la conexión "vincular" que establecieron muchos sujetos con el aparato de televisión fue más que familiar. Por motivos ajenos al medio mismo la reducción horaria cumplió el principio del "tercero excluído". Esta medida produjo efectos diversos en los hábitos de la gente; para unos, vuelcos masivos a otros medios como los gráficos y los auditivos, y para otros representó la oportunidad de criticar una "teleadicción" asentada, no en la calidad del medio, sino en el medio por el medio y en el uso indiscriminado que de él se hacía.
¿Qué sucede cuando un asesino se entrega en TV? ¿Qué diferencia habría si este hombre se hubiera entregado ante la justicia? Si se acierta este interrogante se habrá develado por qué la televisión parece un escenario "más confiable" que el tribunal de justicia, y el animador del programa alguien "más seguro" que un juez.
Está en primer lugar el registro directo, en segundo lugar el hecho de que un estudio de televisión parece más seguro, más accesible y a la medida del protagonista, finalmente la permanente idea de que los televidentes son sujetos que pueden estar frente a una cámara. Todo sucede como si fuera as¡: el público pasa por alto las posibles intervenciones y la institución televisiva refuerza su credibilidad en la desaparición de cualquier deformación de lo sucedido cuando se recurre al registro directo. Por eso el hombre se acusa de asesinato frente a una cámara de televisión: como espectador quiere ocupar un espacio de verdad donde sus palabras suenen más creíbles. Dice que cree en la justicia pero no se presentó ante un juez para acusarse. De todas las instituciones, la televisión en directo le parece la más digna de confianza ya que nadie podrá tergiversar ni sus gestos ni sus dichos y además ningún policía podrá forzarlo a decir más de lo que quiere decir ni dejarlo incomunicado durante horas. Entonces, los espectadores por su parte reciben lo que han buscado: no mayor verosimilitud sino directamente "la vida".
La verdad de la televisión está en el registro directo, no sólo porque ésa sería su original novedad técnica sino porque en ella se funda uno de los argumentos de su "confiabilidad". Frente a la opacidad creciente de otras instituciones y a la complejidad infernal de los problemas públicos la televisión presenta lo que sucede tal como está sucediendo y en su escena los casos parecen siempre más verdaderos y más sencillos.
La nueva televisión se concentra en formatos como el "reality show" y los programas participativos, es decir aquellos que por definición son llevados a cabo con público en el estudio. En la actualidad hasta los programas de discusión política más reflexivos llevan público y reciben llamados telefónicos de personas en busca de ayuda.
La televisión promete que cualquier individuo entrará en cámara alguna vez porque no existen cualidades específicas sino "acontecimientos" que pueden llevarlo a la TV, y a falta de acontecimientos su calidad de ciudadano es condición suficiente para estar allí. Todas las personas sin distinción alguna pueden estar frente a la cámara. Esta es la "cultura espejo" de su público que permite reconocer a la televisión como un espacio próximo. Pero esta proximidad que refuerza un imaginario igualitario y al mismo tiempo "paternalista" puede ser uno de los motivos de la efectividad de la televisión para hacer algún tipo de reclamo por lo que se estaría en presencia de una "institución sustituta".
En la Argentina de hoy los ciudadanos televidentes depositan su credibilidad comunicándose telefónicamente a los estudios de televisión o directamente concurren solicitando ayuda en problemáticas que debieran ser resueltas por la justicia "real". Es difícil afirmar que la televisión sea más eficaz que las instituciones tradicionales para asegurar las demandas pero sin duda lo es, porque no debe atenerse a dilaciones, plazos, procedimientos formales que difieren o trasladen las necesidades de los individuos.
Debido a la nueva moda de los medios de dedicar espacios a la voz de la gente la televisión se ha convertido en depositaria de reclamos y se constituyó en una suerte de "institución sustituta". La TV que ahora escucha, que se comunica directamente con la gente ha quebrado su inicial comunicación unidireccional aún en el caso de que la comunicación con el televidente no sea más que para confirmar su existencia y reforzar su omnipresencia. Todo se escucha; se escucha al asesino, a la prostituta, al enfermo de sida, al que hace treinta años no se hablaba con ningún miembro de la familia, etc. La voz de la gente parece no tener límites. En estos casos es gente que cree y además utiliza a la televisión como sustituto de las instituciones que no atienden sus reclamos. Y esto ocurre porque el Estado se retira de muchas funciones, no sólo económicas sino tambien sociales, y las instituciones pierden su capacidad de ser referentes para que la gente se identifique. La escena televisiva es como un frontón de pelota; el rebote puede no llegar adónde se desea pero siempre hay algún rebote. La escena institucional, incluso la más perfeccionada, no tiene esta cualidad instantánea. La escena televisiva vive de impulsos, es rápida y parece transparente. La escena institucional es lenta y sus formas son complicadas hasta la opacidad que engendra desesperanza.
El público encuentra en la televisión una instancia que las instituciones no parecen acordar a los marginales, a quienes atraviesan situaciones difíciles, a quienes desconfían de la mediación política o a los que han fracasado en sus intentos de ser escuchados en otros espacios. La televisión juega a ser más transparente, y en este juego responde a una demanda de rapidez, eficacia e intervención personalizada. Los sujetos televisivos aman la proximidad aunque esa proximidad sea imaginaria.
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Si la televisión toma funciones propias de otras instituciones habrá que distinguir el rol de los medios como escenario en el que la vida de la gente con sus dramas cotidianos, sus luces y sus sombras es puesta en escena.
Un juicio tiene sus propias leyes de producción de pruebas que la televisión nunca podría tener, por lo tanto la TV está excediendo su competencia que es informativa, comunicativa y recreativa para ser también "jurídica". ¿A qué se debe esto? La sociedad deposita muchas expectativas en ella y en sus protagonistas, y cree que éstos en su condición de famosos pueden manejar soluciones mágicas. Y es justamente la situación planteada que lleva a los conductores y actores de la televisión a transformarse en políticos y a la inversa, a políticos a ser televisivos.
La televisión vive de lo que su público le lleva y tal vez a corto plazo le de algo de lo que ese público busca en ella. Este es el rol del televidente. De la misma manera como la TV entrecruza géneros, el televidente entrecruza actitudes esperadas frente a la transmisión de determinadas imágenes; as¡ festeja lo ridículo, ríe frente al drama ajeno, pero también a veces cree, cree todo o parte de todo.
El presunto asesino que corre a un canal para autoinculparse percibe allí más garantías que en la institución policial: mayor velocidad de la máquina burocrática, mayor seguridad para su persona después de la publicidad del hecho, ayuda para la familia que quedará librada a su suerte mientras él esté preso y un abogado gratis y más interesado en su caso que el defensor de pobres que le proporcionaría el Estado.
En un estudio de Canal 13 desde donde se emite Causa Común, un matrimonio revela sin pudor sus problemas sexuales y conyugales, y una psicoanalista les ayuda a entender los motivos que explican un fracaso en la pareja. En Gente que busca gente emitido por Canal 2 se ven escenas de reencuentro. En este caso son los telespectadores los que llaman por teléfono para ayudar a una persona presente en el estudio a descubrir el paradero de alguien desaparecido. Muchas de las personas que transitan dicho programa terminan embargados de emoción y sin poder contener las lágrimas. Ellos aseguran estar viviendo el día más feliz de sus vidas gracias al programa. Pero no sólo en programas especiales se ve la realidad; en un noticiero cualquiera el sujeto puede convertirse en "héroe" en un momento dado. ¿Acaso no lo fue aquel joven que rescató a su pequeño vecino de un pozo ciego?
Esta clase de programas entre la información y la ficción que todas las televisiones del mundo ofrecen, giran en torno a sucesos, dramas familiares y parejas atormentadas. El presentador expone los hechos como si se tratara de un gran reportaje y lo que nunca puede faltar es la emoción que debe estallar además en el medio del estudio. Inmediatamente después hay un espacio publicitario. Ahora bien, ¿en qué reside el éxito del reality show? Las grandes estrellas hacen soñar cada vez menos y los espectáculos fastuosos no ejercen ya la misma fascinación. Los programas de ficción son demasiado académicos y repetitivos, por consiguiente en los reality shows se juega más al azar, lo imprevisto y de ah¡ una emoción mayor.
Cualquiera puede participar en estos programas y seguramente sea este el secreto de su éxito. ¿Hubiese sido un éxito el reality show años atrás? Claro que no. No hubiese despertado ningún interés porque la gente creía entonces que la policía y la justicia podían resolver todos los problemas sociales. Por un lado cuando la justicia no cumple correctamente con su función, pierde credibilidad y el televidente no tiene otra opción que presentarse ante una cámara de televisión y pedir "socorro". Por otro, la crisis de las ideologías ha creado nuevos valores: la preocupación por los demás, la ayuda mutua y una cierta moral.
La televisión parece asumir ahora un nuevo rol: el de la justicia y la ayuda al prójimo. Los participantes tienen la impresión de que realmente se les presta atención, y como contrapartida su historia se convierte en espectáculo. En fin la TV ya es omnipresente. ¿Se estará volviendo también omnipotente?
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Parece que a la televisión nada de lo humano le es ajeno. Su capacidad para absorber en su formato y lenguaje géneros artísticos, espectáculos y actividades diversas es concluyente. No podía entonces dejar fuera de su alcance al poder de la justicia; un escenario cuya temática es familiar a la del género del "caso policial".
Por su parte la justicia tiene instalada en su seno un tema de debate que la lleva desde su propia tarea al ingreso en el espacio televisivo: "el juicio oral y público". As¡ se está en presencia de un encuentro entre dos procesos de gran importancia en la Argentina de hoy: la incesante colonización del mundo cotidiano por la imagen televisiva y la visibilidad de los procedimientos judiciales.
La TV muestra permanentemente a jueces, abogados y fiscales tratando sobre los más diversos asuntos entre avisos de cigarrillos, resultados de lotería y conferencias de prensa de algún ministro. Las transformaciones del escenario del conflicto socio-político son parte y efecto de un profundo proceso de cambio en curso actualmente de sus actores clásicos: sindicatos y partidos. La crisis de credibilidad que afecta a los políticos no hace más que reenviar los conflictos al poder judicial, y la gente no acude espontáneamente a los partidos: trata de que la televisión acuda al lugar del hecho y de conseguir un abogado. Por cierto, este nuevo escenario judicial ofrece la posibilidad de generar fenómenos cuestionables como la instalación en la opinión pública a través de la televisión de un juicio respecto de ciertos hechos antes de que lo haga la justicia; el "veddetismo" exagerado de algún magistrado y sobre todo el condicionamiento de la escena jurídica por las presiones y jugadas del poder político.
El nuevo cruce entre la justicia y los medios, particularmente el ingreso del procedimiento oral y público en el espacio audiovisual da más transparencia a las causas. Muchas veces la pantalla de televisión sostiene mediante una suerte de segunda visibilidad la acción real de los movimientos cívicos.
La lluvia de repudios a la medida que adoptaron los jueces catamarqueños en el Caso María Soledad expresa la importancia que la gente le da a la televisación del juicio. El efecto de la resolución de prohibir la televisación del juicio iba en contra de la justicia institucional y reforzaba lo que se trata de demostrar en este capítulo: la justicia televisiva, la creencia de que cuando la justicia tradicional no actúa, los medios pueden sustituirla. El juicio tal como era llevado por el Tribunal era la escenificación de la impunidad. Ahora, al apagarse la imagen del televisor lo que quedaba era una caja negra que escenificaba una justicia opaca y sin transparencia. El fundamento de la transparencia del juicio por los medios está en las bases del juicio oral y público, donde "público" se refiere al nuevo espacio público que ha generado la televisión.
Criticada tantas veces por su tendencia a hacer banales los hechos, la TV parece dotada de una insospechada "fuerza subversiva". Imputados, abogados, testigos y jueces son mostrados de frente (una ventaja que no tiene el público en la sala) permitiéndole al televidente inferir inocencia o culpabilidad, verdad o encubrimiento a veces con sólo observar un rostro o escuchar el tono de una voz. Los espectadores toman posición en uno u otro sentido y lo hacen mediante aluviones de llamados telefónicos a la televisión o a través de encuestas periodísticas.
Pero el hecho de que en Argentina la "video justicia" asuma expansivamente funciones sustitutivas de las arenas tradicionales del conflicto social remite a causas que residen en los cambios más profundos en marcha en el país y en el "repliegue" de la política ante ciertos temas.
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El lenguaje del reality show es puro acto lingüístico: juzgo, denuncio, confieso, reconozco, encuentro, declaro y aviso. Es una acción discursiva que sólo por efecto de la televisión se torna un acto: declararse a alguien en televisión; su efecto especial es llegar a hacerlo delante de las cámaras. Lo mismo sucede con un suicidio público que busca en las cámaras su carácter de protesta decisiva. O una confesión en televisión que es en sí misma un acto de demanda pública de perdón.
La salida al aire de juicios criminales reales ha ofrecido mejores actuaciones "reales" porque aunque la suerte esté echada según las leyes, siempre se puede quedar bien o mal delante de la gente y ser absuelto por la imagen, lo que no es poco.
En los juicios orales televisados cada caso tiene una resolución, y como señala la ex conductora del programa "Justicia para todos":
"Los protagonistas de la historia nunca sienten que los vamos a perjudicar. La gente les cree mucho a los medios porque saben que los han ayudado mucho más que la justicia. Y los acusados también sienten eso; que pueden ser más perjudicados quizás por la justicia tradicional que por los medios".5
Los "reality shows" siempre demuestran que se apela a un poder judicial de la televisión. Y las pruebas existen: en uno de los programas más "serios", el de Mariano Grondona, cuando se entrevistó a la cuñada del presidente acusada de lavar dólares del narcotráfico, se ofrecieron sus ojos mirando a cámara para que el público decidiera sobre su culpabilidad o inocencia.
Si existió un caso en el que se dejó demostrado que la gente utiliza a la televisión como mejor le parece fue el caso Osswald versus Wilner. Este caso no puede ser tomado como una construcción únicamente mediática aunque haya sido la televisión el escenario donde se desarrollaron las escenas del drama familiar convertido en cosa pública. En este caso surgió otro nivel de presentación pública del drama privado. Es imposible hablar de manipulación mediática del personaje Osswald; en todo caso se produjo un pacto entre las necesidades de la televisión y las necesidades de la mujer en conflicto. En este caso se evidenció que el sujeto pasivo del reality show que exhibe sus heridas frente a la cámara es reemplazado por un personaje activo que construye sus declaraciones. En un pase muy veloz, en el caso se emitieron juicios que no tenían que ver con el destino de los personajes del drama sino con la relación de ese drama con la institución. De pronto la justicia de los jueces fue juzgada por la justicia del sentido común, y ésta se mostró más humana, más comprensiva y más "natural".
Se abrieron además una serie de cuestiones que desbordaron el desenlace del drama Osswald. Para decirlo de otra forma, de la noche a la mañana el caso Osswald se convirtió en un problema respecto del cual todos debían tomar posición; desde el presidente de la República hasta los jugadores de fútbol: Maradona visitó a Gabriela Osswald y ella a su vez visitó la casa de Gobierno. Este caso estaba haciendo evidente la profundidad de las modificaciones sucedidas en la esfera pública cuando ella se vuelve una esfera electrónica. En consecuencia, la democracia mediática es insaciable en su voracidad por cuestiones privadas que se convierten en asuntos públicos.
As¡ la esfera pública electrónica no es entonces sólo un lugar que emite información ni donde se construye la opinión pública. También es un lugar donde la opinión se contrapone a las instituciones disputando con ella la jurisdicción para decidir sobre los conflictos privados que se convierten en públicos precisamente para ser sustraídos de las instituciones, la justicia en este caso que los albergaban. También la opinión de los individuos que es más precisa y humanizada se contrapone a las instituciones que poseen un carácter más estructurado y abstracto.
La democracia mediática necesita de la democracia de opinión y se lleva mejor con ella que con la democracia representativa. La democracia de opinión parece más abierta que la representativa y la esfera electrónica subraya estas cualidades porque las cosas pasan más eficazmente en la televisión que en la institución.
En esta escena, la democracia de opinión es invocada por la televisión que la necesita como sustento y al mismo tiempo se la convoca como "antídoto" de las fallas de la democracia representativa. He aquí el poder judicial de la televisión. Un poder que le adjudica la gente frente a la ineficacia de la justicia tradicional. La presencia de casos reales en la televisión no obedece a una moda sino que se trata de una puerta que aún no se había abierto. Y la televisión le recuerda a su audiencia: que ella está cerca.
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Por lo analizado hasta aquí el resultado es una televisión ligada al "discurso del poder". Se ha visto el "cómo" de este poder procurando captar sus mecanismos a través de su estructura formal: el poder que gobierna, legisla y administra justicia. Pero si se estudia a la televisión bajo este punto de vista se la puede considerar sólo como un "poder" factible de localizar, analizar o criticar. Lo que se intenta destacar en este apartado es otro aspecto del poder de la TV al que se lo puede denominar "Cuarto Poder", un poder que no tiene sólo una estructura tradicional sino que opera de manera sutil en un juego de relaciones múltiples y cambiantes. Para hacer el análisis desde este punto de vista se recurrirá a la conceptualización elaborada por Michel Foucault respecto a este problema:
"No considerar el poder como un fenómeno de dominación masiva y homogénea de un individuo sobre los otros, de un grupo sobre los otros, de una clase sobre las otras, sino tener bien presente que el poder si no se lo contempla desde demasiado lejos, no es algo dividido entre los que lo poseen, los que lo detentan exclusivamente y los que no lo tienen y lo soportan".6
El Cuarto Poder no está nunca localizado allí o aquí, no está en las manos de la televisión ni del televidente, y no es un atributo como la riqueza o un bien. Funciona y se ejercita a través de una organización reticular, y en sus redes no sólo circulan los individuos televidentes sino que además están siempre en situación de sufrir o de ejercitar ese "poder electrónico", es decir que no son nunca el "blanco inerte" del poder de la televisión ni son siempre los elementos de conexión. En otros términos el Cuarto Poder transita transversalmente y no está quieto en los telespectadores.
No se trata de concebir al sujeto televidente como una especie de núcleo elemental, materia inerte sobre la que se aplicaría el Cuarto Poder. En la práctica lo que hace que un cuerpo, unos gestos, unos discursos y unos deseos sean identificados y constituidos como individuos, es en sí uno de los primeros efectos del poder. Entonces el individuo televidente es uno de sus primeros efectos, es decir el televidente es el efecto del poder de la televisión, y al mismo tiempo o justamente en la medida en que es un efecto es un elemento de conexión. El Cuarto Poder circula a través del individuo que la misma TV ha constituido.
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Es común considerar al "poder" como una de las características humanas menos atractivas junto con la violencia o la agresividad con las que a menudo se lo confunde. He aquí el porqué de las críticas apocalípticas dirigidas a la televisión.
Max Weber es uno de los teóricos de la sociología clásica que se interesa por el tema de poder, siendo su pensamiento insoslayable cuando se aborda esta cuestión. Define al poder como:
"(...)la probabilidad de imponer la propia voluntad dentro de una relación social aún contra toda resis