
Al igual que las aguas de los ríos corren implacablemente hasta desembocar en la inmensidad del océano, la vida de la Madre Caridad, fue siguiendo su cauce hasta llegar al encuentro del océano infinito de la misericordia de Dios.
La plenitud de su vida, alcanzó la cumbre de los 83 años. Echando una mirada retrospectiva, veía los comienzos de su incipiente comunidad y el pequeño grupo de jóvenes con quienes inició esa odisea de amor y de evangelización. Ahora al final de sus días podía ver su Congregación segura, consolidada y pujante, trabajando para la gloria de Dios.
En realidad no tuvo una enfermedad definida que la llevara a la tumba; eran las consecuencias de tantos años cargados de responsabilidades y de preocupaciones; los resultados de los miles de kilómetros de viajes incómodos, de privaciones sin cuento, de austeridades y de pobreza que fueron dejando sus marcas en un cuerpo frágil que encerraba un alma de acero.
Ella había dicho siempre al Señor que, cuando la Congregación tuviera aprobadas las Constituciones por el Santo Padre y una buena superiora general al frente de la misma, entonces descansaría en paz. Y ciertamente, esas condiciones se habían cumplido.
Empezaba el año de 1943. Hacía poco se había elegido la nueva Superiora General, para relevar en el cargo a la Madre Caridad, cuya edad avanzada y los achaques propios de la misma, le hacían imposible continuar en el cargo. La Madre estaba satisfecha y tranquila y cada día se preparaba para ese encuentro definitivo con Dios.
En las horas de la mañana del 27 de febrero recibió los sacramentos de la confesión y de la comunión. Algunas religiosas la visitaron y departió con ellas fraternalmente. A las 3 de la tarde la Hermana enfermera se disponía a llevarle una medicina, cuando la Madre se incorporó en su lecho de enferma y dijo: "Jesús, me muero". Fueron sus últimas palabras.
Apenas se divulgó la noticia de su muerte, todo Pasto se conmovió y empezó una verdadera romería hacia Maridíaz. El martes 2 de marzo se celebraron los funerales en la catedral; terminada la ceremonia religiosa el cortejo fúnebre se dirigió hacia la capilla eucarística de Maridíaz a cuya entrada se había preparado la tumba que guardaría sus despojos mortales.
Este desfile apoteósico no era un entierro, era el principio de su glorificación, era la exaltación de la vida de la Madre Caridad que como un cirio había ardido ante el altar de la voluntad de Dios y dejaba de alumbrar en este mundo para encenderse con una nueva luz de eternidad.