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Literatura
Hispanoamericana
del Siglo XX:

MARTIN LUIS GUZMAN (1887-1977)
Nació en Chihuahua (MEXICO). Fue
maderista y se incorporó al partido villista. Por sus ideas
politicas estuvo preso por órdenes de Carranza en 1914. Fue
expatriado y vivió un tiempo en los Estados Unidos y España.
Destacan en este género narrativo: "EL
AGUILA Y LA SERPIENTE" y "LA SOMBRA DEL
CAUDILLO". Escribió además "MINA EL MOZO, HEROE
DE NAVARRA", "MEMORIAS DE PANCHO VILLA" y "MUERTES
HISTORICAS".
Su prosa es clarísima y nos muestra
un ingenio que penetra hasta las cosas más profundas, ya que es
también un gran observador.
"LA SOMBRA DEL CAUDILLO"
Está obra es considerada como
la mejor novela de tema político que se ha producido en México y
ella es una visión deprimente del período postrevolucionario. Esta
novela política se basa en la muerte del general Serrano, y el
autor logró dar relieve a los lamentables hechos ocurridos durante
el régimen callista con un profundo interés sociológico y una
visión crítica aguda e implacable.
Ninguna otra novela de su género
supera en estilo y en recursos narrativos de admirable vigor y
maestría a estas dos obras de Martín Luis Guzmán.
"MEMORIAS DE PANCHO VILLA"
Otra importante obra suya en este género
literario es: "MEMORIAS DE PANCHO VILLA", escrito
como si el propio Villa contara sus aventuras revolucionarias; esta
obra, presenta en todos sus detalles la visión del mundo a los ojos
de Villa y los motivos que orientaban su conducta. Es una novela en
la que el autor, tomando el lugar del héroe habla y relata con gran
claridad todos los episodios de su vida con un lenguaje apropiado a
su personalidad y con una realidad extraordinaria en el tema,
conocemos datos sobre el período más dramático de la Revolución.
"MINA EL MOZO, HEROE DE NAVARRA"
En esta obra, Guzman cuenta
parcialmente la vida del español Francisco Javier Mina hasta el
momento de embarcar a México, en donde participaría en el
movimiento insurgente de la Independencia.
Otra novela de este genero es "MUERTES
HISTORICAS" en donde este importante autor de la novela de
la Revolucion trata las muertes de Carranza, Madero y Díaz.
EL AGUILA Y LA SERPIENTE
Esta novela es la crónica de las
experiencias revolucionarias del autor vistas a la vuelta de los años,
ya maduradas pero indelebles.
El libro es testimonio de los
horrores de las luchas intestinas en que las masas enardecidas son
capaces de los peores crímenes y traiciones, o del servilismo y el
condicionamiento de quien prefiere su seguridad personal a la lucha
por los ideales.
Hay en el libro descripciones de
caracteres hábiles y matizadas, y narraciones de episodios
revolucionarios. Algunos relatos pueden considerarse ejemplos
culminantes de la prosa narrativa de su tiempo, entre ellos, "La
fiesta de las balas", "La carrera en las
sombras" y "Una noche en Culiacán". La
obra es una visión profunda y pintoresca de la Revolución, escrita
con lucidez y destreza admirables.
"EL AGUILA Y LA SERPIENTE"
-Fragmento de la novela-
El jefe de la escolta entró a
caballo por la puerta que comunicaba con el corral contiguo y dijo:
-Ya tengo listos los primeros diez.
¿Te los suelto?
Fierro respondió:
-Sí, pero antes entéralos bien del
asunto: en cuanto asomen por la puerta yo empezaré a dispararles,
los que lleguen a la barda y la salten quedan libres. Si alguno no
quiere entrar, tú métele la bala.
Volvióse el oficial por donde había
venido, y Fierro, pistola en mano, se mantuvo alerta, fijos los ojos
en el estrecho espacio por donde los prisioneros iban a interrumpir.
Se había situado lo bastante próximo a la valla divisoria para
que, al hacer fuego, las balas no alcanzaran a los colorados que
todavía estuviesen del lado de allá: quería cumplir lealmente lo
prometido. Pero su proximidad a las tablas no era tanta que los
prisioneros, así que empezase la ejecución, no descubrieran, en el
acto mismo de trasponer la puerta, la pistola que les apuntaría a
veinte pasos. A espaldas de Fierro el sol poniente convertía el
cielo en luminaria roja. El viento seguía soplando.
En el corral donde estaban los
prisioneros creció el rumor de voces -voces que los silbos del
viento destrozaban, voces como de vaqueros que arrearan ganado-. Era
difícil la maniobra de hacer pasar del corral último al corral de
enmedio a los trescientos hombres condenados a morir en masa; el
suplicio que los amenazaba hacía encresparse su muchedumbre con
sacudidas de organismo histérico, se oía gritar a la gente de la
escolta, y, de minuto a minuto, los disparos de carabina recogían
las voces, que sonaban en la oquedad de la tarde como chasquido en
la punta de un latigazo.
De los primeros prisioneros que
llegaron al corral intermedio un grupo de soldados segregó diez.
Los soldados no bajaban de veinticinco. Echaban los caballos sobre
los presos para obligarlos a andar; les apoyaban contra la carne las
bocas de las carabinas.
-¡Traidores! ¡Jijos de la rejija!
¡Ora vamos a ver qué tal corren y brincan! ¡Eche usté p'allá,
traidor!
Y así los hicieron avanzar hasta la
puerta de cuyo otro lado estaban Fierro y su asistente. Allí la
resistencia de los colorados se acentuó; pero el golpe de los
caballos y el cañón de las carabinas los persuadieron a optar por
el otro peligro, por el peligro de Fierro, que no estaba a un dedo
de distancia, sino a veinte pasos.
Tan pronto como aparecieron dentro
de su visual, Fierro los saludó con extraña frase -frase a un
tiempo cariñosa y cruel, de ironías y esperanza.
-¡Andeles, hijos: que nomás yo
tiro y soy mal tirador!
Ellos brincaban como cabras. El
primero intentó abalanzarse sobre Fierro, pero había dado tres
saltos cuando cayó acribillado a tiros por los soldados dispuestos
a lo largo de la cerca. Los otros corrieron a escape hacia la tapia:
loca carrera que a ellos les parecía un sueño. Al ver el brocal
del pozo, uno quiso refugiarse allí, la bala de Fierro lo alcanzó
primero.
Los demás siguieron alejándose;
pero uno a uno fueron cayendo -Fierro disparó ocho veces en menos
de seis segundos-, y el último cayó al tocar con los dedos los
adobes que, por un extraño capricho de ese momento, separaban de la
región de la vida la región de la muerte. Algunos cuerpos dieron
señales de aún estar vivos; los soldados, desde su puesto, tiraron
para rematarlos.
Y vino otro grupo de diez, y luego
otro, y otro y otro. Las tres pistolas de Fierro -dos suyas, la otra
de su ordenanza- se turnaron en la mano homicida con ritmo
infalible.
...............................................................
Había anochecido. Brillaban algunas
estrellas. Brillaban las lucecitas de los cigarros al otro lado de
las tablas de la cerca. El asistente rompió a andar con paso débil,
y fue, medio a tientas, hasta el último de los corrales, de donde
regresó a poco trayendo de la brida los dos caballos -el de su amo
y el suyo-, y, sobre uno de sus hombros, la mochila de campaña.
Se acercó al pesebre. Sentado sobre
una piedra, Fierro fumaba en la oscuridad. En las juntas de las
tablas silbaba el viento.
-Desensilla, y tiéndeme la cama
-ordenó Fierro-; ya no aguanto el cansancio.
-¿Aquí en este corral, mi jefe?...¿Aquí?...
-Sí, aquí.
Hizo el asistente como le ordenaban.
Desensilló y tendió las mantas sobre la paja, arreglando con el
meletín y la montura una especie de cabezal. Minutos después de
tenderse allí, Fierro se quedó dormido.
El asistente encendió una linterna,
dio grano a los animales y dispuso lo necesario para que pasaran
bien la noche. Luego apagó la luz, se envolvió en su frazada y se
acostó a los pies de su amo. Pero un momento después se incorporó
de nuevo, se hincó de rodillas y se persignó. En seguida volvió a
tenderse en la paja.
* * *
Pasaron seis, siete horas. Había caído
el viento. El silencio de la noche se empapaba en luz de luna. De
tarde en tarde sonaba próximo el estornudo de algún caballo.
Brillaba el claro lunar en la abollada superficie del cubo del pozo
y hacía sombras precisas al tropezar con todos los objetos: con
todos, menos con los montones de cadáveres. Estos se hacinaban,
enormes en medio de tanta quietud, como cerros fantásticos, cerros
de forma confusas, incomprensibles.
azul plata de la noche se derramaba
sobre los muertos con la más pura limpieza de la luz. Pero
insensiblemente aquella luz de noche fue convirtiéndose en voz, voz
también irreal y nocturna. La voz se hizo distante: era una voz
perceptible apenas, apagada, doliente, moribunda, pero clara en su
tenue contorno como las sombras que la luna dibujaba sobre las
cosas. Desde el fondo de uno de los montones de cadáveres la voz
parecía susurrar:
- Ay...
Luego calló, y el azul de plata de
la noche volvió a ser sólo luz. Mas la voz se oyó de nuevo:
- Ay... ay...
Fríos e inertes desde hacía horas,
los cuerpos apilados en el corral seguían inmóviles. Los rayos
lunares se hundían en ellos como en una masa eterna. Pero la voz
tornó:
- Ay... ay... ay...
Y este último "ay" llegó
hasta el sitio donde Fierro dormía e hizo que la conciencia del
asistente pasara del olvido del sueño a la sensación de oír. El
asistente recordó entonces la ejecución de los trescientos
prisioneros, y el solo recuerdo lo dejó quieto sobre la paja,
entreabiertos los ojos y todo él pendiente del lamento de la voz,
pendiente con las potencias íntegras de su alma.
- Ay... Por favor...
Fierro se agitó en su cama.
- Por favor... Agua...
Fierro despertó y prestó oído...
- Por favor... Agua...
Entonces Fierro alargó un pie hasta
su asistente.
-¡Eh, tú! ¿No oyes? Uno de los
muertos está pidiendo agua.
- ¿Mi jefe?
-¡Que te levantes y vayas a darle
un tiro a ese jijo de la tiznada que se está quejando! ¡A ver si
me deja dormir!
-¿Un tiro a quién, mi jefe?
-A ese que pide agua, ¡imbécil! ¿No
entiendes?
-Agua, por favor, repetía la voz.
El asistente sacó la pistola de
debajo de la montura y, empuñandola, se levantó y salió del
pesebre en busca de los cadáveres. Temblaba de miedo y de frío.
Uno como mareo del alma lo embargaba.
A la luz de la luna buscó. Cuantos
cuerpos tocaba estaban yertos. Se detuvo sin saber qué hacer. Luego
disparó sobre el punto de donde parecía venir la voz: la voz se oyó
de nuevo. El asistente tornó a disparar, se apagó la voz.
La luna navegaba en el mar sin límites
de su luz azul. Bajo el cielo del pesebre, Fierro dormía.

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