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Sitio oficial del escritor argentino: MARCELO D. FERRER |
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Cuentos elegidos |
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EL Mal Una noche rodearon la cama contigua con biombos. Alguien explicó a Efrén
que su vecino estaba agonizando. Ese vecino perverso no sólo le había
robado la manzana que estaba sobre la mesa de luz, sino el derecho a
gozar de la protección de esos biombos, en cuya otra faz había
seguramente pintadas flores y figuras de querubes. Esta circunstancia
oscureció la alegría de Efrén. Asimismo, con sábanas y frazadas para
cubrirse, estaba en el paraíso. Veía de soslayo la luz rosada de los
ventanales. De vez en cuando le daban de beber; tenía conciencia del
alba, de la mañana, del día, de la tarde y de la noche, aunque las
persianas estuvieran cerradas y que ningún reloj le anunciara la hora.
Cuando estaba sano solía comer con tanta rapidez que todos los
alimentos tenían el mismo sabor. Ahora, reconocía la diferencia que
hay hasta en los gustos de una naranja y de una mandarina. Apreciaba
cada ruido que oía en la calle o en el edificio, las voces y los
gritos, el ruido de las cañerías, de los ascensores, de los automóviles,
de los coches de caballos que pasaban. Cuando sentía necesidad de
orinar tocaba el timbre; mágicamente aparecía una mujer, con blancura
de estatua, trayendo un florero de vidrio que era una suerte de reliquia
y esa misma mujer, con ojos etruscos y uñas de rubí, le ponía enemas
o lo pinchaba con una aguja como si cosiera un género precioso. Una
caja de música no era tan musical, el pecho de una santa o de un ángel
tan buenos como la almohada donde recostaba la cabeza. Cosquilleos
agradables le corrían por la nuca, bajaban por la columna vertebral a
las rodillas. Pensaba: era la primera vez que podía pensar: "Qué
precio tiene un cuerpo. Vivimos como si no valiera nada, imponiéndole
sacrificios hasta que revienta. La enfermedad es una lección de anatomía."
Soñaba: era la primera vez que podía soñar. Juegos de billar, una
pipa, el diario leído minuciosamente, viajes breves, mujeres que le
sonreían en un cinematógrafo, una corbata roja, lo deleitaban.
En sus delirios tenía presencias del futuro; las
visitas de los domingos, que se enteraron de su don, acudían al
hospital para acercarse a su cama y oír las predicciones.
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