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Sitio oficial del escritor argentino: MARCELO D. FERRER |
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AMIGOS POETAS: Gabriela Peraza de Córdoba |
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Me
preguntaste… Que significabas en mi vida. Depravado justiciero de mis insultos. Desconocido bajo el disfraz del enojo. Páramo donde retoñan las fintas de la inmadurez. Vos que abaleas con tul los sombrajos de mi alma y entre trapisondas besos y mordiscos narcotizas las heridas. ¡Sos el duelo de mis lágrimas! El elemento por el que penan mis brazos. El sueño que busco entre la oscuridad de mis párpados, fiebre elíptica del laberinto azulado de mis venas. Rumor dulce que llena mi boca. Hilo de plata que cose mi tímpano. Piel donde se calcina el invierno. Espermatozoide que eclipsa mi óvulo en Venus. Febrero 18, 2004 Espejismo Anoche vi danzar delfines alrededor de la luna que salpicaron con espejos las cortinas y las sábanas. La brisa bramó impetuosa, celosa, consternada deshilachando la niebla espesa como algas de plata. Y fui mujer salina al pincelarme tus olas color de estrella fundida en el inmenso mar de mis gaviotas. Febrero 24, 2004 Gabriela
Peraza de Córdoba.
Lujuria infernal¿Es
espanto? ¿o
es deseo? No
lo sé, pero titilo… Tu
destreza con el toque (suspiro
agonizante) que
resbala y sondea, ¡deshoja
mi voluntad! empinando
el lago cobrizo de
mis senos Escaldándome,
escribiéndome, circulándome, bebiéndome, regando
cada escondrijo con
tu lengua impregnada en
las mieles del averno. Marcándome con
tu lumbre, sin cenizas. ¡Maldito
seas! Caes
sobre mí como chubasco, azotando
el polvo de mi sangre, barriendo
la cal de los recuerdos; mis
prejuicios se ahogan en tu abrazo. Y
me entrego feroz al ritual de nuestras carnes, a
la estocada azul de tu lanza que
me excava, allí
donde el deseo colinda con el desatino y
la luna conjura mis mareas. Y
entonces adoro tus
embestidas brutales, el
exceso de tu infierno desatado. La
hosquedad con que me estrechas, el
hálito llameante de tu boca. Nos
tiramos del cabello, nos
revolquemos por el suelo, cruzamos
nuestros cuerpos con aullidos. Mis
alas se despluman, tus
hombros se desprenden de
sus sombras. Y
rebasamos el lejano portón de
la cáustica ternura. Enero 16, 2004. Gabriela
Peraza de Córdoba.
Centellas Parpadea
en la comisura de una nube una
raíz de plata, iluminado
el silencio de la tarde. Estallando
la luz sobre
el espejo de concreto de
las aguas perspicaces. Ella
se marchó y
abrió con sus ojos el
horizonte inacabable. Peregrinó
consternada, con
un grito homicida en
las pupilas y
un apocalíptico sueño congelado
en la sangre. La
falda empapada, cortando
charcos con
el zapateo de sus
sandalias. Ignorando
el cataclismo de sus huesos, Acometía
la fatalidad Con
el balanceo de su talle. Corrió
por las calles repletas de
corazas… rumores
de lluvias abismales. Poblando
de reniegos cada
rincón del pañuelo con
el que secaba su semblante. El
destino derramó
ascuas de terciopelo sobre
su cabellera salvaje, y
quedó tendida en el asfalto, inerte con
los ojos abiertos lamentando
el tropel de abrazos que
quedaron si darse… Febrero
25, 2003 Dos Noche,
en
las afueras del pueblo dos
figuras la
tuya, y la mía. Me
exhibí a tus ojos por
última vez, mi
capa ondeaba con el viento, y
las hebras de mis cabellos cosían
con cautela la
repudiada noche que
gimoteaba entre los árboles. No
temiste a mis manos frías, al
naranja de mi iris, ni
a la emoción que me impedía tocar
el suelo. Me
abrazaste y
desaparecí entre tu cuerpo como
muro tragado por
la hiedra. Caímos
detrás del universo envueltos
en el sacramento de
la bruma. En
un beso separaste
mis labios con
una espiral de
silencio sostenido, mi
boca se convirtió en
anillo de llamas que
busco rumbo en
tu horizonte de rubíes. Dejé
de ser arcángel y
me convertí en diabla que
consumida por la sed clavó
los colmillos en
tu lengua tibia. Tu
sangre corrió por
mi garganta para
regar las rosas tenebrosas de
mi alma. Abriendo
los ojos te
entregaste sin suplicio y
desencadené los
espinos del abismo. Tuviste
fe en mí (virgen
demacrada por la ausencia) que
robó el calor de
tu último beso, que
bailó con tu cadáver sobre
el puente, para
después despeñarte en
el río inmemorial, oscuridad
de mi silencio. Octubre
13, 2003 Gabriela
Peraza de Córdoba.
La
ola Aún
temo a esa ola enorme, que
en las pesadillas me persigue. Se
alza como monstruo excediendo
el sol, anulando
el horizonte. Por
más que trato no
puedo fugarme, termino
sometida a
su envolvedor abrazo. Que
me sala el juicio y
los sentidos, que
me borra el rostro con
sus algas. Apresándome en
su colérica soberbia, en
su vacío húmedo de
azules garras. Cruje
su arena entre
mis dientes, me
cauteriza los ojos su
febril marea. Rasgando
mis venas onda
tras onda, rompiendo
en mil espumas sobre
mi piel playa
morena. Hace
de mí ¡gaviota
rota! que
se esconde a ciegas sollozando, casi
ahogada, desplumada, (pico
sin canto) perdida
entre las
rudas piedras. Julio 28, 2003 Gabriela
Peraza de Córdoba.
El
tiempo y yo Las
sombras se alargan en
mi ventana... se
acaba el día Me
envuelve un ligero mareo que
gira, y gira. como
el abanico que
cuelga del tejado. Revolviendo
todas mis miserias: los
minutos perdidos y
los segundos ganados. Los
deseos de comer ¡se
me olvidaron! En
la interminable lucha por
ganarle al reloj la
prisa me anudó el estómago. Mi cabeza
se bambolea como
si llevara el mundo suspendido
sobre la nuca. Y los
músculos de la espalda tiran
cansados sosteniendo
el esqueleto que
grita iracundo que
quiere estar acostado. Los
desvelos se parapetan
en bolsitas bajo mis
ojos, susurrándoles
continuamente que
están muy cansados. Y
cada parpadeo, Entonces
se hace cada
vez más largo. Convirtiéndome
en la sombra de
lo que soy. E
invitándome a soñar Con
lo que seré mañana. Cuando
el despertador suene
otra vez y
antes de abrir los ojos decida que
clase de día le
daré a mi alma. Jueves
22 de Marzo 2001. Gabriela
Peraza de Córdoba. Violonchelo
Como
violonchelo de
ondulada madera abrazo
tu cuerpo caoba para
dar un concierto, de
sonidos cóncavos y
húmedos silencios. Separo
mis piernas y
muslos que destilan lumbre contemplan
atentos mientras
clavo mis rodillas en
los flancos de tu cuerpo. Templo
las clavijas una
a una como la teoría lo enseña, sucumbe
el tono discorde mientras
las cuerdas se tensan. La
caja de resonancia
(donde
los tonos se engendran) empieza
a transpirar compases de
impaciencia. Acordes
que no afloran a
tus oídos ni los míos vibran
en el interior con
sostenida fuerza. Resquebrajando
el puente donde
reposan las cuatro cuerdas: Lujuria Impaciencia Temor Entrega Marco
el ritmo rasgando
deseos a
la penumbra del instinto animal. Tildando
las ganas que
resaltan del pentagrama inscrito
en tu piel de sal. Con
una mano sostengo el
arco mientras
la otra sin clemencia sujeta
el mástil apuntalando acordes. Arrancando
melodías a la carne, hasta
hacerte olvidar tu nombre. Tus
álgidas cuerdas cobran
entre mis dedos vida y
con pericia
te arranco un sí, sostenido. En
medio de un arpegio de cadencias y
quejumbrosas armonías. La
piel transpira música. el
ritmo pausado del principio inicia
su crescendo. Y
al unísono se funden ¡Concertista
e instrumento! 15
de Mayo de 2001 |