MARCELO D. FERRER

Cartas a mi país

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La soberbia, al fin, se paga.
Marcelo D. Ferrer
La Plata, Buenos Aires, Argentina. (06/04/2004).

        Quedará como una enseñanza
 que no es inteligente pararse encima de las encuestas.

        El jueves 1º de abril había en la plaza no sólo cantidad, había "la gente" que todo político sueña convocar. Las manifestaciones de "poder" mediante el arreo de personas sin convencimiento ni concientización a actos generalmente personalistas, siempre fueron un desencanto para los organizadores cuando los reunidos expresaban más fervor por un sándwich de chorizo que por la alharaca del principal orador. En la convocatoria realizada por Blumberg, la diferencia no fue la clase social de los reunidos, había en la Plaza de los Dos Congresos un amplio espectro de personas que sufren por igual los embates de la delincuencia y la claudicación del estado; la diferencia estuvo en la conciencia y en los ideales republicanos que las impulsó.

        Hay en Argentina un amplio sector de la sociedad (moderado) que es consciente de sus necesidades, intuye el engaño, abomina el discurso facilero y teme a los extremos. Las encuestas son un corte transversal de la sociedad en un momento; una foto que no se toma igual dos veces. Una sociedad tan carente de soluciones como la nuestra, es muy fungible; sólo se la mantiene en la foto mientras aprecie en la acción de sus gobernantes la búsqueda de soluciones para sus demandas.

        El gobierno "Kirchner", en estos diez meses, ha tenido al menos tres discursos: El primero revisionista y reivindicacionista; dándole consistencia al debate ideológico más allá de las palabras, incluso. El segundo: de esperanza; dirigido al sector moderado y mayoritario de la sociedad, que obediente a su moderación, fue consecuente y esperó con cautela la puesta en acción de los enunciados. El tercero, fue agresivo, soberbio, descalificador y amenazante; estuvo dirigido a la derecha que este gobierno agrupa en un abanico que engloba a las fuerzas de seguridad, a las empresas privatizadas y en general, sin distinción, a todos a quienes les fuera bien en la Argentina.

Un punto de inflexión

        Esta izquierda que apaña el gobierno es difícil de satisfacer, su vocación es el poder, y como cada facción ostenta un proyecto propio, todos son el enemigo; incluso, los que les conceden favores. Es más fácil perder el apoyo de la izquierda, que la esperanza de los sectores moderados. Pero hay un riesgo todavía mayor: una izquierda revalorizada -como fue revalorizada por este gobierno- y a la vez desencantada, puede ser el peor de los enemigos.

        A los sectores moderados ya no le hacen efecto las promesas vertidas como placebo, ha ganado la calle y ahora exigirá soluciones. Los conflictos más serios que enfrenta el gobierno impactan de lleno en estos sectores: inseguridad, tarifas, energía, y en general, calidad de vida que incluye una negociación con los bonistras cuyo éxito va más allá de la simple rebaja de la deuda y engloba la alternativa de un crecimiento sustentable.

        La derecha, aunque dispersa, espera; ni bien el árbol comience a inclinarse, comenzará a trozarlo.

        Para que a la torta no le falte su cereza, un presidente atolondrado y ensoberbecido por los altos índices de adhesión popular, apresuró el sueño del partido propio tensando a tal punto las alianzas que lo llevaron al poder, que al menor traspié, quedará solo.

        Este presidente, como una gran mayoría de los que pasaron por la casa de gobierno, comete un error crucial: el gobernar para los argentinos de hoy embarullándose entre los diversos y contrapuestos intereses coyunturales que sólo encuentran solución con políticas de largo aliento. A las claras queda de resalto que no hay proyecto de gobierno más allá de la mera búsqueda de adulación y reconocimiento personal.

        Alguna vez, algún gobierno, debería comprender que gobernar es hacerlo para las generaciones futuras, planificando y elaborando políticas de estado que sean soluciones para el presente de nuestros hijos.

 

 

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