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Sitio oficial del escritor argentino: MARCELO D. FERRER |
Hay mucha
torpeza política en Kirchner, y el declive del halo que
envuelve a los presidentes recién asumidos, lo va
poniendo en evidencia.
Hay torpeza dirigente y carencia de facultades estadistas cuando un líder no logra en un plazo perentorio aislar al país del día a día y es absorbido por las cuestiones domésticas de su partido o por peleas intestinas en el seno de su equipo de gobierno. Resulta difícil encontrar en la historia reciente de nuestro país un líder que haya sido capaz de poner de pie a toda la nación en pos de un objetivo que supere las mediocres antinomias de las peleas chicas. Resultan excesivamente mundanos nuestros dirigentes. Algunos, como Kirchner, porque piensan que el mérito consiste en confundirse con la gente en lugar de dirigirla; otros... por su torpeza e ineptitud.
Cuando un individuo llega a la primera magistratura de estado, lo envuelve la expectativa. En una sociedad tan carente como la nuestra, tan acostumbrada al sometimiento que le impone un sistema político muy poco democrático; una sociedad tan proclive a la gestación de mitos de toda especie; de inmediato, ante la investidura de un presidente, y con abstracción del modo en que éste halla accedido a la primera magistratura, tiende a magnificar su capacidad de gobierno y su visión de estadista. Tan grande era -y es- la necesidad del pueblo argentino de recrear sus expectativas al tiempo de la asunción de Kirchner, que incluso, más allá de la retórica proselitista, nadie sabía -ni sabe- cuáles eran los programas de gobierno que sustentaban sus diatribas. Aún hoy a excepción de la continuidad económica ya entronizada por el Ministro de Economía y un esquema de obras públicas de relenta gestación, no existen programas sustentables que permitan vislumbrar un país más allá de su coyuntura.
Pero Argentina no es una isla, resulta un
mal latinoamericano -excepto Chile- esta cuestión de carecer de
visionarios en el ejercicio del gobierno. Las mentes
esclarecidas escasean tanto como los lideres despojados de
vanidad y resueltos a actos patrióticos. Nuestros líderes jamás
aceptarán su fracaso o su ineptitud; pudiendo, incluso,
conducir a las sociedades a sus mayores catástrofes con el mero
fin espurio de salvaguardar su investidura. Ha ocurrido en
nuestro país cuando la insurrección a De La Rúa que él
mismo sustentara en un ostracismo carente por completo de
grandeza y liderazgo. Lo hizo Rodríguez Saa cuando
suspendió el pago de la deuda externa buscando el desvergonzado
aplauso del congreso. He incluso, lo hizo Eduardo Duhalde cuando
devaluó el peso frente al dólar para sumar un jalón más a su
personal contienda contra el menemismo. El resultado de todo
ello fue esta crisis en la cual continuamos sumergidos, con
el agravante de que Kirchner, también inmerso en peleas chicas,
ha exacerbado todavía más las antinomias.
A menudo se dice que los
pueblos tienen los gobiernos que merecen. Es por su
omisión al exigir ejercer sus más elementales derechos en una
organización democrática; entre ellos, un sistema
transparente y de igualdad de oportunidades para erigirse
en candidato a un puesto de liderazgo. Las componendas mafiosas
enquistadas en la organización neutralizan todo cambio. Luego
la falta de oportunidades y la pobre educación hace el
resto para que la mediocridad continúe y se realimente de
sus propios excrementos. Quebrar ese círculo antropófago no es
sencillo. Al menos no lo es desde la razón cuando hay
tantos intereses enquistados y tan bien representados para
su exclusiva mezquindad.
En particular, este presidente
-que debiera cumplir su mandato hasta su fin para poner todavía
más de resalto el círculo ruinoso que genera la escasa
propensión democrática de los actuales líderes de la sociedad
Argentina-, da la sensación de que se ha encontrado con una
labor para la cual no estuviera preparado. Incluso, el ejercicio
que hace del poder confundiendo autoridad con autoritarismo
denotan importantes trastornos de personalidad que no son
precisamente benignos. Cae en contradicciones que ponen de
resalto caprichos que adolecen de equidad y equilibrio; por
caso, su falta de discernimiento para medir la reacción ante
hechos de suma gravedad respecto de otros que no lo son tanto.
Baste simplemente con mentalizar sus airadas reacciones frente a
las críticas y su obcecación en cuanto a no criminalizar -y
hasta encubrir- las más flagrantes transgresiones a la ley. Hay infantilismo cuando
expía sus responsabilidades en funcionarios renunciantes o
expulsados del gobierno toda vez que él mismo, en cada tribuna
que ha pisado, personaliza toda idea y decisión.
Los resortes de la democracia
debieran velar para que los más aptos y honorables lleguen a lo
más alto de la dirigencia. Algunos pueden pensar que esto es
una utopía, pero es creyendo en utopías que más nos acercamos
a las utopías. Es posible una organización democrática con
fuertes instituciones que al oponerse entre sí en la custodia
de los intereses supremos de una nación, se provea de líderes
más aptos y altruistas, que los actuales, para dirigirla. Se
gestaría así un círculo de virtuosismo capaz de pensar un país
hacia el futuro.