Y hasta Arlasnián pudiera llegar a
ser juez de la Corte
16/11/2005
Marcelo D. Ferrer
De cierto hay, que un nutriente para la conciencia,
es la bestialidad.
El grotesco supera la imaginación del mejor artista.
Descalabro, es la
palabra. Se duda al escribirla.
Transmitir percepciones implica
un acto subjetivo que trasciende la observancia. Sin
embargo, hay hechos concretos en nuestra Argentina de hoy
que se perciben como si la mismísima nación se estuviese
desmembrando. Esa inmoderación de quienes guían los
ánimos de una sociedad que no posee un horizonte en común, y
la ausencia de ética y apego a los ideales democráticos de
nuestros gobernantes, enrarece el clima de convivencia toda
vez que se vuelven anárquicos los métodos de quienes nada
tienen por perder. Sin embargo, hay un dique de contención en
la conciencia que genera ese grotesco.
La IV cumbre dejó
enseñanzas. Así como hubo una doble actitud abierta y
manifiesta frente a Bush al invitarlo con la mayor cordialidad
mientras se auspiciaba descaradamente su repudio, igual
actitud percibe la sociedad al ver cómo se financian con
dineros públicos las actitudes antidemocráticas de los anárquicos,
y luego, con absoluto desparpajo, se los condena frente a
las cámaras de televisión.
Igual hipocresía
existe cuando se asocia la vieja política con Duhalde
o Alfonsín, y el propio Presidente y su Ministro coordinador se
pavonean en los despachos presidenciales produciendo cohecho, o
borocoteando, para utilizar la novísima expresión, con políticos
de la oposición que apenas días atrás eran ungidos por
el pueblo en ese tan sagrado acto de la democracia como es
la emisión del sufragio.
En el mismo
sentido, y nada más que por hablar de hechos recientes, lo
sucedido en la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos
Aires al respecto de la acusación a Ibarra. Los mismos que habiendo
perdido la votación acusan de politizar la tragedia, no
midieron, en su afán por sostener al ahora jefe de gobierno
suspendido, medios antidemocráticos para la adquisición de voluntades.
La gente lo sabe.
Otro tanto ocurre
con la economía. A través de un dólar sobrevaluado se
subsidia, a expensas del salario real, a un sector de
la industria nacional, pero se dice que esa política "progresista" sirve
para una mas equitativa redistribución del ingreso. Basta
con ver que a igual PBI de hoy comparado con el existente en
1998, la participación del sector asalariado ha
disminuido en un 50%, con el agravante indigno de la
clandestinidad y la siempre perversa compra de voluntades
que significa el subsidio a la pobreza. El mal recuerdo de
la inflación perenne en la sociedad da el alerta.
Se miente; se
sobreactuan las ideologías; se agitan masas que segmentan al
ejido social; se expían las culpas propias, la ineptitud y
la carencia de ideas, en intereses foráneos; se es capaz
de todo y nada en el afán por salvar unas ropas que nunca
se lavan.
Y hasta Arlasnián
pudiera llegar a ser juez de la Corte ¿Y por qué no? si es a
fin al interés de que nada cambie; de que nadie en la justicia
se pregunte si hubo o no cohecho en el escándalo Borocotó.
Palo en la rueda a un poder democrático para el vaciamiento de
la democracia y esa conciencia cívica que tanto nos
cuesta conseguir. Cuánto más enrarecido el clima de la
confrontación, mejor. Pero la gente ha dejado de ser
tonta.
Mienten. Mienten
y pavonean airosos sus mentiras creyendo que la
incauta sociedad, tan luego de tantos años de conocerlos,
les creerá. Entonces se sorprenden de que "operaciones políticas",
como la de Borocotó, no se las aplaudan ni se las vea
como un éxito más de la tan remanida viveza
criolla.
Hay una
conciencia que reacciona a la barbarie política de mostrar
con tanto desparpajo la inmoralidad. No es casual que luego de
las elecciones, "los exitosos", parezcan los vencidos.