|
Sitio oficial del escritor argentino: MARCELO D. FERRER |
En
realidad la inflación es consecuencia de un problema más grave
y profundo. El real problema es la falta de inversión y el déficit
del estado.
Es
por ello que todas las medidas que tiendan al control
y a la persecución de empresarios en la búsqueda de contener
la inflación, profundizarán el problema inflacionario al
malograr, todavía más, el pobre clima de negocios en
el país.
Un
reciente informe del Banco Mundial pone un alerta que ya
hemos tratado en otros comentarios. Aunque este informe del
Banco Mundial se refiere a la inversión en infraestructura y
previene que la carencia de ella detendrá el crecimiento,
la prioridad para el momento económico argentino, es, también,
la inversión productiva.
Lo que debiera hacerse
La
inflación tiene al menos dos componentes estructurales y uno
social. Los estructurales son el desequilibrio entre la oferta y
demanda de bienes -y no tanto de servicios-; y, la sobre
expansión monetaria de sostener un dólar artificialmente alto.
El otro componente se enlaza con el discurso reivindicativo
social y la excesiva entidad que han adquirido los sindicatos,
las organizaciones piqueteras, los desocupados y las
agrupaciones de extrema izquierda.
Concurre
al problema la estructura fiscal del estado, cuyo "superávit", en
mayor medida, se compone de la recaudación de tributos que
dependen de la sobrevaluación cambiaria; retenciones a los
exportadores, por ejemplo, aunque debiéramos sumar también los
ingresos aduaneros.
Si
no hubiera la política de por medio, este problema se resolvería
mediante una simplificación. Es decir, se ajusta el exceso de
gasto estatal, se baja el tipo de cambio y se eliminan las retenciones
a los exportadores. Ello produciría una mejora inmediata del
salario real y más transparencia económica al evitarse
los instrumentos de expansión y contracción monetaria.
Con
casi los 27 mil millones de dólares en reservas que el actual
esquema permitió mientras los precios relativos se reacomodaban
en lentitud por la ociosa infraestructura productiva, encontrándose
al límite ésta, el siguiente paso sería asegurar la caja y
disminuir la exposición a una crisis que echaría por la borda
todo. Es pues, tiempo de racionalidad y cambio.
Las
razones políticas que impiden tal simplificación se basan en
que esta alquimia fiscal para disfrazar el déficit,
se hace para contener los estallidos sociales y para
contribuir a una más equitativa redistribución del ingreso.
Concretamente: el mensaje es que a través de las retenciones se
le quita al rico y esa riqueza se distribuye en planes
sociales o mediante el fomento de la obra pública.
Coincidimos
en lo básico. Es una función
insustituible del estado propender a la mayor equidad entre los
ciudadanos. Por ello los impuestos son progresivos y por ello el
que más tiene es el que más debiera contribuir.
Pero
en la actual política hay mucho de hipocresía. Porque no se
trata de distribuir superávit genuinos sino déficit,
y estos déficit son generadores de inflación,
y la inflación quita de una mano del carenciado, lo que se le ha
puesto en la otra. Esta situación tensa el clima social.
Primera
medida entonces: transparentar el real déficit
de las cuentas públicas y procurar un genuino superávit fiscal
que sea suficiente, además, para cubrir la porción
infinanciable de la deuda pública.
En
cuanto a la inversión pública hay que decir que ella es
posible sí y sólo sí, existe un sector privado vigoroso que
permite la recaudación suficiente para realizarla. Con lo cual,
si no se impulsa fuertemente la inversión privada, la inversión
pública perderá paulatinamente su impulso, y con ella, perderá
impulso la economía.
Agreguemos en este punto que esta problemática debió haberse previsto con anterioridad y que en ello es fundamental la responsabilidad de Roberto Lavagna. Cuando la gravedad de la situación, por su urgencia, amenaza con males mayores, las alternativas para resolverla se reducen. Como ha pasado en otras oportunidades en nuestro país, en lugar de redimensionar la estructura del estado al nuevo estatus quo, se opta por una devaluación. Ahora mismo imagino a muchos tentados por hacerla. El excesivo incremento del gasto público improductivo del último año echa por tierra el enorme esfuerzo de todos, hoy, el rumbo de superávit, requiere ser encausado.
Si las cosas se hubieran planeado a conciencia, el asunto de la inversión debería haberse previsto; su incentivación debió comenzar el día que se puso en marcha el "plan Lavagna", que para la coyuntura de 2002 que recibiera su mentor -devaluación consumada mediante-, era una alternativa válida.
Hay que decir, entonces, que si Roberto Lavagna y también el Presidente, hubieran contribuido a un mejor clima de negocios desde el comienzo, no estaríamos hoy ante la alternativa inexorable del ajuste.
Resuelto
este tema que no es menor puesto que de certeza económica futura
estamos hablando y ello propendería a una mayor credibilidad lo
que mejoraría el clima de inversiones, debemos resolver dos
asuntos coyunturales:
1)
El problema social que el ajuste del estado implica. Es
decir: ¿Cómo hacer el ajuste sin que aumente la pobreza o
la sensación que se tiene de ella? Y,
2)
el desequilibrio entre la oferta y demanda de bienes que,
como dijimos, no es causa exclusiva de la inflación.
No
es necesario que las medidas se tomen abruptamente; basta con
comenzar y dar señales claras a los agentes económicos del
rumbo que se ha trazado; todavía se está a tiempo. Es decir, a
medida que el estado va adecuando su estructura al tamaño
posible de nuestra economía, converger a un sistema de seguro
social mas equitativo, transparente y eficaz, que propenda a la
vez al reentrenamiento de la mano de obra y a la reinserción
social.
El
segundo aspecto de la coyuntura casi encontraría solución por
sí solo. Un tipo de cambio racional impulsaría la importación
de bienes en falta que equilibrarían la demanda.
Claro que habría que evitar el síndrome de los 90' y,
aranceles mediante, equilibrar la menor competencia Argentina en
relación a la de otros países y así, proteger la industria
nacional, dándole, a la vez, un incentivo a la inversión para
mejorar la competitividad.
Pero
todo esto requiere un plan y que el plan sea consensuado.
Debieran trazarse los objetivos a largo plazo, para luego,
ocuparnos de la letra chica en un debate constructivo entre los
sectores en pugna.
Para finalizar con este punto debiéramos agregar que Lavagna se fue porque no quería ser él el padre del ajuste, o porque el presidente jamás se lo hubiera permitido.
Como la matemática y como la física, la economía es una ciencia exacta por partida doble hasta, que la política y las expectativas entran en juego. Pero, en algún momento las distorsiones emergen y requieren de una corrección.
El
componente social de la inflación
Es
esto lo más grave de la situación. Concurren aquí la ceguera
ideológica y los intereses espurios de algunos. A ello
contribuye el discurso oficial y ese afán hegemónico que se
concibe de la política, y por qué no decirlo, un mesianismo
que trasciende nuestras fronteras y que adhiere a proyectos
muy lejanos de la problemática de nuestro país. Esta
locura -porque es desquiciada la carencia de sentido común- nos
enfrenta a unos contra otros poniendo en riesgo la paz.
Para
este problema es difícil encontrar soluciones porque
contra la necedad y la ceguera mental, no es un arma la razón.
Nota
del autor:
ha sido intención poner este mensaje sin tecnicismos y evitando
puntualidades para una mejor comprensión del lector no experto.
(Se autoriza su difusióncon mención de la procedencia)
(*) MARCELO D. FERRER nació en la ciudad de La Plata, provincia de Buenos Aires, República Argentina. Es Contador Público y Licenciado en Economía; Escritor, Poeta y Ensayista. Es miembro y ha presidido diversas O.N.G. dedicadas a la educación y al servicio comunitario.