Sitio oficial del escritor argentino: MARCELO D. FERRER

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El ocaso de una potencia
Por Marcelo D. Ferrer (*)

La economía es la  consecuencia de los desmanejos políticos o sus aciertos. 
Se acondiciona por la evolución o involución tecnológica.

    Irreversiblemente el dólar irá declinando su cotización. Los serios desajustes macroeconómicos de Estados Unidos -aún cuando los indicadores no lo muestren todavía- provocarán en este país una recesión. El efecto "supernova" que vemos en la actualidad confunde. Al igual que le sucede a una estrella cuando quema lo último de su combustible, del mismo modo ocurrirá con la economía de la principal potencia del mundo; se contraerá.  Explicaremos por qué.

    
    El combustible de esta súper potencia ha sido y es todavía su credibilidad tras su enorme poderío económico. El dólar estadounidense es desde hace décadas la moneda mediante la cual se realizan la mayoría de las transacciones comerciales internacionales, ello induce, y en cierto modo obliga, a que los bancos centrales del mundo la atesoren en calidad de reserva. 


    El mundo cambia a velocidades vertiginosas; inapreciables aún, en la medida que cambiamos con él; pero dignas de una nueva era  de la evolución de la humanidad al trasluz de la historia. 

    En 1966 Alann Greenspan decía: "El abandono del patrón oro ha permitido a los responsables del Estado del Bienestar usar el sistema bancario para expandir el crédito ilimitadamente. Ellos han creado reservas de papel en forma de bonos nacionales que, mediante una serie de complejos pasos, los bancos aceptan en lugar de activos tangibles y tratan como si de un auténtico depósito se tratara, es decir, como el equivalente de lo que antaño era un depósito de oro. El tenedor de un bono nacional o depósito bancario creado por reservas de papel cree que tiene un derecho sobre un activo real. Pero el hecho es que existen ahora más derechos que activos reales."

    Del mismo modo que el abandono del patrón oro permitió consolidar el dinamismo de las transacciones económicas de comienzos del siglo XX, hoy, el volumen del comercio mundial hace irracional que un único país -casi en exclusividad- certifique la solidez de la moneda dominante en las transacciones del comercio internacional, sin que ello implique una limitación. Tal vez ha llegado el tiempo de reformular los instrumentos. Como nunca en el pasado adquieren relevancia las teorías de Irving Fisher.

    El dinero conforme lo vemos hoy, tiende a su desaparición; lo reemplazará la tecnología. Este proceso ha comenzado a fines del siglo pasado y acelera su rumbo en el presente. Ello lleva consigo nuevas formas de apreciación del valor y nuevas formas de resguardo, que modificarán las ciencias económicas y el concepto de eficiencia. Con todo ello, cambiarán también los mecanismos de intercambio internacional.

    De igual modo que sucede con lo necesario cuando deja de serlo, paulatinamente las relaciones económicas entre los países y los particulares irán transformando el modo de hacerse y percibirse.

    ¿Qué cree que sucederá con la cotización del dólar a medida que se discontinúe su utilización? Si su respuesta coincide con la mía, añada en tal caso la pérdida de poder adquisitivo para más de un cuarto del consumo mundial. Y si eso no fuera suficiente, incorpore inflación interna y la que será exportada al resto de las naciones que la posean en calidad de reserva.

    En la actualidad, Estados Unidos acumula un déficit gravitante en su presupuesto que es financiado a la vieja pero todavía vigente, usanza.

    Mientras Estados Unidos acumula déficit y deudas, del otro lado del mundo se acumulan dólares y bonos. 70% de las reservas de los Bancos Centrales del mundo están nominadas en dólares estadounidenses. El dólar podría caer más velozmente si los Bancos Centrales del Mundo aceleraran sus políticas de reconversión de reservas.

    Pero aún cuando los Bancos Centrales decidieran apostar al sostenimiento del dólar para evitar una crisis sobre el consumo mundial, Estados Unidos tiene, en su desequilibrada estructura económica, su mayor debilidad y a su peor enemigo.

    La inflación estadounidense no se contendrá esta vez utilizando como único instrumento la tasa de interés. Los Bancos Centrales del mundo probablemente no liquiden sorpresivamente sus reservas actuales de dólares, pero irán endureciendo el interés por acumular más. De tal modo, que a menos que el gobierno de los Estados Unidos realice un ajuste en su economía, de financiar sus déficit con emisión de moneda y bonos como hasta ahora, ello incidirá en sus precios internos y acelerará el repudio a su moneda y su descrédito.

    Las diferencias con anteriores desequilibrios que lograron manejarse con herramientas monetarias casi en exclusividad, son ahora las expectativas y la vulnerabilidad; esto comienza a mellar la credibilidad de este gigante.

    Pero además de los cambios señalados más arriba, en el último lustro se han producido otros. El Euro se ha ido consolidando al igual que otras monedas de solvencia no tan discutida. También, comienzan a ser fuertes las injerencias de algunas nuevas y pujantes economías.

    La hegemonía política, económica y militar alcanzada por la principal potencia luego de la caída del muro de Berlín, sumado a ello la intervención en cuestiones internas de otros países, la guerra contra Irak y la en ciernes con Irán, han contribuido y contribuyen al descrédito económico Americano.

    Al igual que ocurre con la economía, la evolución tecnológica aplicada al belicismo requiere ya de los países otras formas de subsanar sus diferendos. Resulta fácil advertir que irán equilibrándose las formas del amedrentamiento, dado que tan sólo un par de detonaciones bastarían para ponerle fin a nuestra civilización. Ni qué mencionar otros medios más económicos que ni ejercito requieren. Ningún poder en el mundo, por fuerte que sea, puede reprimir de manera sostenida la evolución (o la involución si ese fuera el rumbo); tampoco Estados Unidos. Hubiera sido por demás saludable que la inmensa cantidad de recursos utilizados por los países en la "represión del terrorismo" lo hubieran sido para el desarrollo de nuevas formas de energía no contaminante que atenuara la actual crisis del petróleo y la dependencia. Que toda la imaginación de las mentes hubiera estado dirigida a nuevas formas de relacionamiento que morigeren las enormes incongruencias globales que amenazan el futuro.

    Lejos de eso, el cambio más drástico y profundo se produjo dentro del propio país del norte durante los últimos veinte años. Junto con la concentración de la riqueza, ha crecido el consumo y ha caído el ahorro. En la década de los setenta al 1% más rico del país le correspondía el 8,1% del ingreso nacional; en 2000-2005, ese 1% concentraba el 16,4% del ingreso nacional. En cuanto al consumo, este ha venido aumentando en términos reales a razón de un 3,9% anual entre 1985 y 2005 mientras que el producto interno bruto lo hizo a razón de un 2,2%. En contrapartida, cayó el ahorro; con mayor acentuación desde 2001. El ahorro cayó por igual entre los particulares, las empresas y estado. En 2001-2005 la tasa de ahorro se ubicó en el 1,5% del ingreso nacional en contraste con niveles superiores al 7% del período 1985-2000.

    A la par, el concepto de guerra preventiva subvierte los más elementales principios que rigen la humanidad; sólo admisible por la hegemonía de la razón (supuesta o relativa) que tan sólo una primera potencia del orbe puede irradiar al resto. O la ostentación de poder y el amedrentamiento se convierten en cosas del pasado, o la debacle total. Pudiera ser esa hoy la opción de la humanidad.

    No resulta paradójico que los desequilibrios económicos se encuentren hoy acompañados por una de las peores encrucijadas bélicas que enfrenta el mundo. Nos remitiremos al epígrafe: La economía es la  consecuencia de los desmanejos políticos o sus aciertos, y se acondiciona a la evolución o involución tecnológica. Los desequilibrios actuales de la economía global son la consecuencia de graves desequilibrios geopolíticos no solucionados debidamente. Algunos intelectuales estadounidenses como Alan Tonelson o Edward Luttwak han reorientado sus energías, y se han dedicado a escribir sobre la seguridad económica de los Estados Unidos; para ellos la geopolítica ha evolucionado hacia la geoeconomía. De la misma manera que en décadas pasadas estos mismos expertos se obsesionaban por determinar el número de misiles, tanques y aviones militares del arsenal enemigo, hoy comparan índices de productividad, de su fuerza laboral,  el número de patentes que sus industrias registran cada año,  sus tasas de ahorro y de inversión, etc.

    Si, los Estados Unidos enfrenta hoy una de sus peores crisis. No visible aún por al fulgor que irradia su otrora esplendor.

    La trampa económico-belicista. Un año es mucho tiempo.

    Ante el avance de la tecnología el espacio pareciera transmutarse a una noción de tiempo. El mercado ha dejado de ser el sitio adonde convergen oferentes y demandantes, el mercado es el momento en que estos se contactan. La velocidad gana su carrera al espacio.

    El precio del crudo sufre innumerables fluctuaciones antes de arribar físicamente a su destino. Esta incongruencia valor-objeto en tiempo de entrega es infinita en relación al vértigo en que se desenvuelve la economía. La dependencia en sí de recursos tan descompasadamente arcaicos en relación al volumen y desarrollo de los bienes de demanda, genera distorsiones que se retroalimentan mientras los recursos escasos y no renovables viajan.

    Estados Unidos como el resto de los países desarrollados son dependientes de este recurso que no precisamente se encuentra en manos amigas. Compiten por un volumen cada vez más escaso, y a la vez, cada vez más necesario. La economía americana colapsaría en pocos meses si no lo tuviera o tuviera que pagar por él valores exagerados. He ahí la incongruencia que hace al poderoso tan vulnerable. Todo el poder de su economía dependiendo de un enemigo que ya no se amedrenta, que ha igualado su poder destrucción con pocos céntimos, mientras la nación del norte ha incurrido en déficit y endeudamiento.

    Una encrucijada que hace predecible su final irremediable. Para la primera potencia global las opciones son guerra o dependencia. Para el mundo no hay opciones.

 

(Se autoriza su difusión con mención de la fuente)


(*) MARCELO D. FERRER nació en la ciudad de La Plata, provincia de Buenos Aires, República Argentina. Es Contador Público y Licenciado en Economía; Escritor, Poeta y Ensayista. Es miembro y ha presidido diversas O.N.G. dedicadas a la educación y al servicio comunitario.

 
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