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Romance de la
pena negra
(A José Navarro Pardo.)
Federico García Lorca
Las piquetas de los gallos
cavan buscando la aurora,
cuando por el monte oscuro
baja Soledad Montoya.
Cobre amarillo,
su carne,
huele a caballo y a sombra.
Yunques ahumados sus pechos,
gimen canciones redondas.
Soledad : ¿por
quién preguntas
sin compaña y a estas horas ?
Pregunte por quien pregunte,
dime, ¿a ti qué te importa ?
Vengo a buscar
lo que busco,
mi alegría y mi persona.
Soledad de mis pesares,
caballo que se desboca,
al fin encuentras la mar
y se lo tragan las olas.
No me recuerdes
el mar,
que la pena negra, brota
en las tierras de aceituna
bajo el rumor de las hojas.
¡Soledad, qué
pena tienes !
¿Qué pena tan lastimosa !
Lloras zumo de limón
agrio de espera y de boca.
¡Qué pena tan
grande ! Corro
mi casa como una loca,
mis dos trenzas por el suelo,
de la cocina a la alcoba.
¡Qué pena !
Me estoy poniendo
de azabache, carne y ropa.
¡Ay, mis camisas de hilo !
¡Ay, mis muslos de amapola !
Soledad : lava
tu cuerpo
con agua de las alondras,
y deja tu corazón
en paz, Soledad Montoya.
Por abajo canta
el río :
volante de cielo y hojas.
Con flores de calabaza
la nueva luz se corona.
¡Oh, pena de
los gitanos !
Pena limpia y siempre sola.
¡Oh pena de cauce oculto
y madrugada remota !
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