Sitio oficial del escritor argentino: MARCELO D. FERRER

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Nota del autor: 
Este relato es ficción. Está especialmente dedicado a todos aquellos cuya actitud frente a las encrucijadas de la vida ha sido la inmovilización y la espera. Paradigmas es el fluir de la mente de quien no ha sabido excomulgar de sus heredades cuando estas causan un perjuicio.  

PARADIGMAS
Marcelo D. Ferrer
La Plata, Buenos Aires, Argentina.

EL río siempre tuvo un encanto especial. Suelo venir aquí por las tardes; me distrae ver pasar a la gente e inventarles historias. Ahora sólo me quedo sentado observando. Hasta no hace mucho lo recorría haciendo footing por kilómetros, ida y vuelta, para luego subirme a mi coche con la sudadera empapada, ir a mi casa, darme una ducha caliente, y quedarme trabajando hasta bien entrada la madrugada.

Esa manía por el trabajo la heredé de papá. Él era un trabajador incansable aunque ineficaz. Lo que a una persona normal sólo le llevaría una hora, a él, por su meticulosidad, le llevaba cinco. Yo decía que más que un trabajador era un artista. Con el tiempo descubrí que lo trababa la culpa. A su modo de ver había nada más que una manera de hacer las cosas y eso nos lo inculcó a mi hermano y a mí, sólo que de diferente forma.

Mi hermano mayor se hundió con el Crucero General Belgrano.... en plena guerra por Malvinas. Mi hermano se llevó con él las ganas de vivir de papá que nunca se perdonó no haber sido él el muerto. Yo traté de suplir su ausencia, hasta que me desgarré. Hubo un tiempo en que creí que alcanzaría mis objetivos.

Me recibí de ingeniero civil en tiempo record y comencé a robarle horas al sueño. Todavía conservo bajo el vidrio de mi escritorio aquella consigna: "Dormir es morir un poco".

La muerte era algo que no me sucedería a mí. De alguna manera mi hermano me había redimido de ella. Es más, hasta tenía una epopéyica visión de su figura. De esto me di cuenta al ver la escena dantesca de aquel accidente que no me conmovió. Es que no podía ser yo aquel infortunado. Como decía mi padre, ya se había pagado la cuota. Así que cuando me detuve para ver a aquel automóvil de irreconocible marca aplastado entre dos camiones, pensé que la farisea muerte se apropiaba de una cuota que redimiría a alguien y todo quedaba compensado. Me soslayé al observar la expresión vital del muerto; el horror no lo había alcanzado. La risa de un locutor en la radio de su auto, que increíblemente seguía funcionando, ponía ironía en medio de la fatalidad. ¿Sería la muerte riendo desde el más allá? El Show debe continuar! -me dije- y me alejé del lugar a mis cosas.

Siempre las fatalidades les suceden a los otros, incluso a los hermanos, que también son otros.. aunque sean los nuestros.

Cuando era chico me encantaba salir por las noches con mamá a buscar nidos de hormigas. Ella amaba sus flores y odiaba las hormigas. Munidos de una linterna y una regadera con un líquido blanco que olía bien feo, ahí íbamos. Sólo si descubría el hormiguero que hostigaba sus flores podía ir satisfecha a la cama.

¡Qué manera de matar en masa! Mamá decía que esos bichitos negros nos iban a comer a nosotros si los dejábamos... ¡Lo mismo que las cucarachas que también estaban en guerra con ella! Cuando aplastaba una, el ruido era un estallido mezclado con el sonido que hacemos al morder una papa frita ¡Puajcrack! Y el horrendo insecto pasaba a...

--¿A mejor vida? -Le pregunté-

-- ¡Quizá! –me respondió no tan convencida-.

Con el correr del tiempo concluí que la muerte no comienza cuando el corazón deja de latir. Algunas veces comienza bastante antes y la indolencia es porque ya estamos muertos. Papá fue un ejemplo de eso. Fumaba como un chivo. Su bigote tenía el color de la nicotina; y su tos, tan característica, suelo escucharla todavía.

Yo nací cuando él tenía 40 años y fui el menor de tres. Mi hermana tenía catorce y David, doce. En la fiesta de quince de mi hermana -retrato de los buenos tiempos- estoy en sus brazos. Lo cierto es que mi papá poca bola me dio siempre.

Un día viernes me habla por teléfono desde su oficina:

  --¿Qué estás haciendo?

  --Acá... ¡nada! Por las dudas no daba pistas; resultaba que cada vez que me mandaba una macana me hacía escribir quinientas veces: "No debo andar en carrito de rulemanes por la calle" -por ejemplo-. Eso fue hasta que descubrí las comillas y me pasé una tarde dibujando comillas debajo de una primera línea de texto. Cuando le di mi castigo caligráfico a papá, se vio obligado a retarme. Pero luego me enteré por mamá que le había causado mucha risa. Saber que mi papá se había reído de una ocurrencia mía, me hizo olvidar de las mil oraciones que debí escribir: "No debo burlarme de mi padre".

--¿Te gustaría ir a pescar?

--¿A pescar? ¡Puf! -dije entre mí-, éste está colifato, ¡¡ni siquiera tenemos un miserable anzuelo!! 

--Bueno -contesté prudentemente-.

A la hora, el hombre llegaba a casa con dos cañas de pescar nuevas y una caja de pesca completa para cada uno. Me hubiera gustado acompañarlo a comprarlas.

Como para él todo lo que debía hacerse, debía hacerse temprano, a las cuatro de la madrugada me despertó con un vaso de leche y salimos rumbo a una laguna que dijo que conocía. Mucho más tarde, años más tarde, supe que era la de Monte; un pueblado no muy lejos de donde viviamos. La cuestión es que al llegar, la laguna estaba seca. Así que, averiguación mediante, nos fuimos al Río Salado, a unos sesenta kilómetros de allí.

Como a las diez de la mañana llegamos y nos pusimos en la orilla de frente al sol. Para las catorce papá se había freído tanto que nos tuvimos que ir. Cuando llegamos a mi casa, mamá le puso "Pancután" en la cara, y él se pasó todo el domingo metido en cama. Yo me traje una mojarrita que puse en un frasco de café, pero cuando volví el lunes de la escuela, flotaba inflada panza arriba.

Esa fue la única vez que papá intentó acercarse a mí..., aunque yo siempre estuve pendiente de él... observándolo.

De mi hermano me queda un vago recuerdo, yo tenía seis años y él dieciocho. Cuando pude asociar la razón, me enteré de que sólo su alma estaba con Dios y que su cuerpo había quedado en las heladas aguas del Mar Antártico. Eso me dijo papá. 

La carencia de un cuerpo en el cementerio transformó en nicho la sala. A veces hasta vergüenza me daba invitar a un amigo a casa, que apestaba a vela quemada. Era inevitable dar las explicaciones consabidas. No alcancé a amar a mi hermano, no se puede amar lo que no se conoce. Papá jamás toleró mi indiferencia a su santuario.

En cuanto a mamá, hija de inmigrantes Irlandeses, era mucho más pragmática para ver las cosas. Desde el comienzo le dio sepultura a mi hermano en su propia alma, y decidida a vivir, soltó la mano de mi padre cuando este no quiso acompañarla. Fue por consejo de mamá, que Inés, mi hermana mayor, luego de una beca que le brindó Rotary International, decidió radicarse en Bélgica donde formó una linda familia. Cuando mamá se fue de casa para formar otra pareja, yo decidí quedarme para acompañar a papá. Después de un tiempo ella se fue junto con mi hermana a Bélgica y, esporádicamente, supimos de las dos.

No fue hasta el entierro de mi padre, hace unos días, que conocí a mis dos sobrinos y a mi cuñado. Nos tratamos como desconocidos. La frialdad se manifestó en todo momento mientras estuvieron aquí.... Simplemente, la semilla del amor filial, jamás había sido sembrada en ellos. Fue entonces que supe que Inés experimentaba vergüenza de sus orígenes.

Mamá también soltó mi mano cuando soltó la de papá. Su estirpe irlandesa no concebía mis razones y a mí, se me dificultó aceptar las de ella.

Hace unos días, la noche antes de que se volvieran todos para Bélgica, Inés vino a mi habitación... Me rogó que fuera con ella, que me alejara de esa casa en ruinas, que formara una familia y me decidiera a vivir. Le dije que lo pensaría.

Quebrar el cristal en el que cotidianamente se reflejan las pesadillas que heredamos, es una cuestión amplia de la actitud, actitud que ya no tenía.

Somos nuestros paradigmas. A menudo las personas actúan el personaje de otro y se estereotipan circunscribiéndose a un mundo casi mitómano. Podía sentir que eso me había sucedido a mi. Había hecho denodados esfuerzos por resucitar a mí hermano para convertirme en el centro del amor de mi padre y ambos me jalaban ahora a sus tumbas.

Esta mañana, al ver la ruina reflejada en el espejo del baño, decidí no ir a mi empleo... Los muertos pueden darse ese lujo..., cada tanto.

Octubre de 2003.

 


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