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Sitio oficial del escritor argentino: MARCELO D. FERRER |
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Saturado el aire de mordaz
fatalidad, --¿El potro? |
M.D.F. Octubre, 2003 |
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TUVE UN SUEÑO y al despertar lo recordé
con nitidez: un hombre alto de rasgos marcados con un sombrero de ala
corta sobre un zaino de visibles bríos. Junto a él, una joven de tez
blanca y pelo rojizo; ¡esbelta! sobre una cabalgadura tordilla de estirpe
criolla. Ambos se detienen frente a mí; ella desciende de su caballo para
estrecharme en sus brazos... besarme los labios. Luego monta para alejarse
mirando. Aún puedo sentir sus manos y el perfume de sus jacintos. Para las 18.00 ya estaba afuera de la oficina. Hacía mucho que no recorría a pie las calles del centro, noviembre preludia la locura de fin de año. La gente se vuelca a las calles para anticipar sus compras o simplemente sale a pasear. Además, la cálida y tenue brisa, invita. Me resultó increíble notar mi torpeza al deambular entre la gente. De frente, la muchedumbre como un zoo de animalejos sueltos que apenas te esquivan o te ignoran por completo. Algunos paveando descaradamente; otros, preocupados por llegar rápido no se sabe a dónde. En las mesas, sobre las veredas de los cafés, la típica de los mirones. Me metí en una librería. Cuando entré
lo hice nada más que por curiosidad. Recorrí las góndolas tomando al azar
alguno que otro libro pero sin interesarme por ninguno en particular.
Antes de llegar a la puerta para irme, giré a la derecha con la mano ya
extendida para tomar por el lomo uno pequeño:
Inmediatamente me vino la imagen de mi padrino; hombre de bombacha y rastra. Inevitable no recordar aquellas madrugadas veraniegas cuando lo acompañaba a apartar las vacas para ir después al galpón de los fiambres y hacernos una panzada de salamín, queso y jamón serrano. Decidido, fui a la caja. --Señor, este es un libro usado y una vez que lo compra no tiene devolución ni cambio. -- Está bien.., -le dije- ¡mientras tenga todas sus páginas! En realidad el libro no me interesaba; tal es así, que cuando llegué a mi casa lo dejé sobre la mesa del comedor y luego fue a parar a la biblioteca cuando la chica hizo la limpieza. Una Semana más tarde, me acordé y lo fui a buscar. Entonces, de entre el añejo y oloriento papel cayó al suelo este recorte de diario:
Esa noche tuve un sueño y al despertar lo recordé con nitidez, podía sentir sus manos y el perfume de sus jacintos... --¿Jacintos? ¡Yo ni siquiera sé lo
que es un jacinto! -razoné-. Al día siguiente, en la oficina, busqué
"jacintos" en internet; de paso también busqué
"Apolinario Molina". De los jacintos encontré una foto y de
inmediato una imagen del sueño se posó ante el arreglo de su cabello.
Apolinario Molina no existía. El libro estaba impreso en Tandil y figuraba un teléfono en la antepenúltima página. --¿Imprenta Rusli? ¡Buenas tardes! --Señor, tengo en mis manos un libro
impreso por ustedes en 1993 cuyo autor es el señor Apolinario Molina... -El imprentero me interrumpió- --¡Historia del atuendo gauchesco! --Sí, justamente, ése es el libro. --¿Qué desea saber? --Sé que el señor Molina falleció y
que tenía una hija... –Me interrumpió
de nuevo- --Después de que murió don
Apolinario, a su hija, ya huérfana de su madre, no se la ha vuelto a ver
por la ciudad..., algunos
creen que ya no vive aquí. La despedida dejó flotando mi desilusión. Caso cerrado. Con el paso de los días traté de rescatar la monotonía; la necesitaba como condimento indispensable para mi estabilidad. Sentir que late dentro la expectativa como una cuenta pendiente de difícil o imposible pago, me hacía extraviar las cosas. Mi mente estaba atada a aquel vívido sueño y mis sentidos a aquellos labios. En sí, flotaba en la incomprensión; ¡ni siquiera estaba seguro de que ella existiera tal y como la había soñado! Pero los acontecimientos parecían sucederse con predestinación. El destino tiene dos maneras de herirnos o confortarnos: negándose a nuestros deseos o cumpliendo los de él; ¿y podemos rehusarnos a aceptarlo tal y como se nos presenta? El fin de año se precipitó. Me sorprendió que los días, desde aquellos acontecimientos, se hubiesen deslizado como por un tobogán, y que el nudo de aquella cuestión siguiera presente con sus síntomas de asfixia. A
poco de iniciado el año viajé a Tandil. En la imprenta me
dijeron la manera de llegar a la finca de los Molina. Una vez allí me
detuve frente a una imponente entrada. La sostenían dos torres
construidas en granito de unos cinco metros de altura por dos de ancho;
toda una fortaleza medieval. Tras el portón, una calle sin fin bordeada
de pinos cuyas copas formaban un techo por donde no filtraba el sol. Un
gran parque circundaba al elegante chalet de estilo normando. Toda la casa
estaba rodeada por una exuberante vegetación, y los canteros con flores y
espigas de jacintos estaban desperdigados en base a alguna planificación.
Bajo una enorme galería al frente, una gran puerta de roble. Toqué y me
alejé unos pasos. Deambulé bajo la galería implorando que apareciera
ella y simplemente dijera: -"¡Te estaba esperando!" Oleadas me envolvieron
en deseos hasta sentirme temblando; y, ajeno a la realidad e indulgente a
mis omisiones, me elevé al limbo de aquel sueño para esperar, en
placidez, recuperar sus labios. Una señora setentona abrió la puerta. Sorprendido, sin saludar siquiera, nada más atiné a mostrar mi libro y el recorte. La mujer leyó la necrológica lentamente. Luego buscó la página 81 para detenerse en algo escrito con tinta de birome. --¿Usted sabe dónde está? --¡No! -fue mi diálogo- --¡Este es su libro! -dijo-. Dominando
la pena, hizo un ademán para que entrara a la casa. Nos sentamos en un
amplio living. Los muebles cubiertos de telas blancas eran indicio de
inminente mudanza. Le conté cómo había llegado el libro a mis manos. Le
dije de mi sueño y de las imágenes en él. Se puso de pie y fue hasta un
mueble. Regresó con una foto familiar. En ella, el hombre montado al
zaino y una mujer sobre un tordillo criollo. --Mi hija y su esposo –dijo; y le
brotó la tristeza- Los padres de Clara, mi nieta. Clara cree estar
estigmatizada por la desgracia; todos creemos estarlo. La anciana dejó rodar varias lágrimas mientras miraba con fijación mis ojos implorando ayuda. Con un dejo de resignación, extrajo un pañuelo de entre sus ropas, y lo pasó por sus mejillas. Sin lugar a duda, un movimiento que habría repetido cientos de veces. --Hace algunos años, una tarde de
noviembre, murió mi hija... allá, en el trigal, una serpiente de las
sierras espantó al malacara, el padrillo zaino de mi yerno. Clara, con
apenas cinco años, montaba junto a ella. El potro se desbocó y corrió
sin freno al bosque de pinos... Una rama se clavó en el cuello de mi hija
y la degolló. La pobre criatura tuvo una visión espantosa de la muerte.
Creció sin hacer jamás un comentario de todo aquello y todos creímos
que lo habría de olvidar. Mañana, doce de enero, se cumplirán cinco años
del fallecimiento de Apolinario. Fue en un accidente en la ruta, camino a
la ciudad. Momentos antes había discutido con Clara por tonterías,
siempre lo hacían. Ella cargó también con esa muerte. Dios se llevó lo
que más quería. Al morir su padre, los recuerdos la invadieron. El paso
del tiempo agudizó su crisis. Una noche de desquicio, mi nieta se marchó
de aquí y desde entonces no hemos sabido. Dijo que estando lejos, todos
estaríamos a salvo. --Perdone usted por tan lúgubres
historias, es que la gente no es amiga de la desgracia y por aquí, son
muy supersticiosos, son pocos los que nos vienen a visitar. Un breve silencio construyó un afectivo halo. Me vi como un adolescente. La realidad tras mi tonta ilusión era bien distinta a lo que esperaba. Pedí a la anciana conservar el libro y ella asintió. Caminamos juntos hasta la gran puerta de roble, ella empujaba su agobio; yo, mi carga de vergüenza. Le di un beso en su mejilla; ella, me entregó una callada encomienda. .../... Descubrí el amanecer cuando el sol
completó su forma en el horizonte. Pasé la noche en el balcón de la
habitación del hotel mitigando el calor, deambulando pensamientos. Esa
incursión a la intimidad familiar, fue también una incursión a mi
interior. Mi presencia allí obedecía a una necesidad que había sido sólo
mía: la utópica búsqueda de una fantasía con perfume de jacintos, que
ya no era parte de este mundo. La ilusión de ser objeto de un
amor predestinado ahonda la mística del sentimiento. De pronto, el
hallazgo del ser amado nos llega como un designio celestial. Estamos
destinados y es como dejarse llevar. No hay posibilidad para la duda,
alguien, mas sabedor, obra en la clandestinidad y sólo queremos confiar. El
desenlace ponía a las claras mis carencias. Ninguna otra cosa me retenía en esa
ciudad. Decidí dormir y luego marcharme. Pasado el mediodía comencé a juntar
las pocas pertenencias que había llevado. Cuando toda la ropa estuvo
acomodada dentro del bolso, sobre la pila arrojé el libro de don
Apolinario. Entonces tuve una premonición. Tomé el libro y lo abrí en
la página 81, en tinta de birome azul estaba escrito: “Jacintos 34”.
De inmediato recordé que con el nombre de flores se designaban algunas
veces las calles. Tomé el libro, y recobrando la esperanza, salí
nuevamente en busca de la utopía. Finalmente era imposible huir del
presagio; el destino se había encaprichado. La calle sobre la entrada principal al
cementerio se llamaba "Camelias". Un empleado Municipal me indicó
cómo
hallar la calle “Jacintos”. Los pasillos iban de a pares comenzando a
partir del número dos. De inmediato pensé en las supersticiones. Con
injustificada ansiedad comencé a transitar la calle "Jacintos"; una angosta
senda en la que los panteones de pesada arquitectura barroca se alzaban a
ambos lados, albergando féretros de diversa antigüedad. Ángeles y
crucifijos elevados al cielo adornaban la última morada de seres todavía
amados. Desde el pasillo 28 una figura femenina, a una treintena de metros
delante de mí, dio impulso a mis pasos. El granito y la forma medieval
emanciparon la duda. Pasillo 34. Apolinario Molina: 12 de enero de 1998;
Rosa Esther Gambier de Molina: 6 de noviembre de 1983. El crudo texto de
un poema tallado en bronce se erigía en las tumbas como epitafio. La esbelta mujer parada al frente se
dio vuelta para mirarme... Sin decir palabra, extendí mi mano y le
entregué el libro que le pertenecía. Las espigas de jacintos, recién acomodadas, parecieron inclinarse en reverencial asentimiento.
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