- Tras los
setos
- Marcelo
D. Ferrer
- La Plata,
Buenos Aires, Argentina.
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En los
suburbios de su campo visual, un amarillo despintado tras los
muros, asomaba desafiando al tiempo.
Siempre pasaba frente a él y siempre lo místico superando su
curiosidad para que ignorara que existiese.
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La mística tenia una treintena de años y había comenzado una
tarde irrecordable cuando por primera vez lo vio; sin que preguntara nada, lo habían condicionado a un vaho lejano de extraviadas razones y
abandonos.
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La marginación
tenía la forma de un continuo paredón en el que se intercalaban
espaciados setos de vegetación raleada. Los huecos entre los setos permitían una
fugaz vista del interior; eso, si los yuyos de las
pestilentes zanjas entre el basural de la vereda, hubiesen sido
segados.
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Por aquel
tiempo de la primera niñez en que se incorpora el mundo a fuerza
de instinto, y se le asocia, a la vez, cada preconcepto de nuestros
mayores como definiciones, jamás hubiera imaginado que décadas
más tarde, su paso frente a ese edificio, se haría obligado. Desde aquellos días,
sólo el creciente arrumbe del muro y sus canas, denunciaban el
tiempo que había transcurrido..
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La irrealidad
está asociada a los lugares, y donde yace, esos sitios dejan de ser consistentes.
En esos aletargados
espacios infectos por el desamor, se expanden infértiles desiertos
corroídos de tiempo, formando dunas las partículas de la
indiferencia. Lo preestablecido nos induce a circular por el centro de una
imaginaria escala de matices generalmente aceptados, a cada lado,
las circunstancias yacen bajo los puentes o tras los muros. La necesidad
de sorprendernos nos obliga a espiar tras los setos; es cuando la
barbarie del instinto invade lo jactancioso de la razón y
llamamos a las cosas por su nombre. Por eso,
cuando una tarde de obligado paso por ese lugar su hijo le preguntó qué
había tras los setos, respondió
sin mirar:
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--Un manicomio.
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