Sitio oficial del escritor argentino: MARCELO D. FERRER

 

Apagar el respirador
Marcelo D. Ferrer
La Plata, Buenos Aires, Argentina.

Al ver en la vereda de enfrente que un hombre gordo llevaba un celular hasta su oreja, cruzó la calle y se dirigió hacia él. El gordo ya había comenzado a hablar; así que, sin que le importara interrumpirlo, le dijo:
-- Si usted no tuviera un celular esa lllamada no sería importante, ¿no es así?
El gordo se paralizó por un momento para observar al que lo interrogaba. Sin abandonar la clásica postura del hablador telefónico callejero, observó al individuo que lo miraba fijamente como esperando su reacción. El hombre guardaba una apariencia normal, pero por su desfachatez y su flagrante ausencia de cortesía, el gordo prefirió ignorarlo.
--¿Cómo cree que se las arreglaba su paddre sin un teléfono en el bolsillo? -Inquirió- ¿Usted piensa que los problemmas de su padre eran menos urgentes que los suyos de ahora? Mi buen amigo: su padre, tenía los mismos problemas que usted, sólo que la electrónica no mordía los talones de su ansiedad.
-- ¡Si! -dijo el gordo sosteniendo todavvía la mirada en el extraño y sin dejar de dar pasos cortos y mover su cabeza al son de la charla-. Elena está dentro de un negocio cambiando unos zapatos de víbora de cascabel por un chaleco de cuero de iguana, pero mañana, seguramente, volverá aquí para cambiar el chaleco por unos guantes de piel de murciélago... ¿Qué harán ustedes esta noche? -El gordo giró apenas su cuerpo en otra dirección y le desvió la mirada-. Su inquisidor hizo un silencio tras el cual pareció irritarse ante la indiferencia del gordo. --Mire señor: lo veo a usted y pienso en el éxito que tiene el marketing. Le vendieron ese ultraliviano y pituco aparatito que le saca las monedas del bolsillo mientras usted cree estar haciendo algo importante, cuando, en realidad, está al reverendo pedo. Seguro que se lo creyó cuando esa linda niña de minifalda roja le dijo que hoy le regalaban celulares a los bobos. El gordo volvió la mirada al hombre sintiendo que la irritación le subía desde la base del cuello y le enrojecía la cara, pero el hombre no le dio pausa. --¿Usted es de los que no piensan? ¿Es de los que necesitan de un gato para levantar el ego? ¡Pero claro!, como un gato le quedaría feo en la oreja, usa un teléfono.
--¡Aja! -dijo el gordo dándole la espalllda definitivamente y tratando de serenarse- me parece bien. Quizá sería mejor que nos volviéramos a llamar dentro de un rato para arreglar los detalles. -De pronto al gordo le vino una idea. Se alisó el entrecano cabello con su mano libre de sólo pensarlo. Poniendo su mejor sonrisa, comenzó a buscar en que sitio se encontraría la cámara oculta. El inquisidor tuvo que dar varios pasos para recorrer la circunferencia del hombre y ponerse nuevamente frente a él para proseguir. --Flaco favor le hace usted a este gobierno que lucha denodadamente contra las corporaciones. Además, ¿ni siquiera nota la molestia que le causa a las personas paseándose distraídamente con su aparatito en la oreja... interrumpiendo el paso de los que sí tienen algo importante para hacer? ¡Ja! Pero que le importará eso a usted, si hasta debe sentirse superior. ¡¡Pero véase!!, enfundado en esas ridículas bermudas que parecen carpa para enano y esa pendejada de ponerse la camisa afuera del pantalón... ¡a su edad! Ni que decir del resto: Sandalias para exhibir las morcillas que tiene en lugar de dedos y esos anteojos colgando del cuello de la camisa; en conjunto, la clásica del farabute charlador que la va de turista hasta en el patio de su casa. Para completarla; ¡para darle el toque de superación que hace falta!, el tipo se pone a hablar por teléfono en el medio de la vereda con cara de quirófano.
-- Bueno bueno... bueno bueno... Nooo, todavía no salió del negocio, hasta que no vea el último de los chalecos, no se decide... -el gordo comenzó a morderse el labio inferior actuando que ignoraba al sujeto y aparentando estar al margen de la situación, como concentrado en su conversación telefónica. A pocos pasos, una señora sesentona de largas mechas grises desgreñadas, arqueada hacia delante por el peso de una bolsa con verduras que casi la llevaba a la rastra, se detuvo a escuchar. Al segundo, un muchacho que atrapaba con su brazo el cuello de una chica que, al borde del estrangulamiento parecía flamear bajo su hombro, también se detuvo. En pocos instantes la audiencia era una veintena. El gordo ya no tuvo dudas, era una broma para la televisión. -- ¡Jaja! -el gordo se irguió y actuó la risa, como si alguien se la hubiese provocando desde el otro lado del diminuto aparato, pero él ya había cortado la comunicación hacía pocos segundos-. El inquisidor no dejaba de decir virulentas incoherencias y el gordo comenzaba a sorprenderse por su buena actuación; el tipo estaba morado y gesticulaba moviendo los brazos casi a los gritos. -- ¡¡Vos corrompés a la juventud porque le das de comer a los inmorales que toman clericó debajo de una palmera en las islas Fidji!! Y después! Y después!... ¿Qué pasa?¿Qué pasa?... El esnobismo se transforma en un código social de aceptación y al que no le alcanza para comprar un teléfono de verdad, termina quitándole el telefonito de juguete al nene, para hacerse el importante por alguna calle, hasta que se cae en un pozo y va a parar a un hospital todo fracturado. ¡Ahh pero lo más bonito y estremecedor es cuando suena y estamos rodeados de gente! Lo dejamos sonar por un rato para que tooodo el mundo se entere que otro inútil con celular, que está también al pedo como nosotros, nos llama. -- Claro claro... claro claro... -Sin haber movido el celular de su oreja desde el comienzo, el gordo enfiló disimuladamente hacia el negocio donde se encontraba su esposa. Imprevistamente el teléfono comenzó a sonar. Un silencio conmovió a la gente que se había reunido en torno a la escena y hasta el propio inquisidor se calló. El gordo quedó paralizado ante la desnudez de su farsa. Apartó el aparatito de su oreja, miró el número de quien lo llamaba, y se perdió dentro del negocio mientras la chicharra seguía aún sonando. Afuera, la gente comenzó a aplaudir al inquisidor que se llevaba el brazo derecho a la espalda y saludaba abanicándose por la cintura con la columna recta.
Media hora después, el gordo y su celular, junto a su esposa y su chaleco de iguana, habiéndole asegurado el dueño del local que ya nadie quedaba en la vereda, salieron del negocio. En la esquina ambos rodearon a una treintena de personas que seguían la arenga de un exaltado contra un individuo que tenía un celular en su oreja izquierda. Fue entonces que el gordo extrajo el teléfono del bolsillo, observó por unos instantes la parpadeante luz ámbar, y como si se dispusiera a quitarle el respirador a su ser más querido, lo apagó. Luego, ambos se esfumaron por una calle transversal.

 

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