Recordó esa frase
que el abuelo de Wolfensohn había acuñado en la década del 30 cuando impregnado de enorme racionalidad, había vendido todos sus
valores antes de la gran debacle. Y en esta mezquina puja por acaparar
riqueza: ¿cual es el límite? -Se preguntó-. Pensativo fue cerrando
la pesada tapa de la carpeta que contenía el informe sin dejar de
observar la cifra que por primera vez veía seguida de todos sus
ceros. Eran pasadas las 23 y el agobio se agudizaba desde las 19. En
una esquina sobre su escritorio estaba la foto que le había
traído un asistente por esa hora, la tomó y la observó de nuevo por
unos momentos: una fila de ataúdes envueltos en banderas de barras
parecía prolongarse... ¿al infinito? ¿o simplemente se perdían por
la parte anterior de un transporte destinado a los muertos? Los ocho féretros
eran apenas una representación de los casi 700 que habían pasado
desapercibidamente ante la opinión pública. Dejó la foto, se puso
de pie, y caminó hacia el enorme ventanal del ala este de su oficina;
la avenida Pennsylvania se abría frente a él con su cause incesante
de automóviles... no muy lejos, el centro del poder; más allá, las
murallas de acero y cristal donde laboriosamente, 24 horas al día, se
consolidaba la utopía del absoluto dominio. Millares de seres
retroalimentaban la conciencia de la nación con un código
genético que parecía tender a la perfección... la perfección. Le
dio un escalofrío al recordar los límites. De inmediato reconoció
las señales del temor; incompresible temor -pensó-. La respuesta se
construyó rápido en su ágil mente: el temor era una sensación
individual, como eran individuales sus pensamientos sumidos en el
agobio... tan individuales como los muertos. Escindido de lo que él
sentía representar dentro del esquema gubernamental de la nación más
poderosa, había pensado como un simple hombre, y los hombres, son
proclives al miedo.
Apenas pasaban las 9
cuando llegó a la oficina. Sobre su mesa de trabajo estaba aún la foto de
los ataúdes tal y como la había dejado la noche anterior -un
real descuido-. El personal de limpieza tenía orden de no tocar papel
alguno de su escritorio, con lo cual, todo permanecía siempre como él
lo dejaba. Una pila de diarios junto a una taza de café y dos escones
estaba sobre una mesita contigua; el servicio de cochera daba aviso
cuanto Taylor entraba al ascensor y de inmediato llevaban a su oficina
un café con dos escones, como él quería. Todos los diarios hacían referencia a la
guerra. The New York Times, tal y como le habían anticipado,
había publicado en su portada la foto que una empleada de sobrecargo
había tomado con su cámara digital. La foto era un atentado a la
conciencia; en realidad, era un atentado a la conciencia que se
esperaba no se tuviera. En todos los ámbitos del staff
gubernamental se percibía la perdida del consenso hacia la guerra,
esto estropeaba la ya estropeada campaña presidencial. Aunque era de
esperarse que el candidato de la oposición fuera prudente, para el
habitante común era una imagen tan morbosa de la realidad, que hería
de muerte las aspiraciones. Taylor se preguntaba cómo luego de
haberse reconocido la inexistencia de armamento químico en Irak, las
naciones del mundo no exigían que las fuerzas de la coalición se
retiraran de allí e indemnizaran a ese país por las atrocidades
cometidas... En silencio era sabido que el mundo observaba y alargaba
su cuota de resentimiento. Sin duda la estrategia para comenzar esa
guerra no había sido buena; una asignatura que resolvería Kerry de
llegar a la Casa Blanca... -se dijo-.
La otra noticia era el
aumento de la tasa de interés, necesario aumento dado el alto déficit
presupuestario y el modo en que el déficit acotaba el crecimiento.
Repasó los diarios por otros veinte minutos. 9.45 recibiría a la
directora interina del FMI por una cuestión latinoamericana.
Latinoamérica era un enorme bolsón de pobreza, tan desacreditada en
la consideración mundial, que se ubicaba en un tercer plano de las
prioridades de estado; pero no había que descuidar ningún símbolo
que pudiera transformarse en mal ejemplo. Sorbió lo que quedaba del
café y dejó el último de los diarios sobre una pila desacomodada.
Repasó el informe de economía: 10,496 trillones de dólares; el
crecimiento del PBI era escaso... la inversión en Irak acrecentó el
déficit y esto acotó la actividad interna,
pero el control de la OPEP para consolidar la
supremacía era una prioridad que lo justificaba... lo justificaba todo;
luego le seguiría China... Un nuevo escalofrío recordó las señales del temor.
Se retrotrajo a los pensamientos de ayer
atribuidos al agobio: la imagen y la sabia
actitud del viejo Wolfensohn para
retirarse a tiempo volvieron a su mente, pero se tranquilizó.... quizá, el limite, se
encuentre cercano al infinito.
- Referencias:
FMI: Fondo Monetario Internacional.
PBI.: Producto Bruto Inerno.
OPEP:
Organización
de los paises exportadores de petróleo. (Bagdad, 1960). Son
fundadores: Kuwait, Arabia Saudita, Irak, Iran y Venezuela.
10.496 trillones americanos
es el PBI estimado de los Estados Unidos para 2003.
Taylor:
Alude al
actual Subsecretario del Tesoro de los Estados Unidos, con
oficinas en el 1500 Pennsylvania avenue.
Wolfensohn:
Alude
al actual Presidente del Banco Mundial.
Nota del autor:
la
historia es ficción y en nada representa la opinión y el
pensamiento de las personas aludidas.