Sitio oficial del escritor argentino: MARCELO D. FERRER

El árbol de ceniza
Marcelo D. Ferrer
La Plata, Buenos Aires, Argentina.

 

    Por años la había visto llegar por el sendero que ahora era camino. Ella misma lo había adornado con las flores de estación que cultivaba en los fondos de su casa. El camino, haciendo algunos contoneos, conducía al roble.


         Era un predio sin cercos. Diez metros por detrás del roble, al sudeste, una decena de cipreses estaban dispuestos en abanico. Siete metros por detrás de los cipreses, también en abanico, cedros; luego lambertianas, y finalmente una veintena de eucaliptos que algún día, al alcanzar su plenitud, controlarían el viento. 


        En poco tiempo su siembra fue un pequeño bosque. Uno por uno, desde su remota juventud, había cuidado esos árboles con exclusiva dedicación: acarreando la ansiada agua en los días agobiantes de enero; cubriendo sus raíces de los fríos inviernos, o remozando la tierra con nutrientes, para que en primavera sus tallos crecieran esbeltos. Cumplida la tarea, se sentaba junto al roble para reiterarse en monólogos.


        Quienes pasaban por allí y conocían la historia, luego la recontaban con angustioso respeto. La curiosidad inducía a algunos a ver por sí mismos de modo que muchos de los que asistían al parque, en cualquier época del año, venían por ella en una espiral inagotable de difusión. Sabrán ustedes del poder que encierra el imaginario; así, la fabulación fue de lo más variada. No faltaba quienes le daban connotaciones espectrales o quienes le asignaban virtuosismos. Y no era para menos. A veces su imagen no parecía real. Era cuando surgía de entre los árboles y la brisa la esculpía dentro de su vestido, con su cabellera extendida como presta a volar. Pero como era probable verla pasearse por el bosque o sentada junto al roble inmersa en monólogos a cualquier hora del día o de la noche, quienes poseían un sentido práctico de la cuestión y mostraban poco afecto a las fabulaciones, sostenían su incordura. Esas mismas personas se sorprendían un día cualquiera al descubrirla conversando con la gente con absoluta cordialidad e inteligencia.


         La incongruencia entre su vocación y actitud, adquiría consistencia en su aspecto. Su piel, que blanca casi transparente envolvía una glamorosa armonía corporal, se sumaba a la lasitud de su cabello, prolijamente cuidado y arreglado. En la redondez del pétreo azul insondable de sus ojos se apreciaba un inmenso dolor. Pero ellos, sus ojos, poseían la virtud de mutar de la extrema fragilidad a la dureza, reflejando su tesón. La devoción se señalaba en sus manos: sus herramientas. Se apiadaba de ellas toda vez que alguien se las quedaba mirando con el rostro asombrado por la incongruencia. Entonces prometía cuidarlas más. Pero luego, sus ansias por capturar la energía de la tierra sin intermediarios, la hacían olvidar.


         ---Aquella vez, hace... años, era otoño. Son melancólicos los otoños. Todo se serena a ras del suelo. Es un gran labriego el otoño. Como de a pinceladas, un ocre monocromo se esparce en inerte legado para ser sepultado... luego. Son mágicos los otoños; desde esa vez, lo son. También hay magia en primavera: como si se tratara de un talismán bendiciendo la tierra, la naturaleza plena vuelve su rostro al sol en primavera a medida que este cambia su ángulo en el horizonte. Aunque la primavera se puebla de intrusos, benéficos algunos, maléficos los otros, todos responden a un plan. Entre el letargo y el despertar del fruto, la desolación del invierno y el agobio del verano. Una estación prepara para la siguiente. Sería difícil soportar la crudeza del invierno sin el aletargado arrope del otoño; sin la melancolía llamando a su tristeza, para que meses después, la algarabía de colores sea bellamente plena. Nuestra existencia está sesgada por las estaciones; así que... perdonarán ustedes que este relato se mojone de ellas.

         ---Ese otoño, con apenas dieciocho centímetros, cubierto de maleza, sin duda no hubiera sobrevivido a las inclemencias del invierno. Por aquel entonces no poseía yo tantos recuerdos como para concederme la melancolía. Quien le puso melancolía a los otoños, no fui yo. Sabía nada acerca de los árboles aunque les reconocía a todos la misma limitación: si tus pies son raíces, aun cuando poco profundas, debes prepararte para las inclemencias. Ignoraba también que esa era una ley para el resto de las criaturas del planeta.

        ---Tengo frescas las palabras que en ese otoño espabilaron mi letargo de muerte. Ella, insondable en su dolor, despejó la maleza de mis ahogos y carpió la tierra en mi contorno. Escudriñó de mis ramas su palidez y se compadeció. --¡Tú vivirás! -me dijo-. Luego, en tono de conjura, sentenció: --En ti veré crecer saludable su espíritu. Dirigiéndose luego a una tercera persona, agregó: --Sé el alma de este árbol que tiene igual de meses que vos, vendré a visitarte. Seguido: el polvo, denso, que cubrió mi tallo con vahos de resurrección.

       ---Hasta lo abstracto tiene un nombre: un nombre para lo que es, un nombre de lo que fue, un nombre para la idea de lo que se quería que fuera. Se les da un nombre a las cosas para que nos hagan compañía. Con el tiempo se hacen familiares esos objetos materiales o abstractos que fueron bendecidos con un nombre. El camuflaje de una inaceptable realidad es también un nombre. Por eso tales o cuales cosas son rebautizadas con nombres más benignos que amortiguan devastadoras consecuencias; la soledad es una de ellas. Cuando tus pies son raíces..., es una inclemencia la soledad. Pero si tienes un nombre, no estás tan solo. Por eso ella me dio a mí un nombre y por él me llamaba, cuando luego de hacer la tarea, se sentaba cerca de mí a conversarme.

      ---Me llevó tiempo comprender y aceptar que en realidad no se dirigía a mí. Mucho más tiempo el captar su esencia desde el dolor insoportable ante la pérdida. Yo era lo que ella deseaba que fuera; y ella, viéndome, mitigaba su pena. Hay continuidades difíciles de comprender; todo cambio de esencia dificulta la percepción. Pero para ella no; yo era una continuidad, si se quiere espiritual, de lo más querido; entonces, no contaba la apariencia.

      ---La silla venía y se marchaba con ella; con el pasar de los años, la dejó. Luego de recorrer el jardín, ahí se sentaba, junto a mí. Me contó que había vendido su casa, la de los recuerdos; porque era un lugar impregnado de su desolación. Y como ella la quería, había deseado que otros, sin la carga angustiosa de sus vivencias, le devolvieran su esplendor. Supe de su infortunado esposo, que preso de la culpa había huido sin que nadie supiera jamás de él. Se le notaba el rencor cuando lo mencionaba como un punto de referencia a su pasado. “Si él no hubiera sido tan testarudo, tan confiado... tú, tendrías hoy dos años”. Este descarnado reproche se repetía cada otoño mientras ella, sentada en la silla con sus ojos vidriosos, alargaba el paso del tiempo sumándole un aniversario a su tristeza.  No hubo otros hombres en su vida... “y no porque no sea bonita; sé que lo soy porque no soy sorda y porque de tanto en tanto me miro al espejo; incluso así, sin arreglarme, doy que hablar. Cuando era una niña como tú, soñaba con ser elegante. Yo veía a las artistas de la tele: tan altas, delgadas y prolijas, con aires de princesas y quería parecerme a ellas; practicaba en la soledad de mi habitación cómo andar, hablar e, incluso, algunos ademanes... ¡Pero después fue todo tan distinto! Mi mundo se fue haciendo pequeño. Ahora, en él, sólo cabemos tú y yo”.      -

 

    --Con el tiempo se degrada tanto el cuerpo como la expectación. Ella fue hablando cada vez menos de sus instintos de mujer; como una página que se amarillenta sin perder la esencia de su valor. En su mundo pequeño, sin embargo, había espacio para todo, incluso para la alegría que mueve a la risa. Solía reírse de sus torpezas y su risa era más profunda cuando imaginaba el pensamiento de los visitantes del parque. “¡Flor! –que así me llamaba- ¿qué crees que piensa esa familia que mira hacia aquí, al verme reír a boca batiente junto a este roble?”. Poco le importaba que los demás pensaran en su locura, porque tal vez tuvieran razón; y eso, tampoco le importaba. “Imaginé muchas veces que en el mundo de la razón, lo que afecta, no es que uno la pierda, sino que los demás crean que la hemos perdido; si esto último nos deja de importar, pues, entonces, da todo lo mismo”. 

    Esto fue una conducta progresiva. Su mundo, que ya era pequeño en ese otoño cuando ella tenía veinticinco años, lo fue aún más a los cincuenta y terminó siendo un grano de mostaza un segundo antes de morir. Pero la gente no le era del todo indiferente. Si bien le importaba poco lo que pensaran de ella, en su ostracismo, había tomado la suficiente distancia de los devaneos humanos como para catalogarlos con toda nitidez. Por décadas, desde que ella había hecho de ese espacio un bello jardín, había habido visitantes dejando sus improntas; incluso, luego de que se marcharan. Cuando el predio volvía a su soledad, o mejor dicho, a la soledad de ella y el bosque; lo recorría palmo a palmo para recoger hasta el último residuo. Estos le traían el eco de quienes los habían producido. Con total certeza era capaz de elucubrar historias y captar la energía de esos visitantes para después venir a contarme. Le bastaba con ver el modo en que algo había sido arrojado, para saber del equilibrio emocional de quien lo había tirado: si muy apretado, doblado o apenas abollado; si totalmente vacío o con algo de contenido; si en el cesto, o envuelto, o en cualquier sitio. “Todas las cosas hablan de las personas, hasta las más insignificantes... “.        ---

 

    Un día vimos llegar por el camino coloreado de flores de estación, un cortejo. Al frente una joven mujer acarreando entre sus brazos una pequeña urna; detrás, el séquito de familiares y amigos dolientes. Ella se puso de pie de su silla y fue a su encuentro. Sin mediar palabras acompañó a la joven madre mientras ésta sembraba un pequeño algarrobo. Un sacerdote impartió consuelo. Luego, la joven esparció las cenizas en torno al pequeño árbol. Todos los presentes se arrodillaron frente a él y rezaron una oración. La mujer permaneció arrodillada acariciando el polvo gris mientras sus lágrimas esculpían en él pequeñísimos cráteres. Una mano de hombre finalmente la alzó y la guió de vuelta por el camino. Con el paso del tiempo, escenas como esas se fueron repitiendo y el bosque se pobló de diversas especies. Esa noche, todavía presa de angustia, ella, que había permanecido junto a mí en su silla sin decir palabra, se levantó y fue hasta el lugar donde había sido sembrado el algarrobo; estuvo allí por unas horas; al regresar, simplemente dijo: “ya se siente mejor...”. A la mañana siguiente todo rastro del polvo gris en torno al algarrobo había desaparecido. “Dos límites tiene el universo –me dijo esa mañana-: uno que se alcanza con la punta de un dedo; el otro, es el infinito; hasta allí, sólo se llega con el espíritu”. Hasta mucho después no comprendí el significado de sus palabras.  ---No sé si todos los árboles tienen alma y si aún poseyendo una, alcanzan el infinito; incluso, ignoro si los árboles de este parque la tienen. Creo que para que un árbol o cualquier otra cosa posea una, se necesita la bendición de quien imagine que la tiene. Algunos árboles de cenizas nunca volvieron a ser visitados. Otros pocos, lo fueron esporádicamente. Nadie más que ella, con su inagotable esfuerzo, mantuvo la armonía de colores del lugar que, con el tiempo, diose en llamar: "El parque de las cenizas".


      ---Una primavera, mientras me espabilaba aún del invierno, la vi llegar por el sendero que ahora era camino. Las rosas parecían reclinar a medida que sus pasos cortos y lentos la aproximaban a mí. Al llegar, y como lo hacía cada día, revisó palmo a palmo mis ramas y sus brotes nuevos; se soslayó de verme saludable. Luego sacó un pañuelo de su bolso y secó metódicamente su silla del rocío de la noche; después se sentó. Toda esa tarde estuvo callada, mirando uno por uno y a la distancia el centenar de árboles de cenizas. Algunos con más de cincuenta años, parecían desbordantes de vitalidad. Luego, antes de irse, estiró su mano hasta ponerla en esa porción de universo que físicamente nos unía a ambos. En la redondez del pétreo azul insondable de sus ojos se apreciaba todavía aquel inmenso dolor. Sin más, se marchó.

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         Era un predio sin cercos. Ni siquiera demarcaciones o depresiones en su contorno. Con uniforme verdor se prolongaba por detrás del roble en un bosque de diversas especies que parecía un séquito. Más allá de las lambertianas, cipreses, cedros, álamos, algarrobos y abetos; gigantescos eucaliptos se debatían en las alturas con el viento; en silencio. Por delante, un camino de piedras parecía perderse entre la tierra y el cielo. Un búho desde la negrura le puso distancias a la noche. El viento era el gran ausente en ese agobio veraniego; y el aire, suspendido en la gramilla, se asimilaba denso y seco.

        El roble suspiró en medio de la oscuridad. El polvo grisáceo que esparcieran esa tarde a sus pies, aún conservaba todas sus partículas.

 


(*) MARCELO D. FERRER nació en la ciudad de La Plata, provincia de Buenos Aires, República Argentina. Es Contador Público y Licenciado en Economía; Escritor, Poeta y Ensayista. Es miembro y ha presidido diversas O.N.G. dedicadas a la educación y al servicio comunitario. 


 

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