|
Sitio oficial del escritor argentino: MARCELO D. FERRER |
Aun
cuando había perdido contacto con su cuerpo, poseía la conciencia. Le
sobrevenían imágenes del accidente; ellas traían consigo los
registros de dolor. Hacía un lapso -que no podía medir en tiempo-,
que tenía la certeza de que sus sentidos corporales lo habían
abandonado. La percepción geométrica y temporaria de las cosas
había desaparecido, como si el mismísimo tiempo se hubiese detenido. El
espacio parecía un éter de materiales fundidos. Instintivamente miró
sus manos, eran perfectas. En su rostro
creía tener dibujada la mueca de una risa. Finalmente
concluyó que todo era como se decía. La conexión entre el
ahora y hace sólo un rato o años, era perfecta. Podía retroceder al
pasado y renovar las sensaciones como en un presente inmediato. Todo
estaba finamente ligado. Lejos de sentirse atrapado en un limbo vacío y sin
tiempo, se sentía a un paso de la simpleza... y de lo más lejos que se
podía estar de las imágenes de la nada que
habían enturbiado su vista hasta hacía sólo un momento. ---¡Justo ahora! -Se decía y se
lo repetía y
esas palabras retumbaban en sus sensaciones que parecían rejuvenecidas
y vitales.
---Cuando mis días sobraban a los cuadros de un
almanaque que imaginaba centenario, solía pensar que siempre encontraría
el tiempo para todo. Que el tiempo dependía de mí y yacía sometido a
mi capricho. ¡Cuánta vida por delante! Ser dueño del día siguiente: qué sensación más parecida a la omnipotencia de considerarme eterno.
¡Justo ahora tengo la revelación de que el día
siguiente alguna vez no llega!
Aún mantenía ese dialogo íntimo consigo mismo.
Dentro de él, permanecía ese alguien
con el atuendo de la conciencia, que con propia
individualidad, le mostraba con nitidez sus
omisiones terrenas. Sin embargo, no lo atormentaban los recuerdos
ingratos de sus miserias, aquellos en que el espíritu se disminuye; sobrevolaban, en
cambio, los momentos en que el espíritu se revela
y ensancha, como si lo natural fuese darse cuenta. Podría asegurar a quien quisiera escuchar -si alguien pudiera,
claro-, que la emoción finalmente no es un registro del cuerpo, es un
sentimiento de plenitud que va más allá. Finalmente, la memoria
tiene alma.
Su conciencia acometía.
-- Transité de manera fugaz algunas etapas de mi vida en que los objetivos eran puntos fijos al final de un sendero desprovisto de subjetividades. Estuve ausente muchas veces mientras todo sucedía a mí alrededor. Como un ciego de temporada, lo evidente, o aún peor, lo que más se esforzaba por ser evidente, permanecía invisible para mi espíritu, extraviándose vaya a saber por dónde, sin ser un hito para mi alma. En esas etapas, la indiferencia hacia los demás era más que soberbia. Si alguien me pusiera en un pasado no muy lejano, eso cambiaría. Aún así, no me llevo conmigo mis ratos de egoísmo, ni tan siquiera la vanidad vestida de arrogancia. Me llevo la risa espontánea que me conectaba al espíritu alegre de las personas y sus situaciones absurdas; la ternura de la naturaleza en permanente construcción por donde quiera que hubiera dirigido la mirada; las lágrimas sentidas que tantas veces no fueron mías y eran súplicas, signos de felicidad o decepción. Lágrimas que no eran más que senderos directos a la médula de las personas y que sólo algunas veces elegí transitar. Observando esencias individualizo cada una de las oportunidades: pasamos por la vida sembrando hitos. Cada hito es un punto de inflexión que construye nuestro destino. Esos hitos no tienen que ver con lo físico, en un todo tienen que ver con los sentimientos. Queda claro, la sensibilidad se ejercita. Elegimos adónde dirigir nuestra vista y aun cuando miramos, podemos elegir no ver. Pero además de posar la mirada en algo y aun después de tomar conciencia y razón de un hecho, decidimos en que lugar del alma lo guardaremos. Sin que nadie nunca me lo dijera, siempre supe cual era el camino al corazón de las personas, todo el mundo lo sabe también. Por ejemplo, recuerdo una vez, cuando mi altura igualaba a la mesa de la cocina en aquella inmensa quinta en las afueras de la ciudad. Ese día, mi madre estaba mirando fotos de sus familiares. Algunas de esas personas eran desconocidas para mí. Cada una de ellas era un universo y mi curiosidad al verlas estáticas allí era pensar respecto a su felicidad. ¿Alguien sabría en verdad quienes eran ellos? ¿Cuál el camino que conducía a su corazón? ¿Cuántos de ellos habrían dejado silenciosamente su experiencia terrena sin que nadie jamás los viera? ¿Cuántos se marcharon sin aprender el lenguaje del alma o habiéndolo aprendido, sus voces nunca nadie las escuchó? Resultó aquella experiencia todo un ejercicio de reflexión... después, siendo grande, se me olvidó.
---Cuando era estudiante universitario, la facultad
me quedaba lejos, iba en micro de línea y el recorrido duraba una hora
y media. Cada vez que el vehículo se detenía, y siempre que hubiera
conseguido un asiento del lado de la ventanilla, dirigía mi vista a las
ventanas abiertas de los inquilinatos que abundaban en los suburbios de
la capital: Barracas, La Boca, Dock Sud, etc. Por las
ventanas se dejaban ver algunas veces los interiores de las viviendas.
Casi todos los inquilinatos eran modestos y los edificios vetustos
estaban casi en ruinas. Muebles antiguos, fotos colgadas de las paredes
casi siempre despintadas y humedecidas, cortinas lánguidas y ambientes
en penumbras. Suponía que las personas que los habitaban eran un
reflejo de las cosas que las envolvían. Sin embargo, deseaba verlas y
que por un segundo me miraran. Tenía la impresión de que podía
descubrirlas allí en ese segundo y robarme su esencia; imaginar su vida
y sentires, llevarme sus emociones. Así, descifrar a través de ellas
el idioma que hablan las personas cuando no se animan a decir nada. Cuánto
más es la gente que la sola expresión de una mueca. Son lo que nos
dicen con sus palabras, aquello que no pueden explicarnos con su decir y
también son lo que son, cuando las miramos penetrando su ser.
--- ¡Que tu ángel te guarde! -me decía mamá antes de acostarse-. ---¿¡Ángel!? -Me preguntaba yo y miraba
debajo de la cama-. Solía pensar que los ángeles eran personas
comunes como mamá o papá, o los vecinos, que siempre estaban
pendientes de mí, sólo que ignoraban que
lo eran. No estaba tan equivocado. La diferencia entre ellos, los ángeles, y
el resto, es que ya han cumplido un ciclo y por tanto conocen el idioma del
alma. Tienen precisa noción de cuál es su misión en su vuelta a la
tierra. Su fortaleza reside en un espíritu templado y revelado. Jamás
nadie les dirá que son ángeles de la guarda de quien sabe quien, pero
en su inconsciencia de ángeles, harán bien su tarea. Sin necesidad de trasponer esta etapa, sabemos que
cada corazón
es un peldaño que conduce al cielo, sólo que nos cuesta hacernos
cargo, nos falta templanza. He ahí el secreto que nos susurra bajito la
vida y que disimulamos no escuchar... A menudo resulta más fácil
sobrevolar la inmediatez de lo terreno, para que taciturnos y
errantes, paseemos por el mundo.
--- ¡Quien quiera oír que oiga! -Dijo alguien en el silencio de su conciencia-. La presencia colmó la percepción de lo que eran ahora sus sentidos. Al elevar su mirada, tuvo la misma sensación de perfección que había experimentado al mirarse a sí mismo. Se encontró con una mano extendida y la asió.
0o0
El médico hacía enormes esfuerzos por reanimar
un corazón que desde hacía segundos latía con dificultad. En
torno
al cuerpo, se encontraban los seres que lo amaban y que sentían su
partida. Repentinamente en el rostro del desahuciado se dibujó la mueca
de una risa y expiró. Pronto su cuerpo sería parte del polvo
vital de la tierra para mezclarse con la naturaleza pura. Para su
alma había otros planes.
|
Webmasters: info@marcelodferrer.com.ar |