|
Sitio oficial del escritor argentino: MARCELO D. FERRER |
| Mapa del lugar | ||||||
| Pensamientos | Prosa poética | Reflexiones | Cartas a mi país | Novedades | Publicaciones | |
| Poesía | Cuentos y relatos | El autor: Marcelo D. Ferrer | Escritores y curiosos | Los Clásicos | Página principal | |
|
Levantó la vista
por encima de un plato de comida para espiarla
cuando entró en el restaurante en compañía de
una anciana. Rogó que se sentara donde pudiera
observarla y su deseo se cumplió. "Si la belleza ha decidido convocarse como un conjuro para mis ojos; esa frente con sus pómulos, y su fino trazo de la cabeza al pecho y de los hombros al regazo, ha venido a rozar mis párpados, para alegrar mi almuerzo solitario...". Renegó ácidamente. Imposible desligarse del poeta. Jamás tendría el valor de transformar en palabras habladas sus pensamientos. Volvió al plato y a las líneas entrecruzadas de un diario -artilugio de los tímidos- . Su vida era búsqueda. La agradable apariencia y serena expresión lo habían puesto en infinidad de situaciones con el sexo opuesto, sólo que la enclaustrada acústica de su voz interior, impedía que todo sonido pudiese ser escuchado por alguien. Ya siendo pequeño, en la escuela, las maestras se habían resignado a que alguna vez les dijera una lección oral de corrido y sin quedarse enajenado de la voz. Era comentario entre los profesores, que su brillantez sólo podía ser evaluada por escrito. "Para quien yo esté destinado, no serán necesarias las palabras que jamás pronunciarán mis labios; desde el umbral de mis ojos amanecerán los suyos". -Se decía a sí mismo cada vez que su timidez era un agobio capaz de atacar su autoestima.
--¡Usted me está hablando! ¡Pude oírlo con claridad! --¿Yo? ¡Yo no he emitido ningún sonido! -Le replicó él en un tono balbuceante de incipiente sorpresa-.
--Cierto, -dijo ella- usted no ha emitido
sonido, pero he podido escuchar cada una de sus
palabras... sus deseos y ¡ansias! --¡Dile ! ¡Dile! En un eterno segundo, puso todo coraje en sus cuerdas vocales. Rogó que su lengua y sus labios obedecieran al dictado de su mente. Luego, simplemente dijo: --Usted me parece bella no sólo en apariencia; está concebida para mí, al igual que mi existencia. Él mismo quedó atónito por semejante alarde de aplomo. --¿Le molesta que me siente? -Preguntó ella con providencial delicadeza-; también he venido a comer aquí sola y ... me gustaría que hablemos. Él se paró de un salto y asintió con un gesto desconcertado, pero sumamente caballeresco. Miró hacia la otra mesa: --La persona que llegó con usted.... la anciana; ¡la anciana que estaba allí sentada! --¿Anciana? -inquirió ella algo desconcertada-, estará confundido, llegué a este lugar sola.
|