Sitio oficial del escritor argentino: MARCELO D. FERRER

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El eco de mi voz
Marcelo D. Ferrer
La Plata, Buenos Aires, Argentina. 
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          Levantó la vista por encima de un plato de comida para espiarla cuando entró en el restaurante en compañía de una anciana. Rogó que se sentara donde pudiera observarla y su deseo se cumplió. 

       "Si la belleza ha decidido convocarse como un conjuro para mis ojos; esa frente con sus pómulos, y su fino trazo de la cabeza al pecho y de los hombros al regazo, ha venido a rozar mis párpados, para alegrar mi almuerzo solitario...". 

        Renegó ácidamente. Imposible desligarse del poeta. Jamás tendría el valor de transformar en palabras habladas sus pensamientos. Volvió al plato y a las líneas entrecruzadas de un diario -artilugio de los tímidos- .

         Su vida era búsqueda. La agradable apariencia y serena expresión lo habían puesto en infinidad de situaciones con el sexo opuesto, sólo que la enclaustrada acústica de su voz interior, impedía que todo sonido pudiese ser escuchado por alguien. Ya siendo pequeño, en la escuela, las maestras se habían resignado a que alguna vez les dijera una lección oral de corrido y sin quedarse enajenado de la voz. Era comentario entre los profesores, que su brillantez sólo podía ser evaluada por escrito. "Para quien yo esté destinado, no serán necesarias las palabras que jamás pronunciarán mis labios; desde el umbral de mis ojos amanecerán los suyos". -Se decía a sí mismo cada vez que su timidez era un agobio capaz de atacar su autoestima.


        Por un instante le pareció que ella lo miró; fue por eso que bajó su vista bruscamente para fijarla de nuevo en el diario. Antes de un segundo, elevó en un respingo su mirada para saber si ella había percibido su torpeza. Con alivio notó que no.
Recorrió la mesa hasta donde estaba sentada la anciana, que a su vez lo estaba mirando con ojos plácidos. Pestañaba místicamente lento, como desacompasada con el tiempo; sonreía apenas. Se quedó mirándola con fijación y sin el menor atisbo de evitarla. Desvió la vista hacia donde estaba ella hojeando la carta del menú y abstraída de toda presencia. La observó en detalle. De su mirada tierna brotaba comprensión. Imaginó que debería tener un excelente control y total predisposición al diálogo. Su vestimenta era corriente, pero su real atuendo era la dignidad de su porte. Se le notaba un modo grácil y gentil. Sin embargo aún no le había dicho una sola palabra a la anciana que, a juzgar por su placidez, la mera compañía de ella parecía bastarle. "Yo sería feliz a tu lado, puedo sentirlo, dejaría esta amarga espera para gozar al fin de tu tibieza.  ¡Fíjate! Aunque parezco estructurado, es sólo mi apariencia; tengo excelente conversación, o la tendría al menos contigo... Y tú, que pareces caída del edén con angelical inocencia, eres la persona que amaría a conciencia". Puf!!  -Renegó nuevamente.

         De manera fugaz ella dirigió los ojos a los suyos y se quedó mirándolo. Él nuevamente bajo su vista, aunque esta vez, sin torpezas. "Gracias por darme en ese segundo tu esencia". -se dijo vaciando el aire de sus pulmones. "Seguramente te irás o me iré yo, y jamás sabremos el uno del otro. ¿Cuál es el camino que conduce a tu corazón? ¿Qué debería hacer para superar mi frondosa timidez y decirte, con toda la frescura de un amor en perpetua primavera, de este deseo de tomar tu mano y anudarte a mi alma?  ¡Bah! ¡Estoy alucinando! Tú jamás sabrás de mis sentimientos porque jamás me atreveré a llamar tu atención. Es por eso que ruego al cielo y a su señor, que mi voz te llegue sin que medie el eco de esta habitación".

         Sin un gesto, ella se levantó de su mesa y se paró frente a él.   

         --¡Usted me está hablando! ¡Pude oírlo con claridad!  

         --¿Yo? ¡Yo no he emitido ningún sonido! -Le replicó él en un tono balbuceante de incipiente sorpresa-. 

         --Cierto, -dijo ella- usted no ha emitido sonido, pero he podido escuchar cada una de sus palabras... sus deseos y ¡ansias!

         Sorprendido y sin creer en lo que estaba sucediendo, desvió su vista hacia donde estaba la anciana que ahora le sonreía plenamente y  hacía gestos con su cabeza alentándolo a hablar. Volvió su mirada a los ojos de ella que parecieron amanecer. Continuaba parada frete suyo, inmóvil, frágil... Admiró su valentía. Escuchó con claridad la voz de la anciana: 

         --¡Dile ! ¡Dile! 

         En un eterno segundo, puso todo coraje en sus cuerdas vocales. Rogó que su lengua y sus labios obedecieran al dictado de su mente. Luego, simplemente dijo: 

         --Usted me parece bella no sólo en apariencia; está concebida para mí, al igual que mi existencia. 

         Él mismo quedó atónito por semejante alarde de aplomo. 

        --¿Le molesta que me siente? -Preguntó ella con providencial delicadeza-; también he venido a comer aquí sola y ... me gustaría que hablemos. 

        Él se paró de un salto y asintió con un gesto desconcertado, pero sumamente caballeresco. Miró hacia la otra mesa:  

        --La persona que llegó con usted.... la anciana; ¡la anciana que estaba allí sentada! 

        --¿Anciana? -inquirió ella algo desconcertada-, estará confundido, llegué a este lugar sola. 

      

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