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Sitio oficial del escritor argentino: MARCELO D. FERRER |
El invierno
arrojaba lanzas. La lluvia se arremolinaba en las ventanas y caía como baldes
de agua helada. El viento jugaba a mecer los focos del alumbrado, y con
sus luces, danzaban almas.
Se detuvo frente al arroyo en que se había convertido el asfalto; tenía que cruzar. Un impás de la tormenta denunció los pasos del que venía detrás. Se dio vuelta. Escudriñó entre los remolinos de agua, no vio a nadie; dudó. Sin tomar impulso saltó más de un metro. Igual cayó en medio del arroyo golpeando algo que rechinó a metal. Decidió andar más rápido. Al cabo de unos segundos, el mismo ruido a metal; no había duda, alguien venía detrás. Instantáneamente la adrenalina se esparció por su cuerpo y dio vigor a los latidos de su corazón. Su paso fue trote. Trató de dominar el miedo. Por su mente comenzaron a desfilar las más tenebrosas historias: ¿sería que le tocaría a ella lo que a tantas otras?
A medida que apuraba el paso, otros pasos por detrás, superaban a los suyos en intensidad; le querían dar alcance. Faltaban no más de sesenta metros para llegar a la seguridad de su casa, entonces corrió. Detrás suyo la amenaza de pisadas, en tenebrosa sinfonía de truenos y el hurgar del viento entre las hojas, también corría. Con indomable nerviosismo tanteó sus pantalones en busca de las llaves, le vino un súbito, no estaban. Se tanteó el cuerpo: una, otra, ¡y otra vez! No estaban. Su salvación sería correr, ¡gritar!, comenzar a rezar; !suplicar!; quizá, hasta llorar. Cerca, muy cerca, podía sentir la degenerada acechanza, ahora ambos corrían chapoteando el agua, salpicándose el cuerpo. Entonces, adivinó al abominable extendiendo sus brazos para asirla por su cintura y lanzarla contra el suelo; y así fue.
Una enorme mano de hombre adulto la tomó por el hombro, ella murió en el mismo
instate, o quizá, tan sólo, se rindió.
--¡Señorita! ¡Sus llaves!