1º
Descender una plegaria al bajísimo para que avive en nosotros la
veta enigmática.
2º
Buscar en un diccionario de cuarto grado algunas palabras rebuscadas
y anudarlas como sea.
3º
Gerundiar las terminaciones para disipar un tanto las incoherencias.
4º
Es preciso que de un verso se salte a otro sin ninguna ilación. Del
tal modo que el lector tenga la impresión de que ha cambiado de
poema o algún gracioso le ha dado vuelta la página.
5º
Promediando el texto usted mismo tiene que converse que está
necesitando terapia, de otro modo, la mística del poema se perderá.
6º
Que no falten en él signos de interrogación puesto que si usted le
pregunta algo al lector mientras deambula azorado por sus versos y
lo deja con cara de: ¿Juat?, pensará que el inepto es él.
7º
Que no falten tampoco los signos de admiración ya que al ponerle énfasis
a las metáforas más descabelladas, el lector pensará que usted
está muy seguro de lo que dice.
8º
Si se le ocurre incursionar en la metafísica, no deje de mencionar
alguna frase de Tusam o algo más actual de Piñón Fijo, por
ejemplo; pero trate de que parezca una frase de Tolstoi.
9º
Importante: trate de que el poema sea lo más largo posible. De ese
modo, si el lector se aburre antes de llegar al final, se convencerá
de que no entendió su arte porque le faltó perseverancia.
10º
El final tiene que ser con bombos pero SIN platillos, cuestión de
que si el pobre infeliz llegó hasta el final, por pavo, se quede
con las ganas.